miércoles, 12 de mayo de 2021

Las Apariciones y enseñanzas de Nuestra Señora de Fátima

 



         En el año 1917 se produjeron una de las más grandiosas apariciones de la Madre de Dios en la historia de la Iglesia. Estas apariciones estuvieron precedidas por las apariciones, a su vez, de un Ángel, quien se presentó a sí mismo como “El Ángel de la Paz” y también “El Ángel de Portugal”.

         Estas apariciones nos dejaron numerosas enseñanzas:

         Por un lado, el Ángel les enseña a adorar la Presencia Sacramental de Jesucristo en la Eucaristía, dictándoles dos oraciones de adoración a Jesús Sacramentado y enseñándoles en la práctica cómo adorar con el cuerpo, postrándose él mismo, el Ángel, ante Jesús Eucaristía. Una de las oraciones del Ángel dice así: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os  pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”. La otra oración que les enseña el Ángel es: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”. Estas oraciones, profundamente eucarísticas, mantienen su plena vigencia, hoy más que nunca, debido a las innumerables profanaciones y sacrilegios que sufre, día a día, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús y es por eso que es muy conveniente rezar estas oraciones en las Horas Santas, en la Adoración Eucarística al Santísimo Sacramento del altar.

         Por otra parte, la Virgen les proporciona numerosas enseñanzas a los Pastorcitos:

         El rezo del Santo Rosario y su importancia para la conversión de los pecadores; la existencia del Infierno, haciéndolos participar, místicamente, de la realidad del Infierno, al llevarlos al Infierno y hacerlos contemplar cómo las almas de los condenados caían en el lago de fuego y fluctuaban como “copos de nieve”: al respecto, la Beata Sor Lucía describe así la experiencia del Infierno: “Mientras Nuestra Señora decía estas palabras abrió sus manos una vez más, como lo había hecho en los dos meses anteriores. Los rayos de luz parecían penetrar la tierra, y vimos como si fuera un mar de fuego. Sumergidos en este fuego estaban demonios y almas en forma humana, como tizones transparentes en llamas, todos negros o color bronce quemado, flotando en el fuego, ahora levantadas en el aire por las llamas que salían de ellos mismos junto a grandes nubes de humo, se caían por todos lados como chispas entre enormes fuegos, sin peso o equilibrio, entre chillidos y gemidos de dolor y desesperación, que nos horrorizaron y nos hicieron temblar de miedo (debe haber sido esta visión la que hizo que yo gritara, como dice la gente que hice). Los demonios podían distinguirse por su similitud aterradora y repugnante a miedosos animales desconocidos, negros y transparentes como carbones en llamas. Horrorizados y como pidiendo auxilio, miramos hacia Nuestra Señora, quien nos dijo, tan amablemente y tan tristemente: ‘Ustedes han visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Es para salvarlos que Dios quiere establecer en el mundo una devoción a mi Inmaculado Corazón. Si ustedes hacen lo que yo les diga, muchas almas se salvarán, y habrá paz’”. Luego, después de la visión, María les indicó una oración esencial para ayudar a los pecadores: “Cuando ustedes recen el Rosario, digan después de cada misterio: Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu infinita Misericordia”.

Además, la Virgen les enseña el valor del sacrificio, de la penitencia, de la mortificación y del ayuno, como vías de crecimiento en santidad personal y también para la conversión de las almas más necesitadas de la gracia de Dios, los pecadores: “Hagan sacrificios por los pecadores, y digan seguido, especialmente cuando hagan un sacrificio: Oh Jesús, esto es por amor a Ti, por la conversión de los pecadores, y en reparación por las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de María”; también les advierte acerca del peligro del Comunismo y de cómo este régimen satánico, despiadado y ateo habría de “propagar sus errores por todo el mundo”, tal como sucedió y tal como está sucediendo en la actualidad: desde que se implementó en Rusia por medio de una sangrienta revolución, el Comunismo ha esparcido el ateísmo, la violencia y la lucha de clases por todo el mundo, provocando desde entonces hasta ahora un genocidio de más de ciento cincuenta millones de muertos, sin contar los cuatrocientos millones de muertos provocados por la política del “hijo único” aplicado por el gobierno comunista chino durante treinta años.

La Virgen les enseña también a rezar el Santo Rosario y les enseña la devoción del rezo del Rosario reparador, el cual se reza durante cinco sábados, los primeros sábados de cada mes, meditando en los misterios del Santo Rosario y acompañando este rezo con el deseo de un profundo cambio de vida, haciendo un completo examen de conciencia, confesando los pecados y recibiendo la Sagrada Comunión, todo para reparar las ofensas que se realizan al Inmaculado Corazón de María y también al Sagrado Corazón de Jesús.

No debemos creer que las Apariciones de Fátima son cosa del pasado: estas apariciones, importantísimas para la vida espiritual y de la Iglesia, son atemporales, en el sentido de que abarcan todos los tiempos y por lo tanto son actuales y mucho más en nuestros días, en los que se atenta cotidianamente contra la Sagrada Eucaristía y contra el Inmaculado Corazón de María y también contra la vida humana por nacer, por medio de la inicua e infame ley del aborto. Hoy, más que nunca, es necesario recordar las Apariciones de la Virgen en Fátima y aplicar, con todo el corazón, sus invalorables enseñanzas celestiales.

jueves, 25 de marzo de 2021

Si Jesús es Redentor, la Virgen es Corredentora


 

