jueves, 11 de agosto de 2022

La Asunción de María Santísima en cuerpo y alma a los cielos

 



         En la Iglesia Católica Oriental, esta fiesta se llama “La Dormición” de la Virgen. La razón de este nombre se encuentra en el hecho mismo de la Asunción: al ser la Virgen la Llena de gracia, no experimentó la muerte, sino que se durmió y despertó en el Cielo, con su cuerpo y alma glorificados. Es decir, en el momento en el que la Virgen Santísima debía pasar de este mundo a la vida eterna, en vez de morir, como sucede con todos los seres humanos, la Virgen se durmió y puesto que su Alma Purísima era Plena de gracia desde su Inmaculada Concepción, toda esta gracia se derramó, por así decirlo, sobre su también Inmaculado cuerpo y esta gracia, al pasar de esta vida a la otra, es la que se convierte en gloria, con lo cual tanto el Alma como el Cuerpo de la Madre de Dios quedaron resplandecientes de la gloria divina y fue así como la Virgen Santísima fue Asunta a los cielos. La Virgen, entonces, no pasó por el trance de la muerte; su Alma Purísima nunca se separó de su Cuerpo Inmaculado, hecho que define a la muerte: por el contrario, permaneciendo su alma unida a su cuerpo, éste recibió la plenitud de gracia que poseía la Virgen desde su Inmaculada Concepción y fue así que tanto su Alma como su Cuerpo quedaron resplandecientes por la gloria divina.

         Entonces, en vez de morir, la Virgen se durmió –por eso los orientales la llaman “La Dormición”- y al despertar, despertó en los cielos, siendo llevada con su cuerpo glorificado por los ángeles, ante la Presencia de su Hijo Jesús, Rey de reyes y Señor de señores y es en eso en lo que consiste “La Asunción de María Santísima”.

         Ahora bien, como es cierto que “donde está la Madre, deben estar los hijos”, la Virgen, como Madre nuestra, desea que nosotros, que somos sus hijos por la gracia del Bautismo sacramental, quiere Ella que estemos todos sus hijos en la gloria; la Virgen quiere, con todo el amor de su Inmaculado Corazón, que ninguno de sus hijos se pierda para siempre y que salve su alma y que resplandezca, por la eternidad, con nuestros cuerpos y almas glorificados. Por esta razón, debemos hacer todo el esfuerzo para que, al final de nuestra vida terrena, seamos conducidos a la gloria del cielo, con el cuerpo y el alma glorificados. Para ello, debemos esforzarnos por vivir en gracia, evitar el pecado, vivir según los Mandamientos de la Ley de Dios, frecuentar los sacramentos y obrar obras de misericordia. De esta manera, viviremos en la gloria del Reino de los cielos, junto a la Virgen Asunta en cuerpo y alma a los cielos, adorando al Cordero de Dios, por toda la eternidad.

lunes, 25 de julio de 2022

El Legionario y el Cuerpo Místico de Cristo

 



          El Manual del Legionario es muy claro en lo que respecta a las relaciones interpersonales entre los miembros de la Legión entre sí y cualquier otro bautizado. El trato interpersonal debe trascender la mera amistad natural, para convertirse en una amistad sobre-natural, una amistad basada en el Amor de Cristo, que es el Amigo por excelencia y el que nos ofrece su amistad en la Última Cena -“Ya no os llamo siervos, sino amigos”- y basada también en el hecho de que Cristo está misteriosamente presente en el prójimo, de manera tal que, así como se trata al prójimo, así se trata al mismo Cristo en Persona. En efecto, el Manual dice lo siguiente: “Ya en la primera junta legionaria se puso de relieve el carácter netamente sobrenatural del servicio al que se iban a entregar los socios. Su trato con los demás había de rebosar cordialidad, pero no por motivos meramente naturales: deberían ver en todos aquellos a quienes servían a la Persona misma de Jesucristo, recordando que cuanto hiciesen a otros, aun a los más débiles y malvados, lo hacían al mismo Señor, que dijo: “Os lo aseguro, cada vez que lo hicisteis con un hermano mí de esos más humildes, lo hicisteis conmigo” (Mt 25, 40)[1].

