miércoles, 1 de abril de 2026

El legionario y el Cuerpo Místico de Cristo 2

 



         El Manual del Legionario desarrolla la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, centrada en las epístolas de San Pablo.

         San Pablo compara la unión entre Cristo y los bautizados con la que existe entre la cabeza y los demás miembros del cuerpo humano, la Cabeza es Cristo y el Cuerpo somos los bautizados en la Iglesia Católica. Así como en el cuerpo cada miembro tiene su función particular, necesitándose todos mutuamente y así como todos están animados por una misma alma, así sucede en el Cuerpo Místico de Cristo: todos cumplen una función particular y todos están animados por el Espíritu de Cristo, el Espíritu Santo, cuando están en gracia. Si un miembro se perjudica, el cuerpo se perjudica y si uno se perfecciona, todo el cuerpo se perfecciona.

         Dice el Manual que la Iglesia Católica es el Cuerpo Místico de Cristo y también su plenitud (Ef 1, 22-23). La parte principal e indispensable es Cristo, que es la Cabeza, porque de Él reciben los miembros del Cuerpo el poder de obrar y también la vida, que es la gracia.

         Es en el momento del Bautismo en el que somos incorporados a Cristo y unidos a Él, formando desde ese momento su Cuerpo Místico (Ef 5, 30) y esto es muy importante tenerlo en cuenta porque es de aquí de donde surgen los deberes santos y de servicio de los miembros para con la Cabeza y de los miembros entre sí (1 Jn 4, 15-21).

         Es muy importante tener en cuenta este dogma del cristianismo, porque toda la vida sobrenatural, toda la vida de la gracia que es concedida al hombre se deriva de la Cabeza que es Cristo, que es quien obra la redención. Cristo y su Iglesia, es decir, nosotros como bautizados, forman una sola Persona mística, dice el Manual, de manera que las reparaciones de la Cabeza, Cristo, pertenecen también a sus miembros, los fieles. De esta manera se explica cómo es que Cristo sufre por el hombre y expía culpas que Él no había cometido y esto es porque Cristo es el Salvador de los hombres.

         De esto también se sigue una consecuencia práctica: los fieles están incorporados a Cristo y de Él reciben su vida, su gracia y también en Él sufren, mueren y resucitan, en la resurrección de Cristo. Todos los sacramentos, comenzando por el Bautismo y luego mucho más la Eucaristía, establecen una íntima comunión de vida y amor entre Cristo Cabeza y los bautizados miembros del Cuerpo Místico. Además se intensifica esta unión por la fe y el amor, por el ofrecimiento de los propios sufrimientos a Cristo, etc. Esto nos hace ver la importancia de los sacramentos -principalmente Confesión y Eucaristía- recibidos con fe, amor y piedad, porque sin sacramentos no hay vida de la gracia en los miembros del Cuerpo Místico de Cristo que somos nosotros, los bautizados.


jueves, 19 de marzo de 2026

El significado de la ceremonia del Acies




Según lo relata el Manual del Legionario, la ceremonia del Acies es un acto público de la Legión y aquí debemos hacer una primera aclaración: es público, en contraposición a “secreto”, porque la Legión no es una organización secreta, oscura, oculta, ya que no tiene nada que ocultar ante Dios y ante los hombres. Sus principios, sus métodos, sus objetivos y fines están expuestos de forma transparente y sin ninguna clase de reserva.

Dicho esto, también según el Manual, en el Acies se deben tener en cuenta dos elementos: por un lado, qué significado tiene que la Legión se reúna de forma pública y, por otro lado, cuál es el significado que realiza de forma solemne el legionario aferrado al vexillium.

