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martes, 16 de julio de 2024

Nuestra Señora del Carmen y el Escapulario que libra del fuego del Infierno eterno

 




          La historia del Escapulario de la Virgen del Carmen comienza el día 16 de julio del año 1251, en el que la Madre de Dios se le apareció a quien en ese momento fuera superior de la Orden de los carmelitas, San Simón Stock. La Santísima Virgen, quien llevaba en una mano al Niño Dios, de corta edad y en la otra el Santo Escapulario, enseñándole éste último, le dijo estas palabras: “El que muera con el escapulario puesto, no padecerá el fuego eterno”, entendiendo, obviamente, por “fuego eterno”, el fuego del infierno. En otras palabras, la Virgen promete que, todo aquel que, llevado por la fe en sus palabras, por el amor a su Hijo Jesucristo, por el amor a su Inmaculado Corazón y por la devoción al Santo Escapulario del Carmen, no se condenará en el fuego del Infierno. Es decir, no promete, a quien use el Escapulario, directamente el Cielo, pero al menos, cierra, con el poder de la Sangre de Cristo y con la fuerza del amor maternal de la Virgen, las tenebrosas Puertas del Infierno, para el que sea devoto del Santo Escapulario y, por amor a la Virgen, lo lleve puesto hasta el último suspiro en esta vida terrena. La Virgen prometió además que Ella acudiría al próximo sábado después de la muerte de quien usara el Santo Escapulario, de modo que si alguien va al Purgatorio, pasará como máximo seis días en él, aunque hay que tener en cuenta que en el Purgatorio un minuto equivalen como a cien años terrestres o más.

         Ahora bien, para valorar más este preciosísimo regalo del cielo que es el Escapulario del Carmen -porque no es un invento de los sacerdotes para que haya más devoción, sino un verdadero regalo de la Virgen y de su Hijo Jesús-, es necesario considerar de qué es aquello de lo que nos salva el Escapulario, y es principalmente, del fuego del Infierno. Por este motivo es necesario considerar, al menos brevemente, en esta espantosa realidad, que es eterna, que dura para siempre y que lamentablemente, como dicen los santos, cuando los predicadores hablan de él, es igual a nada, porque el hablar del Infierno no se compara en nada en cuanto a su realidad. Sin embargo, por poco que sea, debemos hablar del Infierno, cuyas Puertas son cerradas por el Santo Escapulario del Carmen y al pensar en el Infierno, cuando pensamos en su terrible y pavorosa realidad, cuando pensamos aunque sea por un instante en los horrores inimaginables de los abismos insondables de ese lago de fuego interminable que es el Infierno, en las torturas atroces que sufren los condenados por parte de los Demonios, en los dolores insoportables producidos por el fuego que nunca jamás se habrá de apagar y que provoca ardor inaguantable tanto en el alma como en el cuerpo; cuando pensamos que además del dolor insoportable, invade a los condenados el espanto, el terror, el horror, que es imposible de describir, porque la vista de los demonios y del mismo Lucifer es tan espantosa y horrorosa que hace que el alma estalle en alaridos no solo de dolor, sino de espanto y de terror, tratando de escapar de su horrorosa visión pero en vano, sin poder escapar nunca jamás de la presencia de los ángeles del Infierno sufriendo para siempre tanto el dolor como el horror; cuando pensamos en el terror espantoso que los condenados sufren al ver cara a cara no solo a los demonios y a los otros condenados sino al mismo Satanás, la Serpiente Antigua, que provoca un espanto de muerte con solo intuir su presencia y que en el Infierno no se puede escapar de él para siempre; cuando nos damos cuenta que todos estos horrores espantosos no son solo sino el comienzo del comienzo y que nunca jamás tendrán fin, y que solo por llevar el Santo Escapulario de la Santísima Virgen del Carmen y por la infinita Misericordia Divina de su Divino Hijo Jesús habremos de salvarnos, no podemos sino postrarnos de rodillas y con la frente en el suelo dar gracias por su infinita misericordia por su infinito amor, porque quien desea llevar el Santo Escapulario, es porque ha sido elegido por la Virgen para que lo lleve; quien desea llevar el Santo Escapulario del Carmen, es un hijo que ha respondido al llamado amoroso de la Madre de Dios que ha elegido a su hijo para vestirlo con su hábito carmelita, como un signo de predestinación eterna, como un signo de salvación eterna, como un signo de que Ella lo ha elegido para ser salvado, ya desde aquí en la tierra, para no ser condenado en lago del fuego, sino para gozar sin fin en las mansiones eternas de Dios en el Reino de los cielos.

Por último, el uso del Escapulario implica llevar una vida cristiana, lo cual quiere decir hacer el propósito de luchar por una verdadera conversión del corazón a Jesucristo, de frecuentar los sacramentos, sobre todo la Penitencia y la Eucaristía, de observar los Diez Mandamientos, de observar los Mandamientos de Jesús en el Evangelio, los Preceptos de la Iglesia, las Obras de caridad. Solo así, al fin de nuestras vidas, y con el Santo Escapulario y por la infinita Misericordia de Nuestro Señor Jesucristo, salvaremos nuestras almas y las de nuestros seres queridos.


