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martes, 30 de mayo de 2023

La Visitación de María Santísima y la alegría de Isabel y el Bautista

 



         La Visitación se refiere a un episodio de la Madre de Dios en el que, estando la Virgen encinta por obra del Espíritu Santo, con un embarazo en curso -Jesús, Dios Nuestro Señor, estaba en su seno-, aun así, al enterarse que su prima, Santa Isabel, ha quedado ella también encinta, decide acudir en auxilio de su pariente. Visto externamente, con ojos puramente humanos, se trata de una visita de una prima a otra, ambas encintas, siendo la recién llegada María Santísima, que por su gran corazón acude a visitar, pero no en una visita de cortesía, sino en una visita de ayuda, de auxilio, a una pariente que también está encinta y que necesita ayuda, porque además de los problemas propios que se derivan de un embarazo, Santa Isabel tiene ya una edad avanzada, lo cual aumenta sus problemas, para los cuales ha venido a ayudar María Santísima. Ahora bien, esto es visto desde afuera, superficialmente, con ojos puramente humanos, pero en la escena, en las personas que intervienen en el hecho de la Visitación, hay elementos sobrenaturales, divinos, celestiales, que trascienden infinitamente la mera humanidad.

Uno de estos hechos sobrenaturales es, desde luego, tanto el embarazo de María Santísima, obra del Espíritu Santo y el otro embarazo, el de Santa Isabel, que si bien es obra de hombre, es milagroso por el avanzado estado de edad de Santa Isabel. Otro hecho sobrenatural es el saludo que Santa Isabel otorga a María Santísima: en vez de decirle, como diría cualquier humano en esta situación, por ejemplo, “Bienvenida prima, qué gusto de verte, gracias por venir a ayudarme”, Santa Isabel no la saluda con el saludo habitual que se da entre familiares que no se ven desde hace tiempo; por el contrario, la saluda de la siguiente manera: “la Madre de mi Señor”. No le dice “prima”, a María Santísima, ni “sobrino”, al fruto de sus entrañas, Jesús, sino que la llama “Madre de mi Señor”. Otro elemento sobrenatural es que tanto ella, como el niño de sus entrañas, Juan el Bautista, saltan, exultan de alegría, siendo esta alegría no la alegría natural que se da entre familiares que se quieren y que hace tiempo que no se ven: el título que Santa Isabel da a María –“Madre de mi Señor”-, como la alegría que ella y Juan el Bautista experimentan, no se deben a factores naturales, humanos, derivados de situaciones naturales y humanas; se trata de una alegría sobrenatural, concedida tanto a Santa Isabel, como a San Juan Bautista. En el Evangelio se dice: “Isabel, llena del Espíritu Santo”. Esto quiere decir que es la Presencia del Espíritu Santo, del Divino Amor, de la Persona Tercera de la Trinidad, en Isabel, lo que hace que Isabel, exultando de alegría, no le diga “prima” a María Santísima, sino “Madre de mi Señor”, expresión que equivale a decir: “Madre de mi Dios”. El Espíritu Santo concede la alegría al corazón de Santa Isabel, al hacerla reconocer que el fruto del seno de la Virgen no es un bebé humano, sino Dios Hijo encarnado en el seno purísimo de la Virgen; es el Espíritu Santo el que le dicta a Santa Isabel que el fruto de las entrañas de María es Dios, que es a lo que equivale “mi Señor”. Entonces, por la iluminación del Espíritu Santo, Isabel le da el título, a la Virgen, de “Madre de Dios”, al decirle “Madre de mi Señor” y a Jesús, el fruto de las entrañas de la Virgen, le da el título de “Dios”, que es el equivalente a “Señor”. Es también el Espíritu Santo el que hace que Juan el Bautista, que evidentemente es no nato, “salte de alegría”, al reconocer, tanto la voz de la Virgen, como la Presencia de su primo, que no es otro que Dios Hijo encarnado en la humanidad santísima de Jesús de Nazareth. Todos estos hechos sobrenaturales -el título de “Madre de Dios” a la Virgen; de “Dios” a Jesús que está en el seno de la Virgen, la alegría sobrenatural que experimentan tanto la Santa Isabel como el Bautista, son producidos por la acción del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo, que es Amor Divino y Verdad Increada, ilumina las mentes y corazones tanto de Santa Isabel como de Juan el Bautista, para que Santa Isabel trascienda el mero hecho de ser parienta biológica de María Santísima; es el Espíritu Santo el que le permite ver, a Santa Isabel, en la Virgen, no a su “prima”, sino a la “Madre de mi Señor”, la “Madre virginal de Dios”, María Santísima.

