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sábado, 12 de junio de 2021

El Inmaculado Corazón de María, modelo inigualable de amor a Jesucristo

 



         Si alguien deseara, en algún momento, amar a Cristo Dios como Él se lo merece, lo único que debería hacer es contemplar al Inmaculado Corazón de María y, con la ayuda de la gracia, introducirse en este Corazón Sacratísimo de María e imitarlo. Así lo sugiere en uno de sus sermones San Lorenzo Justiniano[1], obispo.

         El santo obispo dice así: “María iba reflexionando sobre todas las cosas que había conocido leyendo, escuchando, mirando, y de este modo su fe iba en aumento constante, sus méritos crecían, su sabiduría se hacía más clara y su caridad era cada vez más ardiente”. San Justiniano nos dice que la Virgen meditaba con su mente sapientísima y guardaba con amor en su Inmaculado Corazón aquello que había “leído, escuchado, mirado” y esto no era otra cosa que los misterios de la vida de su Hijo Jesús. La Virgen, además de amar a su Hijo con amor purísimo maternal, como hace toda madre con su hijo, sabía que su Hijo era Dios Hijo encarnado y es este misterio el que la admiraba, la asombraba, la colmaba de amor y de adoración hacia su Hijo quien, como lo dijimos, además de ser su Hijo, era al mismo tiempo su Dios. Pero la Virgen no se quedaba en la contemplación de los misterios de la vida de su Hijo: dicha contemplación la hacía crecer en “sabiduría y caridad”, de manera tal que cuanto más los contemplaba, tanto más su mente brillantísima se colmaba de la Divina Sabiduría y tanto más su Inmaculado Corazón se encendía en el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo.

         Continúa así San Lorenzo Justiniano: “Su conocimiento y penetración, siempre renovados, de los misterios celestiales la llenaban de alegría, la hacían gozar de la fecundidad del Espíritu, la atraían hacia Dios y la hacían perseverar en su propia humildad”. El conocimiento de los misterios de la Santísima Trinidad, revelados por el mismo Dios Trino hacia Ella, hacía que en la Virgen brillara la Sabiduría Divina en su mente y que ardiera su Corazón Inmaculado en el Amor de Dios y esto la colmaba de alegría, una alegría celestial, sobrenatural, divina, que al mismo tiempo que la atraían cada vez más a la Trinidad, la hacían crecer en su humildad, en su adoración, en su amor y en su anonadamiento hacia Dios Uno y Trino.

         Afirma San Lorenzo Justiniano que todos estos prodigios que se verificaban en la Santísima Virgen, eran todos productos de la gracia santificante, que es la que eleva a la naturaleza humana –junto con sus potencias, la inteligencia y la voluntad- a la participación en la vida trinitaria, lo cual tiene como efecto transformar la naturaleza humana, “de resplandor en resplandor”, en la naturaleza divina, con lo que, con toda verdad, se puede decir que la naturaleza humana, cuanto más gracia posee, más se diviniza: “Porque en esto consisten los progresos de la gracia divina, en elevar desde lo más humilde hasta lo más excelso y en ir transformando de resplandor en resplandor. Bienaventurada el alma de la Virgen que, guiada por el magisterio del Espíritu que habitaba en ella, se sometía siempre y en todo a las exigencias de la Palabra de Dios”. Y puesto que la Virgen Santísima no solo había sido concebida sin la mancha del pecado original, sino que además había sido concebida como Llena de gracia, como inhabitada por el Espíritu Santo, los progresos en el conocimiento de la Divina Sabiduría, en el Amor del Espíritu Santo y en la práctica de toda clase de virtudes, eran en Ella en grado inefable y de tal manera, que ni todos los ángeles del Cielo ni todos los santos bienaventurados podían siquiera asemejárseles.

         Continúa San Lorenzo: “Ella no se dejaba llevar por su propio instinto o juicio, sino que su actuación exterior correspondía siempre a las insinuaciones internas de la sabiduría que nace de la fe. Convenía, en efecto, que la sabiduría divina, que se iba edificando la casa de la Iglesia para habitar en ella, se valiera de María santísima para lograr la observancia de la ley, la purificación de la mente, la justa medida de la humildad y el sacrificio espiritual”. Con estas palabras nos quiere significar el santo que la Virgen no tenía ni la más ínfima sombra de juicio propio sino que, llevada por el esplendor de la Sabiduría y por el Fuego del Divino Amor, aumentaba en Ella cada vez más aquella virtud que Nuestro Señor Jesucristo nos pide explícitamente en el Evangelio que la practiquemos, imitándolo a Él y es la humildad: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”. La Virgen poseía en tal grado y perfección esta virtud de la humildad, que sólo era superada por su Hijo Jesucristo, que es en Sí mismo la Humildad Increada y por esto era la Virgen más agradable a la Trinidad que todos los ángeles y santos del Cielo.

