lunes, 6 de abril de 2026

Novena a Nuestra Señora del Valle 2026 6

 



          Uno de los elementos más importantes en las Apariciones de Lourdes de la Virgen como “Inmaculada Concepción”, es el de la penitencia, algo pedido específicamente por la Virgen y con mucha insistencia, repitiendo tres veces la palabra: “¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia!”. Esta penitencia se entiende como un acto interor, espiritual, seguido de un acto exterior, corporal, dirigidos específicamente a la conversión del corazón y que tiene como objetivo la conversión de los pecadores.

          Con relación a la penitencia y para que nos demos una idea de cómo podemos hacerla, la Virgen, en la aparición del día Jueves 25 de febrero, le indica a Santa Bernardita -y por medio de ella, a toda la Iglesia- un modo de hacer penitencia y es el de la auto-humillación. En esa aparición, le dice la Virgen a Santa Bernardita que buscara agua en un sector lleno de barro, con su propio rostro. Así lo relata Santa Bernardita: “(la Virgen) me dijo que fuera a beber a la fuente […] no encontré más que un poco de agua fangosa. Al cuarto intento, conseguí beber; me mandó también que comiera hierba que había cerca de la fuente, luego la visión desapareció y me marché”. Como resultado de esta acción, ese poco de agua encontrado por la santa, se convertirá luego en el actual manantial de agua bendita que ha curado y sigue curando cientos de miles de enfermos de todo el mundo.

          Lo que debemos tener en cuenta, en relación a la penitencia, es la humillación sufrida por Santa Bernardita, porque quienes la veían, como no veían a la Virgen y no sabían que era la Virgen la que le pedía eso a Bernardita, desde afuera, solo veían a la santa arrodillada y tratando de beber agua de un charco fangoso. Por esta razón es que la tratan a Santa Bernardita como a alguien que ha perdido la razón: “¿Sabes que la gente cree que estás loca por hacer tales cosas?”. La respuesta simple de Bernardita es la siguiente: “Es por los pecadores”. Entonces, a Bernardita la tratan como a alguien que ha perdido el juicio; pero por otro lado, no debemos perder de vista que Bernardita lo único que hizo fue obedecer al pedido de la Virgen, lo que significa que la Virgen de esta manera le enseñaba a Santa Bernardita la auto-humillación y esto no por la auto-humillación en sí misma, sino como forma de imitar a Jesús y de participar de su extrema humillación en la Pasión. En otras palabras, la humillación de Santa Bernardita tenía como objetivo el ser partícipe de la humillación de Jesús en la Pasión, humillación por la cual habría de salvarnos de la eterna condenación y llevarnos al Cielo. También debemos considerar los frutos de la auto-humillación que es partícipe de la humillación de Jesús en la Cruz: luego de buscar agua barrosa con su rostro, surge un manantial de agua límpida y bendita que cura milagrosamente, y ese manantial se deriva del manantial de Vida Eterna que brota del Corazón traspasado de Jesús en la Cruz.

          De esta manera vemos cómo la auto-humillación es una forma de hacer penitencia que hace que el alma se asemeje a Jesús en su auto-humillación voluntaria en la Cruz. Jesús se humilla a sí mismo ya desde la Encarnación, al asumir, siendo Dios Totopoderoso, una naturaleza absolutamente inferior como la nuestra; siendo Dios y sin dejar de ser Dios, se encarna para asumir la naturaleza humana, para librarla de la contaminación putrefacta del pecado.

          También en la Última Cena Jesús se auto-humilla, al lavar los pies de sus discípulos, realizando una tarea destinada a los esclavos y no duda en humillarse incluso ante quien sabía que lo iba a traicionar, como Judas Iscariote, como una forma de implorarle su amor y de pedirle que se arrepienta y que no se condene en el Infierno.

En la Pasión Jesús se auto-humilla, al permitir voluntariamente que nosotros, los humanos, contaminados por el pecado, infinitamente inferiores a la majestad de Jesús y despreciables por el pecado, por causa de nuestra ceguera, lo acusáramos falsamente y lo apresáramos para acusarlo falsamente en un juicio inicuo y condenarlo también injustamente a muerte, como si fuera un bandido, siendo Él el Cordero Inmaculado, el Cordero Tres veces Santo, el Hijo del Dios Altísimo, El Cordero Puro y Santo que se encarnaba para morir en la cruz por nuestra salvación.

Tanto la auto-humillación como así también las humillaciones que nuestros prójimos puedan provocarnos, son excelentes formas de penitencia cuando se unen a la humillación de Jesucristo en la Pasión, porque de esa manera consiguen para nosotros nuestra propia santificación y la salvación y santificación de innumerables prójimos pecadores que, por sí mismos, no serían capaces de hacer penitencia. La penitencia y la penitencia vicaria, por la salvación propia y de la de nuestros hermanos, los hombres, es uno de los pedidos centrales de las Apariciones de la Madre de Dios en Lourdes.

