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miércoles, 15 de julio de 2015

Nuestra Señora del Carmen y el Escapulario


         La Orden de los Carmelitas se estableció en el Monte Carmelo, el monte en donde el profeta Elías tuvo la experiencia de Dios, quien no estaba “ni en el viento huracanado, ni el terremoto, ni en el fuego, sino en la suave brisa”, es decir, en el silencio (cfr. 1 Re 19, 12). Además, Elías defendió la pureza de la fe en un Dios Uno y Verdadero, frente a la contaminación de los numerosos cultos idolátricos y paganos de la Antigüedad. Basándose en el profeta, los carmelitas se establecieron en este monte como eremitas, siendo desde el inicio grandes devotos de la Virgen: en el siglo XIII, cinco siglos antes de que se proclamara el Dogma de la Inmaculada Concepción, los carmelitas tenían una misa en honor a la Inmaculada Concepción[1]. Lo que caracterizó a la orden, desde un inicio, fueron entonces el amor a la Virgen y la unión con Dios en el amor contemplativo. El amor carmelitano por la Virgen no fue nunca, desde los inicios, una mera devoción sentimentalista, sino que los Carmelitas vieron en la Virgen el modelo a seguir y el camino a transitar, para unirse con Dios Hijo de un modo rápido y seguro, además de tomar de la Virgen la matriz para la orden, en lo que se refiere a oración, contemplación y consagración de la vida a Dios. Hablando del Carmelo, dice así el Santo Padre Benedicto XVI: “El más célebre de los eremitas, de estos hombres de Dios, fue el gran profeta Elías, quien en el siglo IX antes de Cristo defendió valientemente de la contaminación de los cultos idolátricos la pureza de la fe en el Dios único y verdadero. Inspirándose en la figura de Elías, surgió al Orden contemplativa de los “Carmelitas”, familia religiosa que cuenta entre sus miembros con grandes santos, como Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Teresa del Niño Jesús y Teresa Benedicta de la Cruz (en el siglo, Edith Stein). Los Carmelitas han difundido en el pueblo cristiano la devoción a la Santísima Virgen del Monte Carmelo, señalándola como modelo de oración, de contemplación y de dedicación a Dios. María, en efecto, antes y de modo insuperable, creyó y experimentó que Jesús, Verbo encarnado, es el culmen, la cumbre del encuentro del hombre con Dios. Acogiendo plenamente la Palabra, “llegó felizmente a la santa montaña” (Oración de la colecta de la Memoria), y vive para siempre, en alma y cuerpo, con el Señor”[2].
Sin embargo, hubo un momento de grave crisis en la historia de la Orden –no sabemos los particulares-, en los que hasta el mismo Superior General, San Simón Stock, temió por el destino de la misma.
Fue entonces que el cielo vino en ayuda de los Carmelitas: Nuestra Señora del Carmen se apareció a San Simón Stock el 16 de julio de 1215 y le concedió el santo escapulario, prometiendo que quien muriese con él puesto, no se condenaría en el infierno: “Quien muera usando el escapulario no sufrirá el fuego eterno”. También prometió la Virgen que al devoto del escapulario, si estuviera en el Purgatorio, Ella lo iría a buscar, para llevarlo al cielo, al sábado próximo de su muerte.
Ahora bien, el Escapulario entregado por la Virgen es un sacramental, lo cual quiere decir que su uso tiene ciertas exigencias, además de un profundo significado espiritual y por lo tanto no puede ser usado de cualquier manera. Ante todo, hay que saber que, como todo sacramental, el Escapulario de la Virgen del Carmen es un objeto religioso aprobado por la Iglesia como un signo que nos ayuda a vivir en el camino de la santidad y, al mismo tiempo, a aumentar y acrecentar, cada vez más, la devoción y el amor a la Virgen. Esto se notará en la vida espiritual, cuando el alma experimente un verdadero rechazo a todo pecado, incluido el pecado venial, siendo un signo de crecimiento espiritual el experimentar no solo un rechazo, sino el preferir la muerte terrena, antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado (es lo que pidió Santo Domingo Savio en su Primera Comunión, y es lo que pedimos, aunque con otras palabras, en la fórmula de la Penitencia sacramental: “Antes querría haber muerto que haberos ofendido”). El objetivo de los sacramentales –y por lo tanto, del Escapulario del Carmen- es el de mover nuestros corazones a renunciar a todo pecado, incluso al venial.
Otra cosa a tener en cuenta es que el escapulario, al ser un sacramental, no nos comunica gracias como hacen los sacramentos sino que nos disponen al amor a Dios y a la verdadera contrición del pecado si los recibimos –y los usamos- con devoción[3].
El Escapulario del Carmen tiene tres significados: el amor maternal de predilección por parte de María; que pertenecemos a María y que llevamos el yugo de Cristo.
El Escapulario significa que María, en cuanto Madre Nuestra, nos cubre con su manto, literalmente, al modo como lo hace una madre con su niño recién nacido. Este significado se ve mejor en los escapularios de tela, pero si son de metal, es obvio que el significado es el mismo.
El otro significado es que pertenecemos –literalmente- a María, con todo nuestro ser, nuestra vida, nuestra existencia, nuestras posesiones, nuestros bienes materiales y espirituales. Es el signo exterior –es un hábito simplificado, al estilo del hábito de los carmelitas- de la consagración interior del alma a María: llevar el hábito significa estar consagrados a la Virgen, y esto quiere decir que le pertenecen a la Virgen nuestro acto de ser, nuestra alma con sus potencias –inteligencia, memoria, voluntad-, con sus sentidos internos y externos, y nuestro cuerpo. Llevar el hábito significa que estamos consagrados a María, es decir, que todo nuestro ser ha sido depositado en el Inmaculado Corazón de María, por lo que toda nuestra vida debe llevar el sello de María: debemos mirar y amar el mundo y las creaturas, con los ojos y el Corazón de María. El Papa Pío XII, en el año 1950, dijo así acerca del Escapulario: “Que sea tu signo de consagración al Inmaculado Corazón de María, lo cual estamos particularmente necesitando en estos tiempos tan peligrosos”.
El último significado, es que llevamos sobre nosotros el suave yugo de Cristo: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de Mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11, 29-30). El escapulario simboliza el yugo de Jesús, que es su cruz, y que Jesús nos invita a cargar, todos los días, pero que María nos ayuda a llevar, también todos los días.