         Por último, San Lorenzo Justiniano nos invita a imitar a la Virgen si es que de veras deseamos alcanzar y vivir en la perfección espiritual: “Imítala tú, alma fiel. Entra en el templo de tu corazón, si quieres alcanzar la purificación espiritual y la limpieza de todo contagio de pecado. Allí Dios atiende más a la intención que a la exterioridad de nuestras obras. Por esto, ya sea que por la contemplación salgamos de nosotros mismos para reposar en Dios, ya sea que nos ejercitemos en la práctica de las virtudes o que nos esforcemos en ser útiles a nuestro prójimo con nuestras buenas obras, hagámoslo de manera que la caridad de Cristo sea lo único que nos apremie. Éste es el sacrificio de la purificación espiritual, agradable a Dios, que se ofrece no en un templo hecho por mano de hombres, sino en el templo del corazón, en el que Cristo el Señor entra de buen grado”. Es decir, así como Cristo entró en ese templo sacratísimo que es el Inmaculado Corazón de María, desde el primer instante de su Concepción, por estar este Corazón de María colmado de gracia, así Cristo ingresa en todo corazón que, a imitación de María Santísima, posea en él la gracia santificante. Si esto hacemos, es decir, si nuestro corazón está en gracia, a imitación de María Santísima, nuestro corazón se convertirá en templo en el que ingresará el Cordero de Dios, Jesús Eucaristía, para ser adorado en el altar de nuestra alma, el corazón, por el tiempo que nos queda de vida terrena y luego en el Cielo, por toda la eternidad.

 

 

 



[1] Cfr. Sermón 8, En la fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen María: Opera 2, Venecia 1751, 38-39.

martes, 16 de diciembre de 2014

El amor de María a Dios


Cuando Dios nos comunica la gracia santificante, no sólo nos da la capacidad para recibir su Amor, que es divino y eterno, sino que nos da el poder y la capacidad de amarlo a Él. Aún más, Él se une tan íntimamente a sí al alma, que no sólo está y permanece substancialmente en el interior del alma, sino que forma, por así decirlo, como un solo espíritu con el alma[1].
         Para el alma en gracia, no hay entonces un acto más sublime y natural que un acto de amor sobrenatural a Dios. No hay nada más natural para el alma que se siente amada por Dios de una manera tan particular y con tanta intensidad, que se siente animada y atraída por Él, arder en amor ferviente por Él.
         Es natural para el fuego dar luz y calor y comunicar a lo que toca con sus llamas, su luz y su calor y transformarlo en fuego; el ser divino, que es fuego espiritual purísimo, nos comunica su gracia, que es su luz y su calor, que proviene de la naturaleza divina, para transformarnos en una imagen suya.
         La gracia entonces ilumina y calienta: ilumina, proporcionando un conocimiento, y calienta, o enciende, en un amor divino.
         Así como en el cielo el principal y más natural acto de los elegidos es la visión beatífica, en la tierra el amor a Dios es el acto más importante y natural de los justos[2].
         Y si la gracia hace arder de amor a Dios, con un amor espiritual y puro, nadie entre las creaturas ama a Dios con más intensidad, que María, la Llena de gracia.
         Si el amor sobrenatural a Dios depende de la gracia poseída en el alma, María es la Antorcha ardiente que flamea en los cielos con llamas eternas de amor divino a Dios Uno y Trino, y sus llamas iluminan, junto con la luz del Cordero, a la Jerusalén celestial.
         Si nuestro corazón es como piedra, incapaz de ser quemado por el fuego, y si además es oscuro como las tinieblas, tanto una como otra condición pueden ser cambiadas por María: María tiene el poder de cambiar la piedra en carbón, y el carbón sí puede arder, al contacto con el fuego y, ardiendo, puede iluminar.



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, The glories of divine grace, TAN Books, Illinois 2000, 357.
[2] Cfr. Scheeben, ibidem, 358.

