Mostrando entradas con la etiqueta Nombres de la Virgen María. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nombres de la Virgen María. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de mayo de 2014

Los Nombres de la Virgen María (VII): Nuestra Señora de la Caridad o La Visitación de María Santísima



           
Fiesta: 31 de mayo
Descripción de la imagen
            En la escena de la Visitación, en la cual la Virgen entona el Magnificat, se ven solo a la Virgen y a Isabel, pero en realidad hay dos personas más: Jesús, en el vientre de María, y Juan el Bautista, en el vientre de Isabel, ya que ambas se encuentran encintas. María, encinta, de pie, avanza al encuentro de su prima, Santa Isabel, la cual, a su vez, corre a abrazar a la Virgen, que ha venido a visitarla luego de un largo viaje.

            Significado espiritual de la Visitación de María Santísima
María Santísima, estando encinta, visita a su prima, Santa Isabel, ella también encinta, para ayudarla, debido a que su prima es una persona mayor y necesita ayuda.
            En la Visitación de la Virgen (Lc 1, 39-56), María nos da un ejemplo de cómo obrar la caridad para con los demás: olvidándose de Ella misma, que también necesita ayuda por su embarazo, la Virgen no duda en emprender un largo y difícil viaje hasta llegar a lo de su prima Isabel, que vive lejos de su pueblo.
            Pero en la Visitación de la Virgen hay algo infinitamente más grandioso que un maravilloso ejemplo de caridad: con la llegada de María, llega también su Divino Esposo, el Espíritu Santo, que es quien ilumina las mentes y llena los corazones de Isabel y Juan el Bautista, comunicándoles el conocimiento y el gozo sobrenaturales de María como Madre de Dios y de Jesús como Dios Hijo encarnado, conocimiento y gozo que hacen proclamar a Isabel las alabanzas de su cántico a María Virgen, y saltar de gozo al Bautista en su seno, por la proximidad de Jesús.
            Le rogamos a María Virgen que se digne visitar las almas más necesitadas de ayuda divina, aquellas más alejadas, las que viven más lejos de Dios, para que ellas también, con su Visitación, reciban el don del Espíritu Santo que ilumine sus mentes y alegre sus corazones, permitiéndoles reconocer en María a la Madre de Dios y en su Hijo al Verbo eterno del Padre.

            La Visitación
            María visita a su prima Isabel, que está encinta, y se queda para ayudarla en su embarazo (Lc 1, 39-56). Ella misma está embarazada, y sin embargo, acude a ayudar a Isabel. María es ejemplo perfecto de caridad cristiana, es nuestro modelo de cómo debemos ayudar a nuestro prójimo. Sin embargo, lo principal en este episodio del evangelio, no es el ejemplo que María nos da de caridad cristiana.
            María va a visitar a su prima Isabel, y ésta, al verla llegar, la saluda de un modo especial: “Bendita eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre”. La razón por la cual la saluda así ahora –ya la conocía de toda la vida, pero recién ahora la saluda de esta manera especial- la da el mismo Evangelio: Isabel está inspirada por el Espíritu Santo: “Llena del Espíritu Santo”. Es por esta iluminación interior, proporcionada por la Presencia en su interior del Espíritu de Dios, por la cual Isabel puede trascender y ver en María no a su prima embarazada que ha hecho un largo camino para ayudarla a su vez en su embarazo, sino a María, la Esposa del Cordero, la Aurora de la Eternidad, la Puerta del Cielo, la Estrella de la Mañana. Es por la iluminación del Espíritu Santo que Isabel ve en María a la Nueva Eva, a la Madre de Dios y Madre de la Iglesia. Y es también por la iluminación del Espíritu Santo que Isabel y su hijo, en su vientre, se llenan de alegría sobrenatural.
La Visitación de María, que en apariencia -vista exteriormente- es una visita más de  las tantas que se realizan entre parientes que se aprecian mutuamente, es en realidad algo mucho más grande y trascendente: María representa a la Iglesia, la Esposa del Cordero, y lleva en su seno al Verbo de Dios encarnado, y así, como Iglesia Esposa del Cordero y como Portadora del Verbo Encarnado, María visita a Isabel, en quien está representada la humanidad que espera, en el umbral del tiempo, a la Iglesia y al Salvador, Dios eterno encarnado. María con su Hijo visitan a Isabel: la Iglesia lleva al Verbo de Dios a la humanidad que lo espera con ansia. La Visitación de María, sucedida en el tiempo, no ha terminado sin embargo. La Visitación de María es el inicio de la misión de la Iglesia, que lleva a la humanidad a la Palabra de Dios encarnada y donada a sí misma como Pan de Vida eterna. entre la Iglesia y un alma cualquiera, y por eso se pueden aplicar a este encuentra estas palabras que el Beato Francisco Palau pone en boca de la Iglesia: “Yo soy la Mujer del Cordero, soy la Congregación de los justos militantes sobre la tierra, bajo Cristo, mi cabeza, soy tu Reina, soy tu Esposa, soy tu Madre, soy Hija y, correspondiendo a tu amor, vengo a ti, estoy contigo en esta soledad (...) Yo soy una realidad (...) existo, vivo con vida propia, tengo cabeza (Jesús) y miembros que constituyen mi cuerpo moral (...) Mando y gobierno en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra. Soy la Señora del Universo, las criaturas todas me sirven. Tengo lengua y hablo (“A quien vosotros oye a mí me oye”), oídos y oigo lo que se me dice; tengo ojos y veo, tengo manos y obro, pies y ando. Yo soy el objeto único de amor, capaz de llenar el vacío inmenso del corazón humano, soy lo infinitamente bello y reúno en mí todas las bellezas creadas, como imagen viva del mismo Dios; y fuera de mí (fuera de la Iglesia) no hay felicidad posible para el hombre”[1],
En el misterio del tiempo y de la historia, en el misterio de la espera del Salvador, María Iglesia continúa visitando, por la misión y por la misa, a la humanidad que espera a su Dios, y continúa donando el fruto de sus entrañas, el Pan de Vida eterna, el cuerpo de Jesús Sacramentado, surgido del Espíritu del Amor de Dios.

Oración a Nuestra Señora de la Caridad
Virgen Santísima,
Que en la Visitación a Santa Isabel
Nos das ejemplo admirabilísimo
De caridad cristiana,
Pues no solo fuiste a ayudar a tu prima, Santa Isabel,
Sino que le llevaste a tu Hijo Jesús,
Alojado en ese sagrario viviente
Que es tu seno virginal,
Concédenos la gracia
De ser nosotros para con nuestros prójimos
Causa de la verdadera alegría,
Al imitarte a Ti,
Obrando la caridad
Y llevando a nuestros hermanos
la alegre noticia
De Jesús Salvador.



[1] Cfr. Josefa Pastor Miralles, María, tipo perfecto y acabado de la Iglesia en el pensamiento y experiencia de Francisco Palau, Editorial de Espiritualidad, Madrid 1978, 104-105.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Los Nombres de la Virgen María (V): Nuestra Señora de Fátima




