miércoles, 13 de julio de 2016

María Rosa Mística y el significado de las tres rosas


         ¿Qué significan las tres rosas?
         Representan virtudes de la Virgen, que Ella quiere que las vivamos y las practiquemos nosotros, sus hijos. Veamos cada una de ellas, brevemente.
         La Rosa Blanca: significa la pureza de cuerpo y alma, es decir, la castidad y la fe  pura y limpia, sin contaminaciones con supersticiones. La pureza del cuerpo, porque la Virgen es la Purísima, por estar inhabitada por el Espíritu Santo desde el primer instante de su Inmaculada Concepción; el cristiano debe conservar la pureza de su cuerpo, porque el cuerpo es “templo del Espíritu Santo”, y profanar el cuerpo, es profanar a la Persona del Espíritu Santo, dueña de ese cuerpo.
         La pureza del alma, porque la Virgen, siendo Ella concebida sin mancha de pecado original, fue Purísima de cuerpo y alma, porque era la Llena de gracia. Así, el cristiano debe también conservar su alma siempre pura, en gracia, a imitación de la Virgen.
         La Rosa Roja: significa sacrificio, y la Virgen es ejemplo de máximo sacrificio por amor a Dios, porque Ella ofreció a su Hijo Jesucristo al Padre, estando al pie de la cruz, para nuestra salvación. Al pie de la cruz, la Virgen tenía su Inmaculado Corazón traspasado por una espada de dolor, la espada de dolor que le había profetizado el anciano Simeón, porque el Hijo de su amor, Jesús, moría en la cruz. Sin quejarse, la Virgen ofreció a su Hijo al Padre para nuestra salvación, y así ofreció el sacrificio de su Hijo y el sacrificio de Ella misma, por eso es Corredentora. A imitación suya, los cristianos debemos ofrecer sacrificios que, como les dijo el Ángel de Portugal a los Pastorcitos, se pueden hacer “de todo” lo que nos suceda.

         La Rosa Dorada: significa adoración, y aquí también la Virgen es ejemplo de cómo adorar a Dios, porque Ella adoró a su Hijo Jesús, Dios Hijo encarnado, desde el instante mismo de la Encarnación, convirtiéndose así en el Primer Sagrario y Custodia viviente del Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. A imitación de la Virgen, todos los cristianos debemos adorar a Jesús Eucaristía, Presente en Persona con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Hostia consagrada.

sábado, 9 de julio de 2016

Nuestra Señora de Itatí


         La imagen y la devoción de Nuestra Señora de Itatí constituyen una evidente manifestación divina, que por medio de la Madre de Dios, bajo la advocación de la “Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora de Itatí”, acude en auxilio de las almas que no conocen la Luz de Dios, Jesucristo, y viven inmersas en las oscuridades del paganismo. Desde sus inicios, el amor maternal de María Santísima se hizo evidente por medio de numerosos signos y prodigios obrados a través de la imagen -tallada en madera por un indígena del Alto Paraná[1]-, como por ejemplo, cuando después de haber desaparecido la imagen, luego de una incursión de los indios, fue también un grupo de indios el que la encontró “sobre una piedra (Itatí en guaraní significa “punta de piedra”) rodeada de una luz muy brillante y acompañada de una música sobrenatural”[2], quedando cautivados por la hermosura de María, que de esa manera milagrosa se les manifestaba exteriormente, pero sobre todo, la Madre de Dios se daba a conocer interiormente, por la gracia, en el alma y en el corazón de cada uno de los indígenas que habían descubierto su imagen.
Después de ser trasladada a la nueva y definitiva reducción en 1615 –la cual tomó el nombre de “Pueblo de Indios de la Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora de Itatí”- que con el tiempo, comenzó a conocerse simplemente como Itatí, fueron constantes tanto los milagros como las transfiguraciones de la sagrada imagen, tal como lo relatan los historiadores: “En la Semana Santa de 1624 tiene lugar la primera transfiguración de la Virgen, que duró varios días. Gamarra relata en un documento de la época: “… se produjo un extraordinario cambio en su rostro, y estaba tan linda y hermosa que jamás tal la había visto”. Las transfiguraciones se repitieron a lo largo de los años, y en ocasiones también se oyó esa música sobrenatural de la que habían hablado los indígenas que encontraron la imagen”[3]. Continúa el historiador: “Los milagros y las curaciones son incontables, pero quizás el más increíble y espectacular haya ocurrido en 1748. En ese año hubo un gran malón que buscaba destruir y saquear el poblado, pero cuando los indios llegaron a las puertas de Itatí, se abrió ante ellos una ancha y profunda zanja que les impedía el paso. Ante este hecho se retiraron despavoridos, y los habitantes del lugar acudieron entonces a la capilla agradecer a su Patrona”[4].
Sin embargo, podemos decir que los milagros más resonantes de la Virgen de Itatí no son los visibles, como las transfiguraciones, músicas sobrenaturales y movimientos de tierra, sino las conversiones interiores del corazón, que por la acción de la Madre de Dios, se convertían, desde la oscuridad del paganismo, a la Luz de Dios, Jesucristo, Luz eterna e Increada.
Nuestra Señora de Itatí fue, de esta manera, el alma de la evangelización, pues a través de Ella, Mediadora de todas las gracias, la Iglesia, por medio de los religiosos de diversas órdenes, no solo rescató a los pueblos indígenas del paganismo, de la barbarie, la poligamia y la idolatría, sino que les llevó la Buena Noticia de Jesucristo, el Hombre-Dios, el Redentor.



