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martes, 17 de diciembre de 2019

La liturgia de la Eucaristía en unión con María



         El Manual del Legionario nos enseña a no acudir a la Santa Misa si no es con María y a unirnos a Ella en este Santo Sacrificio. Afirma el Manual del Legionario[1] que la tarea de la Redención no la comenzó Nuestro Señor Jesucristo sin “el consentimiento de María”, el cual fue “solemnemente requerido y libremente otorgado”. Y así como no la comenzó sin María a la Redención, tampoco la finalizó sin Ella, ya que Ella estuvo al pie de la cruz en el Calvario. Continúa el Manual, afirmando la Corredención de María, al unirse mística y espiritualmente al sacrificio redentor de su Hijo: “De esta unión de sufrimientos entre María y Cristo, Ella se convirtió en la principal restauradora del mundo perdido y medianera de todas las gracias que Dios obtuvo por su muerte y con su sangre”. El Manual afirma que así como la Virgen permaneció al pie de la Cruz, así permanece en cada Santa Misa: “En cada Misa la ofrenda del Salvador se cumple bajo las mismas condiciones. María permanece en el altar en la misma forma en que permaneció junto a la cruz. Está allí, aplastando la cabeza de la serpiente”.
         Junto a María, estuvieron los representantes de cierta legión –el centurión y su cohorte- y aunque ellos crucificaban al Señor de la gloria, también sobre ellos descendió la gracia a raudales. Y al contemplarlo sin vida, los legionarios romanos proclamaron al Único y Verdadero Hijo de Dios crucificado. Estos rudos legionarios, que crucificaban sin saberlo al Señor de la gloria, fueron sin embargo los primeros –luego de Juan- a quien la Virgen recibió como hijos adoptivos de Dios. Si esto sucedió con los legionarios romanos, lo mismo sucede con los legionarios de la Legión de María, cuando estos participan de la misa cada día, al unir sus intenciones y corazones a las intenciones y al Corazón Inmaculado de María, con lo cual se unirán a su vez, por medio de María, al sublime Sacrificio del Calvario.
         Los legionarios, al ver con los ojos de la fe levantado en alto al Señor de la gloria, se unirán a Él para formar una sola Víctima y luego comerán de la Carne de la Víctima inmolada, para participar de los frutos del divino Sacrificio en su plenitud.
         Los legionarios que participen de la Misa han de procurar “comprender la parte tan esencial que tuvo María, la nueva Eva, en estos sagrados misterios: cuando su Hijo estaba consumando la redención de la Humanidad en el ara de la cruz, Ella estaba a su lado sufriendo y redimiendo con Él, por eso con toda razón se puede llamar Corredentora”. Y, unidos a Ella y por medio de Ella a  Cristo, los legionarios se convierten en corredentores de la Humanidad, cada vez que asisten a la Santa Misa.



[1] Cfr. Cap. VIII, 3.

martes, 29 de octubre de 2019

La liturgia de la Palabra y el Legionario



        
         Para el Manual del Legionario[1], nuestra fe –la fe en Cristo Dios, el Mesías, el Redentor, el Victorioso Vencedor del Demonio, la Muerte y el Pecado con su Santo Sacrificio en Cruz- se alimenta, en la Misa, por medio de la Palabra de Dios. Dice así el Manual del Legionario: “La Misa es, ante todo, una celebración de fe, de esa fe que nace en nosotros –la que recibimos en el Bautismo sacramental- y nos alimenta a través de la Palabra de Dios”. Es decir, la Santa Misa, el Santo Sacrificio del altar, es un medio para alimentar nuestra fe en Dios Uno y Trino, en su Mesías, Cristo Dios y en María Santísima, Mediadora de todas las gracias, a través de la Palabra de Dios. Podemos decir que en la Misa nuestra alma se alimenta doblemente de la Palabra de Dios: de la Palabra de Dios pronunciada –liturgia de la Palabra- y de la Palabra de Dios encarnada, que prolonga su encarnación en la Eucaristía –liturgia de la Eucaristía-; de ambas formas se alimenta nuestra alma en la Misa con la Palabra de Dios.
         Continúa luego el Manual[2], recordando las palabras del Misal en su capítulo “Instrucción General” (Número 9): “Cuando las Escrituras se leen en la Iglesia, es el propio Dios el que habla a su Pueblo y Cristo, presente en la Palabra, está proclamando el Evangelio”. Es decir, en la liturgia de la Palabra, es Dios mismo quien habla a su Pueblo, así como le hablaba al Pueblo Elegido y en el momento del Evangelio, es Cristo en Persona quien lo proclama. Ésta es la razón de la importancia de la Palabra de Dios y la necesidad de escucharla con reverencia, de modo atento, no como se escucha cualquier otro diálogo, ya que es Dios quien nos habla desde las lecturas, y también Cristo nos proclama el Evangelio: “De aquí que las lecturas de la Palabra de Dios estén entre los elementos más importantes de la liturgia y todos cuantos las escuchan deberían hacerlo con “reverencia”.
Luego de las lecturas sigue la homilía, la cual –cuando es acorde al Evangelio, ya que no debe contener elementos ajenos al Evangelio- es parte importante de la liturgia de la Palabra, siendo necesaria ante todo en Domingos y días festivos: “La homilía es también una parte de la misma, de gran importancia. Es una parte necesaria de la Misa de los Domingos y festivos. En los demás días de la semana ha de intentarse que haya una homilía”. Por medio de la homilía, el sacerdote hace una explicación del Evangelio que ha leído, para así fortalecer la fe de los creyentes –la homilía debe referirse al Evangelio y no puede, de ninguna manera, poseer contenido político-: “A través de esta homilía, el sacerdote explica a los fieles el texto sagrado, como enseñanza de la Iglesia para el fortalecimiento de la fe en los allí presentes”.
         Por último, afirma el Manual que la Virgen es nuestro modelo y ejemplo de cómo participar en la liturgia de la Palabra[3]: “Al participar en la celebración de la Palabra, Nuestra Señora es nuestro modelo porque “es la Virgen atenta que recibe la Palabra de Dios con fe, que en su caso fue la puerta que le abrió el sendero hacia su maternidad divina”. Esto quiere decir que, de la misma manera a como la escucha de la Palabra fue para la Virgen el camino hacia la Encarnación del Verbo en su seno virginal, así la escucha de la Palabra, por parte nuestra, con un espíritu atento y participando de la escucha de la Virgen, hará que en nuestros corazones se engendre Cristo, Palabra del Padre eternamente pronunciada.


