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viernes, 7 de octubre de 2016

Nuestra Señora del Rosario, la Batalla de Lepanto y el triunfo final del Inmaculado Corazón de María


         La Iglesia celebra, cada 7 de Octubre, a Nuestra Señora del Rosario; la fecha coincide con el triunfo de la cristiandad en una batalla, la Batalla de Lepanto, en la que el ejército naval cristiano, convocado por el Santo Padre San Pío V, venció a los turcos islamistas en aguas del Mar Mediterráneo. Fue un triunfo verdaderamente crucial, porque si el ejército cristiano perdía, los mahometanos habrían invadido Europa, saqueando y destruyendo no solo los pueblos, las ciudades y las naciones enteras, sino ante todo las iglesias, los conventos, los santuarios cristianos, haciendo desaparecer todo rasgo de cristianismo. Y desde Europa, se habrían lanzado a la conquista de América, con lo cual, posiblemente, en nuestros días habríamos perdido todo lo que somos y tenemos.
         El hecho de que la celebración de la Virgen en su advocación de Nuestra Señora del Rosario coincida con la Batalla de Lepanto no es casualidad, sino exprofeso, porque San Pío V atribuyó la victoria de la cristiandad sobre los turcos islamistas el 7 de Octubre de 1571, a la Virgen del Rosario. La razón es que el Santo Padre, bajo cuya autoridad se había reunido la flota cristiana, fue quien dispuso también que toda la Iglesia rezara el Santo Rosario, de modo simultáneo con la batalla. El Santo Padre sabía que, en última instancia, la lucha no era contra el Imperio Otomano en sí mismo, sino contra Satanás y los ángeles caídos; sabía, por lo tanto, que no bastaban las solas armas de fuego, sino que se necesitaba un arma mucho más poderosa y esta era el Santo Rosario. Finalmente, esta victoria salvó a Europa de ser invadida por las fuerzas del Islam, convirtiéndose así Lepanto en la victoria más completa jamás obtenida contra el Imperio Otomano, conmemorándose con la invocación “Auxilio de los Cristianos” insertada en la Letanía de Loreto[1]. La celebración, por lo tanto, es en realidad una gran fiesta de acción de gracias por la victoria obtenida por el mundo cristiano gracias a la Virgen, pero además también por innumerables beneficios otorgados a la cristiandad a través del Rosario de la Virgen.
         Esta conmemoración fue instituida por el papa san Pío V en el día aniversario de la victoria obtenida por los cristianos en la batalla naval de Lepanto (1571), victoria atribuida a la Madre de Dios, invocada por la oración del rosario. La celebración de este día es una invitación para todos a meditar los misterios de Cristo, en compañía de la Virgen María, que estuvo asociada de un modo especialísimo a la encarnación, la pasión y la gloria de la resurrección del Hijo de Dios.
En los atribulados y oscuros tiempos actuales en los que vivimos, podemos decir que no se vive una “cristiandad” como en épocas de San Pío V, pero sí vivimos una época inmensamente más peligrosa que entonces, porque además de enemigos declarados de la cristiandad, como las sectas islámicas ISIS y Boko Haram –que, en esencia, son satánicas-, hoy se agregan innumerables enemigos espirituales, como por ejemplo, la Nueva Era, secta gnóstica cuyo objetivo declarado es lograr la consagración luciferina planetaria, para lo cual se sirve de múltiples “cabezas de hiedra”, como esoterismo, ocultismo, yoga, reiki, violencia, guerras, música satánica, sectas satánicas, wicca, etc. Esta amenaza es mucho más grave que un simple ejército, porque se trata de los verdaderos enemigos de los hombres, que no son los otros hombres, sino los ángeles caídos, “las potestades malignas de los aires”. Es un enemigo formidable, al que no se combate con armas de fuego –o, al menos, no solo con esas armas, porque en algunos casos, como en Lepanto y como en ISIS y Boko Haram, es necesaria la defensa armada- sino ante todo con las armas espirituales y, dentro de estas, la principal, junto a la Eucaristía, es el Santo Rosario. Con respecto a Boko Haram, hay un testimonio actual, dado por un obispo de Nigeria, que convalida lo que estamos diciendo: que la lucha es, ante todo, espiritual, y que nuestra fuerza para vencer es el Santo Rosario: este obispo, en cuya diócesis y país –Nigeria- Boko Haram ha llevado a cabo sanguinarios atentados y provocado el desplazamiento de dos millones y medio de personas, tuvo hace dos años una visión[2] en la que se le apareció Jesucristo, quien le dio una espada; al tomarla, esta se convirtió en el Rosario, al tiempo que Jesús le decía: “Boko Haram será derrotado con esta arma”. A partir de entonces, el obispo emprendió una campaña para difundir el rezo del Santo Rosario, y en estos días el gobierno nigeriano ha declarado que la secta islamista “Boko Haram” está “técnicamente derrotado”. Este triunfo se debe, claramente, al Rosario de María. Y como esta, en cualquier otra lucha que debamos afrontar, por poderosos que sean los enemigos, siempre saldremos victoriosos si es que invocamos a la Madre de Dios, la Virgen, por medio del Santo Rosario.
                  Por último, la razón del poder del Rosario se debe a que, a través de este, la Virgen en Persona se hace Presente y, puesto que Ella es la Mujer del Génesis que “aplasta la cabeza de la Serpiente” –al ser Inmaculada y Llena de gracia, Dios la hace partícipe de su omnipotencia- y es por eso que el Demonio tiembla de terror y huye ante la invocación de la Virgen; pero además, la Virgen es la Mujer del Apocalipsis toda revestida de sol, que huye al desierto con las alas que le son concedidas, llevando a su Hijo en brazos y poniéndolo a salvo del Dragón: ese Hijo es Jesús, pero también somos los cristianos, hijos suyos, y así somos protegidos por la Virgen, por lo que es llamada “Auxilio de los cristianos”.
Por todo esto, no es en vano que la Virgen, desde que se le apareció a Santo Domingo de Guzmán para darle el Rosario como oración de la Iglesia, pide el rezo del Santo Rosario en prácticamente todas sus apariciones. En una de sus más espectaculares apariciones, las apariciones en Fátima, Portugal, la Virgen, además de pedir el rezo del Santo Rosario, anuncia el triunfo final de su Inmaculado Corazón, que se producirá no solo cuando el Demonio sea derrotado, sino cuando su Hijo Jesús sea entronizado como Rey y Señor enlos corazones de todos los hombres: “Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará”.
El Santo Rosario es el arma espiritual que nos da el cielo para ganar la batalla final, batalla en la que, al igual que sucedió con la Batalla de Lepanto y al igual que sucederá con Boko Haram, ISIS, la Nueva Era y todos los enemigos de Dios y su Mesías, Cristo Jesús, el triunfo y la Victoria Final le pertenecen al Inmaculado Corazón de María.