[1] http://www.reinadelcielo.org/nuestra-senora-de-itati-corrientes-argentina/
[2] J. L. Fontenla, Historia de Nuestra Señora de Itatí; http://www.reinadelcielo.org/nuestra-senora-de-itati-corrientes-argentina/
[3] Cfr. Fontenla, ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

sábado, 4 de junio de 2016

La Inmaculada Concepción y la Iglesia


         La Inmaculada Concepción de María es modelo de pureza, de santidad, de caridad y de toda virtud, para ser imitado por el fiel cristiano, tal como lo afirma San Lorenzo Justiniano: “Imítala tú, alma fiel (a María Virgen)” [1]. Es necesario, dice nuestro santo, imitar a María en su sabiduría, en su caridad, en su humildad, en su meditación y contemplación de la Palabra de Dios: “María iba reflexionando sobre todas las cosas que había conocido leyendo, escuchando, mirando, y de este modo su fe iba en aumento constante, sus méritos crecían, su sabiduría se hacía más clara y su caridad era cada vez más ardiente. Su conocimiento y penetración, siempre renovados, de los misterios celestiales la llenaban de alegría, la hacían gozar de la fecundidad del Espíritu, la atraían hacia Dios y la hacían perseverar en su propia humildad. Porque en esto consisten los progresos de la gracia divina, en elevar desde lo más humilde hasta lo más excelso y en ir transformando de resplandor en resplandor. Bienaventurada el alma de la Virgen que, guiada por el magisterio del Espíritu que habitaba en ella, se sometía siempre y en todo a las exigencias de la Palabra de Dios”[2]. Quien esto hace, es decir, imitar a la Virgen, alcanza con suma facilidad y prontitud altas cumbres de santidad, imposible de hacerlo de otro modo. La Inmaculada Concepción, plena de virtudes y todas ellas en altísimo grado de perfección, es modelo de la más alta santidad para todos los cristianos, y ésa es la razón por la cual no sólo debemos meditar en su pureza inmaculada, sino que, por medio de la gracia santificante, la oración, la ascesis, la meditación de la Palabra de Dios y el sacrificio espiritual, debemos siempre y en todo momento buscar la imitación de María Inmaculada, tal como nos animan a hacerlo los santos.
Ahora bien, la Inmaculada Concepción, esto es, su pureza inmaculada, además de ser modelo de la pureza de cuerpo y alma para el fiel y el modelo de santidad para su vida cristiana, es además modelo de la pureza de la fe de la Iglesia, porque así como María Inmaculada no solo no está contaminada ni siquiera por la más ligerísima mancha de pecado, sino que en Ella resplandece la santidad al ser inhabitada por el Espíritu Santo, así también la fe de la Iglesia, no solo no está contaminada con la más mínima mancha impura de la herejía, del error y la ignorancia acerca de Dios Trino y del Hijo de Dios Encarnado, sino que su conocimiento y amor de los misterios sobrenaturales absolutos revelados por el Hijo de Dios, y su celo por la custodia por el Magisterio de la Verdad revelada, brillan en la Iglesia Santa por encima de cualquier iglesia y por encima de todas las naciones, porque la Iglesia, Esposa mística del Cordero de Dios, al igual que la Virgen Santísima, está iluminada con la esplendorosa luz del Espíritu Santo, que es su Alma, Guía y Maestro.