Fiesta: 13 de mayo
Descripción de la imagen y breve historia
La Virgen María se apareció en Fátima, Portugal, en seis oportunidades a lo largo del año 1917, los días 13 de cada mes, comenzando el 13 de mayo y finalizando el 13 de octubre (la aparición del mes de agosto tuvo lugar el día 15 en vez del 13), siendo precedidas por las apariciones del “Ángel de Portugal” o “Ángel de la paz”, como el ángel mismo se llamó, en la primavera de 1916. La primera manifestación sobrenatural fue entre abril y octubre de 1915. Lucía guardaba el rebaño con otras tres niñas cuando “comenzaron a ver sobre los árboles que se extendían en dirección al este, una luz más blanca que la nieve, con la forma de un joven transparente, de una gran belleza”. En esa ocasión no estaban Francisco y Jacinta. En otros días esta aparición se repitió dos veces.
En 1916 hubo una nueva aparición a Lucía, Jacinta y Francisco. No había otros niños. El Ángel se manifestaba bajo la forma de un joven resplandeciente, con una consistencia y un brillo como el de un cristal atravesado por los rayos del sol. Les enseñó a rezar, con la frente inclinada hasta el suelo, la siguiente oración: “Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman”. Y agregó: “Rezad así. Los Corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestras súplicas”. Les recomendó que ofrecieran “todo lo que pudieran” en reparación por los pecados y por la conversión de los pecadores. Les dijo que era el Ángel de Portugal y que debían orar por su patria.
En la tercera aparición, el Ángel traía un cáliz en la mano, y sobre él una Hostia de la que caían, dentro del cáliz, algunas gotas de sangre. Se postró en tierra, dejando el cáliz y la Hostia suspendidos en el aire, y repitió tres veces la siguiente oración: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo te adoro profundamente y te ofrezco el preciosísimo Cuerpo y Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que El mismo es ofendido. Y por los infinitos méritos de su Santísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de María, te pido la conversión de los pobres pecadores”.
Después se levantó, dio la Hostia a Lucía; el cáliz lo dio a beber a Francisco y Jacinta diciendo al mismo tiempo: “Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”.
En las apariciones, la Virgen pidió que se rezara el Rosario, implorando la conversión de los pecadores, y que se construyera una capilla, que luego se transformó en el actual santuario.
Luego de las apariciones del Ángel, comenzaron las de la Virgen, el día 13 de mayo, para confiarles a los pastorcitos tres secretos -en forma de profecías-, dos de los cuales se revelaron en 1941, en un documento escrito por Lucía para ayudar con la canonización de sus primos, mientras el tercero fue presentado por escrito al Papa en 1960, y revelado al mundo por el papa Juan Pablo II, el 26 de junio del 2000.
El primer secreto fue la visión del infierno; el segundo incluyó las instrucciones de María de cómo salvar las almas del Infierno y reconvertir el mundo a la cristiandad[1]; en el tercero, un pedido insistente de penitencia, junto con una profecía relativa a un Papa, que muchos suponen era Juan Pablo II.
Antes de mostrarles el infierno, la Virgen prometió el Cielo a los pastorcitos y les pidió que recibieran los sufrimientos que Dios quisiera enviarles para reparación de los pecados y conversión de los pecadores. Los tres lo aceptaron. Nuestra Señora les predijo que sufrirían mucho, pero que la gracia de Dios no los abandonaría. Además, en todas las apariciones les recomendó que diariamente rezaran el Rosario para alcanzar el fin de la guerra y la paz del mundo.
En la segunda aparición la Santísima Virgen insistió sobre el Rosario diario y recomendó a los tres niños que aprendieran a leer. En esta ocasión, Nuestra Señora prometió que, en breve, llevaría al cielo a Francisco y Jacinta, y anunció que Lucía viviría más tiempo para cumplir en la tierra una misión providencial: “Jesús quiere servirse de tí para hacerme conocer y amar. El quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón”. Al percibir que Lucía estaba aprensiva, Nuestra Señora la confortó diciéndole: “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios”.
En esa aparición, María Santísima mostró a los pastorcitos un corazón cercado de espinas que se le clavaban por todas partes, ultrajado por los pecados de los hombres y que pedía reparación. En una revelación posterior a la Hermana Lucía, en 1925, la Virgen María prometió asistir en la hora de la muerte, con todas las gracias necesarias para la salvación, a quienes durante cinco meses, en el primer sábado, recibieran la Sagrada Comunión, rezaran el Rosario y la acompañaran quince minutos meditando sus misterios con el fin de desagraviarla.
Nuestra Señora se apareció por tercera vez el 13 de julio. Después de haber recomendado una vez más el rezo diario del Rosario, enseñó a los pastorcitos una nueva jaculatoria para ser rezada con frecuencia, y especialmente cuando hicieran algún sacrificio: “Oh Jesús, es por vuestro amor, por la conversión de los pecadores y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María”.
María Santísima mostró entonces el infierno a los tres pastorcitos: “vimos como un gran mar de fuego y, sumergidos en ese fuego, a los demonios y las almas como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana, que flotaban en el incendio llevadas por las llamas que de ellas mismas salían juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados —semejante al caer de las chispas en los grandes incendios— sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación, que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros carbones en brasa Esta visión duró por un instante. Cómo pudimos jamás estar suficientemente agradecidos a nuestra Madre celestial amable, que ya nos había preparado prometiendo, en la primera Aparición, llevarnos al cielo. De otro modo, creo que habríamos muerto del temor y el terror....”.
Asustados, y como pidiendo socorro, los videntes levantaron los ojos hacia Nuestra Señora, que les dijo con bondad y tristeza (es el contenido del segundo secreto: “Ustedes han visto el infierno donde las almas de los pobres pecadores van. Para salvarlos, Dios desea establecer en la devoción de mundo al Corazón Inmaculado. Si lo que digo a usted es hecho, muchas almas se salvarán y habrá la paz. La guerra terminará: pero si las personas no dejan de ofender a Dios, vendrá otra peor. Cuando ustedes vean una noche iluminada por una luz desconocida, sepan que esto es el gran signo dado a ustedes por Dios que él está a punto de castigar al mundo por sus crímenes, por medio de la guerra, el hambre, y las persecuciones de la Iglesia y del santo Padre. Para prevenir esto, yo vendré a pedir la consagración de Rusia al Corazón Inmaculado, y a la Comunión de reparación en los Primeros sábados. Si se hacen caso de mis pedidos, Rusia se convertirá, y habrá la paz; si no, ella esparcirá sus errores a través del mundo, causando las guerras y las persecuciones de la Iglesia. El bueno será martirizado; el santo Padre tendrá mucho que sufrir; varias naciones serán aniquiladas. Al fin, mi Corazón Inmaculado triunfará. El santo Padre consagrará Rusia a mí, y ella será convertida, y un período de paz será otorgado al mundo”.
Les enseñó además una jaculatoria para ser rezada entre misterio y misterio del Rosario: “Oh Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, llevad todas las almas al cielo y socorred especialmente a las más necesitadas”.
El 13 de agosto no hubo aparición: los pequeños habían sido secuestrados y puestos a disposición del Administrador de Ourém que por la fuerza quiso arrancarles el secreto. Sin embargo, de forma inesperada, la Virgen apareció el día 15 del mismo mes, ocasión en que prometió un insigne milagro para el mes de octubre, comunicó sus instrucciones relativas al empleo del dinero que los fieles dejaban en el local de las apariciones y una vez más recomendó oraciones y penitencias: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, que muchas almas se van al infierno por no haber quien se sacrifique y pida por ellas”.
El 13 de septiembre, la Virgen María insistió también en el rezo diario del Rosario para alcanzar el fin de la guerra, elogió la fidelidad de los pastorcitos, la vida de mortificación que les había pedido y recomendó que se moderasen un tanto en ese punto. Les confirmó la promesa de un milagro en octubre. También les prometió obrar algunas curaciones que le habían pedido.
El 13 de octubre Nuestra Señora les dijo: “Soy la Señora del Rosario”. Anunció que la guerra terminaría a la brevedad y les recomendó: “No ofendan más a Dios Nuestro Señor que ya está muy ofendido”. Lucía le pidió la cura de algunas personas. Nuestra Señora respondió que curaría  “a unos sí, a otros no”. Y agregó: “Es preciso que se enmienden, que pidan perdón de sus pecados”.
En ese momento Lucía exclamó: “Miren hacia el sol”.
Desaparecida María Santísima en la inmensidad del firmamento, se desarrollaron ante los ojos de los videntes tres cuadros sucesivos, simbolizando primero los misterios gozosos del rosario, después los dolorosos y finalmente los gloriosos.
Aparecieron, al lado del sol, San José con el Niño Jesús y Nuestra Señora del Rosario. Era la Sagrada Familia. San José bendijo a la multitud, haciendo tres veces la señal de la cruz. El Niño Jesús hizo lo mismo. Siguió la visión de Nuestra Señora de los Dolores y después la de Nuestra Señora del Carmen, con el Niño Jesús en los brazos.
En esta aparición ocurrieron las señales prometidas –el milagro del sol y las ropas mojadas por la lluvia que se secaron súbitamente– para autenticar lo que narraban los pastorcitos.
En la visión de julio, la Santísima Virgen comunicó su famoso secreto que es de la mayor importancia.
Pidió que la humanidad se convirtiera, se enmendara de sus pecados y que el Santo Padre, con todos los obispos, consagrara Rusia a su Inmaculado Corazón. De lo contrario, sobrevendría una nueva guerra, muchas naciones serían aniquiladas, Rusia esparciría sus errores por el mundo y el Santo Padre tendría mucho que sufrir. Y prometió “Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz”.
El tercer misterio fue transcrito por Sor Lucía el 3 de enero de 1944, y fue hecho público el 13 de mayo del 2000. Dice así el texto de Sor Lucía: "Escribo en obediencia a Vos, Dios mío, que lo ordenáis por medio de Su Excelencia Reverendísima el Señor Obispo de Leiria y de la Santísima Madre vuestra y mía.
“Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Ángel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: ‘algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él’ a un Obispo vestido de Blanco ‘hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre’. También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Ángeles cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios”.

Significado espiritual
Transcribimos la interpretación que del tercer misterio hiciera el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, actualmente Benedicto XVI[2].
La parte más importante del Comentario Teológico está dedicada a “un intento de interpretación del secreto de Fátima”. Del mismo modo que la palabra clave de la primera y de la segunda parte del “secreto” es la de “salvar almas”, “la palabra clave de este ‘secreto’ es el triple grito: ‘¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!’. Viene a la mente el comienzo del Evangelio: ‘Arrepentíos y creed en el Evangelio’ (Mc 1,15). Comprender los signos de los tiempos significa comprender la urgencia de la penitencia, de la conversión y de la fe. Esta es la respuesta adecuada al momento histórico, que se caracteriza por grandes peligros y que serán descritos en las imágenes sucesivas. Me permito insertar aquí un recuerdo personal: en una conversación conmigo, Sor Lucia me dijo que le resultaba cada vez más claro que el objetivo de todas las apariciones era el de hacer crecer siempre más en la fe, en la esperanza y en la caridad. Todo el resto era sólo para conducir a esto”.
Después, el entonces prefecto de la Congregación para la Fe pasa revista a las “imágenes” del secreto. “El ángel con la espada de fuego a la derecha de la Madre de Dios recuerda imágenes análogas en el Apocalipsis. Representa la amenaza del juicio que incumbe sobre el mundo. La perspectiva de que el mundo podría ser reducido a cenizas en un mar de llamas, hoy no es considerada absolutamente pura fantasía: el hombre mismo ha preparado con sus inventos la espada de fuego”.
“La visión muestra después la fuerza que se opone al poder de destrucción: el esplendor de la Madre de Dios, y proveniente siempre de él, la llamada a la penitencia. De este modo se subraya la importancia de la libertad del hombre: el futuro no está determinado de un modo inmutable, y la imagen que vieron los niños no es una película anticipada del futuro, de la cual nada podría cambiarse. En realidad, toda la visión tiene lugar sólo para llamar la atención sobre la libertad y para dirigirla en una dirección positiva. (...) Su sentido es el de movilizar las fuerzas del cambio hacia el bien. Por eso están totalmente fuera de lugar las explicaciones fatalísticas del ‘secreto’ que dicen que el atentador del 13 de mayo de 1981 habría sido en definitiva un instrumento de la Providencia. (...) La visión habla más bien de los peligros y del camino para salvarse de los mismos”.
Pasando a las siguientes imágenes, “el lugar de la acción -explica el cardenal Ratzinger- aparece descrito con tres símbolos: una montaña escarpada, una gran ciudad medio en ruinas, y finalmente una gran cruz de troncos rústicos. Montaña y ciudad simbolizan el lugar de la historia humana: la historia como costosa subida hacia lo alto, la historia como lugar de la humana creatividad y de la convivencia, pero al mismo tiempo como lugar de las destrucciones, en las que el hombre destruye la obra de su propio trabajo (...) Sobre la montaña está la cruz, meta y punto de orientación de la historia. En la cruz la destrucción se transforma en salvación; se levanta como signo de la miseria de la historia y como promesa para la misma”.
“Aparecen después aquí personas humanas: el Obispo vestido de blanco (‘hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre’), otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y, finalmente, hombres y mujeres de todas las clases y estratos sociales. El Papa parece que precede a los otros, temblando y sufriendo por todos los horrores que lo rodean. No sólo las casas de la ciudad están medio en ruinas, sino que su camino pasa en medio de los cuerpos de los muertes. El camino de la Iglesia se describe así como un viacrucis, como camino en un tiempo de violencia, de destrucciones y de persecuciones. En esta imagen, se puede ver representada la historia de todo un siglo.
Del mismo modo que los lugares de la tierra están sintéticamente representados en las dos imágenes de la montaña y de la ciudad, y están orientados hacia la cruz, también los tiempos son representados de forma compacta”.
“En la visión podemos reconocer el siglo pasado como siglo de los mártires, como siglo de los sufrimientos y de las persecuciones contra la Iglesia, como el siglo de las guerras mundiales y de muchas guerras locales que han llenado toda su segunda mitad y han hecho experimentar nuevas formas de crueldad. En el 'espejo' de esta visión vemos pasar a los testigos de la fe de decenios”.
El prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe afirma también que en el viacrucis de este siglo “la figura del Papa tiene un papel especial. En su fatigoso subir a la montaña podemos encontrar indicados con seguridad juntos diversos Papa, que empezando por Pío X hasta el Papa actual han compartido los sufrimientos de este siglo y se han esforzado por avanzar entre ellos por el camino que lleva a la cruz. En la visión también el Papa es asesinado en el camino de los mártires. No podía el Santo Padre, cuando después del atentado del 13 de mayo de 1981 se hizo llevar el texto de la tercera parte del ‘secreto’, reconocer en él su propio destino? Había estado muy cerca de las puertas de la muerte y él mismo explicó el haberse salvado con las siguientes palabras: ‘fue una mano materna la que guió la trayectoria de la bala y el Papa agonizante se detuvo en el umbral de la muerte’ (13 de mayo de 1994). Que ‘una mano materna’ haya desviado la bala mortal muestra sólo una vez más que no existe un destino inmutable, que la fe y la oración son poderosas, que pueden influir en la historia y, que al final, la oración es más fuerte que las balas, la fe más potente que las divisiones”.
La conclusión del secreto, prosigue el cardenal Ratzinger, “recuerda imágenes que Lucía puede haber visto en libros piadosos, y cuyo contenido deriva de antiguas intuiciones de fe. Es una visión consoladora, que quiere hacer maleable por el poder salvador de Dios una historia de sangre y lágrimas. Los ángeles recogen bajo los brazos de la cruz la sangre de los mártires y riegan con ella las almas que se acercan a Dios. La sangre de Cristo y la sangre de los mártires están aquí consideradas juntas: la sangre de los mártires fluye de los brazos de la cruz. Su martirio se lleva a cabo de manera solidaria con la pasión de Cristo y se convierte en una sola cosa con ella”.
“La visión de la tercera parte del secreto tan angustiosa en su comienzo, se concluye pues con una imagen de esperanza: ningún sufrimiento es vano y, precisamente una Iglesia sufriente, una Iglesia de mártires, se convierte en señal orientadora para la búsqueda de Dios por parte del hombre (...) del sufrimiento de los testigos deriva una fuerza de purificación y de renovación, porque es actualización del sufrimiento mismo de Cristo y transmite en el presente su eficacia salvífica”.
¿Qué significa en su conjunto (en sus tres partes), el “secreto” de Fátima?, se pregunta por último el cardenal Ratzinger. "Ante todo debemos afirmar con el cardenal Sodano: ‘los acontecimientos a los que se refiere la tercera parte del ‘secreto’ de Fátima parecen pertenecer ya al pasado’. En la medida en que se refiere a acontecimientos concretos ya pertenecen al pasado. Quien había esperado impresionantes revelaciones apocalípticas sobre el fin del mundo o sobre el curso futuro de la historia se desilusionará. Fátima no nos ofrece este tipo de satisfacción de nuestra curiosidad, lo mismo que la fe cristiana no quiere y no puede ser un mero alimento para nuestra curiosidad. Lo que queda de válido lo hemos visto de inmediato al inicio de nuestras reflexiones sobre el texto del ‘secreto’: la exhortación a la oración como camino para la ‘salvación de las almas’ y, en el mismo sentido, la llamada a la penitencia y a la conversión”.
“Quisiera al final volver aún sobre otra palabra clave del ‘secreto’, que con razón se ha hecho famosa: ‘Mi Corazón Inmaculado triunfará’. ¿Qué quiere decir esto? Que el corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat de María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque ella ha introducido en el mundo al Salvador, porque gracias a este ‘sí’ Dios pudo hacerse hombre en nuestro mundo y así permanece ahora y para siempre. El maligno tiene poder en este mundo, lo vemos y lo experimentamos continuamente; él tiene poder porque nuestra libertad se deja alejar continuamente de Dios”.
“Pero desde que Dios mismo tiene corazón humano y de ese modo ha dirigido la libertad del hombre hacia el bien, hacia Dios, la libertad hacia el mal ya no tiene la última palabra. Desde aquel momento cobran todo su valor las palabras de Jesús: ‘padeceréis tribulaciones en el mundo, pero tened confianza; yo he vencido al mundo’ (Jn 16,33). El mensaje de Fátima nos invita a confiar en esta promesa2.

