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miércoles, 17 de marzo de 2021

La Anunciación del Señor

 



         La Anunciación y la consecuente Encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad en el seno purísimo de María Virgen, es el acontecimiento más grandioso que jamás haya tenido lugar en la historia de la humanidad y no habrá otro acontecimiento más grandioso que este, hasta el final de los tiempos. La Encarnación del Verbo de Dios, por obra del Espíritu Santo y por voluntad expresa de Dios Padre, supera en majestad, infinitamente, a la majestuosa obra de la Creación del universo, tanto visible como invisible. No hay otro acontecimiento más grandioso que el hecho del ingreso, en el tiempo humano, de la Persona de Dios Hijo, que en cuanto Dios, es la eternidad en sí misma.

         Debido a su trascendencia, que supera infinitamente en majestad a la obra de la Creación, la Encarnación del Hijo de Dios divide a la historia humana en un antes y un después, no solo porque nada volverá a ser como antes de la Encarnación, sino porque la Encarnación hace que la historia de la humanidad –y de cada ser humano en particular- adquiera una nueva dirección: si antes de la Encarnación la historia humana tenía un sentido horizontal, por así decirlo, porque las puertas del cielo estaban cerradas para el hombre, a partir de la Encarnación de Dios Hijo esas puertas del cielo se abren para el hombre y por esto a la humanidad se le concede un nuevo horizonte y una nueva dirección, no ya horizontal, sino vertical, en el sentido de que ahora la humanidad, cada ser humano, tiene la posibilidad de ingresar en el Reino de Dios, el Reino de los cielos, ingreso que hasta Jesucristo estaba vedado, a causa del pecado original.

         La importancia del evento de la Encarnación está dada por dos elementos: por un lado, porque Quien ingresa en la historia humana no es un hombre santo, ni el profeta más grande de todos los tiempos, sino Dios Hijo en Persona, por quien los santos son santos y por cuyo Espíritu los profetas profetizan; por otro lado, la importancia está dada por la obra que llevará a cabo Dios Hijo encarnado, una obra que será mucho más grandiosa y majestuosa que la primera Creación, puesto que llevará a cabo una Nueva Creación y así Él lo dice en las Escrituras: “Yo hago nuevas todas las cosas”. Serán nuevos los hombres, porque por su gracia les será quitado el pecado y les será concedida la filiación divina adoptiva, por la que pasarán a ser hijos adoptivos de Dios y herederos del cielo; serán nuevas todas las cosas, porque al final de los tiempos desaparecerán estos cielos y esta tierra para dar lugar a “un nuevo cielo y una nueva tierra”; será nueva la vida del hombre, porque Dios Hijo encarnado derrotará definitivamente, de una vez y para siempre, en la Cruz del Calvario, a los tres grandes enemigos mortales de la humanidad, el Demonio, la Muerte y el Pecado; será nueva la forma de vivir del hombre, porque ya no se alimentará sólo de pan, sino ante todo del Pan de Vida eterna, la Sagrada Eucaristía y desde ahora saciará su sed no simplemente con agua, sino con el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre del Cordero y ya no comerá solo carne de animales que nutren su cuerpo, sino que su manjar será la Carne del Cordero de Dios, que alegrará su alma con la substancia divina del Hombre-Dios Jesucristo, todo esto por medio de la Santa Misa.

         Por todos estos motivos y muchos otros todavía, es que el evento de la Anunciación y la Encarnación del Verbo solo pueden ser agradecidas a la Trinidad con un único obsequio digno de la majestad divina trinitaria, el Pan Vivo bajado del cielo, la Eucaristía, por medio de María Inmaculada, la Esposa Mística del Cordero de Dios.

domingo, 27 de diciembre de 2020

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

 



(Ciclo B – 2021)

         Al inicio del año civil, la Iglesia coloca esta solemnidad de la Madre de Dios y podríamos preguntarnos si es por mera casualidad o si existe alguna intencionalidad en esta fecha. Ante todo, debemos decir que no es casualidad, es decir, la Iglesia quiere, explícitamente, que la Virgen Santísima sea venerada de modo particular y solemne en su advocación de “Madre de Dios”. La razón por la que la Iglesia quiere venerar a la Virgen como "Madre de Dios", la podemos encontrar en el hecho que da origen a su título de “Madre de Dios”, esto es, la Encarnación y el Nacimiento del Verbo de Dios, del Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad. Como dice Santo Tomás, una mujer se llama “madre” cuando da a luz una persona; en el caso de la Virgen, Ella da a luz a una persona, pero no a una persona humana, sino divina, a la Segunda Persona de la Trinidad, que se ha encarnado, es decir, ha unido a Sí, en el seno virgen de María, por obra del Espíritu Santo, a la humanidad santísima de Jesús de Nazareth. Entonces, por haber dado a luz a una Persona Divina, la Persona del Hijo de Dios, la Sabiduría divina encarnada, es que la Virgen es llamada “Madre de Dios”.

