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martes, 26 de septiembre de 2017

Las características de la devoción legionaria


         Según el Manual del Legionario, “las características de la devoción legionaria quedan reflejadas en sus oraciones”[1], y esto se debe al principio: “lex credendi, lex orandi”: es decir, según como se cree, es lo que se reza.
         ¿Cuáles son esas características?
         Dice así el Manual: “(…) La Legión está cimentada en una gran confianza en Dios y en el amor que Él nos tiene a nosotros, sus hijos”. El legionario no solo se considera hijo de Dios, sino que vive como tal, como hijo que es, al haber sido adoptado por Dios por la gracia bautismal. Vivir como hijos quiere decir no solo saber que somos hijos, sino dirigirnos a Dios como nuestro Padre celestial, de la misma manera a como un niño pequeño se dirige a su padre terreno: en toda ocasión, en las situaciones más difíciles, y en las situaciones más alegres; en todo momento, recurrir a Dios como se recurre a un Padre amoroso, seguros de su amor y confiados en su misericordia, reposando nuestras almas en el amor infinito, eterno, inagotable, incomprensible, que Él tiene por todos y cada uno de nosotros.
         Continúa el Manual afirmando que “Dios desea servirse de nuestros esfuerzos para gloria suya y, a fin de que fructifiquen constantemente, los quiere purificar”[2]. Esto significa que Dios quiere que seamos sus instrumentos, para que lo glorifiquemos con nuestro apostolado, y si Él permite, por ejemplo, que no veamos frutos en este apostolado, es para “purificarnos”, para que el apostolado no sea hecho para vanagloria nuestra, pensando que lo que se consigue es por nosotros, sino por su gloria y para su gloria.
         El Manual nos advierte, precisamente, acerca de los extremos en los que podemos caer, cuando no confiamos en Dios como nuestro Padre: o un excesivo activismo, que no deja lugar a la oración y que es consecuencia de pensar que somos nosotros los que producimos fruto y no Dios, o bien el aletargamiento o “apatía”, una especie de desgano que viene al alma cuando no ve frutos inmediatos, y esto sucede cuando no se tiene en cuenta que es Dios quien inicia la obra, poniendo en nosotros los buenos deseos y propósitos y, si es Él quien inicia la obra, será Él quien la llevará a término, a su debido tiempo, cuando Él lo considere oportuno. Dios está más interesado que nosotros mismos en las obras de apostolado, porque Él, más que nosotros, quiere nuestra propia santificación y también la santificación de nuestros prójimos, y para eso se sirve de nosotros.
         Pero para eso, debemos “compenetrar nuestra voluntad con la de Dios”, dice el Manual, y para ello necesitamos una gran confianza filial en Dios nuestro Padre. Solo si esta confianza filial es fuerte –asentada en Cristo, que es la Roca-, solo así, Dios se servirá de nosotros para conquistar el mundo, que yace bajo el poder del maligno, para gloria suya. Si falta esta confianza en Dios, por parte del legionario, entonces sí toda la obra que Dios quiere hacer por intermedio nuestro, se verá malograda[3]. Para que esto no suceda, debemos abandonarnos en Dios, pero no en un Dios como lo hacen otras religiones, sino en el Dios católico, que es el Dios que nos ha adoptado como hijos suyos y que nos ama con amor de locura, con el mismo amor con el que amó a su Hijo Jesucristo, con el Amor de la Cruz. En este sentido, la Virgen[4] es ejemplo inigualable de abandono filial en Dios y de cómo, por medio de este abandono en Él, el alma no solo triunfa de sus enemigos, sino que Dios cumple sus planes a la perfección.



[1] Cfr. Manual del Legionario, Cap. V.
[2] Cfr. passim.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

