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sábado, 24 de marzo de 2018

Santa Misa en reparación por destrucción sacrílega de imagen de Nuestra Señora de Luján




(Nota: el sacrílego acto, la incineración de una imagen de Nuestra Señora de Luján, sucedió a comienzos del mes de marzo en la localidad de Escaba, provincia de Tucumán, Argentina).


         Cuando se produce un hecho sacrílego, como es el atentar contra la imagen de la Madre de Dios –en este caso, la Virgen de Luján-, es necesario hacer una serie de consideraciones y reflexiones, a fin de reparar el horrible hecho.
         Ante todo, conviene recordar la Escritura en el pasaje que dice: “Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas” (Ef, 6, 13). La Escritura nos advierte, desde el inicio, que nuestros verdaderos enemigos contra los cuales debemos luchar, no son nuestros prójimos, seres humanos de carne y hueso, sino contra los ángeles caídos, los ángeles rebeldes y apóstatas que buscan, de todas las formas posibles, nuestra condenación. Esto es necesario tenerlo en cuenta porque nuestra actitud de cristianos para con aquellos hermanos nuestros que hayan cometido el acto sacrílego, debe estar guiada por el mandato de Cristo: “Amad a vuestros enemigos y rezad por quienes os persiguen” (Mt 5, 44). No significa que debemos condescender con su pecado de sacrilegio y hacer como si nada hubiera pasado: lejos de eso, y valorando la gravedad inmensa del daño realizado y por lo tanto del estado de su alma, debemos rechazar todo sentimiento de venganza e implorar la misericordia divina pidiendo por su conversión y contrición perfecta. Nuestro prójimo, a su vez, arreglará sus cuentas con Dios, porque “de Dios nadie se burla” (Gál 6, 7) y nada se escapa a su Justicia Divina. Precisamente, para que esa Justicia Divina sea benigna y para que sobre nuestro prójimo se descargue la Divina Misericordia y no la Justicia Divina, es que debemos rezar e implorar su perdón y su conversión.
         Por otro lado, debemos tener en cuenta la gravedad del acto en sí mismo y saber que, si bien no estamos al tanto de las intenciones últimas de quien realizó un acto de esta gravedad, lo que sí podemos afirmar es que un atentado contra Jesucristo, la Virgen, los Santos, la Iglesia Católica, implica siempre algo más que un delito que deba ser resuelto por la justicia humana: implica la acción del odio preternatural del Ángel caído que, aprovechándose de nuestra humana debilidad, incita a nuestros hermanos que andan “en tinieblas y en sombras de muerte” a cometer estos actos vandálicos. No sabemos si quien perpetró el hecho lo hizo movido por el deseo de un pacto satánico, porque bien puede suceder que sea totalmente inconsciente y ajeno a esto. Pero lo que sí sabemos es que siempre, detrás de este tipo de acciones, está la instigación demoníaca, es decir, detrás de estos hechos, si bien el ejecutor material es el hombre, el ejecutor formal y el autor intelectual es, siempre y en todo caso, el demonio. Que sea una acción concertada por una secta satánica; que sea parte de un pacto satánico aislado de la persona, no lo sabemos, pero siempre está el Demonio, la Serpiente Antigua, detrás del ataque a las imágenes religiosas, sobre todo, las de la Virgen.
         Otro hecho a considerar es que, cuando sucede algo así, el cristiano tiene un deber de justicia y de caridad que lo obliga a reparar la ofensa sufrida por la Virgen, como en este caso, según la sentencia de Santo Tomás de Aquino: “Callar las injurias contra la propia persona es virtud; callar las injurias contra Dios, es suma impiedad”.
         En esta Santa Misa de reparación, pediremos por lo tanto la gracia de la contrición perfecta del corazón para quien perpetró este horrible sacrilegio, además de reparar y pedir perdón, no solo por este hecho, sino también por nuestras propias faltas, cometidas casi siempre de manera inconsciente –“el justo peca siete veces al día” dice la Escritura[1]- o no, pero que también necesitan reparación.
         En esta Santa Misa ofrecida en reparación, unámonos, en espíritu y en verdad, al Cordero de Dios, Cristo Jesús, que desciende sobre el altar con su cruz en la consagración para entregar su Cuerpo en la Eucaristía y derramar su Sangre en el Cáliz y hagámoslo con el mismo amor con el que la Virgen Santísima, al pie de la cruz, ofreció a su Hijo y se ofreció a sí misma por nuestra salvación y la de todo el mundo.


[1] Proverbios 24, 16.

