lunes, 11 de febrero de 2013



¡Te agradecemos de todo corazón, Santo Padre Benedicto XVI, tu servicio a la Santa Madre Iglesia! ¡Que el Espíritu Santo suscite un sucesor con tu misma fe, sabiduría y caridad!

domingo, 10 de febrero de 2013

“Yo soy la Inmaculada Concepción”



         En las apariciones de Lourdes, el mensaje central que deja la Virgen María es la revelación de su condición de “Inmaculada Concepción”, según las palabras de la misma Virgen a Bernardita: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.
         Con esta aparición, nos revela que es la creatura más excelsa del universo, cuya santidad excede en gracia a todos los ángeles y santos juntos, más que el cielo excede la tierra; nos revela que es la Madre de Dios, porque sólo una Mujer, llamada a ser Madre de Dios Hijo, podía ser creada en gracia, como Inmaculada Concepción y Llena del Espíritu Santo; nos muestra la Virgen en Lourdes que es Inmaculada desde su concepción, en su alma y en su cuerpo, y que su pureza encanta y enamora al mismo Dios; la Inmaculada nos enseña que Ella fue así creada, Purísima, Santísima, Inmaculada, porque debía recibir en su seno virginal a Dios Hijo, cuyo Ser trinitario es Purísimo, Santísimo, Inmaculado, y como tal, no podía ser albergado y alojado en otro seno maternal que no fuese el suyo, ya que sólo así, Dios Hijo no encontraría diferencia entre el seno celestial del Padre en los cielos eternos, al cual dejaba, y el seno virginal de María, en la tierra y en el tiempo, al cual entraba.
         La Inmaculada Concepción nos enseña que Ella es Purísima en su cuerpo pero también en su alma y como tal, jamás albergó ni la más pequeñísima pasión corporal, ni la más pequeñísima sombra no de malicia, sino de imperfección en su alma, siendo así la Única creatura digna, en todo el universo visible e invisible, de poder recibir al Verbo de Dios.
         Hay otro mensaje que nos transmite la Inmaculada Concepción, esta vez sin palabras, y es el rezo del Santo Rosario, y es por este motivo que la Virgen se aparece a Bernardita con un Rosario en sus manos, y la acompaña en su oración en algunas partes del mismo.
         Pero la Virgen no quiere que nos quedemos simplemente escuchando y mirando: la Virgen quiere que la imitemos, que seamos como Ella, porque para eso ha venido del cielo. La Virgen no quiere que nos quedemos en el mero conocimiento de las verdades eternas, sino que quiere que las encarnemos y que las hagamos vida, que seamos espejos vivientes de Ella misma. Como Madre celestial, la Virgen quiere que sus hijos nos parezcamos a Ella, no que simplemente la veamos y la escuchemos.
         Por este motivo, se nos plantea la pregunta de si no se trata de una pretensión desmesurada, de un propósito inalcanzable: ¿cómo puedo yo, pecador, nacido con el pecado original, imitar a María Santísima, que precisamente es la más santa de todas las creaturas porque nació sin pecado original?
         ¿Cómo puedo imitarla a Ella, la Llena de Gracia, la Inhabitada por el Espíritu Santo, yo, que soy un pecador?
         ¿Cómo puedo imitarla en la oración, si Ella es la Omnipotencia Suplicante, y yo en cambio no puedo rezar ni un Padrenuestro sin distraerme?
         ¿No suena a despropósito siquiera pensar en que puedo imitar a la Virgen María?
         No es un despropósito, ya que su imitación es posible y puedo hacerlo gracias a los sacramentos, principalmente la Confesión sacramental y la Eucaristía, además del rezo del Santo Rosario.
         Por la confesión sacramental, el alma no solo recibe el perdón de los pecados, sino que queda limpia y brillante por la gracia, queda en estado de gracia, y como el alma en estado de gracia es “templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19), viene a hacer morada en ella el Amor de Dios, el Espíritu Santo. De esta manera, por la confesión sacramental y por la gracia santificante que esta proporciona, el alma se vuelve una imagen en la tierra de la Virgen María: inmaculada y llena de gracia, inhabitada por el Espíritu Santo.
         Por la comunión sacramental, el cristiano imita a María en la Encarnación: por la fe en la Presencia real de Cristo en la Eucaristía, recibe en su mente y en su corazón a la Palabra de Dios proclamada, concibiéndola en su alma; por la comunión sacramental, recibe a la Palabra de Dios encarnada en su cuerpo, en su boca, siendo unida por el Espíritu al Cuerpo de Cristo “en un mismo Espíritu”.
         De esta manera, por la comunión, el alma imita a la Virgen en la Encarnación, recibiendo como la Virgen, doblemente, en la mente y en el corazón primero, y en el cuerpo después, a la Palabra de Dios encarnada, Jesús Eucaristía.
         Por último, por el rezo del Santo Rosario, es posible imitar a la Virgen en su condición de Omnipotencia Suplicante, porque la misma Virgen así lo prometió al Beato Alano de la Roche: “No hay gracia que no se consiga a través del rezo del Santo Rosario”. Por el Rosario, accedemos directamente al Corazón Inmaculado de María, y junto con las rosas espirituales, que son las Avemaría, ingresan en el Corazón de la Virgen nuestras peticiones, y es esto lo que explica que no haya ninguna petición que no sea escuchada y que deje de ser atendida por la Virgen en Persona.
         ¡Cuántos males del mundo, de los países, de las familias, se evitarían, si todos rezaran el Rosario!
         La tierra sería un anticipo del cielo porque la Virgen misma, atraída por los Avemaría surgidos de los corazones de sus hijos, descendería del cielo y con Ella descendería toda la corte celestial, los ángeles y los santos y, lo más importante, descendería también el Rey de cielos y tierra, Jesucristo. Sólo la Omnipotencia Suplicante puede lograr esto, y eso es lo que hace la Virgen cuando se reza el Santo Rosario.
         La Inmaculada Concepción se nos aparece en Lourdes, entonces, no para que simplemente sepamos que apareció, ni tampoco para que asistamos a un oficio religioso, la Santa Misa, en su día, y después sigamos como nada: la Virgen se nos aparece en Lourdes para que empeñemos nuestra vida en imitarla, porque en su imitación como Inmaculada Concepción y como Omnipotencia Suplicante, está en juego nuestra salvación y la de muchas almas. Este es entonces el mensaje de Nuestra Señora de Lourdes: confesión, Eucaristía, rezo del Santo Rosario.
        