jueves, 12 de julio de 2018

Nuestra Señora del Carmen y el Escapulario para no ir al Infierno



         La esencia de la devoción a Nuestra Señora del Carmen es el escapulario dado por Ella, personalmente, a  San Simón Stock, superior de los carmelitas, el 16 de Julio del año 1251[1] y la esencia del escapulario consiste en que quien muera con él, no se condenará en el Infierno eterno, según las palabras literales y textuales de Nuestra Señora del Monte Carmelo: “Éste será el privilegio para ti y todos los carmelitas; quien muriere con él no padecerá el fuego eterno, es decir, el que con él muriere se salvará”. “El fuego eterno” no es otra cosa que el Infierno eterno; entonces, cuando la Virgen le da el Escapulario a San Simón Sotck, le promete que quien muera con el Escapulario puesto, no se condenará en el Infierno eterno. Decir cualquier otra cosa en vez de esto, es decir, omitir a sabiendas esto que estamos diciendo, es pervertir y desviar intencionalmente el mensaje central de la devoción a Nuestra Señora del Monte Carmelo y su Santo Escapulario. Es verdad que el mensaje de santidad de San Simón Stock se compone de otros elementos, también importantes, tal como él lo dejó escrito, como por ejemplo: “que amemos y suframos por nuestra Orden y Congregación (carmelita); que acudamos a María en todas nuestras necesidades; que merezcamos llamarnos “el amado de María” y que practiquemos las virtudes simbolizadas en el Escapulario –humildad, castidad, pureza de fe, amor a la Virgen, oración, penitencia-, pero si olvidamos o pasamos por alto las palabras de la Virgen, acerca de que “quien muera con el Escapulario puesto no se condenará en el Infierno”, entonces estamos adulterando esencial y culpablemente la verdadera devoción a la Virgen del Carmen.
         Pero, ¿qué es el infierno, del cual nos libra el Escapulario de la Virgen, si es llevado con las debidas condiciones? Nos lo relatan los santos, junto con todo el Magisterio y la Tradición de la Iglesia Católica.
         Así, por ejemplo, Santa Teresa de Ávila, Santa Verónica Giuliani, Santa Faustina Kowalska, entre muchísimos otros santos, por lo que reflexionaremos acerca de lo que estos santos dijeron sobre el Infierno, para así mejor apreciar el Santo Escapulario de Nuestra Señora del Carmen.
         Santa Teresa de Ávila[2]: “Estando un día en oración me hallé en un punto toda, sin saber cómo, que me parecía estar metida en el infierno. Entendí que quería el Señor que viese el lugar que los demonios allá me tenían aparejado, y yo merecido por mis pecados. Ello fue en brevísimo espacio; mas aunque yo viviese muchos años, me parece imposible olvidárseme. Parecíame la entrada a manera de un callejón muy largo y estrecho, a manera de horno muy bajo y oscuro y angosto. El suelo me pareció de agua como lodo muy sucio y de pestilencial olor y muchas sabandijas malas en él. Al cabo estaba una concavidad metida en una pared, a manera de una alacena, adonde me vi meter en mucho estrecho. Todo era deleitoso a la vista en comparación de lo que allí sentí. Esto que he dicho va mal encarecido. Estotro me parece que, aun principio de encarecerse como es, no le puede haber ni se puede entender; mas sentí un fuego en el alma que yo no puedo entender cómo poder decir de la manera que es. Los dolores corporales tan incomportables, que con haberlos pasado en esta vida gravísimos, y, según dicen los médicos, los mayores que se pueden acá pasar (porque fue encogérseme todos los nervios cuando me tullí, sin otros muchos de muchas maneras que he tenido, y aun algunos, como he dicho, causados del demonio), no es todo nada en comparación de lo que allí sentí y ver que habían de ser sin fin y sin jamás cesar. Esto no es, pues, nada en comparación del agonizar del alma, un apretamiento, un ahogamiento, una aflicción tan sensible y con tan desesperado y afligido descontento, que yo no sé cómo encarecerlo. Porque decir que es un estarse siempre arrancando el alma, es poco; porque aún parece que otro os acaba la vida, mas aquí el alma misma es la que se despedaza. El caso es que yo no sé cómo encarezca aquel fuego interior y aquel desesperamiento sobre tan gravísimos tormentos y dolores. No veía yo quién me los daba, más sentíame quemar y desmenuzar, a lo que me parece, y digo que aquel fuego y desesperación interior es lo peor. Estando en tan pestilencial lugar, tan sin poder esperar consuelo, no hay sentarse, ni echarse, ni hay lugar, aunque me pusieron en éste como agujero hecho en la pared, porque estas paredes, que son espantosas a la vista, aprietan ellas mismas, y todo ahoga, no hay luz, sino todo tinieblas oscurísimas. Yo no entiendo cómo puede ser esto, que con no haber luz, lo que a la vista ha de dar pena todo se ve. No quiso el Señor entonces viese más de todo el infierno; después he visto otra visión de cosas espantosas; de algunos vicios el castigo. Cuando a la vista, muy más espantosos me parecieron, mas como no sentía la pena, no me hicieron tanto temor; que en esta visión quiso el Señor que verdaderamente yo sintiese aquellos tormentos y aflicción en el espíritu, como si el cuerpo lo estuviera padeciendo. Yo no sé cómo ello fue, mas bien entendí ser gran merced y que quiso el Señor yo viese por vista de ojos de dónde me había librado su misericordia. Porque no es nada oírlo decir, ni haber yo otras veces pensado en diferentes tormentos (aunque pocas, que por temor no se llevaba bien mi alma), ni que los demonios atenazan, ni otros diferentes tormentos que he leído, no es nada con esta pena, porque es otra cosa.