          El Manual insiste en que el trato con el prójimo, sea o no legionario, debe superar, ir más allá, del trato que naturalmente se establece entre los hombres, porque se trata de miembros del Cuerpo Místico de Cristo y de esto se derivan la caridad extrema con la que se deben tratar unos a otros, pero además también el servicio que el Legionario presta, porque no se debe dar a Dios un servicio defectuoso, sino que debe ser lo más perfecto posible, según las palabras del mismo Señor Jesús: “Sed perfectos, como mi Padre es perfecto”. Al respecto, dice así el Manual: “No se ha escatimado ningún esfuerzo para hacer ver a los legionarios que este móvil debe ser la base y fundamento de su servicio; lo es, igualmente, de la disciplina y de la armonía interna de la Legión. Han de ver y respetar en sus oficiales y en sus otros hermanos al mismo Jesucristo: he aquí la verdad transformadora que debe estar bien impresa en la mente de sus socios (Para lograr esto los legionarios deben) trabajar en tan estrecha unión con María, que sea Ella quien realmente ejecute la obra por medio del legionario”[2].

          Como vemos, entonces, el trato que el Legionario debe dispensar a su semejante y a cualquier prójimo, debe superar la mera amistad natural humana, para convertirse en una amistad sobrenatural, basada en el Amor de amistad de Cristo Dios y para poder lograr este cometido, es indispensable que el legionario obre en íntima y estrecha unión con el Corazón Inmaculado de María.



[1] Cfr. Manual del Legionario, IX.

[2] Cfr. ibidem.

martes, 17 de mayo de 2022

Una asombrosa historia de conversión a través de la Medalla Milagrosa

 


Claude Newman y su conversión en el corredor de la muerte.

Una de las historias más asombrosas ligadas a la intercesión de la Virgen María a través de la llamada Medalla Milagrosa es la de Claude Newman, un condenado a muerte que habría asegurado haber visto a la Virgen mientras esperaba su ejecución en el corredor de la muerte y, sin tener ninguna cultura religiosa, se vio transformado profundamente por el encuentro. Sucedió en 1944 en Estados Unidos y difundió la historia quien sería el confesor del detenido, el padre Robert O´Leary (1911-1984).

Claude Newman, de raza negra y familia pobre, nació en 1923 en Arkansas. Su padre se fue con el niño y su hermano mayor cuando tenía 4 años, alejándolos de la madre. Los crió la abuela, Ellen Newman. Cuando Claude tenía 16 años, la abuela se casó con un hombre llamado Sid Cook, que pronto se reveló como una persona violenta que maltrataba a la mujer. Pronto se separaron. Pero en 1942 el joven Claude esperó al maltratador Sid en su casa y le disparó. Después le robó y huyó a casa de su madre en Arkansas. Claude cometió el crimen con 19 años.

En enero de 1943, Claude fue detenido por las autoridades y devuelto a Vicksburg, Mississippi, donde confesó su crimen y fue condenado a morir electrocutado. La primera fecha prevista, el 14 de mayo de 1943, fue aplazada y la ejecución se pospuso para el 20 enero de 1944.

Compartía celda con otros cuatro prisioneros. Claude notó que uno de ellos llevaba una medallita al cuello y le preguntó qué medalla era esa.

El otro preso era católico, pero según parece desconocía la historia de la medalla o estaba de mal humor y no quería hablar de ella. Molesto por la pregunta se quitó la medalla y la tiró a los pies de Claude. “¡Tómala!”, le dijo. Claude la observó durante un rato y se la puso al cuello, aunque no tenía ni idea de qué representaba.

Se trataba de la medalla popularmente conocida como Medalla Milagrosa, también llamada a veces Medalla de la Inmaculada Concepción, originada en las apariciones de la Virgen a Santa Catalina Labouré en el siglo XIX.

Esa noche, mientras dormía, Claude notó que le tocaban la muñeca y despertó. Vio entonces, según  había dicho al padre O’Leary “la mujer más guapa que ha creado Dios”.

Al principio sintió miedo. No entendía qué estaba viendo.

Entonces la hermosa mujer le dijo: “Si quieres que yo sea tu Madre, y tú quieres ser mi hijo, haz llamar a un sacerdote de la Iglesia católica”. Y con estas palabras, la imagen desapareció.

Claude, alterado, empezó a gritar “¡un fantasma, un fantasma!” y pidió insistentemente que se llamase a un sacerdote.

