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martes, 30 de mayo de 2023

La Visitación de María Santísima y la alegría de Isabel y el Bautista

 



         La Visitación se refiere a un episodio de la Madre de Dios en el que, estando la Virgen encinta por obra del Espíritu Santo, con un embarazo en curso -Jesús, Dios Nuestro Señor, estaba en su seno-, aun así, al enterarse que su prima, Santa Isabel, ha quedado ella también encinta, decide acudir en auxilio de su pariente. Visto externamente, con ojos puramente humanos, se trata de una visita de una prima a otra, ambas encintas, siendo la recién llegada María Santísima, que por su gran corazón acude a visitar, pero no en una visita de cortesía, sino en una visita de ayuda, de auxilio, a una pariente que también está encinta y que necesita ayuda, porque además de los problemas propios que se derivan de un embarazo, Santa Isabel tiene ya una edad avanzada, lo cual aumenta sus problemas, para los cuales ha venido a ayudar María Santísima. Ahora bien, esto es visto desde afuera, superficialmente, con ojos puramente humanos, pero en la escena, en las personas que intervienen en el hecho de la Visitación, hay elementos sobrenaturales, divinos, celestiales, que trascienden infinitamente la mera humanidad.

Uno de estos hechos sobrenaturales es, desde luego, tanto el embarazo de María Santísima, obra del Espíritu Santo y el otro embarazo, el de Santa Isabel, que si bien es obra de hombre, es milagroso por el avanzado estado de edad de Santa Isabel. Otro hecho sobrenatural es el saludo que Santa Isabel otorga a María Santísima: en vez de decirle, como diría cualquier humano en esta situación, por ejemplo, “Bienvenida prima, qué gusto de verte, gracias por venir a ayudarme”, Santa Isabel no la saluda con el saludo habitual que se da entre familiares que no se ven desde hace tiempo; por el contrario, la saluda de la siguiente manera: “la Madre de mi Señor”. No le dice “prima”, a María Santísima, ni “sobrino”, al fruto de sus entrañas, Jesús, sino que la llama “Madre de mi Señor”. Otro elemento sobrenatural es que tanto ella, como el niño de sus entrañas, Juan el Bautista, saltan, exultan de alegría, siendo esta alegría no la alegría natural que se da entre familiares que se quieren y que hace tiempo que no se ven: el título que Santa Isabel da a María –“Madre de mi Señor”-, como la alegría que ella y Juan el Bautista experimentan, no se deben a factores naturales, humanos, derivados de situaciones naturales y humanas; se trata de una alegría sobrenatural, concedida tanto a Santa Isabel, como a San Juan Bautista. En el Evangelio se dice: “Isabel, llena del Espíritu Santo”. Esto quiere decir que es la Presencia del Espíritu Santo, del Divino Amor, de la Persona Tercera de la Trinidad, en Isabel, lo que hace que Isabel, exultando de alegría, no le diga “prima” a María Santísima, sino “Madre de mi Señor”, expresión que equivale a decir: “Madre de mi Dios”. El Espíritu Santo concede la alegría al corazón de Santa Isabel, al hacerla reconocer que el fruto del seno de la Virgen no es un bebé humano, sino Dios Hijo encarnado en el seno purísimo de la Virgen; es el Espíritu Santo el que le dicta a Santa Isabel que el fruto de las entrañas de María es Dios, que es a lo que equivale “mi Señor”. Entonces, por la iluminación del Espíritu Santo, Isabel le da el título, a la Virgen, de “Madre de Dios”, al decirle “Madre de mi Señor” y a Jesús, el fruto de las entrañas de la Virgen, le da el título de “Dios”, que es el equivalente a “Señor”. Es también el Espíritu Santo el que hace que Juan el Bautista, que evidentemente es no nato, “salte de alegría”, al reconocer, tanto la voz de la Virgen, como la Presencia de su primo, que no es otro que Dios Hijo encarnado en la humanidad santísima de Jesús de Nazareth. Todos estos hechos sobrenaturales -el título de “Madre de Dios” a la Virgen; de “Dios” a Jesús que está en el seno de la Virgen, la alegría sobrenatural que experimentan tanto la Santa Isabel como el Bautista, son producidos por la acción del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo, que es Amor Divino y Verdad Increada, ilumina las mentes y corazones tanto de Santa Isabel como de Juan el Bautista, para que Santa Isabel trascienda el mero hecho de ser parienta biológica de María Santísima; es el Espíritu Santo el que le permite ver, a Santa Isabel, en la Virgen, no a su “prima”, sino a la “Madre de mi Señor”, la “Madre virginal de Dios”, María Santísima.

Ahora bien, de este hecho relatado en el Evangelio, que verdadera e históricamente sucedió, podemos también nosotros, por la gracia, ser partícipes, en mayor o menor grado, si pedimos la gracia al Espíritu Santo en nombre de Jesús y a través de la Virgen: “Pedid el Espíritu Santo”, “Hasta ahora no habéis pedido nada al Padre en mi Nombre”, dice Jesús en el Evangelio. Pidamos la gracia de la iluminación del Espíritu Santo, para captar su sentido sobrenatural, para contemplar en la escena no a dos parientes encintas que hace tiempo que no se ven, sino a la Madre de Dios, que lleva en su seno al Hijo de Dios encarnado y a la Presencia del Espíritu Santo, Presencia divina y celestial manifestada en la alegría sobrenatural que experimentan Santa Isabel y su niño, Juan el Bautista. Solo con la luz del Espíritu Santo, seremos capaces de contemplar el significado sobrenatural, espiritual, celestial y divino del episodio de la Visitación de la Virgen María.

        

lunes, 2 de diciembre de 2019

Alimentar la unión con Dios nos hace crecer en gracia



          Cuando nos comparamos con Dios, constatamos una cosa: que no hay punto de comparación con Él: Dios es infinitamente grande, y nosotros somos, literalmente hablando, “nada más pecado”, como lo dicen los santos. Ahora bien, esta pequeñez nuestra, esta nada nuestra, puede seguir siendo pequeña y pecadora, o bien puede convertirse en algo grande y santo. Para darnos una idea, debemos recordar la parábola del grano de mostaza: al principio es pequeño, pero luego se convierte en un arbusto tan grande, que hasta los pájaros del cielo van a hacer sus nidos allí. Ese grano de mostaza, pequeño, insignificante, somos nosotros, en nuestro estado natural, sin la gracia santificante; el grano de mostaza convertido en gran arbusto somos también nosotros, pero aumentados en tamaño y fuerza por acción de la gracia santificante. Sin la gracia, sin la unión con Dios, somos nada; con la gracia, con la unión con Dios que nos da la gracia, crecemos hasta “la estatura de Cristo”.
          ¿De qué manera podemos crecer hasta la estatura de Cristo? ¿Cómo dejar de ser pequeños e insignificantes, como el grano de mostaza al inicio de la parábola, para luego ser grandes como un arbusto, como un grano de mostaza ya crecido? ¿De qué manera dejar de ser nosotros mismos, que somos nada más pecado, para ser “otros cristos”? Hay una sola manera y es acudiendo al Inmaculado Corazón de María, porque es allí en donde encontraremos las gracias que necesitamos para alimentarnos de la misma substancia de Dios –Cristo en la Eucaristía- y así crecer “hasta la estatura de Cristo”. Acudamos entonces con confianza a María Santísima para que Ella nos conceda las gracias que necesitamos para dejar de ser lo que somos, nada más pecado y convertirnos en imagen y semejanza de Cristo.