         Santa Verónica Giuliani[3]: “En un momento, me encontré en un lugar oscuro, profundo y pestilente; escuché voces de toros, rebuznos de burros, rugidos de leones, silbidos de serpientes, confusiones de voces espantosas y truenos grandes que me dieron terror y me asustaron. También vi relámpagos de fuego y humo denso. ¡Despacio! que todavía esto no es nada. Me pareció ver una gran montaña como formada toda por mantas de víboras, serpientes y basiliscos entrelazados en cantidades infinitas; no se distinguía uno de las otras. Se escuchaba por debajo de ellos maldiciones y voces espantosas. Me volví a mis Ángeles y les pregunté qué eran aquellas voces; y me dijeron que eran voces de las almas que serían atormentadas por mucho tiempo, y que dicho lugar era el más frío. En efecto, se abrió enseguida aquel gran monte, ¡y me pareció verlo todo lleno de almas y demonios! ¡En gran número! Estaban aquellas almas pegadas como si fueran una sola cosa y los demonios las tenían bien atadas a ellos con cadenas de fuego, que almas y demonios son una cosa misma, y cada alma tiene encima tantos demonios que apenas se distinguía. El modo en que las vi no puedo describirlo; sólo lo he descrito así para hacerme entender, pero no es nada comparado con lo que es. Fui transportada a otro monte, donde estaban toros y caballos desenfrenados los cuales parecía que se estuvieran mordiendo como perros enojados. A estos animales les salía fuego de los ojos, de la boca y de la nariz; sus dientes parecían agudísimas espadas afiladas que después reducían a pedazos todo aquello que les entraba por la boca; incluso aquellos que mordían y devoraban las almas. ¡Qué alaridos y qué terror se sentía! No se detenían nunca, fue cuando entendí que permanecían siempre así. Vi después otros montes más despiadados; pero es imposible describirlos, la mente humana no podría nunca nuca comprender. En medio de este lugar, vi un trono altísimo, larguísimo, horrible ¡y compuesto por demonios! Más espantoso que el infierno, ¡y en medio de ellos había una silla formada por demonios, los jefes y el principal! Ahí es donde se sienta Lucifer, espantoso, horroroso. ¡Oh Dios! ¡Qué figura tan horrenda! Sobrepasa la fealdad de todos los otros demonios; parecía que tuviera una capa formada de cien capas, y que ésta se encontrara llena de picos bien largos, en la cima de cada una tenía un ojo, grande como el lomo de un buey, y mandaba saetas ardientes que quemaban todo el infierno. Y con todo que es un lugar tan grande y con tantos millones y millones de almas y de demonios, todos ven esta mirada, todos padecen tormentos sobre tormentos del mismo Lucifer. Él los ve a todos y todos lo ven a él. Aquí, mis Ángeles me hicieron entender que, como en el Paraíso, la vista de Dios, cara a cara, vuelve bienaventurados y contentos a todos alrededor, así en el infierno, la fea cara de Lucifer, de este monstruo infernal, es tormento para todas las almas. Ven todas, cara a cara el Enemigo de Dios; y habiendo para siempre perdido Dios, y no tenerlo nunca, nunca más podrán gozarlo en forma plena. Lucifer lo tiene en sí, y de él se desprende de modo que todos los condenados participan de ello. Él blasfema y todos blasfeman; él maldice y todos maldicen; él atormenta y todos atormentan. -¿Y por cuánto será esto?, pregunté a mis Ángeles. Ellos me respondieron: -Para siempre, por toda la eternidad.    ¡Oh Dios! No puedo decir nada de aquello que he visto y entendido; con palabras no se dice nada. Aquí, enseguida, me hicieron ver el cojín donde estaba sentado Lucifer, donde eso está apoyado en el trono. Era el alma de Judas. Y bajo sus pies había otro cojín bien grande, todo desgarrado y marcado. Me hicieron entender que estas almas eran almas de religiosos; abriéndose el trono, me pareció ver entre aquellos demonios que estaban debajo de la silla una gran cantidad de almas. Y entonces pregunté a mis Ángeles: -¿Y estos quiénes son? Y ellos me dijeron que eran Prelados, Jefes de Iglesia y de Superiores de Religión. ¡¡¡Oh Dios!!!! Cada alma sufre en un momento todo aquello que sufren las almas de los otros condenados; me pareció comprender que ¡mi visita fue un tormento para todos los demonios y todas las almas del infierno! Venían conmigo mis Ángeles, pero de incógnito estaba conmigo mi querida Mamá, María Santísima, porque sin Ella me hubiera muerto del susto. No digo más, no puedo decir nada. Todo aquello que he dicho es nada, todo aquello que he escuchado decir a los predicadores es nada. El infierno no se entiende, ni tampoco se podrá aprender la acerbidad de sus penas y sus tormentos. Esta visión me ha ayudado mucho, me hizo decidir de verdad a despegarme de todo y a hacer mis obras con más perfección, sin ser descuidada. En el infierno hay lugar para todos, y estará el mío si no cambio vida. ¡Sea todo a gloria de Dios, según la voluntad de Dios, por Dios y con Dios!”.
         Santa Faustina Kowalska[4]: “Mientras estaba en Skolimow, casi al final de su Postulantado, Santa Faustina le preguntó al Señor por quién más debía orar y la noche siguiente tuvo esta visión. "Esa noche vi a mi ángel de la Guarda, quien me pidió que lo siguiera. En un momento me vi en un lugar lleno de fuego y de almas sufrientes. Estaban orando fervientemente por si mismas pero no era válido, solamente nosotras podemos ayudarlas. Las llamas que las quemaban no podían tocarme. Mi ángel de la guarda no me dejó sola ni un momento. Yo pregunté a las almas que es lo que más las hacía sufrir. Ellas me contestaron que era el sentirse abandonadas por Dios...Vi a Nuestra Señora visitando a las almas del Purgatorio, la llamaban Estrella del Mar. Luego mi ángel guardián me pidió que regresáramos, al salir de esta prisión de sufrimiento, escuché la voz interior del Señor que decía: ‘Mi Misericordia no quiere esto, pero lo pide mi Justicia’". Durante un retiro de ocho días en octubre de 1936, se le mostró a Sor Faustina el abismo del infierno con sus varios tormentos, y por pedido de Jesús ella dejó una descripción de lo que se le permitió ver: "Hoy día fui llevada por un Ángel al abismo del