miércoles, 1 de junio de 2016

La Visitación de María Santísima


         La Virgen, encinta de Jesús, visita a su prima, Santa Isabel. Al hacerlo, la Virgen nos da un sublime ejemplo de dos condiciones indispensables para alcanzar el cielo: el olvido de sí mismo (en el seguimiento de Cristo), según las palabras de Jesús: “El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo” (Mt 8, 34) y la misericordia para con los más necesitados, también según las palabras de Jesús: “Lo que habéis hecho a uno de estos mis pequeños, a Mí me lo habéis hecho” (Mt 25, 40). En efecto, la Virgen misma está encinta y por lo tanto, necesitada de ayuda, y sin embargo, olvidándose de sí misma, acude en auxilio de su parienta Isabel, quien está doblemente necesitada de ayuda: por estar encinta y por ser de edad avanzada. La Virgen, en la Visitación, es por lo tanto, ejemplo sublime y perfectísimo de cómo, movidos por el Amor de Dios, debemos obrar, si queremos entrar en el cielo.
         Pero en la Visitación de María Santísima hay algo mucho más grande que el mero ejemplo –sublime y perfecto- de cómo obrar para alcanzar el cielo: María, Sagrario Viviente y Tabernáculo del Dios Altísimo, lleva en su seno del Hijo de Dios encarnado, Jesús de Nazareth, por lo que su llegada implica la llegada del Salvador de los hombres; su Visita implica la Visita del Verbo de Dios Encarnado; su Arribo a un alma implica el Arribo al alma de Hijo Eterno del Padre, porque su Hijo, el que Ella lleva en su seno purísimo, es el Verbo Eterno del Padre, engendrado desde los siglos sin fin, “entre esplendores de santidad” (cfr. Sal 110, 3). Y con Jesucristo, el Dador del Espíritu junto al Padre, llega al alma visitada por la Virgen el Espíritu Santo, y es esto lo que explica la sabiduría como la alegría sobrenaturales, tanto de Isabel como del Bautista: Santa Isabel no saluda a María como a se saluda a un pariente, sino que le aplica el nombre de “Madre de mi Señor”, y se alegra por esto; Juan el Bautista, a su vez, desde el seno de su madre, “salta de alegría” al escuchar el sonido de la voz de María: “Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno” (Lc 1, 41), y salta en de alegría porque reconoce, en María, a la Madre de Dios, y en Jesús, al Hijo de Dios, y todo esto no se explica sino por la acción del Espíritu Santo, como lo señala el mismo Evangelio: “(…) e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó (…)” (cfr. Lc 1, 41).

         Es esto lo que sucede en un alma cuando la Visita la Madre de Dios, la Virgen María. es por esto que, el ser visitado por la Virgen, es la mayor dicha que alguien pueda recibir en esta vida, y la gracia que debemos anhelar, para nosotros, para nuestros seres queridos, y para todo el mundo.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

“Lo que ha sido engendrado en Ella viene del Espíritu Santo”


El ángel anuncia a San José en sueños

“Lo que ha sido engendrado en Ella viene del Espíritu Santo” (cfr. Mt 1, 18-24). El ángel confirma a José la más alegre noticia que jamás pueda haber escuchado la humanidad: lo que ha sido concebido en María Virgen viene del Espíritu Santo; no proviene de hombre ni es un hombre cualquiera. Proviene de Dios Trino, y es Dios Hijo que, al encarnarse, se convierte en el Hombre-Dios. El ángel confirma la noticia más hermosa que pueda la humanidad escuchar: Dios Hijo se encarna, viene a este mundo desde el seno del Padre al seno de la Virgen Madre, no solo para rescatar a la humanidad que vive en las tinieblas del pecado, sino para divinizar a la humanidad, para inundarla de la luz y de la vida de Dios Trinidad, para convertir a cada alma humana en una imagen suya, en Dios mismo.
Recibiendo al Amor de Dios, el Espíritu Santo, María se convierte en el Primer Cáliz, que aloja en su seno al Verbo de Dios encarnado. María se convierte en el Primer Cáliz, en la Primera Custodia, en el Primer Sagrario, al alojar en su seno virginal el cuerpo y la sangre, el alma y la divinidad del Verbo de Dios hecho hombre. El Hijo de Dios, enviado por el Padre, llevado por el Espíritu Santo, convierte a su Madre en el Primer Cáliz[1]. Y en este Cáliz que es María se aloja el vino de la Nueva Alianza, que es la sangre de  su Hijo Jesús. Y sobre este cáliz, agrega María dos gotas de agua, su humanidad de Madre, que alimenta y da de su vida de Madre virgen al que es la Vida eterna en Persona. Se convierte en el Primer Cáliz, pero se convierte también en la Primera Belén, que significa Casa de pan, en hebreo, porque aloja el cuerpo de su Hijo, quien luego vendrá al mundo como Pan de Vida eterna.
Se convierte también en el Primer Altar, porque en su seno crece el Niño que, naciendo milagrosamente en Belén, abrirá sus brazos para recibir a los pastores y a los Reyes Magos, como anticipo de la cruz, en donde también abrirá sus brazos para que sus manos sean perforadas por los clavos, para que sus brazos queden abiertos en un abrazo eterno para toda la humanidad. “Lo que ha sido engendrado en Ella viene del Espíritu Santo”. Las mismas palabras del ángel, referidas a María, se aplican a la Iglesia, porque es el Espíritu Santo quien engendra en el seno de la Iglesia, el altar, al Hijo de Dios, así como lo engendró en el seno de María.
Engendrado por el Amor del Padre, inhabitado por el Amor del Padre, Jesús nace en Belén para comunicar el Amor del Padre; prolonga su nacimiento en la Iglesia, en el altar, para ingresar en las almas y comunicar el Amor del Padre. Y cuando regrese, al fin de los tiempos, el Niño nacido en Belén y convertido en el Cordero de Dios, buscará en las almas la Presencia del mismo Espíritu que lo trajo, el Amor del Padre.