Más especulaciones sobre el Tercer Misterio
En 1984 el entonces cardenal Joseph Ratzinger (hoy papa Benedicto XVI) dijo que el Tercer Misterio pertenecía a “... los peligros que amenazan la fe y la vida del cristiano, y por lo tanto del mundo. Y entonces la importancia de los ‘novissimi’” (Novísimos).
El obispo de Fátima, Cosme do Amaral, dijo en 1984: “Su contenido concierne sólo a nuestra fe. Para identificar el [Tercer] Misterio con anuncios catastróficos o con un holocausto nuclear deberá deformar el significado del mensaje. La pérdida de la fe de un continente es peor que la aniquilación de una nación; y es verdad que esa fe disminuye continuamente en Europa”.
El 11 de mayo de 2010, Benedicto XVI dijo, al viajar en avión a Portugal para cumplir una visita pastoral, que los sufrimientos actuales de la Iglesia por los abusos sexuales contra niños cometidos por sacerdotes forman parte de los que anunció el Tercer secreto de Fátima.

Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará
Debido a la extensión del significado espiritual de las apariciones de Fátima, nos centraremos brevemente en la profecía de la Virgen, ya comentada por el Santo Padre: “Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará”. Y de esta afirmación se sigue la necesidad de la consagración al Corazón Inmaculado, también pedida por la Virgen en Fátima.
Es necesario el triunfo de su Inmaculado Corazón, porque cuando la Iglesia libra una batalla como la de nuestros tiempos, la Madre viene en auxilio, a socorrernos y llevarnos al desierto (Apocalipsis 12: escondernos en su corazón, alimentándonos con su fe firme, su disposición a la Palabra, su obediencia a la revelación de Dios. Formándonos con su mediación maternal, con sus enseñanzas, sus direcciones y consejos. Y cuidándonos del maligno, defendiéndonos en esta guerra por nuestras almas, manteniéndonos cerca guardados en su corazón, donde el demonio no puede entrar, ni robarnos. “No tengas miedo, mi Inmaculado Corazón será tu refugio y tu camino seguro para llegar a Dios” (La Virgen a Lucía).
Es evidente, que en estos tiempos, y podría decir que de forma urgente, es necesaria una poderosa victoria de la Santísima Virgen sobre el mal: el triunfo del Inmaculado Corazón, triunfo de la gracia sobre el pecado, de la luz sobre las tinieblas, de la verdad sobre el error, de la santidad sobre la corrupción, de la paz sobre la guerra y la violencia. “Es necesario el triunfo del Inmaculado Corazón de María para salvar la humanidad, mostrando a Jesús, fruto bendito de su vientre” (S.S.Juan Pablo II: Angelus, 8 de Julio de 1984).
S.S. Juan Pablo II dice que el triunfo del Inmaculado Corazón, es también el triunfo de la Iglesia. “Traerá la nueva primavera de la Iglesia" que el Santo Padre nos habla en Tertio Milenio Adveniente: “resurgirá la fe, brillará la Iglesia, triunfará el Corazón de Cristo”.
¿En qué consiste este triunfo?
La reconquista espiritual de todo el mundo. O sea, que nuestros corazones regresen a su Hijo, que vuelvan a pertenecerle a Él, y su Corazón Inmaculado es el camino seguro y, perfecto para llegar al Corazón de Cristo. Ella, como madre nuestra, quiere hacer todo lo posible, para regresarnos al camino de su Hijo, por llevarnos a Él, por revelarnos al único Salvador y Señor. Ella quiere enseñarnos el camino que hemos perdido: el amor, la fe, la conversión, la vida de los sacramentos, los valores morales, los valores familiares, la obediencia y fidelidad a Dios y a sus mandamientos.
“La Inmaculada debe conquistar el mundo entero y cada individuo, para así poder devolverlos a Dios. Es por ello que debemos reconocerla por lo que ella es y someternos a ella y a su reinado, el cual es todo amor y ternura” (San Maximiliano Kolbe).
Siempre debemos pensar en el triunfo de la Santísima Virgen en término de destrucción del pecado, de sus estructuras y de las consecuencias del pecado.
Precisamente se trata del triunfo del Corazón Inmaculado, porque la batalla se libra en el corazón de los hombres, que se han endurecido, se han alejado de Dios y han dado cabida a la oscuridad y al pecado, al mundo, la carne y el demonio. Ella, en cuyo Corazón se vive en plenitud el triunfo Redentor de Cristo, nos quiere hacer partícipes de esa victoria, manifestando a cada uno de nosotros y a las naciones todas, el triunfo de Su Corazón, el triunfo de la gracia sobre el pecado, del amor sobre el egoísmo, de la paz sobre la violencia, de la fe renovada por el Espíritu Santo sobre el ateísmo, de la amorosa devoción sobre la indiferencia y la frialdad, de la verdad de la revelación sobre la mentira, las herejías y falsa religión.
¿Cómo y cuándo se dará este triunfo?
No sabemos exactamente el cómo ni el cuándo, pero sabemos los medios que la Santísima Virgen nos está dando para que promovamos y aceleremos este triunfo. En el mismo mensaje de julio 13, Ella nos lo dice: “para impedirla (batalla espiritual y crisis de fe) vendré a pedir la Consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados. Si se atienden mis deseos, Rusia se convertirá y habrá una era de paz”.
1- Consagración y Reparación. Consagración es “hacer algo sagrado”, como por ejemplo, un templo dedicado a Dios: se “consagra” porque queda dedicado a Dios, y no puede ser usado para ningún otro fin que no sea el de la alabanza y adoración del único Dios verdadero.
Todo católico ya está consagrado por el bautismo; es decir, todo cristiano ha sido convertido en “templo del Espíritu Santo”, como dice San Pablo (1 Cor 3, 16), y si esto es así, cabría preguntarse el porqué de una nueva consagración. El motivo es que, en la consagración a María, se dan algunos elementos que no estaban presentes en el momento del bautismo. Por ejemplo, si en el bautismo la renuncia a Satanás y a sus obras fue hecha por nuestros padres y padrinos en nombre nuestro, ahora esa renuncia se afirma y se realiza de modo personal; si por el bautismo nuestras obras buenas quedaban consagradas a Dios y su mérito nos pertenecía, ahora, por la consagración a María, nuestras obras buenas –junto con todo nuestro ser y nuestras pertenencias materiales y espirituales-, pertenecen a la Virgen María, para que sea Ella quien las distribuya, según la enseñanza de la comunión de los santos, a quien más lo necesite.
Otros motivos por los cuales es imperioso consagrarse a la Virgen, es que, según los santos, si queremos llegar por nosotros mismos a Jesucristo, lo más probable es que seamos rechazados, mientras que si vamos por María, llegaremos de modo rápido, fácil y seguro, aún cuando seamos los más grandes pecadores.
Por la consagración a la Virgen, le entregamos en sus manos maternales toda nuestra vida, todo nuestro ser, todo lo que somos y tenemos; todavía más, nos “introducimos” en su Corazón Inmaculado, como si fuera este un nuevo útero, en donde renaceremos a la vida de la gracia, ya que seremos formados, moldeados, guiados e instruidos por Ella.
Otro motivo para consagrarnos es que, como todos los hombres, nos alejamos libremente de Dios y de su Ley de Amor, y por lo tanto, nos hacemos merecedores de su Justicia Divina, y destinatarios de su ira divina, y el Corazón Inmaculado es el refugio segurísimo que no solo nos resguarda de la ira de Dios –la Virgen le dijo a Sor Faustina que en el Día del Juicio Final, hasta los ángeles temblarán cuando se desencadene su justa ira-, sino que recibimos la dulzura, el Amor y la Misericordia de Dios, que no quiere la condenación sino la salvación de todos los hombres.
Por este motivo, es muy importante dar a conocer a la Virgen y a su pedido de consagración, y hacer que muchos la amen y se consagren a Ella. Es lo que la Virgen l e dice a Lucía: “Jesús quiere utilizarte para darme a conocer y hacerme amar”.
La Consagración entonces no es simplemente una oración o un acto de devoción, ni es simplemente una repetición de oraciones en días determinados; es un compromiso de vida, que conlleva un estilo de vida, el estilo de vida de los hijos de Dios y de la Virgen María, gestados en su seno materno, nacidos al pie de la Cruz, alumbrados a la vida de la gracia, destinados al cielo y a la bienaventuranza eterna. ¿Cómo se reconoce un hijo de María? Por su obediencia, su humildad, su amor a Dios y al prójimo, su simplicidad, su sencillez, su afabilidad, su espíritu de oración, de sacrificio, de penitencia, su silencio; etc.
Se puede decir que el consagrado a la Virgen, como ha nacido del Corazón de María y ha sido revestido del Amor que la inhabita, es –o al menos debería ser- una imagen viviente de Jesús.