[1] http://www.corazones.org/maria/carmen_virgen/a_carmen.htm
[2] Benedicto XVI, 15,VII,06; http://www.corazones.org/maria/carmen_virgen/a_carmen.htm
[3] http://www.corazones.org/maria/carmen_virgen/a_carmen.htm

lunes, 15 de julio de 2013

Nuestra Señora del Carmen

Virgen del Carmen
          El 16 de julio del año 1251, la Madre de Dios se le apareció al entonces superior de los carmelitas, San Simón Stock y, enseñándole el escapulario, le dijo: "El que muera con el escapulario puesto, no padecerá el fuego eterno". Por este solo hecho, el Escapulario de la Virgen del Carmen es un gran don de la Divina Misericordia, ya que no solo significa no sufrir el fuego del infierno, sino que implica nada menos que tener el cielo asegurado, porque la misma Virgen promete que Ella acudiría al siguiente sábado de la muerte del devoto del escapulario, a rescatarlo del Purgatorio. Usando el escapulario, nos aseguramos el cielo y, si debemos ir al Purgatorio, nos aseguramos de no estar allí más de seis días, según las promesas de la Virgen. Sin embargo, su uso está supeditado al propósito de vivir en estado de gracia y evitar el pecado, tanto el mortal como el venial.
          Hay que tener en cuenta, sin embargo, que el escapulario NO salva por sí solo como si fuera algo mágico o de buena suerte, ni es una excusa para vivir en pecado y no hacer el esfuerzo por vivir la vida de la gracia, porque no es una especie de objeto dotado de poderes sobrenaturales que nos salvará a pesar a pesar de lo que hagamos o de cuanto pequemos.
          Los Papas y Santos han muchas veces alertado acerca de no abusar de la promesa de nuestra madre como si nos pudiéramos salvar llevando el escapulario sin conversión. El Papa Pío XI nos advierte: "Aunque es cierto que la Virgen María ama de manera especial a quienes son devotos de ella, aquellos que desean tenerla como auxilio a la hora de la muerte, deben en vida ganarse dicho privilegio con una vida de rechazo al pecado y viviendo para darle honor".
          Vivir en pecado y usar el escapulario como ancla de salvación es cometer pecado de presunción ya que la fe y la fidelidad a los mandamientos es necesaria para todos los que buscan el amor y la protección de Nuestra Señora.
          El Papa Pío XII habló frecuentemente del Escapulario. En 1951, aniversario 700 de la aparición de Nuestra Señora a San Simón Stock, el Papa ante una numerosa audiencia en Roma exhortó a que se usara el Escapulario como "Signo de Consagración al Inmaculado Corazón de María" (tal como pidió la Virgen en Fátima): "Que sea tu signo de consagración al Inmaculado Corazón de María, lo cual estamos particularmente necesitando en estos tiempos tan peligrosos".  
          En una de las apariciones más importantes de la Virgen, las apariciones en Fátima, según la Hermana Lucía, una de las videntes, cuando la Virgen se apareció en la sexta y última aparición, el 17 de octubre de 1917, lo hizo vestida de con el hábito carmelita y con el escapulario en la mano, como modo de recordar que sus hijos deben llevarlo como signo de la consagración.
          Se llama "escapulario" porque deriva de la palabra "escápula" que significa "hombros", debido a que era el hábito de trabajo que se colocaban los monjes sobre sus hombros. Cuando la Virgen se le apareció a San Simón Stock, le dio el escapulario como un hábito en miniatura, que habrían de llevar sus hijos devotos, como signo externo de la consagración de sus corazones a su Corazón Inmaculado. Usar el escapulario significa entonces llevar el hábito de la Virgen del Carmen y ser envueltos por su manto misericordioso, además de ser un signo de pertenencia -consagración- al Inmaculado Corazón de María.