lunes, 24 de marzo de 2014

Anunciación del Señor


         El anuncio del Arcángel Gabriel a la Virgen María significa el cumplimiento de la profecía de Isaías: “Sobre el pueblo que habitaba en tinieblas y en sombras de muerte brilló una gran luz” (9, 2). El pueblo al que se refiere Isaías, es toda la humanidad, y las “sombras y tinieblas de muerte” en las que habita la humanidad, son las sombras del pecado y de la muerte, pero también son las sombras vivientes, los demonios, los ángeles caídos, porque ese es el estado de la humanidad luego de ser expulsados Adán y Eva del Paraíso.
         En el momento en el que el Ángel anuncia a María Santísima la Encarnación del Verbo de Dios, toda la humanidad se encontraba sumida en “sombras de muerte”, sin posibilidad alguna de escapar de ese destino de tinieblas. Es por esto que la Anunciación y la Encarnación del Verbo de Dios representan, para toda la humanidad, el inicio de una Nueva Era, pero no solo porque habrían de ser derrotadas para siempre las tinieblas del pecado, de la muerte y del infierno, sino porque el Verbo de Dios, asumiendo hipostáticamente, es decir, en su Persona Divina, a la naturaleza humana, le habría de comunicar a la humanidad, por medio de la gracia santificante, su divinidad, dotando a la humanidad de su propia divinidad, haciéndole alcanzar un estado superior al del Paraíso, elevando a la raza humana a un grado infinitamente más alto que el que tenían los primeros padres, Adán y Eva. Es decir, con la Encarnación del Verbo, Dios obtenía para la humanidad, no solo el triunfo absoluto y rotundo sobre las tinieblas y sombras de muerte en las que yacía hasta ese entonces, sino que la elevaba hasta las alturas insospechadas del desposorio místico con la divinidad. En la Encarnación, entonces, no solo se produce la derrota de las tinieblas, sino la unión mística y esponsalicia de la divinidad con la humanidad, al unirse el Verbo de Dios con la naturaleza humana de Jesús de Nazareth en el seno virginal de María Santísima, y esto en medio de resplandores sagrados, en cuya comparación el astro sol no es más que un pálido rayo de luz.

         Pero el misterio de la Encarnación del Verbo no se limita a la derrota de las tinieblas y sombras de muerte y al desposorio místico de la humanidad con la divinidad, porque su Encarnación se continúa y se prolonga en la Santa Misa, en la Eucaristía, porque el Verbo que se encarnó en María prolonga su Encarnación en la Eucaristía para encarnarse en cada alma, en cada corazón que lo reciba con fe y con amor.

domingo, 2 de febrero de 2014

Los Nombres de la Virgen María (VI): Nuestra Señora del Sagrado Corazón






Fiesta: 31 de mayo
Descripción de la imagen
Aunque Nuestra Señora del Sagrado Corazón no está vinculada a una imagen particular, en algunos santuarios se venera esta hermosísima imagen. La advocación ser origina en Francia, en el año 1855, más precisamente el día 9 de septiembre, día en el que el obispo fue a bendecir una capilla del Sagrado Corazón. Fue ese día en el que el P. Chevalier –quien hacía poco había regresado de una peregrinación a Paray-le-Monial, lugar de las apariciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacquoque-, concibió el proyecto de levantar un altar consagrado a María y de honrar a la Virgen con un titulo especial: “Nuestra Señora del Sagrado Corazón”.
Las primeras imágenes de Nuestra Señora del Sagrado Corazón representaban a María, con las manos abiertas para acoger y para dar, y delante de ella el niño Jesús, a los doce años, mostrando al mismo tiempo su Corazón y designando a su Madre (es la bella estatua del santuario de Issoudun, la que fue coronada en 1869). Un poco más tarde, Roma pidió que se representara a María con su hijo en los brazos (pero éste muestra todavía su Corazón y a su Madre), lo cual da mejor cuenta de las relaciones de amor creadas por la maternidad de María.
Hoy en día, se prefiere la imagen de Jesús en la Cruz con su costado abierto (es la mejor manera de representar al Sagrado Corazón), con la Virgen María que está “de pie junto a la Cruz”, mostrando, con una mano extendida, el camino de ese Corazón abierto a todos, y la otra mano abierta hacia la tierra para derramar sobre los hombres todas las riquezas que encierra: “la esperanza y el perdón, la fidelidad y la salvación..”.
A diferencia de las imágenes del Sagrado Corazón ya adulto, en las que es el mismo Jesús quien tiene en su mano su Corazón, aquí es la Virgen quien, con su mano derecha, sostiene el Corazón de su Hijo. La Virgen está de pie, con una mirada dulce y serena, pero a la vez firme. Lleva en su cabeza una corona de oro con diamantes, símbolos de su condición de Reina de cielos y tierra. Su manto es azul, símbolo de la divinidad, con bordes dorados, símbolo de la gloria celestial en la que está envuelta por la eternidad.
El Niño, en brazos de María, señala con su mano izquierda al Corazón, mientras que con la derecha está en actitud de bendecir a quien lo contempla. Lleva también una corona de oro y diamantes, por su condición de Rey de cielos y tierra. Su túnica es de un color blanco-crema, con franjas y bordados de oro.
Con respecto al porqué de la fiesta el día 31 de mayo, la respuesta es que ese día cumple el fin de la devoción de Nuestra Señora, que es llevar las almas al Sagrado Corazón de Jesús. Es el día más oportuno, puesto que se trata del último del mes de María, al tiempo que es la víspera del mes dedicado al Sagrado Corazón. De este modo se hace efectivo el lema: a Jesús por María, al Corazón de Jesús por Nuestra Señora del Sagrado Corazón.