También debemos preguntarnos por el significado de la palabra “Acies” en sí misma, ya que eso nos dirá, en substancia, de qué se trata la reunión de la Legión. El Manual del Legionario dice así: “Acies” es una “voz latina que significa un ejército en orden de batalla”, es aquella ceremonia en donde se reúnen los Legionarios de María para renovar su homenaje a la Reina de la Legión y al mismo tiempo para recibir de Ella fuerza y bendición para otro año más de lucha contra las huestes del mal. En esta definición encontramos el sentido de la reunión de la Legión: en el Acies el Ejército de Dios, integrado por los miembros de la Legión, bajo la dirección y las órdenes de la Virgen Generala, se forma en orden de batalla, ya sea para renovar su fidelidad a la Virgen, como para recibir de Ella la bendición celestial que será necesaria en la lucha contra “las potestades de los aires”, es decir, los ángeles caídos, los ángeles rebeldes.

Esto nos recuerda una de las meditaciones de San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales: dice San Ignacio que, de un lado, se dispone el ejército de Dios, que combate bajo los sagrados estandartes de Jesús y de María y que del otro lado, se dispone el ejército del Infierno, que combate bajo el siniestro estandarte de la Serpiente Antigua, Satanás. En este caso, es obvio que la Legión, mediante el Acies, reafirma su compromiso eterno de luchar siempre bajo los estandartes de la Cruz de Jesús y bajo el estandarte celeste y blanco del Inmaculado Corazón de María y lo hace de forma pública.

La Virgen forma su ejército en la tierra para luchar contra las fuerzas del Anticristo, las cuales son muchas y poderosas, pero la Virgen forma a su ejército no para una salida de recreación, sino “en orden de batalla” -se entiende que es batalla espiritual-, para derrotar a las siniestras fuerzas del Infierno, que hoy se han desencadenado sobre la tierra con todo su furor. Pero si las fuerzas del Infierno son temibles, frente a la Virgen huyen despavoridas y temblando de terror. Dice así San Alfonso: “María es el espanto de los poderes infernales. Es “terrible como un ejército en orden de batalla” (Cant 6, 10), porque sabe desplegar con estrategia su poder, sus oraciones y su misericordia para la derrota del enemigo y para triunfo de sus siervos”. En la ceremonia del Acies la Legión se reúne como parte del ejército de la Virgen, un ejército espiritual de la Madre de Dios que se ordena para la batalla bajo el estandarte celeste y blanco de la Inmaculada Concepción, preparándose para recibir la bendición de la Virgen y para marchar frente al enemigo, que no es otro ser humano, sino los ángeles caídos. Así como un ejército terreno se forma bajo la bandera nacional a las órdenes de su general, así la Legión se forma, en el Acies, bajo las órdenes de su celestial Generala, la Virgen para recibir de Ella “fuerza y bendición” para combatir, bajo las órdenes de la Virgen, a “las fuerzas de mal”, según lo describe el Manual del Legionario. Como dijimos, el enemigo al cual se enfrenta la Legión no son seres humanos, sino ángeles caídos, “las potestades malignas que están en los aires”, como lo describe la Sagrada Escritura: “Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales” (Ef 6, 12). En el Acies la Legión es convocada espiritualmente para renovar la fidelidad a la Madre de Dios y para pedirle a Ella la bendición necesaria para el combate, no terreno ni contra seres humanos, sino espiritual y contra los ángeles caídos, los cuales también se forman como un ejército preparado para la batalla, bajo las órdenes de la Serpiente Antigua. Ahora bien, esta lucha espiritual no es solo contra estos enemigos espirituales externos, sino también contra el hombre viejo, contra uno mismo, contra el hombre nacido en el pecado y dominado por las pasiones, porque según el mismo Jesús lo dice, el pecado anida y se origina en nuestros propios corazones, como consecuencia del pecado original: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” (cfr. Mt 7, 21).