sábado, 17 de marzo de 2018

María Santísima es la Madre de la Legión y de todo legionario



         El legionario tiene su honra en ser llamado “hijo de María”, por lo que la meditación y profundización en esta verdad de la maternidad mariana es elemento esencial en la devoción de la Legión[1]. En otras palabras, la devoción mariana del legionario es esencialmente filial, por cuanto la relación con María Santísima es vivida como la relación de una madre con su hijo.
         La Virgen fue elegida desde la eternidad para ser la Madre de Dios y quedó constituida como tal en el momento del Anuncio del Ángel, que es cuando se produce la Encarnación del Verbo por obra del Espíritu Santo en su seno virginal. Hasta el Anuncio del Ángel, María Santísima era solo Virgen; luego de su “Sí” a la voluntad del Padre –“He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según has dicho”[2]-, María Santísima se convierte en Madre de Dios, sin dejar de ser Virgen. Pero el designio de Dios Trino era que María Santísima no solo fuera Madre de Dios Hijo, sino que fuera también Madre adoptiva de los hijos adoptivos de Dios, es decir, los bautizados en la Iglesia Católica. Este designio divino se cumplió el Viernes Santo, en la cima del Monte Calvario, antes de la muerte del Redentor. Antes de morir, Jesús nos dejó aquello que más amaba en esta tierra, su Madre amantísima y el don de María como Madre nuestra ocurrió luego de que Jesús dijera a María: “Mujer, éste es tu hijo”, y a Juan: “Ésta es tu madre” (Jn 19, 26-27). Si bien las palabras fueron dichas a la persona del Evangelista Juan, puesto que en él estábamos representados todos los hombres nacidos a la vida de la gracia, debemos considerar esas palabras de Jesús como dichas a todos y cada uno de nosotros, de modo personal. En otras palabras, el don de Jesús de María como Madre, no es hecho solo a Juan Evangelista: en él, todos y cada uno de nosotros, hemos recibido el más grande regalo del Amor de Dios después de la Eucaristía, y es a María como Madre nuestra.
         Porque “somos verdaderamente hijos de María” –dice el Manual del Legionario- es que “hemos de portarnos como tales”, es decir, debemos comportarnos como hijos de la Madre de Dios, que es lo mismo que decir “hijos de la luz”. Es necesaria esta consideración, porque no hay términos intermedios: quien no se comporta como hijo de la luz, es decir, como hijo de María, se comporta como hijo de las tinieblas, es decir, como hijo del Demonio. No hay término medio posible, de ahí la importancia de meditar y reflexionar, una y otra vez, en nuestra condición de hijos de María.
         Para tener una idea de qué es lo que significa “comportarnos como hijos de María”[3], podemos acudir a la imagen de un niño pequeño, muy pequeño, casi recién nacido, con relación a su madre: así como el niño se dirige en todo a su madre y depende de ella para literalmente vivir, así el legionario debe considerarse a sí mismo como “hijo pequeño, dependiente de la Virgen en todo”.
         Esto significa que, así como el niño pequeño acude a su madre para recibir de ella el alimento, la guía, el cuidado, la instrucción, el consuelo en sus angustias, así el legionario debe acudir a María para recibir de Ella el alimento del alma, la Eucaristía; la guía de la mente y el corazón, la gracia de su Hijo Jesús; la instrucción en las cosas de Dios, porque solo María es la verdadera y única Maestra que nos enseña con la sabiduría divina; el consuelo de su Corazón Inmaculado en todo momento. Y así también como un hijo pequeño, cuando se extravía en el sendero del bosque, llama a su madre para que venga en su auxilio para que lo proteja de las bestias feroces y lo conduzca por el camino seguro, así el legionario acude a María si, por algún infortunio, ha perdido el camino y se encuentra envuelto en las tinieblas del pecado y acechado por las sombras vivientes, los ángeles caídos, para que María lo tome entre sus brazos y lo conduzca por el Único Camino que conduce a Dios –porque ese Camino es Dios en sí mismo-, Cristo Jesús. Solo como hijos de nuestra Madre celestial, María Santísima, los legionarios podremos, unidos a nuestro Hermano Mayor, Jesús, llevar a cabo la meta de esta vida terrena: combatir y vencer el pecado y vivir en gracia santificante hasta el último suspiro.


[1] Cfr. Manual del Legionario, V, 4.
[2] Cfr. Lc 1, 38.
[3] Cfr. Manual del Legionario, V, 4.

sábado, 24 de febrero de 2018

“¡Si María fuera conocida!”



