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miércoles, 17 de marzo de 2021

La Anunciación del Señor

 



         La Anunciación y la consecuente Encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad en el seno purísimo de María Virgen, es el acontecimiento más grandioso que jamás haya tenido lugar en la historia de la humanidad y no habrá otro acontecimiento más grandioso que este, hasta el final de los tiempos. La Encarnación del Verbo de Dios, por obra del Espíritu Santo y por voluntad expresa de Dios Padre, supera en majestad, infinitamente, a la majestuosa obra de la Creación del universo, tanto visible como invisible. No hay otro acontecimiento más grandioso que el hecho del ingreso, en el tiempo humano, de la Persona de Dios Hijo, que en cuanto Dios, es la eternidad en sí misma.

         Debido a su trascendencia, que supera infinitamente en majestad a la obra de la Creación, la Encarnación del Hijo de Dios divide a la historia humana en un antes y un después, no solo porque nada volverá a ser como antes de la Encarnación, sino porque la Encarnación hace que la historia de la humanidad –y de cada ser humano en particular- adquiera una nueva dirección: si antes de la Encarnación la historia humana tenía un sentido horizontal, por así decirlo, porque las puertas del cielo estaban cerradas para el hombre, a partir de la Encarnación de Dios Hijo esas puertas del cielo se abren para el hombre y por esto a la humanidad se le concede un nuevo horizonte y una nueva dirección, no ya horizontal, sino vertical, en el sentido de que ahora la humanidad, cada ser humano, tiene la posibilidad de ingresar en el Reino de Dios, el Reino de los cielos, ingreso que hasta Jesucristo estaba vedado, a causa del pecado original.

         La importancia del evento de la Encarnación está dada por dos elementos: por un lado, porque Quien ingresa en la historia humana no es un hombre santo, ni el profeta más grande de todos los tiempos, sino Dios Hijo en Persona, por quien los santos son santos y por cuyo Espíritu los profetas profetizan; por otro lado, la importancia está dada por la obra que llevará a cabo Dios Hijo encarnado, una obra que será mucho más grandiosa y majestuosa que la primera Creación, puesto que llevará a cabo una Nueva Creación y así Él lo dice en las Escrituras: “Yo hago nuevas todas las cosas”. Serán nuevos los hombres, porque por su gracia les será quitado el pecado y les será concedida la filiación divina adoptiva, por la que pasarán a ser hijos adoptivos de Dios y herederos del cielo; serán nuevas todas las cosas, porque al final de los tiempos desaparecerán estos cielos y esta tierra para dar lugar a “un nuevo cielo y una nueva tierra”; será nueva la vida del hombre, porque Dios Hijo encarnado derrotará definitivamente, de una vez y para siempre, en la Cruz del Calvario, a los tres grandes enemigos mortales de la humanidad, el Demonio, la Muerte y el Pecado; será nueva la forma de vivir del hombre, porque ya no se alimentará sólo de pan, sino ante todo del Pan de Vida eterna, la Sagrada Eucaristía y desde ahora saciará su sed no simplemente con agua, sino con el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre del Cordero y ya no comerá solo carne de animales que nutren su cuerpo, sino que su manjar será la Carne del Cordero de Dios, que alegrará su alma con la substancia divina del Hombre-Dios Jesucristo, todo esto por medio de la Santa Misa.

         Por todos estos motivos y muchos otros todavía, es que el evento de la Anunciación y la Encarnación del Verbo solo pueden ser agradecidas a la Trinidad con un único obsequio digno de la majestad divina trinitaria, el Pan Vivo bajado del cielo, la Eucaristía, por medio de María Inmaculada, la Esposa Mística del Cordero de Dios.

lunes, 24 de marzo de 2014

Anunciación del Señor


         El anuncio del Arcángel Gabriel a la Virgen María significa el cumplimiento de la profecía de Isaías: “Sobre el pueblo que habitaba en tinieblas y en sombras de muerte brilló una gran luz” (9, 2). El pueblo al que se refiere Isaías, es toda la humanidad, y las “sombras y tinieblas de muerte” en las que habita la humanidad, son las sombras del pecado y de la muerte, pero también son las sombras vivientes, los demonios, los ángeles caídos, porque ese es el estado de la humanidad luego de ser expulsados Adán y Eva del Paraíso.
         En el momento en el que el Ángel anuncia a María Santísima la Encarnación del Verbo de Dios, toda la humanidad se encontraba sumida en “sombras de muerte”, sin posibilidad alguna de escapar de ese destino de tinieblas. Es por esto que la Anunciación y la Encarnación del Verbo de Dios representan, para toda la humanidad, el inicio de una Nueva Era, pero no solo porque habrían de ser derrotadas para siempre las tinieblas del pecado, de la muerte y del infierno, sino porque el Verbo de Dios, asumiendo hipostáticamente, es decir, en su Persona Divina, a la naturaleza humana, le habría de comunicar a la humanidad, por medio de la gracia santificante, su divinidad, dotando a la humanidad de su propia divinidad, haciéndole alcanzar un estado superior al del Paraíso, elevando a la raza humana a un grado infinitamente más alto que el que tenían los primeros padres, Adán y Eva. Es decir, con la Encarnación del Verbo, Dios obtenía para la humanidad, no solo el triunfo absoluto y rotundo sobre las tinieblas y sombras de muerte en las que yacía hasta ese entonces, sino que la elevaba hasta las alturas insospechadas del desposorio místico con la divinidad. En la Encarnación, entonces, no solo se produce la derrota de las tinieblas, sino la unión mística y esponsalicia de la divinidad con la humanidad, al unirse el Verbo de Dios con la naturaleza humana de Jesús de Nazareth en el seno virginal de María Santísima, y esto en medio de resplandores sagrados, en cuya comparación el astro sol no es más que un pálido rayo de luz.

