Mostrando entradas con la etiqueta Medalla Milagrosa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Medalla Milagrosa. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de mayo de 2022

Una asombrosa historia de conversión a través de la Medalla Milagrosa

 


Claude Newman y su conversión en el corredor de la muerte.

Una de las historias más asombrosas ligadas a la intercesión de la Virgen María a través de la llamada Medalla Milagrosa es la de Claude Newman, un condenado a muerte que habría asegurado haber visto a la Virgen mientras esperaba su ejecución en el corredor de la muerte y, sin tener ninguna cultura religiosa, se vio transformado profundamente por el encuentro. Sucedió en 1944 en Estados Unidos y difundió la historia quien sería el confesor del detenido, el padre Robert O´Leary (1911-1984).

Claude Newman, de raza negra y familia pobre, nació en 1923 en Arkansas. Su padre se fue con el niño y su hermano mayor cuando tenía 4 años, alejándolos de la madre. Los crió la abuela, Ellen Newman. Cuando Claude tenía 16 años, la abuela se casó con un hombre llamado Sid Cook, que pronto se reveló como una persona violenta que maltrataba a la mujer. Pronto se separaron. Pero en 1942 el joven Claude esperó al maltratador Sid en su casa y le disparó. Después le robó y huyó a casa de su madre en Arkansas. Claude cometió el crimen con 19 años.

En enero de 1943, Claude fue detenido por las autoridades y devuelto a Vicksburg, Mississippi, donde confesó su crimen y fue condenado a morir electrocutado. La primera fecha prevista, el 14 de mayo de 1943, fue aplazada y la ejecución se pospuso para el 20 enero de 1944.

Compartía celda con otros cuatro prisioneros. Claude notó que uno de ellos llevaba una medallita al cuello y le preguntó qué medalla era esa.

El otro preso era católico, pero según parece desconocía la historia de la medalla o estaba de mal humor y no quería hablar de ella. Molesto por la pregunta se quitó la medalla y la tiró a los pies de Claude. “¡Tómala!”, le dijo. Claude la observó durante un rato y se la puso al cuello, aunque no tenía ni idea de qué representaba.

Se trataba de la medalla popularmente conocida como Medalla Milagrosa, también llamada a veces Medalla de la Inmaculada Concepción, originada en las apariciones de la Virgen a Santa Catalina Labouré en el siglo XIX.

Esa noche, mientras dormía, Claude notó que le tocaban la muñeca y despertó. Vio entonces, según  había dicho al padre O’Leary “la mujer más guapa que ha creado Dios”.

Al principio sintió miedo. No entendía qué estaba viendo.

Entonces la hermosa mujer le dijo: “Si quieres que yo sea tu Madre, y tú quieres ser mi hijo, haz llamar a un sacerdote de la Iglesia católica”. Y con estas palabras, la imagen desapareció.

Claude, alterado, empezó a gritar “¡un fantasma, un fantasma!” y pidió insistentemente que se llamase a un sacerdote.

Así las autoridades llamaron a O´Leary en la mañana tras la visión. Claude pidió recibir formación en la fe católica, y también los otros presos, asombrados por el testimonio de su compañero.

El padre O´Leary enseguida vio que el nivel del joven Claude era mínimo. No sabía leer y sólo distinguía un libro del derecho o del revés si tenía fotografías. Nunca había ido a la escuela. Sabía que había un Dios, pero casi nada más. No sabía, por ejemplo, que Jesús era Dios hecho hombre.

Poco después, dos religiosas que visitaban la prisión para impartir el catecismo a mujeres presas se acercaron a conocer a Claude y escuchar su historia. Después de muchas semanas, llegó el día en que el padre O’Leary se preparó para hablar a sus catecúmenos de la confesión. Allí estaban también las dos religiosas.

Bien, muchachos, hoy voy a enseñaros acerca del sacramento de la confesión.

Claude interrumpió diciendo:

Eh, yo eso me lo sé. Nuestra Señora me dijo que cuando nos confesamos no nos arrodillamos ante un sacerdote, sino que nos arrodillamos ante la Cruz de su Hijo. Y que si de verdad nos duele haber pecado y confesamos nuestros pecados, la sangre que su Hijo vertió desciende sobre nosotros y nos lava, librándonos de todos los pecados.

El padre O´Leary y las religiosas se quedaron sin saber qué decir. ¿Cómo podía saber todo eso Claude, y explicarlo así?