[1] Sermón 8, Fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen María: Opera 2, Venecia 1751, 38-39.
[2] Cfr. ibidem.

La auténtica devoción a María lleva al apostolado


         Dentro del capítulo “Deberes de los legionarios para María” del Manual del Legionario, se encuentra el apartado tres, que afirma lo siguiente: “Una auténtica devoción a María obliga al apostolado”[1].
         Dice el Manual que con María sucede lo mismo que con Jesús: “si vamos a Él en busca de paz y felicidad, puede ser que nos encontremos clavados en la cruz”, por la razón de que Jesús está en la cruz, y si bien Jesús quiere darnos todos los tesoros de su Sagrado Corazón –que son los que nos darán la verdadera paz y felicidad-, Jesús no tiene otro modo de darnos lo que le pedimos, sino es a través de la cruz. Es por eso que, quien reniega de la cruz, reniega de Jesús, y es lo que explica también que sea imposible alcanzar los dones que Dios quiere regalarnos, sino es a través de la cruz. “Esta misma ley –dice el Manual- se aplica a Nuestra Señora”, y la razón es que la Virgen está de pie, al lado de la cruz. Donde está el Hijo, ahí está la Madre, y puesto que el Hijo está en la cruz, al lado de la cruz está la Madre. Esto significa que no podemos pretender llamarnos “devotos”, y mucho menos “hijos” de la Virgen, si rechazamos la cruz. No podemos pretender sus alegrías, sino compartimos sus dolores. La unión con María significa comunión de vida y amor con Ella, y esto quiere decir compartir con María su función esencial, que es su maternidad espiritual, la Virgen es Madre de todos los hombres y Ella quiere que todos sus hijos se salven; entonces, aquí está el fundamento del apostolado del legionario, el ser un instrumento en manos de María para la salvación de los hombres, llevando a Cristo Jesús a todos los ámbitos de la propia vida. La verdadera devoción a María implica, por lo tanto, necesariamente, el apostolado, y es por eso que un legionario sin apostolado, no es verdadero hijo de María.



[1] Cfr. Manual del Legionario, Cap. VI.

miércoles, 1 de junio de 2016

La Visitación de María Santísima


         La Virgen, encinta de Jesús, visita a su prima, Santa Isabel. Al hacerlo, la Virgen nos da un sublime ejemplo de dos condiciones indispensables para alcanzar el cielo: el olvido de sí mismo (en el seguimiento de Cristo), según las palabras de Jesús: “El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo” (Mt 8, 34) y la misericordia para con los más necesitados, también según las palabras de Jesús: “Lo que habéis hecho a uno de estos mis pequeños, a Mí me lo habéis hecho” (Mt 25, 40). En efecto, la Virgen misma está encinta y por lo tanto, necesitada de ayuda, y sin embargo, olvidándose de sí misma, acude en auxilio de su parienta Isabel, quien está doblemente necesitada de ayuda: por estar encinta y por ser de edad avanzada. La Virgen, en la Visitación, es por lo tanto, ejemplo sublime y perfectísimo de cómo, movidos por el Amor de Dios, debemos obrar, si queremos entrar en el cielo.
         Pero en la Visitación de María Santísima hay algo mucho más grande que el mero ejemplo –sublime y perfecto- de cómo obrar para alcanzar el cielo: María, Sagrario Viviente y Tabernáculo del Dios Altísimo, lleva en su seno del Hijo de Dios encarnado, Jesús de Nazareth, por lo que su llegada implica la llegada del Salvador de los hombres; su Visita implica la Visita del Verbo de Dios Encarnado; su Arribo a un alma implica el Arribo al alma de Hijo Eterno del Padre, porque su Hijo, el que Ella lleva en su seno purísimo, es el Verbo Eterno del Padre, engendrado desde los siglos sin fin, “entre esplendores de santidad” (cfr. Sal 110, 3). Y con Jesucristo, el Dador del Espíritu junto al Padre, llega al alma visitada por la Virgen el Espíritu Santo, y es esto lo que explica la sabiduría como la alegría sobrenaturales, tanto de Isabel como del Bautista: Santa Isabel no saluda a María como a se saluda a un pariente, sino que le aplica el nombre de “Madre de mi Señor”, y se alegra por esto; Juan el Bautista, a su vez, desde el seno de su madre, “salta de alegría” al escuchar el sonido de la voz de María: “Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno” (Lc 1, 41), y salta en de alegría porque reconoce, en María, a la Madre de Dios, y en Jesús, al Hijo de Dios, y todo esto no se explica sino por la acción del Espíritu Santo, como lo señala el mismo Evangelio: “(…) e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó (…)” (cfr. Lc 1, 41).