Hay un segundo aspecto que se debe considerar en el Acies y es la oración de consagración personal a la Virgen: “Soy todo tuyo, Reina mía, Madre mía y cuanto tengo tuyo es”. Por medio de esta oración de consagración personal, el legionario se pone bajo la protección de la Virgen y de esta manera, protegido por Ella, renueva su misión espiritual de imitar a María para que Ella instaure el Reino de su Hijo en el mundo. Cuando el legionario toma con su mano el vexillium o estandarte de María está haciendo un gesto de profundo significado espiritual, el de colocarse libre y voluntariamente bajo el estandarte victorioso de María Santísima; significa que se alista en las filas del Ejército de María para luchar “contra las fuerzas del mal” bajo las órdenes de la Virgen. Es por esto que el Acies no es una simple ceremonia piadosa de una cofradía devota: es la misma Virgen María, la Madre de Dios quien congrega a sus elegidos y les toma, Ella en persona -a través de los encargados de la Legión- esta renovación de la consagración de sus hijos y la toma como hecha especialmente a su Inmaculado Corazón.

La ceremonia del Acies tiene, por un lado, la función de unir más estrechamente al legionario al Inmaculado Corazón de María; por otro, demostrar la total dependencia de la Virgen para cumplir la misión asignada. Aunque es solo visible con los ojos de la fe, en el Acies se encuentra la Virgen en persona y también está su Hijo Jesucristo, el Hombre-Dios, siendo así testigos de esta ceremonia y consagración. Pero también hay que hacer otra consideración y es que las faltas de los legionarios a Ella consagrada por el Acies -la acedia o pereza espiritual, que lleva a no cumplir con las oraciones prescriptas, o la pereza corporal, que lleva a desentenderse de las obligaciones del deber de estado, o la indiferencia hacia las obligaciones que implica la Legión-, le provocan al Inmaculado Corazón dolores más agudos que los provocados por quienes no están a Ella así consagrados. Si amamos a la Virgen como a Nuestra Madre del cielo, si nos consagramos a Ella por medio del Acies, si recibimos de Ella su especial bendición y protección en el Acies, procuremos entonces poner todo nuestro esfuerzo en consolar al Inmaculado Corazón de María, haciendo con el mayor amor posible y la mayor perfección posible, la tarea apostólica que nos encargue la Legión. A la Virgen Santísima le pedimos que interceda para que el fuego del Espíritu Santo envuelva nuestros fríos corazones en el mismo Fuego de Amor en el que está envuelto su Inmaculado Corazón, para así llevar a cabo la tarea espiritual de conquistar almas para Cristo que se nos encomienda en el Acies.

 




 

 




 

 


martes, 24 de febrero de 2026

El legionario y el Cuerpo Místico de Cristo

 



         El Manual del Legionario presenta una serie de características que tienen que primar en el servicio del Legionario hacia su prójimo, llamando a esta doctrina “la base del servicio legionario”[1]. En otras palabras, el Manual explica la razón por la cual el legionario debe obrar con ciertas características hacia su prójimo, para que sean de agrado de los Sagrados Corazones de Jesús y María.

         Desde un primer momento el Manual recuerda que, desde sus primeros inicios, los fundadores de la Legión tuvieron en cuenta una característica fundamental en el servicio de la legión al prójimo y es el “carácter netamente sobrenatural del servicio al que se iban a entregar los socios”. Aquí debemos diferenciar lo “sobrenatural” de lo “natural”: lo “sobrenatural” es lo que viene de Dios, es lo que está por encima de la naturaleza, sea humana o angélica y esto es, por ejemplo, la gracia, la gracia es un don “sobrenatural”, no surge ni de los ángeles, ni de los hombres, sino de la Trinidad. Lo “natural”, en cambio, es lo que sí surge de nuestra propia naturaleza o de la naturaleza de los ángeles, es lo que le pertenece a cada uno según su propia naturaleza.