Ey, no se enfaden, no se enfaden, no era mi intención molestar – dijo Claude pensando que los había ofendido de alguna manera.

No estamos enfadados, Claude. Estamos sorprendidos. ¿Has vuelto a verla? – planteó el sacerdote.

Venga un momento aparte, lejos de los otros –propuso Claude.

Y a solas le dijo al sacerdote:

Ella me dijo que si usted dudaba de mi palabra o se mostraba dubitativo, yo debía recordarle que usted, cuando estaba en Holanda en 1940, le hizo un voto que todavía no ha cumplido.

Y el Padre O´Leary explicaría después que "Claude entonces me detalló exactamente cuál era ese voto”. Más adelante se supo que la promesa que el sacerdote había hecho en Holanda consistía en levantar una iglesia en honor a Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción. O’Leary no lo consiguió hasta 1947, y esa iglesia sigue en pie hoy en Clarksdale, Mississippi.

Otra escena similar se dio una semana después, con O’Leary y las religiosas presentes. Claude pidió permiso para explicar lo que la Señora le había revelado sobre la comunión, y habló así:

Nuestra Señora me dijo que en la comunión yo sólo veré lo que parece ser un trozo de pan. Pero me contó que en realidad eso es verdadera y realmente su Hijo, y que Él estaría conmigo como estuvo con ella antes de nacer en Belén. Me dijo que debía dedicar mi tiempo, como ella hizo durante su vida, a estar con Él, amándole y adorándole, dándole gracias, alabándole y pidiéndole bendiciones.

Claude fue bautizado y recibido, con sus compañeros, en la Iglesia católica el 16 de enero de 1944. Lo bautizó el mismo padre O’Leary y la hermana Bena Henken fue su madrina. Se registró en una parroquia católica cercana a la prisión que, como era costumbre entonces, era de feligresía exclusivamente negra.

Su ejecución estaba prevista para cuatro días después: a las 00:05 del 20 de enero de 1944.

Cuando el sheriff Williamson explicó a Claude que tenía derecho a expresar una última petición en esos últimos días de vida, respondió:

Mis amigos, y los carceleros, estáis conmovidos. Pero no lo entendéis. No voy a morir, sólo este cuerpo morirá. Voy a estar con Nuestra Señora. De modo que me gustaría hacer una fiesta. ¿Daría usted permiso al Padre O´Leary para traer pasteles y helado y autorizaría que los prisioneros de la segunda planta vinieran a la sala principal para que todos podamos estar juntos y celebrarlo?”

La fiesta se celebró, todos se divirtieron y después, por petición de Claude, se realizó una hora de oración por el alma del condenado a muerte y sus compañeros. Juntos recitaron las Estaciones del Viacrucis.

Sin embargo, en el momento establecido no se produjo aún la ejecución: llegó un aplazamiento del gobernador, de dos semanas. Cuando se enteró Claude, empezó a llorar, pero no de alegría como cabría esperar. “¡No lo entendéis! ¡Si hubiérais visto el rostro de Nuestra Señora y mirado a sus ojos, no querríais quedar en este mundo otro día más. ¿Qué he hecho yo de malo en estas últimas semanas para que Dios me niegue dejar este mundo?”

Cuando se calmó, O’Leary le dio la comunión y una idea se iluminó en su interior. ¿Podía ser que Dios quisiera que Claude ofreciese su sufrimiento por alguien, por el preso James Hughes? Se trataba de un preso blanco que odiaba a Claude por su conversión y su fe. Hughes había matado a un policía y también él estaba condenado a muerte. Además, su vida era un reguero de inmoralidades, incluyendo incesto con sus hijas. Aunque Hughes fue educado como católico de niño, ahora rechazaba a Dios y todo lo cristiano.

"Quizá Nuestra Señora quiere que tú ofrezcas este sacrificio de tener que esperar dos semanas a estar con ella por la conversión de Hughes. ¿Por qué no le ofreces a Dios cada momento en que permanecerás separado de tu Madre del Cielo por la conversión de este prisionero, para que no esté separado de Dios por toda la eternidad?”, planteó el sacerdote a Claude. El preso accedió a hacerlo así, y el sacerdote le enseñó unas palabras para verbalizar su ofrecimiento. Lo mantuvieron en secreto entre ellos dos, un regalo íntimo para la Virgen.

Pasaron las dos semanas, 14 días de oración y sacrificio por Hughs. Y el 4 de febrero de 1944 finalmente Claude fue ejecutado en ese cruel instrumento que es la silla eléctrica.