Junto con la consagración, la reparación
Pero además de la Consagración, o más bien, a consecuencia de ella, el cristiano debe ofrecer su vida como un continuo acto de reparación a Dios Trino, tanto por sus pecados, como los del mundo entero. Esta reparación alivia a los Sagrados Corazones de Jesús y de María, agobiados por los pecados de los hombres. El 10 de Diciembre de 1925, se le apareció a Sor Lucía, la Santísima. Virgen con el niño Jesús. Le dijo el niño: “Ten compasión del Corazón de tu Santísima Madre que está cubierto de espinas, que los hombres ingratos le clavan sin cesar; sin que haya nadie que haga un acto de reparación para arrancárselas”. Inmediatamente dijo la Santísima Virgen: Mira hija mía, mi corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan sin cesar con blasfemias e ingratitudes. Tú al menos procura consolarme”.
Elementos de la Comunión Reparadora de los primeros sábados:
1- Rezo del Santo Rosario meditado (adentrarnos en los misterios de Nuestra Redención).
2-Sacramento de la Reconciliación y examen de conciencia (estrategia de conversión y arrepentimiento).
3-Recibir la comunión en reparación por nuestros pecados y los pecados del mundo y las ofensas a su Corazón Inmaculado. 
4-Adoración al Santísimo Sacramento (estar ante la presencia de Cristo para adorarle, amar, creer, por los que no lo adoran, aman, y creen). La reparación atrae misericordia.
2. El Santo Rosario. En cada una de las apariciones de Fátima, Ella pide que “recen el rosario”. ¿Por qué? Porque es arma poderosísima contra la crisis de fe. “Es la fe contenida en una mano”. Todos los misterios principales de nuestra salvación y Redención están contenidos en los misterios del rosario (Profundizar la fe en espíritu de oración). Después de cada decena se nos ha pedido recitar: "Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, conduce todas las almas al cielo, especialmente las que más necesitan de tu misericordia”.
Los santos y la Consagración al Inmaculado Corazón de María
Decía así el Santo Padre Juan Pablo II en su visita a Fátima en 1991: “Estoy consciente que el espíritu detrás del comunismo no está muerto, y se corre el peligro de remplazar el marxismo con otra forma de ateísmo, que exaltando la libertad tiende a destruir las raíces de la moralidad humana y cristiana. Las nuevas condiciones de los pueblos y de la Iglesia son todavía peligrosas e inestables. Por eso Madre, revela tu amor a cada uno de tus hijos y a las naciones, pues te necesitamos”.
Que nos quiere decir el Santo Padre: que la Santísima Virgen ha logrado ya la primera etapa de la batalla, derrumbar un sistema estructurado con poder político, pero todavía hay mucho que derrumbar, todos los errores que esparció el materialismo, insubordinación, rebeldía, violencia, opresión, ateísmo, un mundo sin Dios, sin apertura a sus misterios, disensión de la verdad, secularismo. O sea, falta alcanzar que cese la crisis de fe y sus consecuencias, dentro de la Iglesia y en el mundo, en los corazones, en las familias y en las naciones enteras. Falta vencer todavía la crisis de fe: Con esta victoria, se cumplirá la totalidad de la promesa: “Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará” y vendrá un tiempo de paz.
Ahora bien, el fruto de este triunfo será la era de paz, porque al triunfar su corazón, ella la Reina de la paz nos hará partícipes de la paz de su Corazón, la cual es fruto de su total comunión de amor con Cristo, paz que recibe de Él por la unidad perfecta de ambos corazones. Paz que ella posee por su perfecta armonía con la voluntad de Dios y sus designios.
San Maximiliano Kolbe, por su parte, decía: “Aquellos que se entregan completamente a la Inmaculada arderán con un amor tan poderoso que les hará prender ese fuego a todo lo que está a su alrededor y causar que muchas almas ardan con ese mismo amor. Así conquistarán el mundo entero y cada alma en particular para la Inmaculada. Esto lo harán lo más pronto posible”.
Y continúa: “Tenemos que ganar el universo y cada individuo ahora y en el futuro, hasta el fin de los tiempos, para la Virgen Santísima, y por ella, para el Sagrado Corazón de Jesús. Esas almas llegarán a amar al Sagrado Corazón mucho mejor y más profundamente de lo que lo han hecho hasta ahora. A través de su amor incendiará el mundo y lo consumirá”.
Ana Catalina Emmerick (mística del principio del siglo XIX) nos dice: “Vi volar por la superficie del cielo un Corazón resplandeciente de una luz roja, del cual partía una estela de rayos blancos que conducían a la llaga del Costado de Jesús. Esos rayos atraían a ellos un gran número de almas, que a través del Corazón y la estela luminosa, entraban al Costado de Jesús. Se me explicó que ese Corazón era el de María”.

Con la comunión, se renueva nuestra consagración bautismal como templos del Espíritu
Al celebrar la dedicación o consagración de la Catedral de Letrán –la Catedral del Papa como Obispo de Roma- no puede dejar de tenerse en cuenta qué es la dedicación o consagración.
La etimología de una de las palabras nos ayuda: con-sagrar, es “hacer o volver sagrado” algo que no lo era. Un templo material, antes de la consagración, esto es, antes de ser dedicado como tal, para su uso en el culto católico, no es sagrado por sí mismo. Sí lo es, sí pasa a ser sagrado, cuando es con-sagrado, cuando es dedicado a la santidad de Dios.
Pero esta consagración de un templo material, como la Catedral de Letrán, o como la consagración de cualquier otro templo en la Iglesia Católica- es símbolo de otra consagración, de otra conversión en sagrado de algo que antes no lo era: la consagración del alma en el momento del bautismo. La consagración del templo es símbolo de la santidad comunicada al alma por la inhabitación del Espíritu Santo[3]: en el bautismo, el alma es dedicada, consagrada a Dios, por la inhabitación del Espíritu Santo.
            El alma, al ser incorporada a Cristo por medio del bautismo, es convertida en templo del Espíritu Santo; el Espíritu Santo es enviado al alma, por el Padre y por el Hijo, como si el alma fuera templo suyo, para pertenecerle y para poseerla como propiedad[4]. Las Tres Personas de la Trinidad son las que toman poseen en común a la criatura, pero en el caso del Espíritu Santo, la toma de posesión es verdaderamente hipostática y propia, es decir, personal[5].
De ahí que la profanación del cuerpo, templo del Espíritu, sea, más que profanación de la persona humana, profanación de las Tres Personas a quienes ese cuerpo le ha sido consagrado, y sea ante todo profanación de la Persona del Espíritu Santo que inhabita en él[6].
La imagen de Jesús expulsando a los mercaderes del templo, además de haber constituido un hecho real, posea una gran simbología: los animales, los cambistas, los usureros, que convierten al templo en un lugar de comercio, representan la profanación del templo por medio de las pasiones sin control. Cristo, expulsando a los mercaderes del templo, representa a la gracia que toma posesión del templo para Dios Uno y Tino.
Con la comunión, en la que ingresa el Hijo enviado por el Padre, y en la que el Hijo y el Padre envían al Espíritu Santo, se renueva nuestra consagración bautismal como templos del Espíritu.