           Uno de los títulos de Nuestro Señor Jesucristo, el Hombre-Dios, es el de Redentor. ¿Qué significa ser Redentor? Veamos lo que dice San Cirilo de Alejandría: para este santo –y para la Iglesia Católica toda-, el ser Redentor no es el ser un simple médico del alma, sino un dispensador de vida –de vida divina, por medio de la gracia- y un dispensador como Fuente de esa vida divina; es ser medianero de una unión sobrenatural entre el hombre y Dios –por eso Jesús dice de Sí mismo: “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”, porque Él es el Camino al Padre, que es la Vida Increada-; es ser la Fuente de la cual se derrama el Espíritu Santo –porque el Espíritu Santo es espirado eternamente por el Padre y el Hijo- con toda la plenitud de sus dones divinos sobre el linaje humano; es el motivo de nuestra adopción divina y de nuestra regeneración por la gracia como hijos de Dios; el Redentor es la Víctima por cuya muerte el pecado queda destruido del modo más perfecto no solamente en sus efectos naturales sino también en los sobrenaturales[1]. Ahora bien –como afirma un autor[2]-, es verdad que Jesucristo, en cuanto Redentor, no nos devuelve la integridad, puesto que aun liberados del pecado original por su gracia, lo mismo quedamos a merced de la corruptibilidad de la naturaleza, con lo que podemos decir que sólo paraliza o detiene la influencia perjudicial del pecado sobre el espíritu; sin embargo, puesto que Él nos hizo hijos de Dios, sabemos también que un día nos habrá de librar del perecer mediante la virtud de su Espíritu, conduciéndonos a la vida divina, la vida eterna en el Reino de los cielos, la vida misma de la Trinidad, una vida gloriosa y resucitada, absolutamente sobrenatural –porque es la vida de la Trinidad la que recibiremos en la eternidad-, en la cual lo perecedero quedará absorbido por lo imperecedero y esto no podría suceder de ninguna manera si Jesucristo no poseyera una virtud verdaderamente divina, porque Él Es una Persona Divina, la Segunda de la Trinidad, el Verbo de Dios Encarnado.

         Ahora bien, afirmamos al inicio que si Jesús es Redentor, la Virgen, su Madre, la Madre de Dios, es Ella Corredentora. ¿De qué manera la Virgen es Corredentora?

         Por un lado, podemos decir que la Virgen es cooperadora material al Bien –el Bien Sumo e Increado, que es Dios Trino-, al permitirle no solo alojarse sino permanecer en su seno virginal –su útero materno- por el término de nueve meses y al proporcionar al Hijo de Dios encarnado de su substancia materna; de esta manera, la Virgen coopera materialmente a la obra de la Redención, porque sin la donación de su substancia materna, el Verbo de Dios no habría recibido nutrientes para su crecimiento intrauterino.

         Por otro lado, podemos decir que la Virgen es cooperadora formal al Bien –el Bien Sumo e Increado, que es Dios Trino-, al asociarse en las intenciones redentoras de su Hijo, participando mística y sobrenaturalmente de su Pasión y al aceptar ser la Madre adoptiva de los hijos de Dios, nacidos por la gracia, al pie de la Cruz, en el Calvario. ¿De qué manera se asocia la Virgen a las intenciones redentoras de su Hijo? Veamos qué pretende Dios Padre al adoptar a los hombres como hijos suyos en el Calvario: en la adopción de los hombres por parte de Dios al pie de la Cruz, no hay una mera intención de adopción simplemente nominal, como si los hombres de ahora en adelante pudieran ser llamados hijos de Dios sólo nominalmente: Dios decide adoptar a los hombres para que estos, incorporados al Cuerpo Místico de Cristo, reciban de Él su Espíritu, el Espíritu Santo y así no solo les sea quitado el pecado, sino que les sea concedida la vida nueva de la Trinidad, la vida de la gracia, que es en lo que consiste la Redención. Ahora bien, en la aceptación de la Virgen de los Dolores, al pie de la Cruz, el encargo de ser Madre de todos los hombres nacidos por la gracia, existe también la intención, en la Madre de Dios, de que se cumpla la voluntad de Dios en los hombres, esto es, de que sean redimidos por la Sangre del Redentor, vehículo del Espíritu Santo y como la Virgen desea esto positivamente y positivamente participa de la Pasión de su Hijo –mística y sobrenaturalmente, como dijimos-, entonces la Virgen, la Madre de Dios, es Corredentora.



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, Editorial Herder, 373.

[2] Cfr. Scheeben, ibidem, 374.

miércoles, 17 de marzo de 2021

La Anunciación del Señor

 



         La Anunciación y la consecuente Encarnación de la Segunda Persona de la Trinidad en el seno purísimo de María Virgen, es el acontecimiento más grandioso que jamás haya tenido lugar en la historia de la humanidad y no habrá otro acontecimiento más grandioso que este, hasta el final de los tiempos. La Encarnación del Verbo de Dios, por obra del Espíritu Santo y por voluntad expresa de Dios Padre, supera en majestad, infinitamente, a la majestuosa obra de la Creación del universo, tanto visible como invisible. No hay otro acontecimiento más grandioso que el hecho del ingreso, en el tiempo humano, de la Persona de Dios Hijo, que en cuanto Dios, es la eternidad en sí misma.

         Debido a su trascendencia, que supera infinitamente en majestad a la obra de la Creación, la Encarnación del Hijo de Dios divide a la historia humana en un antes y un después, no solo porque nada volverá a ser como antes de la Encarnación, sino porque la Encarnación hace que la historia de la humanidad –y de cada ser humano en particular- adquiera una nueva dirección: si antes de la Encarnación la historia humana tenía un sentido horizontal, por así decirlo, porque las puertas del cielo estaban cerradas para el hombre, a partir de la Encarnación de Dios Hijo esas puertas del cielo se abren para el hombre y por esto a la humanidad se le concede un nuevo horizonte y una nueva dirección, no ya horizontal, sino vertical, en el sentido de que ahora la humanidad, cada ser humano, tiene la posibilidad de ingresar en el Reino de Dios, el Reino de los cielos, ingreso que hasta Jesucristo estaba vedado, a causa del pecado original.

         La importancia del evento de la Encarnación está dada por dos elementos: por un lado, porque Quien ingresa en la historia humana no es un hombre santo, ni el profeta más grande de todos los tiempos, sino Dios Hijo en Persona, por quien los santos son santos y por cuyo Espíritu los profetas profetizan; por otro lado, la importancia está dada por la obra que llevará a cabo Dios Hijo encarnado, una obra que será mucho más grandiosa y majestuosa que la primera Creación, puesto que llevará a cabo una Nueva Creación y así Él lo dice en las Escrituras: “Yo hago nuevas todas las cosas”. Serán nuevos los hombres, porque por su gracia les será quitado el pecado y les será concedida la filiación divina adoptiva, por la que pasarán a ser hijos adoptivos de Dios y herederos del cielo; serán nuevas todas las cosas, porque al final de los tiempos desaparecerán estos cielos y esta tierra para dar lugar a “un nuevo cielo y una nueva tierra”; será nueva la vida del hombre, porque Dios Hijo encarnado derrotará definitivamente, de una vez y para siempre, en la Cruz del Calvario, a los tres grandes enemigos mortales de la humanidad, el Demonio, la Muerte y el Pecado; será nueva la forma de vivir del hombre, porque ya no se alimentará sólo de pan, sino ante todo del Pan de Vida eterna, la Sagrada Eucaristía y desde ahora saciará su sed no simplemente con agua, sino con el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre del Cordero y ya no comerá solo carne de animales que nutren su cuerpo, sino que su manjar será la Carne del Cordero de Dios, que alegrará su alma con la substancia divina del Hombre-Dios Jesucristo, todo esto por medio de la Santa Misa.