Significado espiritual de la imagen
Puede apreciarse mejor el significado espiritual –y original- de la advocación de María como “Nuestra Señora del Sagrado Corazón”, recordando la inspiración que tuvo el P. Chevalier. Dice así el mismo Padre: “Un día, esperaba yo el tren en el andén de la estación. Un amigo se encontraba, por casualidad, en el mismo andén. "¿Qué haces aquí?", me preguntó. "Ya ves. Espero el tren de París.” “¿El tren que va a París... o el que viene de París?" Para  mí,  fue  una  iluminación repentina –relata el P. Chevalier-,  pues  de  una  vez  hice  la comparación: Nuestra Señora del Sagrado Corazón. A la vez, Nuestra Señora dándonos las  riquezas del  Sagrado  Corazón,  y mostrándonos el camino del Corazón de su Hijo”.
 Una fórmula suya puede quizá ser considerada como la definición de la devoción a Nuestra Señora del Sagrado Corazón: “El fin.., es honrar a la Santísima Virgen María bajo el título especial de Nuestra Señora del Sagrado Corazón en las relaciones de amor inefable que existen entre ella y el Sagrado Corazón cíe Jesús”. El poder de intercesión de Nuestra Señora es mencionado solamente después, como una consecuencia. Llamar a María “Nuestra Señora del Sagrado Corazón”, como lo hace el P. Chevarlier, es entonces la manera más bella de expresar las maternales y misteriosas relaciones que unen a María con el Dios-Amor. Pero además, significa ser llevados por la Virgen a descubrir ese Amor de Dios para con nosotros, y a vivirlo como Ella misma lo vivió.
            Teniendo en cuenta estas consideraciones previas, dedicamos a Nuestra Señora del Sagrado Corazón estas humildes meditaciones, centradas en el Corazón de Jesús, que es el que la Virgen sostiene en su mano.
En la imagen, la Virgen sostiene, con su brazo y mano izquierdos, al Niño Jesús, mientras que con la mano derecha sostiene el Corazón de su Hijo. A diferencia de las imágenes del Sagrado Corazón, en donde es Jesús en Persona quien sostiene su Corazón en la mano, aquí es la Virgen quien lo hace, y lo hace en actitud de ofrecerlo a quien se acerca a ellos.
            La Virgen, en cuanto Madre de Jesús, conocedora de las intenciones de su Hijo, de subir a la Cruz cuando adulto, para donar su Sangre cuando su Corazón sea traspasado por la lanza, se adelanta en el tiempo –ya que Jesús en la imagen es Niño- y ofrece el Corazón de su Hijo al fiel que se acerca a Ella con amor.
            Y al ofrecer el Sagrado Corazón de su Hijo Jesús, y al ofrecerlo a Él en el Corazón, porque el corazón es la sede del alma, está también, en cierto modo, ofreciéndose a Ella misma, junto a Jesús, porque habiendo recibido Jesús, como todo hijo en el seno de su madre, de la carne y de la sangre de María, se puede decir con toda propiedad que el Corazón de Jesús proviene, en su materialidad, de su Madre, así como Él proviene, como Dios Hijo que es, en su condición de Dios y de Espíritu Puro, del seno eterno del Padre.
            En otras palabras, al ofrecer al Corazón de su Hijo, y a su Hijo con el Corazón, la Virgen se está ofreciendo Ella misma, y su Corazón Inmaculado, para ser la delicia y el gozo del alma que los quiera recibir con fe y con amor.
            Y si en la imagen de Nuestra Señora del Sagrado Corazón hay que ver las relaciones entre María y su Hijo Jesús, es en dos lugares en donde estas relaciones alcanzan un gran significado: en la Encarnación y en la Pasión, en el Monte Calvario.
En la Encarnación, la Virgen tomó para sí, primero en su mente y en su Corazón, al Verbo de Dios, recibiendo de Él todo el Amor y la ternura de su ser Hijo de Dios, y cuando el Verbo estuvo ya alojado en su seno virginal, le dio de su carne y de su sangre, y con ellos entretejió su Corazón de embrión y luego de bebé; en la Cruz y en la Pasión, la Virgen toma el Sagrado Corazón, con todas sus penas, sus dolores, sus amarguras y tristezas, y le da a cambio su Corazón Inmaculado, con sus alegrías, sus ternuras, sus dulzuras, sus caricias y sus amores de Madre amorosísima, para endulzar un poco las amarguras de Jesús y para aliviar sus inmensos dolores.
Pero hay otra cosa que debemos considerar, y es que, en la imagen, la Virgen nos da el Corazón de Jesús, pero el don es meramente moral, desde el momento en que la imagen es representación, sagrada, pero solo representación, de la realidad. Por esto nos preguntamos: ¿a quién pedir, y dónde conseguir, entonces, el Sagrado Corazón de Jesús que nos ofrece María Santísima?
Hay que pedirlo a la Iglesia, en la Santa Misa: así como Nuestra Señora del Sagrado Corazón de Jesús nos ofrece en la imagen el Corazón de su Hijo, así la Iglesia nos concede, en la realidad, de manos del sacerdote ministerial, al Sagrado Corazón de Jesús, vivo, palpitante, latiendo con la gloria y el Amor divinos, en la Eucaristía. De esta manera, la Iglesia actualiza y hace concreto y vivo, para nosotros, el don de Nuestra Señora del Sagrado Corazón: su Hijo Jesús en la Eucaristía.