La Virgen no estaba contenta en Fátima
Contrariamente a lo que podría esperarse en una aparición celestial a niños, la Virgen en Fátima no estaba contenta, sino muy triste. Es esto lo que afirma, en una entrevista inédita, Sor Lucía, la vidente que fue monja carmelita. Además, Sor Lucía da las razones del porqué de este semblante de la Virgen.
Comienza así el relato de la entrevista por parte del sacerdote: “La encontré (a Sor Lucía, vidente de Fátima) en su convento muy triste, pálida y demacrada; y me dijo: ‘Padre, la Santísima Virgen está triste, porque nadie hace caso a su mensaje, ni los buenos ni los malos. Los buenos porque prosiguen su camino de bondad pero sin hacer caso a este mensaje. Los malos porque no viendo el castigo de Dios actualmente sobre ellos, a causa de sus pecados, prosiguen también su camino de maldad. Pero créame, Padre, Dios va a castigar al mundo, y lo va a castigar de una manera tremenda…’”.
Según las palabras de Sor Lucía, nadie, ni los buenos ni los malos, hacen caso de los mensajes de Fátima: tanto unos como otros, piensan que son cuentos para niños. Piensan que porque la Virgen se apareció a niños, el mensaje, o está reservado para ellos, o tiene el valor que tiene una fábula para niños.
Sin embargo, no es un cuento para niños la siguiente aparición, relatada por Sor Lucía: “La Señora abrió las manos como en los meses pasados. El reflejo parecía penetrar en la tierra, y vimos como un mar de fuego: sumergidos en este fuego a los demonios y a las almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana, que fluctuaban en el incendio, llevadas por las llamas que salían de las mismas juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados, seme­jante al caer de pavesas en los grandes incendios, sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación, que horrorizaban y hacían estremecer de pavor.
A la vista de esto di aquel “ay”, que dicen haberme oído. Los de­monios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como ne­gros carbones en brasa. Asustados y como para pedir socorro, levantamos la vista ha­cia Nuestra Señora que nos dijo entre bondad y tristeza: -Habéis visto el infierno, adonde van las almas de los po­bres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mun­do la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacéis lo que os digo se salvarán muchas almas y habrá paz. La guerra va a terminar. Pero si no dejan de ofender a Dios, en el pontificado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando viereis una noche iluminada por una luz desconocida, sabed que es la señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes por medio de la guerra, del hambre y de persecuciones de la Iglesia y del Santo Padre. Para impedirlo, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los prime­ros sábados (…)”.
No hacer caso –como hacen los buenos y los malos, según Sor Lucía- del mensaje de Fátima, produce nocivas consecuencias, una de ellas, el descuidar una fuente de conversión y santidad, como la visión del infierno.
Según Sor Lucía, la primera causa de santificación de Francisco y Jacinta fue ver la tristeza de la Virgen por el destino de los pecadores; la segunda causa, fue la visión del infierno: “Dígales también, Padre, que para mis primos esta visión fue una de las causas de la santificación; lo primero que santificó a Francisco y Jacinta fueron los sacrificios que hicieron, porque vieron siempre a la Santísima Virgen muy triste en todas sus apariciones. Nunca se sonrió con nosotros, y esa tristeza y angustia que notábamos en la Santísima Virgen, a causa de las ofensas a Dios y de los castigos que amenazaban a los pecadores, nos llegaban al alma. Lo segundo que santificó a los niños fue la visión del infierno”.
¿Por qué esta visión es causa de santificación? La razón por la que la meditación acerca de la realidad del infierno, destino de dolor por toda la eternidad al cual se encamina el impenitente, los santificó, es porque les concedió la contrición del corazón, que es el arrepentimiento perfecto. Se equivocan quienes piensan que Dios, siendo infinitamente misericordioso, no puede castigar con castigos tan dolorosos, para siempre. Quienes así piensan, no tienen en cuenta que, en Dios, misericordia y justicia están estrechamente relacionados, y que dejaría de ser quien es, Dios Perfectísimo, sino aplicara su justicia en la vida eterna.
La Virgen no estaba contenta en Fátima, ya que demostraba una gran tristeza, al comprobar cómo muchas almas se condenaban para siempre. También está triste la Iglesia, al comprobar cómo cientos de miles de sus hijos, niños, jóvenes, adultos y ancianos, se encaminan hacia la perdición eterna, seducidos por los ídolos de nuestra época: el materialismo, que niega el espíritu y lo sobrenatural; el hedonismo, que exalta la sensualidad corpórea, y el relativismo, que niega la Verdad Absoluta revelada en Cristo.
Pero hay otra advertencia que nos hace la Virgen María en Fátima, siempre según las palabras de Sor Lucía: estamos en el fin de los tiempos.
Continúa Sor Lucía, refiriéndose a las apariciones, advirtiéndonos que nos encontramos en peligro inminente de condenación, de continuar haciendo caso omiso de los mensajes dados por la Virgen en Fátima, mensajes que llaman a la oración, a la penitencia, al sacrificio: “Padre, no esperemos que venga de Roma una llamada a la penitencia, de parte del Santo Padre, para todo el mundo: ni esperemos tampoco que venga de parte de los señores Obispos para cada una de sus diócesis: ni siquiera tampoco de parte de las Congregaciones Religiosas. No: ya nuestro Señor usó muchas veces de estos medios y el mundo no le ha hecho caso. Por eso, ahora, ahora que cada uno de nosotros comience por sí mismo su reforma espiritual: que tiene que salvar no sólo su alma, sino salvar a todas las almas que Dios ha puesto en su camino. Por esto mismo Padre, no es mi misión indicarle al mundo los castigos materiales que ciertamente vendrán sobre la tierra si el mundo antes no hace oración y penitencia. No, mi misión es indicarle a todos lo inminente del peligro en que estamos de perder para siempre nuestra alma si seguimos aferrados al pecado. (…) Padre, la Santísima Virgen no me dijo que nos encontramos en los últimos tiempos del mundo, pero me lo dio a demostrar por tres motivos:
- el primero porque me dijo que el demonio está librando una batalla decisiva con la Virgen, y una batalla decisiva es una batalla final, en donde se va a saber de qué partido es la victoria, de qué partido es la derrota. Así que ahora o somos de Dios o somos del demonio.
- Lo segundo porque me dijo que dos eran los últimos remedios que Dios daba al mundo: el santo Rosario y la devoción al Inmaculado Corazón de María.
- Y tercero, porque siempre en los planos de la Divina Providencia, cuando Dios va a castigar al mundo, agota antes todos los demás medios, y cuando ha visto que el mundo no le ha hecho caso a ninguno de ellos, entonces, como si dijéramos a nuestro modo imperfecto de hablar, nos presenta con cierto temor el último medio de salvación, su Santísima Madre. Porque si despreciamos y rechazamos este último medio, ya no tendremos perdón del cielo, porque hemos cometido un pecado que, en el Evangelio suele llamarse pecado contra el Espíritu Santo: que consiste en rechazar abiertamente, con todo conocimiento y voluntad, la salvación que se presenta en las manos; y también porque nuestro Señor es muy buen hijo; y no permite que ofendamos y despreciemos a su Santísima Madre, teniendo como testimonio patente la historia de varios siglos de la Iglesia que con ejemplos terribles nos indica cómo Nuestro Señor siempre ha salido en defensa del honor de su Santísima Madre”.

Oración a la Virgen de Fátima
Nuestra Señora de Fátima,
Tú que mostraste a los pastorcitos
El camino para llegar al Cielo
Y evitar el infierno:
La penitencia, la conversión,
El rezo del Rosario
Y la Consagración
A tu Inmaculado Corazón,
Te suplicamos,
Refúgianos en tu Corazón bendito,
Anticipo del Cielo en la tierra. Amén.



[1] Diversos autores afirman que el segundo secreto pronosticó la reconversión de Rusia (en esas mismas fechas se realizó la Revolución rusa que dio lugar al primer estado socialista de la historia) al Cristianismo. Y consideran que con la desintegración de la URSS en 1990 la profecía se ha cumplido. También se especula que en el tercer mensaje se profetizaba el atentado contra la vida del papa Juan Pablo II, que ocurrió el 13 de mayo de 1981 (64° aniversario de la primera aparición de Fátima). Además, según creyentes, la Virgen predijo el final de la Primera Guerra Mundial (la cual terminó al año siguiente) y la muerte prematura de Francisco y Jacinta. Francisco murió el 4 de abril de 1919 y Jacinta el 20 de febrero de 1920; ambos fueron luego beatificados por la Iglesia Católica.
[2] [2] El Comentario Teológico del Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe está dividido en tres partes: Revelación pública y revelaciones privadas, su lugar teológico; La estructura antropológica de las revelaciones privadas; Un intento de interpretación del secreto de Fátima. 1) "El término 'revelación pública' designa la acción reveladora de Dios destinada a toda la humanidad, que ha encontrado su expresión literaria en las dos partes de la Biblia: el Antiguo y el Nuevo Testamento. Se llama 'revelación' porque en ella Dios se ha dado a conocer progresivamente a los hombres, hasta el punto de hacerse él mismo hombre, para atraer a sí y para reunir en sí a todo el mundo por medio del Hijo encarnado, Jesucristo. En Cristo Dios ha dicho todo, es decir, se ha manifestado a sí mismo y, por lo tanto, la revelación ha concluido con la realización del misterio de Cristo que ha encontrado su expresión en el Nuevo Testamento". 2)La "revelación privada", en cambio, "se refiere a todas las visiones y revelaciones que tienen lugar una vez terminado el Nuevo Testamento; es ésta la categoría dentro de la cual debemos colocar el mensaje de Fátima. La autoridad de las revelaciones privadas -prosigue el cardenal Ratzinger- es esencialmente diversa de la única revelación pública: ésta exige nuestra fe". La revelación privada, en cambio, "es una ayuda para la fe, y se manifiesta como creíble precisamente porque remite a la única revelación pública". Citando al teólogo flamenco E. Dhanis, el prefecto para la Fe afirma que "la aprobación eclesiástica de una revelación privada contiene tres elementos: el mensaje en cuestión no contiene nada que vaya contra la fe y las buenas costumbres; es lícito hacerlo público, y los fieles están autorizados a darle en forma prudente su adhesión". "Un mensaje así puede ser una ayuda válida para comprender y vivir mejor el Evangelio en el momento presente; por esto no se debe descartar. Es una ayuda que se ofrece, pero no es obligatorio hacer uso de la misma". El cardenal Ratzinger subraya también que "la profecía en el sentido de la Biblia no quiere decir predecir el futuro, sino explicar la voluntad de Dios para el presente, lo cual muestra el recto camino hacia el futuro".
[3] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 181.
[4] Cfr. ibidem, 179.
[5] Cfr. ibidem, 179.
[6] Cfr. ibidem, 179.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Los Nombres de la Virgen María (IV): Nuestra Señora de Luján


