martes, 26 de marzo de 2019

El Legionario y la Santísima Trinidad 3



         Al contemplar a la Virgen en sus distintas relaciones con las Tres Divinas Personas, ayuda a distinguirlas entre sí[1].
         Relación de María con la Segunda Persona Divina Encarnada. Es la relación de la divinidad con la Virgen que mejor entendemos, afirma el Manual. Por la Encarnación, el Verbo Eterno del Padre, llevado por Dios Espíritu Santo, ingresó en el seno virginal de María, para permanecer allí durante nueve meses. En el seno de la Virgen fue que el Verbo llevó a cabo su unión con la humanidad: la humanidad singular del Verbo fue creada en el momento de la Encarnación, siendo creados en ese momento también los cromosomas paternos, puesto que la concepción fue virginal, no por obra de hombre alguno, sino por obra del Espíritu Santo. La relación entre la Virgen y el Verbo de Dios fue de Madre e Hijo en el plano biológico, pero en el plano espiritual, la relación fue más estrecha aun porque por su colaboración a la obra redentora de Jesús, la Virgen fue considerada, además de Inmaculada y Llena de gracia, como Corredentora y Mediadora de todas las gracias.
         Relación de María con el Espíritu Santo. En relación a la Tercera Persona de la Trinidad, la Virgen es llamada su templo, su santuario, su sagrario viviente, entre otros adjetivos. Pero los términos no expresan adecuadamente la estrecha e íntima relación entre el Espíritu Santo y la Virgen, una unión que es tan estrecha e íntima que se puede afirmar que el Espíritu Santo es el alma de la Virgen –como la Virgen es figura de la Iglesia, por eso se dice también que el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia-. Ella no es simple instrumento o cauce de la actividad de la Tercera Persona: es su Colaboradora consciente e inteligente y de tal modo que cuando obra el Ella, es el Espíritu Santo el que obra y si alguien se cierra a la intervención de la Virgen, se cierra a la intervención del Espíritu Santo. Jesús dice en el Evangelio que “el Padre dará el Espíritu Santo a quien se lo pida”, pero lo que debemos entender es que, debido a esta estrechísima relación entre la Virgen y el Espíritu Santo, podemos parafrasear al Señor y decir que “el Padre dará el Espíritu Santo a quien se lo pida a través de la Virgen”. Una de las condiciones para que el Espíritu Santo venga realmente a nuestras vidas es que entendamos esta estrecha e íntima relación en el querer y en el obrar con la Virgen, de manera que no podemos pedir que venga a nosotros el Espíritu Santo, si no pedimos que venga a través de la Virgen. Una devoción especial que es de gran utilidad para esta presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas, por medio de la Virgen, es el Santo Rosario, dice el Manual del Legionario, porque por sus misterios se conmemoran las principales intervenciones del Espíritu Santo en la obra de nuestra redención.
         Relación de María con el Eterno Padre. Se suele definir esta relación como la relación de “Hija”, título con el que se trata de indicar su posición como la más grata y querida de entre todas las creaturas; la plenitud de su unión con Jesucristo, porque al ser Madre de Dios le concede todavía más afinidad con el Padre, permitiendo que se la llame místicamente “Hija del Padre”, así como Jesús es “Hijo del Padre”.
         Por esta razón, nosotros por el bautismo, somos hechos hijos adoptivos del Padre, pero también hijos de la Virgen Madre. Y esto porque –dice San Luis María Grignon de Montfort- Dios “le ha comunicado su fecundidad, capacitándola para producir a su Hijo y a todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo”. Es decir, Dios le ha dado la capacidad de ser Madre de Dios Hijo y Madre de los hijos de Dios y es a través de Ella por quien los hijos de Dios reciben la vida de Dios, esto es, la gracia. A su vez, Dios exige que los hombres le devuelvan estos dones amándola como Madre y colaborando con Ella en la obra de la redención.
         Por último, dice San Luis María Grignon de Montfort, reflexionemos siempre acerca de la dependencia que tenemos de María, dependencia que el mismo Dios tiene con la Virgen: Dios Padre da a su Hijo por medio de la Virgen y los hijos adoptivos que tiene los tiene a través de Ella. Dios Hijo ha sido formado para el mundo mediante Ella y Él comunica sus méritos y sus gracias a través de la Virgen. Dios Espíritu Santo ha formado a Jesucristo en Ella y por Ella y sólo por Ella forma a los miembros del Cuerpo Místico de la Iglesia, los bautizados en la Iglesia Católica. Entonces, si la misma Santísima Trinidad depende de la Virgen, porque así lo quiso voluntariamente, “¿cómo podemos nosotros prescindir de María y no consagrarnos a Ella y no depender de Ella?”.
        