         Por todos estos motivos y muchos otros todavía, es que el evento de la Anunciación y la Encarnación del Verbo solo pueden ser agradecidas a la Trinidad con un único obsequio digno de la majestad divina trinitaria, el Pan Vivo bajado del cielo, la Eucaristía, por medio de María Inmaculada, la Esposa Mística del Cordero de Dios.

domingo, 7 de marzo de 2021

La Mujer más grandiosa de la historia es la Virgen, la Madre de Dios

 



         La Mujer más grandiosa de la historia es la Virgen, la Madre de Dios

         Si hay alguna mujer a la que hay que recordar, halagar, venerar, amar y tenerla siempre presente, en la memoria, en el intelecto y en el corazón, esa Mujer es una sola y es la Virgen María, la Madre de Dios. La Virgen es la Mujer más excelsa y más grandiosa, jamás creada por Dios Trino; una Mujer como no hubo antes de Ella en la humanidad, no hay, ni habrá otra igual por la eternidad. Por supuesto que también considera cada uno a su madre biológica como el ser que encarna el amor de Dios en la tierra, pero la madre biológica es para cada uno, mientras que la Madre de Dios es para todos los hombres, para todos los que, por la gracia de Dios, nazcan a la vida de los hijos de Dios por la gracia.

         Veamos brevemente las razones de la grandeza de la Madre de Dios.

         Por su mismo título y condición, “Madre de Dios”: María da a luz en Nazareth a una persona y así se convierte en madre, pero esta persona es la Persona Segunda de la Trinidad, Dios Hijo encarnado en su seno virginal, por lo que al darlo a luz en el tiempo a Aquel que es la Eternidad en Sí misma, se convierte en Madre de Dios Hijo encarnado.

         Porque además de ser Madre de Dios, fue, es y será Virgen por la eternidad, porque su Hijo no fue concebido por obra de varón alguno, sino por obra del Amor de Dios, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad, Quien fue el que llevó al Verbo de Dios para que se encarnara en el seno virginal de María Santísima.

         Porque es la Concebida sin pecado original, un privilegio concedido por la Santísima Trinidad a una sola creatura humana –con excepción de la naturaleza humana de Jesús de Nazareth-, lo cual quiere decir que, desde el punto de vista humano, era el ser humano más puro, inmaculado y perfecto que pudiera ser concebido por la Trinidad. Esto significa, entre otras cosas, que la Virgen era perfectísima, porque no cabía en Ella no solo ni la más ligera maldad, sino ni siquiera la más ligera imperfección y esto desde el primer instante de su Inmaculada Concepción. La razón de este privilegio es que Dios Hijo quería una Madre acorde a su dignidad divina y esto significaba que su Madre en la tierra no debía estar manchada por el pecado original.

         Pero además de ser concebida sin pecado original, la Virgen Santísima fue concebida como “Llena de gracia”, esto es, inhabitada por el Espíritu Santo, lo cual significa que su alma, su mente, su corazón, su cuerpo todo, estaba pleno del Espíritu Santo, que moraba en Ella como en su Templo más preciado y la razón de esto es la Encarnación: Dios Padre quería que Dios Hijo, que era amado por Él desde la eternidad en su seno paterno con el Amor de Dios, el Espíritu Santo, al encarnarse, fuera recibido por el mismo Amor de Dios, por el mismo Espíritu Santo y esto sólo era posible si la creatura que habría de recibirlo estaba colmada de este Divino Espíritu y es por esto que la Virgen fue concebida, además de Inmaculada, como Llena de gracia.

         Porque la Virgen es la Mujer del Génesis que, en virtud de la inhabitación de la Trinidad en su Inmaculado Corazón, recibe de la Trinidad todos sus dones, virtudes y perfecciones, por participación; entre ellos, recibe el ser partícipe de la omnipotencia divina y es en virtud de esta omnipotencia divina participada, que la Virgen aplasta la cabeza orgullosa de la Serpiente Antigua, el Diablo o Satanás y lo encadena para siempre en lo más profundo del Infierno.

Porque la Virgen es la Mujer al pie de la Cruz que participó, mística y sobrenaturalmente, de la Pasión Redentora de su Hijo Jesús, Pasión por la cual la Trinidad abrió las Puertas del Reino de Dios a la humanidad caída; Pasión por la cual el Hijo de Dios lavó los pecados de los hombres al precio altísimo de su Sangre Preciosísima, derramada en el Calvario el Viernes Santo y cada vez en la Santa Misa, renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz; Pasión por la cual cerró las puertas del Infierno para quienes sean lavados con esta Sangre Preciosísima, además de abrirles de par en par el seno del Padre Eterno, destino final de quienes mueren crucificados con Cristo; Pasión por la cual fueron derrotados los tres grandes enemigos de la humanidad, el Demonio, la Muerte y el Pecado, de una vez y para siempre, en la Cruz. Y por haber participado, mística y sobrenaturalmente de la Pasión de su Hijo, es que la Virgen es Corredentora, porque su Hijo es el Redentor de la humanidad.

        

         Porque la Virgen, por encargo de su Hijo Jesús, Quien nos la dio como Madre celestial antes de morir en la Cruz, es Nuestra Madre del cielo, quien desde ese momento nos adoptó como a sus hijos muy amados, en lo más profundo de su Inmaculado Corazón, siendo así la esperanza de nuestra eterna salvación, porque si alguien es tan desalmado y desatinado como para no hacer caso a Jesús, no dejará de escuchar, amar y obedecer a su propia Madre, la Virgen Santísima.