 

 

 


domingo, 5 de abril de 2026

Novena a Nuestra Señora del Valle 2026 5

 



En la Aparición del día Miércoles 24 de febrero la Virgen dice: “¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Ruega a Dios por los pecadores!”. Inmediatamente después, le da un ejemplo concreto de cómo hacer la penitencia que con tanta insistencia pide: “¡Besa la tierra en penitencia por los pecadores!”.

Esto nos lleva a nosotros, devotos de la Virgen del Valle, la Inmaculada Concepción, a preguntarnos: ¿Qué es la Penitencia? ¿Cuál es la razón por la que la Virgen pide penitencia con tanta insistencia, al punto de repetir por tres veces la misma palabra, “penitencia”?

La respuesta la encontramos en el significado de la palabra “Penitencia”: derivada del latín paenitentia y en griego, metánoia, la penitencia significa la conversión del pecador; con la palabra “penitencia” se comprenden tanto los actos interiores como los exteriores, que están dirigidos a la reparación del pecado cometido. La penitencia es también un sacramento, llamado “Sacramento de la Penitencia” o “Sacramento de la Confesión”, instituido por Cristo para que el cristiano pecador recupere la gracia perdida con el pecado, pero en el sentido en el que lo pide la Virgen, es ante todo el primero, es decir, actos con los cuales se busca reparar el pecado.

Así entendida la penitencia, como la realización actos interiores y exteriores que buscan reparar el pecado -propio y del prójimo-, es absolutamente necesaria para la conversión, conversión que es a su vez un “cambio de dirección” del corazón, por así decir, el cual debe dejar de mirar y aferrarse a la tierra y las cosas bajas, para elevar la vista del alma a Jesús, Sol de justicia, para así desear no los bienes terrenos, sino los bienes eternos.

¿Por qué es necesaria la penitencia para la conversión? Porque por la penitencia el alma se hace consciente, reconoce, el pecado que anida en su corazón, es decir, se hace consciente de todo lo malo que, brotando de su propio corazón como de una fuente putrefacta, aparta a sí misma de Dios; del mismo modo debemos considerar que la penitencia es un profundo acto interior, dado por la luz de la gracia, por el que se reconoce que el hombre, cuando se encuentra en estado de pecado, no solo no agrada a Dios sino que lo ofende y que, si quiere no solo dejar de ofenderlo, sino ante todo serle agradable, debe cambiar el corazón, dejando de lado las cosas de la tierra y elevando su corazón al Cielo, que es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Es en este sentido en el que la Virgen pide la “penitencia” y en este caso se la puede llamar “penitencia vicaria”, porque es una penitencia hecha en nombre de y a favor de un pecador, un hombre pecador, cualquiera que sea, que por sí mismo no hace penitencia precisamente porque no quiere salir del pecado; el objetivo de este acto de reparación es implorar, por la penitencia, la conversión del corazón propio y del prójimo a Jesucristo, Sol de justicia y Luz Eterna de la Jerusalén celestial.

La penitencia que lleva a la conversión (metanoia) del corazón es tan importante, que constituye el eje principal de la predicación de Juan el Bautista y de los otros profetas anteriores a él. También la predicación del mismo Jesucristo se centra en la proclamación de la penitencia y de la conversión como condición sine qua non, indispensable y absolutamente necesaria, para poder entrar en el Reino (Mt 4,17; Lc 5,32: 13, 3-5). Es tan importante en el mensaje de Jesús la conversión profunda del corazón, que la palabra “corazón” aparece 159 veces en los Evangelios.

No debemos engañarnos: no hay conversión sin penitencia y sin conversión es imposible el ingreso en el Reino de los cielos. La metánoia o penitencia implica y consiste en una conversión profunda, total, definitiva, de la vida del hombre, conversión que lo lleva a alejarse del pecado y del mal como de la peste con el objetivo de volver el rostro del alma en dirección a la Trinidad y a Cristo el Mesías. También se deben considerar estos dos aspectos de la conversión: por un lado, el arrepentimiento es ante todo una iniciativa divina porque su origen se encuentra en el don de Jesucristo y proviene de la misericordia del Padre para con el hombre pecador, que desea que se aleje del pecado para poder tenerlo consigo por la eternidad; el otro aspecto a considerar es la metanoia o penitencia es también, de parte del hombre, su respuesta libre a la iniciativa divina y así el hombre, iluminado por Dios, toma conciencia de estar en situación de pecado y decide un cambio en su vida, dejando la vida de pecado para comenzar a vivir la vida de la gracia.