         

lunes, 28 de enero de 2013

Como María, la Iglesia concibe en su seno por el Espíritu al Hijo de Dios



“...concebirás en tu seno y darás a luz un hijo...”. Con el anuncio del ángel a María, se inauguran los tiempos mesiánicos, los últimos tiempos de la humanidad, los tiempos caracterizados por la presencia de Dios en medio de los hombres, revestido de una naturaleza humana. 
         María es quien hace de Sagrario y Tabernáculo para el ingreso del Pan de Vida en el mundo. El seno virgen de María se ilumina con el esplendor de la luz divina, con la aparición del Verbo luminoso del Padre. El Padre pronuncia su Palabra y la Palabra procede del seno del Padre al seno de María llevada por el Espíritu Santo. María se convierte en la depositaria de la Palabra del Padre, Palabra que por el Espíritu asume una naturaleza humana para unirse íntimamente a ella, como en casta unión esponsal.
En el seno de María, por el Espíritu Santo, es concebido el Hijo de Dios, el cual, al unirse personalmente con un cuerpo y un alma humana, es llamado “Emmanuel”, es decir, “Dios con nosotros”.
         Pero el prodigio que se realizó en el seno de María, proviniendo de Dios, no ha finalizado, y su resonancia eterna se hace sentir en todos los tiempos. La Encarnación sucedió realmente, y el Hijo Eterno de Dios, el Dios Hijo, Invisible, se revistió de una naturaleza humana y se hizo visible, apareciéndose delante de los hombres y de los ángeles como un Niño humano. Ese mismo prodigio, ese mismo milagro admirable, sigue y continúa perpetuándose en el seno de la Iglesia, por el Espíritu. Así como María concibió en su seno por el Espíritu, así la Iglesia, que es una figura de María, concibe en su seno, en el altar, por el mismo Espíritu Santo, al Hijo de Dios, que se reviste de apariencia de pan[1]. La Eucaristía es la prolongación y continuación, en el tiempo y en el espacio, de la Encarnación del Verbo en el seno de María, que continúa encarnándose en el seno de la Iglesia. Y así como el fruto concebido por el Espíritu en el seno de María se llama “Emmanuel”, Dios con nosotros, así también el fruto concebido en el seno de la Iglesia, el Cristo Eucarístico, es llamado “Emmanuel”, Dios con nosotros.
         Y si parecen asombrosos estos misterios, de los cuales no tenemos más que una mínima comprensión por la fe, escapándosenos su inteligibilidad última debido a la grandeza intrínseca del ser divino del cual proceden, quedan todavía más misterios asombrosos. María concibe en su seno por el Espíritu, engendrando al Hijo de Dios, la Iglesia, figura de María, concibe también en su seno por el Espíritu, engendrando al Hijo de Dios, en el altar; y es el mismo Espíritu quien hace concebir, en el seno del alma, por la comunión eucarística, al Hijo de Dios, que de ser “Dios con nosotros”, pasa a ser “Dios en nosotros”.
Como María, la Iglesia concibe en su seno por el Espíritu al Hijo de Dios para que el alma, por la comunión eucarística, lo conciba, por el Espíritu, en su propio seno.