[1] http://forosdelavirgen.org/325/nuestra-senora-del-rosario-fiesta-universal-7-de-octubre/ Luego León XIII añadió la invocación “Reina del Santísimo Rosario, ruega por nosotros”, a la Letanía de Loreto.

miércoles, 30 de marzo de 2016

“Soy todo tuyo, Reina mía, Madre mía y cuanto tengo tuyo es”


En la ceremonia del Acies –uno de los actos públicos de la Legión, según lo relata el Manual del Legionario[1]-, hay que considerar dos aspectos: por un lado, el significado de la reunión bajo esta particular convocación; por otro, la fórmula que el legionario, aferrado al vexillium, pronuncia solemnemente. Con respecto al Acies, el Manual del Legionario enseña que es una “voz latina que significa un ejército en orden de batalla”[2] y que, como tal, se diferencia del praesidium, en el que la Legión se encuentra abocada a sus tareas específicas[3]. Es decir, en el Acies, la Legión se reúne “como un ejército formado para la batalla”, lo cual es, en sí mismo, una imitación de la Virgen, según la descripción que de Ella hace San Alfonso: “María es el espanto de los poderes infernales. Es “terrible como un ejército en orden de batalla” (Cant 6, 10), porque sabe desplegar con estrategia su poder, sus oraciones y su misericordia para la derrota del enemigo y para triunfo de sus siervos”. En la ceremonia del Acies, entonces, la Legión se reúne bajo el estandarte de María como un ejército espiritual, así como un ejército terreno se reúne bajo la bandera nacional a las órdenes de su general; al hacerlo, la Legión, además de imitar a la misma Virgen, recibe de Ella “fuerza y bendición”[4] y se pone a sus órdenes para combatir al enemigo. ¿Cuál es el enemigo? El Manual del Legionario lo dice: “las fuerzas del mal”, las cuales no están compuestas por personas de carne y hueso sino, como dice San Pablo, sino que se trata de los ángeles caídos, “las malignas potestades de los cielos”: “Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales” (Ef 6, 12). Se trata entonces de una convocatoria espiritual, para recibir la fuerza y la bendición de la Virgen, para de esta manera combatir al enemigo espiritual, las fuerzas del mal, los ángeles apóstatas. Pero no debemos olvidar que el mal está en nuestros propios corazones, como dice Jesús en el Evangelio: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” (cfr. Mt 7, 21), por lo que la lucha es también y principalmente, contra nosotros mismos, contra nuestra indolencia, nuestra pereza, nuestra falta de amor al prójimo, contra nuestras malas inclinaciones en general.
Y es por estas razones por las cuales adquiere todo su sentido la fórmula de la consagración personal a la Virgen en la ceremonia del Acies: “Soy todo tuyo, Reina mía, Madre mía y cuanto tengo tuyo es”, porque esta consagración esta constituye para el legionario una renovación en su misión espiritual de imitar a María con el fin de que la Virgen instaure el Reino de su Hijo en el mundo. El hecho de que el legionario tome con su mano el vexillium o estandarte de María tiene un profundo significado espiritual porque es, literalmente, colocarse uno bajo el estandarte victorioso de María Santísima; significa que el legionario, libre y voluntariamente, se alista en las filas del Ejército de María para luchar “contra las fuerzas del mal” directamente bajo las órdenes de la Virgen (en realidad, lo libre es la respuesta a la gracia recibida, la de integrar el ejército mariano). Es por esto que el Acies no es una mera ceremonia piadosa de una cofradía devota: es la misma Virgen María quien, invisible a los ojos del cuerpo, pero presente en cuerpo y en espíritu, congrega a sus elegidos y les toma, Ella en persona -a través de los encargados de la Legión- esta renovación de la consagración de sus hijos y la toma como hecha especialmente a su Inmaculado Corazón. Por el Acies, el legionario renueva su “unión y dependencia”[5] con la Virgen: unión, porque se une más estrechamente al Corazón de María; dependencia, porque para cumplir la misión asignada, depende en todo de la Virgen, que es Mediadora de todas las gracias. Y en la ceremonia, junto a la Virgen, están los ángeles, de quienes la Virgen es Reina, y también está su Hijo Jesucristo, el Hombre-Dios, de modo que toda la corte celestial, pero sobre todo el Rey de los cielos, Jesucristo, y la Reina de los cielos, la Virgen, son testigos de esta ceremonia y consagración. Por medio de la ceremonia del Acies, entonces, el legionario queda bajo las órdenes de la Virgen, lo cual quiere decir que está más protegido por Ella, pero también significa que sus faltas –por ejemplo, la acedia o pereza espiritual, que lleva a no cumplir con las oraciones prescriptas, o la pereza corporal, que lleva a desentenderse de las obligaciones del deber de estado, o la indiferencia hacia las obligaciones que implica la Legión-, le provocan a la Virgen un dolor agudo y profundo en su Inmaculado Corazón, porque las faltas o pecados de los consagrados son para Ella mucho más dolorosas que las faltas o pecados de quienes no están consagrados. Para que nos demos una idea de cómo son los dolores que experimenta la Virgen cuando se trata de tibieza, indiferencia o incluso imperfecciones de sus consagrados, recordemos a la Virgen en sus apariciones en Fátima: la corona de espinas que rodea a su Inmaculado Corazón representa los pecados de sus hijos, y las espinas más gruesas, representan los pecados de los consagrados, entre ellos, los legionarios. La Virgen, entonces, sufre en su Corazón por las faltas de los legionarios, por pequeñas que sean, y si la Virgen sufre, también sufre la Legión, porque la Legión está en el Corazón de la Virgen. Entonces, cuando un miembro de la Legión falla en sus deberes y en sus obligaciones, no solo se resiente toda la Legión, sino que es la Virgen la que, en persona, sufre en su Inmaculado Corazón. Y si la Virgen sufre por la tibieza de sus hijos consagrados, los legionarios, el que pone remedio al dolor de su Madre es su Hijo, Jesucristo: “A los tibios los vomitaré de mi boca” (Ap 3, 16). Que María Santísima incendie nuestros corazones en el fuego de Amor que envuelve su Inmaculado Corazón, para que evitemos siempre la tibieza espiritual.




