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sábado, 4 de diciembre de 2021

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María

 



         La Iglesia celebra, con júbilo celestial, uno de los misterios más grandes y asombrosos de la historia de la humanidad, misterio superado en majestad y gracia sólo por el misterio más grande por excelencia, el de la encarnación del Verbo en el seno purísimo de María Santísima y es el misterio de la Inmaculada Concepción de María.

         Que María Santísima sea “Inmaculada Concepción” quiere decir que, por designio de la Santísima Trinidad, la Virgen fue concebida sin la mancha del pecado original, mancha que, desde el pecado primordial de Adán y Eva, se transmite sin excepción a todo ser humano. La única excepción es, precisamente, la de María Santísima y es por eso que se llama “Inmaculada Concepción”, porque esta horrible mancha del pecado original no la afectó, como sí lo hace a todo ser humano, desde el primer instante de su concepción. Que sea Inmaculada Concepción significa que la Virgen no tuvo nunca, jamás, en ningún momento, ni siquiera por un instante, no solo ni el más ligero pecado y tampoco estuvo, ni siquiera mínimamente, inclinada a la concupiscencia, sino que su Inmaculado Corazón estuvo siempre, en todo momento, rebosante de la gracia, la bondad, la santidad, la paz y la humildad de Dios Uno y Trino.

         Pero hay otro aspecto a considerar y es que la Trinidad la eligió para que fuera concebida sin la mancha del pecado original, porque la Virgen estaba destinada a ser Madre de Dios y como Madre de Dios, no podía estar contaminada con la mancha del pecado original. Todavía más, al estar destinada a ser la Madre de Dios, debía no solo no poseer el pecado original, sino que debía estar inhabitada por el Espíritu Santo y es por eso que la Virgen es concebida, además de exenta del pecado original, como Inmaculada Concepción, como “Llena de gracia”, lo cual quiere decir, inhabitada por el Espíritu Santo. La razón de este otro privilegio de la Virgen es que el Verbo de Dios, quien habría de encarnarse en su seno virginal, al provenir desde el Cielo, en donde era amado desde la eternidad por Dios Padre con el Divino Amor, el Espíritu Santo, debía ser recibido y amado en la tierra, en su encarnación, con el mismo Amor con el que el Padre lo amaba desde la eternidad, el Espíritu Santo y la única forma en que esto fuera posible, era que la Virgen misma estuviera inhabitada por el Espíritu Santo y es por eso que es concebida no solo sin la mancha del pecado original, sino como “Llena de gracia”, es decir, inhabitada por el Espíritu Santo. Así, el Verbo de Dios, al encarnarse en el seno purísimo de María Santísima, no sentiría diferencias en el Amor con el que era amado desde la eternidad por el Padre, porque iba a ser amado con ese mismo Amor, el Espíritu Santo.

         Por lo tanto, en el misterio de la Inmaculada Concepción, se unen entre sí, de modo indisoluble, otros dos grandes misterios, el de la Virgen como Madre de Dios y el de la Encarnación del Verbo de Dios.

         Por último, si estos tres misterios son en sí mismos insondables, majestuosos, celestiales y sobrenaturales, hay otro misterio que debe agregarse y es el hecho de que la Santa Iglesia, en cada Santa Misa, prolonga y actualiza, en su seno virginal, el altar eucarístico, el misterio de la Encarnación del Verbo, porque por las palabras de la consagración, el Verbo prolonga su Encarnación en la Eucaristía y es por este motivo que la Iglesia Católica es, a imagen de su Madre, la Virgen, santa, pura, inmaculada y llena del Espíritu Santo. No dejemos nunca de alabar, bendecir, glorificar y adorar a la Santísima Trinidad por el misterio de la Inmaculada Concepción, misterio al cual están unidos el misterio de María como Llena de gracia y el misterio de la Encarnación del Verbo en su seno purísimo, que se prolonga a su vez y se actualiza en cada Santa Misa.

sábado, 5 de diciembre de 2020

La Inmaculada Concepción y Madre de Dios Hijo

 


         Es muy importante tener presente la condición de la Virgen como Inmaculada, porque de ese dogma se derivan dos verdades esenciales de nuestra Fe Católica: la verdad de la Iglesia Católica como Esposa Mística del Cordero y la verdad de la Eucaristía como prolongación de la Encarnación del Verbo. Por esta razón, meditaremos brevemente en el significado de la Inmaculada Concepción y su relación con la Iglesia y la Eucaristía.

          Ante todo, debemos afirmar que la Virgen María tiene un doble privilegio, que no lo tiene ninguna otra creatura de la humanidad: fue concebida sin mancha de pecado original, es decir, con su humanidad –cuerpo y alma- purísima y además fue concebida como “Llena de gracia”, esto es, colmada del Espíritu Santo. Este privilegio doble no lo tuvo, no lo tiene y no lo tendrá ninguna otra creatura humana, hasta el fin de los tiempos. ¿Cuál es la razón de este doble privilegio de la Virgen? La razón es que la Virgen estaba predestinada, por la Santísima Trinidad, a ser la Madre de Dios, es decir, a ser la Madre humana de la Segunda Persona de la Trinidad, cuando ésta se encarnara en la plenitud de los tiempos. Puesto que el que se encarnaba era Dios Hijo –y en cuanto tal, Purísimo e Inmaculado, desde el momento en que es la Santidad Increada-, Aquella que estuviera destinada a ser su madre en la tierra, debía ser como Él -esto es, Pura e Inmaculada-, ya que Él no puede inhabitar en una naturaleza corrompida por el pecado. Por esta razón, la Virgen fue concebida sin pecado original, porque debía ser Purísima y purísimo debía ser su seno, para que en él inhabitara el Verbo Eterno del Padre, una vez que se encarnara, una vez que se uniera a una naturaleza humana. Pero tratándose de Dios Hijo, no bastaba que la Virgen fuera Purísima; no bastaba que su naturaleza humana no hubiera sido contaminada con la mancha del pecado original: al tratarse del Verbo del Padre, que es Quien espira al Espíritu Santo, el Amor de Dios, junto al Padre, desde la eternidad, Aquella que estuviera destinada a ser su madre en la tierra no podía tener un simple amor humano, aun cuando éste fuera purísimo, como lo era el amor del Corazón Inmaculado de María: debía inhabitar, como en el seno del Padre inhabita desde la eternidad, el Espíritu Santo, el Amor del Padre y es por esta razón que la Virgen fue concebida “Llena de gracia”, lo cual es lo mismo que decir “inhabitada por el Amor de Dios, el Espíritu Santo”. De esta manera, la Virgen habría de recibir al Verbo del Padre no sólo con su naturaleza sin mácula, sin mancha –un alma y un cuerpo humanos purísimos-, sino además llenos, plenos, inhabitados, por el Amor de Dios, el Espíritu Santo; en el Corazón de la Virgen Inmaculada debía arder el Amor de Dios y no meramente el amor humano de una madre humana perfecta, como lo era la Inmaculada Concepción. Es por esta razón que la Virgen fue concebida, además de Inmaculada, Llena de gracia, Llena del Amor de Dios, el Espíritu Santo, para que amara al Verbo de Dios con el mismo Amor con el que el Padre lo amaba desde la eternidad, el Espíritu Santo.