infierno. Es un sitio de gran tormento. ¡Cuán terriblemente grande y, extenso es! Las clases de torturas que vi: la primera es la privación de Dios; la segunda es el perpetuo remordimiento de conciencia; la tercera es que la condición de uno nunca cambiará; la cuarta es el fuego que penetra en el alma sin destruirla -un sufrimiento terrible, ya que es puramente fuego espiritual,-prendido por la ira de Dios; la quinta es una oscuridad continua y un olor sofocante terrible. A pesar de la oscuridad, las almas de los condenados se ven entre ellos; la sexta es la compañía constante de Satanás; la séptima es una angustia horrible, odio a Dios, palabras indecentes y blasfemia. Estos son los tormentos que sufren los condenados, pero no es el fin de los sufrimientos. Existen tormentos especiales destinados para almas en particular. Estos son los tormentos de los sentidos. Cada alma pasa por sufrimientos terribles e indescriptibles, relacionado con el tipo de pecado que ha cometido. Existen cavernas y fosas de tortura donde cada forma de agonía difiere de la otra. Yo hubiera fallecido a cada vista de las torturas si la Omnipotencia de Dios no me hubiera sostenido. Estoy escribiendo esto por orden de Dios, para que ninguna alma encuentre una excusa diciendo que no existe el infierno, o que nadie ha estado ahí y por lo tanto, nadie puede describirlo”. Más adelante, Santa Faustina agrega: “Lo que he escrito no es más que una pálida sombra de las cosas que vi. Pero me di cuenta de una cosa: que la mayoría de las almas que hay no creían que hubiera un infierno. ¡Cuán terriblemente sufren las almas allí!  En consecuencia, pido aún más fervientemente por la conversión de los pecadores”.
         Visión del Infierno de los Pastorcitos de Fátima[5]: “El viernes 13 de julio de 1917, Nuestra Señora se apareció en Fátima y les habló a los tres pequeños videntes. Nuestra Señora nunca sonrió. ¿Cómo podía sonreír, si en ese día les iba a dar a los niños la visión del Infierno? “Nuestra Señora extendió sus manos y de repente los niños vieron un agujero en el suelo. Ese agujero, dijo Lucía, era como un mar de fuego en el que se veían almas con forma humana, hombres y mujeres, consumiéndose en el fuego, gritando y llorando desconsoladamente”. Lucía dijo que los demonios tenían un aspecto horrible como de animales desconocidos. Los niños estaban tan horrorizados que Lucía gritó. Ella estaba tan atemorizada que pensó que moriría. María dijo a los niños: “Ustedes han visto el Infierno a donde los pecadores van cuando no se arrepienten”. “Al decir estas palabras, abrió de nuevo las manos. El reflejo (de luz que ellas irradiaban) parecía penetrar en la tierra y vimos un como mar de fuego y, sumergidos en ese fuego, a los demonios y las almas como si fueran brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana. Que fluctuaban – en el incendio llevadas por las llamas que salían de ellas mismas juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados – semejante a la caída de pavesas en los grandes incendios – pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros tizones en brasa”.
         Santa Catalina Emmerich[6]: “El exterior del Infierno era horrible y espantoso; era un inmenso edificio de aspecto pesado, y el granito del que estaba formado, aunque negro, era de brillo metálico; y las puertas oscuras y pesadas fueron aseguradas con muchos cerrojos tan terribles que nadie podría contemplarlos sin temblar. Gemidos profundos y gritos de desesperación pueden distinguirse claramente incluso cuando las puertas estaban bien cerradas; pero, ¡quién puede describir los gritos y chillidos que estallaron cuando se soltaron los tornillos terribles y las puertas se abrieron!; y, oh, ¡quién puede describir el aspecto melancólico de los habitantes de este lugar miserable! […] Todo dentro de él es, por el contrario, cerrado, confuso, y lleno de gente; cada objeto tiende a llenar la mente con sensaciones de dolor y pena; la desesperación, como un buitre, roe cada corazón, y la discordia y miseria reinan alrededor. […] En la ciudad del Infierno no hay nada que ver, solo mazmorras sombrías, oscuras cavernas, desiertos espantosos, pantanos fétidos llenos de todas las especies imaginables de reptiles venenosos y repugnantes. […] En el Infierno, hay escenas perpetuas de miserable discordia, y toda clase de pecado y corrupción, ya sea bajo las formas más horribles imaginables, o representadas por diferentes tipos de tormentos espantosos. Todo en esta morada triste tiende a llenar la mente de horror; ni una palabra de consuelo se escucha y ninguna idea consoladora es admitida; el único y tremendo pensamiento es la justicia que un Dios todopoderoso otorga a la nada maldita, acompañado de la convicción absorbente de que ellos la han merecido plenamente y esto agobia cada uno de sus corazones. El vicio aparece en su verdadero aspecto, con colores repugnantes y sombríos. Se despojó de la máscara bajo la cual se ocultaba en este mundo, y la víbora infernal es vista devorando a los que lo han querido o fomentado. En una palabra, el Infierno es el templo de la angustia y la desesperación…”.
Y así podríamos seguir más, de forma indefinida, porque los testimonios de los santos acerca del Infierno son interminables. Es de esta pavorosa realidad, del sufrimiento eterno del cuerpo y del alma, del que nos libra el Santo Escapulario de Nuestra Señora del Carmen. Decir otra cosa, o callar esto, es callar el mensaje del cielo que quiere salvar nuestras almas a toda costa y para eso nos regala el Escapulario. Pero si callamos por temor humano, decepcionaríamos a Dios y a los hombres y grandes castigos vendrían sobre nosotros. La pavorosa visión del Infierno hace resaltar todavía más el inmerecido regalo de la Misericordia de Dios que es el Santo Escapulario de Nuestra Señora del Carmen.