          El solo hecho de experimentar el deseo de llevarlo y, todavía más, recibir la imposición del escapulario del Carmen, demuestra la acción de la gracia divina que obra en el corazón encendiéndolo en el Amor de Dios, porque el escapulario, como sacramental, si bien no nos comunica la gracia como los sacramentos, cuando es llevado con amor y devoción, predispone el corazón a recibir el Amor de Dios, al tiempo que le concede la gracia de la detestación del pecado, de la mentira, del mal y del engaño. Por el escapulario, el alma recibe el amor y la protección maternal de María, porque significa que la Virgen envuelve al alma en su manto y la arropa, así como una madre envuelve y arropa al niño recién nacido, para protegerlo de todo peligro. El escapulario significa también el suave yugo de Cristo, que es lo que Él pide en el Evangelio: "Cargad con mi yugo y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11, 28-29).

          

domingo, 15 de julio de 2012

Para librarnos de las penas del infierno, la Virgen María nos da el Escapulario del Carmen


El sentido primero y principal del Escapulario del Carmen es que el alma no se condene en el infierno, cuyas penas y dolores son relatados así por Santa María Faustina Kowalska (Diario 741, Las Penas del Infierno). “Hoy he estado en los abismos del infierno, conducida por un ángel. Es un lugar de grandes tormentos, ¡qué espantosamente grande es su extensión! Los tipos de tormentos que he visto: el primer tormento que constituye el infierno, es la pérdida de Dios; el segundo, el continuo remordimiento de conciencia; el tercero, aquel destino no cambiará jamás; el cuarto tormento, es el fuego que penetrará al alma, pero no la aniquilará, es un tormento terrible, es un fuego puramente espiritual, incendiado por la ira divina; el quinto tormento, es la oscuridad permanente, un horrible, sofocante olor; y a pesar de la oscuridad los demonios y las almas condenadas se ven mutuamente y ven todos el mal de los demás y el suyo; el sexto tormento, es la compañía continua de Satanás; el séptimo tormento, es una desesperación tremenda, el odio a Dios, las imprecaciones, las maldiciones, las blasfemias. Estos son los tormentos que todos los condenados padecen juntos, pero no es el fin de los tormentos. Hay tormentos particulares para distintas almas, que son los tormentos de los sentidos: cada alma es atormentada de modo tremendo e indescriptible con lo que ha pecado. Hay horribles calabozos, abismos de tormentos donde un tormento se diferencia del otro. Habría muerto a la vista de aquellas terribles torturas, si no me hubiera sostenido la omnipotencia de Dios. Que el pecador sepa: con el sentido que peca, con ese será atormentado por toda la eternidad. Lo escribo por orden de Dios para que ningún alma se excuse diciendo que el infierno no existe o que nadie estuvo allí ni sabe cómo es. Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, estuve en los abismos del infierno para hablar a las almas y dar testimonio de que el infierno existe”. Para quien quiera evitar la pavorosa y dolorosísima realidad del infierno, y para quien quiera ser conducido luego a la contemplación feliz de la Trinidad por toda la eternidad, la Virgen María ofrece el inestimable don del Escapulario del Carmen. Además de llevarlo puesto todos los días, la condición para ganar el cielo y evitar el infierno es el compromiso y la determinación a “morir antes que pecar”, es decir, a vivir en gracia de Dios.