         “¡Si María fuera conocida![1]”. Esta expresión de deseos pertenece al Manual del Legionario y debería ser la expresión de deseos de todo legionario. Todo legionario debería tener, en la mente y en el corazón, este deseo: “¡Si María fuera conocida! ¡Si todo el mundo conociera a María! ¡Si todo el mundo amara a la Madre de Dios!”. ¿Por qué? Dice el Manual, citando al P. Fáber –y es algo que podemos comprobarlo cada uno de nosotros, en nuestra experiencia cotidiana- que “la triste condición de las almas es efecto de no conocer ni amar bastante a María”. ¡Cuántos niños, jóvenes, adultos, vemos a cada instante, todo el día, todos los días, que vagan por esta vida sin rumbo fijo, sin saber que hay un Dios que es Trinidad de Personas, que ama a cada ser humano con un Amor infinito, eterno, incomprensible, inagotable! Si los hombres conocieran esta verdad, no es que desaparecerían sus problemas, ni se solucionarían todo lo que los aqueja, pero sí encontrarían un consuelo a sus vidas, no porque se trate de una simple idea que da consuelo en sí misma –Dios Trino nos ama-, sino que es una idea que se deriva de una realidad: Dios Trino nos ama y de tal manera, que el Padre ha enviado a Dios Hijo para que nos done a Dios Espíritu Santo por medio de la efusión de Sangre de su Corazón traspasado. Aunque nosotros, los católicos, sabemos esto por la fe, ni siquiera nosotros y mucho menos los que no conocen el Evangelio, sacamos provecho espiritual de tan maravillosa realidad. Para el P. Fáber –citado por el Manual-, la inmensa mayoría –sino todos- de los males que aquejan a los hombres en nuestros días, se deben a que no conocen y no aman a María, pero si no la conocen y si no la aman, es porque nosotros, que somos el Nuevo Pueblo Elegido, tampoco la conocemos ni la amamos, al menos como deberíamos. Dice así el P. Fáber: “La devoción que le tenemos (a María) es limitada, mezquina y pobre; no tiene confianza en sí misma. Por eso no se ama a Jesús, ni se convierten los herejes, ni se ensalza a la Iglesia”[2]. Es decir, nuestra devoción a la Virgen es “limitada, mezquina y pobre”, porque acudimos a la Virgen, la mayoría de las veces, para obtener un favor, o porque acudimos a Ella de modo rutinario, frío, sin amor de hijos. Como un hijo que acude a su madre solo para pedirle algo, pero nunca para demostrarle su amor de hijo. Y cuando no se conoce a María, se desconoce a Jesús, porque si al Padre se va por Jesús, a Dios Hijo se va por María. Dice así el P. Fáber: “Por eso no se ama a Jesús, ni se convierten los herejes, ni se ensalza a la Iglesia (…) Jesús está oscurecido porque María está en penumbras”[3]. No es indiferente que María sea o no sea conocida; si no es conocida, dice el P. Fáber, “miles de almas perecen porque impedimos que se acerque a ellas María”. Y la razón por la cual las almas no se acercan a María es por nuestra causa, porque nuestra devoción a la Virgen es superficial, fría, tímida, distante, como la de un niño que se mantiene a distancia de su madre, que lo ama con locura: “La causa de todas estas funestísimas desgracias, omisiones y desfallecimientos es esta miserable e indigna caricatura que tenemos la osadía de llamar “nuestra devoción a la Santísima Virgen”. El P. Fáber nos dice que, al darnos a su Madre por Madre nuestra, Dios nos está llamando a una devoción más profunda, más espiritual, más filial, con la Virgen: “Dios nos está urgiendo a que tengamos a su bendita Madre una devoción más profunda, más amplia, más robusta; (…) muy distinta a la que hemos tenido hasta el presente (…) pruébelo cada uno por sí mismo y quedará atónito al ver las gracias que trae consigo esta devoción nueva”. Si pedimos en la oración la gracia de la verdadera devoción a la Virgen, que consiste en amarla como la amó su Hijo Jesús, con el mismo Amor con el que la amó Jesús, entonces, dice el P. Fáber, recibiremos gracias que transformarán nuestras almas. Y cuando eso suceda –cuando conozcamos y amemos a María como la conoce y la ama su Hijo Jesús-, seremos dóciles instrumentos del Espíritu Santo, quien hará que, por nuestro medio, los hombres emprendan el camino de la salvación eterna de sus almas y así sea preparado el advenimiento del Reinado de Cristo[4]. ¡Que María Santísima sea conocida y amada por todos los hombres!


[1] Cfr. Manual del Legionario, V, 6.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

sábado, 7 de marzo de 2015

La Inmaculada Concepción aplasta la cabeza de la Serpiente



         En la estampa de la Legión de María, se observa que la Virgen se encuentra de pie, sobre el mundo, aplastando la cabeza de una serpiente. La advocación de la Virgen es la de la Inmaculada Concepción; el mundo, significa el mundo que se encuentra bajo el dominio de Satanás; la Serpiente, no es el animal, sino el Ángel caído, Satanás, la Serpiente Antigua, el Demonio. La imagen es muy significativa de realidades sobrenaturales para el cristiano: la Inmaculada Concepción es la Virgen, concebida sin mancha de pecado original e inhabitada por el Espíritu Santo, para ser la Madre de Dios, porque no podía estar contaminada por la malicia del pecado original, Aquella que debía ser la Madre de Dios Hijo; a su vez, la Virgen, siendo una Mujer, y solo una Mujer, aplasta, con su delicado pie femenino, la cabeza del poderoso Dragón infernal, y con él, a todo el infierno, sin que el Dragón infernal pueda ejercer la más mínima resistencia; para el Dragón del infierno, el delicado pie femenino de la Virgen, posee un peso más grande que el de miles de millones de toneladas, porque Dios mismo le ha participado de su poder divino a la Virgen, y es así que la Virgen aplasta al Demonio con el poder mismo de Dios. Es por esto que el Demonio se siente aterrorizado frente al solo nombre de María Santísima, porque el solo nombre de María Santísima, le significa al Demonio, el peso de la Justicia Divina, y es por eso que al nombre de la Virgen, el Demonio, el infierno, y el mundo a él sometido, tiemblan espantados y huyen aterrorizados. Éste es el significado de la Virgen, como Inmaculada Concepción, que se encuentra de pie, aplastando la cabeza de la Serpiente Antigua, cumpliendo la profecía del Génesis: “Tú le acecharás el calcañar, y Ella te aplastará la cabeza” (Gn 3, 15).