[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, ...

miércoles, 9 de enero de 2013

María, ejemplo de cómo recibir la Palabra de Dios



María es para nosotros ejemplo de todo lo bueno que podamos decir, hacer o pensar.
         De entre todas las cosas de las que María es ejemplo, una de ellas es la de cómo recibir a la Palabra de Dios.
         Muchas veces escuchamos la Palabra de Dios, pero esta Palabra no permanece en nosotros, porque no nos fijamos en María.
         María recibe a la Palabra de Dios, Dios Hijo, en su seno purísimo, por el poder del Espíritu Santo, y a esta Palabra, que es Dios Hijo, Palabra eterna del Padre, una vez recibida en su seno, la reviste con su propia carne, la viste de Niño humano, y la alumbra milagrosamente, para donarla al mundo.
         Nosotros debemos hacer como María: recibir la Palabra Eterna del Padre, Cristo Eucaristía, en nuestros corazones en gracia, por el poder del Espíritu Santo, y revestirla con nuestras propias palabras, para darla a conocer al mundo.
         Es decir, así como María concibió a la Palabra Eterna del Padre, por la gracia del Espíritu Santo, y la revistió con su propia carne y la dio a conocer, así nosotros, por la gracia del Espíritu Santo, debemos concebir a la Palabra del Padre, Jesucristo, por la gracia del Espíritu Santo, que viene a nosotros en la Eucaristía; la debemos revestir con nuestras propias palabras y conceptos, y así darla a conocer a nuestros prójimos.
         María es Madre de Dios porque engendró a la Palabra; nosotros podemos participar de esa función maternal de María, engendrando y concibiendo a la Palabra de Dios, Jesús Eucaristía, en nuestros corazones.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Solemnidad de Santa María Madre de Dios - Ciclo C - 2013



