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jueves, 7 de noviembre de 2019

María, Mediadora de todas las gracias



Dios Uno y Trino es la Gracia Increada y el Creador de toda gracia participada. En la gracia y por la gracia se nos concede la participación en la vida de Dios Trinidad, por lo que no hay mayor don para el hombre en esta vida, que la gracia santificante. Si un hombre recibiera en herencia todos los reinos de la tierra con sus riquezas inmensas, todas ellas no valdrían lo que la más pequeña gracia, porque el valor de la gracia supera a los bienes de la tierra más que la distancia que hay entre cielos y tierra. Por eso, quien recibe una gracia, se puede considerar como el más afortunado de todos los hombres, incluso de los hombres más poderosos y ricos de la tierra. Un mendigo, que reciba una gracia, por ínfima que sea, es más afortunado que los hombres más ricos del planeta, porque la gracia nos hace participar de la vida de Dios Trinidad, en tanto que los bienes materiales no. Es en Dios Uno y Trino en donde se encuentra, por lo tanto, aquello que nos hace dichosos en esta vida, como anticipo de la dicha de la vida eterna: la gracia santificante.
Ahora bien, Dios es bondadoso y quiere darnos su gracia; sin embargo, si nosotros acudimos por nosotros mismos a pedir las gracias, con toda seguridad seremos rechazados, a causa de nuestra indignidad, tal como nos enseñan los santos. Sin embargo Dios, en su infinita bondad, arregló las cosas de tal manera que las gracias llegaran a nosotros, aun a pesar de nuestra indignidad. ¿Qué hizo Dios? Lo que hizo fue crear a la creatura más hermosa y bondadosa de todas, dejarla a salvo del pecado original, en mérito a la Pasión de Jesús, y nombrarla como Madre de todos los hombres: esa creatura, para la cual no hay alabanza suficientemente digna y grande, es la Virgen María, a la cual Dios Hijo nos la dio como Madre nuestra antes de morir en la Cruz, cuando le dijo al Evangelista Juan: “Hijo, he ahí a tu Madre”. Y como en Juan estábamos representados todos los hombres, no solo Juan la tuvo por Madre, sino todos nosotros, todos los hombres pecadores. Y puesto que la Virgen Santísima, Nuestra Madre del Cielo, estuvo unida a su Hijo Jesús durante toda su Pasión, convirtiéndose en Corredentora al unirse místicamente a su misterio pascual de muerte y resurrección, es también, por designio divino, la Mediadora de todas las gracias, necesarias para nuestra eterna salvación. Y esto de manera tal que no hay gracia, por pequeña o grande que sea, que no provenga de Dios Uno y Trino y no pase por María Santísima. En otras palabras: cualquier gracia, por pequeña o grande que sea, proviene de Dios como de su Fuente, pero pasa por el Inmaculado Corazón de María como su canal, para poder llegar hasta nosotros. Esto quiere decir que cualquier gracia que necesitemos, del orden que sea, pasa indefectiblemente por María, Mediadora de todas las gracias. A Ella, que es Nuestra Madre amantísima del Cielo, nos dirigimos entonces para pedirle todas las gracias que necesitamos para nuestra eterna salvación, para la salvación de nuestros seres queridos y para la salvación del mundo entero.

domingo, 7 de diciembre de 2014

La Inmaculada Concepción, modelo de nuestro “Sí” a la Voluntad de Dios



       Puede suceder, con mucha frecuencia, que seamos reticentes a aceptar la Voluntad de Dios en nuestras vidas. Tal vez la razón se deba a nuestra escasa o nula comprensión de lo que significa "Voluntad de Dios"; tal vez se deba a que, generalmente, la asociamos con los sufrimientos de Jesús en el Huerto de Getsemaní, y entonces de modo automático, pensamos que eso es lo que Dios quiere para nosotros, es decir, asociamos, casi inconscientemente, a Jesús sudando Sangre en el Huerto de los Olivos, con la Voluntad de Dios -porque Jesús dice allí: "Que no se cumpla Mi Voluntad sino la Tuya", refiriéndose a Dios Padre- y, por lo tanto, como rechazamos automáticamente el dolor y el sufrimiento, al asociar la Voluntad de Dios con el dolor y el sufrimiento, rechazamos la Voluntad de Dios en nuestras vidas, y nos desentendemos de ella. Sin embargo, cuando esto hacemos, es decir, cuando no queremos saber nada de la Voluntad de Dios en nuestras vidas, somos como un barco pequeño que, navegando de noche en medio de una gran tormenta, acosado por grandes olas marinas, por el estruendo del viento y la furia de la lluvia y de los rayos y truenos, pierde de pronto la luz del faro que lo guiaba al único puerto seguro que habría de salvarlo del naufragio, y se expone a un inminente y más que catastrófico hundimiento. Sin aceptar la Voluntad de Dios en nuestras vidas, estamos definitivamente perdidos, y nuestro destino no es otro que el de perecer en medio de las olas de las tentaciones del Ángel caído, de las pasiones sin control, y de las trampas del mundo.
          Ésta es la razón por la cual es -literalmente hablando- de vital importancia, para nuestra vida espiritual, decir siempre que "Sí" a la Voluntad de Dios que, sea como sea, siempre será que vivamos y muramos en estado de gracia. Pero si no podemos o no sabemos cómo, elevemos nuestros ojos a Nuestra Madre del cielo, la Virgen María, porque la Inmaculada Concepción es nuestro modelo para decir que “Sí” a la Voluntad de Dios en nuestras vidas. Todo lo que tenemos que hacer, es contemplarla a Ella en el momento en el que el Arcángel Gabriel le anuncia que Dios la ha elegido para ser Madre del Hijo Eterno de Dios (Lc 1, 28).