domingo, 21 de diciembre de 2014

Magnificat anima mea Dominum


“Mi alma canta la grandeza del Señor” (Lc 1, 46-55).
Llena del Espíritu Santo, inhabitada por su Presencia y colmada por su Amor y por su Alegría Santa, la Virgen entona el Magnificat, el canto de alabanzas y de glorificación a Dios.
 “Proclama mi alma la grandeza del Señor
Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador
Porque ha mirado la humillación de su esclava.
La Virgen se alegra por haber sido concebida sin mancha de pecado original, por haber sido concebida en gracia, inhabitada por el Espíritu Santo; la Virgen se alegra por haber sido redimida y por eso llama a Dios “mi Salvador”, pero sobre todo se alegra por la inmensidad de la majestuosidad del Ser Divino Trinitario Divino, que la ha elegido al mirar su humillación, cuando ante el anuncio del Ángel de haber sido la Elegida para ser la Madre de Dios, movida por la humildad y por el amor a Dios, se llamó a sí misma “esclava del Señor”;
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones.
La Virgen ve, en la luz de Dios, que toda la humanidad, de todos los tiempos, la llamará “bienaventurada”, porque lo que Dios ha obrado en Ella, es como la Bienaventuranza eterna, ya anticipada en la tierra: es la Hija Predilecta del Padre, es la Esposa del Espíritu Santo, es la Madre de Dios Hijo, y por eso no hay, no hubo ni habrá creatura como Ella, y todas las generaciones la felicitarán y se alegrarán con su alegría.
Porque el poderoso ha hecho obras grandes en mí.
La Virgen canta y exulta de alegría porque Dios ha obrado en Ella obras grandiosas: ha obrado en Ella la obra grandiosa de la gracia santificante de su Hijo Jesucristo, que le ha sido concedida en anticipo, en mérito al sacrificio en cruz de su Hijo y por eso Ella ha sido concebida Inmaculada, sin mancha de la malicia original; ha sido concebida inhabitada por el Amor Divino desde el primerísimo instante de su concepción; ha sido concebida como la más hermosa y excelsa creatura, como la Mujer revestida de sol del Apocalipsis (12, 1), porque está inhabitada por el Espíritu de Dios; como la Mujer que aplasta la cabeza de la Serpiente Antigua, (Gn 3, 15) porque le ha sido participado el poder de la omnipotencia divina; como la Mujer de los Dolores, que al pie de la cruz pare virginalmente a la humanidad, al adoptar, por encargo de su Hijo (cfr. Jn 19, 25-30), a todos los hombres de todos los tiempos, para salvarlos. La Virgen es la Mujer que “con alas de águila” lleva al mismo Dios Hijo en sus brazos al desierto, poniéndolo a salvo del río de impurezas, blasfemias, violencias de todo tipo, con el que el Dragón quiere asesinar la pureza de su Niño (Ap 11, 7). Las obras que Dios ha hecho en la Virgen son “grandes”, inconmensurables, y por eso las canta la Virgen, con alegría y con amor, en el Magnificat.
Su Nombre es Santo.
“Santo”, es el nombre propio de Dios, porque Él es la santidad en sí misma; Él es la santidad personificada; nada es santo, puro, bueno y bello, si Dios no lo santifica con su Presencia y su gracia, y la Virgen ha sido santificada, desde el inicio mismo de su existencia, por haber sido concebida sin mancha de pecado original, y por haber sido concebida inhabitada por el Espíritu Santo. La Virgen es santa, porque está llena de la santidad de Dios y por eso es connatural a la Trinidad Santísima y es lo que la lleva a proclamar el Nombre de Dios, que es Tres veces Santo: “Su nombre es Santo”.
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
La Virgen se alegra porque la Misericordia Divina llega a los hombres “de generación en generación”, es decir, a toda la humanidad, y Ella es, precisamente, el Medio, el Puente, el Portal, a través del cual llega la Misericordia Divina, porque Ella es la Madre de la Divina Misericordia, Ella es la Madre de Jesús, Dios Misericordioso, y a través de Ella, se encarna, nace en Belén, “Casa de Pan”, y se dona al mundo, en la cruz, y luego en la Santa Misa, como Pan de Vida Eterna, Jesús, Dios Misericordioso, para que las almas puedan beber de la fuente inagotable de la Divina Misericordia, su Sagrado Corazón traspasado.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
La Virgen describe las proezas de Dios, delante de quien, no pueden subsistir los soberbios de corazón, a quienes “dispersa”, como al demonio, a quien arrojó, por medio de San Miguel Arcángel, de los cielos, para siempre, a causa de su soberbia; Dios también “derriba del trono a los poderosos” de la tierra, porque también son soberbios, mientras que “enaltece a los humildes”, a los que, sabiéndose nada delante de Dios, se humillan ante su Presencia y lo aman y adoran con todas sus fuerzas; “colma de bienes a los hambrientos”, es decir, derrama las riquezas inagotables de su Amor sobre los corazones de quienes lo aman, mientras que “a los ricos los despide vacíos”, es decir, a los engreídos, a los que se piensan que no necesitan de Dios ni de su gracia, los despide de su Presencia y los deja con lo que quieren, es decir, con las manos vacías.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.
Dios auxilia a Israel, el Pueblo Elegido, enviando el Mesías, tal como lo había prometido ya en el Génesis, apenas producida la caída de los primeros padres, Adán y Eva. Ella es la Nueva Eva y su Hijo Jesús es el Nuevo Adán; por ellos, la humanidad es regenerada, es re-creada por la gracia; del costado traspasado del Nuevo Adán, Jesucristo, brota la gracia santificante, de donde surgirán los nuevos hijos de Dios, la descendencia de Abraham re-generada por la gracia bautismal, los cristianos, los que pertenecen al Nuevo Pueblo Elegido, la Iglesia Católica.
“Mi alma canta la grandeza del Señor” (Lc 1, 46-55).
Llena del Espíritu Santo, inhabitada por su Presencia y colmada por su Amor y por su Alegría Santa, la Virgen entona el Magnificat, el canto de alabanzas y de glorificación a Dios, canto por el que contempla el misterio de la Encarnación y por el que alaba a Dios por haberla elegido a Ella para ser depositaria del Amor del Padre, su Hijo Jesús.
Sin embargo, el Magnificat, como canto propio de alabanzas y de glorificación a Dios, si es el canto de la Madre, debe ser también el canto propio de los hijos de esta Madre del cielo; el Magnificat debe ser el canto del alma que contempla el misterio de la Encarnación, el misterio de la Navidad, y que se asombra y se alegra por ello, pero que contempla también y se asombra y se alegra por el misterio de cómo ese Dios la ha elegido a ella para, por la gracia santificante y por la comunión eucarística, continuar y prolongar su Encarnación y Nacimiento en su alma, renovando el milagro sucedido en el seno virginal de María Santísima. Así como María Santísima recibió en su seno virginal, inhabitado por la Gracia Increada, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de su Hijo Jesucristo, convirtiéndose en Sagrario Viviente de su Hijo Jesús, Pan de Vida Eterna, así el cristiano, al comulgar en gracia, convierte su corazón en Tabernáculo viviente en donde se aloja y es adorado el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, la Eucaristía, el Pan de Vida eterna, a imitación de María Santísima. Y esta es la razón por la cual, cada comunión eucarística, debe ser una oportunidad para cada alma, para entonar, junto a la Virgen, el Magnificat, porque Dios, por la gracia, ha hecho maravillas en su alma, la ha elegido para encarnarse en ella, para obrar maravillas así como lo hizo con la Virgen, para colmarla de sus gracias, para derramar la inmensidad de sus dones y, sobre todo y fundamentalmente, para derramar en el alma que la recibe por la comunión, la plenitud inagotable del Amor infinito y eterno de su Sagrado Corazón Eucarístico.

Cada comunión eucarística es, por lo tanto, una oportunidad, para el alma, para entonar el “Magnificat”, junto a la Virgen, su Madre.

martes, 16 de diciembre de 2014

“Ven, Espíritu Santo, desciende sobre tu Iglesia, cúbrenos con tu sombra, tráenos el don de tu amor, el Hijo del Padre, Jesús Eucaristía, el Hombre-Dios”