Ahora bien, de este hecho relatado en el Evangelio, que verdadera e históricamente sucedió, podemos también nosotros, por la gracia, ser partícipes, en mayor o menor grado, si pedimos la gracia al Espíritu Santo en nombre de Jesús y a través de la Virgen: “Pedid el Espíritu Santo”, “Hasta ahora no habéis pedido nada al Padre en mi Nombre”, dice Jesús en el Evangelio. Pidamos la gracia de la iluminación del Espíritu Santo, para captar su sentido sobrenatural, para contemplar en la escena no a dos parientes encintas que hace tiempo que no se ven, sino a la Madre de Dios, que lleva en su seno al Hijo de Dios encarnado y a la Presencia del Espíritu Santo, Presencia divina y celestial manifestada en la alegría sobrenatural que experimentan Santa Isabel y su niño, Juan el Bautista. Solo con la luz del Espíritu Santo, seremos capaces de contemplar el significado sobrenatural, espiritual, celestial y divino del episodio de la Visitación de la Virgen María.

        

miércoles, 1 de junio de 2016

La Visitación de María Santísima


         La Virgen, encinta de Jesús, visita a su prima, Santa Isabel. Al hacerlo, la Virgen nos da un sublime ejemplo de dos condiciones indispensables para alcanzar el cielo: el olvido de sí mismo (en el seguimiento de Cristo), según las palabras de Jesús: “El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo” (Mt 8, 34) y la misericordia para con los más necesitados, también según las palabras de Jesús: “Lo que habéis hecho a uno de estos mis pequeños, a Mí me lo habéis hecho” (Mt 25, 40). En efecto, la Virgen misma está encinta y por lo tanto, necesitada de ayuda, y sin embargo, olvidándose de sí misma, acude en auxilio de su parienta Isabel, quien está doblemente necesitada de ayuda: por estar encinta y por ser de edad avanzada. La Virgen, en la Visitación, es por lo tanto, ejemplo sublime y perfectísimo de cómo, movidos por el Amor de Dios, debemos obrar, si queremos entrar en el cielo.
         Pero en la Visitación de María Santísima hay algo mucho más grande que el mero ejemplo –sublime y perfecto- de cómo obrar para alcanzar el cielo: María, Sagrario Viviente y Tabernáculo del Dios Altísimo, lleva en su seno del Hijo de Dios encarnado, Jesús de Nazareth, por lo que su llegada implica la llegada del Salvador de los hombres; su Visita implica la Visita del Verbo de Dios Encarnado; su Arribo a un alma implica el Arribo al alma de Hijo Eterno del Padre, porque su Hijo, el que Ella lleva en su seno purísimo, es el Verbo Eterno del Padre, engendrado desde los siglos sin fin, “entre esplendores de santidad” (cfr. Sal 110, 3). Y con Jesucristo, el Dador del Espíritu junto al Padre, llega al alma visitada por la Virgen el Espíritu Santo, y es esto lo que explica la sabiduría como la alegría sobrenaturales, tanto de Isabel como del Bautista: Santa Isabel no saluda a María como a se saluda a un pariente, sino que le aplica el nombre de “Madre de mi Señor”, y se alegra por esto; Juan el Bautista, a su vez, desde el seno de su madre, “salta de alegría” al escuchar el sonido de la voz de María: “Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno” (Lc 1, 41), y salta en de alegría porque reconoce, en María, a la Madre de Dios, y en Jesús, al Hijo de Dios, y todo esto no se explica sino por la acción del Espíritu Santo, como lo señala el mismo Evangelio: “(…) e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó (…)” (cfr. Lc 1, 41).

         Es esto lo que sucede en un alma cuando la Visita la Madre de Dios, la Virgen María. es por esto que, el ser visitado por la Virgen, es la mayor dicha que alguien pueda recibir en esta vida, y la gracia que debemos anhelar, para nosotros, para nuestros seres queridos, y para todo el mundo.