          Hagamos la composición de lugar: la Virgen se encuentra en su humilde casa, en Nazareth, haciendo sus labores de ama de casa, mientras eleva su mente y su corazón a Dios; siente una ligera brisa y un suave resplandor; eleva la vista, y ve delante suyo al Arcángel Gabriel, resplandeciente por la luz divina, que se inclina ante la Flor de los cielos, mientras la saluda diciéndole: "Alégrate, Llena de gracia, el Señor está contigo". No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin". María le responde al ángel: '¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?' El ángel le responde: 'El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios'. Dice María: 'He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra'. Y el ángel, dejándola, se va. (Lc 1,26-38).
            Lo que vemos de la escena evangélica y del diálogo que la Virgen sostiene con el Arcángel, es que la Virgen, al saber que es Voluntad de Dios, no duda ni por un instante en dar el “Sí” a lo que Dios quiere y la razón por la que dice que “Sí”, es que ama a Dios con todo su ser, con toda su alma, con toda su mente, con todo su corazón, y por eso, le basta con saber que es Voluntad de Dios, para querer y amar su Voluntad con todas las fuerzas de su ser, y por eso dice inmediatamente que “Sí”, que quiere que se haga en Ella la Voluntad de Dios: “He aquí la Esclava del Señor; se haga en mí según su Voluntad”.
          En ese “Sí” de la Virgen, estaba comprendida la profecía de Simeón, cuando la Virgen habría de llevar a su Hijo recién nacido al Templo, en la ceremonia de la Presentación del Señor: “Una espada de dolor te atravesará el corazón” (Lc 2, 33-35); la Virgen acepta y ama la Voluntad de Dios, aun cuando es la Voluntad de Dios que una espada de dolor le atraviese el corazón, porque su Hijo, el Hijo de sus entrañas virginales, será el Mesías, que será entregado como Hostia Inmaculada en el Santo Sacrificio de la Cruz, para la salvación del mundo, y la Virgen, a pesar de esto, ama y acepta la Voluntad de Dios.
          En el “Sí” de la Virgen estaba comprendida la participación espiritual de la Virgen en la Pasión de su Hijo Jesús, porque aunque Ella no participó físicamente de la Pasión, en el sentido de que no sufrió en su Cuerpo purísimo los azotes y los golpes y la coronación de espinas que sufrió su Hijo, sí los sufrió moral y espiritualmente, porque estaba tan unida por el Amor a su Hijo Jesús, que todo lo que le pasaba a su Hijo, repercutía en su Corazón y en su Alma, de manera tal que puede decirse que la Pasión que sufrió su Hijo Jesús físicamente la padeció la Virgen moral y espiritualmente, y por eso la Virgen es Corredentora, y a pesar de eso, la Virgen le dijo “Sí”, a la Voluntad de Dios.
          En el “Sí” de la Virgen a la Voluntad de Dios, estaba comprendida la entrega del Amor de sus entrañas, su Hijo Jesús, para la salvación del mundo, en el sacrificio de la cruz, y la Virgen habría de hacerlo años después, cuando, erguida al pie de la cruz (cfr. Jn 19, 25-27), como Nuestra Señora de los Dolores, actuara como Sacerdotisa que ofrecería al Padre la Víctima Inmaculada, Pura y Santa, que salvaría a los hombres de la eterna perdición, les infundiría su filiación divina y los conduciría al cielo, para hacerlos bienaventurados por toda la eternidad en el seno eterno del Padre, y por este motivo, es que la Virgen también es Corredentora, porque al pie de la cruz, se desprendió de la Fuente de su Amor y de su Vida, su Hijo Jesús, para que nosotros los hombres, fuéramos salvados de la eterna condenación, y a pesar de ese dolor, que fue la actualización y el cumplimiento cabal de la profecía de Simeón: “Una espada de dolor te atravesará el corazón”, la Virgen le dijo que “Sí” a la Voluntad de Dios.
          La Virgen le dijo que “Sí” a la Voluntad de Dios, aunque en ese “Sí” estaban comprendidos los tres días de amargo luto que habría de sobrellevar por la muerte de su Hijo: el Viernes Santo, el Sábado Santo, y el amanecer del Domingo de Resurrección; cuando la Virgen le dijo que “Sí” al Arcángel que le anunciaba que era la Elegida para ser la Madre de Dios, la Virgen no le cuestionó que porqué iba a tener que pasar días de dolor, y nadie pasó días más amargos y de más dolor que la Virgen, porque es Ella quien habla en el Libro de las Lamentaciones: “Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad, fijaos: ¿Hay dolor como mi dolor?” (Lam 1, 12), porque no hay dolor más grande que el dolor de la Madre de Dios al ver muerto a su Hijo Dios en la cruz, luego de sufrir terribles dolores, después de tres horas de dolorosa agonía, y a pesar de esto, la Virgen dijo que “Sí” a la Voluntad de Dios, y no solo nunca se quejó de la Voluntad de Dios, sino que siempre, y sobre todo en las horas más amargas y tristes, encontró la Virgen que la Voluntad de Dios para su vida era un néctar más dulce que la miel y por eso en todo momento dijo siempre: “Sí, hágase en mí según su Voluntad”.
          Por todo esto, cuando nos sea difícil e incomprensible comprender o aceptar la Voluntad de Dios en nuestras vidas, elevemos la mirada del alma a la Virgen Santísima, la contemplemos en su Inmaculada Concepción, la contemplemos en el momento del Anuncio del Ángel, meditemos en su “Fiat”, en su “Sí” amoroso a la amorosa Voluntad de Dios, y le pidamos la gracia que sea Ella quien mueva nuestros corazones y nuestros labios, para que también nosotros, junto con Ella, desde su Inmaculado Corazón, le digamos a Nuestro Amado Dios: “Fiat”, “Sí, hágase tu amadísima y santísima Voluntad, oh Dios Uno y Trino, en mi pobre y humilde vida. Amén”.