[1] Cfr. Manual del Legionario, VII.

sábado, 23 de marzo de 2019

El Legionario y la Santísima Trinidad 2



         Desde sus inicios, la Legión tuvo siempre una estrecha relación con la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo[1]. En su primer acto público, la Legión se dirigió al Espíritu Santo y luego al Hijo de Dios, por intermedio de María. En el diseño del vexillium, el águila romana pagana fue reemplazada por la figura de la Dulce Paloma del Espíritu Santo, tomando a su vez la Virgen el lugar del emperador, con lo cual se significaba que el Espíritu Santo transmitía al mundo sus gracias por intermedio de María. También en la téssera quedó plasmado este concepto: el Espíritu Santo se cierne sobre la Legión y comunica de su poder a la Virgen, poder con el cual aplasta la cabeza de la Serpiente Antigua. Además, el color de la Virgen no es azul, como podría suponerse, sino rojo, indicando el color con el que se representa al Espíritu Santo, el color del fuego, ya que es llamado también “Fuego del Divino Amor” y es el fuego en el que está envuelta la Virgen[2].
         Todo esto sirvió como antecedente para que en la Promesa Legionaria se dirigiera al Espíritu Santo y no a la Reina de la Legión, con lo cual se refuerza la idea de que es el Espíritu Santo el que regenera al mundo con sus gracias, aunque estas, por pequeñas que sean, pasan siempre por la Virgen.
         Hay algo que la Legión siembre debe tener en claro en la Virgen y es para imitarla y es que la Virgen entabla una relación personal con cada una de las Divinas Personas de la Trinidad: Dios Padre la eligió como su Hija predilecta para la Encarnación de Dios Hijo; Dios Hijo la eligió para ser su Madre; Dios Espíritu Santo la eligió para hacer de ella su virginal Esposa. Es decir, todo el plan divino de la Santísima Trinidad, pasa por la Virgen y como legionarios, debemos buscar de entrever estas relaciones para corresponder al Plan divino de conquistar el mundo por medio de la Virgen[3].
         Todos los santos insisten en la necesidad de que, en nuestra relación con Dios, nos dirijamos a las Tres Divinas Personas –recordemos que somos católicos y la creencia en la Santísima Trinidad nos distingue de cualquier otra religión, de modo que no podemos dirigirnos a Dios del mismo modo a como lo hacen los protestantes, los judíos y musulmanes, que creen en Dios Uno y no Trino-.
Este misterio divino no puede ser comprendido, porque supera nuestra capacidad de razonamiento, sino que debe ser creído por medio de la asistencia de la gracia divina, la cual podemos pedirla con entera confianza a la Virgen, a quien le fue anunciado, como primera creatura, el misterio de la Trinidad, en la Anunciación[4]. La Santísima Trinidad se reveló a la Virgen por medio del Arcángel: le anunció, de parte de Dios Padre, que Dios Hijo habría de encarnarse en Ella, por medio de Dios Espíritu Santo: “El Espíritu Santo bajará sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35).
         El Legionario debe profundizar esta relación con la Trinidad de muchas maneras: con la oración, pidiendo la gracia de aceptar este misterio; con el estudio y la formación permanente y, sobre todo, por medio de la Santa Misa, porque la Santa Misa, que es prolongación de la Encarnación, es obra también de la Santísima Trinidad: Dios Padre pide a Dios Hijo que baje del cielo y quede oculto en la Eucaristía, por obra de Dios Espíritu Santo.
          Por estas razones, el legionario que no asiste a Misa -a no ser que tenga algún impedimento real que justifique su ausencia-, corta de raíz su relación con la Trinidad y por lo tanto con la Legión, porque la Legión está enraizada, en su ser más íntimo, a través de la Virgen, en el misterio de la Santísima Trinidad.