         Porque la Virgen es la Mujer del Apocalipsis, que defiende a su Hijo de las fauces del Dragón Infernal y como es Madre de la Iglesia, es la Iglesia la que continúa esta labor defensiva de los hijos de Dios, frente a los ataques del Dragón Rojo, de la Bestia y del Falso Profeta.

La Virgen es también la Mujer revestida de sol, descripta en el Apocalipsis, porque el sol representa la gloria de Dios y María Santísima, por ser Inmaculada y Llena de gracia, está inhabitada y revestida de la gloria de Dios desde su Concepción Inmaculada.

Porque la Virgen da a luz, milagrosamente, en Belén, Casa de Pan, a Aquel que es el Manjar del cielo, Cristo Jesús, que se nos dona como Pan de Vida eterna en la Sagrada Eucaristía.

         Por estas y por otras innumerables razones, la Virgen es la Mujer más grandiosa y formidable que haya existido jamás y que jamás, por toda la eternidad, habrá nadie que pueda siquiera asemejársele remotamente.

         

        


sábado, 6 de febrero de 2021

Nuestra Señora de Lourdes

 



         Historia de la aparición[1].

Jueves 11 de febrero: El encuentro.

Bernardita, con su hermana y otra niña, se dirigían al campo a buscar leña seca cerca de una gruta y para llegar a ella debían pasar un arroyo. Al empezar a descalzarse, escuchó un ruido muy fuerte, parecido a un viento impetuoso, que venía desde la gruta: fue en ese momento en el que, en el fondo de la gruta, apareció la Madre de Dios.

La Virgen estaba envuelta en una luz resplandeciente y vestía un traje blanco, brillante con un cinta azul, con un largo velo blanco que caía hasta los pies. Dos rosas brillantes de color de oro cubrían la parte superior de los pies de la Santísima Virgen. La Señora la saludaba tiernamente mientras se inclinaba ante Bernardita. Sus manos estaban juntas ante el pecho, ofrecían una posición de oración fervorosa; tenía entre sus dedos un largo rosario blanco y dorado con una hermosa cruz de oro. Bernardita buscó su rosario; la Señora empezó a pasar las cuentas del rosario entre sus dedos y juntas lo rezaron. Lourdes, se convertía en una sorprendente escuela de oración.

Domingo 14 de febrero: El agua bendita.

Bernardita siente una fuerza interior que la empuja a volver a la Gruta. Debido a su insistencia, su madre le da permiso para volver. Después de la primera decena del rosario, Bernardita ve aparecer a la misma Señora; Bernardita le tiró agua bendita para asegurarse que venía de Dios. La Virgen sonrío cuando el agua tocó sus pies, tomó el rosario y se persignó con él. Empezaron ambas a rezarlo. Las burlas y risas comienzan contra Bernardita.

Jueves 18 de febrero: La Señora habla por primera vez.

La Señora habla a Bernardita. Bernardita le ofrece papel y una pluma y le pide que escriba su nombre. La Señora le dice: “Lo que tengo que comunicarte no es necesario escribirlo, hazme únicamente el regalo de venir aquí durante quince días seguidos”. A la promesa de Bernardita la Virgen contestó: “Yo también te prometo hacerte dichosa, no ciertamente en este mundo, sino en el otro”. Comienza la quincena milagrosa: el rumor de las apariciones se esparció rápidamente y una gran multitud acudió a la gruta.

Viernes 19 de febrero: Aparición breve y silenciosa.

Bernardita llega a la Gruta con una vela bendecida y encendida: de aquel gesto nacerá la costumbre de llevar velas para encenderlas ante la Gruta.

Sábado 20 de febrero: una oración personal.

La Señora le ha enseñado una oración personal. Al terminar la visión, una gran tristeza invade a Bernardita.

Domingo 21 de febrero: “¡Rogad por los pecadores!”.

En algunos momentos la aparición parecía hacerse hacia atrás, y como hundirse en el interior de la roca. Bernardita se acercaba a ella de rodillas. Observó que la Virgen se había puesto triste. Le preguntó: “¿Qué te pasa?, ¿qué puedo hacer?”. La Virgen respondió: “Rogad por los pecadores”.

Bernardita era objeto de toda clase de burlas, persecuciones y ofensas, la cuales aceptaba con firmeza y profunda humildad.. Incluso las autoridades civiles tomaron carta en el asunto, quienes amenazaron con llevarla a la cárcel. Uno de los principales médicos de Lourdes se dedicó a estudiarla, observarla y examinarla. Este llegó a la conclusión: “Aquí hay un hecho extraordinario, totalmente desconocido a la ciencia y a la medicina”.

Lunes 22 de febrero: La Virgen no se le apareció.

Todos se burlaban de Bernardita. Ella lloraba pensando que quizás había cometido alguna falta y que por eso la Virgen no se le había aparecido. Pero tenía la firme esperanza de volver a verla. Una de las cosas que más sorprendía a la gente era ver a una humilde y sencilla pastorcita, carente de adecuada educación, saludar con gracia y dignidad a la Virgen al concluir la aparición. Le preguntaron una vez: “Dime, ¿quién te ha enseñado a hacer tan graciosos saludos?”. “Nadie, contestó, no sé cómo habré saludado, trato de hacerlo como lo hace la Señora y Ella me saluda de este modo cuando se marcha”.

Martes 23 de febrero: El secreto.

En esta ocasión es la primera vez que la Virgen formula una orden concreta. Ante 10 mil personas la Virgen le da a Bernardita un secreto que solo a ella le concierne y que no puede revelar a nadie. También le enseñó una oración que le hacía repetir, pero que no quiso que la diera a conocer. La Virgen le dijo: “Y ahora, hija mía, ve a decir a los sacerdotes que aquí, en este lugar, debe levantarse un Santuario, y que a él debe venirse en procesión”. Bernardita se dirigió inmediatamente hacia la Iglesia a darle el mensaje al Párroco. El sacerdote le preguntó el nombre de la Señora y que le pidiera de su parte que hiciese el milagro de hacer florecer el rosal silvestre sobre el que se aparecía.

Miércoles 24 de febrero : “¡Penitencia!”.