“El Espíritu Santo descenderá sobre Ti” (cfr. Lc 1, 26-38). María ya había recibido al Espíritu Santo en su propia concepción, por eso es que había nacido no solo sin pecado original, sino con la plenitud de la gracia, por la inhabitación de la Gracia Increada, el Espíritu de Dios. Es decir, el Espíritu Santo, sin que medie anuncio alguno, había descendido ya sobre María Santísima, para convertirla en su morada.
Pero ahora el ángel le anuncia algo distinto: el Espíritu Santo, que inhabita en Ella, descenderá sobre Ella y en este descenso habrá un misterio insondable, que la convertirá en la morada del Hijo del Padre. El Espíritu Santo, que inhabita en Ella, descenderá sobre Ella y le traerá algo, un don de Dios Padre, y es nada menos que un Hijo, pero no un hijo de hombre, no un hijo humano, sino el Hijo que es el Hijo Unigénito y eterno del Padre eterno.
“El Espíritu Santo descenderá sobre Ti”. El descenso del Espíritu Santo sobre María Santísima lleva a su misterioso cumplimiento el designio divino sobre Ella: ser la depositaria de la Palabra eterna encarnada. El descenso del Espíritu Santo eleva a María a morada del Altísimo, a Tabernáculo del Verbo del Padre, que habita en una luz inaccesible.
El descenso del Espíritu Santo sobre María, que la convierte en Templo del Cordero, la vuelve, aunque se encuentre en la tierra, en Palestina, en imagen de la Jerusalén celestial, la Jerusalén del cielo, en donde reina el Cordero Pascual.
María inhabitada por el Espíritu y Templo del Hijo del Padre, es imagen de la Iglesia triunfante, en donde el Cordero, sacrificado por el Padre para donar el Amor divino, habita en esta Iglesia así como habitó en el seno virgen de su Madre, María.
Al igual que sucede con María en la tierra de Palestina, que desciende sobre Ella trayéndole el don del Hijo de sus entrañas, que es el Hijo del eterno Padre, revestido de Hombre, y la eleva de esta manera, estando todavía en la tierra, al seno mismo de Dios Trino, así sucede con la Iglesia peregrina en la tierra: el Espíritu Santo desciende sobre la Iglesia, en la consagración, la cubre con su sombra, y le trae el Hijo de sus entrañas, el Hombre-Dios, que procede eternamente del Padre, revestido de pan, y la eleva a una altura más alta que los cielos más altos, el seno mismo de Dios Trino.
El Espíritu Santo desciende sobre María y la cubre con su sombra, y desciende también sobre la Iglesia, de quien María es figura, cubriéndola también con su sombra.

Como hijos de la Iglesia, elevamos, desde este valle de dolor y lágrimas, con el corazón contrito y oprimido por el dolor: “Ven, Espíritu Santo, desciende sobre tu Iglesia, cúbrenos con tu sombra, tráenos el don de tu amor, el Hijo del Padre, Jesús Eucaristía, el Hombre-Dios”.

lunes, 24 de marzo de 2014

Anunciación del Señor


         El anuncio del Arcángel Gabriel a la Virgen María significa el cumplimiento de la profecía de Isaías: “Sobre el pueblo que habitaba en tinieblas y en sombras de muerte brilló una gran luz” (9, 2). El pueblo al que se refiere Isaías, es toda la humanidad, y las “sombras y tinieblas de muerte” en las que habita la humanidad, son las sombras del pecado y de la muerte, pero también son las sombras vivientes, los demonios, los ángeles caídos, porque ese es el estado de la humanidad luego de ser expulsados Adán y Eva del Paraíso.
         En el momento en el que el Ángel anuncia a María Santísima la Encarnación del Verbo de Dios, toda la humanidad se encontraba sumida en “sombras de muerte”, sin posibilidad alguna de escapar de ese destino de tinieblas. Es por esto que la Anunciación y la Encarnación del Verbo de Dios representan, para toda la humanidad, el inicio de una Nueva Era, pero no solo porque habrían de ser derrotadas para siempre las tinieblas del pecado, de la muerte y del infierno, sino porque el Verbo de Dios, asumiendo hipostáticamente, es decir, en su Persona Divina, a la naturaleza humana, le habría de comunicar a la humanidad, por medio de la gracia santificante, su divinidad, dotando a la humanidad de su propia divinidad, haciéndole alcanzar un estado superior al del Paraíso, elevando a la raza humana a un grado infinitamente más alto que el que tenían los primeros padres, Adán y Eva. Es decir, con la Encarnación del Verbo, Dios obtenía para la humanidad, no solo el triunfo absoluto y rotundo sobre las tinieblas y sombras de muerte en las que yacía hasta ese entonces, sino que la elevaba hasta las alturas insospechadas del desposorio místico con la divinidad. En la Encarnación, entonces, no solo se produce la derrota de las tinieblas, sino la unión mística y esponsalicia de la divinidad con la humanidad, al unirse el Verbo de Dios con la naturaleza humana de Jesús de Nazareth en el seno virginal de María Santísima, y esto en medio de resplandores sagrados, en cuya comparación el astro sol no es más que un pálido rayo de luz.

         Pero el misterio de la Encarnación del Verbo no se limita a la derrota de las tinieblas y sombras de muerte y al desposorio místico de la humanidad con la divinidad, porque su Encarnación se continúa y se prolonga en la Santa Misa, en la Eucaristía, porque el Verbo que se encarnó en María prolonga su Encarnación en la Eucaristía para encarnarse en cada alma, en cada corazón que lo reciba con fe y con amor.

sábado, 8 de junio de 2013

Inmaculado Corazón de María, camino y refugio que conduce a Dios


         Cuando la Madre de Dios se le apareció a Lucía y a sus primos en Fátima, le dijo lo siguiente: “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios”. El Corazón Inmaculado de María Santísima es entonces “refugio” y “camino” que conduce a Dios.
         ¿Por qué es “refugio”?
         Un refugio se utiliza cuando existe algún peligro inminente, desencadenado por las fuerzas de la naturaleza, o por el mismo hombre. Por ejemplo, si alguien asciende escalando una montaña muy alta, a medida que se acerca a la cima, las tormentas de nieve son más frecuentes e intensas, y el peligro de quedar sepultado por la nieve y morir por congelamiento se hace cada vez más real, por lo que es necesario entrar en un refugio de montaña. Allí, el escalador encuentra reparo frente al frío, puesto que puede encender un fuego en la estufa, y además encuentra provisiones, que le impiden morir de hambre. Otro refugio que salva la vida es el que se construye en los sótanos de las casas, en lugares en donde, por ejemplo, son frecuentes los tornados y los huracanes. Un refugio puede ser necesario también cuando es el mismo hombre el que desencadena la violencia, dirigida contra sus propios hermanos: es el caso de la guerra, en donde un refugio es el único lugar seguro contra las bombas que se desprenden de los aviones.
         De modo análogo, el Corazón Inmaculado de María Santísima es también refugio, pero en un sentido más alto y superior que estos que hemos descripto, porque es refugio para el alma, que se ve acosada por el peligro inminente de muerte espiritual, frente a las múltiples acechanzas que sobre ella desencadenan los enemigos temibles del alma, “las siniestras potestades de los aires”. El mundo, el demonio y la carne, buscan sepultar al alma no bajo toneladas de nieve helada, sino bajo el frío del desprecio y de la indiferencia al Amor de Dios, que se dona sin reservas en cada Eucaristía; buscan arrasar y destruir, como si de un furioso viento huracanado se tratara, con la vida de la gracia en el alma, que cuando está en gracia se convierte en morada de la Santísima Trinidad y en templo del Espíritu Santo. Los enemigos del alma tratan, por medio de los impetuosos vientos de la impureza, de la rebelión, de la acedia y de la codicia, destruir la morada de Dios, el alma en gracia, reduciéndola a la desolación más absoluta.
Frente a esta oleada de impureza y de rebelión a Dios y a su Ley de Amor, el Corazón Inmaculado de María es el refugio segurísimo que impide al alma morir por el frío helado del odio a Dios, calentando el corazón del hombre con el fuego ardiente del Amor de Dios que inhabita en su Corazón; el Corazón de la Virgen es refugio indestructible, en el cual el alma se siente segura porque no es alcanzada ni mínimamente por los furiosos vientos de la impureza, el materialismo, el ateísmo, que conducen a la rebelión contra Dios. Por el contrario, el alma que se refugia en el Inmaculado Corazón de María, solo percibe la suave caricia de la ligera brisa refrescante, la gracia santificante, que calma el ardor de las pasiones y purifica el amor humano para elevarlo y dirigirlo, puro y santo, a Dios. Por este motivo, el Corazón Inmaculado de María es el refugio seguro para el alma y la vida de la gracia.
El Corazón Inmaculado es camino seguro que conduce a Dios, porque hoy en día se presentan al hombre múltiples caminos, todos ellos engañosos, porque todos conducen a un lugar en donde no se encuentra Dios: son los caminos del mundo, caminos que se presentan como anchos y atractivos y fáciles de andar, en donde todo es risotada y carcajada fácil, porque no es necesaria la negación de sí mismo, ni cargar la Cruz, ni seguir a Jesús. En los caminos mundanos, los que el mundo ofrece, no hace falta luchar contra uno mismo; por el contrario, lo único que hay que hacer es exaltarse a uno mismo y a todas sus pasiones, a las cuales hay que satisfacer sin medida. Es un camino fácil, porque es en descenso, pero finaliza en un abismo oscuro, en donde habita el Ángel caído, el Príncipe de las tinieblas.
Por el contrario, el camino que es el Corazón Inmaculado de María, es un camino difícil de recorrer, porque es estrecho y en subida, y además hay que negarse a uno mismo, cargando la Cruz de cada día, en el seguimiento de Jesús camino del Calvario. Es un camino doloroso, porque finaliza con la muerte del hombre viejo, que es crucificado con Jesús en el Monte Calvario, pero a la vez es un camino de alegría, porque este camino no finaliza en el Calvario, sino en la Resurrección, cuando nace el hombre nuevo por la gracia santificante. Por este motivo, el Corazón Inmaculado de María es el camino seguro que conduce hasta Dios.

“Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios”. Consagrarnos a la Virgen es entrar en su Inmaculado Corazón, refugio y camino que nos conduce a la comunión de vida y de amor con Dios Uno y Trino.

martes, 6 de noviembre de 2012

“Hijo, no tienen vino; no tienen fe”



“Hijo, no tienen vino; no tienen fe” (Jn 2, 1-11). La intervención de María Santísima en las bodas de Caná logra arrancar un milagro a Jesús, a pesar de su reticencia inicial, y esto demuestra su poder intercesor, sin límites, frente a su Hijo Jesús. A pesar de que Jesús no quiere hacer el milagro e intenta incluso desentenderse de la situación de los esposos, argumentando que “su hora no ha llegado todavía”, la Virgen María consigue que Jesús obre un maravilloso milagro a favor de los cónyuges, convirtiendo el agua en vino.
Este milagro nos hace ver el inmenso poder intercesor de María Santísima no solo frente a Jesús, sino ante la Santísima Trinidad, porque la reticencia de Jesús se debía a que no había llegado “su hora”, es decir, la hora decretada por el Padre, y el hecho que realice el milagro a pesar de no ser su hora, da cuenta de que es toda la Santísima Trinidad, en pleno, que se ha rendido ante la amorosa intercesión de María Virgen.
Pero la intervención de la Virgen tiene otro significado, también sobrenatural, además de demostrar su condición de Omnipotencia Suplicante: las tinajas vacías son símbolo de los corazones humanos vacíos de la fe en Cristo Dios, y el vacío significa la vida sin esa fe, una vida carente de sentido, sin horizonte de eternidad, sin siquiera vislumbrar el destino de eterna felicidad al cual llama a cada hombre Cristo Jesús. Por el contrario, las tinajas con vino simbolizan a las almas humanas con fe viva y activa en Cristo Dios; simboliza a las almas que, por su fe en Jesús como Redentor, les otorga sentido de eternidad a sus vidas, elevándolas desde la horizontalidad de la vida humana, a la verticalidad de la vida divina. Un corazón sin fe es como una de las tinajas vacías de las bodas de Caná: de igual manera a como una tinaja vacía no alegra la fiesta, porque nada tiene para ofrecer, de la misma manera el hombre sin fe nada bueno, alegre o bueno puede aportar a la humanidad, y de la misma manera a como la tinaja con vino alegra la fiesta, así también el hombre con fe alegra a la humanidad con las obras de misericordia que hablan de la alegría del Reino de los cielos, y estos son los santos.
Por lo tanto, la expresión de la Virgen: “No tienen vino”, se refiere también a la carencia de fe, y puede quedar así: “Hijo, no tienen fe”. Y así como Jesús, obedeciendo al amoroso pedido de su Madre, aún cuando no quiere hacer el milagro, lo hace de todas maneras, así también, si la Virgen intercede por nosotros, pidiendo el aumento de nuestra fe en su Hijo Jesús, Jesús mismo nos la dará,  aún cuando considere que no la merecemos, a causa de nuestra negligencia en obrar el bien.

jueves, 12 de abril de 2012

Los misterios de la Virgen María (XIV)