jueves, 13 de julio de 2017

María Rosa Mística y el significado de las tres espadas y las tres rosas


La Virgen se apareció como María Rosa Mística en Montichiari, al norte de Italia, en el año 1947. En la primera aparición, ocurrida a Pierina Guilli –enfermera de oficio y nacida el 3 de agosto de 1911-, la Virgen “vestía túnica morada y cubría su cabeza con un velo blanco”, “su rostro denotaba tristeza” y “tenía el pecho atravesado por tres espadas”; corrían abundantes lágrimas por su rostro estaba triste, y sólo dijo tres palabras:   “Oración, Penitencia, Reparación”, para luego guardar silencio[1].
En la segunda aparición, ocurrida el domingo 13 de julio de 1947, la Madre de Dios se apareció nuevamente, esta vez, en el hospital. Según Pierina, “vestía de blanco”, pero ahora, en lugar de las tres espadas, llevaba en su pecho “tres rosas, blanca, roja y dorada”. Pierina le preguntó asombrada: “Por favor, dígame quién es usted”. Con una dulce sonrisa la señora le contestó: “Soy la Madre de Jesús y madre de todos vosotros”. Después de una pausa prosiguió: “Nuestro Señor me envió para implantar una nueva devoción Mariana en todos los institutos así masculinos como femeninos, en las comunidades religiosas y en todos los sacerdotes. Yo les prometo que si me veneran de esta manera especial, gozarán particularmente de mi protección, habrá un florecimiento de vocaciones religiosas. Deseo que el día 13 de cada mes se me consagre como día Mariano y los doce precedentes sirvan de preparación con oraciones especiales”. Siempre según Pierina, su rostro se iluminó con una inexplicable alegría y continuó: “En ese día derramaré sobreabundancia de gracias y santidad sobre quienes así me hubiesen honrado. Deseo que el 13 de julio de cada año sea dedicado en honor de Rosa Mística”[2].
¿Qué significan las espadas y las rosas?
En cuanto al significado de las tres espadas, podemos decir lo siguiente: la primera espada, significa la pérdida culpable de la vocación sacerdotal o religiosa; la segunda espada, la vida en pecado mortal de personas consagradas a Dios; la tercera espada, la traición de aquellas personas que al abandonar su vocación sacerdotal o religiosa, pierden también la fe y se convierten en enemigos de la iglesia. En relación al dolor que estas tres espadas le provocan a la Virgen –imaginemos su Inmaculado Corazón, vivo, latiendo, siendo atravesado por tres espadas filosísimas y que quedan allí enclavadas, mientras su Corazón sigue latiendo-, debemos considerar que este dolor está provocado, ante todo, por las personas consagradas que, o pierden su vocación, o viven en estado de pecado mortal, o bien apostatan de la Fe. Y esto es así porque si todo cristiano debe vivir siempre en estado de gracia, puesto que su cuerpo es “templo del Espíritu Santo” a partir del bautismo, una persona que ha consagrado su vida a Dios, por la vía de la vida religiosa, debe, además de vivir en estado permanente de gracia, procurar crecer cada vez más en la santidad, porque ése es el único camino para la unión con la Trinidad y para manifestar a los demás la hermosura de la vida consagrada, que es un anticipo de la vida beatífica en el cielo. Un consagrado que se habitúa a vivir en pecado mortal, contradice su misión en la tierra, además de predestinar su alma a la condenación eterna y esa es la razón del dolor que le provoca la primera espada a la Virgen. Sin embargo, la responsabilidad por el dolor de la Virgen no se limita a los consagrados, sino que se extiende también, en cierta medida, a todos los bautizados, porque por un lado, los laicos tienen el deber de caridad de orar por los consagrados, y por otro lado, también los laicos deben, como hemos dicho, vivir en gracia, con lo que, si viven en pecado mortal, también le provocan un dolor como el de una espada lacerante al Inmaculado Corazón de María.
Pero la Virgen se aparece también con tres rosas, que significan el consuelo y alivio que le provocan a su Inmaculado Corazón aquellos hijos suyos, sean laicos o consagrados, que buscan reparar y pedir perdón, tanto por los propios pecados, como los pecados de los consagrados. Es esto lo que significan las rosas, con sus distintos colores: la rosa blanca simboliza el espíritu de oración; la rosa roja, el espíritu de sacrificio (para reparar); la rosa dorada o amarilla, el espíritu de penitencia.
Por el significado de las espadas, el devoto de María Rosa Mística está entonces llamado a contemplar y meditar en los dolores de su Inmaculado Corazón, provocado por los consagrados infieles que pierden la vocación por propia culpa, que viven en pecado mortal, o que apostatan de la Fe y se convierten en enemigos de la Iglesia, aunque también están llamados a contemplar el dolor que le provocan los fieles laicos que traicionan su bautismo, profanando sus cuerpos, viviendo en pecado mortal y convirtiéndose también en enemigos de la Iglesia y apóstatas de la Fe.
Por el significado de las rosas, el devoto de María Rosa Mística está llamado a reparar, por los pecados propios y principalmente por los de los consagrados, por medio de la oración –ante todo, el Santo Rosario, la Adoración Eucarística y la Santa Misa, la más excelente de las oraciones-; por medio del sacrificio –mortificaciones activas y pasivas- y por medio de penitencias, como por ejemplo, ayunos, pero no solo de alimentos, sino ante todo, ayuno del mal. Es en esto en lo que consiste la esencia de la devoción para el alma que ama a María Rosa Mística.



[1] http://www.corazones.org/maria/rosa_mistica_apariciones.htm#significado de las tres espadas:
[2] Cfr. ibidem.