Bernardita le contó a la Virgen lo que el sacerdote le había pedido. La Virgen solo sonrió, sin decir una palabra. Después la mando a rogar por los pecadores y exclamo tres veces: “¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!”. ¨Le hizo repetir estas palabras y Bernardita lo hacía mientras se arrastraba de rodillas hasta el fondo de la gruta. “¡Ruega a Dios por los pecadores! ¡Besa la tierra en penitencia por los pecadores!”. Ella lo hacía y miraba a la gente pidiendo lo mismo. Desde entonces se le fue encomendada a Bernardita la penitencia por los pecadores. Un día la Virgen la mandó a subir y bajar varias veces la gruta de rodillas, la Virgen tenía la cara de tristeza. Dio otro secreto personal a Bernardita que no debía decir a nadie.

Jueves 25 de febrero: La fuente.

La Virgen le confía el tercer y último secreto para Bernardita. “Y ahora -le dijo la Virgen después de un momento de silencio- ve a beber y lavarte los pies a la fuente, y come de la hierba que hay allí”. Bernardita miro a su alrededor pues no miraba ninguna fuente. Ella pensó que la Virgen la mandaba al torrente y se dirigió hacia allá. La Virgen la detuvo y le dijo: “No vayas allá, ve a la fuente que está aquí”. Le señaló hacia el fondo de la gruta.

 

Bernardita subió y, cuando estuvo cerca de la roca, buscó con la vista la fuente no encontrándola, y queriendo obedecer, miró a la Virgen. A una nueva señal Bernardita se inclinó y escarbando la tierra con la mano, pudo hacer en ella un hueco. De repente se humedeció el fondo de aquella pequeña cavidad y viniendo de profundidades desconocidas a través de las rocas, apareció un agua que pronto llenó el hueco que podía contener un vaso de agua. Mezclada con la tierra cenagosa, Bernardita la acercó tres veces a sus labios, no resolviéndose a beberla. Pero venciendo su natural repugnancia al agua sucia, bebió de la misma y se mojó también la cara. Todos empezaron a burlarse de ella y a decir que ahora si se había vuelto loca. “¿Sabes que la gente cree que estás loca por hacer tales cosas?”, a lo que ella contestaba: “¡Es por los pecadores!”.

Pero, por los misteriosos designios de Dios, con su débil mano y con sus labios acababa Bernardita de abrir, sin saberlo, el manantial de las curaciones y de los milagros más grandes que han conmovido la humanidad. El agua milagrosa de Lourdes ha sido analizada por químicos y científicos: es un agua muy pura, un agua natural que carece de toda propiedad térmica. Además tiene la peculiaridad que ninguna bacteria sobrevive en ella. (Simboliza la Inmaculada Concepción, en cuyo ser nunca hubo mancha de pecado original, ni personal).

Viernes 26 de Febrero: El primer milagro.

El agua milagrosa obró el primer milagro. El buen párroco de Lourdes había pedido una señal, y en vez de la muy pequeña que había pedido, la Virgen acababa de darle una muy grande, y no solo a él, sino a toda la población. Fue a un pobre obrero, Bourriette, quien por 20 años había tenido el ojo izquierdo horriblemente mutilado por la explosión de una mina. Al orar y brotarse el ojo con el agua de la fuente, comenzó a gritar de alegría. Las negras tinieblas habían desaparecido; no le quedaba más que una ligera nubecilla, que fue desapareciendo al seguir lavándose. Lo más grande era que el milagro había dejado las cicatrices y las lesiones profundas de la herida, pero había devuelto aun así la vista.

Sábado 27 de febrero: Silencio.

La Virgen permanece silenciosa. Bernardita bebe agua del manantial y hace los gestos habituales de penitencia.

Domingo 28 de febrero: Entre persecuciones, el segundo milagro.

Más de mil personas asisten a la aparición. Bernardita reza, besa la tierra y se arrastra de rodillas en señal de penitencia. A continuación se la llevan a casa del juez Ribes que la amenaza con meterla en la cárcel. Otro milagro: se han congregado más de mil quinientas personas y entre ellas, por primera vez, un sacerdote. Durante la noche, Catalina Latapie, una amiga de Lourdes, acude a la Gruta, moja su brazo dislocado en el agua del manantial y el brazo y la mano recuperan su agilidad. El Martes 2 de marzo, Bernardita fue de nuevo a ver al párroco de Lourdes, recordándole la petición de la Virgen de levantar un Santuario en el lugar de las apariciones. El párroco le contestó que era obra del Obispo quien ya estaba enterado de la petición y sería el encargado de poner por obra el deseo celestial de la Visión.

Miércoles 3 de marzo: Una sonrisa y otro milagro.

A las siete de la mañana, cuando ya hay allí tres mil personas, Bernardita se encamina hacia la Gruta; pero la Visión no aparece. Al salir del colegio, siente la llamada interior de la Señora; acude a la Gruta y vuelve a preguntarle su nombre. La respuesta es una sonrisa. El párroco Peyramale vuelve a decirle: “Si de verdad la Señora quiere una capilla, que diga su nombre y haga florecer el rosal de la Gruta”. Al final de la aparición, tuvo una gran tristeza, la tristeza de la separación. ¿Volvería a ver a la Virgen? La Virgen siempre generosa, no quiso que terminara el día sin una manifestación de su bondad: un gran milagro, un milagro maternal, coronación de la quincena de apariciones. Se produce un milagro: un niño de dos años estaba ya agonizando, se llamaba Justino. Sus padres, ese día, lo creían muerto. La madre en su desesperación lo tomó y lo llevó a la fuente. El niño no daba señales de vida. La madre lo metió quince minutos en el agua que estaba muy fría. Al llegar a la casa, notó que se oía con normalidad la respiración del niño. Al día siguiente, Justino se despertó con tez fresca y viva, sus ojos llenos de vida, pidiendo comida y sus piernas fortalecidas. Este hecho conmocionó a toda la comarca y pronto a toda Francia y Europa; tres médicos de gran fama certificaron el milagro, llamándolo de primer orden. Entonces el gobernador de Tarbes, ciudad a la que pertenecía Lourdes, reunió a todos los alcaldes de la zona para dar instrucciones precisas de prohibir de inmediato la asistencia a la gruta de todo ciudadano. Todo fue en vano, cada día acudían más peregrinos de todas partes. No obstante las persecuciones, las burlas y las injurias, Bernardita continuaba visitando la Gruta. Iba a rezar el Rosario con los peregrinos. Pero la dulce visión no aparecía. Ella ya estaba resignada a no volver a ver a la Virgen.