miércoles, 15 de julio de 2015

Nuestra Señora del Carmen y el Escapulario


         La Orden de los Carmelitas se estableció en el Monte Carmelo, el monte en donde el profeta Elías tuvo la experiencia de Dios, quien no estaba “ni en el viento huracanado, ni el terremoto, ni en el fuego, sino en la suave brisa”, es decir, en el silencio (cfr. 1 Re 19, 12). Además, Elías defendió la pureza de la fe en un Dios Uno y Verdadero, frente a la contaminación de los numerosos cultos idolátricos y paganos de la Antigüedad. Basándose en el profeta, los carmelitas se establecieron en este monte como eremitas, siendo desde el inicio grandes devotos de la Virgen: en el siglo XIII, cinco siglos antes de que se proclamara el Dogma de la Inmaculada Concepción, los carmelitas tenían una misa en honor a la Inmaculada Concepción[1]. Lo que caracterizó a la orden, desde un inicio, fueron entonces el amor a la Virgen y la unión con Dios en el amor contemplativo. El amor carmelitano por la Virgen no fue nunca, desde los inicios, una mera devoción sentimentalista, sino que los Carmelitas vieron en la Virgen el modelo a seguir y el camino a transitar, para unirse con Dios Hijo de un modo rápido y seguro, además de tomar de la Virgen la matriz para la orden, en lo que se refiere a oración, contemplación y consagración de la vida a Dios. Hablando del Carmelo, dice así el Santo Padre Benedicto XVI: “El más célebre de los eremitas, de estos hombres de Dios, fue el gran profeta Elías, quien en el siglo IX antes de Cristo defendió valientemente de la contaminación de los cultos idolátricos la pureza de la fe en el Dios único y verdadero. Inspirándose en la figura de Elías, surgió al Orden contemplativa de los “Carmelitas”, familia religiosa que cuenta entre sus miembros con grandes santos, como Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Teresa del Niño Jesús y Teresa Benedicta de la Cruz (en el siglo, Edith Stein). Los Carmelitas han difundido en el pueblo cristiano la devoción a la Santísima Virgen del Monte Carmelo, señalándola como modelo de oración, de contemplación y de dedicación a Dios. María, en efecto, antes y de modo insuperable, creyó y experimentó que Jesús, Verbo encarnado, es el culmen, la cumbre del encuentro del hombre con Dios. Acogiendo plenamente la Palabra, “llegó felizmente a la santa montaña” (Oración de la colecta de la Memoria), y vive para siempre, en alma y cuerpo, con el Señor”[2].
Sin embargo, hubo un momento de grave crisis en la historia de la Orden –no sabemos los particulares-, en los que hasta el mismo Superior General, San Simón Stock, temió por el destino de la misma.
Fue entonces que el cielo vino en ayuda de los Carmelitas: Nuestra Señora del Carmen se apareció a San Simón Stock el 16 de julio de 1215 y le concedió el santo escapulario, prometiendo que quien muriese con él puesto, no se condenaría en el infierno: “Quien muera usando el escapulario no sufrirá el fuego eterno”. También prometió la Virgen que al devoto del escapulario, si estuviera en el Purgatorio, Ella lo iría a buscar, para llevarlo al cielo, al sábado próximo de su muerte.
Ahora bien, el Escapulario entregado por la Virgen es un sacramental, lo cual quiere decir que su uso tiene ciertas exigencias, además de un profundo significado espiritual y por lo tanto no puede ser usado de cualquier manera. Ante todo, hay que saber que, como todo sacramental, el Escapulario de la Virgen del Carmen es un objeto religioso aprobado por la Iglesia como un signo que nos ayuda a vivir en el camino de la santidad y, al mismo tiempo, a aumentar y acrecentar, cada vez más, la devoción y el amor a la Virgen. Esto se notará en la vida espiritual, cuando el alma experimente un verdadero rechazo a todo pecado, incluido el pecado venial, siendo un signo de crecimiento espiritual el experimentar no solo un rechazo, sino el preferir la muerte terrena, antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado (es lo que pidió Santo Domingo Savio en su Primera Comunión, y es lo que pedimos, aunque con otras palabras, en la fórmula de la Penitencia sacramental: “Antes querría haber muerto que haberos ofendido”). El objetivo de los sacramentales –y por lo tanto, del Escapulario del Carmen- es el de mover nuestros corazones a renunciar a todo pecado, incluso al venial.
Otra cosa a tener en cuenta es que el escapulario, al ser un sacramental, no nos comunica gracias como hacen los sacramentos sino que nos disponen al amor a Dios y a la verdadera contrición del pecado si los recibimos –y los usamos- con devoción[3].
El Escapulario del Carmen tiene tres significados: el amor maternal de predilección por parte de María; que pertenecemos a María y que llevamos el yugo de Cristo.
El Escapulario significa que María, en cuanto Madre Nuestra, nos cubre con su manto, literalmente, al modo como lo hace una madre con su niño recién nacido. Este significado se ve mejor en los escapularios de tela, pero si son de metal, es obvio que el significado es el mismo.
El otro significado es que pertenecemos –literalmente- a María, con todo nuestro ser, nuestra vida, nuestra existencia, nuestras posesiones, nuestros bienes materiales y espirituales. Es el signo exterior –es un hábito simplificado, al estilo del hábito de los carmelitas- de la consagración interior del alma a María: llevar el hábito significa estar consagrados a la Virgen, y esto quiere decir que le pertenecen a la Virgen nuestro acto de ser, nuestra alma con sus potencias –inteligencia, memoria, voluntad-, con sus sentidos internos y externos, y nuestro cuerpo. Llevar el hábito significa que estamos consagrados a María, es decir, que todo nuestro ser ha sido depositado en el Inmaculado Corazón de María, por lo que toda nuestra vida debe llevar el sello de María: debemos mirar y amar el mundo y las creaturas, con los ojos y el Corazón de María. El Papa Pío XII, en el año 1950, dijo así acerca del Escapulario: “Que sea tu signo de consagración al Inmaculado Corazón de María, lo cual estamos particularmente necesitando en estos tiempos tan peligrosos”.
El último significado, es que llevamos sobre nosotros el suave yugo de Cristo: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de Mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11, 29-30). El escapulario simboliza el yugo de Jesús, que es su cruz, y que Jesús nos invita a cargar, todos los días, pero que María nos ayuda a llevar, también todos los días.