         Ésta es la razón de su título de “Madre de Dios” y el porqué de la Iglesia de querer que se honre a la Virgen con este título. La otra pregunta que surge es acerca del motivo por el cual la Santa Madre Iglesia coloca su solemnidad de Madre de Dios al inicio del año civil. La respuesta está también, como dijimos anteriormente, en su condición de ser “Madre de Dios”: su Hijo, el Verbo de Dios es, en cuanto Dios, la Eternidad en Sí misma y así es el Creador –junto con el Padre y el Espíritu Santo- de todo lo visible e invisible, es decir, de todo el universo corpóreo y también del universo invisible, el mundo de los espíritus angélicos. Al ser Dios Eterno, por su Encarnación, por su ingreso en el seno virgen de María Santísima, ingresa este Verbo de Dios en el tiempo y en la historia humanos y con Él ingresa –puesto que Él es la Eternidad en Sí misma, como dijimos-, la eternidad de Dios en el tiempo de los hombres. Esto tiene una importancia capital para la historia de la humanidad, puesto que la divide en un antes y en un después de la Encarnación del Verbo: antes de la Encarnación del Verbo, el tiempo y la historia humanas discurrían, por así decirlo, de modo horizontal; luego de la Encarnación del Verbo, el tiempo y la historia humanas se dirigen, en sentido vertical, hacia la eternidad de Dios. En otras palabras, por la Encarnación del Verbo, toda la historia de la humanidad –y por lo tanto, la historia personal de cada persona humana- adquiere un nuevo sentido, una nueva dirección y es el sentido y la dirección de la eternidad divina. Dios, que es Eterno y que es el Creador del tiempo, ingresa en el tiempo humano para impregnar al tiempo y a la historia humana de eternidad y para darle un nuevo sentido a este tiempo y a esta historia humana, que es el de encontrarse, al fin de los tiempos, en el Último Día, con la Eternidad de Dios. Si antes de la Encarnación del Verbo la historia humana discurría horizontalmente, sin tener relación directa con Dios, ahora, con la Encarnación del Verbo, con el ingreso de la Eternidad divina en la historia, el tiempo humano toma una nueva dirección, no ya horizontal, sino vertical, estando destinada desde entonces a alcanzar su vértice en la unión con la Eternidad divina en el Último Día de la historia humana, el Día del Juicio Final, el Día en el que la historia y el tiempo humanos desaparecerán para dar inicio a la sola Eternidad divina.

         Esto, que parecen sólo disquisiciones teóricas, tiene un efecto directo en la vida personal de cada ser humano: si la historia humana adquiere un nuevo sentido, el sentido de la eternidad divina, entonces la historia y el tiempo personal de cada ser humano también adquiere el mismo sentido, esto es, la unión con la eternidad divina. Es decir, antes de la Encarnación del Verbo, la historia y el tiempo de cada ser humano discurrían de modo horizontal y desembocaban, al final de la vida, inevitablemente, en la eterna perdición; por la Encarnación del Verbo y por los méritos de su Sacrificio en la Cruz, ahora, cada ser humano se dirige, inevitablemente, lo crea o no lo crea, hacia el encuentro con la Eternidad divina, encuentro que se producirá indefectiblemente al final de sus días terrenos, es decir, en el momento de la muerte, por lo que la muerte es sólo el umbral que lo separa de la Eternidad. Otra consecuencia que tiene el ingreso del Verbo en la historia humana es que cada fracción de su tiempo personal –medido en segundos, horas, días, meses, años-, está, por un lado, impregnado de eternidad y por otro, tiene un nuevo sentido, que es la eternidad, lo cual significa que una pequeña obra de misericordia –obra realizada en Cristo y en estado de gracia-, como el dar de beber un vaso de agua a un prójimo sediento, tiene un premio eterno -"No quedará sin recompensa quien dé a beber un vaso de agua fría a uno de estos pequeños" (Mt 10, 42)-, como así también una mala obra –realizada en pecado y en contra de Cristo- tiene un castigo eterno. El significado entonces de la Encarnación del Verbo es que convierte, a nuestra vida toda, dándole un destino de eternidad y a cada acto nuestro, un valor de eternidad, sea bueno o sea malo.

         En definitiva, que la Santa Madre Iglesia coloque a la solemnidad de la Madre de Dios al inicio del año civil, tiene el sentido no sólo de que pongamos en sus manos maternales el año nuevo que inicia, sino que tomemos conciencia de que nuestra vida toda y cada uno de nuestros actos libres personales, tienen un destino de eternidad. Que esa eternidad sea en el dolor o en el gozo, depende de nuestro libre albedrío. Para que nuestra eternidad sea en el gozo de Dios Trinidad, encomendemos el año que inicia, a las manos y el Corazón maternal de la Madre de Dios, para que todos nuestros actos realizados en este nuevo tiempo estén dirigidos a su Hijo Jesús, que es la Eternidad en Sí misma.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios



(Ciclo A – 2017)