jueves, 30 de mayo de 2013

La Visitación de la Virgen


         La Virgen María, estando Ella misma encinta por obra del Espíritu Santo, visita a Santa Isabel, prima suya, encinta ya varios meses (cfr. Lc 1, 39-56). La suya no es una visita de cortesía, sino un acudir en auxilio de alguien que necesita ayuda, puesto que Santa Isabel es ya una mujer de avanzada edad y al mismo tiempo, es primeriza, y la Virgen la visita para asistirla en los labores de parto.
         Con su Visitación, la Virgen nos enseña por lo tanto a obrar la misericordia para con nuestro prójimo y nos enseña a hacerlo no de cualquier manera, sino con sacrificio, porque en esos tiempos no existían ni los medios de transporte ni las vías de comunicación que existen hoy, por lo que viajar, aun distancias relativamente cortas, suponía un gran esfuerzo y sacrificio por parte de quien viajaba. En el caso de María, ese esfuerzo y sacrificio son notablemente mayores que los habituales, porque se trataba de una mujer y además porque Ella misma estaba, como dijimos, encinta por obra del Espíritu Santo. Por estas condiciones añadidas, el sacrificio de la Virgen por acudir en auxilio de su prima Santa Isabel es por lo tanto mucho más valioso que cualquier otro en similares circunstancias, y es en la Virgen y en la Visitación en quien debemos fijarnos cuando deseemos saber de qué manera debemos obrar la misericordia para quien lo necesite. De esta manera, la Virgen en la Visitación es ejemplo y modelo admirable e insuperable de amor fraterno, de caridad cristiana y de misericordia hacia el más desprotegido. Sin embargo, lo más grandioso en el misterio de la Visitación no radica en este grandioso ejemplo de misericordia brindado por María Santísima. Para saber en qué consiste lo más grandioso de la Visitación, es necesario detenerse en otros aspectos de este episodio de la vida de Jesús y de María.
         Cuando la Virgen Visita a Santa Isabel, lo hace estando encinta por obra del Espíritu Santo, es decir, con Jesús embrión en su seno virginal. A su llegada, tanto Santa Isabel como Juan el Bautista –que está a su vez en el seno de Santa Isabel- experimentan mociones del Espíritu Santo: Santa Isabel no saluda a la Virgen ni por su nombre –María- ni por su parentesco –prima-, sino que la saluda con un título que es escucha por primera vez: “Madre de mi Señor”. ¿Cómo podía saber Santa Isabel, sino es por iluminación del Espíritu Santo, que el Niño que su prima lleva en su vientre no es simplemente su sobrino, sino su “Señor”, es decir, su Dios? Además, Santa Isabel percibe el estado espiritual y anímico de su hijo Juan el Bautista, que “salta de alegría” en su seno: “Apenas oí tu voz, el niño saltó de alegría en mi seno”. El “salto” de Juan el Bautista no es un simple movimiento en el seno materno de un niño no nacido: es una verdadera conmoción espiritual gozosa, un estremecimiento de alegría del niño Bautista ante la Presencia de su Redentor que viene siendo portado en el seno virgen de María. Tanto la iluminación de Santa Isabel, que le permite reconocer en María a la Madre de Dios y no a su prima, como la alegría experimentada por Juan el Bautista ante la llegada de Jesús, son provocadas por el Espíritu Santo, que es quien proporciona conocimientos sobrenaturales del misterio de Jesús que son inalcanzables por la menta humana. Luego también la Virgen, y con más razón Ella, pues está inhabitada por el Espíritu Santo, entona el Magnificat, en el cual canta, en el Espíritu, las grandezas insondables del Amor divino, que ha hecho “maravillas” en Ella, al elegirla como Madre de Dios.
         La contemplación de la escena de la Visitación nos muestra entonces que la presencia de la Virgen es precedida y acompañada por el Espíritu Santo; la Visitación de la Virgen a un alma no la deja nunca indiferente, porque es causa de iluminación sobrenatural interior, de gozo espiritual y de alegría en el Espíritu Santo, tal como les ocurrió a Santa Isabel y a Juan el Bautista. El motivo es que junto con María, viene siempre su Hijo Jesús y con Jesús, el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que disipa las tinieblas de la mente, permitiendo reconocer a María como la Madre de Dios, al tiempo que enciende los corazones en el Amor divino, Amor mediante el cual el alma ama con amor sobrenatural al Hijo de María Virgen, Jesús de Nazareth, todo lo cual es causa de gozo y alegría sobrenaturales. Nada más hermoso hay en el mundo que recibir la Visitación de la Virgen María, Madre de nuestro Señor, porque con Ella viene su Hijo Jesús y con Jesús, el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que hace “saltar de gozo y de alegría” al alma a quien Jesús y María visitan.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Los misterios de la Virgen María (XV)