viernes, 15 de julio de 2011

Nuestra Señora del Carmen



En el siglo XIII, la Orden de los Carmelitas atravesaba un momento difícil, y necesitaba una profunda renovación espiritual, por lo que el entonces Superior General de la Orden del Carmelo, San Simón Stock, comenzó a rezarle a la Virgen con mucha devoción, invocándola con el nombre de “Estrella del mar”. Como respuesta a la oración de San Simón Stock, la Virgen María se le apareció el día 16 de julio del año 1251, y le dijo, mostrándole un escapulario: “Toma este hábito, el que muera con él no padecerá el fuego eterno”. La Virgen María dio a Stock el escapulario, y le dijo que el que muriera con el escapulario puesto, no sufriría las penas del infierno, porque moriría en gracia de Dios, y Ella misma lo haría salir del Purgatorio.

¿Cuál es el significado de esta aparición? ¿Qué quiere decir “escapulario”? ¿Qué implica el uso del escapulario? ¿Por qué motivo la Virgen promete lo que promete? ¿Solo por usar el escapulario nos veremos libres del infierno? ¿Por qué la Virgen María se le aparece a un religioso carmelita y le da lo que le da?

Intentaremos responder a estas preguntas, comenzando por lo más significativo de esta aparición de la Virgen: lo más significativo de la aparición de la Virgen es el don del escapulario, y lo es tanto más por lo que el escapulario significa: el escapulario que la Virgen da a Stock, es su propio hábito, el hábito de la Virgen del Carmelo, lo cual quiere decir que llevar el escapulario es como llevar el hábito de la Virgen. Dice así el Santo Padre Juan Pablo II: “el escapulario (de la Virgen del Carmen) es esencialmente un ‘hábito’”.

Lo que la Virgen le da a San Simón Stock entonces es un hábito, y es esto precisamente lo que más llama la atención, porque San Simón Stock, a quien la Virgen se le aparece, era un religioso y llevaba, por lo tanto, un hábito. Lo llamativo en esta aparición de María Virgen no es la extraordinaria misericordia de María –su Corazón es un corazón infinitamente misericordioso-, sino que se le apareciera a San Simón Stock, que era Superior Carmelita, y le diera un hábito religioso, porque eso es lo que el escapulario significa: un hábito. Si San Simón Stock ya era religioso y llevaba hábito; ¿por qué la Virgen le da entonces un nuevo hábito? La Virgen María le da este hábito a San Simón Stock para que el nuevo hábito fuera usado por aquellos que, sin ser religiosos carmelitas, habrían de recibir los beneficios de los religiosos carmelitas. Los religiosos carmelitas ya llevan un hábito, de color marrón, que es el color del hábito de la Virgen del Monte Carmelo; quiere decir entonces que el escapulario es ante todo para aquellos que no son religiosos carmelitas, pero que al usar el escapulario, sin ser religiosos carmelitas, reciben los beneficios de los carmelitas.

La Virgen entonces se le aparece a San Simón Stock, le da un escapulario, que es su propio hábito, y promete que quien lo use, vivirá protegido por Ella y luego será asistido por Ella misma en Persona, en el momento de la muerte. Quiere decir que, con el uso del escapulario, se reciben las gracias concedidas a este escapulario, que es el de vivir protegidos por la Virgen y ser asistidos por Ella en el momento de la muerte. Con estas afirmaciones no hay problemas: usando el escapulario, se reciben las gracias concedidas a este escapulario, el ser protegidos por la Virgen y ser asistidos por Ella al morir. Esto se entiende, pero, ¿qué es lo que quiere decir esto? ¿Quiere decir lo que entiendo de buenas a primera, que el escapulario, por ser un don de la Virgen, me salva del infierno y del Purgatorio? Si el escapulario me salva del infierno y del purgatorio, entonces voy al cielo. De esto surge una pregunta ineludible: ¿usando el escapulario tengo ya asegurada la entrada al cielo?

