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miércoles, 24 de abril de 2013

Madre de Dios, Madre de Luz




            María da a luz en la noche, en un oscuro establo de Belén. Sólo la luz de la luna y de las estrellas, más la lumbre de un pequeño candelabro, alumbran la escena en la cual el Hombre-Dios viene al mundo. La noche, producto de la ausencia de luz del sol, es símbolo de otra noche y de otras tinieblas, mucho más oscuras y temibles, la noche que oscurece los corazones de los hombres.
         María da a luz en la noche, pero lo que a luz María no es un simple niño humano: tiene forma humana, llora, balbucea, tirita de frío como un niño humano, pero no es sólo un niño humano[1]: ¡Es Dios! ¡Ese Niño, que llora y tiembla de frío, ese Niño, que busca con sus bracitos y sus manitas la dulce protección de su amada Madre, es Dios! ¡Ese Niño, que apenas puede ver a su Madre en las penumbras de la noche y en las sombras del establo, es Dios! ¡Ese Niño, que casi no puede distinguir entre las penumbras y la débil luz de la candela del establo, es Dios! ¡Y la Virgen es su Madre!
         Pero, ¿no resulta una paradoja que, si ese Niño es Dios, deba nacer envuelto en la oscuridad? ¿Acaso Dios no es luz? ¿Acaso ese Niño, nacido de la Virgen Madre, no es el Cordero del Apocalipsis? ¿Y el Cordero del Apocalipsis, no es la luz de los cielos: “La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que la alumbren, pues la gloria de Dios le dio su luz, y su lumbrera es el Cordero” (cfr. Ap 21, 23)?
         Si este Niño, que es luz, nace de María Virgen, es porque su Madre también es luz: la Virgen es luz, está inhabitada por la luz, por la luz del Espíritu Santo, la Persona-luz de la Trinidad.
         María es Madre de Dios, pero también es Madre de Luz, porque su Hijo es luz, y Ella también es luz, porque está inhabitada por la misma luz que es su Hijo y su Espíritu.
         ¡María, Madre de Dios y Madre de Luz, ilumina al mundo con la luz divina de tu Hijo amado!
         ¡María, Madre de Dios y Madre de Luz, ilumina las almas con tu Hijo crucificado!
         ¡María, Madre de Dios y Madre de Luz, iluminaste al mundo en Belén, dando nacimiento a la luz del mundo, tu Hijo Jesucristo!
         ¡María, Madre de Dios y Madre de Luz, continúas iluminando al mundo engendrando en tu seno virgen, el altar, a la luz del mundo, Jesús Eucaristía!
         ¡Oh milagro asombroso, divino esplendor salido del Padre: en Belén nació de María Virgen, el Niño Luz, Dios hecho Infante, para iluminar las tinieblas de la tierra, y en la Iglesia Virgen, nace, de su seno purísimo, el Dios Niño, Luz hecha Pan de Vida eterna, para iluminar las oscuras almas de los hombres!     



[1] Cfr. Liturgia Armenia, Oda para las fiestas de la Virgen.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Oremos con el icono de la Madre de Dios "La Copa Inagotable"


Podemos rezar con este icono a partir de su nombre: este icono se llama: “Copa inagotable”. Ahora bien, para que podamos rezar con el icono, debemos formularnos algunas preguntas: ¿por qué este nombre? ¿A qué se debe que la Copa sea inagotable? ¿Qué es lo que contiene esta Copa Santa, cuyo misterioso contenido no se agota nunca?

La Copa es inagotable porque es la Copa del Banquete celestial, la Santa Misa, en donde se sirve el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre del Cordero, y este Vino de esta Copa es inagotable porque proviene precisamente del inagotable Ser divino. La Copa no se agota nunca, y nunca deja de dar Vino, porque no se agota nunca y nunca deja de dar su Amor el Corazón del Hombre-Dios, que es de donde sale este Vino, que es su Sangre.

El Vino de esta Copa es la Sangre del Corazón del Hombre-Dios Jesucristo, y es tan inagotable como inagotable es su amor divino-humano. Este Vino que se sirve en esta Copa Santa, está destinado a los hijos de Dios. Es un vino exquisito, un vino sustancioso, un vino del cual el vino de las bodas de Caná, también exquisito y “del mejor” (cfr. Jn 2, 1-10), era solo un anticipo y una prefiguración. El Vino de esta Copa Santa proviene de una Vid celestial, la Vid verdadera, el Cuerpo, el Alma, la Divinidad y la Sangre del Hombre-Dios, y proviene de una vendimia muy especial, la vendimia de la Pasión, en donde el cuerpo del Hombre-Dios fue triturado, para que de sus heridas saliera su Sangre, Sangre preciosa que es el Vino Santo que nos comunica el Amor de Dios.

El Vino de esta Copa es un vino exquisito, perfumado, que agrada al alma y la embriaga en el Amor de Dios; quien prueba de este Vino no quiere ya nunca más dejar de beberlo, porque este Vino no es vino, sino es la Sangre del Cordero inmolado en la cruz por amor a los hombres. Este Vino es embriagador, porque arrebata al alma en el Amor de Dios; es embriagador este Vino, porque comunica el Amor de Dios, el Espíritu Santo, la Persona-Amor de la Trinidad. Este Vino comunica el Amor divino de Dios Uno y Trino, y es por eso que quien lo prueba, desea beberlo siempre, porque llena su corazón con la dulzura inagotable del Divino Amor.