[1] Cfr. Mi vida en Nazareth, María Mensajera Argentina, Buenos Aires 1988, 4.

lunes, 26 de mayo de 2014

Fiesta de Nuestra Señora de la Caridad o Visitación de la Virgen María


         ¿A qué se debe el nombre de "Nuestra Señora de la Caridad" o también "Nuestra Señora de la Visitación"? Se debe a una obra de misericordia que realiza la Virgen, al visitar a su prima, Santa Isabel, aunque, como veremos más adelante, además de la obra de misericordia o de caridad -que es lo que da origen a la advocación de "Nuestra Señora de la Caridad"-, hay un misterio profundo y sobrenatural escondido en la escena evangélica. 
          Para comprender el origen y el sentido espiritual de la advocación de "Nuestra Señora de la Caridad" o "Nuestra Señora de la Visitación", debemos entonces leer el pasaje de Lucas en el que la Virgen María, que está encinta por obra y gracia del Espíritu Santo, visita a su prima Santa Isabel, ya anciana y encinta también, para asistirla en su parto y analizar tanto el contexto de la situación, como la reacción de las personas que intervienen en la escena evangélica (Lc 1, 39-56). 
          Según el relato evangélico, para lograr su propósito, la Virgen ha realizado un largo y peligroso viaje, habida cuenta las distancias y que en ese tiempo, los medios de transporte eran precarios y los caminos de montaña prácticamente inexistentes, a lo cual se le debían sumar los peligros inherentes de todo viaje, como los asaltantes y las bestias salvajes. El riesgo aumentaba aun más si se tiene en cuenta que la Virgen viajaba solo acompañada por San José y que Ella misma era una mujer joven y encinta; es decir, se trataba de una persona sumamente frágil y con pocos recursos frente a los numerosos peligros. Pero la Virgen sabía que su prima, Santa Isabel, necesitaba de su ayuda, porque era una mujer anciana y era, como Ella, primeriza, y como en muchas otras ocasiones, sin pensar en sí misma, decide dejar la comodidad y tranquilidad de su hogar, para acudir en auxilio de su pariente y es así como emprende este largo y peligroso viaje, movida por el Amor y solo por el Amor y por ningún motor. Este es el origen del nombre de “Nuestra Señora de la Caridad”, porque la Caridad es el Amor de Dios, un Amor no humano, sino celestial, sobrenatural, espiritual, que trasciende infinitamente los límites y las estrecheces del amor humano. Se llama también “Nuestra Señora de la Visitación”, porque es justamente una “Visita” lo que hace la Virgen a Santa Isabel.
         Sin embargo, cuando el Evangelista describe la escena, en el momento de la llegada de la Virgen, nos encontramos con algo que nos llama poderosamente la atención: no hay nada, absolutamente nada, que refleje lo que acabamos de decir, aunque se trate de este hecho, porque el Evangelista describe una reacción, por parte de los protagonistas de la escena –incluidos los niños que están en los vientres maternos de sus respectivas madres-, que no tiene una explicación humana.
         Veamos qué es lo que describe el Evangelista Lucas acerca de las reacciones de los protagonistas ante la llegada y el saludo de la Virgen a Isabel al llegar a la casa de Zacarías: Isabel exclama: “¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!” –la Iglesia toma este saludo para elaborar la primera parte de la salutación mariana más famosa, el Avemaría-; luego llama a la Virgen: “Madre de mi Señor”, y describe el movimiento de su niño en su vientre materno, Juan el Bautista, como “salto de alegría”; Juan el Bautista, a su vez, ante la Visita de la Virgen y al escuchar su saludo, pese a su estado de nonato y, obviamente, pese a no ver nada, “salta de alegría” en el vientre materno de Santa Isabel. La tercera reacción inexplicable humanamente es la de la Virgen: en vez de responder al saludo de Santa Isabel con un saludo de cortesía, como corresponde entre los seres humanos, y mucho más entre parientes, y entre parientes que se aman y que no se ven desde hace tiempo, y mucho más como es el caso este, en el que Santa Isabel la ha alagado con un título más grande que el de la nobleza, porque la ha llamado “Madre de mi Señor”, lo cual equivale a decir “Madre de Dios”, la Virgen, en vez de responder con un saludo humano, entona un cántico de alabanzas a Dios, llamado “Magnificat”, porque enumera las “maravillas” que Dios ha obrado en Ella, desde su Inmaculada Concepción, a favor de toda la humanidad.