         Pero el misterio de la Encarnación del Verbo no se limita a la derrota de las tinieblas y sombras de muerte y al desposorio místico de la humanidad con la divinidad, porque su Encarnación se continúa y se prolonga en la Santa Misa, en la Eucaristía, porque el Verbo que se encarnó en María prolonga su Encarnación en la Eucaristía para encarnarse en cada alma, en cada corazón que lo reciba con fe y con amor.

domingo, 7 de abril de 2013

La Anunciación del Señor




(Ciclo C - 2013)
“El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra (…) Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 26-38). El Ángel Gabriel le anuncia a María Virgen una noticia de Dios Trino: el Amor divino, el Espíritu Santo, “la cubrirá con su sombra”, es decir, llevará del seno del Padre, a su seno, a Dios Hijo, para que se encarne y luego, naciendo milagrosamente en Belén, Casa de Pan, se done a sí mismo como Pan de Vida eterna.
María Santísima, que ha sido creada por Dios en Inmaculada y Llena de gracia, precisamente para este momento, da su “Fiat”, su “Sí” a la Voluntad divina, permitiendo de esta manera que se ponga en marcha el plan de salvación para toda la humanidad.
La escena y el contenido del anuncio del Ángel a María y la respuesta afirmativa libre de María permitiendo que se cumpla en Ella la Voluntad salvífica de Dios, constituye a la Virgen María como el Portal de eternidad, mediante el cual Dios ingresa en el mundo. Con su Inmaculado Corazón y con su “Fiat”, María es la Puerta que desde la tierra se abre al cielo para que ingrese a los hombres el Dios Invisible a quien Ella, oficiando de Madre de Dios, revestirá con su carne y su sangre, como hace toda madre con su hijo, para volverlo visible. En un admirable intercambio, Ella le aporta de su naturaleza humana, para que el Verbo de Dios, Espíritu Puro e Invisible, posea un Cuerpo y sea visible, de modo de poder ofrecerlo en el Santo Sacrificio de la Cruz; a su vez Él, Dios Hijo, le comunica de su divinidad por anticipado, en vistas a su admirable triunfo y resurrección después de la muerte en Cruz, y le concede la gracia de ser Inmaculada y Llena de gracia, para que en su seno virgen pueda alojarse, por nueve meses, Aquél cuyo Ser trinitario es Inmaculado es la Gracia Increada misma. Gracias al “Fiat” de María, se cumple por Cristo Cabeza el plan divino de salvación, porque a la Anunciación del Ángel le sigue la Encarnación del Verbo, y a su Encarnación le sigue su Pasión, Muerte y Resurrección.
Pero el “Fiat” de María a la Anunciación de la Voluntad de Dios por parte del Ángel, encierra otra admirable realidad salvífica, además de la Encarnación del Verbo; esta admirable realidad salvífica, de la cual la Virgen es su Celestial Precursora y a la vez maravilloso anticipo, es la realidad de la Santa Misa: así como el Ángel anuncia a María que el Verbo de Dios se habrá de encarnar en su seno virgen por obra del Amor de Dios, el Espíritu Santo, así el sacerdote ministerial, representado en el ángel, anuncia a la Iglesia, por las palabras de la consagración, que el Verbo de Dios encarnado prolongará su encarnación en su seno virgen, el altar eucarístico, por obra del Amor de Dios, el Espíritu Santo; así como la Virgen dio de su naturaleza humana al Hijo eterno del Padre, permitiendo que, al ser revestido, fuera visible y, luego de nacer en Belén, Casa de Pan, tuviera un Cuerpo para ofrecer en el altar de la Cruz y así donarse como Pan de Vida eterna, así también la Iglesia da, a través de la naturaleza humana del sacerdote ministerial, las palabras de la consagración, por medio de las cuales el Hijo eterno del Padre, con su Cuerpo resucitado, se reviste de las apariencias de pan, para ser visible como Eucaristía y, luego de nacer en el Nuevo Belén, el altar eucarístico, tenga un Cuerpo sacramentado para ofrecer en el Altar del sacrificio y así donarse como Pan de Vida eterna, Pan que alimentará con la vida misma de Dios a quien lo reciba con fe y con amor en la Eucaristía.
Pero el “Fiat” de María a la Anunciación de la Voluntad de Dios por parte del Ángel, encierra otra admirable realidad salvífica, además de la Encarnación del Verbo y de la Santa Misa; su “Fiat” encierra y anticipa el “Fiat” que habrían de repetir, en su imitación y a lo largo de la historia, miles y miles de hijos suyos adoptivos, que al igual que Ella, recibirían por el poder de la gracia del Espíritu Santo, la iluminación en sus mentes y en sus corazones para recibir al Verbo de Dios, en sus mentes por la aceptación de la primero, y en sus corazones por la recepción de su Cuerpo sacramentado, la Eucaristía después; a lo largo de la historia, los hijos de María recibirían al Pan de Vida eterna por la gracia y por la comunión eucarística, en sus mentes y en sus corazones, y revistiendo al Verbo con sus palabras, lo darían a conocer al mundo por medio de las obras del Amor, las obras de misericordia.
“El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra (…) Hágase en mí según tu palabra”. El “Fiat” de María, su “Sí” a la Voluntad de Dios, inaugura para los hombres una maravillosa Nueva Era, la Era de la Presencia de Dios entre los hombres, la Era de la Presencia de Cristo Eucaristía, Dios eterno, en su Iglesia, la Era de los hijos adoptivos de Dios, que habrían de iluminar al mundo con el Amor de Cristo convertido en obras de misericordia.