Así las autoridades llamaron a O´Leary en la mañana tras la visión. Claude pidió recibir formación en la fe católica, y también los otros presos, asombrados por el testimonio de su compañero.

El padre O´Leary enseguida vio que el nivel del joven Claude era mínimo. No sabía leer y sólo distinguía un libro del derecho o del revés si tenía fotografías. Nunca había ido a la escuela. Sabía que había un Dios, pero casi nada más. No sabía, por ejemplo, que Jesús era Dios hecho hombre.

Poco después, dos religiosas que visitaban la prisión para impartir el catecismo a mujeres presas se acercaron a conocer a Claude y escuchar su historia. Después de muchas semanas, llegó el día en que el padre O’Leary se preparó para hablar a sus catecúmenos de la confesión. Allí estaban también las dos religiosas.

Bien, muchachos, hoy voy a enseñaros acerca del sacramento de la confesión.

Claude interrumpió diciendo:

Eh, yo eso me lo sé. Nuestra Señora me dijo que cuando nos confesamos no nos arrodillamos ante un sacerdote, sino que nos arrodillamos ante la Cruz de su Hijo. Y que si de verdad nos duele haber pecado y confesamos nuestros pecados, la sangre que su Hijo vertió desciende sobre nosotros y nos lava, librándonos de todos los pecados.

El padre O´Leary y las religiosas se quedaron sin saber qué decir. ¿Cómo podía saber todo eso Claude, y explicarlo así?

Ey, no se enfaden, no se enfaden, no era mi intención molestar – dijo Claude pensando que los había ofendido de alguna manera.

No estamos enfadados, Claude. Estamos sorprendidos. ¿Has vuelto a verla? – planteó el sacerdote.

Venga un momento aparte, lejos de los otros –propuso Claude.

Y a solas le dijo al sacerdote:

Ella me dijo que si usted dudaba de mi palabra o se mostraba dubitativo, yo debía recordarle que usted, cuando estaba en Holanda en 1940, le hizo un voto que todavía no ha cumplido.

Y el Padre O´Leary explicaría después que "Claude entonces me detalló exactamente cuál era ese voto”. Más adelante se supo que la promesa que el sacerdote había hecho en Holanda consistía en levantar una iglesia en honor a Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción. O’Leary no lo consiguió hasta 1947, y esa iglesia sigue en pie hoy en Clarksdale, Mississippi.

Otra escena similar se dio una semana después, con O’Leary y las religiosas presentes. Claude pidió permiso para explicar lo que la Señora le había revelado sobre la comunión, y habló así:

Nuestra Señora me dijo que en la comunión yo sólo veré lo que parece ser un trozo de pan. Pero me contó que en realidad eso es verdadera y realmente su Hijo, y que Él estaría conmigo como estuvo con ella antes de nacer en Belén. Me dijo que debía dedicar mi tiempo, como ella hizo durante su vida, a estar con Él, amándole y adorándole, dándole gracias, alabándole y pidiéndole bendiciones.

Claude fue bautizado y recibido, con sus compañeros, en la Iglesia católica el 16 de enero de 1944. Lo bautizó el mismo padre O’Leary y la hermana Bena Henken fue su madrina. Se registró en una parroquia católica cercana a la prisión que, como era costumbre entonces, era de feligresía exclusivamente negra.

Su ejecución estaba prevista para cuatro días después: a las 00:05 del 20 de enero de 1944.

Cuando el sheriff Williamson explicó a Claude que tenía derecho a expresar una última petición en esos últimos días de vida, respondió:

Mis amigos, y los carceleros, estáis conmovidos. Pero no lo entendéis. No voy a morir, sólo este cuerpo morirá. Voy a estar con Nuestra Señora. De modo que me gustaría hacer una fiesta. ¿Daría usted permiso al Padre O´Leary para traer pasteles y helado y autorizaría que los prisioneros de la segunda planta vinieran a la sala principal para que todos podamos estar juntos y celebrarlo?”

La fiesta se celebró, todos se divirtieron y después, por petición de Claude, se realizó una hora de oración por el alma del condenado a muerte y sus compañeros. Juntos recitaron las Estaciones del Viacrucis.