         Los interrogantes que se plantean son muchos y no tienen explicación humana: ¿por qué Santa Isabel da ese título a la Virgen, llamándola “Madre de mi Señor”, es decir, “Madre de Dios”? ¿Por qué la llama “Bendita entre todas las mujeres” y al fruto de su vientre le llama “Bendito el fruto de tu vientre?
         ¿Por qué Juan el Bautista “salta de alegría” en el vientre de su madre, Santa Isabel, lo cual es inexplicable humanamente, porque él no conocía ni a su tía, la Virgen, ni a su primo, Jesús? ¿Cómo podía “saltar de alegría” si ni siquiera los conocía?
         La tercera reacción inexplicable, humanamente hablando, es la de la Virgen: ¿por qué la Virgen no responde con cortesía humana al título de honor dado por Santa Isabel y en vez de eso entona el “Magnificat”?
         La respuesta no está en la razón humana, sino en el versículo 40, cuando dice: “Isabel, llena del Espíritu Santo…”, porque es el Espíritu Santo el que guía y mueve a todos los protagonistas de la escena evangélica, iluminando sus mentes y alegrando sus corazones; es la Presencia del Espíritu Santo, lo que explica las reacciones de los protagonistas de la escena de Nuestra Señora de la Caridad o la Visitación de la Virgen María.
         Es el Espíritu Santo el que ilumina la mente de Santa Isabel y le comprender que la Virgen no simplemente su pariente, su prima, sino que es ante todo, la “Madre de su Señor”, la “Madre de Dios”, y que por eso es “Bendita entre todas las mujeres” y es el Espíritu Santo el que le hace comprender que el Niño que lleva en su vientre no es un niño más entre tantos, sino el Niño Dios, Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, y por eso el “fruto de su vientre es bendito”, y así el Espíritu Santo le alegra el corazón a Santa Isabel, porque le hace ver que está en presencia de la Madre de Dios y del Hijo de Dios, Jesucristo.
         Es el Espíritu Santo el que ilumina la mente de Juan el Bautista, nonato en el vientre de Santa Isabel, y le hace saber que la que saluda a su madre es la Virgen, la Madre de Dios, que trae en su seno virginal al Cordero de Dios, al cual Él tiene que anunciar y por el cual Él tiene que dar su vida, y por esto es el Espíritu Santo el que le alegra el corazón y lo hace saltar de alegría en el seno materno de Santa Isabel.
         Es el Espíritu Santo el que ilumina a la Virgen María y ahora le recuerda todas las maravillas que obró en Ella desde su Inmaculada Concepción, concebiéndola en gracia e inhabitándola desde el primer instante de su Concepción, para que fuera el Sagrario Viviente y la Custodia Virginal del Hijo de Dios en su Encarnación, para que llevara en sus entrañas Purísimas al Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del Verbo de Dios al encarnarse, para que el Hijo de Dios tuviera un seno virginal y purísimo en los nueve meses de gestación que habría de pasar en el seno materno desde su Encarnación hasta el momento de su alumbramiento milagroso, para poder cumplir el designio de salvación de la Trinidad de entregar su Cuerpo para la salvación de los hombres, como Pan de Vida eterna, en la Cruz y en la Eucaristía.
         Nuestra Señora de la Caridad, entonces, nos enseña a ser caritativos y misericordiosos para con el prójimo más necesitado, pero también nos enseña a misionar, a llevar a Jesús a los demás, a visitar a los demás llevándola a Ella, a su imagen, de casa en casa, porque con Ella va siempre su Hijo Jesús y con Jesús, va siempre el Espíritu Santo. Nuestra Señora de la Caridad es modelo de caridad, es decir, de amor misericordioso hacia el más necesitado, y es modelo de misión, de transmisión y de comunicación de la Palabra de Dios.