[1] Cfr. Manual del Legionario, VIII, 2.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

sábado, 1 de agosto de 2015

La liturgia de la Eucaristía en unión con María


         En el Capítulo VIII del libro del legionario –Legio Mariae-, titulado “El legionario y la Eucaristía”, se habla de la Misa como lo que es, la renovación incruenta del Sacrificio de la cruz. El libro remarca que en la Misa “no se recuerda meramente en forma simbólica el Sacrificio de la cruz”; por el contrario, mediante la Misa, el Sacrificio del Calvario queda trasladado al presente inmediato. Y quedan abolidos el tiempo y el espacio. El mismo Jesús que murió en la cruz está aquí (en la Santa Misa)”[1]. Quedan abolidos el tiempo y el espacio, y el mismo Jesús –que es Dios- que murió en la cruz, se hace Presente en la Misa, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Y si se hace presente Jesús, se hace Presente la Virgen, porque donde está el Hijo, ahí está la Madre. Dice así San Juan Pablo II: “Es necesario que en el sacrificio del altar esté Aquella que estuvo en el sacrificio del Calvario”.
         En el mismo sentido, el Manual del Legionario afirma que la Virgen María está presente en la Santa Misa, así como estuvo presente en el Calvario: “De la unión de sufrimientos y complacencia entre María y Cristo, Ella se convirtió en la principal restauradora del mundo perdido y dispensadora de todas las gracias que Dios obtuvo por su muerte y con su sangre. (La Virgen) permaneció al pie de la cruz en el Calvario, representando a toda la humanidad, y en cada misa la ofrenda del Salvador se cumple bajo las mismas condiciones. María permanece en el altar en la misma forma en que permaneció junto a la cruz. Está allí, como lo estuvo siempre, cooperando con Jesús como la Mujer anunciada desde el principio, aplastando la cabeza de la serpiente. Por lo tanto, en cada misa oída con verdadera devoción, la atención amorosa a la Virgen ha de formar parte de la misma”[2].
         ¿En qué consiste esta “atención amorosa” de la que habla el Manual del Legionario? Consiste en la unión en el amor y en el espíritu, y en la intención, del legionario con la Virgen; es decir, el legionario debe asistir a la Santa Misa con el espíritu de entrega y sacrificio total, por la salvación del mundo, con el que la Virgen estuvo al pie de la cruz y está al pie del altar eucarístico. El legionario, entonces, debe participar de la Misa en unión espiritual con la Santísima Virgen, haciendo lo mismo que hace la Virgen: así como la Virgen ofreció su Hijo en la cruz al eterno Padre, en expiación de nuestros pecados, ofreciéndose Ella misma en inmolación junto a su Hijo –por eso la Virgen es Corredentora-, así también el legionario debe ofrecer al Padre a Jesús en la Eucaristía, como Víctima Propiciatoria por nuestros pecados, pero también debe ofrecerse él mismo, a través de la Virgen, como víctima de la Divina Justicia y de la Divina Misericordia, tal como lo hace la Virgen. La asistencia a Misa, para el legionario, por lo tanto, no se reduce a una simple asistencia pasiva, sino que es intensamente espiritual, desde el momento en que ofrece, junto a María, a Jesús Eucaristía, al Padre, y en la Virgen, se ofrece a sí mismo como víctima unida a la Víctima Inocente, Cristo Jesús. Así, el legionario se vuelve corredentor, uniendo su vida al Redentor del mundo y a la Virgen, Corredentora.



[1] Cfr. Karl Adam, El Espíritu del Catolicismo, en Legio Mariae. Manual Oficial de la Legión de María, 48.
[2] Cfr. ibidem.