         Pero el prodigio de la Virgen no se detiene en Ella, porque si la Virgen fue concebida Inmaculada y Llena de gracia, así fue concebida la Iglesia, Inmaculada y Llena de gracia, al nacer del Costado traspasado del Salvador, para que la Iglesia alojara en su seno, el altar eucarístico, y lo custodiara con el Amor de Dios, el Espíritu Santo, al Hijo de Dios encarnado, la Eucaristía, así como la Inmaculada y Llena de gracia alojó en su seno virginal al Hijo de Dios, el Verbo hecho carne. Sólo de la Virgen Inmaculada y Llena de gracia podía surgir el Verbo Eterno del Padre hecho carne, Jesús y sólo de la Iglesia Católica, Inmaculada y Llena de gracia, podía salir el Verbo Eterno del Padre hecho carne, Jesús Eucaristía. Éstas son las razones por las que la Virgen y la Iglesia son Inmaculadas y Llenas del Espíritu Santo.

               Entonces, el que niega que la Virgen es Inmaculada y Llena del Espíritu Santo -como lo hacen los protestantes, por ejemplo-, niega la condición de la Iglesia como Esposa del Cordero y niega además a la Eucaristía como Presencia Real y substancial del Hijo de Dios encarnado. De ahí la importancia, para nuestra fe y nuestra vida espiritual, de creer firmemente en el Dogma de la Inmaculada Concepción.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

¿Quién es la Inmaculada?



         La Inmaculada es la Mujer del Génesis (3, 15), que con el poder de Dios participado aplasta la cabeza de la Serpiente Antigua; la Inmaculada es la Mujer al pie de la Cruz (Jn 19, 25-27) que por pedido divino nos recibe como hijos adoptivos de Dios y herederos del Reino; la Inmaculada es la Mujer revestida de sol de la que habla el Apocalipsis (12, 1), Emperatriz de cielos y tierra; es la Llena de gracia (Lc 1, 26-38) que da su asentimiento al plan divino de nuestra redención.
         La Inmaculada es la Mujer que Dios ha puesto como Madre nuestra del cielo, para que nosotros no tengamos miedo de llegar a Dios, porque nadie tiene miedo de una madre que tiene a su Hijo en brazos, como la Virgen.
         La Inmaculada es la Mediadora de todas las gracias, a la que Dios ha puesto para que acudamos a Él para pedirle cualquier gracia, porque nadie tiene temor en pedirle a su propia Madre aquello que necesita, y así al ser nuestra Madre, no tenemos temor en pedir las gracias que necesitamos para nuestra eterna salvación. Al darnos a la Virgen como Mediadora de todas las gracias, Dios se asegura por una doble vía que las hemos de conseguir: por un lado, porque siendo la Virgen nuestra Madre celestial amorosísima, no tenemos temor en acercarnos a Ella para pedirle esas gracias; por otro lado, porque Él no le niega nada a la Madre de Dios y de los hombres.
         Le pidamos a la Inmaculada, en este tiempo de Adviento, la gracia de preparar el corazón para recibir a Cristo Dios que Vino en Belén, Viene en cada Eucaristía y ha de Venir al fin de los tiempos a juzgar a vivos y muertos.

domingo, 11 de febrero de 2018

La Inmaculada Concepción, modelo para nuestra vida espiritual



         Cuando la Virgen se le apareció a Santa Bernardita, en una de las apariciones, ante la pregunta de Santa Bernardita acerca de quién era Ella, la Virgen le dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Esto ya fue, en sí mismo, una prueba de que las apariciones eran reales y no fábulas de Santa Bernardita, porque siendo ella casi analfabeta, no tenía modo de saber ni siquiera que existían las palabras “Inmaculada Concepción”.
         Ahora bien, la Virgen, que es la Inmaculada Concepción, es nuestra Madre del cielo, lo cual quiere decir que, como hijos suyos, y como forma de honrarla y homenajearla, debemos buscar de imitarla. Podría parecernos algo imposible, puesto que Ella es Concebida sin pecado original y nosotros somos “nada más pecado”, además de ser la Virgen la Llena de gracia, mientras que nosotros estamos llenos solamente de pecado.
         ¿Cómo podemos imitar a la Virgen? Por medio de dos sacramentos, la Confesión y la Comunión. Por la Confesión, nuestras almas se convierten en “inmaculadas”, es decir, sin mancha de pecado, y por la Comunión, nuestras almas se convierten en “llenas de gracia”, porque recibimos a Aquel que es la Gracia Increada, Cristo Jesús.
         Al recordar a la Virgen en su advocación de la Inmaculada Concepción, no debemos pensar que es una devoción que no tiene nada que ver con nuestra vida espiritual de todos los días. Por el contrario, la Virgen se manifiesta como Inmaculada Concepción, para que también nosotros seamos inmaculados por la gracia del Sacramento de la confesión y llenos de la Gracia de Dios, por la Eucaristía.