En el sagrado Corazón Eucarístico de Jesús palpita el amor misericordioso con el cual debemos amar a nuestros enemigos
“Reconcíliate con tu hermano y recién presenta la ofrenda” (cfr. Mt 5, 20-26). La verdadera ofrenda que agrada a Dios, más que la ofrenda material, es la ofrenda de un corazón misericordioso y compasivo para con el prójimo. Jesús quiere que nuestro corazón sea como el corazón de Cristo en el altar de la cruz, que es el lugar en donde Dios Hijo nos perdona con amor y misericordia infinitos, aún siendo nosotros sus enemigos. Es por eso que, al aproximarnos al altar, debemos tener en el corazón el mismo ánimo y la misma misericordia para con nuestro prójimo, que la que Jesús tiene para con nosotros desde la cruz, y esa es la verdadera ofrenda que agrada a Dios.
Pero todavía más que eso, en realidad, lo que Jesús pide es que tengamos no sólo la misma disposición de su Sagrado Corazón en la cruz, que nos perdona, sino que tengamos incluso su mismo Corazón, el mismo Corazón que Él dona en el altar de la cruz y en la cruz del altar.
Tener el mismo corazón de Cristo no es sólo una expresión de deseos, sino que Dios mismo lo convierte en realidad: recibimos el mismo Corazón de Jesús, que palpita con el Amor de Dios, con el amor con el cual debemos amar a nuestros enemigos, al aproximarnos al altar, y al recibir la comunión.

El Sagrado Corazón
(para niños)
            Miremos la imagen del Sagrado Corazón.
            ¿Cómo está Jesús en la imagen? Jesús está de pie, con una mano alzada, en señal de bendecir, y con la otra, está señalando su Corazón. En otras imágenes, Jesús está con el Corazón en la mano, como si fuera a dárselo a alguien.
            ¿Por qué Jesús está así en la imagen, como si estuviera dando su Corazón?
            ¿Una persona, común y corriente, como nosotros, ¿puede dar su corazón a alguien? ¿Se lo puede sacar de su pecho, como hace Jesús, y dárselo a alguien?
            No, no se puede, pero Jesús sí puede hacerlo.
            ¿Y por qué Jesús nos da su Corazón?
            En el corazón está todo el amor de una persona, por eso, cuando Jesús, que es la Persona de Dios Hijo, nos da su Corazón, quiere decir que nos da todo su Amor.
            Eso es lo que quiere decirnos Jesús al mostrarnos su Sagrado Corazón.
            Jesús nos da su Corazón, pero quiere algo a cambio: quiere que también nosotros le demos nuestro corazón, nuestro amor.
            Una forma de decirle a Jesús que lo queremos podría ser sacarnos el corazón del cuerpo y dárselo, como Él hace con nosotros, pero como no podemos sacar el corazón del cuerpo, porque si no, nos morimos, tenemos que mostrarle a Jesús que lo queremos: comulgando y confesando nueve viernes seguidos, y además prometiéndole que vamos a tratar de ser buenos y santos, así como Él es bueno y santo.
Cuando veamos al Sagrado Corazón, nos tenemos que acordar que Jesús nos da su Corazón y que nosotros, si lo queremos, también le tenemos que dar el de nosotros.