         La imagen de Nuestra Señora de la Caridad y su Visitación y el mensaje que nos transmite, no se explican con la sola razón humana, sino por la Presencia del Amor de Dios, el Espíritu Santo.

martes, 30 de abril de 2013

Oración a Nuestra Señora de la Caridad (Compuesta para la Agrupación Gaucha “Virgen de la Caridad” de Yerba Buena, Tucumán)





Virgen de la Caridad,
Tú que estando encinta del Niño Dios
Por obra del Espíritu Santo,
Visitaste a tu prima Isabel
Para auxiliarla en su embarazo,
Y nos enseñaste así a ser misericordiosos
Para con nuestro prójimo más necesitado;
Virgen de la Caridad,
Con Tu Visitación,
Santa Isabel se llenó del Espíritu Santo,
Y su hijo Bautista
Saltó de alegría en su vientre,
Por la Presencia de Jesús
En tu seno virginal;
Te rogamos que también a nosotros nos visites
Con tu maternal y amorosa presencia
Y nos traigas a tu Hijo Jesús,
Para que nos alegremos y saltemos de gozo
Por Jesús Salvador;
Virgen de la Caridad,
Acepta nuestro humilde homenaje,
la cabalgata de honor
Que te ofrecemos por ser Tú
La Madre de Dios;
Y concédenos la gracia
De vivir de tal manera
Unidos a tu Hijo Jesús,
Que podamos algún día
Galopar por los cielos eternos
Junto al Hijo de Dios,
Que viene a nosotros
Montado en un caballo blanco
Con la inscripción en su muslo:
“Rey de reyes y Señor de señores”.


Padrenuestro, Avemaría, Gloria.
P. Álvaro Sánchez Rueda

viernes, 2 de marzo de 2012

Los misterios de la Virgen María (VI)



Como María, la Iglesia concibe en su seno por el Espíritu al Hijo de Dios
(Lc 1, 26-38)
“...concebirás en tu seno y darás a luz un hijo...”. Con el anuncio del ángel a María, se inauguran los tiempos mesiánicos, los últimos tiempos de la humanidad, los tiempos caracterizados por la presencia de Dios en medio de los hombres, revestido de una naturaleza humana. 
         María es quien hace de Sagrario y Tabernáculo para el ingreso del Pan de Vida en el mundo. El seno virgen de María se ilumina con el esplendor de la luz divina, con la aparición del Verbo luminoso del Padre. El Padre pronuncia su Palabra y la Palabra procede del seno del Padre al seno de María llevada por el Espíritu Santo. María se convierte en la depositaria de la Palabra del Padre, Palabra que por el Espíritu asume una naturaleza humana para unirse íntimamente a ella, como en casta unión esponsal.
En el seno de María, por el Espíritu Santo, es concebido el Hijo de Dios, el cual, al unirse personalmente con un cuerpo y un alma humana, es llamado “Emmanuel”, es decir, “Dios con nosotros”.
         Pero el prodigio que se realizó en el seno de María, proviniendo de Dios, no ha finalizado, y su resonancia eterna se hace sentir en todos los tiempos. La Encarnación sucedió realmente, y el Hijo Eterno de Dios, el Dios Hijo, Invisible, se revistió de una naturaleza humana y se hizo visible, apareciéndose delante de los hombres y de los ángeles como un Niño humano. Ese mismo prodigio, ese mismo milagro admirable, sigue y continúa perpetuándose en el seno de la Iglesia, por el Espíritu. Así como María concibió en su seno por el Espíritu, así la Iglesia, que es una figura de María, concibe en su seno, en el altar, por el mismo Espíritu Santo, al Hijo de Dios, que se reviste de apariencia de pan[1]. La Eucaristía es la prolongación y continuación, en el tiempo y en el espacio, de la Encarnación del Verbo en el seno de María, que continúa encarnándose en el seno de la Iglesia. Y así como el fruto concebido por el Espíritu en el seno de María se llama “Emmanuel”, Dios con nosotros, así también el fruto concebido en el seno de la Iglesia, el Cristo Eucarístico, es llamado “Emmanuel”, Dios con nosotros.
         Y si parecen asombrosos estos misterios, de los cuales no tenemos más que una mínima comprensión por la fe, escapándosenos su inteligibilidad última debido a la grandeza intrínseca del ser divino del cual proceden, quedan todavía más misterios asombrosos. María concibe en su seno por el Espíritu, engendrando al Hijo de Dios, la Iglesia, figura de María, concibe también en su seno por el Espíritu, engendrando al Hijo de Dios, en el altar; y es el mismo Espíritu quien hace concebir, en el seno del alma, por la comunión eucarística, al Hijo de Dios, que de ser “Dios con nosotros”, pasa a ser “Dios en nosotros”.
Como María, la Iglesia concibe en su seno por el Espíritu al Hijo de Dios para que el alma, por la comunión eucarística, lo conciba, por el Espíritu, en su propio seno.


[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, ...