La Virgen María nos enseña cómo recibir
a su Hijo Jesús en la Eucaristía


¿Cuál era el estado anímico y espiritual de la Virgen María al recibir a su Hijo en la Encarnación? Es muy importante saberlo, puesto que siendo Ella la Madre de Dios, y la que más cerca está de su Hijo, es a la vez nuestro ejemplo más preciado de cómo debemos nosotros recibir a Jesús. En otras palabras, siendo María al mismo tiempo Madre de Dios, al haberlo engendrado por el Espíritu Santo al anuncio del Arcángel Gabriel, y siendo María nuestra Madre del cielo, al habernos engendrado por el mismo Espíritu al pie de la Cruz, por pedido de Jesús –nos engendró espiritualmente como hijos al decirle Jesús a Juan: ‘He ahí a tu Madre’, porque en Juan estábamos todos representados-, María es ejemplo y modelo de cómo debemos recibir a Jesús, ante todo en la comunión eucarística.
         Por eso nos volvemos a preguntar: ¿cómo recibió María a su Hijo Jesús en la Encarnación? Y nos responde un Padre de la Iglesia del siglo II, San Justino: “La Virgen concibió a Cristo con fe y alegría”. Aquí tenemos entonces la clave de cómo debe ser nuestra comunión eucarística: con fe y con alegría, al igual que nuestra Madre del cielo, María Santísima.
         Dice así San Justino: “Él (Jesús) existía antes que el lucero de la mañana y que la luna, pero se dignó nacer tomando carne de aquella virgen de la familia de David para que por medio de esta dispensación destruyera a la serpiente que obra la maldad desde el principio y a sus ángeles que se le parecen. (…) Sabemos que nació de la Virgen como hombre, para que la desobediencia de la serpiente encontrara su destrucción por el mismo camino por el que tuvo principio. Eva era virgen e incorrupta, pero cuando concibió la palabra de la serpiente dio a luz la desobediencia y la muerte. En cambio la Virgen María concibió con fe y alegría cuando el ángel Gabriel le dio la buena noticia de que el Espíritu Santo descendería sobre Ella, y la fuerza del Altísimo la cubriría con su sombra, por lo cual, lo Santo que habría de nacer de Ella sería Hijo de Dios. Ella respondió: ‘Que se haga en mí según tu palabra’” (Diálogo con Trifón, 113, 4).
         San Justino nos enseña entonces cómo debe ser nuestro estado anímico y espiritual en el momento de comulgar: con fe y con alegría, al igual que la Virgen. Fe en la Palabra de Dios, de que su Hijo se encarnó en el seno virgen de María hace más de veinte siglos, y que continúa su encarnación en el seno virgen de la Iglesia, el altar eucarístico, prolongando la Encarnación en la Eucaristía para luego prolongar su Presencia en nuestras almas y corazones. Alegría, porque nada hay que llene más al corazón humano de alegría infinita, de gozo indescriptible, de dicha verdadera, de regocijo celestial, que saber no solo que Dios existe, sino que ese Dios se ha encarnado y que quiere venir a habitar en los corazones que lo reciben con fe y con amor. Al recibir a Jesús Eucaristía, recordemos entonces el estado espiritual y anímico de nuestra Madre del cielo, María Santísima, para pedirle la gracia de recibir a su Hijo, en cada comunión, con su misma fe y con su misma alegría.
         Y de esa manera, colaboraremos también a hacer menos sombrío el mundo, y más luminoso porque, al igual que la luz eterna del Verbo de Dios resplandeció en María Santísima en el momento de la Encarnación, dando fuga a las tinieblas de la serpiente, así también Jesús resplandecerá en nuestras almas y corazones, en donde no habrá lugar para la oscuridad.

miércoles, 4 de abril de 2012

Los misterios de la Virgen María (XIII)

 María Asunta nos señala el camino al cielo: "Por la Cruz a la Luz"

Cuando se leen los relatos de la resurrección del Señor, se destaca la alegría que experimentan los que ven a Jesús resucitado: "...les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor..." (Jn 20, 20). El motivo de la alegría no es otro que el ver a Jesús quien, como Hombre-Dios, es fuente de toda alegría, de todo amor, de toda paz, de toda felicidad.


Y si es causa de alegría ver al Hijo resucitado, también es causa de alegría ver a la Madre resucitada, la cual, por privilegio divino, y por los méritos de la Pasión de Jesús, resucitó sin haber pasado por la muerte, y no para prolongar su vida sobre la tierra, sino para que sirviera de punto de partida para su asunción al cielo, adonde fue subida y está ahora, para siempre, en cuerpo y alma glorificados.


