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jueves, 15 de agosto de 2024

Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María

 



         

En la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, la Santa Iglesia Católica celebra el fin de la vida mortal de la Madre de Dios y el inicio de su vida gloriosa en el Reino de los cielos, hecho que se conoce como “Asunción de María Santísima en cuerpo y alma a los cielos”, siendo definido como dogma por el Papa Pío X .
Lo que sucedió en la Asunción de María Santísima fue que, en el momento en que la Madre de Dios debía partir de este mundo al otro, en vez de morir, la Virgen se durmió -por esta razón, en las iglesias católicas de rito oriental a esta fiesta se la denomina como la “Dormición”, porque se “durmió”- y su alma santísima, que estaba colmada de gracia por un doble motivo, por ser Ella la Llena de gracia al estar inhabitada por el Espíritu Santo y también por haber sido concebida sin la mancha del pecado original, derramó sobre su cuerpo toda esa plenitud de gracia, la cual se convirtió, en el momento de pasar de este mundo a la vida eterna, en luz de gloria eterna, glorificando así su cuerpo junto con su alma. Fue esto entonces lo que sucedió en la Asunción de María Santísima: toda la plenitud de gracia, de la que estaba colmada el alma de María Santísima, se derramó sobre su cuerpo purísimo mientras la Virgen dormía, en el último instante de su vida terrena y esta gracia divina, convertida en gloria divina, glorificó su cuerpo purísimo, al igual que había hecho con su alma, colmando a su alma y a su cuerpo con la luz de la gloria divina, siendo así glorificada la Virgen con la misma gloria con la cual había sido glorificado su Hijo el Domingo de Resurrección. La Virgen, el día de la Asunción, se durmió plácidamente, rodeada por los discípulos en la tierra, con su cuerpo mortal y se despertó en los cielos, rodeada por los ángeles, que habían bajado de los cielos para llevarla a los cielos, con su cuerpo y alma glorificados, y al despertarse se encontró con su Hijo Jesús, a quien adoró y abrazó con amor maternal, tal como lo había hecho en la tierra, pero ahora la Madre y el Hijo, ambos glorificados, no se habrían de separar nunca más.
Ahora bien, la Asunción de María Santísima no es un hecho aislado de la vida de la Iglesia en general, ni de sus miembros en particular, desde el momento en que la Virgen es Madre de la Iglesia y Madre de los hijos de Dios. Por eso mismo, la vida de la Virgen, relatada en la Sagrada Escritura, desde el inicio hasta el fin, debe ser meditada por sus hijos, es decir, por cada uno de nosotros, porque el destino de la Virgen es nuestro destino, o al menos debe serlo y por eso debemos conocerlo o reflexionar al menos brevemente en los misterios sobrenaturales de la Virgen. Así, la Virgen es la Mujer que en el Génesis aplasta la cabeza de la Serpiente Antigua, el Demonio, Lucifer o Satanás; es la Mujer que intercede ante la Santísima Trinidad para que la Santísima Trinidad modifique sus planes y así Dios Hijo, por orden de Dios Padre y movido por el Amor de Dios Espíritu Santo, obre el primer milagro público en Caná, demostrando así la Virgen su advocación de “Omnipotencia Suplicante”; la Virgen es la Mujer que, en el Calvario, acompaña a Dios Hijo encarnado en su agonía en el sacrificio de la cruz y se convierte, por pedido de Dios Hijo, en Madre adoptiva de los hijos de Dios; la Virgen es la Mujer del Apocalipsis, la Mujer revestida de sol -revestida de gracia, la Mujer Asunta en cuerpo y alma a los cielos, la Virgen de la Asunción, con la luna bajo sus pies y con una corona de doce estrellas en la cabeza, indicando que es Reina del universo, porque su Hijo es Rey del universo; es la Mujer a la cual se le es dada dos alas de águila para huir al desierto y poner así a salvo a su Hijo, el Niño Dios, es la Virgen que protege a la Iglesia en la historia, en tiempos de persecución y tribulación. Es necesario conocer, aunque sea brevemente, la historia de la Virgen Asunta a los cielos, porque sus hijos están predestinados a seguir sus pasos, lo cual quiere decir que, si la Madre está en el cielo, allí también deben estar sus hijos, pero a diferencia de la Madre, que nació sin pecado original y por eso fue Asunta en cuerpo y alma a los cielos, nosotros, sus hijos, sí hemos nacido con el pecado original y por eso, si queremos ir al cielo, debemos hacer el propósito de confesarnos pecadores, de confesar los pecados, de vivir en gracia, de conservar la gracia y de acrecentarla, para lo cual debemos frecuentar los sacramentos, sobre todo la Penitencia y la Eucaristía; debemos obrar la misericordia, que abre las puertas del Reino de Dios; debemos cargar la cruz de cada día en pos de Jesús, camino del Calvario, negándonos a nosotros mismos y así para morir al hombre viejo y nacer al hombre nuevo, al hombre regenerado por la gracia santificante. Solo así podremos ser, algún día, glorificados en cuerpo y alma y solo así podremos, luego de superar el juicio particular, comenzar a vivir, en el Reino de Dios, junto a nuestra Madre celestial, la Virgen Asunta al cielo, la eterna alegría de contemplar y adorar a la Santísima Trinidad y al Cordero de Dios, Nuestro Señor Jesucristo.

martes, 12 de septiembre de 2023

Fiesta del Santísimo Nombre de María

 



La Iglesia Católica celebra, cada 12 de septiembre, el Santísimo Nombre de la Madre de Dios: “María”[1], nombre que aparece en el Evangelio de San Lucas: “El nombre de la virgen era María” (Lc 1, 27). La Iglesia celebra el nombre de María por la importancia de la cooperación de la Virgen en el plan salvífico de la Trinidad para los hombres: con su “Sí” a la voluntad de Dios, manifestada en la Encarnación del Verbo en su seno virginal, la Virgen se convierte en la Puerta de Entrada, desde la eternidad, hasta nuestro tiempo, del Verbo de Dios, de la Palabra de Dios, Jesús de Nazareth. Si la Virgen hubiera dicho “No” al plan salvífico de la Trinidad, toda la humanidad habría quedado irreversiblemente condenada para siempre, para toda la eternidad, pero al decir “Sí” a la Divina Voluntad, la Virgen se convierte en el Portal Sagrado por el cual el Logos del Padre ingresa, desde la eternidad, en nuestro tiempo y espacio, en nuestra historia humana, para llevar a cabo la Redención de la humanidad, por medio de su Sacrificio en cruz. De esta manera, María, la Virgen y Madre de Dios, se ubica en el polo opuesta al de Eva, la primera mujer, la cual pecó contra Dios y por la cual el Pecado Original se transmite de generación en generación: si por Eva todos los hombres mueren, por la Virgen, Mediadora de todas las gracias, todos los hombres nacen a la vida nueva de los hijos de Dios, la vida de la gracia. Si el nombre de Eva evoca la pérdida de la gracia para toda la humanidad, el Nombre Santísimo de María evoca la gracia santificante que da la vida divina a los hombres, porque por María el Hijo de Dios vino a nuestro mundo, para salvarnos de la eterna condenación.