El gran poder intercesor de la Virgen María
          

       Dicen los santos que María Santísima ejerce un gran poder sobre su Hijo Jesús, lo cual es algo en sí mismo sorprendente, teniendo en cuenta que su Hijo es nada más y nada menos que Dios Hijo en Persona, es decir, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia, desde siempre, ha refrendado esta creencia, otorgándole el título de “Omnipotencia suplicante”. Y en la Sagrada Escritura, episodios como el de las Bodas de Caná, en donde Jesús hace un milagro solo porque María se lo pide, a pesar de no querer hacerlo en un primer momento, como Él mismo lo dice dirigiéndose a María: “No es asunto nuestro” (cfr. Jn 2, 1-12), confirman también lo que la Iglesia y todos los santos afirman: María ejerce una gran influencia sobre su Hijo Jesús, el Hombre-Dios.
            Siendo así las cosas, podemos preguntarnos: ¿a qué se debe que María Santísima ejerza un gran poder sobre su omnipotente y todopoderoso Hijo Jesús, que es Dios en Persona? También podríamos preguntarnos: ¿no es temerario pensar que María Virgen, aún siendo la más excelsa de las creaturas, tenga tanta influencia sobre el mismo Dios?
            No, no es temeridad, porque el poder que ejerce María sobre su Hijo Jesús es el de la súplica amorosa de la Madre de Dios. En otras palabras, el poder que ejerce María sobre su Hijo Jesús es el poder que ejerce una madre ternísima y amantísima sobre su adorable hijo, el cual a su vez ama a esta madre con amor sin límites, toda vez que recuerda, con gratitud, que fue ella quien lo trajo a la vida. Y es esto lo que sucede en Jesús, según San Luis María Grignon de Montfort. Dice este santo que María tiene derecho a ser oída, en mérito a su maternidad divina, maternidad por la cual su Hijo adeuda amor y más amor a su Madre. Dice San Jorge, Arzobispo de Nicomedia: “Oyendo, Señora, vuestros ruegos –le dice el santo a la Virgen-, es como una deuda que os paga vuestro Hijo”. El mártir San Metodio exclama: “Alegraos, ¡oh María!, por haber tenido la suerte de tener por deudor a aquel Hijo que a todos da y de nadie recibe. Todos somos deudores de Dios de cuanto tenemos, porque todo es don suyo; sólo de Vos ha querido hacerse deudor, recibiendo de Vos carne humana”. Esta es la “deuda” que tiene Jesús con María: que Ella lo recibió, por obra del Espíritu Santo, en su seno virginal, y lo revistió de su naturaleza humana, dándole de su carne y de su sangre, como toda madre hace con su hijo, permitiéndole al Dios Invisible hacerse visible, al Dios Inaccesible hacerse accesible de todos, presentándolo al mundo como un niño recién nacido. También San Agustín sostiene que por este hecho, María ejerce gran poder sobre su Hijo Jesús: “Habiendo merecido la Virgen revestir de carne humana al Verbo divino y preparar de este modo el precio de la redención que nos librase de la muerte eterna, Ella tendrá más poder que nadie para ayudarnos a conseguir nuestra salvación”.
            San Teófilo, Patriarca de Alejandría, escribió que “Jesucristo se complace en que su Madre le pida mercedes, porque sólo en consideración de Ella nos concede las gracias que nosotros le pedimos, a fin de recompensar el beneficio que le hizo revistiéndolo de carne”. Finalmente, San Juan Damasceno, dirigiéndose a la Virgen, le dice: “Siendo Vos, ¡oh María!, Madre de Dios, podéis salvar a todos con vuestras oraciones, apoyadas como están en vuestra maternal autoridad”.
            “Maternal autoridad”. Estas son las palabras que mejor describen ese misterioso poder de súplica que hizo que Jesús convirtiera el agua en vino –y vino del mejor- en Caná de Galilea. Conocedores entonces de este misterioso poder suplicante de María, le decimos: ¡María Santísima, ruega a tu Hijo Jesús para que nuestros corazones, que son como tinajas vacías y secas, se conviertan en recipientes de la gracia, para que sean colmados con el Vino de la Alianza nueva y eterna, la Sangre del Cordero!

miércoles, 14 de marzo de 2012

Los misterios de la Virgen María (VIII)




¿Puede la salvación de un alma, por toda la eternidad, depender de un solo nombre? Sí, puede, y es el nombre de María. Porque si bien nuestro Señor Jesucristo es el Redentor y el Salvador de toda la humanidad, María Santísima es también Corredentora de todos los hombres, puesto que a Ella le ha sido confiada la custodia materna de la humanidad entera, y todo aquel que invoque el dulce nombre de María, llamándola como un niño llama a su madre, puede estar cierto de que Ella lo asistirá en su última agonía.
Nuestro Señor Jesucristo nos consiguió la salvación con su muerte en Cruz, y al mismo tiempo encargó a su Madre que nos cuidara a todos como a hijos suyos muy queridos. Por este motivo, acudir a María Santísima, en la tentación, para salir triunfantes y victoriosos, equivale a acudir al mismo Jesucristo. ¡Qué misterio el de María Santísima, que siendo una frágil mujer hebrea, le haya sido concedido, por designio de la Trinidad Santísima, la asistencia de los cristianos en la lucha contra la tentación! Son los santos quienes afirman que todo aquel que acuda a María en la lucha contra la tentación, contra el demonio, el mundo y la carne, saldrá triunfante.
Lamentablemente, muchos cristianos olvidan esta misteriosa verdad, y piensan que si invocan a la Madre, el Hijo no les prestará atención, cuando en realidad, es todo lo contrario. Muchos cristianos hacen a menos la devoción a María, sin considerar el enorme misterio de salvación y gracia que su dulce nombre encierra. ¡Cuán equivocados se encuentran los cristianos que creen que no es necesario acudir a la Madre para obtener el Amor del Hijo!
No en vano nos advierten los santos, de no perder nunca de vista este Faro de luz que nos guía en la tormenta, esta Estrella del alba que nos anuncia la llegada del sol, esta Luz esplendorosa que ilumina las tinieblas. Dice así San Bernardo: “Quitad el sol, ¿qué será del día? Quitad del mundo a María, ¿qué quedará sino tinieblas?”. Y San Alfonso María de Ligorio: “Desde el punto en que un alma pierde la devoción a María es invadida de densas e impenetrables tinieblas, de aquellas tinieblas de las cuales, hablando el Espíritu Santo, dice: ‘Ordenaste las tinieblas y se hizo noche: en ella transitará toda fiera del bosque’. Apenas deja de brillar en un alma la luz divina y se hace en ella la noche, se trocará en cubil de pecados y en morada de demonios”. Y el mismo San Alfonso cita, a su vez, a San Anselmo: “¡Ay de aquellos que menosprecian la luz de este sol”, es decir, que tienen poca devoción a María.
Y para darnos una idea del maravilloso don del cielo que consiste la devoción a María, citamos el caso, narrado por San Alfonso, de la intervención de María Santísima a favor de quienes le demuestran su amor filial por medio de una piadosa devoción. Es el caso de un canónigo, muy devoto de la Madre de Dios, que sintiéndose próximo a morir, llamó a sus hermanos en religión, rogándoles que lo asistieran en un momento tan trascendente. Repentinamente, comenzó a temblar y a cubrirse de un temblor frío. “¿No veis a estos demonios que me quieren arrastrar al infierno?”, gritó con voz temblorosa. Hermanos míos, implorad en mi favor el nombre de María; espero que Ella me dará la victoria”. Todos los presentes se pusieron a rezar las letanías de la Santísima Virgen, y cuando dijeron la invocación: ‘Santa María, ruega por él’, dijo el moribundo: “Repetid, repetid el nombre de María, porque ya estoy en el tribunal de Dios”. Luego dijo: “Verdad que hice esto; pero también lo es que he hecho penitencia de ello”. Vuelto a la Virgen, exclamó: “¡Oh María, si venís en mi ayuda, me salvaré!”. Luego los demonios lo asaltaron, tratando de desesperar su alma, pero el moribundo se defendía persignándose con un crucifijo e invocando el nombre de María.
Así pasó toda la noche; al día siguiente por la mañana, tranquilo y sonriente, dijo el sacerdote, de nombre Arnoldo, lleno de alegría: “María, mi augusta Reina y mi refugio, me ha alcanzado el perdón y la salvación”. Luego, con los ojos puestos en María, que le invitaba a seguirla, dijo: “Ya voy, Señora, ya voy”. Y haciendo un esfuerzo para levantarse, expiró tranquilamente.
¡Con este ejemplo vemos cómo debemos recurrir a María Santísima, nuestra Madre del cielo, si queremos salvar nuestras almas!

miércoles, 7 de marzo de 2012

Los misterios de la Virgen María (VII)