domingo, 12 de mayo de 2013

El mensaje de Nuestra Señora de Fátima



         Lejos de ser piadosas imaginaciones de niños devotos, como generalmente se las considera, las apariciones de la Virgen en Fátima tienen mensajes importantísimos para la humanidad; tan importantes, que de su cumplimiento dependen la felicidad temporal y eterna de los hombres.
Para dimensionar su importancia, es necesario considerar los pedidos que hace la Virgen en sus apariciones en Fátima. La Virgen María pide, principalmente, lo siguiente: Oración, Penitencia, Conversión y Reparación, además de hacer una severa advertencia a toda la humanidad: advierte que, de no cumplir con estos pedidos, la humanidad enfrentará graves consecuencias temporales –la Segunda Guerra Mundial y los estropicios y calamidades de la Rusia comunista-, pero sobre todo, eternas, al mostrarles el infierno, lugar adonde se dirigen los pecadores empedernidos.
La Virgen pide Oración, y dentro de todas las oraciones, especialmente el rezo del Santo Rosario. Les dice así en la aparición del 13 de octubre de 1917: “Yo soy la Virgen del Rosario. Deseo (…) que recen todos los días el Santo Rosario”.
La Virgen en Fátima pide Penitencia, como modo de expiar los pecados y de demostrar arrepentimiento por los pecados del mundo. En la aparición de mayo, “Lucía les dice los nombres de bastantes personas que quieren conseguir salud y otros favores muy importantes; Nuestra Señora le responde que algunos de esos favores serán concedidos y otros serán reemplazados por favores mejores. Y añade: “Pero es muy importante que se enmienden y que pidan perdón por sus pecados”. En su relación con Dios, el hombre debe dejar de ver a Dios como si fuera un “empleado de mostrador”, al que solo va a pedirle lo que necesita; Dios quiere entablar una relación de amistad personal, pero como Dios es Bondad y Amor infinitos, el hombre debe desterrar la malicia de su corazón, por medio de la oración y la penitencia, y es esto lo que quiere la Virgen.
También les pide lo mismo el ángel de Portugal, en una de sus apariciones, en donde les dijo expresamente que hicieran penitencia (o sacrificios). Al encontrarlos jugando, les dice: “¿Qué estáis haciendo? ¡Rezad! ¡Rezad mucho! Los corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia. Ofreced constantemente oraciones y sacrificios al Altísimo!’. ¿Cómo hemos de sacrificarnos?, pregunté. ‘De todo lo que pudierais ofreced un sacrificio como acto de reparación por los pecados cuales Él es ofendido, y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre vuestra patria la paz. Yo soy el Ángel de su guardia, el Ángel de Portugal”.
La Virgen en Fátima pide Conversión, puesto que los hombres, además de ofender a Dios continuamente con nuestros pecados, no damos señales de querer orientar el corazón hacia Dios, cambiando de vida para vivir la vida de la gracia, que es en lo que consiste la conversión. Dice así Sor Lucía, narrando la aparición de octubre de 1917: “Y tomando un aire de tristeza la Santísima Virgen dijo estas sus últimas palabras de las apariciones: QUE NO OFENDAN MAS A DIOS QUE YA ESTA MUY OFENDIDO”. Lucía afirma que de todas las frases oídas en Fátima, esta fue la que más le impresionó. La falta de conversión se ve en el vivir continuamente en el pecado, sin querer salir de él.
La Virgen en Fátima pide Reparación, según lo dice en la aparición del 13 de mayo: “La Santísima Virgen continuó diciéndoles: ‘¿Quieren ofrecerse al Señor y estar prontos para aceptar con generosidad los sufrimientos que Dios permita que les lleguen y ofreciéndolo todo en desagravio por las ofensas que se hacen a Nuestro Señor?’ -Sí, Señora, queremos y aceptamos. Con un gesto de amable alegría, al ver su generosidad, les dijo: ‘Tendrán ocasión de padecer y sufrir, pero la gracia de Dios los fortalecerá y asistirá’.
Además, como modo de reparación, la Virgen pide la devoción de los cinco primeros sábados, que consiste en la confesión sacramental y la comunión eucarística. También el Ángel les dice algo parecido: “Sobre todo, aceptad y soportad con sumisión el sufrimiento que el Señor os envíe”. Además, también como oraciones de reparación, el Ángel les enseña dos oraciones: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman” y postrándose ante la Eucaristía y el cáliz con la Sangre de Jesús: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco los preciosísimos Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores”.
Finalmente, la Virgen advierte acerca del incumplimiento de los mensajes contenidos en las apariciones, y esta advertencia la da con la visión del infierno a los tres pastorcitos: “La Virgen abrió sus manos y un haz de luz penetró en la tierra y apareció un enorme horno lleno de fuego, y en él muchísimas personas semejantes a brasas encendidas, que levantadas hacia lo alto por las llamas volvían a caer gritando entre lamentos de dolor. Lucía dio un grito de susto. Los niños levantaron los ojos hacia la Virgen como pidiendo socorro y Ella les dijo: - ¿Han visto el infierno donde van a caer tantos pecadores? Para salvarlos, el Señor quiere establecer en el mundo la devoción al Corazón Inmaculado de María. Si se reza y se hace penitencia, muchas almas se salvarán y vendrá la paz. Pero si no se reza y no se deja de pecar tanto, vendrá otra guerra peor que las anteriores, y el castigo del mundo por sus pecados será la guerra, la escasez de alimentos y la persecución a la Santa Iglesia y al Santo Padre. Vengo a pedir la Consagración del mundo al Corazón de María y la Comunión de los Primeros Sábados, en desagravio y reparación por tantos pecados. Si se acepta lo que yo pido, Rusia se convertirá y vendrá la paz. Pero si no una propaganda impía difundirá por el mundo sus errores y habrá guerras y persecuciones a la Iglesia. Muchos buenos serán martirizados y el Santo Padre tendrá que sufrir mucho. Varias naciones quedarán aniquiladas. Pero al fin mi Inmaculado Corazón triunfará”.
Al mostrarles el infierno, la Virgen nos quiere hacer ver que los pecados tienen gravísimas consecuencias si no hay arrepentimiento, conversión, reparación y oración.
Las ofensas a Dios y la falta de deseos de conversión, sobre todo entre los católicos, es lo que hace que la Virgen en Fátima se haya mostrado “triste”, según declaraciones de Sor Lucía.
La consagración a la Virgen, y el propósito firme de iniciar la conversión y vivir la vida de la gracia, por parte del cristiano, alivian la tristeza y el dolor del Inmaculado Corazón de María, al tiempo que anticipan su triunfo final.

