sábado, 4 de octubre de 2014

Nuestra Señora del Rosario


         En el año 1214, Santo Domingo de Guzmán, luego de predicar por un tiempo en Francia, en una región dominada por la herejía de los cátaros albigenses (como los maniqueos, creían en un dualismo entre el principio del bien y del mal, y entre el espíritu y la materia, originándose el espíritu en la materia; sostenían además que Jesús no era Dios Hijo, sino solo un ángel y que su muerte y resurrección tenían un sentido meramente alegórico; por lo tanto, consideraban que la Iglesia Católica, con su realidad terrena y su fe en la Encarnación del Verbo, era un factor de corrupción), desanimado tanto por la dureza de los corazones de los herejes, como por la tibieza de los católicos, sufrió un estado de profunda angustia y desolación espiritual. Entonces, se fue solo al bosque, en donde oró y lloró en soledad, durante tres días, haciendo además ayuno a pan y agua, además de otras duras penitencias corporales, para aplacar  a la Justicia Divina. Luego de los tres días, se le apareció la Virgen, acompañada por tres ángeles y le dijo: "Querido Domingo, ¿sabes qué arma quiere usar la Santísima Trinidad para reformar el mundo?". La respuesta de Santo Domingo fue que él no lo sabía, pero que sí lo sabía la Virgen, puesto que Ella era parte de nuestra salvación. La Virgen le dijo entonces: "Quiero que sepas que, en este tipo de guerra, el arma ha sido siempre el Salterio Angélico, que es la piedra fundamental del Nuevo Testamento. Por lo tanto, si quieres llegar a estas almas endurecidas y ganarlas para Dios, predica mi salterio". 
          Después de esta aparición, Santo Domingo predicó el Santo Rosario a los  cátaros albigenses inconversos, obteniendo numerosas conversiones entre ellos, y además despertando el fervor entre los católicos tibios, dando así comienzo a la tradición del rezo del Santo Rosario.
         Entonces, surge la pregunta: ¿por qué no rezar el Rosario? Y ante esta pregunta, viene la respuesta, de parte de una inmensa mayoría de católicos, que deja atónitos y estupefactos: muchos dicen que no rezan el Rosario porque es una oración “aburrida”, “repetitiva”, o “mecánica”, y que por eso prefieren otras oraciones, más “meditativas” y “contemplativas”, como las oraciones de las religiones orientales, cuando no prefieren, directamente, abandonar todo tipo de oración, para reemplazar la oración por los pasatiempos que ofrecen internet o la televisión. Quienes así piensan, no saben, por un lado, cuánto menosprecio hacen de la Sabiduría y del Amor Divino, que fueron los que idearon y obsequiaron el Santo Rosario a la Iglesia, por manos de la Santísima Virgen, a Santo Domingo de Guzmán (y también al Beato Alano de la Roche, a quien, dos siglos después, le dio la lista de catorce promesas para quienes rezaran el Santo Rosario todos los días, incluida la de las gracias necesarias para la eterna salvación) y por otro, no saben cuántos tesoros de gracias y dones inestimables se pierden, al despreciar esta oración celestial, reemplazándola por meditaciones que, en comparación con esta, son poco más que arena y piedras del desierto.
         Para apreciar el tesoro de gracias que nos concede el rezo del Rosario, veamos cómo está constituido, y qué es lo que nos proporcionan cada una de sus oraciones. Como sabemos, el Rosario consta de la enunciación de los misterios de la vida de Jesús, seguidos de un Padre Nuestro, de Diez Ave Marías, y de un Gloria. Al Rezar el Padre Nuestro, honramos a Dios Padre, pero al rezar esta oración, además, renovamos todas las peticiones propias de esta maravillosa oración, que es la oración enseñada por Jesús, y que es la oración propia de los hijos de Dios; con el Gloria, glorificamos a la Santísima Trinidad; con los diez Ave Marías, a la par que contemplamos el misterio de la vida de Jesús que hemos enunciado al inicio, en el espacio de tiempo que dura la vocalización de las Ave Marías, es el tiempo que nos sirve, por un lado, para que nosotros, iluminados y guiados por el Espíritu Santo, contemplemos el misterio de la vida de Jesús, para que lo imitemos en sus admirables virtudes, pero es el tiempo para que también contemplemos la vida de la Virgen y de San José, porque la gran mayoría de los misterios del Rosario, que son pasajes de la vida de Jesús, son fragmentos de la vida familiar de la Sagrada Familia, por lo tanto, son virtudes de la Sagrada Familia para contemplar y para imitar; en otros casos, son pasajes de la Pasión, de la Muerte y de la Resurrección de Jesús, y éste es un primer objetivo del espacio de tiempo de los diez Ave Marías; un segundo objetivo del espacio de tiempo, de los diez Ave Marías de cada misterio del Santo Rosario, es ofrecérselo a la Virgen, de modo especial, para que la Virgen, como Divina Alfarera, actúe sobre nuestros corazones, modelándolos a imagen y semejanza de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, bajo la guía y los suaves y delicadísimos impulsos del Espíritu Santo. Es decir, la repetición de los diez Ave Marías, en cada misterio del Santo Rosario, lejos de ser “mecánica” y “repetitiva”, y lejos de poder ser “reemplazada” por meditaciones de religiones orientales, que sólo tienen vacío y nada, se muestra como el espacio en el que alma, por un lado, iluminada por el Espíritu Santo, contempla los misterios de la vida de Jesús y de su misterio Pascual de Muerte y Resurrección, y los misterios de la Sagrada Familia, para asimilar nuestras vidas a la vida de Jesús, de María y de José, y por otro, es el espacio en el que el Espíritu Santo, por mediación de María, Medianera de todas las gracias, modela el corazón del que reza el Rosario, convirtiéndolo en imagen viviente y en copia viva de los Sagrados Corazones de Jesús y de María.
         Ésa fue la intención de la Santísima Virgen María, cuando se apareció a Santo Domingo de Guzmán y le entregó el Santo Rosario, como oración ideada por la Divina Sabiduría y por el Divino Amor, para los hijos de Dios: que estos, por la recitación pausada de las Ave Marías, de los Padre Nuestros de los Glorias, y contemplando los admirables misterios de la vida del Hombre-Dios Jesucristo y de la Madre de Dios, permitieran, al mismo tiempo, que la Virgen modelara sus corazones, a imagen y semejanza de los Corazones de Jesús y de María, para que siendo una imagen viva del Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María, los cristianos sean “luz del mundo y sal de la tierra”, vivan en el amor de Dios y sean así merecedores del Reino de los cielos.
         Ninguna otra oración, de ninguna otra religión, puede conceder tantas gracias, tantos dones, tantas maravillas, en tan poco tiempo y con tan poco esfuerzo, y por eso da tanta pena escuchar a tantos cristianos decir que no rezan el Rosario, porque es una oración “repetitiva”, “mecánica”, “aburrida”, y que por eso la “reemplazan” por “meditaciones” de “religiones orientales” o por los medios de comunicación.
         De nuestra parte, auxiliados por la mediación de la Madre de Dios, jamás reemplazaremos la nada de las religiones orientales y el vacío de internet y de la televisión, por los misterios insondables de la vida del Hombre-Dios Jesucristo, contemplados en los misterios del Santo Rosario e infundidos por el Espíritu Santo en nuestros corazones, por intermedio de la Santísima Virgen María, Nuestra Señora del Rosario.