[1] Cfr. Capítulo XXX.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

martes, 15 de septiembre de 2015

Nuestra Señora de los Dolores


         El Viernes Santo, la Virgen, al pie de la Cruz, siente su Inmaculado Corazón oprimido por un dolor inabarcable, un dolor inmenso, como inmenso es el Amor de la Madre. Al pie de la Cruz, la Virgen siente que su Corazón Purísimo navega en un océano inacabable de dolores interminables. Al pie de la Cruz, la Virgen, Nuestra Señora de los Dolores, llora amargamente por los dolores que la oprimen, llora y derrama, como un suave y dulce manantial, amargas lágrimas de sal. Su Corazón, creado por Dios Trino como morada del Divino Amor, creado tan grande, capaz de alojar al Amor de Dios, el Espíritu Santo, para amar al Hijo de Dios que en Ella se habría de encarnar, ahora alberga a tanto dolor, como tanto fue el amor por la Virgen prodigado.
¿Por qué llora la Virgen, al pie de la Cruz? ¿Cuáles son los dolores que atenazan al Inmaculado Corazón de María?
Hay tres tipos de dolores que se unen en el Inmaculado Corazón de María, haciendo de Ella Nuestra Señora de los Dolores:
         -Los dolores de su Hijo, porque los siente como propios: todos y cada uno de ellos, los físicos, los morales y los espirituales. Todos los dolores de Jesús, experimentados y sentidos por Él desde la Encarnación, incluidos los de la dolorosísima Pasión –la flagelación, la coronación de espinas, la crucifixión-, todos, absolutamente todos, son experimentados mística y espiritualmente por la Virgen y hacen de Ella la Mártir del Amor. Y porque los experimenta a todos místicamente, la Virgen, al pie de la Cruz, siente morirse a causa de la inmensidad del dolor que le significa ver al Hijo de su Amor. Al morir Jesús, cuyo Sagrado Corazón estaba unido al de la Virgen por el Amor de Dios, la Virgen siente que con la muerte de su Hijo se le va la vida, porque se le va el Amor de Dios Encarnado, Cristo Jesús y, como el Amor de Dios es Vida, la Virgen siente que con Jesús se le va también la vida y por eso, aunque no muere, porque sigue viva, al pie de la cruz, la Virgen siente que muere en vida, con su Corazón Inmaculado traspasado por una agudísima y filosísima “espada de dolor”. Es San Bernardo Abad[1] quien habla de la muerte mística de María al pie de la cruz: como dice San Bernardo, si la muerte de Jesús “fue una muerte motivada por un amor superior al que pueda tener cualquier otro hombre; esta otra (la muerte mística de María) tuvo por motivo un amor que, después de aquél, no tiene semejante”.
         -Los dolores suyos, propios del Inmaculado Corazón, porque la Virgen es una madre, la Madre de Dios, que ve agonizar a su Hijo, el Hijo de su Amor, con la agonía más dolorosa y cruenta que jamás haya podido sufrir, no solo un hombre de modo individual, sino toda la humanidad de todos los tiempos. Afirma el mismo San Bernardo[2] que la Virgen sufre en su Inmaculado Corazón en cumplimiento de la profecía de San Simeón quien, iluminado por el Espíritu Santo, le anunció que “una espada de dolor atravesaría su Corazón” (cfr. Lc 2, 35) y para la Virgen, estar al pie de la cruz, significa el cumplimiento con creces de esta profecía. Precisamente, tal vez el dolor más lacerante de todos los dolores lacerantes que padece la Virgen, es el causado por el contemplar cómo la lanza del soldado romano, sin piedad, atraviesa el costado de Jesús: en ese momento, el hierro afilado de la lanza, mientras perfora el costado de Jesús, para que de él brote Sangre y Agua, atraviesa al mismo tiempo, espiritual y místicamente, el Inmaculado Corazón de María, que sufre inmersa en un océano de dolores, al ver cómo su Hijo, ni siquiera después de muerto, es respetado.
         -Los dolores de todos los hombres, porque al haberlos adoptado Ella como hijos suyos al pie de la cruz, sufre por todos y cada uno de ellos, sobre todo los más pecadores, los más alejados de Dios, porque si una madre sufre cuando ve que su hijo se acerca, temerario, al filo del abismo, para precipitarse en él, mucho más sufre la Virgen, cuando ve a los hijos adoptivos de su Corazón Purísimo, correr enceguecidos hacia el Abismo del cual no se retorna, separándose de su regazo materno y desgarrando así cruelmente su corazón de madre. La Virgen al pie de la Cruz llora por nuestros pecados, los pecados de sus hijos adoptivos, los pecados que nos apartan de Dios y nos acercan al Abismo y porque ve que muchos de sus hijos, concebidos por el Amor en su Inmaculado Corazón, se apartan voluntariamente del Amor y de la Divina Misericordia encarnados en Cristo Jesús, la Virgen llora amargamente y es Ella quien se duele en el Libro de las Lamentaciones[3]: “Vosotros, que pasáis por el camino (…) mirad si hay dolor como mi dolor”. Es el Viernes Santo y Nuestra Señora de los Dolores, al pie de la cruz, ofrece al Padre, con el Amor de su Inmaculado Corazón, la muerte de su Hijo, por nuestra salvación y se ofrece Ella misma como víctima, pidiendo por nosotros, misericordia y perdón; llora amargamente la Virgen al pie de la cruz por la muerte del Hijo de su Amor y, aunque tiene el consuelo de saber que su Hijo habrá de resucitar “al tercer día”, como lo profetizó[4], al igual que Raquel, “no quiere ser consolada”[5].
Llora la Virgen al pie de la Cruz, llora Nuestra Señora de los Dolores y su llanto, suave y dulce como un río de aguas cristalinas cae, junto a la Sangre de su Hijo Jesús, sobre nuestras almas, lavando nuestros pecados.