         Luego de llevarnos a la contemplación del Nacimiento del Niño Dios y de la Sagrada Familia, que se constituye precisamente en familia a raíz del Nacimiento del Niño, la Iglesia, al inicio del año civil, nos lleva a contemplar el misterio de la Madre de ese Niño, que por ser Dios, se convierte en Madre de Dios.
         La Virgen es Madre de Dios porque se llama “madre” a la mujer que da a luz a una persona, y como la Virgen da a luz virginal y milagrosamente a una Persona divina, la Segunda de la Santísima Trinidad, la Persona del Hijo, y como este Hijo es Dios como su Padre Dios, entonces la Virgen es “Madre de Dios”.
         Es precisamente esta condición de María Santísima de ser "Madre de Dios", la que hace que la concepción y nacimiento del Niño que lleva en su seno, sean del todo sobrehumanas, sobrenaturales y divinas, desde el momento que no interviene varón humano alguno en la concepción del Niño. Para darnos una idea de cómo fueron la Encarnación y el Nacimiento del Niño Dios, y para no apartarnos un milímetro de la bimilenaria fe de la Santa Iglesia Católica, y utilizando las imágenes que muchos santos contemplaron por inspiración divina (entre otros, las beatas Ana Catalina Emmerich y Luisa Piccarretta, y la piadosa escritora María Valtorta), podemos tomar como punto de partida al diamante, roca cristalina y translúcida, en su relación con la luz. 
         En la Encarnación y Nacimiento del Niño, la Virgen se comporta como el diamante con relación a la luz: así como el diamante, al recibir un rayo de luz, tiene la propiedad de encerrar en sí mismo a la luz –propiedad que no la tienen las otras rocas, que son opacas-, para emitir luego esta luz desde su interior, irradiándola al exterior, así también la Virgen María, en la Encarnación, recibe -en su intelecto y en su Corazón inmaculado primero, y en su seno virginal, su útero, después- a la Luz eterna, Jesucristo, proveniente de la Luz eterna, Dios Padre, y luego de alojarla por nueve meses en su seno virginal, la emite milagrosamente, en la gruta de Belén, estando arrodillada y en posición de oración, a través de la pared superior de su abdomen, quedando intacta en su virginidad antes, durante y después del parto milagroso.
           Reafirmamos esta Verdad revelada de la Concepción virginal y Nacimiento milagroso del Verbo eterno del Padre, Jesús de Nazareth, en el seno virgen de María, y reafirmamos la condición de María como Madre y Virgen, como Inmaculada Concepción y como Llena de gracia, a la par que rechazamos como heréticas y blasfemas las proposiciones contrarias, como las lamentablemente esgrimidas en estos días por varios "teólogos" "católicos", como los sacerdotes Juan Masiá Clavel y Alfonso Llano, quienes de modo impiadoso y blasfemo sostienen que la Concepción y Nacimiento milagroso de Jesús es un "mito" (esto lo sostiene literalmente Masiá), y que Jesús nació "de la relación conyugal (sexual) entre José y María (esto lo sostiene, literalmente, Alfonso Llano). Repetimos que rechazamos estas proposiciones por heréticas, blasfemas, ultrajantes, y gravemente contrarias a la Fe bimilenaria de la Iglesia, a las enseñanzas de los Papas, desde el inicio mismo de la Iglesia, y a los dogmas inalterables de la condición de María como Inmaculada Concepción, Llena de gracia y Madre de Dios, y la de Jesús como Dios Hijo en Persona que se encarna en el seno virgen de María por obra del Espíritu Santo, sin concurso alguno de varón.