jueves, 11 de septiembre de 2014

El Santísimo Nombre de María


         Cuando se evoca el nombre de una persona esto equivale, en cierta medida, a evocar a la persona misma: por ejemplo, cuando un hijo, que se encuentra lejos de su madre, en una tierra desconocida, la llama por su nombre, porque extraña su amor y sus caricias maternales: el solo hecho de pronunciar el nombre de su madre[1] hace que, en cierta medida, esa madre se haga presente -al menos en el recuerdo, aun cuando no esté presente en la realidad-. Esto sucede porque el nombre del ser amado es guardado en el corazón con amor y es evocado también con amor y por eso la presencia virtual, en el recuerdo, es una presencia, un memorial, de amor: un hijo que recuerda a su madre, la recuerda con amor y el pronunciar su nombre y evocar su recuerdo, por medio del nombre, será también en el amor.
Así como ocurre entre los hijos de los hombres, así sucede también con los hijos de la Virgen, pero de un modo mucho más real, porque desde la cruz, Jesús nos dio a María por Madre, de modo que cuando pronunciamos el Santísimo Nombre de María, sabemos que contamos con la segura, amorosa y poderosa protección maternal de la Virgen, que se hace presente, de modo misterioso e invisible, pero real y cierto, para estar junto a todo hijo que la invoca en momentos de angustia y tribulación.
Esto es así porque Dios ha dado a los cristianos el dulce nombre de María como un tesoro para ser custodiado con amor en el corazón, y ha querido asociar al Nombre Santísimo de María gracias no concedidas a ningún santo y a ningún ángel, entre las cuales están las de ser Auxiliadora de los cristianos, Corredentora de los hombres y Medianera de todos las gracias, lo que significa que si la Virgen es invocada por sus hijos que habitan en este “valle de lágrimas”, la Madre de Dios no tarda en hacerse presente para auxiliar a sus hijos que se encuentran en peligro. 
Esto es lo que hace que para un cristiano, el Santísimo Nombre de María sea más dulce que la miel y sea además, después del Nombre Tres veces Santo de Dios, el nombre a custodiar con todo celo y amor, con toda honra, respeto y honor, en el corazón y que sea evocado, como el nombre de Dios, solo para ser amado, venerado, honrado y alabado. Todo esto sucede con el Nombre Santísimo de María, porque la Virgen no es un mortal común, sino un ser muy especial, a quien Dios Uno y Trino ha dotado de gracias y títulos tan especiales como innumerables y esas gracias y títulos están asociados a su Nombre, así como su Nombre está asociado a su persona.
Asociados al Nombre Santísimo de María, se encuentran entonces numerosos títulos y junto con ellos, se asocian gracias enormes, admirables y maravillosas; gracias que se hacen presentes junto con la evocación del nombre y con la presencia de la Virgen, de manera tal que, al nombrar a la Virgen, se hace presente la Virgen y con Ella, los títulos y las gracias que la adornan. 
¿Cuáles son esos títulos y las gracias que se asocian al Nombre Santísimo de María?
Al pronunciar el Nombre Santísimo de María, el que lo pronuncia, está diciendo también, junto con el Nombre Santísimo de María, todos los títulos y las gracias que están en este Nombre, que están contenidos a su vez en la persona Purísima de la Virgen: Madre de la Divina Gracia; Madre de Dios; Madre del Amor Hermoso; Madre de la Iglesia; Madre de todos los hombres; Madre de los hijos de Dios; Corredentora de la humanidad; Mediadora de todas las gracias; La Mujer revestida de Sol; La Llena de Gracia; La Madre Virgen; La Inmaculada Concepción; Madre de la Iglesia, Sagrario Viviente; Tabernáculo del Altísimo; Custodia más preciosa que el oro que alberga la Hostia Inmaculada, Cristo Jesús; Primer Sagrario del Cuerpo, la Sangre, el Alma, la Divinidad y el Amor de Jesús, la Eucaristía; el Diamante Celestial por donde pasa el Sol Eterno, Cristo Jesús; La Puerta de los cielos, que da paso a la Luz Eterna encarnada, Jesucristo; el Portal de Belén que engendra al Pan Vivo bajado del cielo; La Vencedora de la Serpiente infernal; La Mujer que aplasta la cabeza de la Serpiente; La Mujer que vence al Dragón rojo, y junto con estos, innumerables títulos más, unos más grandiosos que otros, todos los cuales reflejan la plenitud de gracia de la Virgen y la inhabitación del Espíritu Santo desde el momento mismo de su Inmaculada Concepción.
Es por este motivo que -dicen los santos- cuando se pronuncia el Nombre Santísimo de María, los demonios huyen aterrorizados, y porque es un nombre que contiene en sí toda la santidad de Dios, los ángeles caídos no lo pueden pronunciar, pero sí puede ser pronunciado por el pecador, porque es la Puerta Abierta por donde se llega a la Salvación Eterna, Jesucristo el Señor. Es decir, si por un lado el Nombre Santísimo de María es terror para los demonios, por otro, es consuelo y esperanza cierta de eterna salvación para el pecador. 
Al invocar el dulce y Santísimo Nombre de María, en sus labios y en su Corazón, en todo momento, pero sobre todo en la hora de la muerte, el pecador sabe que cuenta con la segura y amorosa presencia de su Madre celestial, Abogada de los pobres, que intercederá ante el Rey de los cielos, Jesucristo, para que se apiade de su alma, y así el Justo Juez, Jesucristo, al ver que el pecador tiene por Abogada Defensora a su propia Madre, no tendrá más opción que dejarlo entrar en el Reino de los cielos. 
Invocando el dulce y Santísimo Nombre de María, en su corazón y en su boca, el pecador espera confiado el día de su Juicio particular, sabiendo que su Madre le granjeará la entrada en el Reino de los cielos.




[1] Supongamos que el nombre de esa madre amorosa fuera “Daisy”.