Podemos decir también que la conversión implica, en el corazón, un cambio o giro de ciento ochenta grados; implica un cambio de dirección substancial en su movimiento interior; cambio por el cual deja de ser atraído por las cosas vanas, bajas y terrenas y el propio “yo”, para orientar su mirada espiritual al Hombre-Dios Jesucristo, Presente en la Cruz y en la Eucaristía. Una señal clara de la conversión de un alma o al menos de que en esa alma se está produciendo un cambio, es que esté dispuesta a cargar la Cruz de cada día, negándose a sí mismo y siguiendo a Jesucristo por el camino del Calvario, con el objetivo de morir al hombre de pecado y renacer al hombre nuevo, el hombre vivificado por la gracia que brota del Sagrado Corazón de Jesús traspasado por la lanza y que se derrama en el alma por medio de los Sacramentos.

La penitencia es sumamente valiosa, por cuanto nos conduce a la conversión, que consiste en no solo apartarnos del pecado, sino en orientar nuestras almas a Dios para recibir de Él, de su misericordia, la vida nueva de la gracia. En nuestros días se cumple lo que un filósofo decía, que había que vivir “Etsi Deus non daretur”, es decir, “Como si Dios no existiera”. Y así estamos viviendo, porque es un mundo que ha endiosado, ya sea a la propia razón, ya sea al pecado, ya sea al Padre de la mentira, la Serpiente Antigua, desplazando a Dios. La consecuencia es un mundo oscuro, siniestro, sin la luz de Dios que es Jesucristo; vivimos en un mundo no converso, sumergido en las siniestras tinieblas del pecado, del error, de la ignorancia voluntaria y culpable, de la herejía y del cisma; un mundo envuelto y dominado por las tinieblas vivientes, los demonios, siendo lo más grave que, en este estado de cosas, desde el punto de vista humano, el mundo sin Dios es incapaz, porque no tiene fuerzas de revertir por sí mismo, el camino que él mismo ha elegido, el camino que conduce a la eterna perdición. Por esta razón es que la Virgen, por medio de Santa Bernardita, nos pide y con tanta insistencia, la penitencia, una penitencia que repare nuestros propios pecados, como la penitencia vicaria, con la cual reparamos por los pecados de nuestros hermanos, los hombres, único modo de convertir el corazón humano al Divino Amor del Sagrado Corazón.

 


Novena a Nuestra Señora del Valle 2026 4

 




         La Iglesia Católica tiene, entre sus tesoros más preciados, las Apariciones de la Virgen y dentro de las Apariciones más importantes, están las Apariciones de Lourdes como “Inmaculada Concepción”. Si alguien considera estas apariciones marianas con un espíritu superficial y sin fe católica, podría pensar que las apariciones son poco menos que un elemento “folclórico” de la Iglesia Católica -estas apariciones no se dan en ninguna otra religión-, que debe permanecer como una simple devoción sensible que no puede ni debe cambiar la vida de quien contempla y medita en las Apariciones; también se puede pensar, erróneamente, que el elegido para las Apariciones, el vidente, a partir de las Apariciones y por ser un elegido, tendrá una vida continua de visiones místicas, éxtasis, gozos celestiales. Esta es la forma de pensar de quien, sin fe, analiza las Apariciones.  

Sin embargo, nada de esto es verdad, porque la Virgen, a Santa Bernardita, no le prometió que iba a tener una vida sin pruebas, llena de gozo y placer; por el contrario, le advirtió que la vida feliz sería en el Cielo, no aquí en la tierra: “No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro”[1].

Podríamos preguntarnos la razón de las pruebas por las que tiene que pasar el vidente -en este caso, Santa Bernardita- y la respuesta es que cuando la Virgen elige a alguien, no es para convertir su vida en un lecho de rosas, sino para hacerlo participar más estrechamente de los misterios de la Pasión redentora de Jesús, Pasión que es el Evento Salvífico por excelencia para la humanidad y que se lleva a cabo en el Altar Inmaculado de la Santa Cruz. Otra razón es que todo lo que sucede en esta vida terrena, sean penas, tristezas, alegrías o gozos, son de carácter temporal y transitorio, a diferencia de la vida eterna en donde todo –sean las penas y los dolores del Infierno, como las alegrías y los gozos del Cielo, son para siempre, para toda la eternidad-.

El hecho de que un alma, elegida por la Virgen, participe con sus penas, tribulaciones, amarguras, tribulaciones, de la Pasión redentora de Jesús, hace que esta alma se purifique tanto más rápida y perfectamente, cuanto más se une a la Cruz de Jesús, por lo cual al finalizar su vida terrena, pasará directamente al Cielo, para adorar en la alegría eterna a la Trinidad y al Cordero, sin pasar por el Purgatorio. Esto significa que para el vidente, el hecho de participar en la Cruz de Jesús, es una prueba de que las Apariciones son verdaderas, que vienen del Cielo y que no son ni un engaño de la propia imaginación, ni una aparición demoníaca. Que las Apariciones de la Virgen en Lourdes sean del Cielo, están confirmadas por el Magisterio de la Iglesia porque se aplica este criterio: las Apariciones llevan a participar de la Cruz de Jesús, único Camino al Cielo. Estas pruebas y humillaciones se dieron en la vida de Santa Bernardita: no solo fue humillada en el curso mismo de las Apariciones –una de las humillaciones públicas es cuando, obedeciendo a la Virgen, se arrodilla y busca con su rostro en el barro el agua del manantial del que luego brotaría el agua bendita y milagrosa que curó y sigue curando innumerables enfermos-, sino también siguió sufriendo humillaciones en la vida religiosa, como el episodio en el que la Madre Superiora la descalifica frente al obispo, diciendo de Santa Bernardita “¡Es una tonta!”.