         ¿Por qué razón la Iglesia, con su sabiduría celestial, coloca una de las solemnidades más importantes en el mismo inicio del año civil? ¿Es una coincidencia?
         No, no es una coincidencia; es una solemnidad colocada exprofeso al inicio del año civil, y por una razón muy especial. Para conocer esta razón, debemos profundizar en aquello que celebramos en la solemnidad, y es en la condición de María Virgen como Madre de Dios. Que María sea “Madre de Dios” significa que es, verdaderamente, la Madre de Dios Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, porque aunque el Verbo de Dios procede eternamente del Padre, al venir a nuestro mundo lo hizo por medio de la Encarnación, es decir, asumiendo un cuerpo y un alma humanos y nació de María Virgen, constituyéndose la Virgen, en el mismo momento del Nacimiento, en la Madre de Dios, porque enseña Santo Tomás que se llama “madre” a quien da a luz a una persona, y en este caso, la Virgen dio a luz en el tiempo al Dios Eterno, la Persona Segunda de la Santísima Trinidad. En otras palabras, si bien Jesús es Dios Eterno y, en cuanto tal, es desde siempre, al venir a este mundo, lo hizo a través de María Santísima, luego de asumir nuestra naturaleza humana, y como es la Segunda Persona de la Trinidad, al nacer como un Niño y al dar a luz María a una Persona, se convirtió así la Virgen, sin dejar de ser Virgen, en la Madre del Dios Eterno, Cristo Jesús.
         Es necesario hacer esta digresión para comprender el porqué de tan grande solemnidad al inicio del año civil: Jesús, el Niño Dios, de quien María es Madre, es Eterno, es su misma eternidad, y al entrar en el tiempo terreno, humano, es decir, al entrar en la historia de la humanidad, todo el tiempo y toda la historia humana –el tiempo y la historia de cada hombre en particular- queda “impregnado”, por así decir, de esta eternidad, de manera tal que el rumbo de la historia humana, luego de la Encarnación del Verbo Eterno de Dios, es esencialmente distinto al rumbo previo a la Encarnación: antes de la Encarnación, el hombre –y lo que le pertenece, el tiempo-, estaba fuera de la eternidad de Dios; luego de la Encarnación, y al asumir el Dios Eterno el tiempo humano, toda la historia humana y la historia personal de cada hombre, adquiere un nuevo rumbo, un nuevo horizonte, un nuevo destino, que antes no lo tenía, y es la eternidad divina.
          Esto quiere decir que, con su Encarnación, Dios Hijo ha santificado nuestra naturaleza humana –menos el pecado- y ha santificado por lo tanto el tiempo humano, haciéndolo partícipe de su eternidad. Desde la Encarnación, todo segundo, todo minuto, toda hora, todo día, todo mes, todo año y todos los años del hombre, de cada hombre, adquieren un nuevo sentido, y es el de dirigirse a la eternidad divina o, mejor, a Dios, que es su misma eternidad.
         Si antes de la Encarnación, cada segundo vivido en esta tierra era un segundo que nos apartaba más de Dios, luego de la Encarnación, cada segundo, si es vivido en la gracia de Dios, es un segundo que nos acerca a la eternidad, a Dios, que es la eternidad en sí misma.
         Y esta es entonces la razón por la cual la Iglesia coloca a esta gran solemnidad de la Madre de Dios al inicio del Año Nuevo civil o secular: para que Ella, por quien vino a nuestro mundo y a nuestro tiempo el Dios Eterno, Cristo Jesús, custodie, bendiga y proteja con su amor maternal y celestial, cada segundo del año que se inicia, para que sea un año vivido, en cada segundo, en cada minuto, en cada hora, en cada día, en gracia y de cara a la eternidad, al encuentro del Dios Eterno, Cristo Jesús, que nos espera al final de nuestro paso por la tierra.

Al iniciar el primer segundo de este nuevo año, consagremos nuestra vida y nuestro tiempo a la Madre de Dios, de manera que sea un verdadero Año Feliz, pero no con la felicidad mundana, sino con la felicidad de saber que, más allá del tiempo, nos espera su Hijo, Cristo Jesús, en la eternidad. La Iglesia coloca esta solemnidad al inicio del año nuevo para que consagremos a María todo el año, para que Ella de cada segundo, para mayor gloria de Dios.

miércoles, 6 de enero de 2016

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios



(Ciclo C - TN – 2015)


         ¿Por qué la Iglesia pone, en el primer día del Año Nuevo, la Solemnidad de "Santa María Madre de Dios"? Para poder responder a esta pregunta y comprender un poco más la razón del porqué, tenemos que considerar que, como Virgen y Madre de Dios, María Santísima lleva en sí misma, por la Encarnación obrada por el Espíritu Santo, a Dios Hijo, el cual, en cuanto Dios, es “su misma eternidad”, además de ser el Creador del tiempo, por cuanto es el Creador del ser participado de las creaturas que viven en el tiempo. Entonces, la Iglesia coloca, al inicio del Año Nuevo civil, una de las solemnidades más importantes, la de “María, la Madre de Dios”, para que dirijamos nuestra mirada interior hacia María Santísima y, contemplando los misterios inefables de su maternidad divina por los cuales lleva consigo al Verbo Eterno de Dios, consagremos a su Inmaculado Corazón el año que inicia. Esto quiere decir que el fruto del seno virginal de María porta en sus manos tanto el destino de toda la humanidad, como la de cada uno en particular, puesto que es Dios eterno. En sus manos, las manos del Niño Dios llevado por María y dado a luz milagrosamente en Belén; en las manos ensangrentadas y perforadas por los clavos en la cruz, están nuestro ser, nuestra vida, nuestra eternidad porque Él es el destino final y eterno al cual estamos llamados. Por lo tanto, al elevar nuestro pensamiento a la Madre de Dios, lo estamos haciendo al mismo tiempo al Verbo de Dios custodiado por la Virgen en su seno materno y al hacerlo, elevamos hacia ambos nuestro pensamiento y nuestro corazón para suplicarles que se apiaden de nosotros y del mundo entero, de nuestra fragilidad y de nuestra pequeñez. Y en la Solemnidad, en la que recordamos y veneramos su condición ilustrísima de ser la Madre de Dios, le pedimos a la Virgen que bendiga el tiempo nuevo que iniciamos, para que los días que nos queden en la tierra, los vivamos encendidos en el Divino Amor; a Jesús le pedimos que, siendo Él el Dios eterno al cual estamos llamados, dirija nuestros pasos hacia el encuentro con Él, que es la Feliz Eternidad.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios




         ¿Por qué la Iglesia inicia el año civil con la solemnidad de Santa María, Madre de Dios? ¿Hay alguna relación entre el tiempo cotidiano –el medido por segundos, minutos, horas- de nuestra existencia terrena, con la Virgen? ¿O se trata de una  mera coincidencia ?
La respuesta es que la Iglesia no coloca esta solemnidad de Santa María, Madre de Dios, al inicio del año civil, por casualidad, sino que lo hace con la intención de que meditemos acerca de la relación que hay entre nuestro tiempo humano, caracterizado por el correr de los minutos, las horas y los días, y señalado por el calendario civil, con el fruto de sus entrañas, Cristo Jesús. Hay una estrechísima relación entre el año civil que iniciamos cada 1º de enero, con todas sus vicisitudes que le acompañan, y el fruto virginal del seno de María Santísima, Nuestro Señor Jesucristo, porque Jesucristo es Dios eterno, es la eternidad en sí misma, es “su misma eternidad”, como dice Santo Tomás de Aquino, y como tal, es el Creador del tiempo, el Dueño y el Señor del tiempo, de todo tiempo humano, del tiempo de cada hombre y del tiempo de toda la humanidad, y es por esto que llamamos a Jesucristo "Señor de la historia" en la oración por la Patria: "Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos...". En cuanto Dios eterno nacido en el tiempo, Jesucristo es el Señor del tiempo, es el que dio inicio al tiempo y es el que dará fin al tiempo, en el Día del Juicio Final, para dar comienzo a la eternidad. Él es “el alfa y el omega, el principio y el fin” (Ap 22, 13) de todo tiempo, y al encarnarse en el tiempo en el seno de María Virgen, para luego nacer en Nochebuena, lo que hizo fue hacer partícipe, al tiempo y a la historia humana, de su propia eternidad; al encarnarse y nacer en el tiempo de la historia humana, Jesús, Dios eterno, dio al tiempo y a la historia del hombre un nuevo sentido, una nueva dirección, encaminándolo hacia la eternidad. Al encarnarse y nacer y vivir durante treinta y tres años, Jesús, Dios eterno, impregnó el tiempo humano de su misma eternidad, haciendo que toda la historia humana quede centrada en Él, que es la eternidad en sí misma. A partir de Cristo, toda la historia humana y todo hombre con su tiempo de vida personal, tienen como centro a Jesucristo, y hacia Él tienden, lo quieran o no lo quieran, y tengan fe en Él o no tengan fe en Él, porque Él es, en cuanto Dios eterno encarnado, el centro absoluto de la historia humana y de cada hombre.
         Esto significa que cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día, cada mes, cada año, de la vida personal del cristiano le pertenece y es propiedad de Jesucristo, porque el tiempo personal de cada ser humano está permeado por la eternidad de Jesucristo, por lo que toda vida humana adquiere sentido y llega a su plenitud si se dirige a la feliz unión con Él, por medio de la fe, del amor y de la gracia sacramental. Quien libre y voluntariamente orienta su vida y su tiempo de vida en la tierra al Hombre-Dios Jesucristo, se encamina a su feliz eternidad, porque el designio de Dios en la Encarnación de su Verbo, es que todo hombre, uniéndose a Cristo en el tiempo, por la gracia, por la fe y por el amor, alcance la eternidad en el Reino de los cielos.
         Por el contrario, quien voluntaria y libremente decide vivir egoístamente su tiempo sin Dios, apartado de Cristo y de su gracia, frustra los planes divinos para su vida y se encamina hacia la eterna infelicidad.
         La Iglesia nos invita a meditar la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, al inicio del año civil no por casualidad sino para que, consagrando a Ella nuestra vida terrena, con todo su tiempo pasado, presente y futuro, nos unamos ya en el tiempo a su Hijo Jesús, como anticipo de la unión en la gloria que por la Misericordia Divina esperamos gozar, por la eternidad, en el Reino de los cielos.