         Es esto lo que sucede en un alma cuando la Visita la Madre de Dios, la Virgen María. es por esto que, el ser visitado por la Virgen, es la mayor dicha que alguien pueda recibir en esta vida, y la gracia que debemos anhelar, para nosotros, para nuestros seres queridos, y para todo el mundo.

martes, 24 de mayo de 2016

María, Auxiliadora de los cristianos


         Desde las Bodas de Caná, en donde la Madre de Dios intervino intercediendo ante la Santísima Trinidad en favor de los esposos, para que Dios Hijo fuera autorizado por Dios Padre para realizar su primer milagro público, para manifestar el Amor de Dios Espíritu Santo para con los hombres, la Virgen se ha constituido en “Auxiliadora de los cristianos”.
         De entre todas las numerosísimas ocasiones en las que María Santísima ha acudido en auxilio de los cristianos con su ayuda maternal y sobrenatural, se destacan dos intervenciones suyas en las que toda la cristiandad es la que se pone a salvo gracias a su intervención; aunque hay una tercera que, podemos decir así, se encuentra en curso, debido a que se refiere al fin de los tiempos. Es decir, la particularidad es que dos de ellas ya sucedieron en el tiempo, mientras que la otra está en curso. La primera, la que ya se dio en la historia, es la derrota, por su intercesión, de las tropas turcas musulmanas que, en número muy superior, estaban a punto de invadir Europa, para imponer por la violencia el Islam y la ley de la sharia, destruyendo todo vestigio de catolicismo. Se trata de la famosa Batalla de Lepanto, en la que la cristiandad venció gracias a la intervención de la Madre de Dios, luego de enfrentar a los turcos musulmanes por las armas, pero sobre todo, haciendo frente con un arma infinitamente más poderosa que las armas materiales, y es el arma espiritual del Santo Rosario. En efecto, en esa oportunidad, el Santo Padre Pío V, ante la inminencia del ataque musulmán a la Europa católica, ordenó que, además de hacer frente a la invasión con la flota de las naciones católicas europeas, toda la cristiandad rezara el Rosario pidiendo el triunfo de las armas cristianas, lo cual finalmente sucedió el 7 de Octubre de 1571. A partir de entonces, el Santo Padre decretó que ese día como la fiesta del Santo Rosario, en recuerdo del auxilio celestial concedido por María Santísima, a quien el Papa y la Iglesia toda le atribuyó tan magnífica victoria. En 1573 el Papa Pío V estableció que se instituyera la fiesta de acción de gracias por la grandiosa victoria del cristianismo sobre el islamismo, decisiva para frenar las intenciones expansivas de este último, victoria que, como dijimos, desde un primer momento fue atribuida a la Virgen, sin cuyo auxilio el triunfo de las armas cristianas hubiera sido imposible. Además, el Papa San Pío V decide incluir el título de Auxiliadora a las Letanías de Loreto en 1571, por el mismo motivo, esto es, en agradecimiento a la Virgen por la victoria de la flota cristiana, que era muy inferior en número a los turcos musulmanes durante la batalla de Lepanto.
La segunda intervención, similar a la de la Batalla de Lepanto, sucedió a fines del siglo XVII: el emperador Leopoldo I de Austria, asediada la capital Viena por un inmenso ejército de 200.000 turcos otomanos, se refugió en el Santuario de María Auxiliadora en Pasau, y luego de planificar la batalla el 8 de septiembre, natalicio de la Virgen, y encomendándose a María Auxiliadora, los cristianos se lanzaron a la batalla, obteniendo una completa victoria y la liberación de Viena el 12 de septiembre, fiesta del Santo Nombre de María, Viena fue finalmente liberada. Toda Europa se había unido con el emperador gritando “¡María, Auxilio!” y rezando el Santo Rosario, por lo que esta gran victoria también se atribuyó a María Santísima.