         Porque el Hijo de la Virgen es Dios Hijo en Persona, María no podía no ser la Inmaculada, la Llena de gracia, la Inhabitada por el Espíritu Santo, porque Jesús, siendo Él Inmaculado, Autor de la Gracia y la Gracia Increada en sí misma, y siendo Él el Espirador del Espíritu Santo junto a su Padre Dios, no podía venir a este mundo y encarnarse en un lugar en donde no ardiera el fuego del Amor divino, el Espíritu Santo; Jesús, siendo como es, Dios del Amor santo, no podía encarnarse en un lugar mancillado por amores profanos, contaminados con amores espúreos, y por eso se encarna en un seno purísimo y limpidísimo, el seno virgen de María Santísima; Jesús, proviniendo del seno del Padre, que es más hermoso que miles de millones de Paraísos celestiales juntos, no podía venir a este mundo, “valle de lágrimas” y lugar “de tinieblas y de muerte”, como lo describe Zacarías en su cántico, tinieblas y muerte producidas por el pecado, a un lugar contaminado por el pecado, y por eso se encarna en el seno de la Madre de Dios, María Santísima, seno Inmaculado, sin la más pequeñísima mancha no ya de pecado venial, sino ni siquiera de imperfección. Para que Jesús, al venir a este valle de lágrimas, de tinieblas y de sombras de muerte, no extrañara el seno de Amor de Dios Padre, en el que fue engendrado desde la eternidad, es que Jesús viene al seno virgen de la Madre de Dios, seno en el que arde el Amor purísimo del Espíritu Santo, seno en donde es amado, en la tierra y en el tiempo, con el mismo Amor con el que Dios Padre lo ama desde la eternidad, en los cielos, de modo que al nacer, su Madre, convertida en Madre de Dios, lo amparase y cuidase, en el tiempo que durara su vida terrena, con el mismo Amor de Dios Padre, el Espíritu Santo.
            La negación de María como Madre de Dios, además de echar por tierra los dogmas ya citados, conmueve los cimientos mismos de la Iglesia, puesto que si Jesús nació como dicen estas proposiciones heréticas, entonces en la Eucaristía, que es prolongación de la Encarnación y del Nacimiento, tampoco hay intervención sobrenatural del Espíritu Santo, el cual no obraría la transubstanciación, limitándose a simplemente bendecir las ofrendas de pan y de vino, las cuales permanecerían como tales, cambiando sólo su significado, pero no su ontología: no se convertirían en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.
         Como católicos, creemos y defendemos firmemente la Fe de la Iglesia, y sostenemos que María es Madre de Dios, y que fue galardonada con tan grandioso título por ser Ella la Inmaculada Concepción, la Llena de Gracia, la Inhabitada por el Espíritu Santo, y es a Ella, como Madre amantísima, a quien contemplamos, pidiendo que haga de Madre para con nosotros, así como hizo  de Madre con el Verbo de Dios encarnado, en su paso por la tierra.
         La Virgen, Madre de Dios, cuidó de su Hijo, Dios, con el Amor del Padre, el Espíritu Santo, y este Amor se vio sobre todo en la Pasión, cuando aún sin morir, dio su vida como mártir por su Hijo, acompañándolo en el Camino del Calvario, el Via Crucis, y permaneciendo firme al pie de la Cruz, con su Corazón Inmaculado atravesado por mil espadas de dolor, contemplando al Hijo de su Amor, primero agonizar y luego morir. La Virgen, como Madre de Dios, acompañó a su Hijo desde su Encarnación, hasta su Muerte en Cruz; lo acompañó desde que ingresó en este mundo, proveniente del seno de Dios Padre, hasta que salió del mundo, muriendo en la Cruz, para regresar al seno del Padre.
         Debido a que por un designio de la Divina Misericordia, esta Madre de Dios es también real y verdaderamente Madre nuestra, porque Cristo nos la donó desde la Cruz, le pedimos a Ella que haga de Madre así como obró con su Hijo Jesús: así como lo acompañó a Él desde que fue engendrado hasta que murió, así nos acompañe y consuele a nosotros, que habitamos en este “valle de lágrimas, de tinieblas y de sombras de muerte”, todos los días de la vida, hasta nuestra muerte.
El hecho de que la Santa Madre Iglesia coloque esta Solemnidad de Santa María Madre de Dios, al inicio del año civil, no es por casualidad: es para que, al iniciar un nuevo año terreno, la Virgen nos cubra con su Manto celestial y nos libre de todo mal, en nuestro peregrinar por el tiempo hacia la eternidad.
         