         Con relación a los fundadores, dice el Manual que determinaron que los legionarios, en su trato con sus prójimos, debían “rebosar en cordialidad”, pero no por motivos meramente naturales: los legionarios debían ver, en todos aquellos en quienes servían -con distintas obras de misericordia, sean corporales que espirituales- “a la Persona misma de Jesucristo”, recordando las palabras de Nuestro Señor, según las cuales todo lo que se hiciese a otros, aún a los más débiles y malvados, lo hacían al mismo Señor Jesucristo: “Os lo aseguro: cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de esos más humildes, lo hicisteis conmigo” (Mt 25, 40).

         Esto no significa que el prójimo sea Nuestro Señor Jesucristo, sino que Nuestro Señor está misteriosamente presente en cada uno de nuestros prójimos, especialmente en los más desvalidos y que Él lo toma como hecho personalmente a Él todo lo que hacemos a nuestro prójimo, sea en el bien como en el mal y eso nos será tenido en cuenta en el juicio, tanto en el Particular como en el Final.

         Afirma el Manual que este móvil sobrenatural debe ser la base y el fundamento del servicio de la Legión y del legionario -no moverse por motivos humanos, sino sobrenaturales, viendo a Cristo en el prójimo y teniendo siempre presentes sus palabras-, como así también debe ser la base y el fundamento de la disciplina y de armonía interna de la Legión. Esto quiere decir que los legionarios deben ver en sus superiores y a sus hermanos al mismo Jesucristo -así como trato a mi prójimo, así trato a Jesucristo-.

         Este obrar sobrenatural, dice el Manual, es la verdad transformadora que debe estar impresa en la mente de los socios y para ayudarles a conseguirlo, esta verdad básica se ponen en las ordenanzas fijas que se leen mensualmente en la junta del praesidium. Esto quiere decir además que se agrega otro principio fundamental de la Legión y es que el legionario debe trabajar, sobrenaturalmente, en estrecha unión con María, para que sea Ella quien ejecute la obra por medio del legionario.

         Reflexiones.

         Teniendo en cuenta lo precedente, podemos preguntarnos:

         1-¿Hago obras de misericordia, sean corporales que espirituales, tal como me pide la Legión?

         2-Al hacerlas, obro de manera sobrenatural, es decir, considerando que el prójimo a quien sirvo, está Cristo misteriosamente presente? ¿O me olvido de este obrar sobrenatural y obro por motivos meramente naturales, para que los demás me valoren y hablen bien de mí?

         3-¿Tengo presente que es a la Virgen a quien debo encomendarle mi obra de misericordia, para que sea Ella quien obre por mí? ¿O me olvido de la Virgen y obro como si la obra y el mérito fueran exclusivamente míos? 



[1] Cfr. Manual del Legionario, Cap. IX, 1.


viernes, 5 de diciembre de 2025

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María

 



(Ciclo A - 2025 – 2026)

         Con alegría celestial la Iglesia Católica celebra un misterio venido del Cielo, considerado como uno de los misterios más grandes y asombrosos de la historia de la humanidad, misterio superado en majestad y gracia sólo por el misterio pascual de Jesucristo y es el misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.

         El hecho de que María Santísima sea “Inmaculada Concepción” es un misterio celestial porque está implicado Dios Uno y Trino desde su inicio; esto quiere decir que es la Santísima Trinidad quien, desde la eternidad, determinó que la Virgen fuera concebida sin la mancha del pecado original que, desde el pecado primordial de Adán y Eva, se transmite sin excepción a todo ser humano. Y precisamente, la única excepción es María Santísima y es por eso que se llama “Inmaculada Concepción”, porque la oscuridad del pecado original no la afectó, desde el primer instante de su concepción, como sí lo hace a todo ser humano. Además, el hecho de que sea “Inmaculada Concepción”, significa que la Virgen, al estar exenta del pecado original, no tuvo nunca, jamás, en ningún momento, ni siquiera por un instante, no solo ni el más ligero pecado sino tampoco la más mínima imperfección y tampoco estuvo, ni siquiera mínimamente, inclinada a la más ligera concupiscencia; por el contrario, su Inmaculado Corazón estuvo siempre, en todo momento, desde el primer instante de su concepción, rebosante de la gracia, la bondad, la santidad, la paz y la humildad de Dios Uno y Trino.