Entonces, si la Cruz y la humillación son pruebas de que una aparición viene del Cielo, lo contrario, una supuesta “aparición” o “revelación” que conceda éxito y fama mundana o que contradiga a la Cruz de Jesús como único Camino para ir al Cielo, o que se acompañe de soberbia y orgullo por parte del supuesto vidente, eso es una confirmación de que esa supuesta aparición o revelación no vienen de Dios: vienen de la misma imaginación del falso vidente, o vienen del Infierno, según nos enseña San Ignacio de Loyola.

“No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro”, le dice la Virgen a Santa Bernardita en las Apariciones de Lourdes. Con toda seguridad, la Virgen no se nos aparecerá sensiblemente como a Santa Bernardita, pero eso no quiere decir que la Virgen no esté presente en nuestras vidas, y podemos reconocer su presencia si es que se cumplen en nosotros lo que la Virgen le dijo a Santa Bernardita: “No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro”; es decir, si nuestra vida terrena no solo no es un “lecho de rosas”, sino que, ayudados por la gracia, unimos nuestras penas, tribulaciones, vejaciones, humillaciones, a la Cruz de Jesús, entonces sí, en medio  de nuestras penas, tribulaciones, vejaciones y humillaciones, debemos considerarnos dichosos y afortunados, porque eso significa que la Madre de Dios, Nuestra Señora del Valle, la Inmaculada Concepción, está con nosotros como Madre celestial que es y que además está haciendo realidad, con nosotros, la misma promesa que le hizo a Santa Bernardita: su promesa de darnos una eternidad de gozo en la otra vida.

        

 

 



[1] http://forosdelavirgen.org/534/nuestra-senora-de-lourdes-francia-11-de-febrero/


Novena a Nuestra Señora del Valle 2026 3

 




         Debido a que la advocación de Nuestra Señora del Valle es la Inmaculada Concepción, como devotos suyos y para poder aprovechar espiritualmente lo que esto significa para nuestra salvación, debemos y podemos meditar en las Apariciones de la Virgen a Santa Bernardita en Lourdes, porque ahí se le apareció como la Inmaculada Concepción.

         Las Apariciones de la Virgen como Inmaculada Concepción comenzaron el día Jueves 18 de febrero de 1858; al ver a la Virgen y sin saber que se trataba de Ella, Santa Bernardita le ofreció papel y una pluma para que le escribiera su nombre, pero la Virgen le habla a Santa Bernardita y le dice: “No es necesario” y después continúa “No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro”[1].

         En otra aparición, el día Miércoles 24 de febrero, la Virgen dice lo siguiente: “¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Ruega a Dios por los pecadores!”. Luego le da un ejemplo de cómo hacer la penitencia que con tanta insistencia pide: “¡Besa la tierra en penitencia por los pecadores!”.

         El día Jueves 25 de febrero, la Virgen le dice a Santa Bernardita que haga dos cosas que provocan la humillación de Santa Bernardita a los ojos de los demás, porque parecieran no tener sentido, pero en realidad no será otra cosa que la explicitación del modo de hacer penitencia, pidiendo por la conversión de los pecadores. Dice así Santa Bernardita: “(la Virgen) me dijo que fuera a beber a la fuente […] no encontré más que un poco de agua fangosa. Al cuarto intento, conseguí beber; me mandó también que comiera hierba que había cerca de la fuente, luego la visión desapareció y me marché”. Si nos ponemos a pensar, la multitud, que se había reunido por la noticia de que la Virgen se aparecía en ese lugar, al ver a Bernardita hacer esto y al no ver la multitud a la Virgen y sin saber lo que la Virgen le decía, la tratan a Bernardita como alguien que ha perdido el juicio y dicen así: “(la gente le dice) ¿Sabes que la gente cree que estás loca por hacer tales cosas?”. Sin embargo, Bernardita, lejos de haber perdido el juicio, sólo contesta “Es por los pecadores”. Este episodio de Bernardita con la Virgen nos recuerda cómo Nuestro Señor Jesucristo fue humillado infinitamente más en la Pasión; además debemos tener en cuenta que la humillación que sufrió Santa Bernardita, no es sino una participación a la humillación de Jesús en la Pasión, humillación a la que todos los cristianos estamos llamados a participar, por el mismo fin: la conversión de los pecadores.