         La intervención de la Virgen como “Auxiliadora de los cristianos” –y que decimos que todavía está en curso- inicia en el año 1860, año en el que Nuestra Señora se le aparece a San Juan Bosco, pidiéndole que precisamente se la honre con este título: “María, Auxiliadora de los cristianos”. El 14 de mayo de 1862, Don Bosco soñó acerca de las batallas de la Iglesia tendría que enfrentar en los últimos días. En su sueño, el Papa de esos tiempos anclaba el “buque” (que era la Iglesia) entre dos pilares. Uno de los pilares tendría en su parte superior una estatua de María Auxilio de los cristianos y el otro pilar tenía una gran Hostia eucarística. Según sus propios relatos, Don Bosco vio que una gran barca (la Iglesia) navegaba en un mar tempestuoso piloteada por el Romano Pontífice, y a su alrededor muchísimas navecillas pequeñas (los cristianos). De pronto aparecieron un sinnúmero de naves enemigas armadas de cañones (el ateísmo, la corrupción, la incredulidad, el secularismo, el gnosticismo de la Nueva Era, las sectas, el ocultismo, etc., etc.) y empezó una tremenda batalla. A los cañones enemigos se unen las olas violentas y el viento tempestuoso. Las naves enemigas cercan y rodean completamente a la Nave Grande de la Iglesia y a todas las navecillas pequeñas de los cristianos. Y cuando ya el ataque es tan pavoroso que todo parece perdido, emergen desde el fondo del mar dos inmensas y poderosas columnas (o pilares). Sobre la primera columna está la Sagrada Eucaristía, y sobre la otra la imagen de la Virgen Santísima. La nave del Papa y las navecillas de los cristianos se acercan a los dos pilares y asegurándose de ellos ya no tienen peligro de hundirse. Luego, desde las dos columnas sale un viento fortísimo que aleja o hunde a las naves enemigas, y en cambio a las naves amigas les arregla todos sus daños. Todo el ejército enemigo se retira derrotado, y los cristianos con el Santo Padre a la cabeza entonan un Himno de Acción de Gracias a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora. El sueño es detallado e incluye a varios papas. Con respecto a este sueño, decía así Don Bosco: “La Iglesia deberá pasar tiempos críticos y sufrir graves daños, pero al fin el Cielo mismo intervendrá para salvarla. Después vendrá la paz y habrá en la Iglesia un nuevo y vigoroso florecimiento”[1].
         ¿Corresponde esta visión a nuestros días? Pensamos que sí. Hoy, en nuestros días, podemos decir que la cristiandad está en gravísimos peligros, no solo similares a los de las invasiones musulmanas de las Batallas de Lepanto y Viena, puesto que los yihadistas –la facción beligerante del Islam- no solo atacan[2] y amenazan continuamente a Europa[3] y al Vaticano –la secta ISIS amenazó con llevar a cabo ejecuciones masivas en la Plaza San Pedro[4], además de amenazar directamente al Santo Padre[5], quien a su vez denunció que estamos viviendo “una Tercera Guerra Mundial por partes”[6]- sino que además se suma -además de estos ataques materiales-, una poderosa embestida en el plano espiritual a cargo de la secta luciferina llamada “Nueva Era”, “New Age”, o “Conspiración de Acuario”, que por medio del antiguo error gnóstico ha conseguido con gran éxito implantar la idea, incluso entre los cristianos, de que no son necesarios ni la Iglesia, ni tampoco los Sacramentos y mucho menos un Salvador. A esto se suman las recientes afirmaciones del Papa Benedicto XVI acerca de que “en la Iglesia se atraviesa una profunda crisis, como consecuencia de haber perdido la fe en la eterna condenación en el infierno”[7]. Sumado a esto, y en una situación jamás vista en dos mil años de vida de la Iglesia, asistimos azorados al espectáculo de contemplar cómo, desde su mismo seno, se intentan cambiar la fe, los dogmas y los sacramentos –como el del matrimonio y la confesión sacramental-, haciendo así realidad las palabras proféticas del Papa Pablo VI: “El humo de Satanás ha entrado en la Iglesia”[8].
         Hoy, más que nunca, numerosos peligros acechan a la Iglesia y a la cristiandad toda, por lo que hoy, más que nunca, elevamos nuestras súplicas a María Santísima y le decimos: “¡María, Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros!”.