[1] Cfr. Sermón en el domingo infraoctava de la Asunción, 14-15: Opera omnia, edición cisterciense, 5 [1968], 273-274.
[2] Cfr. idem, ibídem.
[3] 1, 12.
[4] Mc 8, 27-35.
[5] Jer 31, 15.

sábado, 5 de septiembre de 2015

La participación del Legionario en la Santa Misa


         El legionario debe participar de la Santa Misa en unión con María[1], y con la misma disposición que María, uniéndose en espíritu y en corazón al ofrecimiento que María hace de sí misma y al ofrecimiento que Ella hace de su Hijo Jesús al Padre, por la salvación del mundo. Así, el legionario debe participar de la Santa Misa como un lugar privilegiado para su condición de verdadero hijo de María, pues la Misa es el renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, y fue en la Cruz en donde María, por pedido de Jesús, nos adoptó como hijos de su Inmaculado Corazón. Fue al pie de la Cruz que nos convertimos, de hijos de las tinieblas, a hijos de la luz, hijos de Dios adoptivos, y fue allí en donde María nos adoptó como hijos suyos muy amados, por eso la Misa, renovación del Sacrificio de la Cruz, es el lugar de privilegio para el legionario, para experimentar la maternidad amorosa de la Madre de Dios.
         Dice así el Manual del Legionario: “Juntamente con María, estuvieron sobre el Calvario los representantes de cierta legión –el centurión y su cohorte- desempeñando un papel lamentable en el ofrecimiento de la Víctima, aunque ciertamente no sabían que estaban crucificando al Señor de la Gloria (1 Cor 2, 8).
Aquí nos vemos representados nosotros, legionarios, antes de pertenecer a María, como hijos de la luz; éramos hijos de las tinieblas y por eso crucificamos, con nuestros pecados, al Hijo de Dios (y lo continuamos haciendo, misteriosamente, cada vez que pecamos).
Sin embargo, al pie de la cruz, se da la conversión de los legionarios y su adopción por parte de María, como hijos de su Inmaculado Corazón: “Pero, aun así, sobre ellos descendió la gracia a raudales. Dice San Bernardo: “¡Contemplad y ved qué penetrante es la mirada de la fe! ¡Qué ojos de lince tiene! Reparadlo bien: con la fe supo el centurión ver la Vida en la muerte y, en su último aliento al Espíritu soberano!”. Contemplando a su Víctima sin vida ni figura, le proclamaron los legionarios romanos verdadero Hijo de Dios (Mt 27, 54).
Entonces, San Bernardo y el Manual del Legionario, nos animan a que, con los ojos de la fe, veamos a Jesús, Víctima Inocente por nuestros pecados, en la Santa Misa, y  consideremos la inmensidad del Amor que Jesús tuvo por nosotros, porque mientras que al soldado que le traspasó el Corazón, cayó sobre su rostro la Sangre y el Agua del Sagrado Corazón, convirtiendo su corazón y despertándolo a la fe, porque lo proclamó Hijo de Dios, en cambio nosotros recibimos muchísimo más, porque no nos caen su Sangre y Agua sobre el rostro, como al soldado romano, sino que comulgamos su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y su Sangre así se derrama en nuestras almas, colmándonos de su gracia y de su Espíritu Santo. Por eso, en la Santa Misa,  si el soldado romano que le traspasó el Corazón lo reconoció como Hijo de Dios, también nosotros, al contemplar la Hostia consagrada cuando el sacerdote ministerial la eleve, debemos decir, desde lo más profundo del corazón: “Jesús en la Eucaristía es el Hijo de Dios” y recibirlo en la comunión con un profundo acto de amor, de acción de gracias y de adoración.



[1] Cfr. Manual del Legionario, 3.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Porqué la Virgen en Fátima pide la Consagración a su Inmaculado Corazón


         En la Aparición del 13 de junio de 1917, la Virgen pide la Consagración a su Inmaculado Corazón: “Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar. Quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien le abrazare prometo la salvación y serán queridas sus almas por Dios como flores puestas por mí para adornar su Trono”.
¿Por qué pide la Virgen en Fátima la Consagración a su Inmaculado Corazón? La respuesta la encontramos analizando lo que la Virgen le dijo a Sor Lucía en esa misma Aparición, luego de anunciarle que sus primos Jacinta y Francisco irían al cielo y ella quedaría en la tierra: “Nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios”[1]. Según lo que la Virgen le dijo a Sor Lucía, quienes quedamos en la tierra, necesitamos tres cosas, hasta llegar al cielo: compañía, un refugio y un camino, y todo eso nos lo proporciona el Inmaculado Corazón de María: “Nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios”.
         “Nunca te dejaré”: si no nos consagramos al Inmaculado Corazón de María, estamos solos, aun cuando estemos rodeados de muchas personas; si no nos consagramos a María, aun cuando vivamos en medio del ruido y de la música y del estruendo del mundo, estamos solos, y necesitamos de la compañía de la Virgen, y esa compañía la tenemos cuando nos consagramos a su Inmaculado Corazón, y eso es lo que la Virgen le quiere decir a Sor Lucía cuando le dice: “Nunca te dejaré”.
         “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio”: este mundo, según el Evangelio, está “bajo el dominio del Maligno” (1 Jn 5, 19), y eso lo podemos ver a diario: violencias, guerras, injusticias, sectas, hambre, odio, usura, materialismo, mentiras, peleas, discordias, engaños, inmoralidades de todo tipo, etc. El mundo actual es como un inmenso alud de mal, que arrastra todo a su paso, y para cuya defensa, nada de lo que pueda hacer el hombre es útil. Solo el Inmaculado Corazón de María es el refugio seguro frente al horrible huracán de maldad y perversidad que azota sin compasión a toda la humanidad y que segundo a segundo parece aumentar de intensidad. Sólo la consagración al Inmaculado Corazón de María no solo nos librará de esta tormenta de oscuridad infernal, sino que nos alumbrará con la luz del Espíritu Santo, mientras el mundo se sumerge en las tinieblas más oscuras que jamás haya conocido la humanidad.
“Y el camino que te conducirá a Dios”: la humanidad, en nuestros días, transita múltiples caminos, anchos, pavimentados, lisos, en pendiente, fáciles de transitar, divertidos, coloridos, atractivos, que a la par que se los transitan, permiten dar rienda suelta a las pasiones. Sin embargo, esos caminos finalizan en el Abismo del cual no se sale. El Inmaculado Corazón de María, por el contrario, es el camino seguro que conduce a Dios, porque nada hay en María que no sea de Dios y para Dios, y es por eso que, quien se adentra en el Inmaculado Corazón de María, se adentra en el Sagrado Corazón de Jesús, que es el Corazón mismo de Dios, y es por eso que, consagrarse al Inmaculado Corazón de María, es equivalente a consagrarse al Corazón mismo de su Hijo Jesús, que es el Corazón de Dios.
Estas son las razones por las cuales la Virgen, en Fátima, pide que, los que estamos aún en la tierra, peregrinando hacia la eternidad, debemos consagrarnos a su Inmaculado Corazón.