La respuesta a estas preguntas no es ni lineal ni sencilla, porque no es ni lineal ni sencillo el uso del escapulario.

Ante todo, el escapulario es un sacramental, es decir, es un objeto –una cosa, de metal o de tela-, aprobado por la Iglesia, que obra como signo para ayudar al cristiano a vivir esta vida unidos a Dios, pero el escapulario, en tanto trozo de tela o de metal, no salva por sí mismo, aún cuando esté bendecido, porque el escapulario es solo un signo de la realidad que sí salva: la gracia de Jesucristo, que nos viene por los sacramentos.

El escapulario simboliza nuestro deseo de vivir bajo el manto de la Virgen, pero vivir bajo el manto de la Virgen quiere decir vivir en gracia, y la gracia la tenemos por los sacramentos, porque los sacramentos son la humanidad de Cristo extendida en el tiempo y en el espacio. Con esto, ya tenemos una primera respuesta a las preguntas: el escapulario es sinónimo de vida de la gracia, porque no es el escapulario en sí lo que salva, sino la gracia de Jesucristo que nos viene por los sacramentos.

Regresando al momento de la aparición, la Virgen dona el escapulario, que es su hábito, para ser usado por quienes no son religiosos carmelitas. ¿Qué implica más precisamente usar el escapulario? ¿Quiere decir que hay que “portarse bien”? Usar el escapulario es vivir bajo el manto de la Virgen, pero vivir bajo su manto no es solo evitar el pecado para no caer en el infierno: es vivir la plenitud de la vida de la gracia, para alcanzar la vida eterna en el cielo.

Usar el escapulario no quiere decir dedicarse a cada paso a ver qué es pecado y qué no es pecado, porque eso nos llevaría, tarde o temprano, a los escrúpulos; usar el escapulario es vivir en su más grande plenitud la vida de hijos de Dios, y los hijos de Dios viven su vida preocupados más por el amor que por el temor; viven preocupados más por saber de qué modo pueden demostrar más y más su amor a Dios, y no fijándose en qué es en lo que no lo ofenden. Usar el escapulario implica, de parte de quien lo usa, comprometerse a una determinada vida, porque, como dijimos, el escapulario no salva por sí mismo. Pero también aquí debemos estar atentos para no confundirnos: quien usa el escapulario, no se compromete a simplemente vivir una vida honrada; quien usa el escapulario, no se compromete a simplemente ser bueno y a no hacer el mal; quien usa el escapulario no se compromete a vivir una vida “moralmente correcta”. Usar el escapulario quiere decir buscar de vivir en gracia, y vivir en gracia quiere decir ser partícipes de la vida y de los misterios del Hombre-Dios Jesucristo y de la vida y de los misterios de su Madre, la Madre de Dios, María Santísima, y esto es algo inmensamente más grande, profundo y misterioso, que simplemente querer ser más buenos. Quien usa el escapulario, comienza a vivir otro estado de vida, la vida de la gracia, que es algo superior a la vida natural, y como la moral depende del estado de la naturaleza[1], hay un compromiso a vivir una moral no natural, sino sobrenatural, pero antes de la moral, están los misterios sobrenaturales del Hombre-Dios Jesucristo, de quien depende esa moral, por eso, quien usa el escapulario, se compromete, antes que a vivir una moral sobrenatural, a vivir y contemplar los misterios sobrenaturales del Hombre-Dios Jesucristo. De otro modo, es decir, sin contemplar y vivir de los misterios de Cristo, usar el escapulario se vuelve una empresa imposible, porque quien usa el escapulario se compromete a una vida de santidad, que implica una moral sobrenatural, y vivir una moral sobrenatural sin la fuente de esa moral, que es el misterio de Cristo, se vuelve una empresa imposible y hasta absurda.

¿Qué es lo que implica, y qué es lo que no implica, el uso del escapulario de la Virgen del Carmen?

Usar el escapulario no quiere decir vivir una vida simplemente buena, sino una vida sobrenatural, la vida misma de Jesucristo, Dios Hijo, y la vida misma de la Virgen María, la Madre de Dios.