domingo, 2 de noviembre de 2014

María, Madre y Medianera de la Gracia


A la Virgen María se la llama “Medianera o Mediadora de todas las Gracias” desde muy antiguo en la Iglesia, pero es recién en el año 1921 en el que se introduce una fiesta dedicada a la Madre de Dios, con el título específico de “María, Medianera de todas las gracias”.
¿Qué significa este título? ¿Cuál es la razón por la que la Virgen es “Medianera de todas las gracias?
         La razón radica en la naturaleza misma de la Virgen María: Ella es la Inmaculada Concepción y la Llena de gracia, porque estaba destinada, desde toda la eternidad, a ser la Madre de Dios; como tal, no podía estar contaminada ni siquiera mínimamente con la más ligerísima mancha del pecado original y por eso fue concebida sin pecado –Inmaculada Concepción- e inhabitada por el Espíritu Santo –Llena de gracia-. Pero además de ser la Madre de Dios, la Virgen tuvo el encargo de ser la Madre de toda la humanidad, porque así lo dispuso Nuestro Señor Jesucristo, cuando antes de morir en la cruz, le dio la Virgen a Juan por Madre, diciéndole: “Hijo, he ahí a tu Madre”, y diciéndole a la Virgen: “Madre, he ahí a tu hijo”. De esta manera, la Virgen, por ser la Madre de Dios, era ya en sí misma, por su misma naturaleza, la Madre de todas las gracias, porque al dar a luz virginalmente a su Hijo Jesús, nos daba todas las gracias, porque nos daba a Jesús, que es la Gracia Increada; pero además, al ser la Madre de todos los hombres, era también la Medianera de todas las gracias, porque siendo Madre celestial, se habría de comportar con nosotros, los hombres, como se comportan todas las madres de la tierra con sus hijos, esto es, dándoles alimentos y toda clase de bienes, y en el caso de la Virgen, el principal alimento que Ella habría de darnos, sería la Eucaristía, al ser Ella Nuestra Señora de la Eucaristía y Madre de la Eucaristía, y los principales bienes que habría de darnos, sería su mediación maternal, para obtener la gracia santificante. Así lo sostienen los grandes santos de la Iglesia: “Las madres no contabilizan los detalles de cariño que sus hijos les demuestran; no pesan ni miden con criterios mezquinos. Una pequeña muestra de amor la saborean como miel, y se vuelcan concediendo mucho más de lo que reciben. Si así reaccionan las madres buenas de la tierra, imaginaos lo que podremos esperar de nuestra Madre Santa María”[1]; “María es el tesoro de Dios y la tesorera de todas las misericordias que nos quiere dispensar”[2]; “Siempre que tengamos que pedir una gracia a Dios, dirijámonos a la Virgen Santa, y con seguridad seremos escuchados”[3].
         Le confiemos entonces a la Virgen María, Medianera de todas las Gracias, todo lo que somos y lo que tenemos, todo nuestro ser, nuestro pasado, presente y futuro, nuestros bienes espirituales y materiales, nuestros seres queridos y nuestro propio ser, para que Ella los colme de todas las gracias necesarias para la contrición perfecta del corazón, para la conversión y la eterna salvación, puesto que lo único y más importante en esta vida es la salvación del alma, confiados en las palabras de San Bernardo: “Aquello poco que desees ofrecer, procura depositarlo en manos de María, graciosísimas y dignísimas de todo aprecio, a fin de que sea ofrecido al Señor, sin sufrir de Él repulsa”[4].




[1] San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 280.
[2] San Alfonso María de Ligorio, Visitas al Santísimo Sacramento, 25.
[3] Santo Cura de Ars, Sermón sobre la pureza.
[4] Homilía en la Natividad de la Beata Virgen María, 18.

viernes, 15 de agosto de 2014

Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María


         La Iglesia celebra la Asunción de la Santísima Virgen en cuerpo y alma a los cielos. Que la Virgen haya sido Asunta a los cielos, quiere decir que la Virgen, al morir, no solo no sufrió la corrupción de la muerte –rigidez cadavérica, descomposición, etc.-, sino que inmediatamente después de morir fue glorificada y asunta a los cielos, y esto no podía ser de otra forma, porque Ella era la Inmaculada Concepción, la concebida sin mancha de pecado original, porque debía alojar en su seno virginal al Verbo de Dios, y por lo tanto, no podía contener en sí misma el germen de corrupción y de malicia que es el pecado, y si no contenía el pecado original, no sufrió nunca lo propio del pecado, la corrupción de la muerte.
La Virgen fue concebida como Inmaculada Concepción y como Llena de Gracia, porque debía engendrar en su seno virginal al Verbo Eterno del Padre, Verbo Inmaculado y Gracia Increada en sí misma, y es por eso que la Asunción es solamente el desenvolverse, el desplegarse y el derramarse, desde su alma purísima, hacia su cuerpo purísimo, de esa gracia con la cual la Virgen fue concebida. La Virgen, que alojó en su seno al Verbo de Dios, no podía, de ninguna manera, experimentar en su cuerpo, el triunfo de la muerte, porque la muerte ya fue vencida por su Hijo en la cruz, y es por eso que, en el momento de morir, como la Virgen Inmaculada era, al mismo tiempo, la Llena de gracia, esa gracia se derramó sobre su cuerpo purísimo, y lo glorificó, transformándolo, como dice San Germán de Constantinopla, en “un cuerpo celestial e incorruptible, lleno de vida y sobremanera glorioso, incólume y partícipe de la vida perfecta”.
Es decir, en el momento de morir, la Virgen, lejos de experimentar la rigidez cadavérica que todo cuerpo comienza a experimentar, y lejos de experimentar, su cuerpo santísimo, los hedores de la muerte, como lo hace todo cadáver con el correr de las horas, por el contrario, el cuerpo santísimo de la Madre de Dios, sufrió un proceso absolutamente inverso y desconocido para la naturaleza humana, solo experimentado anteriormente por su Hijo Jesucristo en el día Domingo, en la Resurrección: su cuerpo santísimo fue invadido por la gloria divina, derramándose desde su alma inmaculada y llena de gracia, lo cual quiere decir que su cuerpo fue inmediatamente convertido en un cuerpo bienaventurado, es decir, en un cuerpo luminoso, lleno de la gloria divina, incorruptible, inmortal, partícipe de la vida trinitaria, y fue asunta inmediatamente hacia el seno de la Trinidad, para participar de la feliz bienaventuranza, por toda la eternidad.

Alma en gracia durante la vida, cuerpo glorificado al morir: lo que la Iglesia celebra y festeja en su Madre celestial, lo desea, lo implora y lo procura, por medio de los sacramentos, la oración y las obras de misericordia, para cada uno de sus hijos que peregrinan hacia el Reino de los cielos. Todos los hijos de la Virgen estamos llamados a seguir su mismo camino; todos estamos llamados a ser asuntos al cielo, pero para que nuestro cuerpo sea glorificado, nuestra alma debe vivir en gracia: alma en gracia durante la vida terrena, cuerpo glorificado en la vida eterna.

lunes, 10 de febrero de 2014

“Yo soy la Inmaculada Concepción”