Sin embargo, en el momento establecido no se produjo aún la ejecución: llegó un aplazamiento del gobernador, de dos semanas. Cuando se enteró Claude, empezó a llorar, pero no de alegría como cabría esperar. “¡No lo entendéis! ¡Si hubiérais visto el rostro de Nuestra Señora y mirado a sus ojos, no querríais quedar en este mundo otro día más. ¿Qué he hecho yo de malo en estas últimas semanas para que Dios me niegue dejar este mundo?”

Cuando se calmó, O’Leary le dio la comunión y una idea se iluminó en su interior. ¿Podía ser que Dios quisiera que Claude ofreciese su sufrimiento por alguien, por el preso James Hughes? Se trataba de un preso blanco que odiaba a Claude por su conversión y su fe. Hughes había matado a un policía y también él estaba condenado a muerte. Además, su vida era un reguero de inmoralidades, incluyendo incesto con sus hijas. Aunque Hughes fue educado como católico de niño, ahora rechazaba a Dios y todo lo cristiano.

"Quizá Nuestra Señora quiere que tú ofrezcas este sacrificio de tener que esperar dos semanas a estar con ella por la conversión de Hughes. ¿Por qué no le ofreces a Dios cada momento en que permanecerás separado de tu Madre del Cielo por la conversión de este prisionero, para que no esté separado de Dios por toda la eternidad?”, planteó el sacerdote a Claude. El preso accedió a hacerlo así, y el sacerdote le enseñó unas palabras para verbalizar su ofrecimiento. Lo mantuvieron en secreto entre ellos dos, un regalo íntimo para la Virgen.

Pasaron las dos semanas, 14 días de oración y sacrificio por Hughs. Y el 4 de febrero de 1944 finalmente Claude fue ejecutado en ese cruel instrumento que es la silla eléctrica.

“Nunca había visto a nadie ir a la muerte con tanta alegría y felicidad. Incluso los testigos y los periodistas que cubrían la ejecución estaban asombrados. Dijeron que no podían entender cómo alguien podía sentarse en la silla eléctrica y al mismo tiempo irradiar felicidad”, explicó luego O’Leary.

La noticia de la ejecución de Claude fue publicada en el periódico Vicksburg Evening News el 4 de febrero de 1944. Las últimas palabras dirigidas al Padre O´Leary fueron: “Padre, le recordaré. Y siempre que tenga una petición, pídamelo y yo se lo pediré a la Virgen.

Tres meses después, el 19 de mayo de 1944, tocaba ejecutar a Hughes. “Era la persona más vil, la más inmoral con la que me he cruzado jamás. Su odio hacia Dios y hacia todo lo espiritual era inefable” , había declarado O’Leary sobre él. No dejó que ningún sacerdote le visitase en la celda. Cuando el médico le propuso que al menos se arrodillase y rezase un padrenuestro antes de que llegase el sheriff, Hughes le escupió en la cara.

Lo ataron en la silla eléctrica.

Si has de decir algo, hazlo ahora -avisó el sheriff.

Hughes empezó a blasfemar con grosería. Pero, súbitamente, dejó de hablar, sus ojos se quedaron fijos en una esquina de la sala y su rostro adoptó un gesto de terror. Con un grito horrible bramó:

Sheriff, ¡tráigame un sacerdote!

O´Leary estaba allí, porque la ley de Mississippi ordenaba que un agente de pastoral estuviera presente, pero se ocultaba entre los periodistas porque Hughes había asegurado que blasfemaría más si veía algún cura. O’Leary se acercó al condenado, hizo salir a todos y lo escuchó en confesión. Explicó que había abandonado la fe católica a los 18 años, detalló sus numerosos y graves pecados, expresó fervor y arrepentimiento. Y O’Leary le dio la absolución y se retiró.

Entonces se acercó el sheriff y preguntó a Hughes:

 Hijo, ¿qué te hizo cambiar de opinión?

¿Recuerda a ese hombre llamado Claude, al que yo tanto odiaba? -respondió Hughes al sheriff-. Bien, estaba ahí de pie [y señaló el lugar], en la esquina. Y detrás de él con una mano sobre cada hombro estaba la Santísima Virgen María. Y Claude me dijo: ´He ofrecido mi muerte en unión con Cristo en la cruz por tu salvación. La Virgen ha obtenido para ti la gracia de poder ver el lugar que ocuparás en el infierno si no te arrepientes´. He visto mi lugar en el infierno, y por eso he gritado.

Después de esta explicación, James Hughes fue ejecutado como estaba estipulado.