Fiesta: 8 de mayo
Descripción de la imagen
La imagen de Nuestra Señora de Luján corresponde en realidad a la Inmaculada Concepción; sucede que al encontrarse revestida al estilo español, y al quedar cubierto toda su figura, exceptuando el rostro y las manos, por una cubierta de plata -realizada en el año 1904-, la advocación queda oculta. Se encuentra de pie sobre nubes, entre las cuales sobresalen cuatro cabezas de querubines. A sus pies se ve la luna en cuarto creciente. Sus manos están en actitud orante, a la altura del pecho).
Para describir la imagen de la Virgen de Luján, es necesario tener presente el libro del Apocalipsis, puesto que el origen de la imagen se encuentra allí: “Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (12, 1).
“Una Mujer, vestida de sol…”: el resplandor del sol –imagen de Jesucristo, Sol de gracia eterna- está figurado en la rayera gótica, adosada a la espalda de la imagen. En la rayera se encuentra la inscripción: “Es la Virgen de Luján la primera fundadora de esta Villa” (con “Villa”, no se representa tanto a una localidad en particular, sino que se significa a la Nación Argentina).
“…con la luna bajo sus pies…”: en la luna –realizada en plata en la imagen- está representada toda la Creación, visible e invisible. María Santísima, como Hija Predilectísima de Dios Padre, como Madre de Dios Hijo, y como Esposa Purísima del Espíritu Santo, es Emperatriz de los cielos y de la tierra. La luna está colocada a los pies como símbolo del poder de María, en su condición de esta triple predilección de la Santísima Trinidad, que la ubica por encima de todas las creaturas, visibles e invisibles, convirtiéndola en una criatura única e inigualable, por encima de todos los ángeles y santos, y sólo un poco por debajo del Hombre-Dios, Jesús de Nazareth.
“…y una corona de doce estrellas sobre su cabeza…”: las estrellas representan, según San Bernardo, las 12 prerrogativas de gracias con las cuales la Santísima Trinidad adornó a la Virgen: cuatro del cielo -la generación de María anunciada en el Antiguo Testamento, el haber sido saludada por el ángel, el haber concebido en su seno al Hijo de Dios, el haberse realizado esto por obra y gracia del Espíritu Santo-; cuatro del cuerpo -su inquebrantable propósito de guardar virginidad, su virginidad realzada por una milagrosa fecundidad, el estar libre de las molestias que se siguen a la concepción "llevando a Quien la llevaba", su milagroso alumbramiento; cuatro del Corazón -la mansedumbre de su pudor, su profunda humildad, su fe magnánima y firmísima, el martirio de su Corazón.
La corona imperial: es de oro con incrustaciones preciosas. La corona que le concede la Iglesia -bendecida por León XIII en 1886-, es una figura de la corona de luz y de gloria con la cual su mismo Hijo la coronó en persona en el Cielo, en la Asunción. Antes de llevar esta corona de gloria, participó de la Pasión de su Hijo Jesús, sufriendo los mismos dolores de su Hijo coronado de espinas, y por eso mereció recibir esta corona de luz.
La coronación de María en la tierra, por parte de sus hijos, representa el reconocimiento que sus hijos hacen a su Madre como Patrona de la Patria, como Patrona de las almas: colocar la corona en la cabeza de una reina significa reconocer la majestad de esa reina, y es eso lo que hacemos al coronar a María: reconocer, con humildad, su grandeza mayestática, su majestuosidad de Reina de los cielos que nos honra tomándonos como a sus hijos.
La corona que se coloca en la imagen de María es una corona material, hecha con  materiales nobles, como la plata, el oro, o piedras preciosas, y es una figura o símbolo de la corona real, espiritual, que María lleva en el cielo.
La corona de María en el cielo es una corona de luz, de santidad, de pureza, de gloria divina, que María ostenta en los cielos desde su Asunción gloriosa, por toda la eternidad. Pero a esta corona de luz y de gloria que María lleva en el cielo, no la alcanzó sin antes haber llevado en la tierra, en el tiempo en el que vivió en la tierra, en su Corazón Inmaculado, el dolor inmenso de la corona de espinas de su Hijo Jesús. Su Hijo Jesús fue coronado en la cruz como el Rey de los judíos, como el Rey de la humanidad, con la corona de espinas, una corona pesada, formada por gruesas espinas, duras y afiladas, que traspasaron su cuero cabelludo e hicieron brotar sangre a borbotones de su Cabeza, sangre que luego corrió por su cuerpo crucificado; la corona de espinas le provocaba dolor a Jesús, pero mucho más que las espinas, lo que le provocaba dolor era la maldad de los corazones humanos, además de la frialdad de corazón y la indiferencia para con su sacrificio. Fue Jesús quien llevó la corona de espinas en la cruz, pero María la llevó también, invisible, en su Corazón Inmaculado, al pie de la cruz, porque en su Corazón llevaba todo el dolor de su Hijo Jesús, y así como la corona de espinas de Jesús en la tierra se transformó en la corona de luz y de gloria en el cielo, en la resurrección, así el dolor de Jesús, que María atesoraba en su Corazón en la tierra, en el Calvario, al pie de la cruz, se convirtió en el cielo en su corona de luz y de gloria divina.
Al contemplar la corona de la Virgen de Luján, pidamos la luz de la fe para trascender lo que vemos, para ver con la luz del Espíritu Santo, como lo pide para nosotros la misma Virgen, para ver cómo María merece la corona de luz y de gloria luego de llevar el dolor de su Hijo. Eso mismo debemos pedir para nosotros.

            Significado espiritual de la devoción
            La devoción y la imagen de la Virgen de Luján tienen una profunda y estrechísima relación con el ser nacional del pueblo argentino; tanto, que se puede decir que la Nación argentina tiene, en expresiones del Papa Pío XII, su "centro natural" en Ella.
            Trece años después de haberla visitado en su camarín de Luján, siendo ya Sumo Pontífice, dijo que “Ella quiso quedarse allí y el alma nacional argentina comprendió que allí tenía su centro natural”. Además, expresó cuál había sido su impresión al verla: “…nos pareció que habíamos llegado al fondo del alma del gran pueblo argentino.”
            En otras palabras, el Santo Padre nos dice que vio, en la Virgen de Luján, "el fondo del alma del gran pueblo argentino", es decir, aquello que es su base, lo que le da razón de ser, lo que sirve de cimiento a todo lo que se construye luego, y sin cuya existencia, nada puede ser construido. Es sobre la base de este pensamiento de Su Santidad Pío XII, que elaboramos las siguientes meditaciones acerca de la Virgen de Luján y el significado espiritual para los argentinos.

            La Virgen de Luján, Madre, Patrona y Dueña de la Patria Argentina
Pocas naciones en el mundo tienen el privilegio de la Nación Argentina, el de haber sido elegidas, por la Madre de Dios, para quedarse en su suelo. Un hermoso prodigio dio origen a su estadía en nuestro suelo patrio: la carreta tirada por bueyes, en donde se encontraba la imagen, no se movió hasta que no quitaron de su interior la imagen de la Madre de Dios que luego sería venerada como “Nuestra Señora de Luján”[1]. El prodigio fue un claro signo de que la Virgen quería quedarse en la Patria, y quería ser venerada en ese lugar por todos los argentinos.
            De esta manera, nuestra Patria se vio honrada, al ser elegida por la Madre de Dios para ser su patrona. Desde entonces, la Virgen de Luján presidió todos los grandes acontecimientos de la patria, fue proclamada Generala y recibió los bastones de mando de numerosos próceres argentinos, como San Martín, Belgrano, Güemes, Lamadrid, Pueyrredón, y fue invocada por los soldados héroes de Malvinas, y por millones de argentinos, civiles y militares, que forjaron la Argentina.
            Se trata por lo tanto de una imagen plena de historia y de significado, en donde la historia de la Argentina como Nación, y de cada argentino como patriota, encuentra su sentido y su significado: bajo su manto, bajo su mirada maternal, bajo su protección de Madre celestial, nacieron, vivieron y murieron generaciones y generaciones de argentinos, quienes gracias a su intercesión misericordiosa, gozan ahora de la beatitud eterna, la contemplación alegre y extática de las Tres Divinas Personas.
            Pero hay otro privilegio, que viene de la mano de este prodigio realizado por la Madre de Dios para quedarse en nuestra Patria y ser su Patrona y Dueña, y es el de su manto, que lleva los colores de la Inmaculada Concepción, pues de ese manto bendito, surgió nuestra enseña nacional, nuestra gloriosa Bandera Argentina.
            El general Don Manuel Belgrano, a la hora sublime de crear la bandera de la nueva nación, eligió los colores celeste y blanco, pero no por capricho, ni al azar, ni para recordar el cielo cosmológico, sino para honrar a la Purísima Concepción de María, de quien era ferviente devoto.
            Éste es el otro privilegio que tiene nuestra Patria, no compartido por ninguna otra nación de la tierra, y es el de llevar, gloriosamente, en su bandera, los colores del manto de la Inmaculada Concepción. Así lo quiso el General Manuel Belgrano, al elegir los colores de la Bandera Nacional: quiso que llevara los colores de la Inmaculada Concepción, a quien amaba, veneraba y honraba desde su niñez. Desde entonces, los argentinos tenemos la dicha de besar la Bandera Nacional, como si estuviéramos besando el Manto de la Virgen de Luján, que es el Manto de la Inmaculada Concepción.
            Es por esto que si el Salmo dice: “Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor” (cfr. Sal 32), nuestra Patria puede, alegrándose en la Virgen Inmaculada, decir: “Dichosa la Nación cuya Patrona y Dueña es la Madre de Dios”.
Ahora bien, el hecho de que María Virgen sea nuestra Patrona, supone privilegios especiales, no exentos de tribulaciones; aún más, podría decirse que la tribulación es la condición de los hijos de la Virgen, como don del cielo, venido directamente de Dios, que hace participar, a sus hijos adoptivos, de la Gran Tribulación de su Hijo Jesús en la cruz.
Es así como nuestra Patria, bajo el amparo de la Virgen, ha atravesado numerosas tribulaciones, y lo continúa haciendo, en el día de hoy, y podría decirse que la tribulación de este tiempo es la más grande, la más dura, la más dolorosa, de todas las tribulaciones vividas en su historia.
Hoy la Patria se ve acosada, además de sus enemigos naturales, por un enemigo más insidioso, más difícil de detectar, pues no se identifica con extrañas banderas, como en Obligado. El peligro más grande, para la Patria, viene hoy de algunos de sus propios hijos, que no la reconocen mariana, no la reconocen católica, y por lo mismo, no reconocen a la Virgen de Luján como a su Madre, Señora, Dueña y Protectora.
La más grande tribulación la sufre hoy la Patria, no sólo porque botas militares extranjeras mancillan sus amadas Islas Malvinas, sino porque muchos, muchísimos de sus hijos, desconociéndola en su condición de Madre de los argentinos, se han olvidado de su Hijo, lo han rechazado, y han abrazado el culto a los modernos ídolos neo-paganos, el poder, la fama, la gloria mundana, la violencia, la ideología de los sin Dios, y se dirigen, inconscientes y ciegos, al abismo de la eterna condenación.