En la aparición del día Jueves 25 de marzo, la Virgen le revela, a Santa Bernardita y a toda la Iglesia, su nombre: “Levantó los ojos hacia el cielo, juntando en signo de oración las manos que tenía abiertas y tendidas hacia el suelo, y me dijo: “Soy la Inmaculada Concepción”.

Esto es entonces lo que sucedió en las Apariciones de la Virgen como Inmaculada Concepción, con lo cual podemos meditar en lo siguiente.

Por medio de la Aparición a Santa Bernardita el Cielo confirma la verdad divina de la Inmaculada Concepción de la Virgen, verdad que el Papa Pío IX había declarado mediante el Magisterio cuatro años antes, verdad que presenta a la Virgen como Madre y como modelo de pureza mental y corporal. Así la Virgen da un mensaje vigente para nuestros días, en los que la contaminación de la Verdad Divina con herejías y la impureza del cuerpo y los sentidos son reclamados como “derechos humanos”.

En el momento de las Apariciones y a partir de las Apariciones, la Virgen concedió y sigue concediendo una inmensa cantidad de curaciones físicas y espirituales, cuyo objetivo no es que “vivamos mejor” en esta vida terrena, sino que sirven como signos del Cielo que nos llaman a convertirnos a su Hijo Jesús, despegándonos de los afectos terrenos.

En el momento de las Apariciones, Santa Bernardita era una niña prácticamente analfabeta, pero sin embargo humilde y de alma pura, lo cual confirma que Dios, como dice la Sagrada Escritura, “exalta a los humildes y rechaza a los soberbios” y que “oculta sus secretos a los grandes del mundo”, al tiempo que los revela a los más pequeños.

También la Virgen nos enseña que esta vida terrena no es el Cielo y nos enseña también que no estamos para “disfrutar” o para pasarla bien, porque le dice a Santa Bernardita: “Yo también te prometo hacerte dichosa, no ciertamente en este mundo, sino en el otro”. También podemos ver que, el hecho de que la Virgen se aparezca a una persona, eso no significa que su vida terrena estará exenta de pruebas y tribulaciones; por el contrario, pasará todavía más pruebas y tribulaciones que los demás, siempre en vistas a la propia conversión y a la conversión de los pecadores. En estas Apariciones la Virgen nos enseña que es imperioso configurarnos con Cristo Crucificado, porque es por la cruz por la cual se llega al Cielo, para que no caigamos en el error de querer convertir a esta tierra en un falso paraíso.

Algo más que nos enseña la Virgen en estas Apariciones es la necesidad de rezar el Rosario: en todas las Apariciones, la Virgen se presenta con su Rosario y por esto debemos rezarlo para pedir y recibir de Ella, siempre según la Voluntad de Dios, las gracias necesarias para nuestra salvación y la de nuestros prójimos.

También nos enseña la Virgen en estas Apariciones, la importancia de ser humildes -la Virgen se aparece a un alma humilde como Santa Bernardita y no a un alma soberbia y orgullosa-, la importancia de la oración -sobre todo el rezo del Santo Rosario- y la importancia de la penitencia -un ejemplo de penitencia es lo que hace Santa Bernardita al besar el suelo pidiendo la conversión de los pecadores-; todo esto transmite un mensaje de Misericordia Divina para los pecadores, porque todo lo que la Virgen dice, hace y enseña en estas Apariciones, tiene como objetivo la conversión de los pecadores, comenzando por nosotros mismos.

Finalmente, en las Apariciones de Lourdes la Virgen nos transmite el mensaje de la imperiosa necesidad de la conversión del alma, la mente y el corazón a su Hijo Jesucristo, ya que sin conversión no hay salvación posible; además nos transmite un mensaje de confianza sin límites en Dios Quien, aun permitiendo pruebas y tribulaciones en esta vida terrena -Santa Bernardita sufrió humillaciones desde las Apariciones y también cuando entró en la vida religiosa-, aun así y todavía más, por causa de estas tribulaciones, humillaciones y pruebas unidas al Sacrificio de Cristo en la Cruz, Dios quiere conducirnos al Cielo una vez pasada nuestra vida terrena; Dios desea que, por la Cruz de Jesús y por el Rosario de la Inmaculada Concepción, nos alegremos por la eternidad, no en esta vida, sino en la vida celestial, adorando a la Trinidad y al Cordero, junto a la Virgen, para siempre.



[1] http://forosdelavirgen.org/534/nuestra-senora-de-lourdes-francia-11-de-febrero/


Novena a Nuestra Señora del Valle 2026 2

 



         Como cristianos y católicos tenemos, para nuestra vida cotidiana de cristianos, un modelo ejemplar para seguir y es el de la Inmaculada Concepción; la Virgen es modelo para toda nuestra vida, pero sobre todo es modelo para el acto más importante para todo cristiano y es el momento de la Comunión Eucarística.