         Otro aspecto a considerar en el misterio inefable de María Santísima es que el hecho de que la Trinidad la haya elegido para ser concebida sin el pecado original, es decir, como “Inmaculada Concepción”, es por el hecho de que la Virgen estaba destinada a ser la Madre de Dios Hijo encarnado y como tal, como Madre de Dios, no podía estar contaminada con la mancha del pecado original.

Y aún más, el hecho de estar destinada a ser la Madre de Dios, no solo exigía que no poseyera el pecado original, sino que debía además estar inhabitada por el Espíritu Santo y es por eso que la Virgen es concebida, además de exenta del pecado original, como Inmaculada Concepción, también como “Llena de gracia”, lo cual quiere decir, inhabitada por el Espíritu Santo. Si la razón de la ausencia de pecado radicaba en su condición excelsa de ser Madre de Dios, la razón del privilegio de ser “Llena de gracia” radicaba en el fruto que había de concebir virginalmente, el Verbo Eterno del Padre. Es decir, la Virgen es “Llena de gracia”, porque el Verbo de Dios, quien habría de encarnarse en su seno virginal, al provenir desde el Cielo, en donde era amado desde la eternidad por Dios Padre con el Divino Amor, el Espíritu Santo, debía ser recibido y amado en la tierra, en su encarnación, con el mismo Amor con el que el Padre lo amaba desde la eternidad, el Espíritu Santo y la única forma en que esto fuera posible, era que la Virgen misma estuviera inhabitada por el Espíritu Santo y es por eso que es concebida no solo sin la mancha del pecado original, sino como “Llena de gracia”, es decir, inhabitada por el Espíritu Santo. Así, el Verbo de Dios, al encarnarse en el seno purísimo de María Santísima, no experimentaría diferencias en el Amor con el que era amado desde la eternidad por el Padre, porque iba a ser amado con ese mismo Amor, el Espíritu Santo.

Entonces, en el misterio de la Inmaculada Concepción se unen de modo indisoluble entre sí, otros grandes misterios, como el de la Virgen como Madre de Dios, Llena de gracia y el de la Encarnación del Verbo de Dios. A estos misterios, se les agregan también, de forma indisoluble, los misterios de la Virgen como Corredentora y Mediadora de todas las gracias, misterios estos dos últimos sin los cuales la Virgen pierde incluso su condición de Inmaculada.

Finalmente, si estos misterios de la Virgen son en sí mismos insondables, majestuosos, celestiales y sobrenaturales, hay otro misterio que también debe agregarse y es el hecho de que en cada Santa Misa la Santa Iglesia prolonga y actualiza, en el altar eucarístico, su seno virginal, el misterio de la Encarnación del Verbo, porque a través de las palabras de la consagración, el Verbo de Dios prolonga su Encarnación en la Eucaristía y es por este motivo que la Iglesia Católica es, a imagen de su Madre, la Virgen, santa, pura, inmaculada y llena del Espíritu Santo. No dejemos nunca de alabar, bendecir, glorificar y adorar a la Santísima Trinidad por el misterio de la Inmaculada Concepción y el misterio de la Encarnación del Verbo en su seno purísimo, que se prolonga a su vez y se actualiza en cada Santa Misa, en la Sagrada Eucaristía.

 


viernes, 6 de junio de 2025

El Legionario y la Eucaristía

 



         El Manual del Legionario dedica todo un capítulo a la Santa Misa y a la Eucaristía[1] y la razón es que, sin la Santa Misa y sin la Eucaristía, la Legión no tiene razón de ser y lo mismo sucede con el legionario. Es decir, un legionario podría, eventualmente, cumplir al pie de la letra con todo lo que el Manual exige, podría ser un legionario ejemplar, en sus oraciones, en su apostolado, en su desempeño cotidiano, pero si no asiste a Misa para recibir la Eucaristía -obviamente, en estado de gracia-, nada de lo que haga el legionario tendrá valor para el cielo.