Quien pronuncia con amor el sencillo pero a la vez grandioso Nombre de “María”, recibe la luz de la gracia por la cual contempla el infinito misterio de amor de Dios Uno y Trino por los hombres, Amor que lleva al Padre a pedir a Dios Hijo que se encarne, por obra del Espíritu Santo, en las entrañas virginales y purísimas de María Santísima. Por el misterio de la Encarnación del Verbo de Dios, el Nombre de María está indisolublemente ligado al Nombre Santísimo de Jesús quien, por su Sangre derramada en la cruz, vence a los tres grandes enemigos del ser humano: el demonio, el pecado y la muerte, al mismo tiempo que nos concede la gracia santificante que nos hace partícipes de la vida divina de la Trinidad.

Así lo explicaba el Papa Benedicto XVI: “En el calendario de la Iglesia se recuerda hoy el Nombre de María. En Ella, que estaba y está totalmente unida al Hijo, a Cristo, los hombres han encontrado en las tinieblas y en los sufrimientos de este mundo el rostro de la Madre, que nos da valentía para seguir adelante… A menudo entrevemos sólo de lejos la gran Luz, Jesucristo, que ha vencido la muerte y el mal. Pero entonces contemplamos muy próxima la luz que se encendió cuando María dijo: ‘He aquí la esclava del Señor’. Vemos la clara luz de la bondad que emana de Ella. En la bondad con la que Ella acogió y siempre sale de nuevo al encuentro de las grandes y pequeñas aspiraciones de muchos hombres, reconocemos de manera muy humana la bondad de Dios mismo. Con su bondad trae siempre de nuevo a Jesucristo, y así la gran Luz de Dios, al mundo. Él nos dio a su Madre como Madre nuestra, para que aprendamos de Ella a pronunciar el ‘sí’ que nos hace ser buenos”[2].

Al recordar entonces el Nombre de María, Virgen y Madre de Dios, le pidamos que interceda para que, como hijos suyos adoptivos, renunciemos a nuestro propio “yo” y sigamos a su Hijo Jesús por el Camino de la Cruz, el Único Camino que conduce al Reino de Dios. ¡Que el nombre de María no se aparte de nuestra mente y corazón!



[2] Fragmento tomado de la Homilía del Santo Padre Benedicto XVI, Fiesta litúrgica del Dulce Nombre de María, sábado 12 de septiembre de 2009.

martes, 4 de octubre de 2022

Apariciones de la Virgen donde pide el rezo del Santo Rosario

 



          La Santísima Virgen María, la Madre de Dios, es Madre de la Iglesia y Madre de todos los bautizados; es Madre de todos los hijos adoptivos de Dios. Hay una tendencia, dentro de la Iglesia Católica, no inspirada por el Espíritu Santo, a rebajar a la Virgen como una “simple muchacha de Nazareth”, como una “mujer de Palestina”; eso es contrario al designio de Nuestro Señor Jesucristo y una grave ofensa contra la Virgen, porque Nuestro Señor la constituyó en Madre de todos los Pueblos cuando, antes de morir, le dijo a Juan, en quien estaba representada toda la humanidad: “Hijo, ahí tienes a tu Madre”. Por esta razón, porque es Madre de la Iglesia y de Todos los Pueblos, la Virgen tiene una importancia que trasciende sobrenaturalmente a la de una simple creatura humana y es por esto que, entre otras cosas, sus advertencias deben ser tenidas en cuenta, porque son advertencias del Cielo mismo y si bien se dirigen en primer lugar a los miembros de la Iglesia Católica, están también dirigidas a toda la humanidad.

          Entre sus advertencias, está el pedido del rezo del Santo Rosario y así lo demuestra en sus múltiples apariciones a lo largo y ancho del mundo y en toda época: la Virgen ha dejado en sus apariciones numerosos mensajes, pero en todos, sin excepción, pide el rezo del Santo Rosario. Por eso, no puede llamarse “devoto de la Virgen” y mucho menos “hijo de la Virgen”, el que no reza el Santo Rosario todos los días, sin importar ni la edad -Santa Teresita de Lisieux lo rezaba desde antes de los tres años de edad-, ni la condición social -lo han rezado desde plebeyos hasta reyes y papas-, ni ninguna otra condición o circunstancia.

          Estas son las apariciones de la Virgen en donde, en persona, pide que los bautizados, los hijos de la Iglesia, los hijos de Dios, recemos el Santo Rosario, para vencer al Demonio y para atraer la paz, el Amor, la Verdad de Dios sobre nuestras vidas y sobre el mundo entero.

          A Santo Domingo de Guzmán, la Virgen se le aparece y le enseña el rezo del Santo Rosario, para derrotar a la herejía albigense y lograr la conversión de los herejes; en nuestros tiempos, las herejías dentro de la Iglesia se han multiplicado casi al infinito, razón de más para rezar el Santo Rosario; al Beato Alan de La Roche, dos siglos después, se le aparece para pedirle que se rece el Santo Rosario para así obtener las gracias del Cielo, sobre todo las necesarias para morir en gracia, evitar la condenación en el Infierno y entrar en el Reino de Dios.

          La Victoria de Lepanto, de la catolicidad sobre el Islam, es atribuida por el Santo Padre a una intervención milagrosa de la Virgen, por medio del Santo Rosario, ya que el ejército musulmán era casi diez veces más grande que el ejército de la Iglesia Católica; la Virgen se le aparece al Beato Beato Bartolo Longo, que hasta entonces era practicante del espiritismo, de la magia negra, del ocultismo y de la brujería: el Beato se convierte al instante y recibe como misión la propagación del rezo del Santo Rosario a través de la devoción de la Virgen conocida como “Nuestra Señora de Pompeya”.

          A Bernardita Soubirous, en Lourdes, además de revelarse como la “Inmaculada Concepción”, la Virgen se aparece con un Rosario en las manos y le enseña a Bernardita a rezarlo, como forma de hacer reparación por las ofensas de los hombres contra Dios y como forma de alcanzar las gracias que se necesitan en esta vida.

          En las apariciones de La Salette, además de pedir el rezo del Rosario, la Virgen llora amargamente delante de los niños, por los cristianos que se condenan por el pecado mortal de no asistir a Misa los domingos y por la insolencia satánica de los hombres de blasfemar continuamente contra el Nombre Tres veces Santo de Dios y contra la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

A los Pastorcitos de Fátima, además de enseñarles a adorar la Presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, les pidió insistentemente que se rezara el Rosario, para que los pecadores se conviertan y no caigan en el lago del fuego eterno, el Infierno.

En Akita, Japón, considerada continuación de las apariciones de Fátima, pide con insistencia el rezo del Santo Rosario, para evitar el castigo divino que es causado por los innumerables pecados de los hombres.

En Kibeho, Ruanda, pide que se conviertan a Jesucristo Eucaristía, que recen el Rosario y que dejen de practicar la brujería, porque así atraen la Ira Divina sobre los hombres, profecía que se cumplió porque no se hizo caso de sus advertencias y al poco tiempo se produjo el genocidio en Ruanda, entre los hombres sin Dios, que dejaron más de un millón de muertos.