“Yo soy la Inmaculada Concepción”. Así le respondió la Virgen a Bernardita el 11 de febrero de 1858 ante la pregunta de quién era. La respuesta en sí misma era una señal de que las apariciones provenían del cielo y de que no eran imaginaciones de una adolescente analfabeta aunque piadosa y devota. Bernardita ni siquiera entendía lo que significaba “Inmaculada Concepción”, de manera que sólo repetía mecánica y exteriormente lo que la Virgen le había dicho en la aparición. Pero no solo ella era la que no entendía lo el significado de lo que la Virgen había dicho; muchos, incluidos sacerdotes y laicos instruidos, eran incapaces de comprenderlo, y no solo en el momento de las apariciones, sino en nuestros días.
¿Qué significa entonces “Inmaculada Concepción”?
“Inmaculada Concepción” significa que la Virgen ha sido concebida sin la corrupción metafísica que el pecado original imprime a la naturaleza humana y que, actuando desde la raíz de su acto de ser, obra de una manera destructiva, separando lo que por designio divino debería estar unido para siempre, es decir, el alma y el cuerpo. Por el pecado, fuerza destructora y mortífera, el acto de ser metafísico pierde su fuerza vital y así el alma, vida del cuerpo, se separa del cuerpo y se produce la muerte, que es la consecuencia del pecado. También el alma se ofusca en la búsqueda de la Verdad y, aunque desea el Bien, se deja dominar por las pasiones y obra el mal, porque está a merced de la concupiscencia de la carne.
La Virgen, porque debía alojar en su útero virginal al Cuerpo y la Sangre, el Alma, la Divinidad del Redentor y porque debía aceptar en su Mente Purísima la Sabiduría Divina y amar en su Corazón Inmaculado al Amor Misericordioso del Padre, fue preservada de esta corrupción que afecta a toda la humanidad sin excepción, desde que Adán y Eva, desoyendo la dulce voz de Dios Padre, endurecieron sus corazones y abrieron sus oídos para escuchar la sibilante y perversa voz de la Serpiente Antigua, que les hizo perder el Paraíso terrenal.
Pero si Adán y Eva, con su desobediencia al Amor Divino dieron entrada al pecado y con el pecado a la corrupción y a la muerte, la Virgen, que por ser la Inmaculada Concepción es también la Llena de Gracia, es decir, la Inhabitada por el Amor de Dios, el Espíritu Santo, de manera que todo en Ella refleja al Amor Divino y nada en Ella hay que no refleje a este Divino Amor. Es por esto que cuando la Virgen nos dice: “Yo soy la Inmaculada Concepción”, nos está diciendo: “Yo soy un reflejo del Divino Amor”, porque el Divino Amor es Inmaculado, Puro, absolutamente sin mancha, pleno de amor, Lleno de gracia, como la Virgen. Quien contempla a la Virgen como Inmaculada Concepción, contempla al Divino Amor, que es Inmaculado, sin mácula, sin mancha de concupiscencia, purísimo, celestial, sobrenatural, eterno, infinito. Dios Trino creó a la Virgen como Inmaculada Concepción porque no podía Dios Hijo encarnarse en un seno que no fuera virginal y sin mácula como el de María Santísima.
Por último, es sabido que los hijos se parecen a la madre, y es por esto que los hijos de María, la Inmaculada Concepción, deben parecerse a Ella y así como María es Pura en cuerpo y alma -porque Ella recibió a su Hijo en su Cuerpo en la Encarnación y en su Alma por el anuncio del Ángel-, así los hijos de María deben ser ellos también inmaculados por la gracia santificante para recibir a Jesús en la Eucaristía con pureza de cuerpo y alma.

domingo, 10 de febrero de 2013

“Yo soy la Inmaculada Concepción”



         En las apariciones de Lourdes, el mensaje central que deja la Virgen María es la revelación de su condición de “Inmaculada Concepción”, según las palabras de la misma Virgen a Bernardita: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.
         Con esta aparición, nos revela que es la creatura más excelsa del universo, cuya santidad excede en gracia a todos los ángeles y santos juntos, más que el cielo excede la tierra; nos revela que es la Madre de Dios, porque sólo una Mujer, llamada a ser Madre de Dios Hijo, podía ser creada en gracia, como Inmaculada Concepción y Llena del Espíritu Santo; nos muestra la Virgen en Lourdes que es Inmaculada desde su concepción, en su alma y en su cuerpo, y que su pureza encanta y enamora al mismo Dios; la Inmaculada nos enseña que Ella fue así creada, Purísima, Santísima, Inmaculada, porque debía recibir en su seno virginal a Dios Hijo, cuyo Ser trinitario es Purísimo, Santísimo, Inmaculado, y como tal, no podía ser albergado y alojado en otro seno maternal que no fuese el suyo, ya que sólo así, Dios Hijo no encontraría diferencia entre el seno celestial del Padre en los cielos eternos, al cual dejaba, y el seno virginal de María, en la tierra y en el tiempo, al cual entraba.
         La Inmaculada Concepción nos enseña que Ella es Purísima en su cuerpo pero también en su alma y como tal, jamás albergó ni la más pequeñísima pasión corporal, ni la más pequeñísima sombra no de malicia, sino de imperfección en su alma, siendo así la Única creatura digna, en todo el universo visible e invisible, de poder recibir al Verbo de Dios.
         Hay otro mensaje que nos transmite la Inmaculada Concepción, esta vez sin palabras, y es el rezo del Santo Rosario, y es por este motivo que la Virgen se aparece a Bernardita con un Rosario en sus manos, y la acompaña en su oración en algunas partes del mismo.
         Pero la Virgen no quiere que nos quedemos simplemente escuchando y mirando: la Virgen quiere que la imitemos, que seamos como Ella, porque para eso ha venido del cielo. La Virgen no quiere que nos quedemos en el mero conocimiento de las verdades eternas, sino que quiere que las encarnemos y que las hagamos vida, que seamos espejos vivientes de Ella misma. Como Madre celestial, la Virgen quiere que sus hijos nos parezcamos a Ella, no que simplemente la veamos y la escuchemos.
         Por este motivo, se nos plantea la pregunta de si no se trata de una pretensión desmesurada, de un propósito inalcanzable: ¿cómo puedo yo, pecador, nacido con el pecado original, imitar a María Santísima, que precisamente es la más santa de todas las creaturas porque nació sin pecado original?
         ¿Cómo puedo imitarla a Ella, la Llena de Gracia, la Inhabitada por el Espíritu Santo, yo, que soy un pecador?
         ¿Cómo puedo imitarla en la oración, si Ella es la Omnipotencia Suplicante, y yo en cambio no puedo rezar ni un Padrenuestro sin distraerme?
         ¿No suena a despropósito siquiera pensar en que puedo imitar a la Virgen María?
         No es un despropósito, ya que su imitación es posible y puedo hacerlo gracias a los sacramentos, principalmente la Confesión sacramental y la Eucaristía, además del rezo del Santo Rosario.
         Por la confesión sacramental, el alma no solo recibe el perdón de los pecados, sino que queda limpia y brillante por la gracia, queda en estado de gracia, y como el alma en estado de gracia es “templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19), viene a hacer morada en ella el Amor de Dios, el Espíritu Santo. De esta manera, por la confesión sacramental y por la gracia santificante que esta proporciona, el alma se vuelve una imagen en la tierra de la Virgen María: inmaculada y llena de gracia, inhabitada por el Espíritu Santo.
         Por la comunión sacramental, el cristiano imita a María en la Encarnación: por la fe en la Presencia real de Cristo en la Eucaristía, recibe en su mente y en su corazón a la Palabra de Dios proclamada, concibiéndola en su alma; por la comunión sacramental, recibe a la Palabra de Dios encarnada en su cuerpo, en su boca, siendo unida por el Espíritu al Cuerpo de Cristo “en un mismo Espíritu”.
         De esta manera, por la comunión, el alma imita a la Virgen en la Encarnación, recibiendo como la Virgen, doblemente, en la mente y en el corazón primero, y en el cuerpo después, a la Palabra de Dios encarnada, Jesús Eucaristía.
         Por último, por el rezo del Santo Rosario, es posible imitar a la Virgen en su condición de Omnipotencia Suplicante, porque la misma Virgen así lo prometió al Beato Alano de la Roche: “No hay gracia que no se consiga a través del rezo del Santo Rosario”. Por el Rosario, accedemos directamente al Corazón Inmaculado de María, y junto con las rosas espirituales, que son las Avemaría, ingresan en el Corazón de la Virgen nuestras peticiones, y es esto lo que explica que no haya ninguna petición que no sea escuchada y que deje de ser atendida por la Virgen en Persona.
         ¡Cuántos males del mundo, de los países, de las familias, se evitarían, si todos rezaran el Rosario!
         La tierra sería un anticipo del cielo porque la Virgen misma, atraída por los Avemaría surgidos de los corazones de sus hijos, descendería del cielo y con Ella descendería toda la corte celestial, los ángeles y los santos y, lo más importante, descendería también el Rey de cielos y tierra, Jesucristo. Sólo la Omnipotencia Suplicante puede lograr esto, y eso es lo que hace la Virgen cuando se reza el Santo Rosario.
         La Inmaculada Concepción se nos aparece en Lourdes, entonces, no para que simplemente sepamos que apareció, ni tampoco para que asistamos a un oficio religioso, la Santa Misa, en su día, y después sigamos como nada: la Virgen se nos aparece en Lourdes para que empeñemos nuestra vida en imitarla, porque en su imitación como Inmaculada Concepción y como Omnipotencia Suplicante, está en juego nuestra salvación y la de muchas almas. Este es entonces el mensaje de Nuestra Señora de Lourdes: confesión, Eucaristía, rezo del Santo Rosario.
        