[1] Cfr. Manual del Legionario, VII.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

domingo, 24 de febrero de 2019

El legionario y la Santísima Trinidad



         Muchos cristianos, en su relación con Dios, se comportan como judíos, como luteranos o como musulmanes, en el sentido de referirse a Dios y de creer en Dios, como Uno y no como Trino. Lo que caracteriza a estas religiones, a diferencia de la católica, es precisamente esto, en que creen en un Dios Uno, pero no Trino. Sólo la religión católica se dirige y conoce, por revelación, que Dios es Uno y Trino: uno en naturaleza y Trino en Personas.
         La Legión de María, desde un inicio, tuvo esta fe trinitaria siempre en primer lugar y la profesó con toda claridad. Como afirma el Manual del legionario, “el primer acto colectivo de la Legión de María fue dirigirse al Espíritu Santo mediante su invocación y oración y luego, con el Rosario, a María y a su Hijo”[1]. Es decir, al dirigirse al Espíritu Santo, estaba reconociendo la legión, implícitamente, que la Trinidad era su Dios, al rezarle a la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo. Luego se dirige a la Segunda, a través de la Virgen, con el Rosario, pero primero se dirige a la Tercera, reconociendo así la Trinidad de Personas en Dios.
         Este hecho quedó plasmado en la confección de vexillum, en donde el Espíritu Santo tomó un papel preponderante. Valiéndose de un símbolo profano –el estandarte de la legión romana- la Legión elaboró su propio estandarte, en el que el águila romana fue reemplazada por la Paloma, símbolo y representación del Espíritu Santo. A su vez, la imagen de la Virgen pasó a ocupar el lugar que antes detentaba el emperador romano. De esta manera, el resultado final fue “representar al Espíritu Santo valiéndose de María como de medio para transmitir al mundo sus vitales influencias, y tomando Él mismo posesión de la Legión”. Es decir, la Paloma del Espíritu Santo, sobre la Virgen, indicaba que el Espíritu Santo se valía de la Legión de María para comunicar al mundo sus gracias salvíficas, tomando la Virgen y la Legión el papel de instrumentos en manos del Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad.
         Luego, cuando se pintó el cuadro de la téssera, también quedó reflejada, dice el Manual, la misma espiritualidad: “el Espíritu Santo cerniéndose sobre la Legión  y comunicando de su poder a la Virgen, para que ésta, imbuida del poder divino, aplastara la cabeza de la serpiente, haciendo además avanzar sus batallones sobre las fuerzas del mal y encaminándose a la victoria final ya profetizada”[2].
         La presencia del Espíritu Santo explica a su vez que el color de la aureola de la Virgen fuera rojo y no azul, como cabría suponerse, pues el rojo simboliza el fuego y en este caso, es el Fuego del Espíritu Santo. Así se llegó a la conclusión de que el rojo debía ser el color de la Legión. La Virgen misma, por el hecho de estar inhabitada por el Espíritu Santo, al ser la Inmaculada Concepción y la Llena de gracia, lleva también el color rojo, siendo representada como Columna de Fuego que arde en el Fuego del Espíritu Santo. Como vemos, desde sus inicios, y representada en sus imágenes, la fe de la Legión es eminentemente Trinitaria. El legionario que se dirige a Dios como Uno y no como Trino debe reconsiderar su espiritualidad, pues esta no es la espiritualidad, ni de la Legión, ni de la religión católica.