viernes, 5 de septiembre de 2014

La Virgen María, Maestra de Adoradores Eucarísticos


         En su Encíclica Ecclesia de Eucharistia, dice el Santo Padre Juan Pablo II que la Virgen puede conducirnos hacia Jesús Eucaristía, debido a la “estrecha relación” que Ella tiene con Jesús: “María puede guiarnos hacia este Santísimo Sacramento porque tiene una relación profunda con él: María es mujer ‘eucarística’ con toda su vida”[1]. Y no puede ser de otra manera, porque la Virgen no solo fue concebida sin mancha, es decir, Pura e Inmaculada, sin pecado original, sino también Llena de gracia, inhabitada por el Espíritu Santo, porque debía ser la Madre de Dios, esto es, debía alojar en su seno purísimo y virginal, cual Tabernáculo Viviente, cual Sagrario más precioso que el oro, a la Eucaristía, a la Palabra de Dios encarnada, a la Hostia Inmaculada, Pura y Santa, al Verbo de Dios hecho Carne, al Amor Divino humanado, materializado en una naturaleza humana, Jesús de Nazareth. Para alojar al Verbo Purísimo e Inmaculado de Dios, al Verbo que es la Gracia Increada en sí misma y el Espirador del Amor Divino junto al Padre, la Virgen debía ser Purísima, Inmaculada, Llena de gracia e inhabitada por el Amor Divino desde su Concepción virginal; es decir, no podía, porque no lo admitía su altísimo destino, estar Ella contaminada por amores mundanos y profanos, ni en su cuerpo, ni en su alma, ni en su mente, ni en su corazón y debía, por el contrario, tender, con todas las fuerzas de su alma, de su mente y de su corazón, desde el primer instante de su Concepción Inmaculada, no solo con las fuerzas de su naturaleza humana sin mácula, sino toda la fuerza del Amor de Dios que la inhabitaba desde su Concepción, a amar a Dios Uno y Trino sin reservas, con la donación total de sí misma, y por este motivo es que María es “mujer eucarística” –en la expresión de Juan Pablo II-, porque está preparada, desde su Concepción Inmaculada, para ser sagrario y tabernáculo viviente de la Eucaristía, es decir, para recibir, en su seno virginal, al Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo, Dios Hijo, que al encarnarse en el seno virgen de la Madre, por obra del Amor de Dios, el Espíritu Santo, se convertirá en la Eucaristía. Por este motivo, la vida y la existencia misma de la Virgen María, no se explican, sino es en relación a la Eucaristía, por eso uno de los nombres primeros y más propios de la Virgen es el de “Nuestra Señora de la Eucaristía” o “Virgen de la Eucaristía”, porque toda Ella está pensada, desde la eternidad, por Dios Uno y Trino, para alojar, nutrir, custodiar y dar a luz al Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, la Eucaristía.
         Luego dice el Santo Padre Juan Pablo II que “la Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio”[2]. Y la Iglesia así lo hace, porque toma a la Virgen como modelo, imitándola y prolongando, por el misterio de la liturgia, y por obra del Espíritu Santo, lo que sucede en la Virgen, en el momento de la Encarnación y el Nacimiento, el altar eucarístico: así como en la Encarnación, el Espíritu Santo lleva al Hijo del Eterno Padre, el Verbo de Dios, desde el seno del Padre, al seno virgen de la Madre, para que éste se revista de la naturaleza humana, y así recibiendo de la Virgen Madre el revestimiento corpóreo -su cuerpo y su sangre-, sea dado a luz milagrosamente, también por obra del Espíritu Santo, como Pan de Vida eterna, en el Nacimiento, en Belén, Casa de Pan, del mismo modo, en el altar eucarístico, por obra del Espíritu Santo, el Verbo de Dios, procediendo del seno del Padre eterno, por obra del Espíritu Santo, el Amor de Dios, prolonga su Encarnación en el seno virgen de la Madre Iglesia, el altar eucarístico, convirtiendo el pan y el vino en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad -es decir, la Eucaristía-, para donarse como Pan de Vida eterna, haciendo del altar eucarístico un Nuevo Belén, una Nueva Casa de Pan, adonde acuden a alimentarse los hijos de Dios en su peregrinar hacia la Casa del Padre. Esta es la razón por la cual el Santo Padre Juan Pablo II dice que la Iglesia “imita a la Virgen en su relación con este Santísimo misterio”.
         Pero hay otra forma también en que la Iglesia -los hijos de la Iglesia- puede imitar a la Virgen en su relación con este “Santísimo misterio”, que es la Eucaristía, y es precisamente en la condición de la Virgen, de ser Ella Inmaculada Concepción y Llena de gracia. ¿En qué sentido? Veamos.
         Hemos dicho que la Virgen fue concebida sin mancha de pecado original, porque tanto en su cuerpo como en su alma, debía recibir al Verbo de Dios, que debía encarnarse en Ella, para cumplir el plan de redención trazado por Dios Padre desde la eternidad. Su cuerpo debía ser inmaculado, y por eso la Madre de Dios debía ser Virgen, sin mancilla, no contaminada con amores profanos, porque en su seno virginal debía alojarse el Cuerpo y la Sangre y el Alma, es decir, la Humanidad Santísima del Verbo de Dios, quien sería traído por el Espíritu Santo, el Amor Divino. Debido a que el cuerpo de la Virgen debía alojar, en su seno materno, al Cuerpo Inmaculado del Cordero de Dios, no podía este cuerpo de la Virgen estar manchado con ninguna clase de mancha ni imperfección, como sucede con los hijos de Adán, y por eso fue concebida sin mancha de pecado original, y así su cuerpo fue inmaculado, igual que su alma y su corazón. Esto quiere decir que, además de recibir al Verbo en su útero -es decir, en su cuerpo material, es decir, además de recibirlo como madre-, al implantarse la célula embrionaria de Jesús de Nazareth creada en el momento de la Encarnación por Dios Uno y Trino, puesto que no hubo concurso alguno de varón -jamás hubo relación de tipo esponsal con San José, esposo casto y meramente legal de María Virgen-, la Virgen comenzó, desde ese momento, a revestir a su Hijo, que era Dios invisible, que se había encarnado en Ella, con su misma carne y sangre, es decir, con los nutrientes maternos, y así, gracias a Ella, el Verbo, que era invisible, se tornó visible, y tomó carne y sangre de la Virgen. Por eso la Virgen era pura de cuerpo, porque tenía que recibir corporalmente al Cuerpo Santísimo del Verbo de Dios que se había encarnado, que había tomado carne y sangre de la carne y de la sangre de Ella, de la Virgen, como hace todo hijo con su madre, en el seno materno.
         Pero la Virgen también tenía que recibir al Verbo en su mente -cuando el Ángel le anuncia la Encarnación- y en su Corazón -tenía que amar la Voluntad de Dios y aceptarla libremente, porque también la podría haber rechazado-, y para eso debía estar libre de la malicia del pecado, que hace amar lo malo y detestar lo bueno, y la Virgen estuvo libre del pecado original, pero además, su mente y su Corazón estaban llenos del Espíritu Santo, por lo que su mente estaba iluminada por la Sabiduría Divina y su Corazón ardía en el Amor Divino, y así, al anuncio del Ángel, no dudó ni un instante en dar el “Fiat” al querer del Padre.
         Aquí vemos entonces cómo puede -y debe- el cristiano imitar a la  Virgen en su relación con la Eucaristía, tal como lo pide San Juan Pablo II: el cristiano puede y debe imitar a la Virgen con la pureza de cuerpo -virginidad, castidad- y alma -vivir en estado de gracia-, en todo momento, pero sobre todo, en el momento de la comunión eucarística: así, recibirá la Eucaristía con un cuerpo puro -virginidad, castidad- y con la mente y el corazón en gracia, y de ese modo será, en todo momento, pero sobre todo en el  momento de recibir la Sagrada Comunión, un  digno hijo de la Madre de Dios.