[1] http://www.corazones.org/santos/juan_bosco_historias.htm
[2] Cfr. http://www.infobae.com/2015/11/14/1769719-por-que-el-estado-islamico-eligio-paris-un-atentado-terrorista
[3] Cfr. http://www.clarin.com/mundo/Europa-yihadismo-explosivos-ataques-masivos_0_1582641765.html
[4] “Llegaremos a Roma y haremos ejecuciones masivas”, dice miembro de ISIS en entrevista; cfr. https://www.aciprensa.com/noticias/llegaremos-a-roma-y-haremos-ejecuciones-masivas-dice-miembro-de-isis-en-entrevista-61510/
[5] ISIS amenaza de muerte al Papa: “Conquistaremos Roma”; cfr. https://noticias.terra.com.ar/mundo/isis-amenaza-de-muerte-al-papa-conquistaremos-roma,a89e8c443edf5239c6479ed61d6a2fb565jbtu5z.html
[6] Cfr. Papa Francisco; http://es.catholic.net/op/articulos/54201/cat/763/el-papa-francisco-denuncia-que-estamos-viviendo-una-tercera-guerra-mundial.html
[7] Cfr. http://catholicvs.blogspot.com.ar/2016/03/el-papa-emerito-benedicto-xvi-rompe-su.html
[8] Cfr. http://forosdelavirgen.org/71312/como-podemos-interpretar-lo-de-pablo-vi-que-el-humo-de-satanas-se-infiltro-en-la-iglesia-2013-10-26/

viernes, 13 de mayo de 2016

Los pedidos y advertencias del cielo en las Apariciones de Nuestra Señora de Fátima