En El Escorial, España, advierte de la inminencia de un castigo divino a la humanidad, porque no se reza ni se vive según la Ley de Dios, porque no se reza y porque se cometen los más abominables crímenes, cayendo innumerables almas, todos los días, al Infierno, porque no hay apenas quien rece el Rosario pidiendo por la conversión de los pobres pecadores.

En San Nicolás de los Arroyos, Argentina, la Virgen pide que se rece el Rosario, como medio de la preparación espiritual para la Segunda Venida de su Hijo, para la conversión de los pecadores y para evitar o atenuar el Castigo Divino sobre la humanidad.

Por todo esto, nadie se puede decir “devoto de la Virgen” o “hijo de la Virgen”, sino reza el Santo Rosario todos los días.

 

domingo, 18 de septiembre de 2022

Las apariciones de la Madre de Dios en La Salette, Francia

 



Historia de la Aparición de Nuestra Señora de La Salette[1]:

Un día sábado, 19 de septiembre de 1846, la hermosa Señora de La Salette, Francia, la Madre de Dios, se apareció a los niños Maximin Giraud y Mélanie Calvat, mientras se ocupaban en sus asuntos. Veamos cuál fue el mensaje que el cielo nos dio a conocer en estas apariciones.

Melanie y Maximin encontraron a Nuestra Señora llorando amargamente, sentada con los codos descansando sobre sus rodillas y el rostro cubierto con sus manos. Vestía una túnica blanca adornada con perlas y un delantal de color dorado; calzaba zapatos blancos y tenía rosas en los pies y la cabeza cubierta con un tocado. Llevaba en el cuello un crucifijo que pendía de un collar.

La Virgen siguió llorando incluso mientras le hablaba a los niños, primero en francés, después en su propio dialecto, el occitano. Luego de decir un secreto a cada niño, Nuestra Señora se fue caminando por la montaña y despareció. Al día siguiente, el relato de la aparición dado por los pastorcitos se documentó por escrito y fue firmado por los visionarios y por aquellos que habían escuchado la historia. Luego de cinco años de investigación, el obispo de Grenoble, Philibert de Bruillard, anunció en 1851 que era muy probable que la aparición fuera una verdadera revelación y autorizó que se iniciara el culto a Nuestra Señora de La Salette. Ambos niños escribieron por separado los “secretos”, y estos fueron enviados al Papa Pío IX en 1851[2].

¿Qué les dijo la Virgen a los niños?

Ante todo, la Virgen María se lamentó por la falta de respeto, por parte de los cristianos, al día Domingo y hacia el nombre de Dios. Nuestra Señora anunció guerras, revoluciones y castigos como respuesta a los pecados cometidos por la humanidad. Profetizó particularmente la persecución del Papa y de los religiosos, así como la destrucción de ciudades enteras, como París y Marsella. Primero habría un tiempo de expansión religiosa y prosperidad, luego vendría el abandono de Dios y la venida del Anticristo.

Estos son los dos secretos enviados al Papa en 1851:

El Secreto de Maximin Giraud, según su propio relato: “El 19 de septiembre de 1846, vimos a una hermosa señora. Nunca hemos dicho que esta señora fuera la Santísima Virgen, pero siempre afirmamos que era una hermosa dama. No sé si era la Virgen María u otra persona. Por lo que a mí respecta, hoy creo que se trataba de la Santísima Virgen. Esto es lo que la señora me dijo: “Si mi pueblo continúa igual, esto que te diré sucederá antes, si cambia un poco, sucederá más tarde. Francia ha corrompido el universo (con toda probabilidad, se refiere a la Revolución Francesa, que entronizó a la Razón humana por encima de la Revelación Divina dada por Nuestro Señor Jesucristo), y un día será castigada. La fe se apagará en Francia: tres cuartas partes de Francia dejarán de practicar la religión, o la practicarán muy poco, la otra parte la seguirá practicando, pero sin hacerlo realmente. Luego, después de que [eso] suceda, las naciones se convertirán, la fe se renovará por todas partes. Un gran país del norte de Europa, que ahora es protestante, se convertirá; con el apoyo de dicho país, todos los otros países del mundo se convertirán también.

Antes de todo eso, tendrán lugar en la Iglesia, y en todas partes, grandes desórdenes. Luego, nuestro Santo Padre, el Papa, será perseguido. Su sucesor será un pontífice que nadie esperará. Después vendrá una gran paz, pero no durará mucho tiempo. Un monstruo vendrá a turbarla. Todas estas cosas sucederán en el próximo siglo, o a más tardar a los dos mil años” (es decir, en el año dos mil).

El Secreto de Mélanie, recibido en la montaña de La Salette, el 19 de septiembre de 1846. Según Melanie[3], la Virgen le dijo: “Mélanie, voy a decirte algo que no dirás a nadie más: ¡Ha llegado el tiempo de la ira de Dios! Si, después de que hayas dicho al pueblo lo que acabo de decirte, y lo que voy a decirte, si, después de eso, no se convierte, si no hacen penitencia, y no dejan de trabajar los domingos (en nuestros días, además de trabajar, los cristianos se divierten y pasean el día Domingo, el Día del Señor, sin importarles que el faltar a la Santa Misa sin motivo grave, es un pecado mortal), y si siguen blasfemando el Santo Nombre de Dios (en Europa es una costumbre nefasta el lanzar una blasfemia contra Cristo, contra su Sangre Preciosísima, cuando alguien sufre incluso un percance banal), en una palabra, si la faz de la tierra no cambia, Dios hará venganza contra el pueblo desagradecido y esclavo del diablo. ¡Mi Hijo manifestará su poder! París, ciudad manchada con todo tipo de crímenes, perecerá infaliblemente. Marsella será destruida en poco tiempo. Cuando esto suceda, habrá en la tierra un completo y total desorden, el mundo será abandonado a sus pasiones impías. El Papa será perseguido por todos lados, le dispararán, querrán matarlo, pero nadie podrá hacerlo, el Vicario de Dios triunfará de nuevo esta vez. Los sacerdotes y religiosas, y los verdaderos siervos de mi Hijo serán perseguidos, y muchos morirán por la fe de Jesucristo. Habrá una hambruna al mismo tiempo. Después de que todas estas cosas hayan sucedido, muchos reconocerán la mano de Dios sobre ellos, se convertirán y harán penitencia por sus pecados. Entonces, un gran monarca subirá al trono, y su reinado durará pocos años. La religión florecerá de nuevo, se extenderá por toda la tierra, y habrá mucha abundancia. El mundo, satisfecho por no tener ninguna carencia, volverá a caer en sus desórdenes, se olvidará de Dios y se entregará a sus pasiones criminales. Entre los ministros de Dios y las esposas de Jesucristo (es decir, las religiosas), habrá algunos que se perderán, y eso será lo más terrible de todo. Finalmente, el infierno reinará en la tierra. Será entonces que el Anticristo nacerá de una religiosa: ¡desgraciada de ella! Muchos creerán en él, porque dirá que viene del cielo, ¡ay de aquellos que crean en él! Este tiempo no está lejos, no pasarán más de 100 años (y ya han pasado más de cien años; muchas veces, los designios divinos se prolongan en el tiempo, para darnos más tiempo para el arrepentimiento, pero no debemos creer que esta prolongación será indefinida). Hija mía, no debes decir lo que acabo de decirte. (No debes decirlo a nadie, no digas que un día tienes que decirlo, no debes decir nada que se relacione con esto), ¡por último, no digas nada más hasta que yo te mande decirlo!”.