[1] Cfr. Ecclesia de Eucharistia, Cap. 6, En la escuela de María, Mujer 'eucarística'.
[2] Cfr. ibidem.

jueves, 21 de agosto de 2014

Memoria de la Santísima Virgen María, Reina


         La Santísima Virgen María, Madre de Dios, es Reina por derecho propio, porque Ella desciende de una familia real; pero también es reina porque su Hijo la corona en el cielo con una corona de luz y de gloria, en el momento de la Asunción. Ahora bien, esta corona de luz y de gloria, la obtiene la Virgen luego de participar, espiritualmente, de la corona espinas de su Hijo Jesús, aquí en la tierra. La Virgen nunca llevó materialmente una corona de espinas, pero sí de modo espiritual y místico, porque cuando coronaron a su Hijo Jesús, Ella sintió las punzadas y los dolores de la corona de espinas de Jesús, con igual intensidad como las sintió Jesús. Y puesto que esas espinas representan la materialización de los pecados –los malos pensamientos, los pensamientos blasfemos, de ira, de lujuria, de maldad, de venganza, de odio, de rencor, de envidia, los pensamientos malos de cualquier clase que los hombres tienen contra sí mismos o contra sus hermanos-, y puesto que los pecados fueron lavados por la Sangre de Jesús, que empezó a correr de forma abundante, al salir de su Sagrada Cabeza, cuando los soldados romanos lo coronaron de espinas, diciéndole burlescamente: “¡Salve, Rey de los judíos!” (Mc 15, 18; Jn 19, 3), la Virgen, al compartir los dolores de la coronación de espinas de Jesús, compartió también el hecho de ser, estos dolores, salvíficos, porque con estos dolores de su coronación de espinas, Jesús estaba redimiendo todos los pecados de pensamiento de los hombres. 


Así, la Virgen se convertía en Corredentora de los hombres, junto a su Hijo Jesús, al compartir con su Hijo, los dolores salvíficos de la Pasión, aun no sufriendo Ella la Pasión de un modo físico y cruento, sino místico y espiritual, porque estaba unida a su Hijo por el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Esto nos hace ver que los pecados de pensamiento, cualesquiera sean –de ira, de venganza, de odio, de lujuria, de rencor, de pereza, etc.-, que tanto placer producen al hombre, o que al hombre le parecen que no le provocan daño-, se traducen y se materializan, de un modo misterioso, en gruesas espinas, las espinas de la corona de Jesús, que mantiene y mantendrá, actualizada, su Pasión, hasta el fin de los tiempos. En otras palabras, los pensamientos pecaminosos, que creemos que, por un lado, no nos hacen daño, y que, por otro, nos provocan placer, en Jesús, se materializan en gruesas espinas, las espinas de su corona, que son las que laceran su cuero cabelludo, provocándole atroces dolores, y haciéndole salir abundantísima Sangre, su Preciosísima Sangre. Esas dolorosísimas heridas, producidas por las espinas, gruesas y filosas de su corona, producto de nuestros pecados, son las que siente la Virgen en su cabeza, y es por eso que la Virgen, de un modo místico y espiritual, comparte la corona de espinas de su Hijo Jesús. Si a Jesús los soldados romanos se le burlan, diciéndole: “¡Salve, Rey de los judíos!”, al tiempo que lo coronan de espinas, también podrían decirle lo mismo a la Virgen: “¡Salve, Reina de los judíos!”, porque Ella siente exactamente los mismos dolores de su Hijo Jesús, aunque no lleve materialmente puesta la corona de espinas.



         La Virgen, entonces, es Reina porque su ascendencia es real y es Reina también porque en la tierra compartió, espiritual y místicamente, la corona de espinas de su Hijo, “Rey de reyes y Señor de señores”, y es por esto que su Hijo, en el cielo, la coronó con la corona de luz y de gloria en los cielos, al recibirla en su Asunción gloriosa en cuerpo y alma. Y puesto que la Virgen es nuestra Madre del cielo, Ella quiere que también nosotros seamos coronados de luz y de gloria, pero para lograr esa corona, también debemos compartir espiritualmente, igual que Ella, la corona de espinas de Jesús -recordemos el caso de Santa Catalina de Siena, a quien Jesús se le apareció, ofreciéndole dos coronas, una de oro y otra de espinas, y ella eligió la corona de espinas-, lo cual quiere decir no solo rechazar cualquier tipo de pensamiento malo, sino pedir la gracia de tener los mismos pensamientos, santos y puros, que tiene Jesús, coronado de espinas, aceptar con amor y fe las humillaciones, pequeñas y grandes, que Dios quiera enviarnos en la vida cotidiana para hacernos participar de la cruz de Jesús y estar dispuestos a perder la vida, antes de consentir siquiera un pecado mortal o venial deliberado. Solo así, compartiendo espiritualmente la corona de espinas del Rey de los cielos y de María Santísima Reina, mereceremos ser coronados de luz y de gloria en la vida eterna. 