jueves, 21 de noviembre de 2013

La Presentación de la Virgen María


La Iglesia celebra el día en el que la Virgen, siendo Niña aun, es llevada por sus padres, Joaquín y Ana, al templo, para consagrarla a Dios. Al presentarla en el Templo y consagrarla a Dios, los padres de la Virgen solo reafirman exteriormente la consagración interior que de la Virgen hizo el mismo Dios Trino al crearla. En otras palabras, cuando los santos Joaquín y  Ana presentan a la Virgen Niña al templo para consagrarla y para que dedique toda su vida a Dios, solo reafirman, como padres piadosos que son, lo que la Voluntad de la Santísima Trinidad había expresado al crear a la Virgen como Inmaculada Concepción y como Llena de gracia: que la Virgen fuera un Templo Viviente, Purísimo y Perfectísimo, en donde habitara el Espíritu Santo desde su Concepción Inmaculada, para que así, inhabitada por el Amor Divino, fuera la Madre, en el tiempo, del Dios Eterno humanado. Más que ser los padres de la Virgen quienes la consagran a Dios, es el mismo Dios Uno y Trino quien, con el concurso co-creador de los santos Joaquín y Ana, consagra a la Virgen para sí mismo al crearla Pura e Inmaculada. De esta manera, la existencia de la Virgen no se explica sino es para ser la Madre terrenal del Dios Eterno, Aquella Madre amantísima que por su Pureza mereció concebir en el tiempo, sin concurso de padre humano, a Aquel que fue engendrado desde la eternidad en el seno de Dios Padre. 
Pero también la Presentación es la dedicación o consagración que de sí misma, en cuerpo y alma, hace la Virgen a Dios, una vez que tiene uso de razón, desde Niña muy pequeña, obedeciendo a la Voluntad de la Trinidad que la quería para sí y solo para sí. La Virgen María, por ser concebida en gracia, sin mancha de pecado original, y habitada por el Espíritu Santo, es llamada también “Templo perfecto del Nuevo Testamento”, “Sagrario Viviente del Hijo de Dios”, “Tabernáculo Purísimo que custodia al Verbo Eterno del Padre”. Como tal, la Virgen no podía –por imposibilidad metafísica- estar apegada a amores mundanos, terrenos, alejados de Dios: todo lo que la Virgen ama, lo ama en Dios, por Dios y para Dios, y nada ama que no sea Dios, como consecuencia de su condición de ser la Llena de gracia, concebida sin mancha de pecado original.
Es esto lo que la Iglesia celebra, el hecho de que Dios Trino haya creado a un ser, la Virgen María, destinado a ser un Templo viviente en el que inhabita sólo el Amor de Dios: el Amor del Padre, que la crea como Hija suya predilecta; el Amor del Hijo, que la ama por ser su Madre; el Amor del Espíritu Santo, de quien es Esposa Purísima. 
Y puesto que la Virgen es Templo Perfectísimo y Purísimo en donde inhabita el Amor de Dios, todo aquel que ingresa en este Templo, recibe solo aquello que posee este Templo y es el Amor Divino y este es el fundamento de la consagración del cristiano al Inmaculado Corazón de María: quien se consagra a María, Templo Viviente del Amor de Dios, recibe también la gracia de ser Templo del Espíritu Santo, es decir, queda también consagrado al Amor Divino. En consecuencia, el cristiano que se consagra a la Virgen, expulsa de sí todo tipo de amor mundano, impuro, terreno, incompatibles con el Divino Amor. Por lo tanto, al celebrar la Presentación de la Virgen, le pedimos que interceda para que también seamos, como Ella, templos vivientes del Espíritu Santo, consagrados solo al Amor de Dios.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Madre de Dios, sin pecado concebida, Llena de gracia, Virgen Purísima