“Nunca había visto a nadie ir a la muerte con tanta alegría y felicidad. Incluso los testigos y los periodistas que cubrían la ejecución estaban asombrados. Dijeron que no podían entender cómo alguien podía sentarse en la silla eléctrica y al mismo tiempo irradiar felicidad”, explicó luego O’Leary.

La noticia de la ejecución de Claude fue publicada en el periódico Vicksburg Evening News el 4 de febrero de 1944. Las últimas palabras dirigidas al Padre O´Leary fueron: “Padre, le recordaré. Y siempre que tenga una petición, pídamelo y yo se lo pediré a la Virgen.

Tres meses después, el 19 de mayo de 1944, tocaba ejecutar a Hughes. “Era la persona más vil, la más inmoral con la que me he cruzado jamás. Su odio hacia Dios y hacia todo lo espiritual era inefable” , había declarado O’Leary sobre él. No dejó que ningún sacerdote le visitase en la celda. Cuando el médico le propuso que al menos se arrodillase y rezase un padrenuestro antes de que llegase el sheriff, Hughes le escupió en la cara.

Lo ataron en la silla eléctrica.

Si has de decir algo, hazlo ahora -avisó el sheriff.

Hughes empezó a blasfemar con grosería. Pero, súbitamente, dejó de hablar, sus ojos se quedaron fijos en una esquina de la sala y su rostro adoptó un gesto de terror. Con un grito horrible bramó:

Sheriff, ¡tráigame un sacerdote!

O´Leary estaba allí, porque la ley de Mississippi ordenaba que un agente de pastoral estuviera presente, pero se ocultaba entre los periodistas porque Hughes había asegurado que blasfemaría más si veía algún cura. O’Leary se acercó al condenado, hizo salir a todos y lo escuchó en confesión. Explicó que había abandonado la fe católica a los 18 años, detalló sus numerosos y graves pecados, expresó fervor y arrepentimiento. Y O’Leary le dio la absolución y se retiró.

Entonces se acercó el sheriff y preguntó a Hughes:

 Hijo, ¿qué te hizo cambiar de opinión?

¿Recuerda a ese hombre llamado Claude, al que yo tanto odiaba? -respondió Hughes al sheriff-. Bien, estaba ahí de pie [y señaló el lugar], en la esquina. Y detrás de él con una mano sobre cada hombro estaba la Santísima Virgen María. Y Claude me dijo: ´He ofrecido mi muerte en unión con Cristo en la cruz por tu salvación. La Virgen ha obtenido para ti la gracia de poder ver el lugar que ocuparás en el infierno si no te arrepientes´. He visto mi lugar en el infierno, y por eso he gritado.

Después de esta explicación, James Hughes fue ejecutado como estaba estipulado.

Esta es la historia tal como ha circulado más ampliamente, que se basa en lo que el padre O’Leary grabó en un programa de radio en los años 60, ya jubilado, y que el autor John Vennari transcribió y publicó por escrito en el número de marzo de 2001 del "The Catholic Family News".

Por: Pablo J. Ginés | Fuente: Fundación Cari Filii / Religión en Libertad


jueves, 26 de noviembre de 2020

La Medalla Milagrosa de la Inmaculada Concepción, su significado y la gracia que debemos pedir

 



Breve historia de las apariciones de la Virgen a Santa Catalina Labouré[1].

La primera aparición.

La historia de la Medalla Milagrosa comienza la noche entre el 18 y 19 de julio de 1830: el ángel de la guarda despertó a santa Catalina Labouré –que era novicia en la comunidad de las Hijas de la Caridad en París- y le dijo que fuera a la capilla. Allí, Catalina pudo contemplar a la Virgen María y conversó con ella por largo tiempo; durante la conversación María le dijo: “Mi niña, te voy a encomendar una misión”.

La segunda aparición.

La segunda aparición ocurrió la noche del 27 de noviembre de 1830. Catalina vio a María parada en lo que parecía ser la mitad de un globo y sosteniendo una esfera dorada en sus manos como si estuviera ofreciéndola al cielo. Nuestra Señora le explicó que la esfera representaba a todo el mundo, pero especialmente a Francia. En sus dedos, la Virgen tenía numerosos anillos, de los cuales salían muchos rayos de luz, los cuales, según la explicación de la misma Virgen, simbolizaban las gracias que ella obtiene para aquellos que las pidan. Sin embargo, algunas de las joyas en los anillos estaban apagadas, no emitían luz y esto significaba, según la Virgen, que eran gracias que estaban disponibles para las almas, pero que nadie las pedía.