La relación entre la Virgen y el Sagrado Corazón de Jesús
La Virgen María está siempre asociada a su Hijo Jesús; de hecho, es imposible pensar o hablar de María sin pensar o hablar de Jesús, y como Jesús es la Sabiduría del Padre y la Palabra eterna del Padre, al contemplar a María con su Hijo Jesús, contemplamos a María en relación a la Palabra de Dios; tenemos entonces aquí un ejemplo de cómo debe ser nuestra relación con la Palabra de Dios: así como es la relación de María con la Palabra de Dios.
            ¿Cómo es esta relación entre María y la Palabra de Dios? María recibe a la Palabra de Dios en su mente, en su corazón, y en su seno virginal; la reviste de su carne, porque le da de su substancia humana, volviéndola visible, y la presenta al mundo como la Palabra encarnada[1], revestida de Niño. De la misma manera, así nosotros debemos obrar con relación a la Palabra de Dios: recibirla en nuestra mente, en nuestros corazones, revestirla con nuestros propios conceptos, y presentar al mundo la Palabra de Dios, visible por medio palabras pero, más que nada, por medio de obras.
            Así como María recibe a la Palabra de Dios en su mente y en su corazón, y así como la vuelve visible a la Palabra invisible porque le da de su substancia humana -como hace toda madre con su hijo concebido-, así nosotros debemos recibir a la Palabra de Dios en la mente y en el corazón, y debemos volverla visible ante el mundo, por medio de palabras y conceptos pero, más que nada, por medio de obras de caridad y de misericordia.
            En este sentido, las obras de misericordia de los santos, como por ejemplo, la caridad de la Madre Teresa de Calcuta para con los más pobres y desprotegidos, son una proclamación de la Palabra de Dios sin palabras humanas, con obras de misericordia, de caridad, de amor para con el prójimo más necesitado.
Una novena, entonces, más allá de rezar con devoción el rosario, y de asistir a Misa y a la procesión con devoción, es ante todo contemplar a María, para que sea Ella quien nos enseñe a recibir y a amar a su Hijo Jesús, la Palabra de Dios, y mostrarla al mundo con obras.       
El dolor del Sagrado Corazón
            Con mucha frecuencia, en muchos fieles devotos y piadosos, la devoción al Sagrado Corazón se confunde con un sentimentalismo que nada tiene que ver con la realidad. La imagen de Jesús, con su Corazón en la mano, ofreciéndolo, se interpreta de modo equivocado: se piensa que, como el Corazón es sede de los afectos, la devoción al Sagrado Corazón se reduce a la afectividad. Es verdad que el corazón es la sede de los afectos, de los sentimientos, y del amor, pero reducir la devoción del Sagrado Corazón a la simple afectividad, es equivocar el camino. No quiere decir tampoco que se deban descartar de plano los sentimientos y los afectos, porque tampoco es así.
Otra forma de equivocarnos con respecto al Sagrado Corazón, es pensar que ser devotos del Sagrado Corazón consiste en asistir a misa los nueve primeros viernes, confesarse y comulgar, para merecer las gracias que el Sagrado Corazón promete. Es verdad que el Sagrado Corazón pide esto, y que es esto lo que hay que hacer para recibir esas gracias, pero no termina aquí la devoción al Sagrado Corazón. Si pensáramos que ser devotos del Sagrado Corazón es venir a misa, comulgar y confesar, todo de manera mecánica y automática, estaríamos también equivocando el camino.
El Sagrado Corazón encierra un misterio sobrenatural que escapa a la comprensión humana, porque abarca los sentimientos humanos, y los introduce en la divinidad. El Corazón de Jesús es un corazón humano, un verdadero corazón real, de un hombre real, Jesús de Nazareth, nacido en Belén, pero que está unido hipostáticamente, personalmente, al Verbo de Dios, a la Persona de Dios Hijo, y por eso es un corazón con sentimientos y amor humanos que han sido divinizados y que forman parte del misterio pascual de Jesús. Todo lo que un corazón humano siente –alegría, gozo, dolor, tristeza, penas, angustias-, todo fue experimentado por Jesús, con la diferencia de que Jesús es Dios Hijo en Persona, y por eso los sentimientos, afectos y amor de su Corazón, han sido divinizados, porque son los sentimientos, el afecto y el amor del Hijo de Dios, de Dios Hijo hecho hombre sin dejar de ser Dios.
            ¿En qué consiste entonces la devoción al Sagrado Corazón?
            Para saber en qué consiste la devoción al Sagrado Corazón –además por supuesto de asistir los primeros viernes, de confesar y de comulgar, y de obra la misericordia y la compasión-, podemos tener presentes las palabras que el Sagrado Corazón le dirigiera a Santa Margarita María de Alacquoque. En la aparición, entre otras cosas, el Sagrado Corazón le dice a Santa Margarita que el dolor más grande que Él sufrió fue el que le provocaron las almas que habrían de rechazar su sacrificio de amor, y que se habrían de condenar por haber rechazado su Amor. Dice así Jesús: “El dolor más grande me fue provocado por las almas que rechazaron el Amor de mi Sagrado Corazón y se condenaron”. Eso es lo que Jesús sintió en el Huerto: dolor, amargura, tristeza, penas, por las almas que lo habrían de rechazar y se condenarían. Por estas últimas almas, también sintió náuseas, lo cual recuerda lo que Jesús dice en el Apocalipsis: “Porque no eres frío ni caliente, sino tibio, te vomitaré de mi boca” (3, 18). Un alimento tibio produce náuseas, y eso es lo que Jesús sintió en el Huerto por las almas tibias, además de tristeza y de amargura.
Jesús le hace saber a Santa Margarita qué es lo que sintió en el Huerto: dolor y amargura. Pero después agrega: “Quiero que tú participes de este dolor y de esta amargura”. Es decir, invita a Santa Margarita a que ella no solo sepa y medite acerca del dolor que Él padeció en el Huerto, sino que la invita a participar de ese dolor y de esa amargura; la invita a que ella lleve, en su corazón humano, el dolor del Sagrado Corazón. Le dice también: “Tú, Margarita, vendrás a estar ante mi Sagrario todas las noches del jueves al viernes desde las once a la medianoche, y te haré participe de la mortal tristeza que padecí en el Huerto de Getsemaní, antes de la Pasión”.
Cuando Margarita vaya a hacer adoración, Él la introducirá en su Corazón, pero no para que Margarita experimente alegría, gozo, consuelo, sino para que Margarita experimente “la mortal tristeza” que Él padeció en el Huerto de los Olivos. Una vez más, la devoción al Sagrado Corazón no es sensiblería, ni sentimentalismo, porque el sentimiento de tristeza y angustia que Jesús experimentó, y el sufrimiento que le produjo la falta de afecto, por la frialdad de los corazones, de aquellos que habrían de rechazar su amor, todos esos sentimientos y afectos, formaron y forman parte de su Pasión, y es por su Pasión por la cual Él nos salvó y nos redimió. A través de los sufrimientos de su Corazón en el Huerto de Getsemaní, Jesús nos salvó; al invitarnos a participar de la tristeza y angustia mortal que Él experimentó en el Huerto, no solo nos invita a que lo consolemos, sino que nos invita a ser co-rredentores de la humanidad junto a Él. Salvar a la humanidad, uniéndonos a la tristeza y a la angustia mortal de su Corazón en el Huerto, es en esto en lo que también consiste la devoción al Sagrado Corazón.
“Quiero que participes de este dolor y de esta amargura”. Las palabras del Sagrado Corazón están dirigidas a todos los devotos suyos, no solo a Santa Margarita. ¿De qué manera podemos participar de su dolor y de su amargura, que no sea solo en el recuerdo? Uniéndonos con toda la fuerza del alma a su Sagrado Corazón, que late en la Eucaristía con el mismo dolor y con la misma angustia que sintió en el Huerto de los Olivos, cuando sudó lágrimas de sangre y lloró con angustia mortal por mi salvación. Al recibirlo en la comunión, podemos pedir la gracia de participar de su amargura, de su tristeza, de su dolor, teniendo también presentes las palabras de Jesús en el Evangelio: “Cuando ores, retírate a tu habitación y cierra la puerta, y el Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.