Jueves 4 de marzo : Una muchedumbre la acompaña.

El gentío cada vez más numeroso (alrededor de ocho mil personas) está esperando un milagro al finalizar estos quince días. La visión permanece silenciosa. El cura Peyramale se mantiene en su postura. Durante los veinte días siguientes, Bernardita no acudirá a la Gruta; no siente dentro de sí la irresistible invitación.

Jueves 25 de marzo : ¡El nombre que se esperaba!

Por fin la Virgen revela su nombre; pero el rosal silvestre sobre el cual posa los pies durante las apariciones no florece. Bernardita cuenta: “Levantó los ojos hacia el cielo, juntando en signo de oración las manos que tenía abiertas y tendidas hacia el suelo y me dijo: “Que Soy Era la Inmaculada Concepción”. Bernardita salió corriendo, repitiendo sin cesar, por el camino, aquellas palabras que no entiende. Palabras que conmueven al buen párroco, ya que Bernardita ignoraba esa expresión teológica que sirve para nombrar a la Santísima Virgen. Solo cuatro años antes, en 1854, el papa Pío IX había declarado aquella expresión como verdad de fe, un dogma.

Miércoles 7 de abril: El milagro del cirio.

Durante esta Aparición, Bernardita sostiene en la mano su vela encendida, y en un cierto momento la llama lame su mano sin quemarla. Este hecho es inmediatamente constatado por el médico, el doctor Douzous. Narración del milagro del cirio: Este día, Bernardita volvió a la gruta, rodeada de una verdadera multitud de personas que oraban con ella. Bernardita arrodillada como era de costumbre habitual, tenía en la mano izquierda la vela encendida que le acompañaba en todas las ocasiones y la apoyaba en el suelo. Absorta en la contemplación de la Reina de los cielos, y más sabiendo ahora con seguridad que era la Virgen Santísima, levantó sus manos y las dejó caer un poco, sin percatarse que las tenía sobre el extremo de la vela encendida; entonces la llama comenzó a pasar entre sus dedos y a elevarse por encima de ellos, oscilando de un lado para el otro, según fuera el leve soplo del viento. Los que estaban ahí gritaban: “Se quema”. Pero ella permanecía inmóvil. Un médico que estaba cerca de Bernardita sacó el reloj y comprobó que por más de un cuarto de hora la mano estuvo en medio de la llama, sin hacer ella ningún movimiento. Todos gritaban: “¡Milagro!”. El médico comprobó que la mano de Bernardita estaba ilesa. Después que terminó la aparición, uno de los espectadores aproximó a la mano de Bernardita la llama de la misma vela encendida, y ella exclamó: “¿Oh que quiere usted, quemarme?”.

Jueves 16 de julio: Última Aparición.

Bernardita siente interiormente el misterioso llamamiento de la Virgen y se dirige a la Gruta; pero el acceso a ella estaba prohibido y la gruta, vallada. Se dirige, pues, al otro lado del Gave, enfrente de la Gruta. Y dice: “Me parecía que estaba delante de la gruta, a la misma distancia que las otras veces, no veía más que a la Virgen. ¡Jamás la había visto tan bella!”. Bernardita había cumplido su misión, con gran amor y valentía ante todos los sufrimientos que tuvo que sobrellevar y ante todos los obstáculos que el Enemigo puso en su camino. Su confesor dijo repetidamente: “La mejor prueba de las apariciones es Bernardita misma, su vida”.

         Mensajes de santidad que nos deja Nuestra Señora de Lourdes.

         Son varios los mensajes de santidad que las Apariciones de la Virgen en Lourdes deja para la humanidad.

Uno de ellos, es la Penitencia, tanto por los pecados propios como por los ajenos, para reparar las ofensas cometidas contra Dios Uno y Trino y para que se conviertan los pecadores y así salven sus almas;

         Aceptar las humillaciones y buscar auto-humillarse, como modo de agradar a Dios frente al pecado de la vanidad y de la soberbia, que ensalza al alma a sí misma, en desmedro de Dios: esta auto-humillación se ve en la búsqueda del agua de la caverna por parte de Bernardita, arrodillada y hundida en el barro y besando el suelo, ante la vista de todos;

         El rezo del Santo Rosario, todos los días, para alcanzar las gracias que necesitamos para salvar el alma y conquistar el Reino de los cielos;

         El dogma de la Inmaculada Concepción, según el cual la Virgen es concebida sin mancha del pecado original y Llena de gracia, para ser la Madre de Dios, al producirse la Encarnación del Verbo por obra del Espíritu Santo; al mismo tiempo que así se presenta Ella misma como Madre y modelo de pureza para el mundo que está necesitado de esta virtud[2];

         Es una exaltación de las virtudes de la pobreza y de la humildad, puesto que la Virgen elige a una niña pobre y de corazón humilde, como Santa Bernardita;

         La Cruz, como camino para llegar al cielo: esto se ve en la cruz del Rosario de la Virgen y en la promesa de la Virgen de que la haría feliz a Bernardita no en esta vida, sino en la otra; en esta vida, se debe subir a la cruz para así llegar a la felicidad del Reino de Dios;

         La Virgen como Mediadora de todas las gracias, las cuales están simbolizadas en el agua pura de la fuente, que cura las enfermedades, así como la gracia cura el alma al liberarla del pecado; también, de la misma manera a como el agua de la fuente vino a través de la Virgen, así las gracias vienen a través de la Mediación de la Virgen;

Es un mensaje de la misericordia infinita de Dios para con los pecadores, además del Amor que Dios tiene a los enfermos, a quienes les envía el agua milagrosa de la gruta para su curación, según su voluntad;

         Otras verdades que se siguen de la Inmaculada Concepción, como la condición de la Virgen de ser Corredentora, al participar, como Madre de Dios, mística y sobrenaturalmente de la Pasión Redentora de su Hijo Jesús.