La tercera aparición y la visión de la Medalla Milagrosa.

En la tercera aparición, Santa Catalina vio a la Virgen de la misma manera, pero ahora se agregaba una inscripción que decía: “Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti”. Entonces María dijo a Catalina: “Haz acuñar una medalla según este modelo. Quienes la lleven puesta recibirán grandes gracias, especialmente si la llevan alrededor del cuello”.

¿Cuál es el significado de la Medalla Milagrosa?

El significado de la parte frontal de la Medalla Milagrosa es el siguiente: María está de pie sobre un globo, aplastando la cabeza de una serpiente bajo sus pies: el globo simboliza el planeta tierra y el universo; el hecho de que Ella esté de pie sobre él, significa que la Virgen es Reina de cielos y tierra; la serpiente, a la cual la Virgen le aplasta la cabeza, es el Demonio, Satanás, el Ángel caído, llamado también Serpiente Antigua: significa que la Virgen, que es hecha partícipe del poder omnipotente de Dios, es la Mujer del Génesis, que “aplasta la cabeza de la serpiente” (cfr. Gn 3, 15). A su vez, la inscripción “Oh María, sin pecado concebida”,  hace referencia al dogma de la Inmaculada Concepción de María, el cual fue proclamado años más tarde, en 1854.

El significado del reverso de la Medalla Milagrosa es el siguiente: en el reverso hay doce estrellas que rodean una “M” grande, de la que surge  a su vez una cruz; hacia abajo, hay dos corazones con llamas surgiendo de ellos, un corazón está rodeado de espinas y el otro perforado por una espada. Las doce estrellas se refieren a los Apóstoles, que representan la Iglesia entera en torno a María. También nos recuerdan la visión descripta en Apocalipsis 12, 1, en donde se dice lo siguiente: “un gran signo apareció en el cielo, una mujer vestida con el sol, y la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas”. La Mujer vestida de sol es la Virgen y la corona de doce estrellas son los Apóstoles y la Iglesia entera. La cruz simboliza a Cristo y nuestra redención, con la barra bajo la cruz simbolizando la tierra. La “M” representa a María, y su inicial entrelazada con la cruz demuestra la estrecha participación de María con Jesús en la obra de la redención, por lo cual la Virgen puede y debe ser llamada “Corredentora”. Por último, los dos corazones representan a los Sagrados Corazones de Jesús y María y el amor –simbolizado en el fuego- que Jesús y María tienen para con nosotros.

La gracia que debemos pedir a la Medalla Milagrosa.

Habiendo conocido la historia de la Medalla Milagrosa y sabiendo cuántos dones, milagros y gracias ha concedido y concede todavía, debemos tener confianza en la Virgen como Mediadora de todas las gracias y llevar la Medalla Milagrosa alrededor del cuello. Además, debemos estar confiados en que la Virgen nos concederá las gracias que le pedimos, si están en conformidad con la Voluntad de Dios. ¿Qué gracia pedirle a la Virgen? Tal vez tengamos una larga lista de gracias para pedirle a la Virgen, seguros de que nos las conseguirá, por ser la Mediadora de todas las gracias, pero hay una, en particular, que debemos pedir en primer lugar, y es la más importante de todas: la gracia de la conversión a Jesucristo, Nuestro Dios y Redentor, Nuestro Dios y Salvador, Presente en la Sagrada Eucaristía en Persona, con su Cuerpo, Sangre Alma y Divinidad. La primera gracia que le debemos pedir a la Virgen, para nosotros y para nuestros seres queridos, es la gracia de la conversión eucarística. Y todo lo demás “se dará por añadidura” (Mt 6, 33).