Usar el escapulario de la Virgen del Carmen no es “portarse bien”, sino ser santos, pero ser santos no es una frase vacía: es imitar a Cristo y a María, e imitar a Cristo y a María no es parecerse por fuera, sino vivir la vida misma de Cristo y de María por medio de la gracia sacramental, de manera que Cristo viva en nosotros y nosotros en Cristo, de manera que Cristo sea carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre y hueso de nuestros huesos; es participar de la cruz de Cristo y de los dolores de su Madre; es amar a los enemigos, como Cristo nos amó y nos perdonó desde la cruz, siendo nosotros sus enemigos; es perdonar a los enemigos, como María nos perdonó, siendo nosotros los que matábamos al Hijo de su Corazón; es obrar la misericordia, la caridad y la compasión, como Cristo y María en el Calvario fueron misericordiosos con nosotros, inmolándose en un único fuego de amor a Dios Padre; es ser pobre de espíritu, reconociendo que necesitamos de Dios Padre, de su Palabra y de su Amor; es ser humildes, como Cristo, que se humilló por nosotros, dejándose tratar como un pecador, siendo Dios Inmaculado; es tener hambre y sed de justicia por el Reino de Dios Uno y Trino; es ser pacífico, como Cristo Rey pacífico, que aún teniendo el poder de enviar fuego desde el cielo para aniquilar a sus enemigos, o de llamar a doce legiones de ángeles que los habrían aniquilado en un santiamén, extiende sin embargo sus brazos en la cruz, para abrazar, con el amor de Dios, a los hombres cegados por el odio y la rebelión.

Usar el escapulario entonces no quiere decir simplemente “portarse bien”, o “ser honrados”, o “ser buenos ciudadanos y buenos vecinos”: usar el escapulario significa vivir la existencia humana buscando en todo de imitar al Hombre-Dios Jesucristo, pero no con una imitación externa, extrínseca, sino por medio de la gracia, ya que solo por la gracia puede el alma ser una copia viva de Jesús en la tierra. Así se explica la promesa de María para quien use el escapulario: ¿cómo podría negarse la Virgen a llevar al cielo a quien lleve en su alma la imagen de su Hijo? Si alguien, usando el escapulario, busca vivir en gracia, y vivir en gracia quiere decir imitar a Jesús y ser una copia fiel de Jesús, y llevar impreso en el alma la imagen del Sagrado Corazón; ¿puede la Virgen dejar que alguien, llevando el escapulario por fuera, y la imagen de su Hijo dentro de su alma, se condene en el infierno? La Virgen María no salva del infierno y no saca del Purgatorio a un alma por el hecho de llevar puesto el escapulario: la Virgen María lleva al alma a la comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas –en esto consiste el cielo- cuando el alma, llevando exteriormente el escapulario, busca de configurar su alma con Cristo, busca de convertir su corazón de piedra en una copia del Corazón misericordioso del Salvador. Si al momento de morir, la Virgen descubre en el alma y en el corazón del que lleva su escapulario, una copia fiel de la imagen y del corazón de su Hijo, entonces sí la Virgen lo llevará al cielo, a la comunión de vida y amor con Dios Trino. Quien lleve el escapulario, al momento de la muerte, deberá mostrar a la Madre de Dios, la Virgen del Carmen, que con su fe y sus obras buscó de convertir su corazón en el Corazón de Cristo. Si al momento de la muerte el alma se presenta con un corazón que no es el de su Hijo, entonces la Virgen, aún cuando el alma lleve puesto su escapulario, no lo reconocerá como hijo suyo, porque no es igual a su Hijo Jesús, y entonces lo dejará caer en la oscuridad. No por usar el escapulario presentará la Virgen al alma a las Personas de la Trinidad, sino por poseer, el alma que usa el escapulario, la imagen de su Hijo Jesús, y la poseerá quien viva en gracia y de la gracia, lo que quiere decir vivir en Cristo y de Cristo.

Cuando la Virgen se le apareció a San Simón Stock, el santo la había invocado como “Estrella del mar”, y el sentido de la invocación es que, así como los marinos se guían por medio de las estrellas en la noche oscura, así los cristianos nos guiamos por María en la noche oscura de los tiempos. María es la Estrella del Mar, el Lucero radiante de la aurora, que señala el fin de la noche y el comienzo de la alegre eternidad en Cristo Jesús. Como Estrella de la mañana, como Lucero de la aurora, María del Carmelo obre en nosotros la promesa a San Simón Stock: que ilumine la noche de nuestros días, hasta la llegada del Día luminoso de la eternidad en Cristo.


[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas de la gracia divina, Editorial Desclée de Brower, Buenos Aires 1954, 477.