Esta es la historia tal como ha circulado más ampliamente, que se basa en lo que el padre O’Leary grabó en un programa de radio en los años 60, ya jubilado, y que el autor John Vennari transcribió y publicó por escrito en el número de marzo de 2001 del "The Catholic Family News".

Por: Pablo J. Ginés | Fuente: Fundación Cari Filii / Religión en Libertad


viernes, 13 de mayo de 2022

Las Apariciones de Fátima confirman la fe de la Iglesia en la existencia del Infierno como lugar de castigo eterno para los impenitentes

 



Muchos malos católicos, entre ellos, sacerdotes y laicos, niegan verdades de fe cuando enseñan el Catecismo, por el falso escrúpulo de no “traumatizar” o “escandalizar” a los que reciben la formación catequética. Pero entonces, ¿qué podemos decir de la Virgen María, quien fue Ella la que llevó a los niños al Infierno, para que tuvieran una experiencia mística del mismo? Es decir, la Virgen no les habló simplemente del Infierno, sino que los llevó a ese lugar y los hizo contemplar su horror. Si la Virgen hace esto, nosotros no podemos, de ninguna manera, omitir la enseñanza de la Iglesia acerca de esta verdad de fe.

Dentro del contexto de las Apariciones, el 13 de julio de 1917 la Virgen de Fátima mostró a los tres pastorcitos Lucía, Francisco y Jacinta, en la Cova da Iria (Portugal), una visión del infierno que muestra las trágicas consecuencias que trae la falta de arrepentimiento y lo que espera en el mundo invisible a quienes no se convierten[1]. Esta visión, mostrada en la tercera de las apariciones de Fátima, dio a conocer a los pequeños un secreto en tres partes. En la primera parte del secreto, donde el infierno fue mostrado, Nuestra Señora les dio a los niños una manera de ayudar a otros para que no se condenen: “Hagan sacrificios por los pecadores, y digan seguido, especialmente cuando hagan un sacrificio: Oh Jesús, esto es por amor a Ti, por la conversión de los pecadores, y en reparación por las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de María”. La Virgen les enseña a los niños a hacer sacrificios y a rezar para precisamente evitar que los pecadores caigan en el Infierno.

En el libro La verdadera historia de Fátima del P. John de Marchi, se relata cómo el padre de la pastorcita Jacinta, Ti Marto, presenció lo ocurrido en Cova da Iria aquel día. Recordó que “Lucía jadeó de repente horrorizada, que su rostro estaba blanco como la muerte y que todos los que estaban allí la oyeron gritar de terror frente a la Virgen Madre, a quien llamaba por su nombre. Los niños miraban a su Señora aterrorizada, sin palabras, e incapaces de pedir socorro por la escena que habían presenciado”. Tiempo después y a petición del obispo de Leiría, Sor Lucía describió cómo fue la visión: “Mientras Nuestra Señora decía estas palabras abrió sus manos una vez más, como lo había hecho en los dos meses anteriores. Los rayos de luz parecían penetrar la tierra, y vimos como si fuera un mar de fuego. Sumergidos en este fuego estaban demonios y almas en forma humana, como tizones transparentes en llamas, todos negros o color bronce quemado, flotando en el fuego, ahora levantadas en el aire por las llamas que salían de ellos mismos junto a grandes nubes de humo, se caían por todos lados como chispas entre enormes fuegos, sin peso o equilibrio, entre chillidos y gemidos de dolor y desesperación, que nos horrorizaron y nos hicieron temblar de miedo (debe haber sido esta visión la que hizo que yo gritara, como dice la gente que hice). Los demonios podían distinguirse por su similitud aterradora y repugnante a miedosos animales desconocidos, negros y transparentes como carbones en llamas. Horrorizados y como pidiendo auxilio, miramos hacia Nuestra Señora, quien nos dijo, tan amablemente y tan tristemente: ‘Ustedes han visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Es para salvarlos que Dios quiere establecer en el mundo una devoción a mi Inmaculado Corazón. Si ustedes hacen lo que yo les diga, muchas almas se salvarán, y habrá paz’”.