[1] http://www.corazones.org/maria/carmen_virgen/a_carmen.htm
[2] Benedicto XVI, 15,VII,06; http://www.corazones.org/maria/carmen_virgen/a_carmen.htm
[3] http://www.corazones.org/maria/carmen_virgen/a_carmen.htm

lunes, 15 de julio de 2013

Nuestra Señora del Carmen

Virgen del Carmen
          El 16 de julio del año 1251, la Madre de Dios se le apareció al entonces superior de los carmelitas, San Simón Stock y, enseñándole el escapulario, le dijo: "El que muera con el escapulario puesto, no padecerá el fuego eterno". Por este solo hecho, el Escapulario de la Virgen del Carmen es un gran don de la Divina Misericordia, ya que no solo significa no sufrir el fuego del infierno, sino que implica nada menos que tener el cielo asegurado, porque la misma Virgen promete que Ella acudiría al siguiente sábado de la muerte del devoto del escapulario, a rescatarlo del Purgatorio. Usando el escapulario, nos aseguramos el cielo y, si debemos ir al Purgatorio, nos aseguramos de no estar allí más de seis días, según las promesas de la Virgen. Sin embargo, su uso está supeditado al propósito de vivir en estado de gracia y evitar el pecado, tanto el mortal como el venial.
          Hay que tener en cuenta, sin embargo, que el escapulario NO salva por sí solo como si fuera algo mágico o de buena suerte, ni es una excusa para vivir en pecado y no hacer el esfuerzo por vivir la vida de la gracia, porque no es una especie de objeto dotado de poderes sobrenaturales que nos salvará a pesar a pesar de lo que hagamos o de cuanto pequemos.
          Los Papas y Santos han muchas veces alertado acerca de no abusar de la promesa de nuestra madre como si nos pudiéramos salvar llevando el escapulario sin conversión. El Papa Pío XI nos advierte: "Aunque es cierto que la Virgen María ama de manera especial a quienes son devotos de ella, aquellos que desean tenerla como auxilio a la hora de la muerte, deben en vida ganarse dicho privilegio con una vida de rechazo al pecado y viviendo para darle honor".
          Vivir en pecado y usar el escapulario como ancla de salvación es cometer pecado de presunción ya que la fe y la fidelidad a los mandamientos es necesaria para todos los que buscan el amor y la protección de Nuestra Señora.
          El Papa Pío XII habló frecuentemente del Escapulario. En 1951, aniversario 700 de la aparición de Nuestra Señora a San Simón Stock, el Papa ante una numerosa audiencia en Roma exhortó a que se usara el Escapulario como "Signo de Consagración al Inmaculado Corazón de María" (tal como pidió la Virgen en Fátima): "Que sea tu signo de consagración al Inmaculado Corazón de María, lo cual estamos particularmente necesitando en estos tiempos tan peligrosos".  
          En una de las apariciones más importantes de la Virgen, las apariciones en Fátima, según la Hermana Lucía, una de las videntes, cuando la Virgen se apareció en la sexta y última aparición, el 17 de octubre de 1917, lo hizo vestida de con el hábito carmelita y con el escapulario en la mano, como modo de recordar que sus hijos deben llevarlo como signo de la consagración.
          Se llama "escapulario" porque deriva de la palabra "escápula" que significa "hombros", debido a que era el hábito de trabajo que se colocaban los monjes sobre sus hombros. Cuando la Virgen se le apareció a San Simón Stock, le dio el escapulario como un hábito en miniatura, que habrían de llevar sus hijos devotos, como signo externo de la consagración de sus corazones a su Corazón Inmaculado. Usar el escapulario significa entonces llevar el hábito de la Virgen del Carmen y ser envueltos por su manto misericordioso, además de ser un signo de pertenencia -consagración- al Inmaculado Corazón de María.
          El solo hecho de experimentar el deseo de llevarlo y, todavía más, recibir la imposición del escapulario del Carmen, demuestra la acción de la gracia divina que obra en el corazón encendiéndolo en el Amor de Dios, porque el escapulario, como sacramental, si bien no nos comunica la gracia como los sacramentos, cuando es llevado con amor y devoción, predispone el corazón a recibir el Amor de Dios, al tiempo que le concede la gracia de la detestación del pecado, de la mentira, del mal y del engaño. Por el escapulario, el alma recibe el amor y la protección maternal de María, porque significa que la Virgen envuelve al alma en su manto y la arropa, así como una madre envuelve y arropa al niño recién nacido, para protegerlo de todo peligro. El escapulario significa también el suave yugo de Cristo, que es lo que Él pide en el Evangelio: "Cargad con mi yugo y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11, 28-29).

          

viernes, 15 de julio de 2011

Nuestra Señora del Carmen



En el siglo XIII, la Orden de los Carmelitas atravesaba un momento difícil, y necesitaba una profunda renovación espiritual, por lo que el entonces Superior General de la Orden del Carmelo, San Simón Stock, comenzó a rezarle a la Virgen con mucha devoción, invocándola con el nombre de “Estrella del mar”. Como respuesta a la oración de San Simón Stock, la Virgen María se le apareció el día 16 de julio del año 1251, y le dijo, mostrándole un escapulario: “Toma este hábito, el que muera con él no padecerá el fuego eterno”. La Virgen María dio a Stock el escapulario, y le dijo que el que muriera con el escapulario puesto, no sufriría las penas del infierno, porque moriría en gracia de Dios, y Ella misma lo haría salir del Purgatorio.