viernes, 15 de agosto de 2014

Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María


         La Iglesia celebra la Asunción de la Santísima Virgen en cuerpo y alma a los cielos. Que la Virgen haya sido Asunta a los cielos, quiere decir que la Virgen, al morir, no solo no sufrió la corrupción de la muerte –rigidez cadavérica, descomposición, etc.-, sino que inmediatamente después de morir fue glorificada y asunta a los cielos, y esto no podía ser de otra forma, porque Ella era la Inmaculada Concepción, la concebida sin mancha de pecado original, porque debía alojar en su seno virginal al Verbo de Dios, y por lo tanto, no podía contener en sí misma el germen de corrupción y de malicia que es el pecado, y si no contenía el pecado original, no sufrió nunca lo propio del pecado, la corrupción de la muerte.
La Virgen fue concebida como Inmaculada Concepción y como Llena de Gracia, porque debía engendrar en su seno virginal al Verbo Eterno del Padre, Verbo Inmaculado y Gracia Increada en sí misma, y es por eso que la Asunción es solamente el desenvolverse, el desplegarse y el derramarse, desde su alma purísima, hacia su cuerpo purísimo, de esa gracia con la cual la Virgen fue concebida. La Virgen, que alojó en su seno al Verbo de Dios, no podía, de ninguna manera, experimentar en su cuerpo, el triunfo de la muerte, porque la muerte ya fue vencida por su Hijo en la cruz, y es por eso que, en el momento de morir, como la Virgen Inmaculada era, al mismo tiempo, la Llena de gracia, esa gracia se derramó sobre su cuerpo purísimo, y lo glorificó, transformándolo, como dice San Germán de Constantinopla, en “un cuerpo celestial e incorruptible, lleno de vida y sobremanera glorioso, incólume y partícipe de la vida perfecta”.
Es decir, en el momento de morir, la Virgen, lejos de experimentar la rigidez cadavérica que todo cuerpo comienza a experimentar, y lejos de experimentar, su cuerpo santísimo, los hedores de la muerte, como lo hace todo cadáver con el correr de las horas, por el contrario, el cuerpo santísimo de la Madre de Dios, sufrió un proceso absolutamente inverso y desconocido para la naturaleza humana, solo experimentado anteriormente por su Hijo Jesucristo en el día Domingo, en la Resurrección: su cuerpo santísimo fue invadido por la gloria divina, derramándose desde su alma inmaculada y llena de gracia, lo cual quiere decir que su cuerpo fue inmediatamente convertido en un cuerpo bienaventurado, es decir, en un cuerpo luminoso, lleno de la gloria divina, incorruptible, inmortal, partícipe de la vida trinitaria, y fue asunta inmediatamente hacia el seno de la Trinidad, para participar de la feliz bienaventuranza, por toda la eternidad.

Alma en gracia durante la vida, cuerpo glorificado al morir: lo que la Iglesia celebra y festeja en su Madre celestial, lo desea, lo implora y lo procura, por medio de los sacramentos, la oración y las obras de misericordia, para cada uno de sus hijos que peregrinan hacia el Reino de los cielos. Todos los hijos de la Virgen estamos llamados a seguir su mismo camino; todos estamos llamados a ser asuntos al cielo, pero para que nuestro cuerpo sea glorificado, nuestra alma debe vivir en gracia: alma en gracia durante la vida terrena, cuerpo glorificado en la vida eterna.