[1] Cfr, Manual del legionario, VII, 42.
[2] Cfr. ibidem.

domingo, 3 de febrero de 2019

La Presentación del Señor



(Ciclo C - 2019)

         El origen de la fiesta litúrgica se remonta a los inicios del pueblo hebreo, cuando Dios les reveló a su Pueblo Elegido que no debían hacer como los paganos, que ofrendaban sus hijos al Demonio. El Dueño de los niños de las familias –no solo hebreas, sino de todo el mundo- es Dios, por lo que Él les enseñó a los hebreos que no debían ofrendar sus niños al Demonio, sino a Él. De esta manera, Dios purificó y santificó esta fiesta pagana, convirtiéndola en una fiesta dedicada a Él. Siguiendo esta normativa de la Ley, que mandaba ofrendar al primogénito –y en él, a toda la prole-, es que la Virgen y San José llevan al Niño al Templo, al cumplirse cuarenta días de su Nacimiento y hacer una ofrenda por Él. Las familias ricas ofrendaban un cordero, pero como ellos eran pobres, ofrendaron solo dos pichones de palomas. En realidad, la ofrenda de la Sagrada Familia sí era la de un cordero, pero era la ofrenda del Cordero de Dios, porque el Niño que llevaba la Virgen no era un niño más entre tantos, sino el Hijo de Dios, que venía a salvar al mundo con su sacrificio en cruz.
Esta fiesta se conocía entre las iglesias orientales con el nombre de “La fiesta del Encuentro” (en griego, Hypapante), nombre que destaca un aspecto fundamental de la misma y es el encuentro del Ungido de Dios con su pueblo[1]. En efecto, como se en Lucas (1, 1-4; 4, 14-21), Jesús es el Ungido del Señor, por un lado y es Él quien va al encuentro del Pueblo Elegido; por otro lado, este Pueblo Elegido estaba representado por los ancianos Simeón y Ana, quienes por su edad y santidad de vida, representan a los hombres y mujeres piadosos y devotos de la Antigua Alianza, que esperaban al Mesías. El Evangelio destaca que Simeón es “llevado por el Espíritu Santo” y es así como ingresa en el templo, en donde, al tomar entre sus brazos al Niño, iluminado por el mismo Espíritu Santo, lo nombra como el “Mesías que debía venir al mundo”. Así, el Mesías se encuentra con su pueblo, representado en el santo Simeón y también en Santa Ana, quien vivía dedicada al servicio de las funciones del templo.
La costumbre de ingresar con velas desde el atrio tiene el siguiente significado: así el Nuevo Pueblo de Dios, los miembros de la Iglesia Católica, imitan a la Virgen, que ingresó en el templo portando a su Hijo Jesucristo, Luz del mundo. De la misma manera a como la candela encendida aporta luz, calor y vida, así Jesús, Presentado en el templo, es luz de Dios, calor del Amor Divino y Vida divina. Otro significado es que, llevados por el Espíritu Santo al templo, también nosotros acudimos al encuentro  con nuestro Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, que está Presente en la Eucaristía, para ser iluminados por su luz divina[2]. Quien adora a Jesús Eucaristía, es iluminado por Él, y no vive en tinieblas, sino que tiene en sí la luz que da la Vida eterna.


[2] Es éste y no otro el sentido del Misal Romano cuando, en la oración de la Fiesta de la Presentación del Señor, dice así: “Unidos por el Espíritu, vayamos ahora a la casa de Dios a dar la bienvenida a Cristo, el Señor. Le reconoceremos allí en la fracción del pan hasta que venga de nuevo en gloria”.

lunes, 31 de diciembre de 2018

Solemnidad de Santa María Madre de Dios


"María, Madre de Dios",
de Vladimir.