¿Cuál es el significado de esta aparición? ¿Qué quiere decir “escapulario”? ¿Qué implica el uso del escapulario? ¿Por qué motivo la Virgen promete lo que promete? ¿Solo por usar el escapulario nos veremos libres del infierno? ¿Por qué la Virgen María se le aparece a un religioso carmelita y le da lo que le da?

Intentaremos responder a estas preguntas, comenzando por lo más significativo de esta aparición de la Virgen: lo más significativo de la aparición de la Virgen es el don del escapulario, y lo es tanto más por lo que el escapulario significa: el escapulario que la Virgen da a Stock, es su propio hábito, el hábito de la Virgen del Carmelo, lo cual quiere decir que llevar el escapulario es como llevar el hábito de la Virgen. Dice así el Santo Padre Juan Pablo II: “el escapulario (de la Virgen del Carmen) es esencialmente un ‘hábito’”.

Lo que la Virgen le da a San Simón Stock entonces es un hábito, y es esto precisamente lo que más llama la atención, porque San Simón Stock, a quien la Virgen se le aparece, era un religioso y llevaba, por lo tanto, un hábito. Lo llamativo en esta aparición de María Virgen no es la extraordinaria misericordia de María –su Corazón es un corazón infinitamente misericordioso-, sino que se le apareciera a San Simón Stock, que era Superior Carmelita, y le diera un hábito religioso, porque eso es lo que el escapulario significa: un hábito. Si San Simón Stock ya era religioso y llevaba hábito; ¿por qué la Virgen le da entonces un nuevo hábito? La Virgen María le da este hábito a San Simón Stock para que el nuevo hábito fuera usado por aquellos que, sin ser religiosos carmelitas, habrían de recibir los beneficios de los religiosos carmelitas. Los religiosos carmelitas ya llevan un hábito, de color marrón, que es el color del hábito de la Virgen del Monte Carmelo; quiere decir entonces que el escapulario es ante todo para aquellos que no son religiosos carmelitas, pero que al usar el escapulario, sin ser religiosos carmelitas, reciben los beneficios de los carmelitas.

La Virgen entonces se le aparece a San Simón Stock, le da un escapulario, que es su propio hábito, y promete que quien lo use, vivirá protegido por Ella y luego será asistido por Ella misma en Persona, en el momento de la muerte. Quiere decir que, con el uso del escapulario, se reciben las gracias concedidas a este escapulario, que es el de vivir protegidos por la Virgen y ser asistidos por Ella en el momento de la muerte. Con estas afirmaciones no hay problemas: usando el escapulario, se reciben las gracias concedidas a este escapulario, el ser protegidos por la Virgen y ser asistidos por Ella al morir. Esto se entiende, pero, ¿qué es lo que quiere decir esto? ¿Quiere decir lo que entiendo de buenas a primera, que el escapulario, por ser un don de la Virgen, me salva del infierno y del Purgatorio? Si el escapulario me salva del infierno y del purgatorio, entonces voy al cielo. De esto surge una pregunta ineludible: ¿usando el escapulario tengo ya asegurada la entrada al cielo?

La respuesta a estas preguntas no es ni lineal ni sencilla, porque no es ni lineal ni sencillo el uso del escapulario.

Ante todo, el escapulario es un sacramental, es decir, es un objeto –una cosa, de metal o de tela-, aprobado por la Iglesia, que obra como signo para ayudar al cristiano a vivir esta vida unidos a Dios, pero el escapulario, en tanto trozo de tela o de metal, no salva por sí mismo, aún cuando esté bendecido, porque el escapulario es solo un signo de la realidad que sí salva: la gracia de Jesucristo, que nos viene por los sacramentos.

El escapulario simboliza nuestro deseo de vivir bajo el manto de la Virgen, pero vivir bajo el manto de la Virgen quiere decir vivir en gracia, y la gracia la tenemos por los sacramentos, porque los sacramentos son la humanidad de Cristo extendida en el tiempo y en el espacio. Con esto, ya tenemos una primera respuesta a las preguntas: el escapulario es sinónimo de vida de la gracia, porque no es el escapulario en sí lo que salva, sino la gracia de Jesucristo que nos viene por los sacramentos.

Regresando al momento de la aparición, la Virgen dona el escapulario, que es su hábito, para ser usado por quienes no son religiosos carmelitas. ¿Qué implica más precisamente usar el escapulario? ¿Quiere decir que hay que “portarse bien”? Usar el escapulario es vivir bajo el manto de la Virgen, pero vivir bajo su manto no es solo evitar el pecado para no caer en el infierno: es vivir la plenitud de la vida de la gracia, para alcanzar la vida eterna en el cielo.

Usar el escapulario no quiere decir dedicarse a cada paso a ver qué es pecado y qué no es pecado, porque eso nos llevaría, tarde o temprano, a los escrúpulos; usar el escapulario es vivir en su más grande plenitud la vida de hijos de Dios, y los hijos de Dios viven su vida preocupados más por el amor que por el temor; viven preocupados más por saber de qué modo pueden demostrar más y más su amor a Dios, y no fijándose en qué es en lo que no lo ofenden. Usar el escapulario implica, de parte de quien lo usa, comprometerse a una determinada vida, porque, como dijimos, el escapulario no salva por sí mismo. Pero también aquí debemos estar atentos para no confundirnos: quien usa el escapulario, no se compromete a simplemente vivir una vida honrada; quien usa el escapulario, no se compromete a simplemente ser bueno y a no hacer el mal; quien usa el escapulario no se compromete a vivir una vida “moralmente correcta”. Usar el escapulario quiere decir buscar de vivir en gracia, y vivir en gracia quiere decir ser partícipes de la vida y de los misterios del Hombre-Dios Jesucristo y de la vida y de los misterios de su Madre, la Madre de Dios, María Santísima, y esto es algo inmensamente más grande, profundo y misterioso, que simplemente querer ser más buenos. Quien usa el escapulario, comienza a vivir otro estado de vida, la vida de la gracia, que es algo superior a la vida natural, y como la moral depende del estado de la naturaleza[1], hay un compromiso a vivir una moral no natural, sino sobrenatural, pero antes de la moral, están los misterios sobrenaturales del Hombre-Dios Jesucristo, de quien depende esa moral, por eso, quien usa el escapulario, se compromete, antes que a vivir una moral sobrenatural, a vivir y contemplar los misterios sobrenaturales del Hombre-Dios Jesucristo. De otro modo, es decir, sin contemplar y vivir de los misterios de Cristo, usar el escapulario se vuelve una empresa imposible, porque quien usa el escapulario se compromete a una vida de santidad, que implica una moral sobrenatural, y vivir una moral sobrenatural sin la fuente de esa moral, que es el misterio de Cristo, se vuelve una empresa imposible y hasta absurda.