Oración a Nuestra Señora del Sagrado Corazón
Nuestra Señora del Sagrado Corazón,
Tú que formaste al Corazón de Jesús
En tu seno virginal,
Dándole de tu carne y de tu sangre,
Te suplicamos,
Forma también en nosotros un nuevo corazón,
Un corazón de carne,
Para que se llene de la Sangre
Del Corazón de Jesús,
Y así pueda latir
Con los mismos latidos
Del Amor divino.


[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 849.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Inmaculada Concepción: modelo de pureza de cuerpo, de alma, de fe y de amor a Dios




     La Inmaculada Concepción es modelo de pureza de cuerpo, de alma, de fe y de amor.
En Ella no solo nada está contaminado, sino que todo es de una pureza infinitamente superior a la de los ángeles y santos en el cielo.
     Es modelo de pureza de cuerpo, porque jamás tuvo trato con hombre alguno, como Ella lo declara en el anuncio del Ángel, mostrándose sorprendida de cómo sería posible concebir si Ella “no conocía varón” (Lc 1, 34). La Virgen estuvo libre de todo tipo de concupiscencias y jamás cometió ni siquiera una imperfección. Su Cuerpo Inmaculado, libre de toda pasión desordenada, fue en su vida terrena, desde su Concepción Inmaculada, una ofrenda purísima a Dios y, hasta el momento de su muerte, en que su Cuerpo fue glorificado, la Virgen ofreció continuos sacrificios y mortificaciones. De esta manera, la Virgen demostró que se puede orar con el Cuerpo y que el Cuerpo es “templo del Espíritu Santo” y que por lo tanto no solo no debe ser profanado con ningún género de impurezas ni de amores profanos e impuros, sino que debe ser conservado constantemente en la gracia de Jesucristo, que es quien lo perfuma con su fragancia exquisita.