jueves, 8 de marzo de 2012

María, modelo de mujer



El pontificado de Juan Pablo II tiene muchas características a destacar; una de ellas, tal vez una de las que más sobresale entre todas, es su devoción a la Virgen María. Esto se ve, por ejemplo, en las prédicas de Juan Pablo II a los jóvenes, en sus homilías, en sus documentos oficiales, en las visitas a numerosos santuarios marianos. Es decir, durante todo su pontificado, es constante la referencia a María. De hecho, el lema de Juan Pablo II está dirigido a María: “Soy todo tuyo” (Totus tuus). ¿Qué es lo que demuestra esto? Esto demuestra que Juan Pablo II toma como modelo de mujer a María.
Juan Pablo II toma como modelo de mujer a la Virgen María, pero también el mundo pone como modelo a una mujer; un modelo que se opone casi frontalmente a María.
En este modelo que propone el mundo, el papel de la mujer está desvalorizado, o sino, valorizado, pero fuera de su contexto, ya que se pretende que la mujer realice todo tipo de trabajos fuera de casa, que alcance un logro profesional, una carrera, un reconocimiento en la sociedad (por ejemplo, hoy no es raro ver mujeres astronautas, mujeres generales de ejército, mujeres soldados, mujeres taxistas, futbolistas, rugbistas, es decir, ocupando lugares que eran tradicionalmente reservados al hombre), pero que abandone o postergue o considere de poca importancia su papel de madre, de esposa, de educadora de sus hijos. El Papa Juan Pablo II, paradójicamente, nos pone como modelo insuperable a seguir y a imitar, a una mujer hebrea, que nació y vivió en un lugar desconocido de Palestina; una mujer a la cual los evangelios nombran muy poco, casi nada; a una mujer de una cultura y de un tiempo en el que la mujer estaba mucho más relegada que hoy en día; una mujer que, vista con los ojos de hoy, sería una desconocida, alejada de la fama, del bienestar, de la riqueza y del poder; una mujer ama de casa, madre, sin empleo fijo, dedicada a su familia, lejos de los centros de poder y de reconocimiento del mundo.
En la era de la reivindicación de los derechos de la mujer, Juan Pablo II consagró su pontificado a una mujer de raza hebrea, cuya tarea más grande y única fue la de educar a su único Hijo, y cuya única ocupación fue la de ser ama de casa, la Virgen María; además, dijo públicamente que fue una mujer, la Madre de Dios, quien lo salvó de la muerte, cuando dispararon contra él en la Plaza San Pedro, con lo cual proclama, implícitamente, la superioridad de esta Mujer sobre las oscuras fuerzas del mal que planearon el atentado. 
En la era de la reivindicación de la mujer, Juan Pablo II reconoce públicamente que es una mujer, la Virgen María, la poseedora de una grandeza, nobleza, majestad y poder celestial de tal magnitud, que guía a su pontificado -uno de los más brillantes de la historia- y salva su vida, y al hacer este reconocimiento, Juan Pablo II -y con él, la Iglesia-, propone, implícita y explícitamente, a María Santísima como modelo de mujer. 
Es decir, pareciera como que Juan Pablo II –y con él, toda la Iglesia de todos los tiempos-, nos está proponiendo como modelo a un modelo o tipo de mujer que no encaja en nuestros tiempos, que ha sido superada por los modelos de mujer de los tiempos de hoy.
Dos modelos de mujer, contrapuestos entre sí, uno, ofrecido por el mundo, otro, por el Papa y por la Iglesia.
¿Quién tiene razón? ¿El mundo, que nos propone un modelo de mujer totalmente distinto, que no cumple las funciones de madre, de esposa, de consagrada? ¿O el Santo Padre y la Iglesia, que nos proponen como modelo a una mujer hebrea, modelo ejemplar de Madre virgen, de Esposa casta, de amor a su Hijo y a sus hijos adoptivos, a su esposo terreno, que es como su hermano, a su Dios, que es a la vez su Creador, su Esposo, su Hijo y su Redentor, con un poder tan grande como para salvar vidas y guiar la Iglesia hacia su destino de eternidad?

miércoles, 18 de enero de 2012

Los misterios de la Virgen María (II)



La Virgen María vive, en los cielos y por la eternidad, en un estado de continua, perpetua, perfectísima alegría, una alegría que comenzó en el día de su Concepción Inmaculada, pero que se hizo más viva y presente en el momento de la Anunciación. El saludo del ángel Gabriel a María Santísima supuso para Ella el comienzo de una alegría celestial, que no habría de terminar nunca más, ni en el tiempo de su vida terrena, ni por supuesto en la eternidad, en donde goza para siempre, por siglos infinitos, de esa alegría.
Al saludarla, el ángel utiliza una expresión usada en esos días, que traducida del griego “jaire”, significa “alégrate”, o “alegría a ti”, y si bien, como sucede con las palabras de uso cotidiano frecuente, había perdido la fuerza de su expresión, quedando reducida al equivalente del nuestro “buenos días”[1], en el saludo del ángel Gabriel a María no solo recobra todo su sentido primigenio, sino que adquiere una fuerza y un sentido que antes no tenía.
Cuando el ángel saluda a María utilizando la expresión “alégrate”, no está usando una expresión rutinaria, por más cortés que pueda ser: en el saludo está contenida la causa de la alegría que anuncia, porque la causa de la alegría de la Virgen, es el haber sido elegido por Dios Uno y Trino, por su Pureza Inmaculada y por su condición de Llena de Gracia, para ser Madre de Dios. El anuncio del ángel agrega entonces otro misterio celestial al misterio de María Inmaculada, y es que su alegría no tendrá fin, ni en esta vida ni en la otra, porque ha sido elegida para alojar en sí misma a la Palabra de Dios, que luego se donará como Pan de Vida eterna.
Pero el misterio de María no se agota nunca en María, como tampoco se agotan su amor y su bondad por los hombres, sus hijos adoptivos, adquiridos por Ella al pie de la Cruz. El amor y la bondad de María hacen que Ella quiera comunicar de su misma alegría a sus hijos, y lo hará por medio de la Iglesia, de quien María es Madre y Modelo.
A través de la Iglesia nosotros, que vivimos en el tiempo, en este “valle de lágrimas”, somos hechos partícipes de la misma alegría de la Virgen María, porque también nosotros recibimos el mismo saludo que recibió María: “Alégrate”, le dice el ángel a la Virgen, “porque has sido elegida por el Altísimo para concebir al Pan de Vida eterna”. “Alégrate”, nos dice la Iglesia, “porque has sido elegido por Dios para recibir en tu corazón al Pan de Vida eterna, Jesús Eucaristía”.