De acuerdo a los acontecimientos que se desarrollan en nuestros días en la Santa Iglesia Católica, en los que se atenta contra la Fe Católica directa y explícitamente desde las más altas jerarquías vaticanas, parecería ser que estamos viviendo los días profetizados por Nuestra Señora de La Salette, sobre todo en lo referente a la aparición del Anticristo.

 

 



[2] Mélanie se hizo religiosa y escribió una versión más extensa de su “secreto” 25 años después, la cual fue publicada en 1879. Esta siguiente versión del secreto, así como sus revelaciones, suscitó la oposición de muchos, incluyendo algunos obispos. Luego de esta segunda publicación del secreto, en 1879, la controversia afirmaba que el secreto estaba mezclado con las propias palabras de Mélanie. Eventualmente, las publicaciones sobre La Salette fueron incluso añadidas al Índice de los Libros Prohibidos. En 1915, bajo el pontificado de Benedicto XV, el Santo Oficio publicó una declaración que prohibía cualquier debate posterior acerca de la autenticidad de los secretos. En octubre de 1999, el Padre Michel Corteville descubrió los secretos originales entregados al Papa Pío IX en 1851, y que habían permanecido enterrados por más de un siglo en los archivos del Vaticano.

[3] Mélanie Mathieu, pastora de La Salette, Grenoble, 6 de julio de 1851.

jueves, 3 de marzo de 2022

Los beneficios del Rosario revelados por la Virgen al Beato Alán de la Rupe

 



La Virgen María, la Madre de Dios, le reveló en una aparición al Beato Alán de la Rupe que el Rosario tiene ciento cincuenta Ave Marías, que protegen contra los ciento cincuenta terrores de la muerte, que son la enfermedad, la tristeza, el temor, el asalto de los demonios, el remordimiento de conciencia, la pérdida de bienes, la impaciencia, la inmovilidad de los miembros, la postración y todo lo que esto significa.

Luego la Virgen le dijo que el Rosario tiene también ciento cincuenta Ave Marías que protegen contra los ciento cincuenta terrores del Juicio Universal, que son el temor del Supremo Juez, el temor de quienes deben ser juzgados, la acusación de los demonios, la manifestación de los pecados, la infamia infinita, la aprehensión, el remordimiento de conciencia, la desesperación, la vergüenza, el deseo de morir para siempre, la acusación de las creaturas contra los pecadores, y todo lo que esto conlleva.

También le reveló la Virgen que el Rosario tiene ciento cincuenta Ave Marías que protegen contra la ciento cincuenta penas del Infierno, cada una de las cuales contiene en sí seis mil seiscientos sesenta penas especiales y cada una de ellas tiene además otras penas individuales, que son casi infinitas, tanto para el alma como para el cuerpo, penas que provienen de parte de los demonios –que atormentan y horrorizan para siempre a los condenados-, de parte de Dios –que de este modo ejerce su Divina Justicia, porque de Dios nadie se burla y si alguien se burló de Dios en esta vida, en la otra lo pagará para siempre si no hay arrepentimiento-, de parte del lugar de fuego, de parte de los sentidos, como consecuencia de la gloria perdida para siempre, con la interminable eternidad de los condenados.

Todos estos beneficios que concede el Santo Rosario, revelados por la Virgen en persona, son más que suficientes para rezarlo todos los días, hasta el último día de nuestra vida terrena.

sábado, 4 de diciembre de 2021

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María

 



         La Iglesia celebra, con júbilo celestial, uno de los misterios más grandes y asombrosos de la historia de la humanidad, misterio superado en majestad y gracia sólo por el misterio más grande por excelencia, el de la encarnación del Verbo en el seno purísimo de María Santísima y es el misterio de la Inmaculada Concepción de María.

         Que María Santísima sea “Inmaculada Concepción” quiere decir que, por designio de la Santísima Trinidad, la Virgen fue concebida sin la mancha del pecado original, mancha que, desde el pecado primordial de Adán y Eva, se transmite sin excepción a todo ser humano. La única excepción es, precisamente, la de María Santísima y es por eso que se llama “Inmaculada Concepción”, porque esta horrible mancha del pecado original no la afectó, como sí lo hace a todo ser humano, desde el primer instante de su concepción. Que sea Inmaculada Concepción significa que la Virgen no tuvo nunca, jamás, en ningún momento, ni siquiera por un instante, no solo ni el más ligero pecado y tampoco estuvo, ni siquiera mínimamente, inclinada a la concupiscencia, sino que su Inmaculado Corazón estuvo siempre, en todo momento, rebosante de la gracia, la bondad, la santidad, la paz y la humildad de Dios Uno y Trino.

         Pero hay otro aspecto a considerar y es que la Trinidad la eligió para que fuera concebida sin la mancha del pecado original, porque la Virgen estaba destinada a ser Madre de Dios y como Madre de Dios, no podía estar contaminada con la mancha del pecado original. Todavía más, al estar destinada a ser la Madre de Dios, debía no solo no poseer el pecado original, sino que debía estar inhabitada por el Espíritu Santo y es por eso que la Virgen es concebida, además de exenta del pecado original, como Inmaculada Concepción, como “Llena de gracia”, lo cual quiere decir, inhabitada por el Espíritu Santo. La razón de este otro privilegio de la Virgen es que el Verbo de Dios, quien habría de encarnarse en su seno virginal, al provenir desde el Cielo, en donde era amado desde la eternidad por Dios Padre con el Divino Amor, el Espíritu Santo, debía ser recibido y amado en la tierra, en su encarnación, con el mismo Amor con el que el Padre lo amaba desde la eternidad, el Espíritu Santo y la única forma en que esto fuera posible, era que la Virgen misma estuviera inhabitada por el Espíritu Santo y es por eso que es concebida no solo sin la mancha del pecado original, sino como “Llena de gracia”, es decir, inhabitada por el Espíritu Santo. Así, el Verbo de Dios, al encarnarse en el seno purísimo de María Santísima, no sentiría diferencias en el Amor con el que era amado desde la eternidad por el Padre, porque iba a ser amado con ese mismo Amor, el Espíritu Santo.

         Por lo tanto, en el misterio de la Inmaculada Concepción, se unen entre sí, de modo indisoluble, otros dos grandes misterios, el de la Virgen como Madre de Dios y el de la Encarnación del Verbo de Dios.