         

domingo, 30 de diciembre de 2012

Solemnidad de Santa María Madre de Dios - Ciclo C - 2013



         Luego de llevarnos a la contemplación del Nacimiento del Niño Dios y de la Sagrada Familia, que se constituye precisamente en familia a raíz del Nacimiento del Niño, la Iglesia, al inicio del año civil, nos lleva a contemplar el misterio de la Madre de ese Niño, que por ser Dios, se convierte en Madre de Dios.
         La Virgen es Madre de Dios porque se llama “madre” a la mujer que da a luz a una persona, y como la Virgen da a luz virginal y milagrosamente a una Persona divina, la Segunda de la Santísima Trinidad, la Persona del Hijo, y como este Hijo es Dios como su Padre Dios, entonces la Virgen es “Madre de Dios”.
         Es precisamente esta condición de María Santísima de ser "Madre de Dios", la que hace que la concepción y nacimiento del Niño que lleva en su seno, sean del todo sobrehumanas, sobrenaturales y divinas, desde el momento que no interviene varón humano alguno en la concepción del Niño. Para darnos una idea de cómo fueron la Encarnación y el Nacimiento del Niño Dios, y para no apartarnos un milímetro de la bimilenaria fe de la Santa Iglesia Católica, y utilizando las imágenes que muchos santos contemplaron por inspiración divina (entre otros, las beatas Ana Catalina Emmerich y Luisa Piccarretta, y la piadosa escritora María Valtorta), podemos tomar como punto de partida al diamante, roca cristalina y translúcida, en su relación con la luz. 
         En la Encarnación y Nacimiento del Niño, la Virgen se comporta como el diamante con relación a la luz: así como el diamante, al recibir un rayo de luz, tiene la propiedad de encerrar en sí mismo a la luz –propiedad que no la tienen las otras rocas, que son opacas-, para emitir luego esta luz desde su interior, irradiándola al exterior, así también la Virgen María, en la Encarnación, recibe -en su intelecto y en su Corazón inmaculado primero, y en su seno virginal, su útero, después- a la Luz eterna, Jesucristo, proveniente de la Luz eterna, Dios Padre, y luego de alojarla por nueve meses en su seno virginal, la emite milagrosamente, en la gruta de Belén, estando arrodillada y en posición de oración, a través de la pared superior de su abdomen, quedando intacta en su virginidad antes, durante y después del parto milagroso.
           Reafirmamos esta Verdad revelada de la Concepción virginal y Nacimiento milagroso del Verbo eterno del Padre, Jesús de Nazareth, en el seno virgen de María, y reafirmamos la condición de María como Madre y Virgen, como Inmaculada Concepción y como Llena de gracia, a la par que rechazamos como heréticas y blasfemas las proposiciones contrarias, como las lamentablemente esgrimidas en estos días por varios "teólogos" "católicos", como los sacerdotes Juan Masiá Clavel y Alfonso Llano, quienes de modo impiadoso y blasfemo sostienen que la Concepción y Nacimiento milagroso de Jesús es un "mito" (esto lo sostiene literalmente Masiá), y que Jesús nació "de la relación conyugal (sexual) entre José y María (esto lo sostiene, literalmente, Alfonso Llano). Repetimos que rechazamos estas proposiciones por heréticas, blasfemas, ultrajantes, y gravemente contrarias a la Fe bimilenaria de la Iglesia, a las enseñanzas de los Papas, desde el inicio mismo de la Iglesia, y a los dogmas inalterables de la condición de María como Inmaculada Concepción, Llena de gracia y Madre de Dios, y la de Jesús como Dios Hijo en Persona que se encarna en el seno virgen de María por obra del Espíritu Santo, sin concurso alguno de varón.
         Porque el Hijo de la Virgen es Dios Hijo en Persona, María no podía no ser la Inmaculada, la Llena de gracia, la Inhabitada por el Espíritu Santo, porque Jesús, siendo Él Inmaculado, Autor de la Gracia y la Gracia Increada en sí misma, y siendo Él el Espirador del Espíritu Santo junto a su Padre Dios, no podía venir a este mundo y encarnarse en un lugar en donde no ardiera el fuego del Amor divino, el Espíritu Santo; Jesús, siendo como es, Dios del Amor santo, no podía encarnarse en un lugar mancillado por amores profanos, contaminados con amores espúreos, y por eso se encarna en un seno purísimo y limpidísimo, el seno virgen de María Santísima; Jesús, proviniendo del seno del Padre, que es más hermoso que miles de millones de Paraísos celestiales juntos, no podía venir a este mundo, “valle de lágrimas” y lugar “de tinieblas y de muerte”, como lo describe Zacarías en su cántico, tinieblas y muerte producidas por el pecado, a un lugar contaminado por el pecado, y por eso se encarna en el seno de la Madre de Dios, María Santísima, seno Inmaculado, sin la más pequeñísima mancha no ya de pecado venial, sino ni siquiera de imperfección. Para que Jesús, al venir a este valle de lágrimas, de tinieblas y de sombras de muerte, no extrañara el seno de Amor de Dios Padre, en el que fue engendrado desde la eternidad, es que Jesús viene al seno virgen de la Madre de Dios, seno en el que arde el Amor purísimo del Espíritu Santo, seno en donde es amado, en la tierra y en el tiempo, con el mismo Amor con el que Dios Padre lo ama desde la eternidad, en los cielos, de modo que al nacer, su Madre, convertida en Madre de Dios, lo amparase y cuidase, en el tiempo que durara su vida terrena, con el mismo Amor de Dios Padre, el Espíritu Santo.
            La negación de María como Madre de Dios, además de echar por tierra los dogmas ya citados, conmueve los cimientos mismos de la Iglesia, puesto que si Jesús nació como dicen estas proposiciones heréticas, entonces en la Eucaristía, que es prolongación de la Encarnación y del Nacimiento, tampoco hay intervención sobrenatural del Espíritu Santo, el cual no obraría la transubstanciación, limitándose a simplemente bendecir las ofrendas de pan y de vino, las cuales permanecerían como tales, cambiando sólo su significado, pero no su ontología: no se convertirían en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.
         Como católicos, creemos y defendemos firmemente la Fe de la Iglesia, y sostenemos que María es Madre de Dios, y que fue galardonada con tan grandioso título por ser Ella la Inmaculada Concepción, la Llena de Gracia, la Inhabitada por el Espíritu Santo, y es a Ella, como Madre amantísima, a quien contemplamos, pidiendo que haga de Madre para con nosotros, así como hizo  de Madre con el Verbo de Dios encarnado, en su paso por la tierra.
         La Virgen, Madre de Dios, cuidó de su Hijo, Dios, con el Amor del Padre, el Espíritu Santo, y este Amor se vio sobre todo en la Pasión, cuando aún sin morir, dio su vida como mártir por su Hijo, acompañándolo en el Camino del Calvario, el Via Crucis, y permaneciendo firme al pie de la Cruz, con su Corazón Inmaculado atravesado por mil espadas de dolor, contemplando al Hijo de su Amor, primero agonizar y luego morir. La Virgen, como Madre de Dios, acompañó a su Hijo desde su Encarnación, hasta su Muerte en Cruz; lo acompañó desde que ingresó en este mundo, proveniente del seno de Dios Padre, hasta que salió del mundo, muriendo en la Cruz, para regresar al seno del Padre.
         Debido a que por un designio de la Divina Misericordia, esta Madre de Dios es también real y verdaderamente Madre nuestra, porque Cristo nos la donó desde la Cruz, le pedimos a Ella que haga de Madre así como obró con su Hijo Jesús: así como lo acompañó a Él desde que fue engendrado hasta que murió, así nos acompañe y consuele a nosotros, que habitamos en este “valle de lágrimas, de tinieblas y de sombras de muerte”, todos los días de la vida, hasta nuestra muerte.
El hecho de que la Santa Madre Iglesia coloque esta Solemnidad de Santa María Madre de Dios, al inicio del año civil, no es por casualidad: es para que, al iniciar un nuevo año terreno, la Virgen nos cubra con su Manto celestial y nos libre de todo mal, en nuestro peregrinar por el tiempo hacia la eternidad.
         