[1] Cfr. Deiss, Lucien, María, hija de Sión, Ediciones Cristiandad, Madrid 1964, 94ss.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

La Inmaculada Concepción de María y nuestro destino de eternidad



Dios creó a la Virgen Toda Hermosa, con una hermosura superior a la de todos los ángeles y santos juntos, y la creó también con un poder mayor al de todos los ángeles y santos juntos. Que la Virgen tenga más poder que los ángeles y los santos, se ve en sus imágenes, en donde aplasta, con su delicado piececito, la cabeza del demonio. Para el demonio, el delicado pie de la Virgen pesa más que millones de toneladas, y eso porque la Virgen lo aplasta con el poder de Dios. Además, el demonio, y todo el infierno junto, le tienen terror a la Virgen: basta con nombrarla, para que huyan.

Dios crea a la Virgen Toda Hermosa, Purísima, y Llena del Espíritu Santo. Entonces nos preguntamos: ¿por qué Dios crea a María Inmaculada y Llena de gracia? La respuesta está en su Hijo Jesús.

La razón por la cual Dios crea una criatura inmaculada, sin mancha de pecado original, es decir, sin sombra alguna de malicia o de rebelión a Dios, y además Llena de Gracia, es decir, inhabitada por el Espíritu Santo, es para que esta criatura, la Virgen María, sea la Madre del Cordero Inmaculado y Fuente Increada de toda gracia, Jesucristo.

En otras palabras, Dios crea a María Inmaculada y Llena de gracia para que de Ella nazca el Hombre-Dios, Inmaculado y Autor de toda gracia.

Siendo Jesús Dios verdadero, y por lo tanto, Tres veces Santo, no podía nacer en un seno contaminado con el pecado, y por eso Dios crea a María Inmaculada; siendo Jesús el Amor Puro y santo de la divinidad, no podía nacer en un seno que no fuera amor puro y santo, y por eso Dios crea a María, Madre del Amor hermoso; siendo Jesús Dios Hijo, el Amor Espirante en Persona, que junto al Padre espira al Amor Espirado, el Espíritu Santo, no podía nacer en un seno que no estuviera inhabitado por el mismo Espíritu Santo, y por eso Dios crea a María, Llena del Espíritu Santo.

Dios crea a María Inmaculada y Llena del Espíritu Santo porque de Ella habría de salir el Cordero Inmaculado Dador del Espíritu Santo, para perdonar los pecados de los hombres muriendo en cruz, y llevarlos a la eternidad feliz en los cielos.

Dios crea a María sin mancha de pecado original para que Cristo se encarne, muera en cruz y nos done su Espíritu luego de resucitado, para que siendo hijos de Dios, seamos destinados a vivir otra vida, la vida de la gracia en esta vida terrena y temporal, y la vida de la bienaventuranza en la otra vida, la vida que empieza después de la muerte, la vida eterna.

Que la celebración de María Inmaculada y Llena de gracia no quede para nosotros, cristianos, en un mero recuerdo piadoso; que no sea vivido por los hijos de Dios como un día feriado vivido en la mundanidad, como si estuviéramos destinados a este mundo y como si este mundo no fuera a terminar alguna vez; que al recordar a María, concebida sin mancha de pecado original, inhabitada por el Espíritu Santo, consideremos y meditemos que cuando Dios Trinidad decidió, en su eternidad de eternidades, concebir a María como Inmaculada, lo hizo pensando en todos y cada uno de nosotros, como destinados a la eterna bienaventuranza.

María fue concebida sin mancha de pecado original para que Cristo pudiera encarnarse y concedernos la vida eterna, vida que recibimos en germen en la Eucaristía.

Que el recuerdo de Nuestra Madre del cielo nos lleve a pensar que también nosotros, por la gracia, estamos llamados en esta vida a ser inmaculados y llenos del Espíritu Santo, como anticipo de la vida eterna, nuestro destino final.

No estamos llamados a una vida terrenal, material, temporal; esta vida se termina, y nos espera la eternidad, y el modo de prepararnos para esa eternidad, que no sabemos cuándo habrá de llegar, es imitando a María Inmaculada y Llena de gracia, y el modo de imitarla no es solo evitando el pecado, sino ante todo viviendo en gracia, viviendo como hijos de Dios, inmaculados y llenos del Espíritu Santo, y para conseguir esto, lo mejor es consagrarnos a su Corazón Inmaculado.

Esa condición, el ser inmaculados y llenos del Espíritu Santo, la adquirimos cuando, con el corazón contrito y humillado, acudimos a la confesión sacramental.

Es en la confesión sacramental en donde nos preparamos para la vida eterna, y es en la consagración e imitación de la Virgen en donde comenzamos ya a vivir, de modo anticipado, nuestro destino de eternidad.

Por la confesión sacramental y por la Consagración a la Virgen convertimos nuestro cuerpo en templo y morada del Espíritu Santo y nuestro corazón en Sagrario de Jesús Eucaristía.

De esta manera se hace realidad para nosotros lo que nos dice San Pablo: "El cuerpo es templo del Espíritu Santo", por lo que debemos cuidar para no solo no profanarlo con impurezas, enojos, rencores, envidias, sino para mantenerlo siempre y cada vez más perfumado e iluminado por la gracia.