lunes, 17 de septiembre de 2012

El significado de la rosa dorada de María Rosa Mística



Como vimos anteriormente (al explicar los significados de las rosas roja y blanca), es la Virgen misma quien explica a Pierina lo que la rosa dorada significa: “penitencia”. Debido a que en nuestro mundo contemporáneo, materialista, la palabra “penitencia” tiene un sentido negativo muy fuerte, y para entender qué es lo que la Virgen pide, hay que considerar antes, brevemente, en qué consiste lo que el cristianismo llama “ascesis”, puesto que la penitencia está dentro de esta. En el mundo pagano, eran los ejercicios físicos con los que se entrenaban los atletas y los soldados –si no están bien entrenados, no pueden ganar competencias y batallas, respectivamente-, y en la filosofía, significan los desprendimientos necesarios para alcanzar la virtud –el que quiere alcanzar la virtud de la generosidad, debe combatir su egoísmo, por ejemplo-; en el cristianismo, significa un aspecto de la vida cristiana que busca hacer participar al cuerpo, material por sí mismo, por medio de las privaciones, de la vida espiritual del alma.
Esta penitencia es muy importante, tan importante, que el mismo Jesucristo la recomienda en los evangelios, pero para que sea un factor importante de crecimiento espiritual, la penitencia tiene que estar informada y precedida por la caridad, es decir, debe estar motivada por el amor sobrenatural a Dios y al prójimo. En otras palabras, si las prácticas de penitencia no están motivadas por el deseo de unirse en el amor divino a Cristo Jesús, entonces la ascesis se malinterpreta, ya que se la toma como una medida de disciplinamiento del cuerpo, y así pierde toda su esencia evangélica, su importancia y su efectividad para la vida espiritual. En nuestra época moderna, la ascesis ha tomado un aspecto negativo, como de mera privación por un sentimiento de piedad, como se lee en la definición de un diccionario: “Conjunto de ejercicios físicos y morales que tienden a la liberación del espíritu por medio del desprecio del cuerpo”. Del asceta dice: “Persona que... se impone por piedad ejercicios de penitencia, privaciones, mortificaciones”.
Sin embargo, no es así para el cristiano: el significado principal es el de la práctica de penitencia para luchar contra los defectos y adquirir las virtudes, como modo de hacer participar al cuerpo de la vida espiritual, motivado por el Amor sobrenatural a Cristo Jesús. En otras palabras, es una “oración con el cuerpo”, la cual, al igual que la oración del corazón, tiene que estar motivada por el amor.
El mismo Jesús en Persona, en el Sermón de la Montaña, aconseja la ascesis, bajo la forma de ayuno, en relación con la limosna y la oración, dándole al mismo tiempo su verdadero alcance y significado. Así, para que sea auténtico, el ayuno debe ser practicado, no como un precepto exterior que los hombres pueden ver y alabar, sino para complacer al Padre que ve en lo escondido, sin dejar de lado esa nota de alegría y de discreción que indica la recomendación de perfumarse la cabeza y lavarse la cara. El verdadero ayuno recibe, por tanto, su valor al nivel del corazón, en relación con la oración dirigida al Padre (Mt 6, 16-18).
Jesús no solo predicó la ascesis, sino que Él la practicó, al inicio de su misión apostólica, ayunando por cuarenta días en el desierto. Aquí se ve otro aspecto de la penitencia o ascesis, y es el de la lucha contra el demonio, que busca tentar con aquello que contraría la penitencia: al ayuno, le opone la tentación de convertir las piedras en pan. Precisamente, en la respuesta de Jesús a esta tentación, está el verdadero sentido del ayuno cristiano: tiene sentido en cuanto que la privación del alimento corporal permite que el alma no gaste energías en la metabolización y digestión de un alimento material, para dedicar todos sus esfuerzos a escuchar la Palabra de Dios, único alimento capaz de calmar, con sobreabundancia, el hambre espiritual, y en reconocer a Cristo Jesús como Dios Hijo, que nos revela esta Palabra, al ser Él la Palabra Encarnada.
Se ve el verdadero sentido del ayuno cristiano, y su relación directa con Cristo, cuando Él le contesta a los fariseos, que se escandalizan porque los discípulos no hacen ayuno: “¿Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán” (Mt 9, 15).  Jesús les dice que no ayunan porque están con Él; cuando Él sea crucificado y muerto, se quedarán sin el Esposo, y entonces sí ayunarán: se ve claramente que es la relación de fe y de amor con Jesús, como “el esposo”, lo que determina el sentido y la práctica del ayuno para sus discípulos. El ayuno adquiere todo su verdadero y pleno sentido en virtud de su vínculo con la persona de Cristo, vínculo de fe y de amor: queda asociada al misterio de la Pasión y de la Resurrección, misterio a su vez al que estamos unidos por la fe y el bautismo. Este es el sentido, por ejemplo del ayuno cuaresmal establecido por la Iglesia.
El ayuno, o la penitencia, no tienen entonces valor si se los toma como una obligación impuesta, como una obra religiosa que el hombre puede hacer valer por sí mismo ante Dios o ante los hombres; su práctica tiene sentido en la vida nueva que engendra la fe en Jesús. Es una participación en el combate decisivo contra el mal, que Cristo ha llevado a cabo victoriosamente durante su Pasión y que continúa tanto en su Iglesia como en la vida de los discípulos.
La ascesis es muy importante en la primera etapa de la vida espiritual, entre los principiantes, cuya principal preocupación es el combate contra los pecados y los defectos -aunque los más “perfectos” conocen las mayores pruebas, como muestra el ejemplo de san Pablo y del mismo Señor en su Pasión-: es indispensable para desprendernos del influjo de los instintos y de las pasiones, que corren el riesgo de someternos, como el apego a la comida, a la bebida, la atracción del sexo y de los placeres.