Entonces, al contemplar y alegrarnos por la resurrección de Cristo, también debemos contemplar la resurrección de María y alegrarnos porque en la resurrección de Cristo está contenida, en una unidad místico-real, la Dormición y Resurrección de su Madre, por medio de la cual la gracia que María poseía desde su concepción, se convirtió en luz de gloria en el momento de su paso a la otra vida. La alegría es todavía mayor cuando nos anoticiamos que, así como en la resurrección de Jesús está contenida la resurrección de María, así también está contenida la resurrección del cristiano, porque de Cristo, Fuente de Vida eterna, brota la vida divina como de su manantial: de Cristo pasa a su Madre, y de su Madre pasa a los hijos de Dios, los hijos de la Iglesia, por medio de los sacramentos.


En otras palabras, el hecho de que la Virgen María fuera glorificada con la gloria de su Hijo, sin pasar por la corrupción de la muerte, y así, glorificada, fuera asunta gloriosa al cielo como primicia de la resurrección de Cristo, es una señal de que también nosotros habremos de resucitar, si permanecemos unidos, por la fe y por la gracia, a esta Madre del cielo. Ser glorificados por los méritos de la resurrección de Cristo, así como fue glorificada la Madre de Dios, es el destino de todos los hijos de María.


Pero hay algo que todo cristiano debe saber, al contemplar la vida de María: a la luz se llega por la cruz. María fue glorificada en cuerpo y alma luego de participar de la cruz de su Hijo Jesús, participación que le había sido profetizada por Simeón: “Una espada de dolor te atravesará el corazón”.


Los hijos de María están destinados a la misma gloria de María, que es la gloria de Jesús, pero no sin antes participar de la amargura y del dolor de la Pasión.

miércoles, 18 de enero de 2012

Los misterios de la Virgen María (II)



La Virgen María vive, en los cielos y por la eternidad, en un estado de continua, perpetua, perfectísima alegría, una alegría que comenzó en el día de su Concepción Inmaculada, pero que se hizo más viva y presente en el momento de la Anunciación. El saludo del ángel Gabriel a María Santísima supuso para Ella el comienzo de una alegría celestial, que no habría de terminar nunca más, ni en el tiempo de su vida terrena, ni por supuesto en la eternidad, en donde goza para siempre, por siglos infinitos, de esa alegría.
Al saludarla, el ángel utiliza una expresión usada en esos días, que traducida del griego “jaire”, significa “alégrate”, o “alegría a ti”, y si bien, como sucede con las palabras de uso cotidiano frecuente, había perdido la fuerza de su expresión, quedando reducida al equivalente del nuestro “buenos días”[1], en el saludo del ángel Gabriel a María no solo recobra todo su sentido primigenio, sino que adquiere una fuerza y un sentido que antes no tenía.
Cuando el ángel saluda a María utilizando la expresión “alégrate”, no está usando una expresión rutinaria, por más cortés que pueda ser: en el saludo está contenida la causa de la alegría que anuncia, porque la causa de la alegría de la Virgen, es el haber sido elegido por Dios Uno y Trino, por su Pureza Inmaculada y por su condición de Llena de Gracia, para ser Madre de Dios. El anuncio del ángel agrega entonces otro misterio celestial al misterio de María Inmaculada, y es que su alegría no tendrá fin, ni en esta vida ni en la otra, porque ha sido elegida para alojar en sí misma a la Palabra de Dios, que luego se donará como Pan de Vida eterna.
Pero el misterio de María no se agota nunca en María, como tampoco se agotan su amor y su bondad por los hombres, sus hijos adoptivos, adquiridos por Ella al pie de la Cruz. El amor y la bondad de María hacen que Ella quiera comunicar de su misma alegría a sus hijos, y lo hará por medio de la Iglesia, de quien María es Madre y Modelo.
A través de la Iglesia nosotros, que vivimos en el tiempo, en este “valle de lágrimas”, somos hechos partícipes de la misma alegría de la Virgen María, porque también nosotros recibimos el mismo saludo que recibió María: “Alégrate”, le dice el ángel a la Virgen, “porque has sido elegida por el Altísimo para concebir al Pan de Vida eterna”. “Alégrate”, nos dice la Iglesia, “porque has sido elegido por Dios para recibir en tu corazón al Pan de Vida eterna, Jesús Eucaristía”.