 Entonces, estos son los mensajes de santidad de Nuestra Señora de Lourdes: penitencia, rezo del Santo Rosario, humildad de corazón, abrazar la Santa Cruz, misericordia para con los enfermos y los pecadores.

domingo, 27 de diciembre de 2020

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

 



(Ciclo B – 2021)

         Al inicio del año civil, la Iglesia coloca esta solemnidad de la Madre de Dios y podríamos preguntarnos si es por mera casualidad o si existe alguna intencionalidad en esta fecha. Ante todo, debemos decir que no es casualidad, es decir, la Iglesia quiere, explícitamente, que la Virgen Santísima sea venerada de modo particular y solemne en su advocación de “Madre de Dios”. La razón por la que la Iglesia quiere venerar a la Virgen como "Madre de Dios", la podemos encontrar en el hecho que da origen a su título de “Madre de Dios”, esto es, la Encarnación y el Nacimiento del Verbo de Dios, del Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad. Como dice Santo Tomás, una mujer se llama “madre” cuando da a luz una persona; en el caso de la Virgen, Ella da a luz a una persona, pero no a una persona humana, sino divina, a la Segunda Persona de la Trinidad, que se ha encarnado, es decir, ha unido a Sí, en el seno virgen de María, por obra del Espíritu Santo, a la humanidad santísima de Jesús de Nazareth. Entonces, por haber dado a luz a una Persona Divina, la Persona del Hijo de Dios, la Sabiduría divina encarnada, es que la Virgen es llamada “Madre de Dios”.

         Ésta es la razón de su título de “Madre de Dios” y el porqué de la Iglesia de querer que se honre a la Virgen con este título. La otra pregunta que surge es acerca del motivo por el cual la Santa Madre Iglesia coloca su solemnidad de Madre de Dios al inicio del año civil. La respuesta está también, como dijimos anteriormente, en su condición de ser “Madre de Dios”: su Hijo, el Verbo de Dios es, en cuanto Dios, la Eternidad en Sí misma y así es el Creador –junto con el Padre y el Espíritu Santo- de todo lo visible e invisible, es decir, de todo el universo corpóreo y también del universo invisible, el mundo de los espíritus angélicos. Al ser Dios Eterno, por su Encarnación, por su ingreso en el seno virgen de María Santísima, ingresa este Verbo de Dios en el tiempo y en la historia humanos y con Él ingresa –puesto que Él es la Eternidad en Sí misma, como dijimos-, la eternidad de Dios en el tiempo de los hombres. Esto tiene una importancia capital para la historia de la humanidad, puesto que la divide en un antes y en un después de la Encarnación del Verbo: antes de la Encarnación del Verbo, el tiempo y la historia humanas discurrían, por así decirlo, de modo horizontal; luego de la Encarnación del Verbo, el tiempo y la historia humanas se dirigen, en sentido vertical, hacia la eternidad de Dios. En otras palabras, por la Encarnación del Verbo, toda la historia de la humanidad –y por lo tanto, la historia personal de cada persona humana- adquiere un nuevo sentido, una nueva dirección y es el sentido y la dirección de la eternidad divina. Dios, que es Eterno y que es el Creador del tiempo, ingresa en el tiempo humano para impregnar al tiempo y a la historia humana de eternidad y para darle un nuevo sentido a este tiempo y a esta historia humana, que es el de encontrarse, al fin de los tiempos, en el Último Día, con la Eternidad de Dios. Si antes de la Encarnación del Verbo la historia humana discurría horizontalmente, sin tener relación directa con Dios, ahora, con la Encarnación del Verbo, con el ingreso de la Eternidad divina en la historia, el tiempo humano toma una nueva dirección, no ya horizontal, sino vertical, estando destinada desde entonces a alcanzar su vértice en la unión con la Eternidad divina en el Último Día de la historia humana, el Día del Juicio Final, el Día en el que la historia y el tiempo humanos desaparecerán para dar inicio a la sola Eternidad divina.

         Esto, que parecen sólo disquisiciones teóricas, tiene un efecto directo en la vida personal de cada ser humano: si la historia humana adquiere un nuevo sentido, el sentido de la eternidad divina, entonces la historia y el tiempo personal de cada ser humano también adquiere el mismo sentido, esto es, la unión con la eternidad divina. Es decir, antes de la Encarnación del Verbo, la historia y el tiempo de cada ser humano discurrían de modo horizontal y desembocaban, al final de la vida, inevitablemente, en la eterna perdición; por la Encarnación del Verbo y por los méritos de su Sacrificio en la Cruz, ahora, cada ser humano se dirige, inevitablemente, lo crea o no lo crea, hacia el encuentro con la Eternidad divina, encuentro que se producirá indefectiblemente al final de sus días terrenos, es decir, en el momento de la muerte, por lo que la muerte es sólo el umbral que lo separa de la Eternidad. Otra consecuencia que tiene el ingreso del Verbo en la historia humana es que cada fracción de su tiempo personal –medido en segundos, horas, días, meses, años-, está, por un lado, impregnado de eternidad y por otro, tiene un nuevo sentido, que es la eternidad, lo cual significa que una pequeña obra de misericordia –obra realizada en Cristo y en estado de gracia-, como el dar de beber un vaso de agua a un prójimo sediento, tiene un premio eterno -"No quedará sin recompensa quien dé a beber un vaso de agua fría a uno de estos pequeños" (Mt 10, 42)-, como así también una mala obra –realizada en pecado y en contra de Cristo- tiene un castigo eterno. El significado entonces de la Encarnación del Verbo es que convierte, a nuestra vida toda, dándole un destino de eternidad y a cada acto nuestro, un valor de eternidad, sea bueno o sea malo.