miércoles, 16 de julio de 2014

Cuál es el precio del Escapulario de Nuestra Señora del Carmen


         El Escapulario de Nuestra Señora del Carmen es un sacramental, entregado por la Madre de Dios en persona a la Iglesia, a través de San Simón Stock. El Escapulario constituye un regalo celestial de valor inestimable, y puede decirse que no hay nada en este mundo que tenga más valor que el Escapulario de la Virgen del Carmen. Quien recibe la gracia de desear usar el Escapulario, debe considerarse el más afortunado de los hombres, debido a la inmensidad del tesoro de gracia que el uso del Escapulario concede a quien lo lleva con fe, con piedad y con amor a Dios Uno y Trino.
Al entregárselo en una aparición, la Virgen le hizo la promesa a San Simón Stock, de que todo aquel que muriera con el escapulario puesto, no sufriría la condenación eterna en el Infierno, y si debiera sufrir el Purgatorio, sería la Virgen en persona quien iría a buscarlo el sábado siguiente al día de su muerte, para llevarlo al Cielo, y todo esto, gracias a la Sangre derramada en la cruz por su Hijo Jesús. El Escapulario de la Virgen del Carmen, por lo tanto, lejos de ser una costumbre piadosa pasada de moda, constituye, de parte del cielo, un regalo de inestimable valor para el alma que quiere salvarse, porque por su intermedio, el alma se predispone para recibir, en el momento de la muerte, la gracia necesaria para su eterna salvación; es decir, al usar el Escapulario de la Virgen del Carmen, el alma se predispone para recibir los frutos de gracia obtenidos por el sacrificio redentor del Hombre-Dios en la cruz. Por el Escapulario, el alma recibe, a siglos de distancia, la salvación eterna obtenida al altísimo precio de la Sangre de Jesucristo derramada en el Calvario, Sangre que la limpia de sus pecados, la protege del Enemigo de las almas, el Príncipe de las tinieblas, y le impide su caída en el Abismo eterno, pero esto, siempre y cuando el alma se comprometa a vivir en gracia y a rechazar aquello que la aparta de Dios, el pecado, es decir, el mal, en todas sus formas y grados, lo cual implica la disposición interior a perder la vida terrena antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado, lo cual, por otra parte, es lo que pide el penitente en la confesión sacramental: “…antes querría haber muerto, que haberos ofendido”.

Solo en este caso, el Escapulario de la Virgen del Carmen alcanza su eficacia, porque solo así el alma demuestra que está dispuesta a responder con amor aquello que el cielo le regala con Amor, al precio de la Sangre del Cordero, y esto es la gracia que la predispone a la salvación, por medio del Escapulario de la Virgen del Carmen. Solo quien está dispuesto a perder la vida terrena, literalmente hablando, antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado, está en condiciones de usar el Escapulario de la Virgen del Carmen, porque ése es el que ha comprendido cuánto le ha costado al Hombre-Dios el regalo del Escapulario: le ha costado nada menos que su propia vida y su propia Sangre, derramada hasta la última gota en la cruz, derramada hasta la última gota en la renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario, la Santa Misa, y recogida en el cáliz del altar eucarístico.