Es el medio necesario para obtener el dominio de la sensibilidad y conseguir la libertad interior o libertad de cualidad.  Lo importante es comprender que estos desprendimientos allanan el progreso espiritual y están al servicio del amor verdadero; en efecto, ¿cómo vamos a adquirir la virtud de la fortaleza, por ejemplo, si no nos ejercitamos regularmente en ella luchando contra la pereza, aceptando las dificultades y las pruebas, renunciando a seguir la pendiente de la facilidad y de la comodidad?
Hay dos tipos de ascesis: pasiva, llamada “paciencia” o “constancia”, que consiste en la aceptación de las privaciones y las pruebas que nos sobrevienen con independencia de nuestra voluntad, como la pobreza, la enfermedad, los fracasos, el sufrimiento en general; la otra, llamada activa, que son los ayunos, las vigilias, las fatigas (2 Co 6, 5), como también las penitencias, los sacrificios, las mortificaciones de toda clase que podamos imponernos.
Para el cristiano, la ascesis es asimismo una respuesta a la llamada del Espíritu Santo, una colaboración humilde y libre en su obra de purificación y de santificación.
Sirve para conformar nuestra sensibilidad y hasta nuestro cuerpo al amor de Cristo, a su serenidad y a su fuerza, y así quedan comprendidos en la ascesis el esfuerzo y la pena que reclama el trabajo, ya sea corporal, intelectual o apostólico, ya que todas nuestras tareas incluyen su parte de ascesis, si queremos hacerlas lo mejor que podamos.
La ascesis, como la virtud, sigue normalmente la medida de la razón; aunque puede suceder que la intervención del Espíritu modifique este criterio. Esto es lo que enseña santo Tomás, analizando la vida de los santos, en quienes es el Espíritu quien inspira dones que van más de los desprendimientos requeridos por las virtudes morales.
La virtud nos inculca, por ejemplo, un uso moderado de los bienes de que disponemos, siguiendo nuestras necesidades, evitando el apego del corazón que engendra la esclavitud. A esto no se puede llegar sin una parte de renuncia. Mas el don del Espíritu nos lleva mucho más lejos. En lo que toca a la primera bienaventuranza, puede inspirarnos tal amor a la pobreza que suprima del corazón toda atadura a los bienes materiales y hacer que los tengamos en nada. Eso es lo que muestra el ejemplo de san Francisco, santo Domingo y tantos otros, que se prendaron de la pobreza a causa del Evangelio.
La práctica de la pobreza, especialmente en comunidad, variará también según las vocaciones, pues es distinta la pobreza que conviene a una comunidad contemplativa, apostólica, enseñante u hospitalaria, o a los laicos.
La misma diferencia en la medida encontraremos en el campo de la afectividad, en el dominio de las pasiones y los deseos, de los temores y los miedos. Según santo Tomás, la bienaventuranza de los mansos nos enseña la fortaleza, que modera nuestros sentimientos ante las dificultades y los sufrimientos, según la medida de la razón; mas el don de fortaleza puede conferirnos una asombrosa tranquilidad de corazón y una seguridad plena en medio de los más graves peligros y tormentos, como en el caso de los mártires.
La ascesis cristiana es un camino hacia la libertad espiritual que pertenece al amor. Como tal, constituye una contestación radical respecto al mundo en que vivimos, en la medida en que está conducido por el deseo de poseer, de gozar y de dominar, por la atracción del dinero, del sexo y del poder, y se deja deslumbrar por la tentación de una libertad sin trabas ni medida. El compromiso con la pobreza, la castidad y la obediencia ataca directamente estos deseos; pero traslada el debate al corazón del hombre para sustituir en él la voluntad de poder, que es una voluntad de ser «como dioses», según la expresión del Génesis, por una voluntad de amor que nos llega a través del humilde y alegre reconocimiento de Dios como nuestro Dios, especialmente a través de la acogida de su misericordia en el perdón ofrecido en Jesucristo.
La contestación de este mundo por la ascesis cristiana posiblemente sea la única verdaderamente realista, porque se atreve a ir hasta el fondo de los problemas, hasta sus raíces ocultas en el corazón de cada hombre. Es como una rebelión de amor contra el sometimiento a las pasiones y a las codicias que se extienden en el mundo bajo la tapadera de la libertad, con las injusticias que de ello se siguen. Proclama también a su manera, sin hacer demasiado ruido, más a través del comportamiento que de las palabras, que existe otro tipo de libertad, puro don del Espíritu: la libertad de amar como Dios nos ama en Jesucristo, a pesar de nuestras faltas y nuestras debilidades.
En síntesis, en el significado espiritual de María Rosa Mística, tenemos que tener en cuenta lo siguiente: María Santísima se aparece primero vestida con una túnica de color morado, símbolo de duelo, de dolor, y con tres espadas clavadas en su pecho, símbolos de los pecados de los hombres, pero sobre todo de los sacerdotes y de aquellos que han entrado en la vida consagrada; en la segunda aparición, está vestida con una túnica blanca, y en el lugar de las espadas, hay tres rosas, roja, blanca y dorada o amarilla, que significan la oración, la reparación y la penitencia de los laicos y de los consagrados, para mitigar la ira divina justamente desencadenada por el rechazo de su Amor, revelado en Cristo Jesús.
Cada cristiano, con sus actos, puede atravesar el Corazón Inmaculado de María Santísima con una espada, o bien puede colocarle una rosa sobre su pecho, en señal de filial amor.
Oración a María Rosa Mística
María, Rosa Mística,
Tú que nos mostraste
El dolor de tu Corazón
Simbolizado en las tres espadas
Que lo atravesaban,
Te rogamos
Que intercedas por nosotros,
Para que Jesús nos conceda
Un espíritu de oración,
De reparación y de penitencia,
Para que así,
En vez de espadas
clavadas en tu Corazón,
Coloquemos rosas rojas, blancas y amarillas,
En prenda de nuestro amor por ti
Y por Jesús. Amén.