(Ciclo C – 2019)

          No es casualidad que la Iglesia, en su sabiduría sobrenatural y bi-milenaria, coloque una fiesta litúrgica tan importante y solemne como Santa María Madre de Dios, justo al final de un año civil y en el mismo segundo en que inicia un nuevo año civil. Es decir, no es coincidencia casual que la Iglesia coloque a la solemnidad de Santa María Madre de Dios cuando el mundo, en el sentido literal de la palabra, finaliza un año en su historia y comienza otro: hay una razón por esta fiesta litúrgica en este momento del año y es que los hijos de Dios y de la Iglesia, los bautizados, no solo no mundanicen ni paganicen el festejo de Año Nuevo, sino que además consagren a Dios, por medio de las manos y el Corazón Inmaculado de la Virgen, al Año Nuevo que se inicia. En efecto, ya el solo hecho de que el Verbo de Dios se haya encarnado, eso significa que el tiempo, que se mide en la sucesión de segundos, horas, días, meses y años, quede “impregnado”, por así decirlo, de la eternidad divina, desde el momento en que el Verbo es Dios y Dios es la eternidad en sí misma y al encarnarse, esto es, al ingresar en nuestro tiempo, “impregna” el tiempo de su eternidad y hace que la historia humana adquiera un nuevo sentido, una nueva dirección, que es el sentido y la eternidad, puesto que Él, que es el Dueño de la historia humana, ahora la conduce hacia sí, por medio de la Encarnación. Ya sólo por este motivo, el tiempo –y el paso del tiempo, y el festejo de un nuevo año- debería bastar para ser considerado como “sagrado”, en el sentido de que el Verbo de Dios lo ha hecho partícipe de su propia santidad. Ya con esto bastaría para que el hombre, al festejar el Año Nuevo, no lo festeje en modo y estilo pagano, como lo acostumbra hacer. Cada año que transcurre, es un año menos que nos separa del Último Día, del Día del Juicio Final, del Día del Juez Supremo y Glorioso, el Día en que habrá de desaparecer la figura de este mundo, con su tiempo y su historia, para que dé comienzo a la eternidad. Ya con esto debería bastar, decimos, para que el festejo del Año Nuevo no sea un festejo mundano y pagano. Pero la Iglesia le agrega otro motivo para que el festejo del fin de año viejo y de inicio del Año Nuevo sea un festejo centrado en Cristo y es el colocar, como decíamos al inicio, la solemnidad de Santa María Madre de Dios. La Iglesia coloca esta solemnidad en el segundo mismo que inicia un nuevo año, para que los hijos de Dios encomienden el año –el tiempo personal y la historia de la humanidad- a las manos y al Corazón Inmaculado de María Santísima y una forma de hacerlo es acudiendo al Sacramento de la Penitencia, comulgando en estado de gracia y consagrándose a sí mismos y a las familias al Inmaculado Corazón de María.
          Muchos cristianos, aunque no padezcan persecuciones ni tribulaciones de ninguna clase –a diferencia de los cristianos en China comunista, por ejemplo, o en Corea del Norte, o en Cuba y Venezuela, donde son perseguidos por el gobierno ateo y materialista-, y aunque vivan en la abundancia económica –son los cristianos de los países del así llamado “Primer Mundo”-, viven sin embargo en la “indigencia espiritual, totalmente sumergidos en sus intereses terrenales”[1]. Muchos cristianos “cierran conscientemente sus almas a la gran misericordia”[2] del Hijo de la Virgen, el Hombre-Dios Jesucristo.
          La errónea cosmovisión marxista[3], de que el pobre material es el centro de la historia, ha impregnado a muchos cristianos y sectores de la Iglesia, incluidos muchos sacerdotes, error que lleva a desplazar a Jesucristo del centro, a colocar al pobre en su lugar y a establecer que el Reino de Dios es un reino intra-mundano, terreno e intra-histórico y que la salvación no está en la gracia santificante, sino en salir de la pobreza material. Sin embargo, no consiste en eso la salvación, sino en la eliminación del pecado del alma por medio de la Sangre del Cordero y la conversión del corazón a Dios Uno y Trino, por acción de esta misma gracia, que la Iglesia dispensa por medio de los sacramentos. Los últimos instantes del Año Viejo y los primeros segundos del Año Nuevo deben ser pasados en unión con la Madre de Dios, no para una unión meramente formal a una festividad litúrgica, sino en unión de fe y amor con María Santísima, Madre de Dios, para depositar en sus manos y en su Corazón Inmaculado el Año Nuevo que se inicia. Comencemos el Año Nuevo elevando los ojos del alma a la Madre de Dios y uniéndonos, por la fe y por el amor, a la adoración que el Inmaculado Corazón realiza continuamente al Hijo de Dios Encarnado, Jesucristo, el Salvador de los hombres.