         Para saber de qué manera la Virgen es nuestro modelo en la Comunión Eucarística, podemos meditar brevemente en el Anuncio del Ángel Gabriel a la Virgen y en la Encarnación del Verbo que le sigue a continuación.

         En el momento en el que el Ángel Gabriel le anuncia a la Virgen que Ella, por designio de la Trinidad, había sido la Elegida para ser la Madre de Dios por obra del Espíritu Santo, la Virgen, deseando cumplir en todo momento la Santa Voluntad de Dios, dijo inmediatamente “Sí” a la Divina Voluntad de Dios; luego del “Sí” a la Voluntad Divina y antes de que el Hijo Eterno del Padre se encarnara en su seno, en su cuerpo virginal y purísimo, la Virgen recibió en primer lugar a la Palabra Eterna de Dios, tanto en su Mente Sapientísima como en su Inmaculado Corazón.

         La Virgen recibió a la Palabra de Dios en primer lugar en su Mente Sapientísima y esto se debe a que Ella estaba iluminada por el Espíritu Santo; en consecuencia, no dudó en ningún momento acerca de los planes divinos de la Redención expresados en la voluntad de Dios y por esto no puso ni dudas, ni objeciones, ni preguntas al Ángel; la Mente de la Virgen estaba tan colmada de la Divina Sabiduría, que sabía que Dios no solo no podía hacer ningún mal, sino que su Voluntad era siempre Santa y así la Virgen conformaba su propia voluntad a la Voluntad de Dios. Nunca hubo en la Virgen un juicio propio que, por impertinencia y orgullo obstaculizara o entorpeciera a la Verdad divina de la Encarnación del Verbo en su seno virginal. Y aquí es en donde la Virgen es nuestro modelo y ejemplo: al igual que Ella no dudó de la Palabra de Dios que habría de encarnarse en su seno purísimo, así también nosotros, antes de recibir la Sagrada Comunión, no debemos dudar en lo más mínimo acerca de la Verdad de la Presencia real, verdadera y substancial, de la Palabra de Dios Eternamente pronunciada, Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, que está Presente en la Eucaristía con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Pero no solo debemos creer firmemente en esta Verdad Revelada, sino que al mismo tiempo debemos rechazar firmemente todo pensamiento propio o ajeno que sea contrario a esta Verdad revelada. Así como la Virgen recibió en su Mente Sapientísima la Verdad de la Palabra de Dios encarnada, es decir, la Verdad de que se iba a encarnar en su seno purísimo de modo real y substancial la Persona Segunda de la Trinidad, del mismo modo, nunca debemos contaminar esta Verdad de Fe de la Presencia real y substancial del Hijo de Dios en la Eucaristía, alejando de nuestras mentes toda duda o cualquier clase de herejías, errores, falsedades, acerca de la Eucaristía, ajustando nuestra débil mente, en un todo, a lo que Santa Madre Iglesia nos enseña a través del Catecismo, el Magisterio y la Tradición sobre la Eucaristía y así, dando nuestro “Sí” a la prolongación de la Encarnación del Verbo en la Eucaristía, pasar a comulgar.

         Entones, ante el Anuncio del Ángel, la Virgen, con su Mente iluminada por el Espíritu Santo, conoció la Verdad del plan divino, que era la Encarnación de la Palabra de Dios en Ella y la aceptó de inmediato, sin oposición alguna; pero la Virgen no solo concibió a la Palabra de Dios en su Mente, sino que la concibió también en su Inmaculado Corazón, amando la Palabra de Dios y la Divina Voluntad con su propia voluntad y querer. Esto significa que la Virgen, con su Inmaculado Corazón lleno del Amor Divino, el Espíritu Santo, amó a la Palabra de Dios encarnada por ser voluntad de Dios, y amó la Palabra de Dios por ser la Palabra de Dios, engendrada en el seno eterno del Padre y nada amó que no fuera a esta Palabra de Dios y si algo amó fuera de ella, lo hizo por Dios, en Dios y para Dios. También aquí la Virgen es nuestro modelo porque al igual que Ella, también nosotros, en el momento de recibir la Sagrada Comunión, debemos amar a la Palabra de Dios encarnada en la Eucaristía, debemos amar a la Palabra de Dios que prolonga su Encarnación en la Eucaristía y solo debemos amar a esta Palabra Eterna del Padre encarnada en el Sacramento del Altar y solo a Ella y si algo amamos por fuera de la Eucaristía, debemos amarlo por, con y en la Eucaristía, descartando de raíz todo amor impuro y profano.