         En definitiva, que la Santa Madre Iglesia coloque a la solemnidad de la Madre de Dios al inicio del año civil, tiene el sentido no sólo de que pongamos en sus manos maternales el año nuevo que inicia, sino que tomemos conciencia de que nuestra vida toda y cada uno de nuestros actos libres personales, tienen un destino de eternidad. Que esa eternidad sea en el dolor o en el gozo, depende de nuestro libre albedrío. Para que nuestra eternidad sea en el gozo de Dios Trinidad, encomendemos el año que inicia, a las manos y el Corazón maternal de la Madre de Dios, para que todos nuestros actos realizados en este nuevo tiempo estén dirigidos a su Hijo Jesús, que es la Eternidad en Sí misma.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

El cristiano debe anunciar una Navidad cristiana, no una navidad pagana

 


         Que el cristiano deba anunciar al mundo una Navidad cristiana y no una navidad pagana, parece una afirmación de Perogrullo, algo obvio, pero en nuestros días, caracterizados por el ateísmo, el materialismo, el agnosticismo y el relativismo, no lo es. Para entender un poco mejor la idea, veamos en qué consiste la “navidad pagana”. Una navidad pagana consiste en desplazar al Niño Dios –la Persona principal de la Navidad, cuyo nacimiento y venida en carne se festeja-, por un personaje caricaturesco, llamado “Papá Noel” o “Santa Claus”; una vez desplazado el Niño Dios, la navidad pierde su esencia y todo lo que se le agrega no es más que una perversión de la Verdadera Navidad; otro elemento que caracteriza a la navidad pagana es la multitud de personajes que nada tienen que ver con el Niño Dios y sí con su blasfemo sustituto, Papá Noel: el trineo de este personaje, los alces que tiran de él, los duendes, que suelen vestirse como Papá Noel –la inclusión de duendes es una satanización de la navidad más explícita, porque los duendes son, en sí mismos, habitantes del Infierno-; la navidad pagana se caracteriza por un desenfrenado consumismo, de manera tal que los regalos pasan a ocupar un papel relevante en esta navidad pagana, al punto tal que si no hay regalos, no parece haber navidad; la navidad pagana se caracteriza por el desplazamiento del aspecto espiritual de la Verdadera Navidad, por un aspecto meramente gastronómico y culinario, de manera que las comidas elaboradas, que llegan a constituir verdaderos manjares, ocupan la única mesa de la navidad pagana, que es la mesa material, la mesa alrededor de la cual se sientan los comensales; la navidad pagana se caracteriza por ser una fiesta pagana, en la que predominan de forma excluyente géneros musicales de todo tipo, incluidos los ritmos sensuales y hedonistas que, lejos de elevar el alma al Niño Dios que nace, hacen descender al hombre a la búsqueda de la satisfacción más baja de sus placeres depravados; la navidad pagana se caracteriza por el consumo de bebidas de todo tipo, entre las que predominan las bebidas alcohólicas, en gran abundancia; la navidad pagana se caracteriza porque, si se le quita el falso y superficial barniz religioso que aun conserva en algunos países antiguamente cristianos, se convierte en una fiesta pagana más, en las que la búsqueda de la satisfacción de las pasiones más bajas del hombre es la norma; en la navidad pagana, se da rienda suelta al emocionalismo, de manera que por encima de la alegría sobrenatural que supone la Venida en carne de la Segunda Persona de la Trinidad, se suplanta por la alegría del reencuentro familiar o, en su defecto, por la tristeza de no estar con familiares, sea por la distancia, sea por otros motivos de índole familiar, entre los que no faltan los desencuentros, los enojos, las iras y los mutuos reproches: en muchos casos, la navidad pagana se convierte en un foco que alimenta las pasiones humanas más bajas, relativas a la ira y a la falta de perdón por viejas heridas familiares. Nada de esto tiene que ver con la Verdadera Navidad. En definitiva, en la navidad pagana reina una alegría, sí, pero una alegría mundana, una alegría que nada tiene que ver con la alegría divina que nos viene a traer el Niño Dios, porque es una alegría ocasionada por los regalos, por la comida rica y abundante, por el reencuentro o no con los familiares, por la calidad y cantidad de regalos recibidos y dados. En la Navidad Verdadera, parafraseando al Evangelio, podemos decir que Dios nos da su Alegría, que es Alegría infinita, eterna, fruto del perdón divino ofrecido en el Niño Dios, Víctima Propiciatoria por nuestros pecados, que para salvarnos nace como Pan de Vida eterna en Belén, Casa de Pan. Podríamos parafrasear al Evangelio y poner en labios del Niño de Belén: “La alegría os traigo, al Alegría os doy, no como la da el mundo, sino como la da Dios, porque la Alegría que os traigo en Navidad es la Alegría de Dios, que es Alegría infinita”. Pero, lo volvemos a repetir, en la navidad pagana reina una alegría extraña, una alegría no divina, una alegría humana, pero una alegría humana pervertida y contaminada por el pecado, porque es una alegría que se deriva de motivos circunstanciales, pasajeros e incluso pecaminosos.

         Si un pagano, es decir, alguien que nunca conoció el cristianismo, nos preguntara a nosotros qué es la Navidad y qué es lo que celebramos en Navidad, ¿le diríamos que la Verdadera y Única Navidad es la que celebra el Nacimiento milagroso, en el tiempo, de la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada en el seno de María Virgen –y que perpetúa esta Encarnación en la Eucaristía-, y que ha venido desde la eternidad para asumir un cuerpo y un alma humanos para ofrecerlos en la Cruz como Víctima Inocente para nuestra salvación –salvación del Pecado, del Demonio y de la Muerte- y que se nos dona cada vez en el Nuevo Portal de Belén, el altar eucarístico? ¿Le diríamos, al que nada sabe de la Navidad, que la verdadera fiesta de Navidad es la Santa Misa de Nochebuena, prolongación sacramental en el tiempo de la Encarnación del Verbo de Dios? ¿O diríamos que la Navidad es la navidad pagana, la navidad falsa que nos presentan los medios de comunicación y el mundo pagano, apóstata y materialista de nuestros días? No festejemos una navidad pagana, una navidad sin Cristo Dios en el centro, una Navidad sin la Santa Misa de Nochebuena como la verdadera fiesta a celebrar y de la cual las fiestas humanas y materiales son una figura y en ella encuentran su justificación. Somos cristianos, somos católicos, y por lo tanto, estamos obligados a vivir y a anunciar una Verdadera Navidad, el Nacimiento milagroso, en carne, del Hijo del Eterno Padre, para nuestra salvación, en un humilde Portal de Belén, que prolonga su Encarnación en cada Eucaristía. Si anunciamos algo distinto a esto, entonces estamos viviendo y anunciando una falsa navidad, una navidad pagana, una navidad no-cristiana.