[1] Stefano Gobbi, A los Sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen, Mensaje del 31 de Diciembre de 1975, última noche del año, Editorial Nuestra Señora de Fátima, Argentina 1992, 179.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem, 180.

martes, 18 de diciembre de 2018

Entregando todo a María nada de lo bueno se pierde y toda gracia se gana



         Una de las objeciones que con frecuencia se plantean las almas buenas que se consagran a María por la Verdadera Devoción, es que, al final de sus días, cuando deban comparecer ante el Justo Juez, en el día de sus muertes, tendrán sus manos vacías de obras de misericordia y de toda clase de obras buenas porque, como sabemos, una de las condiciones esenciales de la consagración es entregar a María absolutamente todas nuestras obras buenas y de misericordia, sin pretender en absoluto que nos sean atribuidos a nosotros los méritos que de ellas se derivan. En pocas palabras, la objeción es que, si le entrego a María todo lo que tengo en obras de misericordia, en el día de mi Juicio Particular, me presentaré ante Cristo, Justo y Supremo Juez, como alguien que no ha hecho nada para ganar el Reino de los cielos.
         El Manual del Legionario[1] viene en nuestra ayuda, para superar esta duda que, en el fondo, no tiene bien asidero, cuando se considera bien en qué consiste la consagración a María.
         Ante todo, dice el Manual, no debemos ni siquiera plantearnos esta posibilidad, es decir, “querer probar que en esta consagración no hay pérdida alguna”, o sea, hacer cálculos acerca de qué es lo que “pierdo” cuando le ofrezco a la Virgen todo lo que tengo y lo que soy. Esta actitud, dice el Manual, “secaría de raíz el ofrecimiento y le robaría su carácter de sacrificio, en que su funda su principal valor”[2]. Es decir, si ofrecemos a la Virgen cuanto somos y tenemos, lo hacemos con espíritu de sacrificio y el sacrificio implica darlo todo sin esperar nada a cambio; si ofrecemos a la Virgen cuanto somos y tenemos, y al mismo tiempo estamos haciendo cálculos acerca de cuánto es lo que perdemos y ganamos, entonces eso no es un sacrificio verdadero.
         Para que nos demos una idea acerca del valor de la consagración y cómo, a pesar de darle todo a la Virgen, nunca nos quedamos con las manos vacías, el Manual del Legionario trae a la memoria el episodio de la multiplicación milagrosa de panes y peces, aunque sin detenerse en la consideración del milagro en sí, sino en las cavilaciones que podría hacer el muchachito que aportó los panes y los peces. Dice así el Manual[3]: “Supongamos que aquel joven, que se desprendió de sus provisiones, hubiese contestado: “¿Qué valen mis cinco panes y dos pececillos, para hartar a tan gran gentío? Además, los necesito