La Bandera Argentina es el Manto de la Inmaculada Virgen de Luján
Las banderas nacionales son un reflejo del pensamiento y del sentimiento de un pueblo, pero también representan lo más característico de una nación. En la bandera nacional está representado y simbolizado el ser más auténtico y profundo de toda una nación, y por esto mismo, porque representa al ser nacional, todo el pueblo se siente representado y reflejado en esa bandera. En la bandera nacional se aglutinan y condensan las vivencias más significativas e importantes de la nación, aquellas que dieron origen a su ser nacional, las que forjaron y fraguaron el ser de la nación, en los inicios históricos de la existencia de un pueblo.
Todas las naciones surgieron por un hecho histórico trascendente –o también, por una serie de hechos históricos-, el cual queda plasmado en la insignia nacional, de modo tal que las generaciones sucesivas, al contemplarla, traigan a la memoria la gesta del pasado, de la cual nacieron, y con sus corazones honren y veneren en el presente a la Patria a la que pertenecen, y juren defenderla con sus vidas hasta el fin.
Una bandera nacional, entonces, no es nunca un símbolo vacío, sino un símbolo cargado de riqueza histórica y de valores trascendentes, que despiertan en el hombre sus sentimientos más nobles y profundos.
Muchos han dado sus vidas por sus banderas, no por el lienzo, obviamente, sino porque sus colores y sus figuras representan la génesis, el presente y el futuro del ser nacional, y en ellos están representados elevados valores humanos y los hechos históricos que originaron a la nación.
Así, en la bandera de EE.UU., por ejemplo, “el blanco simboliza su color de piel e inocencia, el rojo sangre y valor, y el azul el cielo, perseverancia y justicia” (…) La bandera de Estados Unidos de América consta de trece barras horizontales, siete rojas y seis blancas, y un rectángulo azul en el cantón con cincuenta estrellas blancas. Las barras representan a las trece colonias originales que se independizaron del Reino Unido y las estrellas a los estados que forman la Unión”[2].
Cuando leemos acerca de la bandera de México, se lee lo siguiente: “El Escudo Nacional de México (…) consiste en un águila real devorando a una serpiente (…) está basado en la leyenda azteca que cuenta cómo su pueblo vagó por cientos de años en el territorio mexicano buscando la señal indicada por sus dioses para fundar la ciudad de Tenochtitlán (la actual Ciudad de México), donde vieran a un águila devorando a una serpiente”[3].
En el primer caso, la bandera destaca las virtudes, además del cielo cosmológico, y están representadas las colonias que iniciaron la independencia; en el segundo caso, una leyenda inmemorial, según la cual los dioses señalarían el lugar de la fundación de la ciudad emblemática de la nación, que debía ser en donde encontraran a un águila devorando una serpiente.
Virtudes humanas en un caso, leyenda mitológica pre-hispana, en el segundo.
En el caso de la Bandera Argentina, no hay nada de esto, sino algo infinitamente más sublime.
Abundantes pruebas historiográficas, demuestran que la Bandera Argentina, creada por el General Manuel Belgrano, lleva los colores del manto de la Inmaculada Virgen de Luján, de quien Belgrano era ferviente devoto.
Como antecedente a la creación mariana de la Bandera Nacional, existen una serie de datos históricos que avalan esta tesis, según el historiador Vicente Sierra[4], de quien tomamos la siguiente recopilación: “Cuando el rey Carlos III consagró España y las Indias a la Inmaculada en 1761, y proclamó a la Virgen principal Patrona de sus reinos; creó también la Orden Real de su nombre, cuyos caballeros recibían, como condecoración, el medallón esmaltado con la imagen azul y blanca de la Inmaculada, pendiente al cuello de una cinta de tres franjas: blanca en el medio, y azules a los costados.
El artículo 40 de los estatutos de la Orden, retomados en 1804, dice: ‘Las insignias serán una banda de seda ancha dividida en tres franjas iguales, la del centro blanca y las dos laterales de color azul celeste”[5].
Según este dato, entonces, ya desde la época del rey Carlos III, tanto España como las Indias, estaban consagradas a la Virgen, en cuyo honor se crea la Orden Real de la Inmaculada, que lleva los colores azul y blanco.
Avanzando un poco más en el tiempo, Sierra trae un dato tomado de Bartolomé Mitre: “Mitre dijo que los colores nacionales blanco y azul celeste pudieron ser adoptados ‘en señal de fidelidad al rey de España, Carlos IV, que usaba la banda celeste de la Ordende Carlos III, como puede verse en sus retratos al óleo… La cruz de esta orden es esmaltada de blanco y celeste, colores de la Inmaculada Concepción de la Virgen, según el simbolismo de la Iglesia’. El artículo IV de los estatutos de dicha orden, decretados en 1804, dice: ‘Las insignias… serán una banda de seda ancha dividida en tres fajas iguales, la del centro blanca, y las dos laterales de color azul celeste’. Augusto Fernández Díaz recuerda que, cuando en el último ensayo de gobierno republicano en España, se acordó cambiar la bandera rojo y gualda por otra de tres franjas: rojo, gualda y morado, Miguel de Unamuno, entonces diputado, dijo: ‘…Bandera monárquica podríais acaso llamar a la celeste y blanca de los Borbones de la casa española, cuyos colores son también los de la República Argentina y los de la Purísima Concepción”[6].
Otro antecedente mariano de la Bandera Nacional como signo distintivo de Argentina, aparece en la Reconquista de Buenos Aires, en donde las tropas patriotas se identifican con la imagen de la Inmaculada Concepción. Dice así otro historiador, Aníbal Rottjer: “Si bien la escarapela azul y blanca no se usó en 1810, y sólo aparece al año siguiente, como distintivo de la Sociedad Patriótica; sus colores habían adquirido una especial significación, por haberlos usado los voluntarios que prepararon la Reconquista, y que, reunidos en Luján, combatieron luego en la Chacra de Perdriel. Las crónicas de Luján nos hablan del ‘Real pendón de la Villa de Nuestra Señora, bordado en 1760 por las monjas catalinas de Buenos Aires. En él había dos escudos: uno con las armas del rey y otro con la imagen de la Pura y Limpia Concepción de María Santísima, singular patrona y fundadora de la villa’. El Cabildo de Luján entregó este estandarte a las tropas de Pueyrredón, ‘como su mejor contribución para el servicio y la defensa de la Patria’. Después de implorar el auxilio de la Virgen, y usando, como distintivo de reconocimiento, los colores de su imagen, por medio de dos cintas anudadas al cuello, una azul y otra blanca, y que llaman de la medida de la Virgen, porque cada una medía 38 centímetros, que era la altura de la imagen de la Virgen de Luján; los 300 soldados improvisados se lanzan al ataque contra 700 veteranos de Beresford, y mueren en la acción tres argentinos y veinte británicos.
Los dispersos se unen más tarde a las fuerzas de Liniers, y obtienen, días después, la victoria definitiva, que se atribuyó oficialmente a la intervención de la Virgen María, como consta en las actas del Cabildo de 1806. Estos colores los conservaron los húsares de Pueyrredón enla Defensa, durante las jornadas de julio de 1807”[7].
Como se puede ver claramente, los patriotas argentinos, que se levantan en armas para combatir al invasor inglés, se identifican con los colores celeste y blanco y con la imagen de la Inmaculada Concepción.
Tal es la identificación de con la Madre de Dios, y con los colores de su manto, que el Coronel Domingo French, en una proclama en Luján, el 25 de septiembre de 1812, dice así: “¡Soldados! Somos de ahora en adelante el Regimiento de la Virgen. Jurando nuestras banderas os parecerá que besáis su manto. …Al que faltare a su palabra, Dios y la Virgen, por la Patria, se lo demanden”[8].
Continúa aportando datos históricos Aníbal Rottjer, relativos a los reyes de España, y también al General Belgrano, que muestran la devoción a la Inmaculada Concepción: “Carlos III, Carlos IV y Fernando VII vestían sobre el pecho la banda azul y blanca con el camafeo de la Inmaculada, y el manto real lucía estos mismos colores, como puede observarse en los retratos que adornan los salones del escorial y el palacio de Oriente en Madrid, donde se custodian también las condecoraciones con la cruz esmaltada en blanco y celeste.
Pueyrredón y Azcuénaga los usaron, como caballeros de esa Orden, y Belgrano, como congregante mariano en las universidades de Salamanca y de Valladolid. Ya hemos referido en otro lugar que Belgrano, al recibirse de abogado, juró ‘defender el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, Patrona de las Españas’, y que, al ser nombrado secretario del Consulado, declaró en el acta fundamental de la institución que la ponía ‘bajo la protección de Dios’ y elegía ‘como Patrona a la Inmaculada Virgen María’, cuyos colores, azul y blanco, colocó en el escudo que ostentaba el frente del edificio”[9].
Otro historiador, el P. Guillermo Furlong, profundiza en la devoción mariana del General Belgrano, y la relaciona con la creación de la insignia nacional: “…al fundarse el Consulado en 1794, q1uiso Belgrano que su patrona fuese la Inmaculada Concepción y que, por esta causa, la bandera de dicha institución monárquica constara de los colores azul y blanco. Al fundar Belgrano en 1812 el pabellón nacional, ¿escogería los colores azul y blanco por otras razones diversas de las que tuvo en 1794? El Padre Salvaire no conocía estos curiosos datos y, sin embargo, confirma nuestra opinión al afirmar que ‘con indecible emoción cuentan no pocos ancianos, que al dar Belgrano a la gloriosa bandera de su Patria, los colores blanco y azul celeste, había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, obsequiar a la Pura y Limpia Concepción de María, de quien era ardiente devoto’”[10].
El P. Salvaire también da testimonio de la devoción mariana del General Belgrano, en particular a la advocación de la Virgen de Luján, como antecedentes inmediatos a su particular elección de los colores de la Bandera Nacional: “Al emprender la marcha (hacia el Paraguay) pasa (Belgrano) por la Villa de Nuestra Señora de Luján donde se detiene para satisfacer el deseo que le anima de poner su nueva carrera y las grandes empresas que idea su mente, bajo la protección de la milagrosa Virgen de Luján. Manda, al efecto, celebrar en ese Santuario una solemne misa en honor de la Virgen a la que asiste personalmente, a la cabeza del Ejército de su mando, y robusteciendo su corazón con el cumplimiento de este acto religioso, prosigue lleno de fe y de esperanza el camino que le trazara el deber y el honor”[11].
El historiador Eizaguirre nos brinda los testimonios de un cabildante de Luján, y del hermano de Belgrano, que confirman que la creación de la Bandera Nacional fue un acto de devoción mariana y de amor a la Purísima Concepción de la Virgen: “José Lino Gamboa, antiguo cabildante de Luján, juntamente con Carlos Belgrano, hermano del General, afirmó que: ‘Al dar Belgrano los colores celeste y blanco a la bandera patria, había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, honrar a la Pura y Limpia Concepción de María, de quien era ardiente devoto por haberse amparado a su Santuario de Luján’”[12].
Por último, en el mismo sentido, Aníbal Rottjer: “El sargento mayor Carlos Belgrano, que desde 1812 era comandante militar de Luján y presidente de su Cabildo, dijo: ‘Mi hermano tomó los colores de la bandera del manto de la Inmaculada de Luján, de quien era ferviente devoto’. Y en este sentido se han pronunciado también sus coetáneos, según lo aseveran afamados historiadores”[13].
De esta manera, vemos cómo nuestra enseña nacional, al llevar los colores de la Inmaculada Concepción, representa mucho más que valores humanos, o que leyendas mitológicas: representa nuestro ser nacional, cristiano y mariano. Al ver la Bandera, vemos el Manto de la Inmaculada de Luján, y así, ser argentinos y ser marianos, ser patriotas y ser hijos de la Virgen, es para nosotros una misma y única cosa.
Debido entonces a que la Virgen María, en su advocación de Inmaculada Concepción, y de Virgen de Luján es, comprobadamente, la Patrona y Dueña de estas tierras argentinas, ya que nuestra Nación se identifica con los colores de su Manto, a Ella, la Virgen de Luján, nuestra Madre del cielo, de quien orgullosos llevamos su Manto, que hemos tomado como enseña Patria, le decimos:
Ven, Purísima Concepción, Señora Dueña de la Argentina, y Defiende a tus hijos de los ataques del maligno, cubriéndolos con tu Manto celeste y blanco.
Ven, Madre nuestra, Reconquista los corazones de los habitantes de esta tierra Argentina, que te pertenece desde sus inicios.
Ven, Virgen Santísima, Inmaculada Concepción, y planta tu real insignia, tu Manto celeste y blanco, en las almas de tus hijos argentinos.
Ven, Madre de Dios, Virgen de Luján, y derriba las banderas idolátricas que ensombrecen el horizonte de la Nación, y enarbola los colores celeste y blanco de tu Manto de Purísima Concepción.
Ven Estrella Purísima de la mañana, Tú que anuncias la llegada del Nuevo Día y del Sol de justicia, Tu Hijo Jesucristo, y disipa las tinieblas que cubren nuestra Patria.
Ven, Virgen Purísima de Luján, defiéndenos del Maligno, cubre a tus hijos con tu Manto celeste y blanco, y condúcenos a la Patria celestial, el seno de Dios Trinidad.