         El Manual lo explica de la siguiente manera: afirma que “el fin de la Legión de María es la santificación personal de sus miembros” y que esa santificación es imprescindible para que el legionario pueda ser verdaderamente “legionario”: “También hemos dicho que esta santificación es a la vez, para la Legión, su medio fundamental de actuar: sólo en la medida en que el legionario posea la santidad, podrá servir de instrumento para comunicarla a los demás”. Ahora bien, ¿cómo es que logra la santificación el legionario? ¿De dónde obtiene la santidad que necesita, para ser verdaderamente legionario? El Manual dice que el legionario debe pedir la intercesión de la Virgen, para así “llenarse del Espíritu Santo”, con lo cual podrá así efectivamente llevar a cabo su tarea de ser instrumento del Espíritu Santo, Quien será el que “renueve la faz de la tierra”. Dice así el Manual: “Por eso el legionario, al empezar a servir en la Legión, pide encarecidamente llenarse, mediante María, del Espíritu Santo, y ser tomado por este Espíritu como instrumento de su poder, del poder que ha de renovar la faz de la tierra”. Entonces, aquí se responde la primera pregunta, sobre “cómo” logra la santificación el legionario.

Para la segunda pregunta, acerca de “dónde” se obtienen las gracias necesarias para la santificación, el Manual dice que todas las gracias necesarias para la santificación personal del legionario fluyen, sin excepción, del Sacrificio en Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, sacrificio que se renueva de modo incruento y sacramental en la Santa Misa: “Todas estas gracias fluyen, sin una sola excepción, del Sacrificio de Jesucristo sobre el Calvario. Y el Sacrificio del Calvario se perpetua en el mundo por el Sacrificio de la Misa”. Esto se debe a que la Santa Misa, acción litúrgica exclusiva de la Iglesia Católica -el protestantismo y las demás sectas solo realizan una mímica vacía de la Santa Misa-, no es un mero recuerdo ni representación del Santo Sacrificio de la Cruz, sino que, por el misterio de la liturgia, “hace presente, actual”, al mismo sacrificio, como si los asistentes a la misa viajaran en el tiempo y en el espacio y se trasladaran al Calvario en el momento en el que la Santa Misa se celebra. Dice así el Manual: “La misa no es mera representación simbólica del Calvario, sino que pone real y verdaderamente en medio de nosotros aquella acción suprema, que tuvo como recompensa nuestra redención. La Cruz no valió más que vale la misa, porque ambas son un mismo sacrificio: por la mano del Todopoderoso, desaparece la distancia de tiempo y espacio entre las dos, el sacerdote y la víctima son los mismos; sólo difiere el modo de ofrecer el sacrificio. La misa contiene todo cuanto Cristo ofreció a su Padre, y todo lo que consiguió para los hombres; y las ofrendas de los que asisten a la misa se unen a la suprema oblación del Salvador”. Asistir a Misa es asistir al Calvario, al Sacrificio del Señor Jesús realizado hace veinte siglos, aun cuando estemos viviendo en el siglo veintiuno. Y en este asistir a la Santa Misa, es de donde fluyen absolutamente todas las gracias necesarias para la santificación del legionario. Dice así el Manual: “A la misa, pues, ha de recurrir el legionario que desee para sí y para otros copiosa participación en los dones de la Redención”. De esto se comprende cómo se impone el silencio, tanto exterior como interior, en la Santa Misa, además de la adoración al Salvador que se hace Presente en Persona en el Altar Eucarístico. Y de esto se deduce, también, la absoluta falta de respeto hacia Nuestro Señor y su Sacrificio, cuando se asiste sin las debidas disposiciones interiores, o cuando se comienza a hablar antes de Misa, rompiendo el silencio sagrado que debe reinar antes, durante y después de la Santa Misa.