miércoles, 19 de diciembre de 2012

“¡Alégrate!, Llena de gracia (…) El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra y el Niño será llamado Hijo de Dios”



“¡Alégrate!, Llena de gracia (…) El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra y el Niño será llamado Hijo de Dios” (cfr. Lc 1, 26-38). El saludo del Ángel a la Virgen nos da una idea de cómo habrá de ser nuestra contemplación del Pesebre, cuando el Niño ya haya nacido para Navidad, porque aunque veamos a una mujer y a un hombre con su hijo recién nacido, en el Pesebre hay un misterio inabarcable e incomprensible para la mente humana.
El saludo del Ángel Gabriel a la Virgen María nos revela que Dios Hijo, que habría de nacer como Niño para salvar a los hombres, había elegido para su Encarnación no un lugar cualquiera, sino el seno virgen de la creatura más pura y santa que jamás la Trinidad, con toda su infinita Sabiduría y Amor, pudiera crear: la “Llena de gracia”, como la llama el Ángel, la “Llena del Espíritu Santo”, la “Llena del Amor de Dios”, la “Llena de la pureza inmaculada del Ser trinitario”.
La Segunda Persona de la Santísima Trinidad, obedeciendo al pedido de Dios Padre, había decidido su Encarnación redentora, Encarnación por medio de la cual habría de donar al mundo, luego de su muerte en Cruz, y por medio de su Corazón traspasado, a Dios Espíritu Santo.
Ahora bien, las Tres divinas Personas, trabajando en conjunto y poniendo en acto –como están en Acto eterno desde la eternidad- toda su Sabiduría y su Amor, común a las Tres Personas, deciden crear en la tierra un Paraíso terrenal, para que la Segunda Persona, al encarnarse y venir a este mundo, lleno de espinas, plantas venenosas y abrojos, no extrañara el Paraíso celestial que es el seno de Dios Padre, y así crearon ese Paraíso terrenal que es el seno de la Virgen Madre, el cual contiene todas las alegrías, los amores, los cantos, los gozos, del seno del Padre.  Y porque la Alegría del Padre, Dios Hijo, iba a encarnarse en su seno, es que el Ángel le dice a la Virgen: “¡Alégrate!”.
Para que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que es la Gracia Increada y el Autor de toda gracia, no extrañara el seno purísimo e inmaculado del Padre, en quien brillan con fulgor indecible la más excelsa santidad y pureza, la Santísima Trinidad creó en esta tierra, a una creatura Purísima e Inmaculada, la Virgen María, Llena de gracia, llena de santidad y de perfección, llena de pureza y de amor, sin la más pequeñísima y ni siquiera ligerísima sombra de imperfección, tan parecida al seno de Dios Padre en su pureza, que Dios Hijo, al encarnarse, no notó la diferencia entre la pureza inmaculada del seno del Padre y la pureza inmaculada del seno de la Virgen Madre. Y es por eso que el Ángel le dice: “Llena de gracia”.
Para que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, al venir a este mundo -llamado “valle de lágrimas” a causa del pecado y de la maldad de los corazones de los hombres, lleno también de arideces, de sequedades, de frialdades, de indiferencias y de desprecios hacia Dios, por parte de los hombres-, no extrañara el Amor del Padre, que es el Espíritu Santo, llamado “fuego de Amor divino”, la Santísima Trinidad creó en la tierra a una creatura excelsa, inhabitada por el Espíritu Santo desde su Concepción Inmaculada, y por lo tanto, poseedora del mismo Amor con el que el Padre amaba a Dios Hijo desde la eternidad, y así esta creatura, que es la Virgen Inmaculada, al amar a su Hijo Dios con el Amor del Espíritu Santo, hizo que el Niño Dios no sintiera la diferencia entre el Amor recibido por el Padre en los cielos eternos, y el Amor recibido por la Madre en este “valle de lágrimas”. Y es por eso que el Ángel le dice: “El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra”, porque Ella concebirá por el Amor purísimo de Dios, y ningún amor mundano, profano, impuro, humano, osará ni siquiera ligeramente acercársele.
Para que al venir a este mundo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad no extrañara el Amor del Padre, siendo Él Dios Hijo, las Tres Divinas Personas crearon a la Virgen Madre, para que al nacer Dios Hijo como Niño, recibiera en la tierra el amor materno de María, amor que le haría recordar al Amor del Padre en los cielos. Y es por eso que el Ángel le dice: “El Niño será llamado Hijo de Dios”.
Por lo tanto, al contemplar el Pesebre, ya para Navidad, debemos recordar el saludo del Ángel y su significado, para poder abismarnos en el misterio insondable que encierra el Niño de Belén y su Madre, la Virgen Santísima: “¡Alégrate!, Llena de gracia, el Señor está contigo (…) El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra y el Niño será llamado Hijo de Dios”.