lunes, 26 de mayo de 2014

Fiesta de Nuestra Señora de la Caridad o Visitación de la Virgen María


         ¿A qué se debe el nombre de "Nuestra Señora de la Caridad" o también "Nuestra Señora de la Visitación"? Se debe a una obra de misericordia que realiza la Virgen, al visitar a su prima, Santa Isabel, aunque, como veremos más adelante, además de la obra de misericordia o de caridad -que es lo que da origen a la advocación de "Nuestra Señora de la Caridad"-, hay un misterio profundo y sobrenatural escondido en la escena evangélica. 
          Para comprender el origen y el sentido espiritual de la advocación de "Nuestra Señora de la Caridad" o "Nuestra Señora de la Visitación", debemos entonces leer el pasaje de Lucas en el que la Virgen María, que está encinta por obra y gracia del Espíritu Santo, visita a su prima Santa Isabel, ya anciana y encinta también, para asistirla en su parto y analizar tanto el contexto de la situación, como la reacción de las personas que intervienen en la escena evangélica (Lc 1, 39-56). 
          Según el relato evangélico, para lograr su propósito, la Virgen ha realizado un largo y peligroso viaje, habida cuenta las distancias y que en ese tiempo, los medios de transporte eran precarios y los caminos de montaña prácticamente inexistentes, a lo cual se le debían sumar los peligros inherentes de todo viaje, como los asaltantes y las bestias salvajes. El riesgo aumentaba aun más si se tiene en cuenta que la Virgen viajaba solo acompañada por San José y que Ella misma era una mujer joven y encinta; es decir, se trataba de una persona sumamente frágil y con pocos recursos frente a los numerosos peligros. Pero la Virgen sabía que su prima, Santa Isabel, necesitaba de su ayuda, porque era una mujer anciana y era, como Ella, primeriza, y como en muchas otras ocasiones, sin pensar en sí misma, decide dejar la comodidad y tranquilidad de su hogar, para acudir en auxilio de su pariente y es así como emprende este largo y peligroso viaje, movida por el Amor y solo por el Amor y por ningún motor. Este es el origen del nombre de “Nuestra Señora de la Caridad”, porque la Caridad es el Amor de Dios, un Amor no humano, sino celestial, sobrenatural, espiritual, que trasciende infinitamente los límites y las estrecheces del amor humano. Se llama también “Nuestra Señora de la Visitación”, porque es justamente una “Visita” lo que hace la Virgen a Santa Isabel.
         Sin embargo, cuando el Evangelista describe la escena, en el momento de la llegada de la Virgen, nos encontramos con algo que nos llama poderosamente la atención: no hay nada, absolutamente nada, que refleje lo que acabamos de decir, aunque se trate de este hecho, porque el Evangelista describe una reacción, por parte de los protagonistas de la escena –incluidos los niños que están en los vientres maternos de sus respectivas madres-, que no tiene una explicación humana.
         Veamos qué es lo que describe el Evangelista Lucas acerca de las reacciones de los protagonistas ante la llegada y el saludo de la Virgen a Isabel al llegar a la casa de Zacarías: Isabel exclama: “¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!” –la Iglesia toma este saludo para elaborar la primera parte de la salutación mariana más famosa, el Avemaría-; luego llama a la Virgen: “Madre de mi Señor”, y describe el movimiento de su niño en su vientre materno, Juan el Bautista, como “salto de alegría”; Juan el Bautista, a su vez, ante la Visita de la Virgen y al escuchar su saludo, pese a su estado de nonato y, obviamente, pese a no ver nada, “salta de alegría” en el vientre materno de Santa Isabel. La tercera reacción inexplicable humanamente es la de la Virgen: en vez de responder al saludo de Santa Isabel con un saludo de cortesía, como corresponde entre los seres humanos, y mucho más entre parientes, y entre parientes que se aman y que no se ven desde hace tiempo, y mucho más como es el caso este, en el que Santa Isabel la ha alagado con un título más grande que el de la nobleza, porque la ha llamado “Madre de mi Señor”, lo cual equivale a decir “Madre de Dios”, la Virgen, en vez de responder con un saludo humano, entona un cántico de alabanzas a Dios, llamado “Magnificat”, porque enumera las “maravillas” que Dios ha obrado en Ella, desde su Inmaculada Concepción, a favor de toda la humanidad.