Por último, el Manual destaca la necesidad imperiosa de que la Legión “suplique” y no “imponga” -aun si la impusiera, esta imposición sería una imposición de amor a Dios, que se nos dona bajo la apariencia de pan y vino- la asistencia a Misa a los legionarios: “Si la Legión no impone a sus miembros ninguna obligación concreta en este particular, es porque las facilidades para cumplirla dependen de muy variadas condiciones y circunstancias. Mas, preocupada de su santificación y de su apostolado, la Legión les exhorta, y les suplica encarecidamente que participen en la Eucaristía frecuentemente -todos los días, a ser posible-, y que en ella comulguen”.

Solo así, bebiendo de la Sangre que fluye del Costado traspasado del Salvador y que se recoge en el Cáliz del altar y solo alimentándose de la Carne del Cordero de Dios, la Sagrada Eucaristía, podrá el legionario santificarse y ser instrumento del Espíritu Santo para la santificación de sus hermanos los hombres y de todo el mundo.



[1] CAPITULO VIII El legionario y la Eucaristía 1. La misa, Pág. 47. 2. La liturgia de la Palabra, Pág. 48. 3. La liturgia de la Eucaristía en unión con María, Pág. 49. 4. La Eucaristía, nuestro tesoro, Pág. 51. 1.


sábado, 22 de marzo de 2025

El significado de la ceremonia del Acies

 


La ceremonia del Acies es uno de los actos públicos de la Legión, según lo relata el Manual del Legionario y en este acto se deben tener en cuenta dos elementos: por una parte, cuál es el significado de la reunión pública de la Legión; por otra parte, qué significado tiene la oración que el legionario, aferrado al vexillium, pronuncia solemnemente. Con relación al Acies, el Manual del Legionario nos enseña que es una “voz latina que significa un ejército en orden de batalla”, es aquella ceremonia en donde se reúnen los Legionarios de María para renovar su homenaje a la Reina de la Legión y al mismo tiempo para recibir de Ella fuerza y bendición para otro año más de lucha contra las huestes del mal. En el Acies, entonces, el Ejército de Dios, bajo la dirección y las órdenes de la Virgen Generala, se forma en orden de batalla, para renovar su fidelidad a la Virgen y para recibir de Ella la bendición celestial que será necesaria en la lucha contra “las potestades de los aires”, es decir, los ángeles caídos.

Esta formación “en orden de batalla” es una imitación de la Virgen que, según San Alfonso, también se forma en orden de batalla para hacer frente al Ejército del Anticristo. Dice así San Alfonso: “María es el espanto de los poderes infernales. Es “terrible como un ejército en orden de batalla” (Cant 6, 10), porque sabe desplegar con estrategia su poder, sus oraciones y su misericordia para la derrota del enemigo y para triunfo de sus siervos”. La Legión se reúne en el Acies bajo el estandarte de María como lo que es, un ejército espiritual al servicio de la Virgen y de Dios: la Legión se forma de manera similar a como un ejército terreno se forma bajo la bandera nacional a las órdenes de su general. El objetivo de esta formación es imitar a la Virgen, que también se forma en orden de batalla y recibir de Ella “fuerza y bendición” para combatir, bajo las órdenes de la Virgen, a “las fuerzas de mal”, según lo describe el Manual del Legionario. El enemigo al cual se enfrenta la Legión no está formado por personas de carne y hueso, es decir, no son seres humanos, sino ángeles caídos, “las potestades malignas que están en los aires”, como lo describe la Sagrada Escritura: “Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales” (Ef 6, 12). El Acies es por lo tanto una convocatoria espiritual de la Legión, en la cual se renueva la fidelidad a la Virgen y se pide a Ella la fuerza y la bendición necesarias para el combate espiritual contra el enemigo de Dios y de las almas, Satanás, quien también se forma en ejército de batalla junto a sus ángeles apóstatas. Pero la lucha no es solo contra estos enemigos espirituales externos, sino también contra el hombre viejo, contra uno mismo, porque según el mismo Jesús lo dice, el mal anida en nuestros propios corazones, como consecuencia del pecado original: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” (cfr. Mt 7, 21); por esta razón, la lucha no solo es contra los ángeles caídos, sino que comienza en nuestros propios corazones, en los cuales debemos combatir nuestra inclinación al mal (indolencia, pereza, falta de caridad, etc.).