         Por último, si estos tres misterios son en sí mismos insondables, majestuosos, celestiales y sobrenaturales, hay otro misterio que debe agregarse y es el hecho de que la Santa Iglesia, en cada Santa Misa, prolonga y actualiza, en su seno virginal, el altar eucarístico, el misterio de la Encarnación del Verbo, porque por las palabras de la consagración, el Verbo prolonga su Encarnación en la Eucaristía y es por este motivo que la Iglesia Católica es, a imagen de su Madre, la Virgen, santa, pura, inmaculada y llena del Espíritu Santo. No dejemos nunca de alabar, bendecir, glorificar y adorar a la Santísima Trinidad por el misterio de la Inmaculada Concepción, misterio al cual están unidos el misterio de María como Llena de gracia y el misterio de la Encarnación del Verbo en su seno purísimo, que se prolonga a su vez y se actualiza en cada Santa Misa.

domingo, 7 de marzo de 2021

La Mujer más grandiosa de la historia es la Virgen, la Madre de Dios

 



         La Mujer más grandiosa de la historia es la Virgen, la Madre de Dios

         Si hay alguna mujer a la que hay que recordar, halagar, venerar, amar y tenerla siempre presente, en la memoria, en el intelecto y en el corazón, esa Mujer es una sola y es la Virgen María, la Madre de Dios. La Virgen es la Mujer más excelsa y más grandiosa, jamás creada por Dios Trino; una Mujer como no hubo antes de Ella en la humanidad, no hay, ni habrá otra igual por la eternidad. Por supuesto que también considera cada uno a su madre biológica como el ser que encarna el amor de Dios en la tierra, pero la madre biológica es para cada uno, mientras que la Madre de Dios es para todos los hombres, para todos los que, por la gracia de Dios, nazcan a la vida de los hijos de Dios por la gracia.

         Veamos brevemente las razones de la grandeza de la Madre de Dios.

         Por su mismo título y condición, “Madre de Dios”: María da a luz en Nazareth a una persona y así se convierte en madre, pero esta persona es la Persona Segunda de la Trinidad, Dios Hijo encarnado en su seno virginal, por lo que al darlo a luz en el tiempo a Aquel que es la Eternidad en Sí misma, se convierte en Madre de Dios Hijo encarnado.

         Porque además de ser Madre de Dios, fue, es y será Virgen por la eternidad, porque su Hijo no fue concebido por obra de varón alguno, sino por obra del Amor de Dios, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad, Quien fue el que llevó al Verbo de Dios para que se encarnara en el seno virginal de María Santísima.

         Porque es la Concebida sin pecado original, un privilegio concedido por la Santísima Trinidad a una sola creatura humana –con excepción de la naturaleza humana de Jesús de Nazareth-, lo cual quiere decir que, desde el punto de vista humano, era el ser humano más puro, inmaculado y perfecto que pudiera ser concebido por la Trinidad. Esto significa, entre otras cosas, que la Virgen era perfectísima, porque no cabía en Ella no solo ni la más ligera maldad, sino ni siquiera la más ligera imperfección y esto desde el primer instante de su Inmaculada Concepción. La razón de este privilegio es que Dios Hijo quería una Madre acorde a su dignidad divina y esto significaba que su Madre en la tierra no debía estar manchada por el pecado original.

         Pero además de ser concebida sin pecado original, la Virgen Santísima fue concebida como “Llena de gracia”, esto es, inhabitada por el Espíritu Santo, lo cual significa que su alma, su mente, su corazón, su cuerpo todo, estaba pleno del Espíritu Santo, que moraba en Ella como en su Templo más preciado y la razón de esto es la Encarnación: Dios Padre quería que Dios Hijo, que era amado por Él desde la eternidad en su seno paterno con el Amor de Dios, el Espíritu Santo, al encarnarse, fuera recibido por el mismo Amor de Dios, por el mismo Espíritu Santo y esto sólo era posible si la creatura que habría de recibirlo estaba colmada de este Divino Espíritu y es por esto que la Virgen fue concebida, además de Inmaculada, como Llena de gracia.

         Porque la Virgen es la Mujer del Génesis que, en virtud de la inhabitación de la Trinidad en su Inmaculado Corazón, recibe de la Trinidad todos sus dones, virtudes y perfecciones, por participación; entre ellos, recibe el ser partícipe de la omnipotencia divina y es en virtud de esta omnipotencia divina participada, que la Virgen aplasta la cabeza orgullosa de la Serpiente Antigua, el Diablo o Satanás y lo encadena para siempre en lo más profundo del Infierno.

Porque la Virgen es la Mujer al pie de la Cruz que participó, mística y sobrenaturalmente, de la Pasión Redentora de su Hijo Jesús, Pasión por la cual la Trinidad abrió las Puertas del Reino de Dios a la humanidad caída; Pasión por la cual el Hijo de Dios lavó los pecados de los hombres al precio altísimo de su Sangre Preciosísima, derramada en el Calvario el Viernes Santo y cada vez en la Santa Misa, renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz; Pasión por la cual cerró las puertas del Infierno para quienes sean lavados con esta Sangre Preciosísima, además de abrirles de par en par el seno del Padre Eterno, destino final de quienes mueren crucificados con Cristo; Pasión por la cual fueron derrotados los tres grandes enemigos de la humanidad, el Demonio, la Muerte y el Pecado, de una vez y para siempre, en la Cruz. Y por haber participado, mística y sobrenaturalmente de la Pasión de su Hijo, es que la Virgen es Corredentora, porque su Hijo es el Redentor de la humanidad.

        

         Porque la Virgen, por encargo de su Hijo Jesús, Quien nos la dio como Madre celestial antes de morir en la Cruz, es Nuestra Madre del cielo, quien desde ese momento nos adoptó como a sus hijos muy amados, en lo más profundo de su Inmaculado Corazón, siendo así la esperanza de nuestra eterna salvación, porque si alguien es tan desalmado y desatinado como para no hacer caso a Jesús, no dejará de escuchar, amar y obedecer a su propia Madre, la Virgen Santísima.

         Porque la Virgen es la Mujer del Apocalipsis, que defiende a su Hijo de las fauces del Dragón Infernal y como es Madre de la Iglesia, es la Iglesia la que continúa esta labor defensiva de los hijos de Dios, frente a los ataques del Dragón Rojo, de la Bestia y del Falso Profeta.

La Virgen es también la Mujer revestida de sol, descripta en el Apocalipsis, porque el sol representa la gloria de Dios y María Santísima, por ser Inmaculada y Llena de gracia, está inhabitada y revestida de la gloria de Dios desde su Concepción Inmaculada.

Porque la Virgen da a luz, milagrosamente, en Belén, Casa de Pan, a Aquel que es el Manjar del cielo, Cristo Jesús, que se nos dona como Pan de Vida eterna en la Sagrada Eucaristía.

         Por estas y por otras innumerables razones, la Virgen es la Mujer más grandiosa y formidable que haya existido jamás y que jamás, por toda la eternidad, habrá nadie que pueda siquiera asemejársele remotamente.