martes, 20 de noviembre de 2012

Presentación de la Virgen María



         San Joaquín y Santa Ana, padres de la Virgen María y abuelos de Jesús, hacen la presentación de la Virgen en el templo, a poco de nacida. Con esta ceremonia, consistente en llevar al niño al sacerdote del templo para que este lo ofrezca a Dios; de esta manera, los padres de la Virgen agradecen a Dios por el milagro de su nacimiento, al tiempo que cumplen el precepto del Pueblo Elegido de consagrar el primogénito a Yahveh.
Sin embargo, antes de que San Joaquín y Santa Ana presenten y consagren a la Virgen exterior y materialmente, la Virgen ya ha sido consagrada al servicio exclusivo de Dios, por su nacimiento virginal, sin mancha de pecado original, y por su inhabitación por el Espíritu Santo. Habiendo sido destinada a ser la Madre de Dios, la Virgen es pensada por la Trinidad, desde la eternidad, como templo y sagrario de Dios Hijo, y es por esto que es concebida como Inmaculada y como Llena de gracia. La ceremonia exterior de consagración es sólo un cumplimiento cultual, material y exterior, de una consagración hecha no por seres humanos, como San Joaquín y Santa Ana, sino por las Personas divinas de la Santísima Trinidad.
Esta consagración trinitaria de la Virgen, llevada a cabo antes de la consagración de sus padres biológicos, convierte a la Virgen en aquello para lo cual fue pensada, deseada y creada: para ser morada, custodia, templo y sagrario del Hijo Unigénito de Dios en su Encarnación redentora, y esto como modelo de nuestra propia presentación y consagración, ocurrida en el día de nuestra bautismo. Si María, Inmaculada y Llena de gracia, fue consagrada por la Trinidad y presentada en el templo por sus padres biológicos, fue para que nosotros, nacidos con el pecado original y por lo tanto sin la gracia santificante, fuéramos algún día también llevados al templo y consagrados para ser morada del Espíritu y sagrario de Dios Hijo por la gracia.
María-templo es entonces modelo de todo cristiano, llamado a ser templo de Dios en su cuerpo: “el cuerpo es templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19): así como María es la Llena de gracia y la Inmaculada, sin sombra de pecado original, así el cristiano está llamado a ser él también lleno de gracia e inmaculado, por la confesión sacramental y por la imitación de las virtudes de la Virgen María.
La celebración de la Presentación de la Virgen debe recordarnos el día de nuestra presentación y consagración en el bautismo -en donde fuimos llevados por nuestros padres, por moción del Espíritu Santo-, para que cumplamos la Voluntad divina en nuestras vidas: que nuestro cuerpo sea morada del Espíritu Santo y el corazón, Sagrario de Jesús Eucaristía.

miércoles, 18 de enero de 2012

Los misterios de la Virgen María (III)



“Y entrando ante ella, el ángel dijo: ‘Alégrate, Llena de gracia’” (Lc 1, 28). Mientras los hombres dan un nombre a la Madre de Jesús –“El nombre de la Virgen era María” (Lc 1, 27)-, el ángel saluda a la Virgen con otro nombre, dado por Dios: “Alégrate, Llena de gracia”. Para el Pueblo Elegido, el nombre era muy importante, puesto que era sinónimo de la persona[1]. En el caso de la Virgen María, es doblemente importante, desde el momento en que es un nombre puesto por el mismo Dios, y porque cuando Dios pone un nombre, realiza al mismo tiempo lo que significa[2]. ¿Qué quiere decir entonces este nombre, “llena de gracia”?
Para el evangelista Lucas, “gracia” quiere decir tanto hermosura y belleza física, externa, como también la hermosura y la belleza interior, concedidas por el favor y la benevolencia divina. En el caso de la Virgen María, “gracia” significa ambas cosas, puesto que María es la creatura más hermosa jamás creada por Dios, es Aquella que por su belleza deslumbra no solo a los ángeles sino al mismo Dios. María es la “llena de gracia” porque todo en Ella es amor, bondad, donaire, benevolencia; María es “llena de gracia” porque supera en hermosura a todos los ángeles y a todos los santos juntos, y la distancia entre su hermosura y la de los ángeles y santos es tan distante de la nuestra como dista la de Ella con la de Dios.

Pero hay algo más en el nombre dado por Dios, y es que Dios decide darle este nombre porque María, desde su Concepción, es ya hermosa, porque es concebida inmaculada, sin mancha de pecado original, esto es, sin malicia, sin capacidad de pensar, desear, obrar el mal, y no solo eso, sino que al no estar inficionada por el pecado original, María Santísima solo piensa, desea y obra el bien, lo cual quiere decir que solo piensa en Dios, solo ama a Dios, y solo obra por Dios y para Dios. Y porque Ella es Inmaculada, La sin mancha, es que es también la “Llena de gracia”, porque la hermosura resplandeciente de su Corazón sin mancha atrae al Amor de Dios, el Espíritu Santo, que al verla tan admirablemente hermosa, decide hacer de su Corazón su morada, y es esto lo que significa en última instancia: “Llena de gracia”: “Llena del Espíritu Santo”. María, creada en gracia, sin mancha de pecado original, atrae al Amor divino, que decide tomar posesión del Corazón de María y hacer de este Corazón puro y hermoso su más agradable morada. La creada en gracia se vuelve morada de la Gracia Increada.