¿Qué es lo que implica, y qué es lo que no implica, el uso del escapulario de la Virgen del Carmen?

Usar el escapulario no quiere decir vivir una vida simplemente buena, sino una vida sobrenatural, la vida misma de Jesucristo, Dios Hijo, y la vida misma de la Virgen María, la Madre de Dios.

Usar el escapulario de la Virgen del Carmen no es “portarse bien”, sino ser santos, pero ser santos no es una frase vacía: es imitar a Cristo y a María, e imitar a Cristo y a María no es parecerse por fuera, sino vivir la vida misma de Cristo y de María por medio de la gracia sacramental, de manera que Cristo viva en nosotros y nosotros en Cristo, de manera que Cristo sea carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre y hueso de nuestros huesos; es participar de la cruz de Cristo y de los dolores de su Madre; es amar a los enemigos, como Cristo nos amó y nos perdonó desde la cruz, siendo nosotros sus enemigos; es perdonar a los enemigos, como María nos perdonó, siendo nosotros los que matábamos al Hijo de su Corazón; es obrar la misericordia, la caridad y la compasión, como Cristo y María en el Calvario fueron misericordiosos con nosotros, inmolándose en un único fuego de amor a Dios Padre; es ser pobre de espíritu, reconociendo que necesitamos de Dios Padre, de su Palabra y de su Amor; es ser humildes, como Cristo, que se humilló por nosotros, dejándose tratar como un pecador, siendo Dios Inmaculado; es tener hambre y sed de justicia por el Reino de Dios Uno y Trino; es ser pacífico, como Cristo Rey pacífico, que aún teniendo el poder de enviar fuego desde el cielo para aniquilar a sus enemigos, o de llamar a doce legiones de ángeles que los habrían aniquilado en un santiamén, extiende sin embargo sus brazos en la cruz, para abrazar, con el amor de Dios, a los hombres cegados por el odio y la rebelión.

Usar el escapulario entonces no quiere decir simplemente “portarse bien”, o “ser honrados”, o “ser buenos ciudadanos y buenos vecinos”: usar el escapulario significa vivir la existencia humana buscando en todo de imitar al Hombre-Dios Jesucristo, pero no con una imitación externa, extrínseca, sino por medio de la gracia, ya que solo por la gracia puede el alma ser una copia viva de Jesús en la tierra. Así se explica la promesa de María para quien use el escapulario: ¿cómo podría negarse la Virgen a llevar al cielo a quien lleve en su alma la imagen de su Hijo? Si alguien, usando el escapulario, busca vivir en gracia, y vivir en gracia quiere decir imitar a Jesús y ser una copia fiel de Jesús, y llevar impreso en el alma la imagen del Sagrado Corazón; ¿puede la Virgen dejar que alguien, llevando el escapulario por fuera, y la imagen de su Hijo dentro de su alma, se condene en el infierno? La Virgen María no salva del infierno y no saca del Purgatorio a un alma por el hecho de llevar puesto el escapulario: la Virgen María lleva al alma a la comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas –en esto consiste el cielo- cuando el alma, llevando exteriormente el escapulario, busca de configurar su alma con Cristo, busca de convertir su corazón de piedra en una copia del Corazón misericordioso del Salvador. Si al momento de morir, la Virgen descubre en el alma y en el corazón del que lleva su escapulario, una copia fiel de la imagen y del corazón de su Hijo, entonces sí la Virgen lo llevará al cielo, a la comunión de vida y amor con Dios Trino. Quien lleve el escapulario, al momento de la muerte, deberá mostrar a la Madre de Dios, la Virgen del Carmen, que con su fe y sus obras buscó de convertir su corazón en el Corazón de Cristo. Si al momento de la muerte el alma se presenta con un corazón que no es el de su Hijo, entonces la Virgen, aún cuando el alma lleve puesto su escapulario, no lo reconocerá como hijo suyo, porque no es igual a su Hijo Jesús, y entonces lo dejará caer en la oscuridad. No por usar el escapulario presentará la Virgen al alma a las Personas de la Trinidad, sino por poseer, el alma que usa el escapulario, la imagen de su Hijo Jesús, y la poseerá quien viva en gracia y de la gracia, lo que quiere decir vivir en Cristo y de Cristo.

Cuando la Virgen se le apareció a San Simón Stock, el santo la había invocado como “Estrella del mar”, y el sentido de la invocación es que, así como los marinos se guían por medio de las estrellas en la noche oscura, así los cristianos nos guiamos por María en la noche oscura de los tiempos. María es la Estrella del Mar, el Lucero radiante de la aurora, que señala el fin de la noche y el comienzo de la alegre eternidad en Cristo Jesús. Como Estrella de la mañana, como Lucero de la aurora, María del Carmelo obre en nosotros la promesa a San Simón Stock: que ilumine la noche de nuestros días, hasta la llegada del Día luminoso de la eternidad en Cristo.


[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas de la gracia divina, Editorial Desclée de Brower, Buenos Aires 1954, 477.