Luego, después de la visión, María les indicó una oración esencial para ayudar a los pecadores: “Cuando ustedes recen el Rosario, digan después de cada misterio: Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu infinita Misericordia”. El P. de Marchi señaló que los niños comprendieron por qué la Virgen de Fátima pidió orar y hacer sacrificios por los pecadores. “Haz esto”, decía la Señora. “Es una cosa grande, buena y amorosa, y agradará a Dios que es Amor”.

A partir de la visión del Infierno, los niños comprendieron que sus oraciones y sacrificios tenían una enorme importancia para salvar almas y evitar que cayeran en ese lago de fuego. A partir de entonces, rezaron constantemente, todos los días, haciendo sacrificios y penitencias por las almas de los que no se convierten a Cristo, de los que faltan a Misa por pereza, de los que viven en el pecado en cualquiera de sus formas.

Además de la visión del infierno del 13 de julio de 1917, el mensaje de la Virgen de Fátima indica que se debe orar el Rosario todos los días, hacer sacrificios y orar por los pecadores, practicar la devoción de los 5 primeros sábados de mes en honor del Inmaculado Corazón de María, y la consagración personal también a su Inmaculado Corazón.

Esta visión del Infierno nos confirma la enseñanza bimilenaria de la Iglesia de la existencia de ese lugar de castigo, nos enseña que ese lugar no está vacío, pero nos enseña también que, por amor a esas almas, debemos rezar el Rosario, hacer penitencia y consagrarnos al Inmaculado Corazón de María, para que las almas no se condenen eternamente en el Infierno, sino que se salven y vayan al Reino de los cielos, junto con Jesús y María.

 

martes, 3 de mayo de 2022

Nuestra Señora de Luján es Patrona de la Argentina y su manto es Nuestra Bandera Nacional

 



A pesar de la dolorosa separación con la Madre Patria España, Argentina conservó, esencialmente, lo mejor de España: su cultura, su idioma y, sobre todo, su religión, la Religión Católica Apostólica Romana. Fue gracias a esto que nuestros próceres, todos católicos, fueron en su mayoría grandes devotos de la Virgen. Así, por ejemplo, el General San Martín, la nombró Generala del Ejército de los Andes; el General Manuel Belgrano la nombró a su vez Generala del Ejército Argentino y, además, tomó los colores celeste y blanco de su manto de Inmaculada Concepción, para nuestra Bandera Nacional, de manera que cuando besamos la Bandera, pareciera que besamos el manto de la Inmaculada de Luján y cuando besamos el manto de la Inmaculada de Luján, pareciera que besamos nuestra Bandera.

Por otra parte, la Inmaculada Concepción de Luján es la Dueña y la Patrona de la Nación Argentina, porque cuando todavía formábamos parte de la España de Ultramar, cuando todavía éramos Provincias Españolas de Ultramar y sufrimos el ataque del pirata inglés, fue la Virgen de Luján la que con su auxilio celestial permitió rechazar a los invasores ingleses, que pretendían, como lo hicieron a lo largo de su historia y lo continúan haciendo, quedarse con nuestras tierras a sangre y fuego. Fue la Inmaculada Concepción de Luján la que nos concedió el auxilio divino para repeler al agresor inglés primero y fue Ella la que nos dio la identidad nacional, hispana y católica, al tomar el General Belgrano los colores de su manto para crear nuestra Enseña Nacional. Fue la Virgen de Luján, junto a Nuestro Señor Jesucristo, quien nos dio nuestra identidad nacional, hispana y católica.

Nuestra Patria Argentina vive una de sus crisis más graves y profundas, al estar amenazada por oscuras fuerzas, desde el exterior pero también desde un grupo sectario que ha hecho nido en el seno mismo de la Patria. Sólo podremos salir de esta crisis, si acudimos suplicantes a implorar el auxilio de Nuestra Madre, Dueña y Patrona de Argentina, Nuestra Señora de Luján.

Nuestra Señora de Fátima nos enseña a adorar a la Eucaristía, a rezar el Rosario y a evitar el Infierno

 



         En las Apariciones de Nuestra Señora de Fátima hay diversas enseñanzas por parte del Cielo, pero podemos considerar que tres de ellas son centrales y forman la esencia de estas Apariciones: la Adoración Eucarística, el rezo del Santo Rosario y la confirmación de la existencia del Infierno y el peligro real de caer en él. Por esta razón, meditaremos brevemente sobre estos tres temas.