 

viernes, 27 de noviembre de 2015

Los significados de la Medalla Milagrosa


Cuando la Madre de Dios se le apareció a Santa Catalina Labouré, le pidió que hiciera acuñar una medalla según lo que veía en el momento de la aparición. Esto quiere decir que el diseño de la Medalla Milagrosa no es una ocurrencia de la santa ni un invento de ser humano alguno: el diseño de la Medalla Milagrosa es de exclusiva autoría de Dios Trino, que la dio a conocer a través de la Virgen. Esto es lo que la hace tan especial a esta medalla y es lo que le proporciona su valor sobrenatural. Teniendo en cuenta esta observación, nos referiremos al mensaje espiritual de la Medalla Milagrosa, contenido en los símbolos que aparecen[1].
         1. Triunfo sobre Satanás: En el anverso de la Medalla Milagrosa aparece la Virgen sobre el mundo y aplastando con los pies la cabeza de la serpiente, lo cual indica que la Virgen es la Mujer del Génesis que “aplasta la cabeza de la serpiente” (cfr. Gn 1, ). La Virgen posee este poder, debido a que es Dios Trino quien la hace partícipe de su omnipotencia. Quien lleva la Medalla, es protegido por la Virgen de las acechanzas del Demonio.
2. Evoca el Apocalipsis: la Virgen es también la “Mujer revestida de sol” descripta en el Apocalipsis, y esto está significado por las doce estrellas dispuestas a modo de corona sobre cabeza de María. El revestimiento de sol de sol significa en la Virgen su condición de ser la Llena de gracia y de estar inhabitada por el Espíritu Santo desde su Concepción Inmaculada. Los hijos de la Virgen, como su Madre, están llamados también a vivir en gracia y a estar inhabitados por el Espíritu Santo, y la Medalla, además de ser un recordatorio de este llamado, es un sacramental que dispone al alma para recibir la gracia.
3. Rayos de gracias: En la Medalla, la Virgen aparece con las manos extendidas, con los rayos saliendo de sus manos, como representación de las gracias que Ella concede a quien se lo pide con fe y con amor. La Virgen es Mediadora de todas las gracias y esto quiere decir que no hay ninguna gracia, por pequeña o grande que sea, que no pase a través de María, por lo que hay que recurrir a la Virgen para que Ella interceda por nosotros ante su Hijo Jesús. Según se lo reveló la misma Virgen a Santa Catalina Labouré, muchos cristianos no piden gracias de ningún tipo, por lo que la Virgen, Administradora de este inmenso tesoro espiritual que pertenece a su Hijo Jesús, no puede concederles nada. Quien lleva puesta la Medalla Milagrosa, recibirá sin duda alguna toda gracia que le pida a la Virgen, aunque el tiempo en el que será concedida, sólo lo sabe Dios.
4. Signo de la Inmaculada: la inscripción que rodea a la Medalla “Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a vos”, revela tanto el dogma de María como Inmaculada Concepción, como su condición de Intercesora ante Dios Trino. Llevar la Medalla de la Virgen significa reconocer a la Virgen como Inmaculada Concepción y como Omnipotencia su plicante.
5. La realeza de María: la Virgen es Reina del cielo y de la tierra, porque participa de la realeza de su Hijo Jesús, Rey del cielo y de la tierra. Esta condición real de María está representada en el globo terráqueo sobre el cual está parada la Virgen. Los devotos de la Medalla Milagrosa, al igual que su Madre celestial, están llamados a formar parte, como súbditos y como herederos, del Reino de los cielos, en donde reinan Jesús y María.
6. Madre del crucificado: la condición de María como Madre de Dios crucificado, está representada en la letra “M”; en la cruz, misterio de la redención y en la barra que la sostiene, que es la letra “Yota” o “I” del alfabeto griego, monograma del nombre “Jesús”. La Virgen es también Madre de los bautizados, por lo que el hecho de portar la Medalla Milagrosa es un recuerdo permanente, para el cristiano, de que la Virgen es Madre de Dios y Madre de los bautizados.
7. Los Sagrados Corazones de Jesús y María: nos recuerdan varios hechos sobrenaturales: están dispuestos uno al lado del otro porque significa que ambos están unidos por el Amor de Dios, el Espíritu Santo, por lo que llevar la Medalla de la Virgen es estar, al mismo tiempo, consagrado al Sagrado Corazón de Jesús; al estar ambos corazones rodeados de espinas, recuerdan al cristiano que lleva la Medalla que esas espinas son la materialización de los pecados de los hombres, lo cual constituye un motivo para alejarse de las ocasiones de pecado; el Sagrado Corazón de Jesús está perforado por la lanza y de él brotan Sangre y Agua, símbolos de la gracia santificante que se derrama sobre el alma por los sacramentos: llevar la Medalla quiere decir estar dispuestos a recibir la gracia santificante que nos viene por los sacramentos, principalmente, el Sacramento de la Penitencia y la Eucaristía; el Inmaculado Corazón de María está atravesado por una espada, hecho que fue profetizado por Simeón: “Una espada de dolor atravesará tu Corazón”: esa “espada de dolor” es la Pasión de Jesús, sufrida por nuestra salvación, por lo que la Medalla es un recordatorio del dolor provocado a los Sagrados Corazones por nuestros pecados, para que así nos decidamos a vivir en gracia; por último, ambos corazones están envueltos en las llamas de Divino Amor, el Espíritu Santo, y así el que lleva la Medalla desea ser incendiado por este fuego, que es el que vino a traer Jesús a la tierra “He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo quisiera ya verlo ardiendo!” (Lc 12, 49).