            La Virgen de Luján Madre de nuestra Patria
            En el Antiguo Testamento, los israelitas celebraban con alegría el ser depositarios de la verdadera fe en Dios, y cantaban en el salmo: “Dichoso el Pueblo cuyo Dios es el Señor”. De esta manera, no solo se diferenciaban del resto de los pueblos paganos, en aspectos como el culto –los paganos ofrecían, cultos falsos en los que sacrificaban animales y, en algunos casos, seres humanos-, sino que estaban seguros y contentos por el hecho de ser elegidos por Dios y por lo tanto de poder contar con Él en momentos de tribulación y de prueba, pero sabían que podían contar con Dios también en el momento de la alegría y de la consolación, como lo testifican los innumerables prodigios o “maravillas” de Yahvéh a favor de su Pueblo.
“Dichoso el Pueblo cuyo Dios es el Señor”, repetían los israelitas en sus oraciones, este salmo que les daba confianza y serenidad en la prueba y en la tribulación, y les aseguraba de estar en la fe verdadera en medio de naciones paganas, ya que la Sinagoga, figura de la Iglesia, era la depositaria de la verdad de un Dios Uno y Único, que se había manifestado en la historia en medio del pueblo de Israel.
            Análogamente, la Argentina, como Nación, podría decir: “Dichosos nosotros, que tenemos a la Madre de Dios como Nuestra Madre y Señora”. Decirlo en la intimidad del corazón, y proclamarlo también hacia fuera, porque la Madre de Dios es la Madre de nuestra Patria: sin faltar a la verdad histórica, todo lo contrario, basados en la historia de nuestra nación, podemos comprobar cómo la Madre de Dios estuvo presente desde sus primerísimos orígenes, al punto tal de no tener sentido la existencia de Argentina como pueblo organizado, como Nación, sin  hacer referencia a la Virgen de Luján. No es Patrona –la “Patrona” es la dueña- de la Argentina porque los argentinos construyeron un santuario, la Basílica de Luján, convirtiéndolo en el principal santuario nacional de Argentina; es Patrona, o Dueña de la Argentina, porque así lo dispuso Dios Trino en su eternidad; es voluntad expresa de Dios Trinidad que la Madre de Dios sea la Dueña de Argentina, y es un honor inmerecido y una fuente de alegría en la paz y de consuelo en la tribulación.
            Pocas naciones, incluso entre las llamadas “cristianas”, tienen el honor de tener a la Madre de Dios como Dueña suya, por eso los argentinos, en medio de las naciones del mundo, podemos decir: “Dichosa la Nación cuya Dueña es la Madre de Dios”. Esto supone privilegios especialísimos, reales, verdaderos, actuales, algunos conocidos y la gran mayoría desconocidos, para los argentinos. El primero de todos los privilegios, el haber sido elegidos por Dios Trino para tener a la Madre de Dios como Dueña de su Patria.
            Pero el hecho de tener a Dios como Señor –y en correlación, el tener a la Madre de Dios como Dueña de la Patria Argentina- no evita las tribulaciones, como bien lo prueba el estado de guerra permanente que se vive en Palestina, tierra natal de María y de Jesús, Dios de dioses y Señor de la historia, y como bien lo muestran los dolorosos hechos históricos ocurridos en nuestra Patria ya desde sus orígenes como Nación independiente.
            Sin embargo, eso prueba también la verdad de las palabras de Jesús, cuando dice: “Os prometo el ciento por uno en esta tierra, y tribulaciones”. Las tribulaciones, individuales, personales, o como Nación, son prueba de la verdad de las palabras de Jesús. La diferencia está en que mientras otras naciones –paganas o cristianas- acuden entre sombras a la ayuda del Dios verdadero, frente a las tribulaciones, el pueblo argentino acude a su Dueña y Señora, a su Madre celestial, la Madre de Dios, para confiarle sus penas, aunque también sus alegrías.
            Y la Madre de Dios no puede dejar de escuchar los ruegos de quienes son sus hijos, del pueblo cuya Bandera Nacional es una prolongación en la tierra de su manto celestial.
            La Madre de Dios, la Virgen de Luján, no eligió a nuestra Patria para ser su Dueña solo para escuchar nuestros ruegos o darnos lo que le pidamos. Existe un misterio insondable, en el designio de Dios Trino, para la Argentina, un destino que solo Dios conoce, un destino de grandeza, no mundana, sino celestial, el arribar con seguridad al Puerto de la Santísima Trinidad, y es para ese destino de eternidad, para lo cual ha dispuesto que la Madre de Dios sea Dueña de la Argentina.

Nuestra Señora de Luján, Protectora celestial de Nuestra Patria
Mucho antes de que Argentina fuera nación, la Madre de Dios se estableció en estas tierras, mediante el milagro de la carreta y los bueyes.
De esta manera, quería indicar que era Ella la Patrona, la Dueña y Señora de lo que en el futuro se llamaría "Argentina", y, todavía mucho más importante, que sería la Madre celestial de todos los habitantes de la futura nación.
En un momento de la historia en que esa nación y esos habitantes parecen haber olvidado la historia de sus orígenes, puesto que con sus leyes se dirigen, a pasos agigantados, en dirección contraria a Dios, es necesario rezarle a la Virgen de Luján con insistencia, perseverancia y fervor cada vez mayores, para que haga regresar al único redil de Jesucristo a la Argentina toda.
Ante las negras tinieblas del materialismo, del liberalismo, del comunismo, del neo-paganismo, que se han abatido sobre el límpido cielo patrio, no nos queda sino elevar un ruego, desde el fondo de nuestra miseria e indignidad, a la Única que puede interceder por la salvación de nuestra Patria, y confiados en Ella, que es la Omnipotencia Suplicante, decimos:
“Madre de Dios, Virgen de Luján, Patrona y Dueña de nuestra Patria, no permitas que se pierdan los argentinos, estos hijos tuyos que se han apartado del luminoso Camino de la Cruz, y han emprendido el tenebroso camino del progresismo y de la ideología materialista, que los conduce al lugar de fuego, donde se pierde toda esperanza.
Madre de Dios, Virgen de Luján, Madre de los argentinos, sacude los corazones de esos tus hijos argentinos, extraviados en las negras tinieblas de la ausencia de Dios, y llámalos, uno a uno, por su nombre, para que vuelvan a cobijarse bajo el amparo de tu Manto celestial, el manto celeste y blanco de tu imagen de Luján; cúbrelos con tu Manto, llévalos en tu regazo, refúgialos en tu Inmaculado Corazón, implora a Tu Hijo por su perdón, y cuando su ira esté ya aplacada, llévalos, desde Tu amable Corazón sin mancha, al Corazón de Jesús.
Madre de Luján, Madre de Dios, Virgen Patrona de los argentinos, haz que cada argentino, nacido en las Pampas, en la Argentina toda, finalice su camino terreno llegue, partiendo desde el Puerto de Santa María de los Buenos Aires, tu Inmaculado Corazón, a la Ciudad de la Santísima Trinidad, la comunión feliz, en el Amor trinitario, con las Tres Divinas Personas. Amén”.

Oración a Nuestra Señora de Luján
Virgen de Luján,
Madre, Patrona y Dueña
de la Patria Argentina,
conmueve los corazones
de tus hijos argentinos,
que se han extraviado
por el materialismo
y las ideologías sin-Dios;
llámalos, Madre de Luján,
y llévalos
desde el Puerto de Santa María,
de los Buenos Aires,
Tu Inmaculado Corazón,
a la Ciudad de la Santísima Trinidad. Amén.



[1] “Desde el Brasil partió la imagencita de la Virgen de Luján, hoy venerada en la Basílica. Los acontecimientos se remontan al siglo XVII, cuando Antonio Farías Saa, un hacendado portugués afincado en Sumampa, le escribió a un amigo suyo de Brasil para que le enviara una imagen de la la Virgen en cuyo honor quería levantar una ermita. En el año 1630 –probablemente en un día del mes de mayo– una caravana de carretas, salida de Buenos Aires rumbo al norte llevando dos imágenes, las que hoy conocemos como 'de Luján' y 'de Sumampa'. La primera representa a la Inmaculada y la segunda a la Madre de Dios con el niño en los brazos. Inmediatamente ambas imágenes emprendieron un largo viaje en carreta con la intención de llegar hasta Sumampa. En aquel tiempo, las caravanas acamparon al atardecer. En formación cual pequeño fuerte, se preparaban para defenderse de las incursiones nocturnas de las bestias o los malones de los indios. Luego de una noche sin incidentes, partieron a la mañana temprano para cruzar el río Luján, pero la carreta que llevaba las imágenes no pudo ser movida del lugar, a pesar de haberle puesto otras fuertes yuntas de bueyes. Pensando que el exceso de peso era la causa del contratiempo, descargaron la carreta pero ni aún así la misma se movía. Preguntaron entonces al carretero sobre el contenido del cargamento. "Al fondo hay dos pequeñas imágenes de la Virgen", respondió. Una intuición sobrenatural llevó entonces a los viajantes a descargar uno de los cajoncitos, pero la carreta quedó en su lugar. Subieron ese cajoncito y bajaron el otro, y los bueyes arrastraron sin dificultad la carreta. Cargaron nuevamente el segundo y nuevamente no había quien la moviera. Repetida la prueba, desapareció la dificultad. Abrieron entonces el cajón y encontraron la imagen de la Virgen Inmaculada que hoy se venera en Luján. Y en el territorio pampeano resonó una palabra que en siglos posteriores continuaría brotando de incontables corazones: ¡Milagro! ¡Milagro!” (Cfr. Fundación Argentina del Mañana).
[2] Cfr. Wikipedia, http://es.wikipedia.org/wiki/Bandera_de_los_Estados_Unidos_de_América.
[3] Cfr. Wikipedia, http://es.wikipedia.org/wiki/Bandera_de_México.
[4] Sierra, V., Historia de la Argentina, Ediciones Garriga Argentina, Tomo V, 1962, L. III, cap. II.
[5] Cfr. Rottjer, A., El general Manuel Belgrano, Ediciones Don Bosco, Buenos Aires 1970, 62.
[6] Cfr. Sierra, o. c.
[7] Cfr. Rottjer, o. c., 61-62.
[8] Proclama del Coronel Domingo French, pronunciada en Luján el 25 de septiembre de 1812; en P. Salvaire, J. M., Historia de Nuestra Señora de Luján, Tomo II, 1885, 268ss.
[9] Cfr. Rottjer, o. c., 62-63.
[10] Furlong, G., Belgrano, el Santo de la espada y de la pluma, Club de Lectores, Buenos Aires 1974, 35-36.
[11] Salvaire, o. c., 262-263.
[12] Eizaguirre, J. M., La Bandera Argentina, Peuser, Buenos Aires 1900, 43.
[13] Rottjer, ibidem, 66.