martes, 12 de julio de 2011

El significado de la rosa roja de María Rosa Mística


La rosa roja significa el espíritu de reparación y sacrificio. De esto surgen dos preguntas para el cristiano: ¿qué es lo que se debe reparar? Y la otra: ¿cómo hacer sacrificio? La respuesta la encontramos en la Pasión del Señor, descripta por la Venerable Luisa Piccarreta en “Las Horas de la Pasión”.

Para saber qué debemos reparar, aquí lo que nos dice Jesús a través de Luisa Piccarreta:

“Despreciado Jesús mío, el corazón se me hace pedazos al ver que mientras que los judíos se ocupan de ti para hacerte morir, Tú, concentrado en ti mismo, piensas en dar la vida por todos la Vida... Y poniendo yo atención en mis oídos, te oigo que dices:

"Padre Santo, mira a tu hijo vestido de loco... Esto te repare por la locura de tantas criaturas caídas en el pecado. Esta vestidura blanca sea en tu presencia como la disculpa por tantas almas que se visten con la lúgubre vestidura de la culpa... ¿Ves, oh Padre, el odio, el furor, la rabia que tienen contra Mí, que les hace perder casi la luz de la razón? ¿Ves la sed que tienen de mi sangre? Pues Yo quiero repararte por todos los odios, las venganzas, las iras, los homicidios, e impetrar para todos la luz de la razón. Mírame de nuevo, Padre mío. ¿Puede haber un insulto mayor? Me han pospuesto al gran malhechor... Y yo quiero repararte por las posposiciones que se hacen... ¡Ah, todo el mundo está lleno de estas posposiciones! Hay quien nos pospone a un vil interés; quien, a los honores; quien, a las vanidades; quien, a los placeres, a los apegos, a las dignidades, a comilonas y embriagueces y hasta al mismo pecado; y todas las criaturas por unanimidad e incluso hasta en la más pequeña cosa, nos posponen... Y Yo estoy dispuesto a aceptar ser pospuesto a Barrabás para reparar por las posposiciones que nos hacen las criaturas."

Jesús es pospuesto a Barrabás por el pueblo deicida: el Santo de los santos, el Dios Tres veces Santo, el Dios todo Amor, Pureza y Perfección, es pospuesto por un criminal, un asesino, un ladrón, que ni siquiera da signos de arrepentimiento. El Pueblo Elegido elige a un ídolo del mal, antes que al Dios de Bondad infinita.

Es la imagen de los católicos idólatras, que dejando a un lado al Dios de los sagrarios, a Jesús Sacramentado, se inclinan a los ídolos como el Gauchito Gil, San La muerte o la Difunta Correa, pero también representan a aquellos católicos, como lo dice el mismo Señor, que en vez de llenar sus corazones con el Amor de Dios, lo llenan con el odio, el rencor, la venganza; representa a quienes, en vez de llenar sus almas con la humildad de Cristo y de María, aprovechando la humillación o buscando la auto-humillación, se inflan con deseos de vanagloria, de honores mundanos, conseguidos al precio de sus almas; representan a los cristianos que, en vez de vivir en la sobriedad y en el decoro, tratando de imitar la pobreza evangélica de Jesucristo, se arrastran por los placeres y dignidades mundanas, y llenan sus vientres con comilonas y embriagueces.

El cristiano, viendo la ofensa y el ultraje inenarrable que recibe Jesús al ser pospuesto a un criminal, y al ver cómo la Eucaristía es pospuesta por los placeres y atractivos del mundo, y cómo la adoración eucarística es reemplazada por la adoración idolátrica a ídolos demoníacos, debe reparar por todo esto, por medio de la oración y de la adoración eucarística reparadora.

Luego a Jesús, habiendo sido condenado injustamente a ser flagelado, por el inicuo y cobarde juez Poncio Pilato, le son quitadas sus vestiduras:

“Despojado Jesús mío, permíteme que me desahogue, pues de lo contrario no podré continuar viéndote sufrir tanto... ¿Cómo? Tú, que vistes a todas las cosas creadas, al sol de la luz, al cielo de estrellas, a las plantas de hojas y de flores y a los pajarillos de plumas... Tú, ¿desnudo? ¡Qué osadía, qué atrevimiento!

Pero mi amantísimo Jesús, con la luz que irradia de sus ojos, me dice: "Calla, oh hija. Era necesario que Yo fuese desnudado para reparar por tantos que se despojan de todo pudor, de candor y de inocencia; que se desnudan de todo bien y virtud y de mi Gracia, y se visten de toda brutalidad, viviendo a la manera de las bestias. En mi virginal confusión quise reparar por tantas deshonestidades y lascivias y placeres bestiales... Pero sigue atenta a todo lo que hago, ora y repara conmigo y... cálmate".

Despojado Jesús, tu amor pasa de exceso en exceso. Veo que los verdugos toman los flagelos y te azotan sin piedad, tanto, que todo tu santísimo cuerpo queda lívido; y con tanta ferocidad y furor te golpean que están ya cansados, pero otros dos verdugos los sustituyen... toman otros flagelos y te azotan tanto que en seguida comienza a chorrear sangre de tu santísimo cuerpo a torrentes... y lo continúan golpeando todo, abriendo surcos... haciéndolo todo una llaga. Pero aún no les basta, otros dos continúan, y con nuevos flagelos más agudos y pesados prosiguen la dolorosa carnicería. A los primeros golpes esas carnes llagadas se desgarran y a pedazos caen por tierra; los huesos quedan al descubierto y la sangre chorrea y cae al suelo formando un verdadero lago en torno a la columna...”.