[1] Cfr. https://www.aciprensa.com/noticias/sepa-cual-es-el-significado-de-la-medalla-milagrosa-86220/

jueves, 25 de agosto de 2011

Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa



La Madre de Dios se le apareció a Santa Catalina Labouré, y le dijo que quien usara la medalla que Ella le mostraba, iba a obtener muchas gracias venidas de Dios: “Haz que se acuñe una medalla según este modelo. Todos cuantos la lleven puesta recibirán grandes gracias. Las gracias serán mas abundantes para los que la lleven con confianza”.

Todos estamos necesitados de la intervención de Dios y de sus milagros; todos necesitamos de una intervención divina en nuestras vidas; aunque puede haber alguien tan necio que diga: “Yo no necesito de Dios”, todos necesitamos que Dios se haga presente en nuestras vidas, y en este sentido, los milagros de la Virgen, prometidos a través de la Medalla Milagrosa, nos garantizan la acción de Dios en nuestras vidas.
La Virgen nos concede la Medalla Milagrosa para que nosotros, por medio de la fe, de la oración, del ayuno, de las buenas obras, nos acerquemos a Dios, que es Bondad y Amor infinito, y así recibamos de Él su Amor y su Misericordia.
Si confiamos en la Virgen y en sus palabras, y si somos fieles en el uso constante y perseverante de la Medalla Milagrosa, podremos constatar, personalmente, cómo Dios obra milagros en nuestras vidas, a través de la Virgen. La Virgen nunca se va a cansar de hacernos milagros, a través de su Medalla, e incluso va a hacer milagros que ni siquiera nos sospechamos ni nos podemos imaginar, porque su Corazón de Madre no se va a contentar con poco. Por eso tenemos que usar la Medalla, pero acompañar el uso de la Medalla con un corazón contrito y humillado, deseoso de obrar el bien, y de amar ad Dios y al prójimo, que al mismo tiempo odia profundamente el pecado, porque el pecado significa rechazo y alejamiento de Dios, que es Bondad, Amor, Luz, Paz y Alegría.
La Virgen nos da la Medalla Milagrosa, y a través de ella, nos promete la asistencia extraordinaria del cielo, como son los milagros, y recibir un milagro de Dios, a través de la Virgen, es algo grandioso. Pero la Virgen quiere darnos todavía algo mucho más grandioso que un milagro, aún cuando un milagro es algo grandioso: la Virgen quiere darnos la gracia divina, la gracia de su Hijo Jesucristo, la que Él nos consiguió al precio de su Sangre y de su Vida en la cruz.
La gracia es algo más grandioso que un milagro, porque un milagro es una intervención de Dios en el mundo material –por ejemplo, la multiplicación de la materia en el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces; o la conversión del agua en vino, en las bodas de Caná, o la curación del cuerpo enfermo-, mientras que la gracia es una intervención de Dios en el alma, por medio de la cual la ilumina con su propia luz, la embellece con su propia belleza, y la adorna con su propia naturaleza. Por la gracia, dice San León Magno, “nos hacemos participantes de la generación de Cristo”, es decir, participamos de la generación de Cristo; por la gracia, queda depositada en el alma, como una semilla, la vida sobrenatural, y Dios le imprime su propia imagen . Por la gracia, somos convertidos en hijos de Dios, en herederos del cielo, en hermanos de Cristo. Por la gracia nos volvemos capaces de recibir el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, Fuente de toda gracia, Dador del Espíritu Santo junto al Padre.
La Virgen es Medianera de todas las gracias, y por eso, por disposición divina, no hay ninguna gracia, por más pequeña que sea, que no venga por Ella.
Al rezarle a la Virgen, y al usar su Medalla, le pidamos, con gran confianza, por aquello que necesitemos, pero sobre todo, le pidamos el apreciar la vida de la gracia, para que no solo nunca la perdamos, sino para que la acrecentemos cada vez más, por medio del amor y de la misericordia para con el prójimo.