         En cuanto a la Adoración Eucarística, las Apariciones de Fátima son explícitas en lo que se refiere a la enseñanza bimilenaria de la Iglesia: la Eucaristía no es un pedacito de pan, sino Dios Hijo encarnado, oculto en apariencia de pan y esto se ve en el hecho de que el Ángel de las Apariciones se postra, no sólo de rodillas, sino con la frente en tierra, para adorar a la Sagrada Eucaristía, que aparece milagrosamente en el aire, chorreando sangre que es recogida en el altar. La gran mayoría de los cristianos no tiene en cuenta a la Eucaristía, no cree en la Presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía y no acude a la Santa Misa a recibirlo en el Santísimo Sacramento del Altar. En vez de eso, prefieren jugar al fútbol, pasear, hacer compras, visitar amigos y familiares. Y la gran mayoría de los que comulga, lo hace mecánicamente, sin hacer, antes de la Comunión, un acto de amor y de adoración a Jesús Eucaristía, recibiéndolo con un corazón frío, distante, vacío de amor a Jesús y al prójimo y, todavía peor, maquinando venganzas y mascullando odio contra el prójimo y todo en el momento de la Comunión Eucarística. Y la gran mayoría de niños y jóvenes que completan la formación de Catequesis, en vez de iniciar una vida de unión con Jesús Eucaristía por medio de la Comunión Eucarística de los domingos, abandona la Iglesia, porque en el fondo, desprecian la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, siendo más valioso para ellos el fútbol, los amigos, los familiares, la música, los ídolos, la propia pereza, antes que la unión sacramental con el Cristo Eucarístico. ¡Cuánto lamentarán, estos niños y jóvenes, haber despreciado con tanta fuerza al Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús! Pero cuando lo lamenten, tal vez sea ya demasiado tarde.

         En cuanto al rezo del Santo Rosario, a pesar de que la Virgen prometió que toda gracia que se pidiera en el Rosario sería alcanzada, los cristianos católicos, despreciando las palabras de la Virgen, consideran al Rosario como algo inútil, como un pérdida de tiempo, como un sinsentido, pero al mismo tiempo, no dudan ni un instante en acudir a los brujos, a los curanderos, a los chamanes, para que les solucione algún problema o alguna enfermedad. También, los mismos que dicen que no rezan el Rosario porque es una oración “larga y aburrida”, no dudan en hacer largas filas y pasar horas para recibir la atención de quienes practican la brujería oriental, que llega a nosotros con nombres extraños como “reiki”, “yoga”, “gnosis”, “metafísica” y cuanta oscuridad más se haga presente. Para la gran mayoría de los cristianos, es preferible practicar la brujería o acudir a prácticas de ocultismo oriental, antes que rezar el Santo Rosario, lo cual habrán de lamentar, con mucho, pero mucho dolor, y tal vez cuando ya sea demasiado tarde.

         En cuanto al Infierno, el mensaje de Fátima es más que claro: quien vive en pecado mortal y no se arrepiente y muere en pecado mortal, se condena, irreversiblemente, en el fuego del Infierno eterno, sufriendo el fuego del Infierno en el cuerpo y en el alma, para siempre. Una de las causas de la descristianización del mundo y del consecuente avance del mal en todas las esferas de la vida humana, es la creencia errónea, de los cristianos, de que el Infierno no existe, o de que está vacío, o que nadie irá al Infierno, sin importar la vida que lleve aquí en la tierra. La experiencia mística del Infierno por parte de los Pastorcitos, a quienes la Virgen llevó al Infierno siendo niños pequeños, nos advierte claramente que la Justicia Divina, en la otra vida, es implacable y que si nosotros persistimos en el pecado mortal, viviremos para siempre en donde el pecado mortal nos conduce, el Infierno. Muchos creen que pueden pasar años y años en pecado mortal y no se preocupan por el estado de sus almas, sin darse cuenta que las Puertas del Infierno están abiertas para esa alma y que ya tiene un lugar en el Infierno, a menos que esa alma se arrepienta verdaderamente, se confiese sacramentalmente y comience a vivir una vida de oración, de penitencia y de verdadera conversión cristiana, conversión que se demuestra no por palabras vacías, sino por la mansedumbre, la compasión, la caridad, la paciencia, la humildad, es decir, por la vivencia de las virtudes cristianas.