         La Virgen, finalmente, luego de recibir con su Mente Sapientísima, libre de errores, y con su Corazón Inmaculado, lleno del Amor de Dios, a la Palabra de Dios que habría de encarnarse en su seno purísimo, la Virgen recibió a esta Palabra de Dios en su Cuerpo Purísimo y Virginal, convirtiéndose así en Tabernáculo Viviente y Sagrario amantísimo del Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Así también nosotros, en el momento de recibir la Sagrada Comunión, reafirmando primero la Verdad Eterna de la Presencia real de Jesús en la Eucaristía y amando esta Verdad con todo el amor que sea posible en nuestro pobre corazón, luego de ser santificados por la gracia, convirtiendo nuestros cuerpos en templos del Espíritu Santo por la gracia santificante y la pureza de cuerpo y alma, debemos recibir en la boca, es decir, en el cuerpo, a la Palabra de Dios que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, Nuestro Señor Jesucristo. Por todo esto, la Inmaculada Concepción es nuestro modelo para la Comunión Eucarística.

 

 


viernes, 3 de abril de 2026

Novena a Nuestra Señora del Valle 2026 1

 



Según la historia de la imagen de la Virgen del Valle de Catamarca, la imagen fue hallada entre los años 1618 y 1620 en una gruta del Pueblo de Choya, en el norte del Departamento Capital[1]. En ese entonces, en el lugar se concentraban indígenas cristianos y españoles para recibir los sacramentos porque la población de Choya estaba formada por españoles encomenderos e indígenas que recibían el catecismo para ser bautizados. El hallazgo de la imagen se dio a través de un aborigen a cargo del encomendero Manuel de Salazar: este aborigen descubrió un sendero que era recorrido todos los días por mujeres nativas; por este sendero, después de subir la quebrada, se llegaba a un nicho de piedra a unos siete metros de altura. Fue en ese lugar en donde el aborigen encontró la imagen de la Virgen María, una imagen pequeña de rostro moreno con las manos juntas, en posición de oración. En el momento en el que Manuel de Salazar toma conocimiento del hallazgo, traslada la imagen a su casa ubicada en San Isidro, Valle Viejo, donde se dedicó íntegramente hasta su muerte —1638— al cuidado, culto y veneración de la Madre del Valle en su imagen bendita. En 1657, la Madre del Valle fue jurada patrona bajo la prerrogativa y la advocación de la ‘Pura y Limpia Concepción’ y por eso vamos a reflexionar brevemente en lo que significa que la Virgen sea la “Pura y Limpia Concepción”.

¿Qué significa que la Virgen sea la “Inmaculada Concepción”? Significa que la Virgen, en el momento de ser concebida y por lo tanto al ser creados su cuerpo y su alma, fue creada no solo sin la mancha del pecado original, sino además como “Llena de gracia”, es decir, inhabitada por el Espíritu Santo.

El hecho de ser concebida sin pecado original tiene una consecuencia directa en el corazón, el alma y el cuerpo de la Virgen: significa que la Virgen nunca, en ningún momento de su vida, cometió ni un solo pecado, no ya mortal, sino que no cometió ni siquiera el más pequeño pecado venial, pero esto implica algo más: la Virgen ni siquiera tuvo o cometió ni la más ligera de las imperfecciones porque Ella, con toda su humanidad, era perfectísima y toda su naturaleza humana estaba en orden y subordinada a la gracia. Como lo dice Jesús, el pecado, el mal del hombre, se origina en el corazón mismo del hombre: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” y esto es así porque el hombre sí está afectado por el pecado original y aunque este pecado se quita con el Bautismo sacramental, queda en el alma lo que se llama “concupiscencia”, que es la atracción por las cosas bajas de la tierra y se debe a que el hombre sin la gracia está dominado por sus pasiones, lo cual lo lleva a cometer, más que imperfecciones, pecados veniales y mortales. Nada de esto existía en la Virgen, porque al tener Ella su Corazón Inmaculado, no tenía ni pecado ni podía cometer pecado alguno, por pequeño que fuera y si no tenía pecado original, tampoco tenía la herida del pecado original que es, podemos decir así, la concupiscencia, aunque tampoco tenía ni siquiera la capacidad de cometer, como dijimos, no ya el más mínimo pecado, sino ni siquiera la más ligera de las imperfecciones. Al ser la Inmaculada y Pura Concepción, la Virgen solo deseaba, en su Inmaculado Corazón, cumplir siempre y en todo momento, la Voluntad de Dios y nada deseaba ni amaba que no fuera Dios y si algo amaba fuera de Dios, lo amaba en Dios, para Dios y con Dios. Debemos imitar a la Virgen en esta santa voluntad suya, la de amar solo la Divina Voluntad para nuestras vidas. Alguien podría objetar diciendo que es imposible imitar a la Virgen porque nosotros, a diferencia de Ella, sí hemos sido concebidos con el pecado original y que estamos inclinados a la concupiscencia, en el sentido de que muchas veces nos atrae el pecado, el mal, pero aun así, sí podemos imitarla y el modo de imitar a la Virgen es el pedir la gracia de no solo rechazar todo pecado, todo mal deseo, todo mal pensamiento, toda mala palabra, toda obra mala, sino ante todo de tener siempre los pensamientos, sentimiento y obras de la Virgen, que son siempre santos y puros. En esto sí podemos y debemos imitar a Nuestra Madre del cielo, de la misma manera a como un niño pequeño aprende de su madre los buenos modales y comportamientos. Debemos pedir la gracia de rechazar de raíz, es decir, desde que apenas se presenta, toda tentación, por pequeña que sea, que nos conduzca al pecado; debemos pedir la gracia de que el pecado no sea el dueño de nuestros corazones, sino que en nuestros corazones reina la gracia santificante. En esto nos sirven de ejemplo los santos, quienes preferían morir antes que pecar, es decir, preferían literalmente perder la vida terrena antes que cometer siquiera un pecado venial deliberado, porque por el pecado perdemos la vida eterna, mientras que si conservamos la gracia, nos aseguramos de vivir para la eternidad en el Reino de los cielos.