Hoy en día la inmoralidad es tomada como virtud y como un derecho humano, y de ese modo, se profanan una y mil veces los cuerpos de los hombres, llamados a ser “templos del Espíritu Santo”, según San Pablo. La crudelísima flagelación que sufre Jesús se debe a los innumerables pecados contra la carne que en todo el mundo y a toda hora se cometen. Todavía más, como si no fuera suficiente la ola nauseabunda que viene de los adultos, se quiere incorporar a esta náusea a la niñez, y para ello se les enseña, desde muy pequeños, que el cuerpo puede ser transformado las veces que se quiera, y puede ser profanado como se quiera y cuando se quiera.

Si el cuerpo es templo del Espíritu Santo, al profanar el cuerpo, se profana a la Persona del Espíritu Santo que ha tomado posesión de él desde el bautismo, y esta sacrílega profanación es la que Jesús repara con la flagelación. Al ser flagelado, Jesús repara por los pecados de lujuria y de lascivia, cometidos por quienes olvidan que sus cuerpos han sido consagrados

El cristiano debe estar muy atento a no sumarse a la multitud de aquellos que golpean sin saña a Nuestro Señor, aquellos que tomando a burla la condición de templo de Dios que ha adquirido el cuerpo por el bautismo, lo profanan una y mil veces, todos los días.

Para saber hasta dónde debe llegar nuestro sacrificio, el alma debe contemplar el estado en el que queda Jesús, como consecuencia de su sacrificio de amor: “Jesús, flagelado amor mío, mientras te encuentras bajo esta tempestad de golpes me abrazo a tus pies para poder tomar parte en tus penas y quedar toda cubierta con tu preciosísima Sangre. Y cada golpe que recibes es una nueva herida para mi corazón, y mucho más, pues poniendo atención en mis oídos, percibo tus ahogados gemidos, los cuales no se escuchan bien porque la tempestad de golpes ensordece el ambiente, y en esos gemidos oigo que dices: "Vosotros, todos los que me amáis, venid a aprender del heroísmo del verdadero amor; venid a saciar en mi sangre la sed de vuestras pasiones, la sed de tantas ambiciones, de tantos deseos de placeres... de tanta sensualidad. En esta sangre mía hallaréis el remedio para todos vuestros males."

Y con tus gemidos continúas: "Mírame, oh Padre, hecho todo una llaga bajo esta tempestad de golpes, pero no me basta, pues quiero formar en mi cuerpo tantas llagas que en el Cielo de mi Humanidad sean suficientes moradas para todas las almas, de modo que conforme en Mí mismo su salvación, para hacerlos pasar luego al Cielo de la Divinidad... Padre mío, cada golpe de flagelo repare ante ti, una por una, cada especie de pecado, y al golpearme a Mí, sean excusa para quienes los cometen... Que estos golpes golpeen los corazones de las criaturas y les hablen de mi amor por ellas, tanto que las forcen a rendirse a Mí".

Viendo el sacrificio de Jesús, el cristiano debe ofrecer él mismo sacrificios diarios: debe hacer mortificación, ayunos, penitencias, para reparar por todos los ultrajes que recibe Jesús en su Cuerpo y en su Presencia Eucarística.