         

        


domingo, 27 de diciembre de 2020

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

 



(Ciclo B – 2021)

         Al inicio del año civil, la Iglesia coloca esta solemnidad de la Madre de Dios y podríamos preguntarnos si es por mera casualidad o si existe alguna intencionalidad en esta fecha. Ante todo, debemos decir que no es casualidad, es decir, la Iglesia quiere, explícitamente, que la Virgen Santísima sea venerada de modo particular y solemne en su advocación de “Madre de Dios”. La razón por la que la Iglesia quiere venerar a la Virgen como "Madre de Dios", la podemos encontrar en el hecho que da origen a su título de “Madre de Dios”, esto es, la Encarnación y el Nacimiento del Verbo de Dios, del Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad. Como dice Santo Tomás, una mujer se llama “madre” cuando da a luz una persona; en el caso de la Virgen, Ella da a luz a una persona, pero no a una persona humana, sino divina, a la Segunda Persona de la Trinidad, que se ha encarnado, es decir, ha unido a Sí, en el seno virgen de María, por obra del Espíritu Santo, a la humanidad santísima de Jesús de Nazareth. Entonces, por haber dado a luz a una Persona Divina, la Persona del Hijo de Dios, la Sabiduría divina encarnada, es que la Virgen es llamada “Madre de Dios”.

         Ésta es la razón de su título de “Madre de Dios” y el porqué de la Iglesia de querer que se honre a la Virgen con este título. La otra pregunta que surge es acerca del motivo por el cual la Santa Madre Iglesia coloca su solemnidad de Madre de Dios al inicio del año civil. La respuesta está también, como dijimos anteriormente, en su condición de ser “Madre de Dios”: su Hijo, el Verbo de Dios es, en cuanto Dios, la Eternidad en Sí misma y así es el Creador –junto con el Padre y el Espíritu Santo- de todo lo visible e invisible, es decir, de todo el universo corpóreo y también del universo invisible, el mundo de los espíritus angélicos. Al ser Dios Eterno, por su Encarnación, por su ingreso en el seno virgen de María Santísima, ingresa este Verbo de Dios en el tiempo y en la historia humanos y con Él ingresa –puesto que Él es la Eternidad en Sí misma, como dijimos-, la eternidad de Dios en el tiempo de los hombres. Esto tiene una importancia capital para la historia de la humanidad, puesto que la divide en un antes y en un después de la Encarnación del Verbo: antes de la Encarnación del Verbo, el tiempo y la historia humanas discurrían, por así decirlo, de modo horizontal; luego de la Encarnación del Verbo, el tiempo y la historia humanas se dirigen, en sentido vertical, hacia la eternidad de Dios. En otras palabras, por la Encarnación del Verbo, toda la historia de la humanidad –y por lo tanto, la historia personal de cada persona humana- adquiere un nuevo sentido, una nueva dirección y es el sentido y la dirección de la eternidad divina. Dios, que es Eterno y que es el Creador del tiempo, ingresa en el tiempo humano para impregnar al tiempo y a la historia humana de eternidad y para darle un nuevo sentido a este tiempo y a esta historia humana, que es el de encontrarse, al fin de los tiempos, en el Último Día, con la Eternidad de Dios. Si antes de la Encarnación del Verbo la historia humana discurría horizontalmente, sin tener relación directa con Dios, ahora, con la Encarnación del Verbo, con el ingreso de la Eternidad divina en la historia, el tiempo humano toma una nueva dirección, no ya horizontal, sino vertical, estando destinada desde entonces a alcanzar su vértice en la unión con la Eternidad divina en el Último Día de la historia humana, el Día del Juicio Final, el Día en el que la historia y el tiempo humanos desaparecerán para dar inicio a la sola Eternidad divina.

         Esto, que parecen sólo disquisiciones teóricas, tiene un efecto directo en la vida personal de cada ser humano: si la historia humana adquiere un nuevo sentido, el sentido de la eternidad divina, entonces la historia y el tiempo personal de cada ser humano también adquiere el mismo sentido, esto es, la unión con la eternidad divina. Es decir, antes de la Encarnación del Verbo, la historia y el tiempo de cada ser humano discurrían de modo horizontal y desembocaban, al final de la vida, inevitablemente, en la eterna perdición; por la Encarnación del Verbo y por los méritos de su Sacrificio en la Cruz, ahora, cada ser humano se dirige, inevitablemente, lo crea o no lo crea, hacia el encuentro con la Eternidad divina, encuentro que se producirá indefectiblemente al final de sus días terrenos, es decir, en el momento de la muerte, por lo que la muerte es sólo el umbral que lo separa de la Eternidad. Otra consecuencia que tiene el ingreso del Verbo en la historia humana es que cada fracción de su tiempo personal –medido en segundos, horas, días, meses, años-, está, por un lado, impregnado de eternidad y por otro, tiene un nuevo sentido, que es la eternidad, lo cual significa que una pequeña obra de misericordia –obra realizada en Cristo y en estado de gracia-, como el dar de beber un vaso de agua a un prójimo sediento, tiene un premio eterno -"No quedará sin recompensa quien dé a beber un vaso de agua fría a uno de estos pequeños" (Mt 10, 42)-, como así también una mala obra –realizada en pecado y en contra de Cristo- tiene un castigo eterno. El significado entonces de la Encarnación del Verbo es que convierte, a nuestra vida toda, dándole un destino de eternidad y a cada acto nuestro, un valor de eternidad, sea bueno o sea malo.

         En definitiva, que la Santa Madre Iglesia coloque a la solemnidad de la Madre de Dios al inicio del año civil, tiene el sentido no sólo de que pongamos en sus manos maternales el año nuevo que inicia, sino que tomemos conciencia de que nuestra vida toda y cada uno de nuestros actos libres personales, tienen un destino de eternidad. Que esa eternidad sea en el dolor o en el gozo, depende de nuestro libre albedrío. Para que nuestra eternidad sea en el gozo de Dios Trinidad, encomendemos el año que inicia, a las manos y el Corazón maternal de la Madre de Dios, para que todos nuestros actos realizados en este nuevo tiempo estén dirigidos a su Hijo Jesús, que es la Eternidad en Sí misma.

lunes, 31 de diciembre de 2018

Solemnidad de Santa María Madre de Dios


"María, Madre de Dios",
de Vladimir.