Es modelo de pureza de alma, porque su alma, con sus potencias –inteligencia, voluntad, memoria-, dio gloria a Dios desde el primer instante de su creación. Su inteligencia estuvo siempre orientada a la Verdad, y no solo jamás fue seducida por el error, sino que profundizó en esta Verdad, que era su Hijo encarnado, cada segundo de su vida terrena, y es así como la Virgen, iluminada por la Verdad Divina, fue sumamente libre, de acuerdo a las palabras de Jesús: “La Verdad os hará libres” (Jn 8, 31-42); su voluntad, su capacidad de amar y de elegir el bien, jamás se desvió un ápice del Amor Hermoso, Dios, y jamás dejó de elegir siempre el Bien Supremo, Dios Uno y Trino, de manera que todo lo que amó y eligió fue siempre Dios y solo Dios, y si amó a las creaturas y eligió a las creaturas, lo hizo por Dios, para Dios, en Dios. Su memoria no recordaba otra cosa que las maravillas de Dios obradas en Ella, y es esto lo que expresa la Virgen en el Magnificat (cfr. Lc 1, 46-55).
Además, su alma, colmada de la gracia e inhabitada por el Espíritu Santo desde su creación, y libre del pecado original y sus perniciosos efectos en mérito a que la Virgen fue creada para ser la Madre de Dios, brilló siempre con las virtudes más excelsas, poseídas por Ella en un grado desconocido para las creaturas, al participar directa y plenamente de la santidad de su Hijo Jesucristo. Así nos demuestra la Virgen que el alma humana ha sido creada por Dios y para Dios, y que todo lo que el alma posee le pertenece a Dios Padre, a Jesucristo y al Espíritu Santo, y a ellos debe glorificar con sus potencias, buscando de conocer a las Divinas Personas cada vez más, para amarlas cada vez más, y para recordar sus maravillas y proclamarlas al mundo.
La Virgen es modelo de pureza de fe, porque jamás contaminó su fe en el Verdadero y Único Dios, el Dios por el cual se vive, el Dios de toda majestad, poder, bondad y misericordia, Dios Uno y Trino. Jamás contaminó su fe en Dios Padre, Creador de todo lo visible e invisible; jamás contaminó su fe en su Hijo Jesucristo, nacido del Padre antes de todos los siglos, y de su seno virginal en la plenitud de los tiempos; jamás contaminó su fe en Dios Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo, causa de la Encarnación del Verbo del Padre. La Virgen no solo nunca se inclinó a los ídolos, puesto que esto es imposible de toda imposibilidad metafísica, sino que es la Destructora de los ídolos y de las supersticiones y de la fe contaminada por la malicia del hombre y del demonio. Y puesto que la Virgen comunica de su fe purísima a la Iglesia, la Virgen nos enseña que solo hay que creer en la fe de la Iglesia, que es una fe pura e inmaculada, es la fe en Dios Uno y Trino y en la Encarnación del Hijo de Dios; es la fe en el poder divino de la gracia santificante, conseguida por Cristo al precio de su Sangre en la Cruz y comunicada sin límites en los sacramentos de la Iglesia Católica. La Virgen, con su Pureza Inmaculada, es modelo inigualable de fe, de fe pura, incontaminada, fe que Ella participa a la Iglesia, fe no contaminada con gnosticismo, ni con supersticiones, ni con vanos y orgullosos pensamientos humanos. Si alguien quiere conservar la fe pura y sin mancha, la que lo conducirá al cielo, debe creer en el Credo de la Santa Iglesia Católica, porque la fe de la Iglesia es la fe de la Virgen María.
La Virgen es modelo de pureza de Amor a Dios Uno y Trino, porque ama a Dios Trino con un amor no contaminado por amores mundanos y profanos; todo lo que ama, lo ama en Dios Trinidad, para Dios Trinidad y por Dios Trinidad, y nada ama que no sea en Dios Trinidad. Ama a Dios Padre, porque es su Hija predilecta; ama a Dios Hijo, porque es su Madre, la Madre de Dios; ama a Dios Espíritu Santo, su Divino Esposo, que hizo de su cuerpo, de su Corazón Inmaculado y de su Alma Santísima, un Tabernáculo Viviente del Amor Divino.
La Virgen también es modelo de amor puro al prójimo, porque da su vida y aquello que ama más que su vida, su Hijo Jesús, por la salvación de su prójimo, que resulta ser toda la humanidad, que es adoptada por Ella al pie de la Cruz por mandato de Jesús expresado en la tercera palabra: “Mujer, he ahí a tu hijo” (Jn 19, 27). La Virgen María es también modelo de dolor puro ofrecido a Dios, que así se convierte en dolor redentor, porque el dolor del Inmaculado Corazón de María es el dolor del Sagrado Corazón de Jesús, y que por esto mismo, es un dolor que salva a la humanidad, porque es el dolor del Santo Sacrificio de la Cruz. La Virgen es modelo de dolor ofrecido a Dios porque no solo no se rebela ante el dolor, sino que lo ofrece con amor por la salvación de los hombres, uniendo el dolor más grande de su Corazón, el ver morir a su Hijo en la Cruz, por la salvación de los hombres. 
Puesto que Dios creó a la Virgen como modelo inigualable de pureza de cuerpo, de alma, de fe y de amor, y puesto que nos la dio como Madre al pie de la Cruz, la conmemoración de la Inmaculada Concepción no puede nunca quedar en un mero recuerdo, sino que debe ser un estímulo para imitarla, porque todo hijo que ame a su madre se esfuerza por imitar sus virtudes.