El segundo aspecto del Acies, que se deriva del primero, es la oración de consagración personal a la Virgen: “Soy todo tuyo, Reina mía, Madre mía y cuanto tengo tuyo es”, porque a través de esta consagración el legionario se pone bajo la protección de la Virgen y así protegido, renueva su misión espiritual de imitar a María para que Ella instaure el Reino de su Hijo en el mundo. El significado espiritual de que el legionario tome con su mano el vexillium o estandarte de María es el de colocarse el legionario bajo el estandarte victorioso de María Santísima; significa que de forma libre y voluntaria el legionario se alista en las filas del Ejército de María para luchar “contra las fuerzas del mal” bajo las órdenes de la Virgen. Visto de esta manera, el Acies no es una simple ceremonia piadosa de una cofradía devota: es la misma Virgen María, la Madre de Dios quien congrega a sus elegidos y les toma, Ella en persona -a través de los encargados de la Legión- esta renovación de la consagración de sus hijos y la toma como hecha especialmente a su Inmaculado Corazón. Por el Acies, el legionario se une más estrechamente al Corazón de María y al mismo tiempo demuestra su total dependencia de Ella, porque depende de la Virgen en un todo para cumplir la misión asignada. Aunque no se la vea con los ojos del cuerpo, en la ceremonia del Acies está la Virgen en persona y junto a la Virgen, están los ángeles, de quienes la Virgen es Reina, y también está su Hijo Jesucristo, el Hombre-Dios, siendo así testigos de esta ceremonia y consagración. A través de la ceremonia del Acies el legionario queda bajo las órdenes de la Virgen, recibiendo de Ella especial asistencia y protección. Pero al mismo tiempo, quiere decir también que las faltas de los legionarios a Ella consagrada por el Acies -la acedia o pereza espiritual, que lleva a no cumplir con las oraciones prescriptas, o la pereza corporal, que lleva a desentenderse de las obligaciones del deber de estado, o la indiferencia hacia las obligaciones que implica la Legión-, le provocan al Inmaculado Corazón dolores más agudos que los provocados por quienes no están a Ella así consagrados. Una idea de estos dolores que verdaderamente experimenta la Virgen es la corana de espinas que rodea al Inmaculado Corazón de María en las apariciones de Fátima: las espinas más gruesas representan los pecados de sus hijos más cercanos a su Corazón, aquellos que se han consagrado a la Virgen, como los integrantes de la Legión. Esto significa que cuando un miembro de la Legión falla en sus deberes es la Virgen la que, en persona, sufre en su Inmaculado Corazón. Si amamos a la Virgen como a Nuestra Madre del cielo, procuremos poner todo nuestro esfuerzo no solo en no provocarle dolor con nuestras faltas, sino en consolar al Inmaculado Corazón de María, haciendo con el mayor amor posible y la mayor perfección posible, la tarea apostólica que nos encargue la Legión. A la Virgen Santísima le pedimos que interceda para que el fuego del Espíritu Santo envuelva nuestros fríos corazones en el mismo Fuego de Amor en el que está envuelto su Inmaculado Corazón, para así llevar a cabo la tarea espiritual de conquistar almas para Cristo que se nos encomienda en el Acies.