Además de Inmaculada Concepción, la Virgen, Nuestra Señora del Valle, es también la Llena del Espíritu Santo porque no solo no fue concebida con el pecado original, sino que, además, por el hecho de que estaba destinada a ser la Madre de Dios, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad, el Amor del Padre y del Hijo, inhabitó en Ella, colmándola con el Divino Amor, convirtiendo a su Inmaculado Corazón en morada de la Santísima Trinidad. También aquí la Virgen, Nuestra Señora del Valle, es nuestro modelo de vida porque, aunque nosotros, a diferencia de Ella, sí somos pecadores -somos “nada más pecado”, como dicen los santos- y como pecadores podemos y debemos hacer el propósito de vivir en estado de gracia santificante, para lo cual debemos acudir con frecuencia al Sacramento de la Penitencia de manera de permanecer siempre en estado de gracia para luego acrecentarlo con obras de misericordia.

La Virgen, Nuestra Señora del Valle, la Inmaculada Concepción y la Llena de gracia, es entonces un modelo insuperable para nuestra vida como cristianos porque en Ella se unen dos condiciones esenciales para la santidad, que son el rechazo del pecado y la vida de la gracia.

 

 


miércoles, 1 de abril de 2026

El legionario y el Cuerpo Místico de Cristo 2

 



         El Manual del Legionario desarrolla la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, centrada en las epístolas de San Pablo.

         San Pablo compara la unión entre Cristo y los bautizados con la que existe entre la cabeza y los demás miembros del cuerpo humano, la Cabeza es Cristo y el Cuerpo somos los bautizados en la Iglesia Católica. Así como en el cuerpo cada miembro tiene su función particular, necesitándose todos mutuamente y así como todos están animados por una misma alma, así sucede en el Cuerpo Místico de Cristo: todos cumplen una función particular y todos están animados por el Espíritu de Cristo, el Espíritu Santo, cuando están en gracia. Si un miembro se perjudica, el cuerpo se perjudica y si uno se perfecciona, todo el cuerpo se perfecciona.

         Dice el Manual que la Iglesia Católica es el Cuerpo Místico de Cristo y también su plenitud (Ef 1, 22-23). La parte principal e indispensable es Cristo, que es la Cabeza, porque de Él reciben los miembros del Cuerpo el poder de obrar y también la vida, que es la gracia.

         Es en el momento del Bautismo en el que somos incorporados a Cristo y unidos a Él, formando desde ese momento su Cuerpo Místico (Ef 5, 30) y esto es muy importante tenerlo en cuenta porque es de aquí de donde surgen los deberes santos y de servicio de los miembros para con la Cabeza y de los miembros entre sí (1 Jn 4, 15-21).

         Es muy importante tener en cuenta este dogma del cristianismo, porque toda la vida sobrenatural, toda la vida de la gracia que es concedida al hombre se deriva de la Cabeza que es Cristo, que es quien obra la redención. Cristo y su Iglesia, es decir, nosotros como bautizados, forman una sola Persona mística, dice el Manual, de manera que las reparaciones de la Cabeza, Cristo, pertenecen también a sus miembros, los fieles. De esta manera se explica cómo es que Cristo sufre por el hombre y expía culpas que Él no había cometido y esto es porque Cristo es el Salvador de los hombres.

         De esto también se sigue una consecuencia práctica: los fieles están incorporados a Cristo y de Él reciben su vida, su gracia y también en Él sufren, mueren y resucitan, en la resurrección de Cristo. Todos los sacramentos, comenzando por el Bautismo y luego mucho más la Eucaristía, establecen una íntima comunión de vida y amor entre Cristo Cabeza y los bautizados miembros del Cuerpo Místico. Además se intensifica esta unión por la fe y el amor, por el ofrecimiento de los propios sufrimientos a Cristo, etc. Esto nos hace ver la importancia de los sacramentos -principalmente Confesión y Eucaristía- recibidos con fe, amor y piedad, porque sin sacramentos no hay vida de la gracia en los miembros del Cuerpo Místico de Cristo que somos nosotros, los bautizados.