lunes, 11 de julio de 2011

El significado de la Rosa blanca de María Rosa Mística



¿Qué significan las tres rosas de María Rosa Mística? Para descubrirlo, veamos un poco la historia de las apariciones.
La vidente Pierina Guilli relata así la primera aparición de la Virgen: se le apareció una hermosísima señora que vestía túnica morada y cubría su cabeza con un velo blanco, tenía el pecho atravesado por tres espadas, su rostro estaba triste. Le corrían lágrimas hasta el suelo. Sus dulces labios se abrían para decir: "Oración, Penitencia, reparación", y luego guardó silencio.
En la segunda aparición, el 13 de julio de 1947, la Virgen vestía de blanco y en lugar de las tres espadas, llevaba en su pecho tres rosas: blanca, roja y dorada. Pierina le preguntó: "Por favor, dígame quien es usted". Con una sonrisa la señora le contestó: "Soy la Madre de Jesús y madre de todos vosotros". Después de una pausa prosiguió: "Nuestro Señor me envió para implantar una nueva devoción Mariana en todos los institutos así masculinos como femeninos, en las comunidades religiosas y en todos los sacerdotes. Yo les prometo que si me veneran de esta manera especial, gozarán particularmente de mi protección, habrá un florecimiento de vocaciones religiosas. Deseo que el día 13 de cada mes se me consagre como día Mariano y los doce precedentes sirvan de preparación con oraciones especiales." Su rostro se iluminó con una inexplicable alegría y continuó: "En ese día derramaré sobreabundancia de gracias y santidad sobre quienes así me hubiesen honrado. Deseo que el 13 de julio de cada año sea dedicado en honor de Rosa Mística".
Luego le explicó a Pierina el significado de las tres espadas:
1- La primera espada, significa la pérdida culpable de la vocación sacerdotal o religiosa.
2- La segunda espada, la vida en pecado mortal de personas consagradas a Dios.
3- La tercera espada, la traición de aquellas personas que al abandonar su vocación sacerdotal o religiosa, pierden también la fe y se convierten en enemigos de la iglesia.
El significado de las rosas.
La rosa blanca simboliza el espíritu de oración.
La rosa roja, el espíritu de sacrificio (para reparar).
La rosa dorada o amarilla, el espíritu de penitencia.
La Rosa blanca significa entonces oración. ¿Por qué nos pide oración la Virgen en Montichiari (Monte luminoso)? Ella misma lo dice: "Mi divino Hijo, cansado por las incesantes ofensas, quiso descargar su justicia, pero me interpuse como mediadora entre El y los hombres, intercediendo especialmente por las almas consagradas".
En la Cuarta aparición, el 16 de noviembre de 1947, profundiza más el motivo del pedido de oración: "Mi divino Hijo Jesús y Señor Nuestro esta hastiado de las muchas y graves ofensas que se le infieren por tantos pecados contra la santa pureza. Le provoca desatar un diluvio de castigos..., pero mi intercesión se ha interpuesto para que tenga compasión una vez mas, por eso pido en desagravio oración y penitencia. Suplico íntimamente a los sacerdotes que amonesten a los hombres para que no sigan en la liviandad. Yo regalaré mi gracia a quienes ayuden a expiar esos delitos”. ¿Se nos perdonará entonces? preguntó la vidente. La Rosa Mística contestó: "Sí, en cuanto se les deje de cometer". Y con estas palabras se alejó.
La Rosa blanca significa oración en desagravio de los pecados de impureza que se cometen día a día por personas consagradas, tanto sacerdotes, como laicos, pues ambos están consagrados a Dios, aunque de modo distinto.
¿Por qué el enojo de Jesús por los pecados de impureza? Para tratar de entender un poco, recordemos las palabras de San Pablo: “El cuerpo es templo del Espíritu Santo” (cfr. 1 Cor 6, 19). Por la gracia recibida en el bautismo, hemos sido convertidos en una nueva creación: si antes éramos sólo seres humanos, criaturas de Dios, ahora somos hijos adoptivos de Dios y templos del Espíritu Santo. Así como un templo material es consagrado al Espíritu Santo, así nuestros cuerpos han sido consagrados al Espíritu Santo, y si un templo material, consagrado y dedicado al Espíritu Santo, no puede ser usado para otros fines –comercio, venta, esparcimiento, etc.- que no sea el de honrar al Espíritu de Dios, así tampoco el cuerpo del cristiano puede ser usado para otro fin que no sea el de honrar a Dios.
Para darnos una idea de qué significa esto, tomemos la imagen de algo que conocemos, un templo material, como el que asistimos a Misa todos los días. Un templo, para ser digno de Dios, debe estar siempre limpio, bien iluminado, perfumado, adornado con flores, ya que la presencia de las imágenes sagradas, pero sobre todo la Presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, en el Sagrario, así lo reclama.
¿Qué sucedería si un sacerdote, o un fiel laico, hicieran entrar en el templo de Dios, a una gran cantidad de animales de todo tipo –caballos, gallinas, patos, ovejas, perros, gatos, etc.-, y los dejara encerrados en él durante mucho tiempo? Los animales, obviamente, harían sus necesidades fisiológicas, dejando todo inmundo y sucio, además de estar peleando continuamente. Esto constituiría una gravísima afrenta contra los santos, representados en las imágenes, pero sobre todo y principalmente, contra Jesucristo, Presente en Persona en el Santísimo Sacramento del altar, y el responsable de tal acción, sea sacerdote o laico, incurriría en un pecado mortal, y se haría reo de la justicia divina.
Esto mismo, y todavía muchísimo peor, es lo que sucede cuando el cristiano, cuyo cuerpo es templo del Espíritu Santo, comete impurezas, aún sólo de vista. Pero la impureza no se refiere sólo al aspecto ligado con la reproducción: la impureza es también del espíritu, cuando el alma acepta el mal, en cualquiera de sus formas: robo, engaño, violencia, adoración a los ídolos, como el dinero, el poder, el placer, el tener, la ambición codiciosa de bienes materiales inútiles. Todo esto vuelve al alma impura, así como los pecados ligados a la reproducción vuelven al cuerpo impuro.
Esto quiere decir que también cuando el cristiano comete otros delitos, como la violencia, la discordia, el enojo, la impaciencia; o cuando usa su cuerpo para decir una mentira, una calumnia, una difamación contra su prójimo –usa su cuerpo porque debe usar el cerebro y la lengua para emitir la palabra dirigida contra su hermano-, o cuando usa su cuerpo para ejercer alguna violencia sobre el otro; o cuando usa su cuerpo, sus pies y sus manos, para cometer cualquier otro delito, está profanando su cuerpo, y en él, profana al Espíritu Santo, dueño de ese templo. Todas estas son profanaciones contra el Espíritu Santo, porque son todos usos pecaminosos del cuerpo, que debería ser usado para glorificar a Dios. El cuerpo humano ha sido adquirido por Jesucristo al precio de su Sangre y de su Vida, para que sea propiedad del Espíritu Santo, y no para cometer delitos e impurezas corporales y espirituales de todo tipo.
Porque pertenece al Espíritu Santo, todo el cuerpo debe glorificar a Dios: el cerebro, con pensamientos santos y puros, como los de Jesucristo o los de la Virgen; los ojos corporales, para evitar lo malo y ver sólo las cosas santas y puras; la boca y la lengua, para hablar de amistad fraterna con el prójimo, y emitir cantos de alabanza a Dios; la nariz, los oídos, el tacto, los sentidos todos, deberían solo oler, oír y sentir las cosas santas; los pies, deberían trasladar al resto del cuerpo sólo para visitar enfermos, para ayudar al más necesitado, para acudir a Misa, para ir a rezar, y nunca para ejecutar el mal.
De esto se sigue que el devoto de María Rosa Mística, no puede ni siquiera ver los innumerables programas televisivos inmorales, en donde la profanación de los cuerpos es escandalosa y sin límites, aunque también debe evitar cualquier uso pecaminoso del cuerpo, cuidando bien los pensamientos dirigidos contra el prójimo, porque eso ya es usar el cuerpo de un modo no santo.
Pero la vida cristiana no consiste principalmente en evitar lo negativo y malo, sino en vivir en plenitud la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, y vivir esta vida implica el uso del cuerpo para cosas santas, como la oración, la cual debe ser continua, perseverante, confiada, devota, humilde.
Éste es el significado de la Rosa blanca de María Rosa Mística.