El cuerpo y el corazón, así consagrados a la Virgen, iluminados por la gracia, son como una flor fresca y perfumada: así como esta necesita del agua para vivir, así el alma necesita del agua vivificante de la gracia para no morir, y así como la flor se vuelve mustia y seca, perdiendo su perfume, su luz, su belleza, cuando se la deja sin agua y se la expone al calor del sol, así el alma pierde su encanto, su belleza, dada por la gracia, cuando la tentación es consentida, es decir, cuando se comete un pecado.

El mundo buscará de tentarnos para que profanemos el cuerpo, templo del Espíritu Santo, y el corazón, sagrario de Jesús Eucaristía. Para que eso no suceda nunca, es que nos consagramos a la Virgen María.

sábado, 1 de enero de 2011

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios


En medio del tiempo de Navidad, y al inicio de un nuevo año en el calendario civil, la Iglesia celebra la Solemnidad de Santa María Madre de Dios. Puesto que la Navidad es también el inicio de un nuevo año, desde el punto de vista litúrgico, nos preguntamos si el colocar la solemnidad de la Madre de Dios al inicio del año civil, es una coincidencia, o si hay algún otro motivo por el cual la Iglesia celebra a la Madre de Dios justo cuando los hombres dejan atrás un año y comienzan otro.

¿Hay algo que la Iglesia nos quiere decir, al colocar, al inicio del Año nuevo, la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, es decir, al unir el comienzo de un nuevo año temporal o terreno con un nuevo año religioso?

Podría ser que sea sólo una coincidencia: ambos están juntos y ambos, coincidentemente, se refieran a inicios o comienzos: comienzo de un año y de un tiempo nuevo en el calendario humano y, al mismo tiempo, comienzo de un tiempo litúrgico nuevo en la Iglesia.

Y si es una coincidencia, entonces la relación entre el “tiempo nuevo” de la sociedad civil, el año nuevo, con el “tiempo nuevo” de la Iglesia, la Solemnidad de la Madre de Dios, es un mero “comenzar juntos”, puesto que la diferencia entre uno y otro es que en uno, es el comienzo de un tiempo profano, y el otro, es el comienzo de un tiempo religioso.

Pero no se trata de un mero “comenzar juntos”, el nuevo año civil con el nuevo año religioso; no se trata de que simplemente uno y otro indican nuevos comienzos, en el plano de lo profano, y en el plano de lo religioso.

La Iglesia quiere darnos un mensaje, y un mensaje sobrenatural, celestial: nos quiere hacer ver que nuestro tiempo, desde la Encarnación del Hijo de Dios, es un tiempo que está penetrado e informado por la eternidad de Dios, al punto tal que todo el tiempo humano, toda la historia de la humanidad, y todo tiempo personal de cada persona humana, se dirige a la eternidad.

El tiempo nuevo que indica la Solemnidad de la Madre de Dios es un tiempo radicalmente distinto al tiempo nuevo del año nuevo de la sociedad civil, porque es un tiempo dominado por la eternidad divina, y como tal, informa, penetra y asume el tiempo del año nuevo civil, para conducirlo a la eternidad de Dios.

El año nuevo de la sociedad civil indica solo un sucederse lineal del tiempo, una sucesión rectilínea sin fin: es uno más entre otros. Por el contrario, el tiempo nuevo de la Iglesia, indicado en la Solemnidad de la Madre de Dios, es un tiempo que tiene una dirección vertical: está penetrado e informado por la eternidad de Dios; por el ingreso del Verbo eterno en el seno virgen de María, ingresa la eternidad en el tiempo y en la historia humanas, y a partir de ese momento, el tiempo humano cambia porque comienza a participar de la eternidad misma de Dios Trino. Comienza el tiempo humano a tener una dirección vertical: el cielo, la eternidad.

Por la encarnación del Hijo de Dios, encarnación que convierte a la Virgen María en la Madre de Dios, el tiempo humano adquiere una nueva dimensión, una nueva perspectiva: se orienta y se dirige a la eternidad. Es por eso que desde el momento en que María se convierte en Madre de Dios por la encarnación del Verbo, desde el momento en que el Verbo ingresa en el tiempo, cada segundo, cada minuto, cada hora de cada existencia humana, de toda existencia humana, aún de aquella considerada inútil para la sociedad materialista y consumista, adquiere un significado nuevo, toma una trascendencia que antes no tenía: un destino de eternidad. El instante en que María Virgen comienza a ser Madre de Dios, por la encarnación del Verbo, señala el inicio de un tiempo nuevo para la humanidad, señala el comienzo de una Nueva Era, la era y el tiempo de los hijos de Dios, llamados a vivir en el tiempo pero destinados a vivir en la eternidad de Dios al fin del tiempo.

Así como por María vino al mundo el Hijo Eterno del Padre, así los hijos adoptivos de Dios, que vivimos en el tiempo, somos conducidos a la eternidad de Dios Padre por Cristo, y quien nos lleva a Cristo es María. Esto quiere decir que María es quien guía nuestro tiempo hacia la eternidad, porque Ella guía nuestros días hacia su Hijo Jesús, que es Dios eterno.