Las misteriosas relaciones entre María Inmaculada y la Santa Sede


         Entre María Santísima y la Sede de Pedro hay misteriosas relaciones que escapan a la sola razón humana. La Santa Sede no es sólo un organismo de gobierno de una sociedad religiosa encargada de hacer pública y universal las fiestas de la Virgen, como por ejemplo, la de la Inmaculada Concepción. Hay algo mucho más profundo de lo que aparece a simple vista.
         ¿De qué se trata?
De que se trata, es que hay entre ambos misterios algo que los une estrecha e indisolublemente, de manera tal que no se entienden el uno sin el otro, y ese “algo” es de origen celestial, sobrenatural, que hace que tanto la Virgen como la Santa Sede, señalen a la humanidad entera un nuevo destino, insospechado e inimaginable, un destino de feliz eternidad.
         Así como María Santísima, en su Concepción Inmaculada, está señalando a la humanidad un destino altísimo, sobrenatural, que sobrepasa las capacidades de filiación y de fraternidad de la raza humana, así la Santa Sede, custodia del depósito de la Revelación, señala a la humanidad la vocación a conocer una Verdad sobrenatural absoluta, que sobrepasa las capacidades y posibilidades de conocimiento de la razón humana.
         Y la conexión entre ambos misterios es que, tanto María Santísima, como la Santa Sede, albergan en su seno al mismo Verbo de Dios, la Sabiduría eterna encarnada, Jesucristo, Dios Hijo hecho hombre sin dejar de ser Dios.
 Mientras María Santísima, por medio del Espíritu Santo, engendra al Verbo de Dios, que al encarnarse se ha hecho hermano de los hombres para unirlos a sí y, en Él, a Dios, la Santa Sede lo proclama con una infalibilidad celestial, porque está asistida por el Espíritu Santo.
         Así como tanto la Virgen como el Papa, señalan a toda la humanidad, a todos los hombres de todos los tiempos, un solo Camino a recorrer, una sola Verdad en la que creer, una sola Vida que recibir y vivir, Cristo Jesús, el Hombre-Dios.
                Y de la misma manera a como María Santísima fue enriquecida sobremanera de manera tal de superar en gracia a todos los ángeles y santos juntos, porque estaba destinada a ser la Madre de Dios, así también se le otorgó la infalibilidad al Papa, porque la Santa Sede debía conducir a todos los hombres de todos los tiempos al conocimiento infalible de Dios como Uno en naturaleza y Trino en Personas, conocimiento que supera infinitamente a cualquier conocimiento posible de alcanzar por cualquier creatura, sea hombre o ángel, conocimiento por el cual los hombres serían capaces de conocer y amar al Hombre-Dios Jesucristo, Segunda Persona de la Trinidad encarnada para la salvación de los hombres.
Precisamente, uno de los más malignos artificios de Satanás consiste en tratar de destruir ambos misterios: de María, afirmando que es sólo la madre de Jesús de Nazareth, un hombre  bueno, pero solamente hombre; y de la Santa Sede, afirmando que su enseñanza no es infalible.
         Como cristianos, jamás cedamos a la tentación de rebajar los sublimes y grandiosos misterios que unen a María Santísima con la Santa Sede, al nivel de la razón humana. Por el contrario, pidamos siempre la gracia de ser iluminados de tal manera, que veamos siempre en la Virgen a la Madre de Dios, y en el Santo Padre, al Vicario de Cristo, que nos señala, de modo infalible, el conocimiento de Dios Trino.
         He aquí la admirable conexión entre la Santa Sede y María Inmaculada. 


miércoles, 18 de enero de 2012

Los misterios de la Virgen María (III)



“Y entrando ante ella, el ángel dijo: ‘Alégrate, Llena de gracia’” (Lc 1, 28). Mientras los hombres dan un nombre a la Madre de Jesús –“El nombre de la Virgen era María” (Lc 1, 27)-, el ángel saluda a la Virgen con otro nombre, dado por Dios: “Alégrate, Llena de gracia”. Para el Pueblo Elegido, el nombre era muy importante, puesto que era sinónimo de la persona[1]. En el caso de la Virgen María, es doblemente importante, desde el momento en que es un nombre puesto por el mismo Dios, y porque cuando Dios pone un nombre, realiza al mismo tiempo lo que significa[2]. ¿Qué quiere decir entonces este nombre, “llena de gracia”?
Para el evangelista Lucas, “gracia” quiere decir tanto hermosura y belleza física, externa, como también la hermosura y la belleza interior, concedidas por el favor y la benevolencia divina. En el caso de la Virgen María, “gracia” significa ambas cosas, puesto que María es la creatura más hermosa jamás creada por Dios, es Aquella que por su belleza deslumbra no solo a los ángeles sino al mismo Dios. María es la “llena de gracia” porque todo en Ella es amor, bondad, donaire, benevolencia; María es “llena de gracia” porque supera en hermosura a todos los ángeles y a todos los santos juntos, y la distancia entre su hermosura y la de los ángeles y santos es tan distante de la nuestra como dista la de Ella con la de Dios.

Pero hay algo más en el nombre dado por Dios, y es que Dios decide darle este nombre porque María, desde su Concepción, es ya hermosa, porque es concebida inmaculada, sin mancha de pecado original, esto es, sin malicia, sin capacidad de pensar, desear, obrar el mal, y no solo eso, sino que al no estar inficionada por el pecado original, María Santísima solo piensa, desea y obra el bien, lo cual quiere decir que solo piensa en Dios, solo ama a Dios, y solo obra por Dios y para Dios. Y porque Ella es Inmaculada, La sin mancha, es que es también la “Llena de gracia”, porque la hermosura resplandeciente de su Corazón sin mancha atrae al Amor de Dios, el Espíritu Santo, que al verla tan admirablemente hermosa, decide hacer de su Corazón su morada, y es esto lo que significa en última instancia: “Llena de gracia”: “Llena del Espíritu Santo”. María, creada en gracia, sin mancha de pecado original, atrae al Amor divino, que decide tomar posesión del Corazón de María y hacer de este Corazón puro y hermoso su más agradable morada. La creada en gracia se vuelve morada de la Gracia Increada.

¿Y nosotros? ¿No somos hijos de la Virgen? ¿No estamos también llamados a imitar a nuestra Madre del cielo? Por supuesto, pero aquí se nos presenta un escollo insalvable: nacimos no en gracia, sino con el pecado original, lo cual aleja al Espíritu Santo de nuestros corazones. ¿Esto quiere decir que nunca podremos ser parecidos a nuestra Madre? Sí, porque la Santa Madre Iglesia viene en nuestro auxilio, y por el sacramento de la confesión, nuestra alma queda en gracia, y por el sacramento de la Eucaristía, nuestra alma se llena de la Gracia Increada, Jesús. Por la Confesión y la Eucaristía, sí podemos ser como María, “llenos de gracia”.


[1] Cfr. Lesètre, Nom., en Dict. Biblique, t. 4; en Lucien Deiss, María, Hija de Sión, 104.
[2] Cfr. Lucien Deiss, María, Hija de Sión, Ediciones Cristiandad, Madrid 1964, 104ss.