[1] http://www.corazones.org/maria/fatima/apariciones_nuestra_senora_fatima.html

viernes, 27 de marzo de 2015

Santa María junto a la Cruz


         La Virgen al pie de la Cruz, toda vestido de negro está. Los dolorosísimos espasmos de la agonía de su Hijo, repercuten en su Inmaculado Corazón y por eso no es solo el Hijo quien muere crucificado en la cruz, sino que es la Madre quien, sin morir, muere de pie, junto a la cruz. Al morir su Hijo en la cruz, la Virgen, que sigue viva, se siente morir, aún sin morir, porque su Hijo es la vida de su Corazón, es la razón de su existir, es la Vida de su alma, es el hálito de su ser, porque ese Hijo suyo que muere en la cruz es, al mismo tiempo, su Dios, su Creador, su Amor, su Todo, y sin Él, la Virgen siente que Ella es nada y menos que nada; su Hijo, que muere en la cruz, es el Dios que le dio el ser, la vida, la gracia, la luz, la santidad, la alegría, y si su Hijo que es Dios muere, como está muriendo en la cruz, para la Virgen ya no hay vida, ni luz, ni alegría, ni razón de ser ni de existir, sino llanto, tristeza, pena, dolor y muerte, y por eso, la Virgen, de pie junto a la Cruz, aun sin morir, siente que muere, no una, sino mil veces y siente que muere sin morir a cada respiro que da.
Puesto que el Corazón de la Virgen está unido al Corazón de su Hijo por un invisible hilo de amor, al ver a su Hijo agonizar y morir en la cruz, es Ella misma la que agoniza y muere, sin morir, de pie junto a la cruz, y es por eso que cada espasmo de dolor lancinante que sufre su Hijo, en el avanzar de su dolorosísima agonía, lo sufre la Virgen, en silencio, en lo más profundo de su Inmaculado Corazón. Y así como Jesús en la Cruz se ofrece al Padre como Víctima Santa y Pura para aplacar la Justa Ira Divina, encendida en forma inaudita por la malicia desmedida de los corazones humanos que no se detienen en sus ofensas ni siquiera ante la majestad divina, sino que la profanan con sus ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con una insolencia que deja atónitos a los mismos ángeles, así la Virgen, en silencio, y en unión de voluntad y amor, ofrece a su Hijo como Víctima Pura y Santa al Padre, por la salvación de los hombres pecadores, para que Dios aplaque su Justa Ira y se apiade de sus almas, para que viendo a su Hijo así crucificado y todo cubierto de llagas, se estremezca de misericordia y les conceda a los hombres pecadores la gracia de la contrición del corazón, de manera que puedan salvar sus almas.
Santa María, junto a la Cruz, con su Corazón oprimido por un dolor que es el dolor del mundo entero, ve de esta manera cumplida la profecía del anciano Simeón, de que “una espada de dolor le atravesaría el Corazón”, porque ver agonizar y morir a su Hijo Jesús, en medio de dolorosísimos espasmos, es para la Virgen una espada espiritual que atraviesa y lacera su Corazón una y mil veces, quitándole la vida una y mil veces, cumpliendo con creces la profecía de Simeón.

¡Santa María, que estás de pie junto a la Cruz, déjame que yo, arrodillado ante tu Hijo Jesús, bese sus pies ensangrentados; concédeme la gracia de llorar mis pecados, y que la Sangre de tu Hijo, cayendo sobre mi corazón, lo convierta, de piedra dura y fría, en imagen viviente de su Sagrado Corazón!

martes, 24 de septiembre de 2013

Nuestra Señora del Rosario de San Nicolás nos pide que nos consagremos a su Inmaculado Corazón

         