La Virgen, como Madre de Dios, como Madre de la Palabra eterna del Padre, guía nuestro tiempo hacia la eternidad, hacia su Hijo Jesús, que es la eternidad misma, y porque guía nuestro tiempo hacia su Hijo Jesús, es que su figura y su Presencia se ubican al inicio del año civil, al inicio de un nuevo tiempo de nuestras vidas, para que su imagen maternal, y su Presencia como Madre de Dios y Madre nuestra, esté desde el inicio del nuevo tiempo, acompañando todo el año que comienza, para que todo el tiempo, toda la unidad de tiempo que es el año, así como todo el tiempo que dure nuestra vida en la tierra, estén bajo el amoroso manto protector de la Madre de Dios y Madre nuestra.

El motivo entonces por el cual María Madre de Dios está al inicio del año civil, es para que nuestro tiempo sea todo de Cristo Dios, para Cristo Dios, en Cristo Dios; Ella está al inicio del año para que proteger nuestras vidas y llevarlas a su Hijo Jesucristo.

La majestuosa Presencia de la Madre de Dios se encuentra al inicio del año civil, al inicio del nuevo tiempo que se inicia, para que sea Ella quien cubra con su manto amoroso y maternal todos los días del Año Nuevo, para que todo el Año Nuevo sea un Año vivido en Cristo, por Cristo, para Cristo.

Es por esto que la Solemnidad de María, Madre de Dios, recuerda a cada alma el momento en que el tiempo humano comenzó a participar de la eternidad de Dios Trino, pero no solo lo recuerda, sino que le actualiza el destino mismo de trascendencia eterna, al hacer Presente sobre el altar a Jesús de Nazareth, Hombre-Dios, Dios eterno en Persona.

Celebramos y festejamos el año nuevo civil, pero la celebración y el festejo no adquieren su sentido último y pleno si no tenemos en cuenta el Año Nuevo, el Tiempo Nuevo, la Nueva Era que nos indica la Solemnidad de la Madre de Dios: nuestro tiempo humano tiene destino de eternidad: desemboca en la eternidad por la encarnación del Verbo y de ahí que cada acto nuestro libre y toda nuestra existencia personal, adquiera dimensiones de eternidad.

Al comienzo del año civil, se suelen pedir por cosas buenas pero pasajeras; como hijos de Dios, debemos elevar nuestras miradas a Dios crucificado y pedir a la Madre de Dios algo mucho más importante que la salud, el trabajo, o la armonía social: debemos pedir que nuestros actos y toda nuestra existencia, se orienten a la feliz eternidad de Dios Trino, obrando la misericordia.

Y la Madre de Dios, como anticipándose a nuestro pedido de una feliz eternidad, nos concede, en anticipo, a la feliz eternidad en Persona: su Hijo Jesús en la Eucaristía.

miércoles, 14 de abril de 2010

A través de la pequeñez de María, Dios salva al mundo


Al contemplar a María en su niñez, ¿alguien podría haberse imaginado, al verla en la inocencia de sus juegos infantiles, que esa Niña era la Mujer del Apocalipsis, revestida de sol, resplandeciente en los cielos, Señora del universo y Reina de los Ángeles de Dios? ¿Alguien habría podido entrever que esa graciosa Niña era la Mujer del Génesis que aplasta la cabeza de la serpiente del infierno?
¿Quién hubiera podido pensar, al contemplar a María, que esa pequeña mujer hebrea era la causa y el origen de una nueva raza humana? Aún si se lo hubieran contado, nadie habría dado por cierto que de esa frágil mujer dependía el destino de toda la humanidad, y que era a la vez el inicio de una nueva humanidad, la humanidad de los hijos de Dios.
Al ver pasar a María, ocupada en sus humildes tareas cotidianas de toda mujer hebrea de la época –preparar la comida, limpiar la casa, acarrear agua, cuidar la huerta-, ¿quién podría haber afirmado que esa delicada mujer era el umbral entre el tiempo humano y la eternidad de Dios, umbral que en el tiempo terminaría dando paso a la Eternidad misma, al encarnarse el Eterno Dios en su seno?
Viendo a María ya encinta por obra del Espíritu, huir con San José a lomo de burro, de sus asesinos, que querían eliminar de la tierra al Verbo de Dios que llevaba en sus entrañas; viéndola en toda la fragilidad y debilidad de la huida al exilio, del escape forzoso a un lugar más seguro; viéndola cómo debe emprender la partida porque sus enemigos son poderosos, están armados con espadas afiladas de acero y hierro, mientras que Ella es una débil Mujer embarazada, sin más protección visible que su esposo adoptivo, ¿podría alguien creer que esa frágil mujer embarazada que huye de un ejército de asesinos, era la Madre de Dios, ante cuyo solo nombre el infierno entero tiembla de espanto?
¿Quién hubiera podido pensar que esa pobre mujer que da a luz virginalmente a un niño, en una fría noche, en un establo, ignorada por todos los hombres, era la causa de la salvación, de la vida nueva en Dios, y de la alegría de toda la humanidad, porque lo que daba a luz era a Dios Hijo en Persona, el Salvador, la Alegría de Dios, revestido de Niño humano?
¿Quién iba a pensar que esa frágil mujer hebrea, que alimentaba a su Hijo recién nacido, iba a alimentar a la humanidad entera con el Pan de Vida, el cuerpo de su Hijo resucitado, la Eucaristía?
Los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos, y por lo débil y lo frágil, Dios muestra su Omnipotencia.