La Virgen se le apareció en Lourdes a Santa Bernardita, y le dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.

¿Qué podemos aprender de esta aparición de la Virgen?

Comencemos con la vidente, Santa Bernardita: ella era de condición humilde, y además, era analfabeta. Tanto es así, que no entendía qué quería decir: “Inmaculada”.

¿Por qué la Virgen se le apareció a Santa Bernardita, que era analfabeta e ignorante? ¿No hubiera sido mejor que se hubiese aparecido a un estudioso de la teología y de las Escrituras? La Virgen se le apareció a Santa Bernardita porque Dios obra a través de los más pequeños de la tierra. No quiere decir que todo el que es pobre materialmente es humilde, ya que son dos cosas distintas, porque se puede ser indigente, y al mismo tiempo, soberbio, pero en el caso de Bernardita, ella, además de ser pobre materialmente, era humilde de espíritu.

Además, Santa Bernardita es una figura y una representación de la humanidad que, delante de Dios, más que pobre, es indigente, y más que analfabeta, es ignorante.

El hombre, delante del inmenso misterio de Dios, y delante de la majestad de Dios Uno y Trino, es como la nada, y no sólo eso, sino que es como la nada más pecado, como dicen los santos. Además, es ignorante, porque si Dios no se revela a sí mismo, dándose a conocer como Uno y Trino, el hombre no puede conocer, de ninguna manera, que Dios es Uno y Trino en Personas.

Santa Bernardita, pobre y analfabeta, nos representa a todos nosotros, que delante de Dios Uno y Trino, somos como ella: pobres y analfabetos, e ignorantes de toda ignorancia, ya que por nuestra razón podemos conocer que Dios es Uno, pero no que es Trino. Si Dios no lo revelara, jamás sabríamos que Dios es Trinidad de Personas y un solo Ser divino.

Aprendamos de Santa Bernardita a ser dóciles a la Palabra de Dios, y humildes de corazón, porque Dios “resiste a los soberbios” (cfr. Sal 2, 2-4).

La otra enseñanza que podemos aprender de esta aparición de la Virgen, es el contenido central de la revelación dada en la aparición, y es el hecho de declarar la Virgen, solemnemente, el ser Ella la Inmaculada Concepción, que indica un doble privilegio, concedidos anticipadamente por los méritos de la Pasión de Jesús, por estar Ella destinada, desde toda la eternidad, a ser la Madre de Dios: Ella es la Inmaculada Concepción, es decir, concebida sin pecado original, y a la vez Llena de gracia, es decir, inhabitada por el Espíritu Santo.

Ser la Inmaculada Concepción significó para la Virgen no sólo no pensar ni desear ni hacer nada malo, ni siquiera el más mínimo pecado venial, y ni siquiera la más mínima imperfección, sino que significó estar inhabitada por el Espíritu Santo, y fue así que Dios la eligió para ser la Madre de su Hijo.

Así debemos ser nosotros: vivir sin pecado, y en gracia, confesándonos frecuentemente, para que nazca, en nuestros corazones, Dios Hijo, Jesucristo.

Por último, el misterio de la Virgen, de ser Ella la Inmaculada Concepción, y la Llena de gracia, y de ser la Madre de Dios, se actualiza, misteriosamente, en la Iglesia, porque la Virgen es modelo de la Iglesia: la Iglesia, como la Virgen, es Pura e Inmaculada, porque nació del costado abierto del Salvador; es la Llena de gracia, porque está inhabitada por el Espíritu Santo, como la Virgen, y así como la Virgen es Madre de Dios, porque da a luz, por el poder del Espíritu Santo, al Niño Dios en Belén, Casa de Pan, así la Iglesia da a luz, por el poder del mismo Espíritu, a Cristo Dios en la Eucaristía, Pan de Vida eterna.