(Ciclo C – 2019)

          No es casualidad que la Iglesia, en su sabiduría sobrenatural y bi-milenaria, coloque una fiesta litúrgica tan importante y solemne como Santa María Madre de Dios, justo al final de un año civil y en el mismo segundo en que inicia un nuevo año civil. Es decir, no es coincidencia casual que la Iglesia coloque a la solemnidad de Santa María Madre de Dios cuando el mundo, en el sentido literal de la palabra, finaliza un año en su historia y comienza otro: hay una razón por esta fiesta litúrgica en este momento del año y es que los hijos de Dios y de la Iglesia, los bautizados, no solo no mundanicen ni paganicen el festejo de Año Nuevo, sino que además consagren a Dios, por medio de las manos y el Corazón Inmaculado de la Virgen, al Año Nuevo que se inicia. En efecto, ya el solo hecho de que el Verbo de Dios se haya encarnado, eso significa que el tiempo, que se mide en la sucesión de segundos, horas, días, meses y años, quede “impregnado”, por así decirlo, de la eternidad divina, desde el momento en que el Verbo es Dios y Dios es la eternidad en sí misma y al encarnarse, esto es, al ingresar en nuestro tiempo, “impregna” el tiempo de su eternidad y hace que la historia humana adquiera un nuevo sentido, una nueva dirección, que es el sentido y la eternidad, puesto que Él, que es el Dueño de la historia humana, ahora la conduce hacia sí, por medio de la Encarnación. Ya sólo por este motivo, el tiempo –y el paso del tiempo, y el festejo de un nuevo año- debería bastar para ser considerado como “sagrado”, en el sentido de que el Verbo de Dios lo ha hecho partícipe de su propia santidad. Ya con esto bastaría para que el hombre, al festejar el Año Nuevo, no lo festeje en modo y estilo pagano, como lo acostumbra hacer. Cada año que transcurre, es un año menos que nos separa del Último Día, del Día del Juicio Final, del Día del Juez Supremo y Glorioso, el Día en que habrá de desaparecer la figura de este mundo, con su tiempo y su historia, para que dé comienzo a la eternidad. Ya con esto debería bastar, decimos, para que el festejo del Año Nuevo no sea un festejo mundano y pagano. Pero la Iglesia le agrega otro motivo para que el festejo del fin de año viejo y de inicio del Año Nuevo sea un festejo centrado en Cristo y es el colocar, como decíamos al inicio, la solemnidad de Santa María Madre de Dios. La Iglesia coloca esta solemnidad en el segundo mismo que inicia un nuevo año, para que los hijos de Dios encomienden el año –el tiempo personal y la historia de la humanidad- a las manos y al Corazón Inmaculado de María Santísima y una forma de hacerlo es acudiendo al Sacramento de la Penitencia, comulgando en estado de gracia y consagrándose a sí mismos y a las familias al Inmaculado Corazón de María.
          Muchos cristianos, aunque no padezcan persecuciones ni tribulaciones de ninguna clase –a diferencia de los cristianos en China comunista, por ejemplo, o en Corea del Norte, o en Cuba y Venezuela, donde son perseguidos por el gobierno ateo y materialista-, y aunque vivan en la abundancia económica –son los cristianos de los países del así llamado “Primer Mundo”-, viven sin embargo en la “indigencia espiritual, totalmente sumergidos en sus intereses terrenales”[1]. Muchos cristianos “cierran conscientemente sus almas a la gran misericordia”[2] del Hijo de la Virgen, el Hombre-Dios Jesucristo.
          La errónea cosmovisión marxista[3], de que el pobre material es el centro de la historia, ha impregnado a muchos cristianos y sectores de la Iglesia, incluidos muchos sacerdotes, error que lleva a desplazar a Jesucristo del centro, a colocar al pobre en su lugar y a establecer que el Reino de Dios es un reino intra-mundano, terreno e intra-histórico y que la salvación no está en la gracia santificante, sino en salir de la pobreza material. Sin embargo, no consiste en eso la salvación, sino en la eliminación del pecado del alma por medio de la Sangre del Cordero y la conversión del corazón a Dios Uno y Trino, por acción de esta misma gracia, que la Iglesia dispensa por medio de los sacramentos. Los últimos instantes del Año Viejo y los primeros segundos del Año Nuevo deben ser pasados en unión con la Madre de Dios, no para una unión meramente formal a una festividad litúrgica, sino en unión de fe y amor con María Santísima, Madre de Dios, para depositar en sus manos y en su Corazón Inmaculado el Año Nuevo que se inicia. Comencemos el Año Nuevo elevando los ojos del alma a la Madre de Dios y uniéndonos, por la fe y por el amor, a la adoración que el Inmaculado Corazón realiza continuamente al Hijo de Dios Encarnado, Jesucristo, el Salvador de los hombres.



[1] Stefano Gobbi, A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen, Mensaje del 31 de Diciembre de 1975, última noche del año, Editorial Nuestra Señora de Fátima, Argentina 1992, 179.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem, 180.

miércoles, 22 de agosto de 2018

Santa María Virgen, Reina



"La Coronación de la Virgen"
(Nicolás Rodríguez Juárez)

         La razón de la majestad de María Santísima, por la cual Ella es Reina de cielos y tierra, es la participación, por la gracia, a la majestad divina, participación por la cual la Virgen es convertida en Madre de Dios[1]. Es decir, su maternidad divina, maternidad por la cual la Virgen participa de la majestad de la naturaleza divina, es la razón por la cual la Virgen es Reina. Dios es majestuoso por naturaleza; Dios es Rey por naturaleza y la Virgen, al participar por la gracia –Ella es la Llena de gracia- de la naturaleza majestuosa de Dios, para ser la Madre de Dios, es Reina Ella también. Así como la asunción en la persona divina del Logos dada a la naturaleza humana de Cristo a través de la gracia es la más alta distinción que pueda ser dada a una naturaleza creada –distinción por la cual participa de la majestad divina-, así en la Virgen, el hecho de ser Ella la Madre de Dios, es la más alta distinción con la cual una persona creada puede recibir, distinción por la cual la Virgen participa de la majestad de la naturaleza divina[2].
         De esta manera la Madre de Dios es, junto al Verbo Encarnado, la obra más sublime de Dios, obra por la cual las naturalezas humanas de ambos participan, en grado infinito, de la majestad de la naturaleza divina. Ésa es la razón por la cual Jesucristo es Rey por naturaleza –su naturaleza humana está unida a la persona divina del Hijo de Dios, cuya naturaleza es divina, que es majestuosa- y la Virgen es Reina por participación –su naturaleza humana participa de la majestuosidad de la naturaleza divina desde su Inmaculada Concepción, por estar Ella destinada a ser la Madre de Dios-. Por su condición de Llena de gracia, la Virgen sobrepasa infinitamente a cualquier creatura en dignidad, majestad y nobleza, de ahí su condición de Reina inigualable[3].
         Y de la misma manera a como Jesucristo, por ser Dios, es Rey de todo lo creado, es decir, es Rey de cielos y tierra, así, de la misma manera, la Virgen es Reina de todo lo creado, es Reina de cielos y tierra, de ángeles y hombres y, por supuesto, es Reina de la Iglesia. La condición de la Virgen de ser “Reina” no es por lo tanto en un sentido meramente declarativo o algo añadido a Ella exteriormente, como sí lo es en el caso de los reyes de la tierra, en quienes el título de nobleza en grado supremo que los convierte en reyes es algo añadido a su naturaleza: la Virgen es Reina porque, desde su Inmaculada Concepción, es la Llena de gracia, es decir, es hecha partícipe de modo infinito, por la gracia, de la majestad divina de Dios Uno y Trino.
         Entonces, al igual que su Hijo y por esta participación en la majestad de la divina naturaleza desde su Inmaculada Concepción, la Virgen es Reina y lo es de tal manera, que no puede concebirse, ni antes ni después de Ella, una creatura que participe de tal grado infinito de la naturaleza humana.
         Ahora bien, el hecho de que la Virgen sea Reina, hace que Ella participe, del modo más íntimo y místico posible, de la vida y de los misterios de su Hijo. Es decir, la Reina Madre participa de un modo que no es meramente moral, extrínseco, sino sobrenatural, místico e intrínseco, de la vida de su Hijo Jesucristo, particularmente de su misterio pascual de Muerte y Resurrección. Esto significa que si su Hijo, aquí en la tierra, recibió por parte de los hombres, no una corona de oro, plata y diamantes, como mínimamente lo merecía por su condición de Hombre-Dios, sino una dolorosa corona de agudas, filosas y desgarradoras espinas, siendo su trono, dado también por los hombres, una cruz de madera y siendo su cetro tres gruesos clavos de hierro, también la Madre de Dios, como Reina y como partícipe mística y sobrenatural de la Pasión de su Hijo, recibió, no en su cuerpo pero sí en su espíritu, el dolor de la corona de espinas, el honor de la cruz y el poder de los tres clavos de hierro. Esto porque, como dijimos, la Virgen participó de la vida y de los misterios de su Hijo, que aquí en la tierra fue proclamado Rey, sí, pero con una corona de espinas, con un cetro formado por tres clavos y con un trono real compuesto por los maderos vertical y horizontal de la cruz.
         Ahora en el cielo y por toda la eternidad, continúa participando de majestad divina y recibe la veneración de los espíritus bienaventurados que se postran en adoración ante su Hijo, el Cordero de Dios.
         Nosotros, pobres pecadores, estamos llamados a ser también reyes en el Reino por la participación, en la tierra, a la gracia divina que nos dan los sacramentos y en el cielo, por la unión en la gloria a la Trinidad. Pero no alcanzaremos esta reyecía celestial si antes no participamos, aquí en la tierra, como la Virgen, de manera mística y sobrenatural, del misterio pascual de Jesús. En otras palabras, no recibiremos la corona de gloria, que nos convierte en reyes en la otra vida, si no pedimos llevar aquí, en la tierra, de modo sobrenatural, la corona de espinas de Jesús, su trono real que es la Santa Cruz y su cetro que son sus clavos. Si queremos ser coronados de gloria al morir, debemos pedir, con insistencia, ser coronados de espinas en esta vida terrena. Solo así, en el cielo, participaremos de la reyecía de los Reyes Católicos, la Virgen y Jesús.
        