Las apariciones de la Virgen en Fátima, Portugal, constituyen una de las más grandiosas manifestaciones marianas de todos los tiempos y esto debido al contenido de su mensaje, que atañe tanto a la salvación personal, como a la del mundo entero. En estas apariciones, el cielo, a través de la Madre de Dios, nos recuerda qué es lo que debemos hacer, tanto para salvar el alma propia, como la de los pecadores: adoración y comunión eucarística, penitencia y sacrificios por los pecadores, rezo del Santo Rosario, reparación por los ultrajes que continuamente reciben los Sagrados Corazones de Jesús y María. Pero en estas apariciones el cielo nos advierte además acerca de los dos únicos destinos posibles en el más allá: o cielo, o infierno (el Purgatorio es la antesala del Cielo), por medio de las experiencias místicas los Pastorcitos, quienes experimentan dos clases distintas de fuegos: el fuego del Amor de Dios, que no arde y produce gozo y alegría celestial, y el fuego del Infierno, que sí produce dolor. Puesto que nadie va de modo “automático” ni al infierno ni al cielo, sino que esos destinos los merecemos de acuerdo a nuestras obras libremente realizadas, las apariciones de Fátima nos hacen reflexionar también acerca de si nuestra fe está viva, lo cual se demuestra con obras, o si por el contrario está muerta –lo cual se demuestra con ausencia de obras-.
Antes de las apariciones propiamente de la Virgen y como preparación para estas, se les apareció a los Pastorcitos un ángel, quien luego se identificó como el “Ángel de Portugal”[1]. En su primera aparición, el ángel les enseñó una oración de reparación a la Trinidad, relatada de este modo por Sor Lucía: “Pasaron tan solo unos segundos cuando un fuerte viento comenzó a mover los árboles y miramos hacia arriba para ver lo que estaba pasando, ya que era un día tan calmado. Luego comenzamos a ver, a distancia, sobre los árboles que se extendían hacia el este, una luz más blanca que la nieve con la forma de un joven, algo transparente, tan brillante como un cristal en los rayos del sol. Al acercarse pudimos ver sus rasgos. Nos quedamos asombrados y absortos y no nos dijimos nada el uno al otro. Luego él dijo: “No tengáis miedo. Soy el Ángel de la paz. Orad conmigo. Él se arrodilló, doblando su rostro hasta el suelo. Con un impulso sobrenatural hicimos lo mismo, repitiendo las palabras que le oímos decir: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no te adoran, no te esperan y no te aman”. Después de repetir esta oración tres veces el ángel se incorporó y nos dijo: “Orad de esta forma. Los corazones de Jesús y María están listos para escucharos”.
En su Tercera Aparición, el Ángel de Portugal les enseña a adorar la Eucaristía, además de enseñarles las oraciones de amor y reparación a la Trinidad; finalmente, les da la Comunión bajo las dos especies: “Vimos a una luz extraña brillar sobre nosotros. Levantamos nuestras cabezas para ver qué pasaba. El ángel tenía en su mano izquierda un cáliz y sobre él, en el aire, estaba una hostia de donde caían gotas de sangre en el cáliz. El ángel dejó el cáliz en el aire, se arrodilló cerca de nosotros y nos pidió que repitiésemos tres veces: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente, y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Después se levantó, tomó en sus manos el cáliz y la hostia. La hostia me la dio a mí y el contenido del cáliz se lo dio a Jacinta y a Francisco, diciendo al mismo tiempo: “Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo terriblemente agraviado por la ingratitud de los hombres. Ofreced reparación por ellos y consolad a Dios. Una vez más él se inclinó al suelo repitiendo con nosotros la misma oración tres veces: “Santísima Trinidad…” etc. y desapareció. Abrumados por la atmósfera sobrenatural que nos envolvía, imitamos al ángel en todo, arrodillándonos postrándonos como él lo hizo y repitiendo las oraciones como él las decía”.
El pedido de penitencia y sacrificios por la conversión de los pecadores es un pedido personal de la Virgen. En su Primera Aparición les dice a los Pastorcitos[2]: “¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quisiera enviaros como reparación de los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?” -Si queremos. –“Tendréis, pues, mucho que sufrir, pero la gracia de Dios os fortalecerá”[3]. En la Tercera Aparición, vuelve a pedir que ofrezcamos sacrificios por la conversión de los pecadores y en reparación por los ultrajes contra su Inmaculado Corazón: “¡Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, y especialmente cuando hagáis un sacrificio: OH, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!”. En la Cuarta Aparición: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, porque muchas almas van al infierno por no tener quien se sacrifique y rece por ellas”. En la Sexta Aparición: “Soy la Señora del Rosario (…) continúen rezando el Rosario todos los días”.
También el Ángel de Portugal les pide oración y sacrificios por los pecadores, en su segunda aparición: “¿Qué estáis haciendo? ¡Rezad! ¡Rezad mucho! Los corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia. ¡Ofreced constantemente oraciones y sacrificios al Altísimo!”.
La Virgen les hace tener una experiencia mística del Amor de Dios y de su Presencia en la Eucaristía, enseñándoles una oración a Jesús Eucaristía: “Diciendo esto la Virgen abrió sus manos por primera vez, comunicándonos una luz muy intensa que parecía fluir de sus manos y penetraba en lo más íntimo de nuestro pecho y de nuestros corazones, haciéndonos ver a nosotros mismos en Dios, más claramente de lo que nos vemos en el mejor de los espejos. Entonces, por un impulso interior que nos fue comunicado también, caímos de rodillas, repitiendo humildemente: “Santísima Trinidad, yo te adoro. Dios mío, Dios mío, yo te amo en el Santísimo Sacramento””.