[1] Cfr. Deiss, Lucien, María, hija de Sión, Ediciones Cristiandad, Madrid 1964, 94ss.

martes, 31 de mayo de 2011

La Visitación

Isabel y Juan Bautista
se alegran
por la visita de María,
que lleva a Jesús en su vientre.
Así debemos alegrarnos,
al rezar el Rosario,
porque cuando lo rezamos,
recibimos la visita
de Jesús y de María.

María visita a su prima Isabel, que está encinta, y se queda para ayudarla en su embarazo. Ella misma está embarazada, y sin embargo, acude a ayudar a Isabel. María es ejemplo perfecto de caridad cristiana, es nuestro modelo de cómo debemos ayudar a nuestro prójimo. Sin embargo, lo principal en este episodio del evangelio, no es el ejemplo que María nos da de caridad cristiana.

María va a visitar a su prima Isabel, y ésta, al verla llegar, la saluda de un modo especial: “Bendita eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre”. La razón por la cual la saluda así ahora –ya la conocía de toda la vida, pero recién ahora la saluda de esta manera especial- la da el mismo Evangelio: Isabel está inspirada por el Espíritu Santo: “Llena del Espíritu Santo”. Es por esta iluminación interior, proporcionada por la Presencia en su interior del Espíritu de Dios, por la cual Isabel puede trascender y ver en María no a su prima embarazada que ha hecho un largo camino para ayudarla a su vez en su embarazo, sino a María, la Esposa del Cordero, la Aurora de la Eternidad, la Puerta del Cielo, la Estrella de la Mañana. Es por la iluminación del Espíritu Santo que Isabel ve en María a la Nueva Eva, a la Madre de Dios y Madre de la Iglesia. Y es también por la iluminación del Espíritu Santo que Isabel y su hijo, en su vientre, se llenan de alegría sobrenatural.

La Visitación de María, que en apariencia -vista exteriormente- es una visita más de las tantas que se realizan entre parientes que se aprecian mutuamente, es en realidad algo mucho más grande y trascendente: María representa a la Iglesia, la Esposa del Cordero, y lleva en su seno al Verbo de Dios encarnado, y así, como Iglesia Esposa del Cordero y como Portadora del Verbo Encarnado, María visita a Isabel, en quien está representada la humanidad que espera, en el umbral del tiempo, a la Iglesia y al Salvador, Dios eterno encarnado. María con su Hijo visitan a Isabel: la Iglesia lleva al Verbo de Dios a la humanidad que lo espera con ansia. La Visitación de María, sucedida en el tiempo, no ha terminado sin embargo. La Visitación de María es el inicio de la misión de la Iglesia, que lleva a la humanidad a la Palabra de Dios encarnada y donada a sí misma como Pan de Vida eterna. En la Visitación de la Virgen a Isabel está representado místicamente el encuentro entre la Iglesia y un alma cualquiera, y por eso se pueden aplicar a este encuentra estas palabras que el Beato Francisco Palau pone en boca de la Iglesia: “Yo soy la Mujer del Cordero, soy la Congregación de los justos militantes sobre la tierra, bajo Cristo, mi cabeza, soy tu Reina, soy tu Esposa, soy tu Madre, soy Hija y, correspondiendo a tu amor, vengo a ti, estoy contigo en esta soledad (...) Yo soy una realidad (...) existo, vivo con vida propia, tengo cabeza (Jesús) y miembros que constituyen mi cuerpo moral (...) Mando y gobierno en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra. Soy la Señora del Universo, las criaturas todas me sirven. Tengo lengua y hablo (“A quien vosotros oye a mí me oye”), oídos y oigo lo que se me dice; tengo ojos y veo, tengo manos y obro, pies y ando. Yo soy el objeto único de amor, capaz de llenar el vacío inmenso del corazón humano, soy lo infinitamente bello y reúno en mí todas las bellezas creadas, como imagen viva del mismo Dios; y fuera de mí (fuera de la Iglesia) no hay felicidad posible para el hombre”[1].

En el misterio del tiempo y de la historia, en el misterio de la espera del Salvador, María Iglesia continúa visitando, por la misión y por la misa, a la humanidad que espera a su Dios, y continúa donando el fruto de sus entrañas, el Pan de Vida eterna, el cuerpo de Jesús Sacramentado, surgido del Espíritu del Amor de Dios.


[1] Cfr. Josefa Pastor Miralles, María, tipo perfecto y acabado de la Iglesia en el pensamiento y experiencia de Francisco Palau, Editorial de Espiritualidad, Madrid 1978, 104-105.