       ¿Cuál es la razón última de una manifestación tan extraordinaria como la de la Virgen en San Nicolás?
La Virgen vino a San Nicolás a pedirnos que nos consagremos a su Corazón Inmaculado, y es lo que Ella dice explícitamente: “Gladys, no desaparecerá jamás, la presencia de la Madre de Cristo, en este lugar. Desde aquí pido a mis hijos: La Consagración a Mi Corazón. Esa Consagración, que no requiere papeles ni fórmulas, porque esa Consagración irá directamente a Mi Corazón; será única y exclusivamente para Mi Corazón y será recibida por Mi Corazón. Debéis tener mucho amor y devoción a María; oración constante del Santo Rosario y participación diaria en la Santa Eucaristía. En el amor a la Madre, hallaréis el Amor al Hijo; en la oración a la Madre, estaréis en unión con el Hijo y en la Santa Eucaristía, os encontraréis con el Hijo. Bendito sea Jesucristo”[1].
La Virgen, que se manifiesta y se hace presente en San Nicolás, de parte de Dios Padre, quiere que nos consagremos a su Inmaculado Corazón, morada de Dios Espíritu Santo, para que por medio del Amor Divino amemos y conozcamos a su Hijo Jesús. La consagración a la Virgen tiene por único objetivo el que conozcamos y amemos a Jesús, su Hijo, nuestro Redentor y Salvador. Ahora bien, las apariciones de la Virgen en San Nicolás, y su pedido de consagración, no persiguen un mero aumento de la devoción entre los fieles católicos, ni tampoco deben entenderse como un mero pedido del cielo al pueblo fiel para que simplemente “rece más”: la totalidad de las manifestaciones, y el pedido especial de consagración al Inmaculado Corazón de María, se enmarcan y entienden en su plenitud a la luz de las palabras que Dios pronuncia en el Génesis cuando, dirigiéndose a la Antigua Serpiente, el Ángel caído, le anuncia el estado de enemistad permanente e irreversible entre los hijos de María y los hijos de las tinieblas: “Pondré enemistad entre ti y la Mujer, y entre tu estirpe y la suya” (Gn 13, 14). La urgencia del pedido de la Virgen se entiende todavía más, si se considera que la Nueva Era tiene por objetivo declarado la iniciación y consagración luciferina de la humanidad. La consagración al Inmaculado Corazón de María, por lo tanto, no se limita a un grupo de señoras piadosas, integrantes de cofradías disminuidas en número: la consagración a la Virgen debe ser hecha por la totalidad de los fieles que integran la Iglesia, para que desde la Iglesia se extienda a toda la humanidad el triunfo de los Corazones de Jesús y María.
“Desde aquí pido a mis hijos: La Consagración a Mi Corazón”. El pedido de la Virgen es urgente; tanto más, cuanto que cada día que pasa, las tinieblas parecen cobrar cada vez más fuerza, aunque no debemos jamás dudar del triunfo de la Virgen y de Jesús, triunfo que se da a través del Corazón de María, anunciado también en el Génesis, aunque precedido de tribulaciones: “Ella te aplastará la cabeza, mientras tú acecharás su calcañar” (Gn 13, 15).



[1] Mensaje 1426.

sábado, 8 de junio de 2013

Inmaculado Corazón de María, camino y refugio que conduce a Dios


         Cuando la Madre de Dios se le apareció a Lucía y a sus primos en Fátima, le dijo lo siguiente: “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios”. El Corazón Inmaculado de María Santísima es entonces “refugio” y “camino” que conduce a Dios.
         ¿Por qué es “refugio”?
         Un refugio se utiliza cuando existe algún peligro inminente, desencadenado por las fuerzas de la naturaleza, o por el mismo hombre. Por ejemplo, si alguien asciende escalando una montaña muy alta, a medida que se acerca a la cima, las tormentas de nieve son más frecuentes e intensas, y el peligro de quedar sepultado por la nieve y morir por congelamiento se hace cada vez más real, por lo que es necesario entrar en un refugio de montaña. Allí, el escalador encuentra reparo frente al frío, puesto que puede encender un fuego en la estufa, y además encuentra provisiones, que le impiden morir de hambre. Otro refugio que salva la vida es el que se construye en los sótanos de las casas, en lugares en donde, por ejemplo, son frecuentes los tornados y los huracanes. Un refugio puede ser necesario también cuando es el mismo hombre el que desencadena la violencia, dirigida contra sus propios hermanos: es el caso de la guerra, en donde un refugio es el único lugar seguro contra las bombas que se desprenden de los aviones.
         De modo análogo, el Corazón Inmaculado de María Santísima es también refugio, pero en un sentido más alto y superior que estos que hemos descripto, porque es refugio para el alma, que se ve acosada por el peligro inminente de muerte espiritual, frente a las múltiples acechanzas que sobre ella desencadenan los enemigos temibles del alma, “las siniestras potestades de los aires”. El mundo, el demonio y la carne, buscan sepultar al alma no bajo toneladas de nieve helada, sino bajo el frío del desprecio y de la indiferencia al Amor de Dios, que se dona sin reservas en cada Eucaristía; buscan arrasar y destruir, como si de un furioso viento huracanado se tratara, con la vida de la gracia en el alma, que cuando está en gracia se convierte en morada de la Santísima Trinidad y en templo del Espíritu Santo. Los enemigos del alma tratan, por medio de los impetuosos vientos de la impureza, de la rebelión, de la acedia y de la codicia, destruir la morada de Dios, el alma en gracia, reduciéndola a la desolación más absoluta.
Frente a esta oleada de impureza y de rebelión a Dios y a su Ley de Amor, el Corazón Inmaculado de María es el refugio segurísimo que impide al alma morir por el frío helado del odio a Dios, calentando el corazón del hombre con el fuego ardiente del Amor de Dios que inhabita en su Corazón; el Corazón de la Virgen es refugio indestructible, en el cual el alma se siente segura porque no es alcanzada ni mínimamente por los furiosos vientos de la impureza, el materialismo, el ateísmo, que conducen a la rebelión contra Dios. Por el contrario, el alma que se refugia en el Inmaculado Corazón de María, solo percibe la suave caricia de la ligera brisa refrescante, la gracia santificante, que calma el ardor de las pasiones y purifica el amor humano para elevarlo y dirigirlo, puro y santo, a Dios. Por este motivo, el Corazón Inmaculado de María es el refugio seguro para el alma y la vida de la gracia.
El Corazón Inmaculado es camino seguro que conduce a Dios, porque hoy en día se presentan al hombre múltiples caminos, todos ellos engañosos, porque todos conducen a un lugar en donde no se encuentra Dios: son los caminos del mundo, caminos que se presentan como anchos y atractivos y fáciles de andar, en donde todo es risotada y carcajada fácil, porque no es necesaria la negación de sí mismo, ni cargar la Cruz, ni seguir a Jesús. En los caminos mundanos, los que el mundo ofrece, no hace falta luchar contra uno mismo; por el contrario, lo único que hay que hacer es exaltarse a uno mismo y a todas sus pasiones, a las cuales hay que satisfacer sin medida. Es un camino fácil, porque es en descenso, pero finaliza en un abismo oscuro, en donde habita el Ángel caído, el Príncipe de las tinieblas.
Por el contrario, el camino que es el Corazón Inmaculado de María, es un camino difícil de recorrer, porque es estrecho y en subida, y además hay que negarse a uno mismo, cargando la Cruz de cada día, en el seguimiento de Jesús camino del Calvario. Es un camino doloroso, porque finaliza con la muerte del hombre viejo, que es crucificado con Jesús en el Monte Calvario, pero a la vez es un camino de alegría, porque este camino no finaliza en el Calvario, sino en la Resurrección, cuando nace el hombre nuevo por la gracia santificante. Por este motivo, el Corazón Inmaculado de María es el camino seguro que conduce hasta Dios.

“Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios”. Consagrarnos a la Virgen es entrar en su Inmaculado Corazón, refugio y camino que nos conduce a la comunión de vida y de amor con Dios Uno y Trino.

viernes, 29 de marzo de 2013

Los Dolores de la Virgen



         Jesús acaba de morir. Luego de tres horas de penosa agonía y de sufrir dolores atroces, Jesús da un fuerte grito y expira.
         Al pie de la Cruz, la Virgen, con su rostro lívido y surcado de lágrimas, y con su Inmaculado Corazón triturado por el dolor, con la amargura que atenaza su garganta, permanece al lado de su Hijo, que acaba de morir.
         La Virgen ha quedado sola con su Hijo muerto. Su hijo adoptivo Juan, Nicodemo, las santas mujeres, y el resto de los discípulos fieles se han retirado; han ido a preparar los elementos necesarios para bajar el Cuerpo de Jesús de la Cruz -para lo cual necesitan sogas y una escalera-, y también el sudario que servirá de mortaja, y los aceites perfumados con los que las santas mujeres ungirán el Cuerpo de Jesús; Nicodemo, a su vez, ha ido a acondicionar el sepulcro nuevo, de su propiedad, en donde será sepultado Jesús.
         La Virgen ha quedado sola, al pie de la Cruz.
         En su soledad, la Virgen, anegada en un océano de dolor, no piensa en otra que en los dolores que ha sufrido desde la infancia de Jesús.
         La Virgen recuerda el dolor profetizado por el anciano Simeón: “Una espada de dolor te atravesará el corazón” (Lc 2, 35), pero ahora parece como si esas palabras se hubieran materializada no en una, ni en siete, sino en mil espadas de dolor: ¡Jesús ha muerto en la Cruz!
         Ya Jesús había dicho que era del “corazón del hombre de donde salían toda clase de cosas malas”, y ahora todas esas cosas malas –hipocresías, mentiras, violencias, robos, traiciones, homicidios, adulterios, perversidades de todo tipo-, todos esos pecados de los hombres, habían logrado dar muerte a su Hijo, al tiempo que se volvían sobre Ella provocándole un mar de amargura y dolor.
         La Virgen recuerda la tribulación y el dolor padecido en la Huida a Egipto, cuando Ella, llevando al Niño en brazos, y José, tuvieron que huir a causa de la persecución de Herodes (cfr. Mt 2, 13); ahora ese dolor regresa, multiplicado por millones de veces, uno por cada niño abortado, convertido en una marea negra y espesa que le sofoca el Corazón y amenaza con privarla de la vida.
         La Virgen recuerda el dolor y la amargura sufridos en los tres días en que Jesús estuvo perdido en el templo (cfr. Lc 2, 41-51), y ese dolor se aumenta ahora al infinito, al contemplar la Virgen la inmensa multitud de almas que a lo largo de la historia humana se habrían de perder, extraviándose por las oscuras sendas del gnosticismo, del paganismo, del materialismo, del ateísmo, perdiendo de vista a Jesús, que está en la Eucaristía, en la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana.