para los míos, que también están aquí hambrientos. Así que no los puedo ceder”. Es decir, si el muchacho hubiera pensado como el consagrado que da con reticencias a la Virgen, jamás hubiera dado sus panes y peces y nunca se habría producido el milagro con el que comieron no solo los suyos, sino más de diez mil personas. Continúa el Manual: “Mas no se portó así: dio lo poco que tenía, y resultó que tanto él como todos los de su familia –y sus amigos, conocidos, vecinos y también gente que no conocía- allí presentes recibieron, en el milagroso banquete, más –muchísimo más- de lo que él había dado. Y, si hubiese querido reclamar los doce cestos llenos que sobraron –a los que, en cierto modo, tenía derecho-, seguro que se los hubieran dado”.
         Continúa el Manual: “Así se conducen siempre Jesús y María con el alma generosa que da cuanto tiene sin regatear ni escatimar nada. Multiplican y reparten la más pequeña dádiva hasta enriquecer con ella multitudes enteras; y las mismas intenciones y necesidades propias que parecía que iban a quedar descuidadas, quedan satisfechas colmadamente y con creces; y por todas partes dejan señales de la generosidad divina”. En definitiva, como dice la Escritura, “Dios no se deja ganar en generosidad” y si nosotros somos generosos con la Virgen, dándole todo lo que somos y tenemos en la consagración, jamás nos dejará la Virgen presentarnos ante el Sumo Juez con las manos vacías, pues nos dará inimaginablemente más de lo escaso que seamos capaces de darle.
         Finaliza el Manual, animándonos a consagrarnos y a darle a la Virgen todo lo que somos y tenemos, sin temor a quedarnos con nada; por el contrario, sabiendo que recibiremos infinitamente más de lo que demos: “Vayamos, pues, a María con nuestros pobres panes y pececillos; pongámoslos en sus manos, para que Jesús y Ella los multipliquen, y alimenten con ellos a tantos millones de almas como pasan hambre –espiritual- en el desierto de este mundo”.
         En cuanto tal, “la consagración no exige ningún cambio en cuanto a la forma externa de nuestras oraciones y acciones diarias. Se puede seguir empleando el tiempo como antes, rogando por las mismas intenciones y por cualquier otra intención que sobrevenga. Sólo, en adelante, sométase todo a la voluntad de María”. Entreguemos en manos de la Virgen nuestros panes y pececillos, es decir, nuestras obras buenas de misericordia y Ella se encargará, con su Hijo Jesús, de alimentar espiritualmente a cientos de miles de almas y, cuando llegue el momento de presentarnos ante el Supremo Juez, nos concederá la gracia de atribuirnos esa obra de misericordia.



[1] Cfr. VI, 5.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Nuestra Señora de Guadalupe, Conquistadora de almas para Cristo