         Adoración Eucarística, rezo del Santo Rosario, vivir en gracia y evitar el pecado mortal o venial deliberado para no caer en el Infierno, estas son tres enseñanzas centrales de la Virgen en Fátima. El tiempo se acorta y quien no aproveche el tiempo de su vida terrena para ponerlos en práctica, lo lamentará por toda la eternidad en un lago de fuego.

jueves, 28 de abril de 2022

La Coronación de María Santísima

 



Para poder valorizar el sentido y el significado de la conmemoración litúrgica de la Coronación de la Virgen, es conveniente recordar antes el sentido y significado de la corona.  Según la Real Academia Española[1], la palabra “corona” significa: “Aro, hecho de flores, de ramas o de metal, que ciñe la cabeza y se usa como adorno, insignia honorífica o símbolo de dignidad o realeza”. En nuestro caso, se trata de las coronas de los reyes, por lo que el aro está hecho de metal y no de un metal cualquiera, sino de un metal precioso, como el oro o la plata. Los reyes son los que reciben en sus cabezas este aro de metal precioso, la corona, ya que es, como su definición lo dice, “una insignia honorífica, símbolo de la dignidad o realeza”. En otras palabras, en el sentido terreno, la corona real sólo podía ser usada por alguien que poseía un honor o dignidad que era la realeza. Un plebeyo, alguien no perteneciente a la realeza, no podía usar corona, por ejemplo.

Las coronas de los reyes, reinas o princesas, eran coronas de oro o plata, como dijimos, engarzadas con piedras preciosas, como rubíes, esmeraldas y todo tipo de piedras preciosas; estaban revestidas por dentro con fina seda roja, para que la corona pudiera calzar bien en la cabeza y también para que el metal no lastimara el cuero cabelludo de quien usaba la corona. En el momento de ser coronados, los reyes o las reinas eran aclamados por el pueblo, el cual se reunía con alegría para festejar la coronación de un nuevo miembro de la realeza, que en nombre de Dios habría de guiarlos por el bien común, puesto que se tenía la concepción de que el poder terreno era otorgado por Dios, por eso el gobernante debía ser bien consciente de que debería rendir cuentas a Dios, en su Juicio Particular, por cada orden emanada de su gobierno. Es lo que Jesús le dice a Poncio Pilato: “No tendrías autoridad sobre Mí si no te hubiera sido concedida de lo alto”.

Este es el significado de la coronación entre los hombres: reciben la corona aquellos que pertenecen a la nobleza. Entonces ahora nosotros nos preguntamos: luego de ser Asunta a los cielos, la Virgen recibió una corona de luz y de gloria divina por manos de su propio Hijo Jesús, y de aquí la pregunta: ¿por qué la Virgen recibe una corona? Hay distintas razones.

Por un lado, tanto la Virgen como San José, provienen de familias de ascendencia real, por lo que humanamente, se puede decir que la Virgen es Reina. Pero hay otros motivos de mayor peso para afirmar que la Virgen es Reina y por eso merece la Corona: la Virgen es Madre del Rey de reyes y Señor de señores, Cristo Jesús y por eso Ella tiene derecho a recibir la corona real de su Hijo, porque la Madre del Rey es también Ella misma, Reina. Hay también otros motivos, de orden espiritual, sobrenatural y místicos, para que la Virgen merezca llevar la corona que recibió en el Cielo, luego de ser Asunta en cuerpo y alma: la Virgen mereció la corona de luz y de gloria divina por ser Ella la Inmaculada Concepción; mereció la corona por ser la Madre de Dios; mereció la corona por su humildad y por cumplir siempre en todo la voluntad de Dios y no la suya propia, pero sobre todo, mereció la corona de luz y gloria en los Cielos, por haber llevado Ella, místicamente, espiritualmente, aunque no físicamente, la Corona de espinas de su Hijo Jesús. Entonces, porque la Virgen llevó en esta vida, espiritualmente, místicamente, la corona de espinas de Jesús, mereció llevar la corona de gloria y de luz divina en el Cielo.

Puesto que nosotros somos hijos de la Virgen, si queremos ser coronados de gloria en el Cielo, debemos pedir la gracia de llevar también, espiritualmente, la corona de espinas de Jesús. Sólo así seremos coronados de gloria, en el Cielo, por manos de Nuestra Madre del Cielo y por manos de Jesús, Rey de reyes.