[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Mariology, Biblioteca Herder, Cap. XI, 219.
[2] Cfr. Scheeben, ibidem.
[3] Cfr. Scheeben, ibidem.

sábado, 24 de febrero de 2018

“¡Si María fuera conocida!”



         “¡Si María fuera conocida![1]”. Esta expresión de deseos pertenece al Manual del Legionario y debería ser la expresión de deseos de todo legionario. Todo legionario debería tener, en la mente y en el corazón, este deseo: “¡Si María fuera conocida! ¡Si todo el mundo conociera a María! ¡Si todo el mundo amara a la Madre de Dios!”. ¿Por qué? Dice el Manual, citando al P. Fáber –y es algo que podemos comprobarlo cada uno de nosotros, en nuestra experiencia cotidiana- que “la triste condición de las almas es efecto de no conocer ni amar bastante a María”. ¡Cuántos niños, jóvenes, adultos, vemos a cada instante, todo el día, todos los días, que vagan por esta vida sin rumbo fijo, sin saber que hay un Dios que es Trinidad de Personas, que ama a cada ser humano con un Amor infinito, eterno, incomprensible, inagotable! Si los hombres conocieran esta verdad, no es que desaparecerían sus problemas, ni se solucionarían todo lo que los aqueja, pero sí encontrarían un consuelo a sus vidas, no porque se trate de una simple idea que da consuelo en sí misma –Dios Trino nos ama-, sino que es una idea que se deriva de una realidad: Dios Trino nos ama y de tal manera, que el Padre ha enviado a Dios Hijo para que nos done a Dios Espíritu Santo por medio de la efusión de Sangre de su Corazón traspasado. Aunque nosotros, los católicos, sabemos esto por la fe, ni siquiera nosotros y mucho menos los que no conocen el Evangelio, sacamos provecho espiritual de tan maravillosa realidad. Para el P. Fáber –citado por el Manual-, la inmensa mayoría –sino todos- de los males que aquejan a los hombres en nuestros días, se deben a que no conocen y no aman a María, pero si no la conocen y si no la aman, es porque nosotros, que somos el Nuevo Pueblo Elegido, tampoco la conocemos ni la amamos, al menos como deberíamos. Dice así el P. Fáber: “La devoción que le tenemos (a María) es limitada, mezquina y pobre; no tiene confianza en sí misma. Por eso no se ama a Jesús, ni se convierten los herejes, ni se ensalza a la Iglesia”[2]. Es decir, nuestra devoción a la Virgen es “limitada, mezquina y pobre”, porque acudimos a la Virgen, la mayoría de las veces, para obtener un favor, o porque acudimos a Ella de modo rutinario, frío, sin amor de hijos. Como un hijo que acude a su madre solo para pedirle algo, pero nunca para demostrarle su amor de hijo. Y cuando no se conoce a María, se desconoce a Jesús, porque si al Padre se va por Jesús, a Dios Hijo se va por María. Dice así el P. Fáber: “Por eso no se ama a Jesús, ni se convierten los herejes, ni se ensalza a la Iglesia (…) Jesús está oscurecido porque María está en penumbras”[3]. No es indiferente que María sea o no sea conocida; si no es conocida, dice el P. Fáber, “miles de almas perecen porque impedimos que se acerque a ellas María”. Y la razón por la cual las almas no se acercan a María es por nuestra causa, porque nuestra devoción a la Virgen es superficial, fría, tímida, distante, como la de un niño que se mantiene a distancia de su madre, que lo ama con locura: “La causa de todas estas funestísimas desgracias, omisiones y desfallecimientos es esta miserable e indigna caricatura que tenemos la osadía de llamar “nuestra devoción a la Santísima Virgen”. El P. Fáber nos dice que, al darnos a su Madre por Madre nuestra, Dios nos está llamando a una devoción más profunda, más espiritual, más filial, con la Virgen: “Dios nos está urgiendo a que tengamos a su bendita Madre una devoción más profunda, más amplia, más robusta; (…) muy distinta a la que hemos tenido hasta el presente (…) pruébelo cada uno por sí mismo y quedará atónito al ver las gracias que trae consigo esta devoción nueva”. Si pedimos en la oración la gracia de la verdadera devoción a la Virgen, que consiste en amarla como la amó su Hijo Jesús, con el mismo Amor con el que la amó Jesús, entonces, dice el P. Fáber, recibiremos gracias que transformarán nuestras almas. Y cuando eso suceda –cuando conozcamos y amemos a María como la conoce y la ama su Hijo Jesús-, seremos dóciles instrumentos del Espíritu Santo, quien hará que, por nuestro medio, los hombres emprendan el camino de la salvación eterna de sus almas y así sea preparado el advenimiento del Reinado de Cristo[4]. ¡Que María Santísima sea conocida y amada por todos los hombres!


[1] Cfr. Manual del Legionario, V, 6.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.