         En el Evangelio se dice que Cristo, con su Cuerpo sacrificado e inmolado en la Cruz, como Víctima de Amor, unió a quienes estaban separados por el odio: “Cristo es nuestra paz. Él hizo de judíos y de no judíos un solo pueblo, destruyó el muro que los separaba y anuló en su propio cuerpo la enemistad que existía” (cfr. Ef 2, 14). Por el pecado original, los hombres estábamos enemistados con Dios y entre nosotros mismos, porque el pecado quitó la gracia, que es la que nos une en el Amor, con Dios y con el prójimo. Si no está presente el Amor de Dios, como sucede como consecuencia del pecado original, el hombre se vuelve contra el hombre y así se convierte en su enemigo. Pero Cristo, con su Cuerpo sacrificado e inmolado en la Cruz como Víctima de Amor al Padre, destruyó con su sacrificio en Cruz el odio que separaba a judíos de gentiles y al infundir el Espíritu Santo por medio de su Corazón traspasado, los unió en un Amor que es superior al amor humano, porque es el Amor de Dios. Por eso la Cruz de Cristo no divide, sino que une, a los hombres, con Dios primero y con su prójimo después. Es absurdo afirmar que la Cruz de Cristo “discrimina” o que es causa de división, porque es todo lo contrario, es causa de unión y de hermandad, en el Amor de Dios, para los hombres. Cristo destruye el odio que anidaba en el corazón del hombre, a causa del pecado, y en su reemplazo infunde el Amor de Dios, el Espíritu Santo.
         Y Quien cumple y continúa la misión de Cristo en el tiempo y en la historia humana es la Virgen, particularmente en su advocación de Nuestra Señora de Guadalupe, porque en la tilma milagrosa están unidas no solo dos civilizaciones, la europea y la americana, sino la humanidad entera y lo está bajo el Amor de Dios, el Espíritu Santo, porque la Virgen de Guadalupe está encinta, porque trae con Ella a Cristo y Cristo es quien infunde, junto al Padre, al Espíritu Santo. La Virgen cumple, entre los hombres, la misma función que cumple Cristo en la Cruz, la de destruir el odio que existe entre los hombres a causa del pecado y la de infundir el Espíritu Santo, pero esto lo hace la Virgen no por Ella misma, sino porque Ella trae a Cristo y es Cristo el que sopla el Espíritu Santo sobre las almas de los hombres, llenando de amor divino sus corazones, amor para con Dios y para con los demás hombres. En la imagen milagrosa de la tilma de Juan Diego, la Virgen une no solo a dos continentes y a dos civilizaciones, sino a la humanidad entera, porque al estar encinta del Salvador, Ella lo da a luz y es el Salvador el que, con su muerte en Cruz, destruye el pecado que hace que los hombres sean enemigos de Dios y enemigos entre sí, insuflando a su vez el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que los reconcilia con Dios y con los otros hombres. En la tilma, la Virgen aparece con los rasgos étnicos de los indígenas de Centroamérica, con el color moreno, con lo cual la Virgen parece pertenecer a los indígenas, pero al mismo tiempo la religión que trae la Virgen de Guadalupe es la religión católica, la religión de los conquistadores españoles, con lo cual la Virgen parece pertenecer a los españoles. En la tilma la Virgen aparece morena, con rasgos indígenas centroamericanos y con una cinta negra en su abdomen, que es el modo como los indígenas indicaban que una mujer estaba embarazada y en su manto se reflejan las estrellas del cielo a la altura de México en el momento de la aparición, pero aparece trayendo no la religión pagana de los indígenas, sino que trae, a los habitantes del Nuevo Continente, al Sol de justicia que alumbra a los españoles, Cristo Jesús; aparece trayendo la religión de los conquistadores españoles, la Santa Religión Católica. Éste es, en sí mismo, un clarísimo mensaje de cómo los conquistadores españoles y los indígenas del Nuevo Continente, en vez de estar enfrentados por el odio y el pecado, se ven ahora unidos por Cristo y su Cruz, que son traídos al Nuevo Continente por la Virgen de Guadalupe. La Virgen de Guadalupe se convierte, así, en conquistadora de almas para su Hijo, Cristo Jesús. El mensaje de la Virgen de Guadalupe es entonces el mismo mensaje del sacrificio de Cristo en la Cruz: puesto que Ella trae a Aquel que, con su Cuerpo crucificado, derriba el muro de odio que separaba a los hombres, su imagen, la imagen de la Virgen de Guadalupe, une a los hombres, sin importar la raza, la edad, la condición social, en una sola religión, la religión católica, la religión en la que, del Corazón traspasado del Cordero en la Cruz, brota el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que colma con el Divino Amor los corazones de los hombres. La Virgen de Guadalupe une, a conquistadores y conquistados, bajo la Cruz de Cristo y Cristo, desde la Cruz, nos sopla el Espíritu Santo, que nos une en el Amor a Dios y a los hombres, convertidos en nuestros hermanos.