         La Virgen recuerda su encuentro con Jesús en el Via Crucis, el Camino Real de la Cruz (Via Crucis, 4ª Estación), y esto la conforta entre tantos dolores, al recordar cómo Jesús se alegró por este encuentro y cómo se vio fortalecido con su mirada maternal, mirada que le concedió la fuerza sobrenatural de su amor maternal, y así animado con esta fuerza, continuó su camino hasta la cima del Monte Calvario.
         Pero inmediatamente la invade una oleada de dolor indescriptible, al contemplar la Virgen la multitud de sus hijos, nacidos al pie de la Cruz, que caen aplastados por el peso del pecado y que no acuden a Ella ni a su Hijo para pedir auxilio, haciendo vano el sacrificio de Jesús, y con gemidos y lágrimas ruega por ellos, para que al menos le dediquen una mirada, un suspiro, y así pueda Ella socorrerlos con la fuerza de su maternal amor.
         La Virgen recuerda la crucifixión y muerte de su Hijo (Jn 19, 17-30), que acaba de suceder, y su Corazón se anega en desconocidos abismos y profundidades de dolores inenarrables, al revivir la inmensidad de los sufrimientos de su Hijo, imposibles de describir, porque Jesús sufrió la muerte de todos y cada uno de los hombres, y también todas sus penas y todos sus dolores, para así salvarlos. Pero inmediatamente, a estos dolores ya de por sí inabarcables, se le suman nuevos dolores, cada vez más y más intensos, al contemplar la Virgen con tristeza cómo muchísimos de aquellos por quienes murió Jesús, hacen vano su sacrificio, renegando de su Hijo, encaminándose decididamente por los caminos de la perdición, y la Virgen, así agobiada por el dolor, no hace otra cosa que ofrecerlos todos al Padre, para lograr que sus enceguecidos hijos alcancen la gracia de la perfecta contrición y la conversión del corazón.
         Mientras la Virgen María, ensimismada y anegada en su dolor co-rredentor, medita estas cosas en su Inmaculado Corazón, los discípulos descienden el Cuerpo de Jesús y lo depositan en los amorosos brazos de María, que a este gesto ve redoblado, multiplicado, centuplicado, el dolor inagotable que la embargaba. Ante la vista de su Hijo muerto, no puede la Virgen contener sus lágrimas, y son tantas y fluyen con tanta abundancia de sus dulces ojos, que al caer de su rostro sobre el rostro lívido y frío de Jesús, le sirven de cristalina y límpida agua, que limpia la tierra, el barro, la sangre coagulada que cubría las hermosas facciones del Hombre-Dios, y hasta suavizan la contracción de los músculos de la cara, contraídos por la intensidad de los dolores sufridos en la Cruz. Pero a estos dolores, de por sí ya insoportables, se le suman nuevos dolores, en oleadas interminables, al contemplar la Virgen la multitud de hijos suyos, muertos a la vida de la gracia por el pecado mortal, y le pide al Padre que acepte la muerte de su Hijo y los dolores de su Inmaculado Corazón, para vuelvan cuanto antes a la vida de los hijos de Dios, por la contrición y la confesión sacramental.
         La Virgen acompaña a la procesión fúnebre que lleva a su Hijo al sepulcro (Jn 19, 38-42), hasta llegar al sepulcro y entrar en él, y el dolor que le quema el Corazón aumenta tanto en intensidad y se vuelve tan profundo, que le parece que le quita la vida, porque el único consuelo que le quedaba, que era tener -aunque sea muerto, pero lo tenía- entre sus brazos a su Hijo, ahora ya no lo tiene más, pero acepta resignada la Voluntad amorosa de Dios Padre, que todo lo dispone para la salvación de las almas.
         Anegada por mareas interminables de dolor, pero al mismo tiempo revestida de serena alegría, porque recuerda las palabras de su Hijo, que habría de resucitar al tercer día, ofrece al Padre sus dolores, pidiéndole por tantos hijos suyos, muertos por el pecado, para que resuciten a la vida nueva que les trajo Jesús.
         El Viernes Santo, la Virgen de los Dolores llora la muerte de su Hijo, reza y ofrece sus dolores por la conversión de sus hijos adoptivos pecadores y espera, con alegre esperanza, el Día feliz, el Domingo de Resurrección. 

viernes, 24 de agosto de 2012

Qué implica la consagración a la Virgen María



         Nuestra Señora del Rosario se manifestó en San Nicolás de modo extraordinario, dejando a una vidente varios mensajes, por medio de los cuales quiere transmitirnos el urgente pedido de Dios Padre: la conversión del corazón.
         Ser devotos de la Virgen del Rosario de San Nicolás –y de cualquier otra advocación, puesto que la Virgen, obviamente, es una sola-, implica un verdadero esfuerzo y trabajo espiritual. Se equivoca quien piensa que la devoción a María, y la Consagración a su Inmaculado Corazón, está destinado solamente a quienes por la edad ya no tienen una ocupación activa en la sociedad. Por el contrario, si la Virgen se manifiesta de modo extraordinario, es para hacernos dar cuenta de que todos los hombres, de toda edad y raza, de cualquier nación de la tierra, debemos consagrarnos a Ella, puesto que es el refugio seguro ante la ira del Padre, desencadenada por nuestro desprecio e indiferencia a su Hijo Jesús y el don de su Amor, el Espíritu Santo.
         ¿Qué implica entonces la Consagración a la Virgen? No se trata simplemente de asistir a Misa los días 25; no se trata de simplemente encaminarse detrás de una procesión con su imagen; no se trata de simplemente creer que se es devoto y por lo tanto, agradable a la Virgen, por el hecho de cumplir con estas mínimas exigencias. La consagración a la Virgen implica un gran esfuerzo de lucha espiritual, ante todo contra sí mismo, puesto que el propio “yo”, el “ego” desmedido, crecido en la soberbia, es el principal enemigo de nuestra santificación y por lo tanto de nuestra salvación.
         ¿Cuáles son las exigencias de la consagración a María?
         Ante todo, oración, porque sin oración, no hay vida espiritual, no hay luz divina, no hay crecimiento interior. La oración es un diálogo vivo con el Dios Viviente, por medio del cual el alma recibe de Dios su Vida, que es al mismo tiempo luz divina y alimento celestial. Si no hay oración, o si esta es débil y cansina, fatigosa y mecánica, entonces toda la vida espiritual se reduce al mínimo indispensable, como si comparáramos la vida de un vegetal con la vida de un hombre. Y dentro de esta oración, además de la lectura y meditación de la Sagrada Escritura, ocupa un lugar imprescindible el rezo del Santo Rosario, por medio del cual la Virgen nos configura a su Hijo Jesús, imprimiendo su vida y sus misterios en nuestros corazones.
         Otra exigencia de la consagración a la Virgen es la asistencia a la Santa Misa, al menos dominical, ya que si el Rosario nos configura a Cristo, imprimiendo una imagen suya viva, la Eucaristía nos brinda al mismo Cristo en Persona.
         Como consecuencia de estas dos oraciones, el alma se llena de aquello que constituye –o debe constituir- su sustento principal: el amor, a Dios y al prójimo, comenzando por aquel prójimo con el cual, por algún motivo, se encuentra enfrentado conmigo. Este amor debe vivirse en relación a nuestro prójimo, en la vida cotidiana, en las situaciones de todos los días, dentro y fuera del hogar: la señal distintiva del cristiano es el amor fraterno, manifestado de múltiples maneras: humildad, afabilidad, perdón de las faltas, suavidad, afecto, disimulo de los defectos ajenos, caridad sobrenatural, sacrificio, ausencia de maledicencia y de malos pensamientos hacia el prójimo.
        Son tan importantes el amor y la humildad, que se puede decir que quien no ama a su prójimo, comenzando por el que es su enemigo, pensando, hablando y actuando con malicia hacia él, demuestra un alto grado de soberbia, lo cual contradice la Consagración a la Virgen, y hace vana su religión: “El que no refrena su lengua, no vale nada su religión”, dice el Apóstol Santiago.
         Revisemos entonces nuestra vida espiritual, para que la consagración a la Virgen sea del agrado del Sagrado Corazón de Jesús.