También el pedido de rezar el Rosario. En la misma aparición, les dice: “Rezad el rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra”. En la Tercera Aparición les dice: “Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, y continuéis rezando el rosario todos los días en honra a Nuestra Señora del Rosario con el fin de obtener la paz del mundo y el final de la guerra”.
La reparación también es pedida por la Virgen, con la devoción de los Cinco Primeros Sábados de mes, aunque esta devoción la especificará años más tarde, en otras apariciones, las de Pontevedra, España. En Fátima anunció el origen de la devoción: “(Jesús) quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado. A aquellos que abracen esta devoción les prometo la salvación y serán predilectas de Dios estas almas, como flores puestas por Mi para adornar su trono”, y en Pontevedra especificó cómo debía ser[4]: “Ese día estando en mi habitación en Pontevedra, España, se me apareció la Santísima Virgen y, al lado, como suspendido en una nube luminosa, el Niño. La Santísima Virgen me ponía la mano sobre mi hombro derecho y, al mismo tiempo, me mostraba un corazón cercado de espinas que tenía en la mano”. Entonces dijo el Niño: “Ten compasión del corazón de tu Santísima Madre que está cubierto de espinas que los hombres ingratos le clavan continuamente sin que haya nadie que haga un acto de reparación para arrancárselas”. Y en seguida dijo la Santísima Virgen: “Mira, hija mía, mi corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes, tú, al menos, procura consolarme y di que: Todos aquellos que durante cinco meses seguidos, en el primer sábado, se confiesen y reciban la Santa Comunión, recen el Santo Rosario y me hagan 15 minutos de compañía meditando en los misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirlos en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para su salvación”. “Ese día estando en mi habitación en Pontevedra, España, se me apareció la Santísima Virgen y, al lado, como suspendido en una nube luminosa, el Niño. La Santísima Virgen me ponía la mano sobre mi hombro derecho y, al mismo tiempo, me mostraba un corazón cercado de espinas que tenía en la mano”[5].
Dentro de todas las experiencias místicas que experimentan los Pastorcitos, hay dos que se destacan, además de la experiencia de recibir la Comunión Eucarística de manos del Ángel de Portugal: la experiencia del Amor de Dios, descripto como “fuego que no arde”, y la experiencia del Infierno. Con relación a la experiencia de Dios, decía así Francisco: “Estábamos ardiendo en aquella luz que es Dios y no nos quemábamos. ¿Cómo es Dios? Esto no lo podemos decir. Pero qué pena que Él está tan triste; ¡si yo pudiera consolarle!”. Muy distinta es la experiencia con el otro fuego, el del Infierno, que sí arde y duele, según el relato de Sor Lucía: “Al decir estas últimas palabras abrió de nuevo las manos. El reflejo de la luz parecía penetrar la tierra y vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las almas como si fuesen brasas trasparentes y negras o bronceadas, de forma humana, que fluctuaban en el incendio llevada por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados, semejante a la caída de pavesas en grandes incendios, pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero trasparentes como negros tizones en brasa. Asustados y como pidiendo socorro levantamos la vista a nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza: “Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra terminará pero si no dejan de ofender a Dios en el reinado de Pío XI comenzara otra peor”.
Con respecto a esta última, podemos hacer la siguiente observación: en nuestros días, se oculta la realidad del Infierno y sobre todo a los niños, pero en Fátima, la Virgen no solo no oculta la realidad del Infierno a los niños, sino que, en cierta medida, los transporta allí, pues los niños tienen una experiencia real y directa del Infierno, tan real, que Lucía exclama asustada. Si la Virgen misma, en persona, les hace tener esta experiencia mística del Infierno, para advertirnos acerca de las consecuencias del desamor, la indiferencia y la rebelión contra Dios, ¿acaso cabe acusar a la Virgen por revelar estas cosas a los niños? Por supuesto que no; la conclusión, entonces, es que no se debe ocultar esta realidad de la eterna condenación, como tampoco los medios que el cielo nos da para ganar el cielo: rezo del Rosario, penitencia, sacrificios, adoración eucarística. En favor de esto, podemos recordar que Jacinta, lejos de quedar “traumatizada” o “perturbada” por la experiencia del Infierno, se preguntaba aún “porqué la Virgen no mostraba el Infierno a los pecadores” -e incluso ella misma deseaba hacerlo-, porque sostenía que si la Virgen lo hacía, los pecadores se convertirían y no se condenarían. Estas son sus palabras: “¿Por qué es que Nuestra Señora no muestra el infierno a los pecadores? Si lo viesen, ya no pecarían, para no ir allá. Has de decir a aquella Señora que muestre el infierno a toda aquella gente. Verás cómo se convierten. ¡Qué pena tengo de los pecadores! ¡Si yo pudiera mostrarles el infierno!”. Jacinta también revela la causa principal de la condenación de muchas almas en nuestros días, los pecados de la carne: “Los pecados que llevan más almas al infierno son los de la carne”.
Rezo del Santo Rosario, oración, penitencia, sacrificios, reparación, adoración a la Trinidad y a Dios Presente en la Eucaristía, recuerdo del cielo y del infierno: estos son algunos de los mensajes que la Madre de Dios nos transmite en las apariciones de Fátima, una de las más grandiosas apariciones marianas de todos los tiempos.





[1] http://webcatolicodejavier.org/VFapariciones.html
[2] http://www.corazones.org/maria/fatima/apariciones_nuestra_senora_fatima.html
[3] Cfr. ibidem.
[4] Mensaje del 10 de diciembre de 1925, Pontevedra, España.
[5] http://forosdelavirgen.org/3225/devocion-de-los-cinco-primeros-sabados/