         Los interrogantes que se plantean son muchos y no tienen explicación humana: ¿por qué Santa Isabel da ese título a la Virgen, llamándola “Madre de mi Señor”, es decir, “Madre de Dios”? ¿Por qué la llama “Bendita entre todas las mujeres” y al fruto de su vientre le llama “Bendito el fruto de tu vientre?
         ¿Por qué Juan el Bautista “salta de alegría” en el vientre de su madre, Santa Isabel, lo cual es inexplicable humanamente, porque él no conocía ni a su tía, la Virgen, ni a su primo, Jesús? ¿Cómo podía “saltar de alegría” si ni siquiera los conocía?
         La tercera reacción inexplicable, humanamente hablando, es la de la Virgen: ¿por qué la Virgen no responde con cortesía humana al título de honor dado por Santa Isabel y en vez de eso entona el “Magnificat”?
         La respuesta no está en la razón humana, sino en el versículo 40, cuando dice: “Isabel, llena del Espíritu Santo…”, porque es el Espíritu Santo el que guía y mueve a todos los protagonistas de la escena evangélica, iluminando sus mentes y alegrando sus corazones; es la Presencia del Espíritu Santo, lo que explica las reacciones de los protagonistas de la escena de Nuestra Señora de la Caridad o la Visitación de la Virgen María.
         Es el Espíritu Santo el que ilumina la mente de Santa Isabel y le comprender que la Virgen no simplemente su pariente, su prima, sino que es ante todo, la “Madre de su Señor”, la “Madre de Dios”, y que por eso es “Bendita entre todas las mujeres” y es el Espíritu Santo el que le hace comprender que el Niño que lleva en su vientre no es un niño más entre tantos, sino el Niño Dios, Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, y por eso el “fruto de su vientre es bendito”, y así el Espíritu Santo le alegra el corazón a Santa Isabel, porque le hace ver que está en presencia de la Madre de Dios y del Hijo de Dios, Jesucristo.
         Es el Espíritu Santo el que ilumina la mente de Juan el Bautista, nonato en el vientre de Santa Isabel, y le hace saber que la que saluda a su madre es la Virgen, la Madre de Dios, que trae en su seno virginal al Cordero de Dios, al cual Él tiene que anunciar y por el cual Él tiene que dar su vida, y por esto es el Espíritu Santo el que le alegra el corazón y lo hace saltar de alegría en el seno materno de Santa Isabel.
         Es el Espíritu Santo el que ilumina a la Virgen María y ahora le recuerda todas las maravillas que obró en Ella desde su Inmaculada Concepción, concebiéndola en gracia e inhabitándola desde el primer instante de su Concepción, para que fuera el Sagrario Viviente y la Custodia Virginal del Hijo de Dios en su Encarnación, para que llevara en sus entrañas Purísimas al Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del Verbo de Dios al encarnarse, para que el Hijo de Dios tuviera un seno virginal y purísimo en los nueve meses de gestación que habría de pasar en el seno materno desde su Encarnación hasta el momento de su alumbramiento milagroso, para poder cumplir el designio de salvación de la Trinidad de entregar su Cuerpo para la salvación de los hombres, como Pan de Vida eterna, en la Cruz y en la Eucaristía.
         Nuestra Señora de la Caridad, entonces, nos enseña a ser caritativos y misericordiosos para con el prójimo más necesitado, pero también nos enseña a misionar, a llevar a Jesús a los demás, a visitar a los demás llevándola a Ella, a su imagen, de casa en casa, porque con Ella va siempre su Hijo Jesús y con Jesús, va siempre el Espíritu Santo. Nuestra Señora de la Caridad es modelo de caridad, es decir, de amor misericordioso hacia el más necesitado, y es modelo de misión, de transmisión y de comunicación de la Palabra de Dios.

         La imagen de Nuestra Señora de la Caridad y su Visitación y el mensaje que nos transmite, no se explican con la sola razón humana, sino por la Presencia del Amor de Dios, el Espíritu Santo.