¿Y nosotros? ¿No somos hijos de la Virgen? ¿No estamos también llamados a imitar a nuestra Madre del cielo? Por supuesto, pero aquí se nos presenta un escollo insalvable: nacimos no en gracia, sino con el pecado original, lo cual aleja al Espíritu Santo de nuestros corazones. ¿Esto quiere decir que nunca podremos ser parecidos a nuestra Madre? Sí, porque la Santa Madre Iglesia viene en nuestro auxilio, y por el sacramento de la confesión, nuestra alma queda en gracia, y por el sacramento de la Eucaristía, nuestra alma se llena de la Gracia Increada, Jesús. Por la Confesión y la Eucaristía, sí podemos ser como María, “llenos de gracia”.


[1] Cfr. Lesètre, Nom., en Dict. Biblique, t. 4; en Lucien Deiss, María, Hija de Sión, 104.
[2] Cfr. Lucien Deiss, María, Hija de Sión, Ediciones Cristiandad, Madrid 1964, 104ss.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

La Inmaculada Concepción de María y nuestro destino de eternidad



Dios creó a la Virgen Toda Hermosa, con una hermosura superior a la de todos los ángeles y santos juntos, y la creó también con un poder mayor al de todos los ángeles y santos juntos. Que la Virgen tenga más poder que los ángeles y los santos, se ve en sus imágenes, en donde aplasta, con su delicado piececito, la cabeza del demonio. Para el demonio, el delicado pie de la Virgen pesa más que millones de toneladas, y eso porque la Virgen lo aplasta con el poder de Dios. Además, el demonio, y todo el infierno junto, le tienen terror a la Virgen: basta con nombrarla, para que huyan.

Dios crea a la Virgen Toda Hermosa, Purísima, y Llena del Espíritu Santo. Entonces nos preguntamos: ¿por qué Dios crea a María Inmaculada y Llena de gracia? La respuesta está en su Hijo Jesús.

La razón por la cual Dios crea una criatura inmaculada, sin mancha de pecado original, es decir, sin sombra alguna de malicia o de rebelión a Dios, y además Llena de Gracia, es decir, inhabitada por el Espíritu Santo, es para que esta criatura, la Virgen María, sea la Madre del Cordero Inmaculado y Fuente Increada de toda gracia, Jesucristo.

En otras palabras, Dios crea a María Inmaculada y Llena de gracia para que de Ella nazca el Hombre-Dios, Inmaculado y Autor de toda gracia.

Siendo Jesús Dios verdadero, y por lo tanto, Tres veces Santo, no podía nacer en un seno contaminado con el pecado, y por eso Dios crea a María Inmaculada; siendo Jesús el Amor Puro y santo de la divinidad, no podía nacer en un seno que no fuera amor puro y santo, y por eso Dios crea a María, Madre del Amor hermoso; siendo Jesús Dios Hijo, el Amor Espirante en Persona, que junto al Padre espira al Amor Espirado, el Espíritu Santo, no podía nacer en un seno que no estuviera inhabitado por el mismo Espíritu Santo, y por eso Dios crea a María, Llena del Espíritu Santo.

Dios crea a María Inmaculada y Llena del Espíritu Santo porque de Ella habría de salir el Cordero Inmaculado Dador del Espíritu Santo, para perdonar los pecados de los hombres muriendo en cruz, y llevarlos a la eternidad feliz en los cielos.

Dios crea a María sin mancha de pecado original para que Cristo se encarne, muera en cruz y nos done su Espíritu luego de resucitado, para que siendo hijos de Dios, seamos destinados a vivir otra vida, la vida de la gracia en esta vida terrena y temporal, y la vida de la bienaventuranza en la otra vida, la vida que empieza después de la muerte, la vida eterna.

Que la celebración de María Inmaculada y Llena de gracia no quede para nosotros, cristianos, en un mero recuerdo piadoso; que no sea vivido por los hijos de Dios como un día feriado vivido en la mundanidad, como si estuviéramos destinados a este mundo y como si este mundo no fuera a terminar alguna vez; que al recordar a María, concebida sin mancha de pecado original, inhabitada por el Espíritu Santo, consideremos y meditemos que cuando Dios Trinidad decidió, en su eternidad de eternidades, concebir a María como Inmaculada, lo hizo pensando en todos y cada uno de nosotros, como destinados a la eterna bienaventuranza.

María fue concebida sin mancha de pecado original para que Cristo pudiera encarnarse y concedernos la vida eterna, vida que recibimos en germen en la Eucaristía.

Que el recuerdo de Nuestra Madre del cielo nos lleve a pensar que también nosotros, por la gracia, estamos llamados en esta vida a ser inmaculados y llenos del Espíritu Santo, como anticipo de la vida eterna, nuestro destino final.

No estamos llamados a una vida terrenal, material, temporal; esta vida se termina, y nos espera la eternidad, y el modo de prepararnos para esa eternidad, que no sabemos cuándo habrá de llegar, es imitando a María Inmaculada y Llena de gracia, y el modo de imitarla no es solo evitando el pecado, sino ante todo viviendo en gracia, viviendo como hijos de Dios, inmaculados y llenos del Espíritu Santo, y para conseguir esto, lo mejor es consagrarnos a su Corazón Inmaculado.

Esa condición, el ser inmaculados y llenos del Espíritu Santo, la adquirimos cuando, con el corazón contrito y humillado, acudimos a la confesión sacramental.

Es en la confesión sacramental en donde nos preparamos para la vida eterna, y es en la consagración e imitación de la Virgen en donde comenzamos ya a vivir, de modo anticipado, nuestro destino de eternidad.

Por la confesión sacramental y por la Consagración a la Virgen convertimos nuestro cuerpo en templo y morada del Espíritu Santo y nuestro corazón en Sagrario de Jesús Eucaristía.

De esta manera se hace realidad para nosotros lo que nos dice San Pablo: "El cuerpo es templo del Espíritu Santo", por lo que debemos cuidar para no solo no profanarlo con impurezas, enojos, rencores, envidias, sino para mantenerlo siempre y cada vez más perfumado e iluminado por la gracia.

El cuerpo y el corazón, así consagrados a la Virgen, iluminados por la gracia, son como una flor fresca y perfumada: así como esta necesita del agua para vivir, así el alma necesita del agua vivificante de la gracia para no morir, y así como la flor se vuelve mustia y seca, perdiendo su perfume, su luz, su belleza, cuando se la deja sin agua y se la expone al calor del sol, así el alma pierde su encanto, su belleza, dada por la gracia, cuando la tentación es consentida, es decir, cuando se comete un pecado.

El mundo buscará de tentarnos para que profanemos el cuerpo, templo del Espíritu Santo, y el corazón, sagrario de Jesús Eucaristía. Para que eso no suceda nunca, es que nos consagramos a la Virgen María.