miércoles, 19 de diciembre de 2012

“¡Alégrate!, Llena de gracia (…) El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra y el Niño será llamado Hijo de Dios”



“¡Alégrate!, Llena de gracia (…) El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra y el Niño será llamado Hijo de Dios” (cfr. Lc 1, 26-38). El saludo del Ángel a la Virgen nos da una idea de cómo habrá de ser nuestra contemplación del Pesebre, cuando el Niño ya haya nacido para Navidad, porque aunque veamos a una mujer y a un hombre con su hijo recién nacido, en el Pesebre hay un misterio inabarcable e incomprensible para la mente humana.
El saludo del Ángel Gabriel a la Virgen María nos revela que Dios Hijo, que habría de nacer como Niño para salvar a los hombres, había elegido para su Encarnación no un lugar cualquiera, sino el seno virgen de la creatura más pura y santa que jamás la Trinidad, con toda su infinita Sabiduría y Amor, pudiera crear: la “Llena de gracia”, como la llama el Ángel, la “Llena del Espíritu Santo”, la “Llena del Amor de Dios”, la “Llena de la pureza inmaculada del Ser trinitario”.
La Segunda Persona de la Santísima Trinidad, obedeciendo al pedido de Dios Padre, había decidido su Encarnación redentora, Encarnación por medio de la cual habría de donar al mundo, luego de su muerte en Cruz, y por medio de su Corazón traspasado, a Dios Espíritu Santo.
Ahora bien, las Tres divinas Personas, trabajando en conjunto y poniendo en acto –como están en Acto eterno desde la eternidad- toda su Sabiduría y su Amor, común a las Tres Personas, deciden crear en la tierra un Paraíso terrenal, para que la Segunda Persona, al encarnarse y venir a este mundo, lleno de espinas, plantas venenosas y abrojos, no extrañara el Paraíso celestial que es el seno de Dios Padre, y así crearon ese Paraíso terrenal que es el seno de la Virgen Madre, el cual contiene todas las alegrías, los amores, los cantos, los gozos, del seno del Padre.  Y porque la Alegría del Padre, Dios Hijo, iba a encarnarse en su seno, es que el Ángel le dice a la Virgen: “¡Alégrate!”.
Para que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que es la Gracia Increada y el Autor de toda gracia, no extrañara el seno purísimo e inmaculado del Padre, en quien brillan con fulgor indecible la más excelsa santidad y pureza, la Santísima Trinidad creó en esta tierra, a una creatura Purísima e Inmaculada, la Virgen María, Llena de gracia, llena de santidad y de perfección, llena de pureza y de amor, sin la más pequeñísima y ni siquiera ligerísima sombra de imperfección, tan parecida al seno de Dios Padre en su pureza, que Dios Hijo, al encarnarse, no notó la diferencia entre la pureza inmaculada del seno del Padre y la pureza inmaculada del seno de la Virgen Madre. Y es por eso que el Ángel le dice: “Llena de gracia”.
Para que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, al venir a este mundo -llamado “valle de lágrimas” a causa del pecado y de la maldad de los corazones de los hombres, lleno también de arideces, de sequedades, de frialdades, de indiferencias y de desprecios hacia Dios, por parte de los hombres-, no extrañara el Amor del Padre, que es el Espíritu Santo, llamado “fuego de Amor divino”, la Santísima Trinidad creó en la tierra a una creatura excelsa, inhabitada por el Espíritu Santo desde su Concepción Inmaculada, y por lo tanto, poseedora del mismo Amor con el que el Padre amaba a Dios Hijo desde la eternidad, y así esta creatura, que es la Virgen Inmaculada, al amar a su Hijo Dios con el Amor del Espíritu Santo, hizo que el Niño Dios no sintiera la diferencia entre el Amor recibido por el Padre en los cielos eternos, y el Amor recibido por la Madre en este “valle de lágrimas”. Y es por eso que el Ángel le dice: “El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra”, porque Ella concebirá por el Amor purísimo de Dios, y ningún amor mundano, profano, impuro, humano, osará ni siquiera ligeramente acercársele.
Para que al venir a este mundo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad no extrañara el Amor del Padre, siendo Él Dios Hijo, las Tres Divinas Personas crearon a la Virgen Madre, para que al nacer Dios Hijo como Niño, recibiera en la tierra el amor materno de María, amor que le haría recordar al Amor del Padre en los cielos. Y es por eso que el Ángel le dice: “El Niño será llamado Hijo de Dios”.
Por lo tanto, al contemplar el Pesebre, ya para Navidad, debemos recordar el saludo del Ángel y su significado, para poder abismarnos en el misterio insondable que encierra el Niño de Belén y su Madre, la Virgen Santísima: “¡Alégrate!, Llena de gracia, el Señor está contigo (…) El Espíritu Santo te cubrirá con su sombra y el Niño será llamado Hijo de Dios”.

jueves, 13 de diciembre de 2012

El porqué de los pedidos de María Rosa Mística




Para apreciar el significado de los mensajes de María Rosa Mística, tenemos que tener en cuenta, antes que nada, el nombre que se le aplica a María, precisamente el de “Rosa Mística”. Además de significar la pureza y el martirio, el nombre de “Rosa” se le aplica a la Virgen, para significar su pureza y la fragancia de su gracia.
         Si la rosa en cuanto flor se destaca entre las flores por su hermosura, por su fragancia, por su pureza, María es la Rosa por excelencia, porque Ella se destaca entre todas las creaturas, entre todos los ángeles y santos, con una distancia más grande que la que hay entre la tierra y el cielo, porque Dios no puede crear una creatura más hermosa que María, ni más pura que Ella, ni más Llena de gracia que Ella, y por lo tanto, no puede crear nadie que exhale el perfume exquisito de la gracia del Espíritu Santo, como Ella.
         En lo que respecta al nombre de “Mística”, se llama así a la Madre de Dios porque, a diferencia de las rosas terrenas, que luego de unas pocas horas comienzan a marchitarse, perdiendo su perfume y su color, volviéndose mustias y secas, María Rosa Mïstica no se marchita jamás, porque Ella es Inmaculada y Virgen antes, durante y después del parto virginal de su Hijo Jesús, y permanece inhabitada por el Espíritu Santo, como desde el día de su Concepción Inmaculada, sin la menor disminución de su santidad excelsa. María es Rosa “Mística” porque es la Flor de los cielos, que inunda con su perfume exquisito el Paraíso Celestial, llenando de admiración y de contento a Dios Trino, a los ángeles y a los santos, que no dejan de cantar himnos de alabanzas y de acción de gracias a Dios por haber creado a una creatura tan hermosa y pura. También hay que decir que Cristo mismo recibe el nombre de Rosa, según algunos Padres de la Iglesia: para Tertuliano y San Ambrosio, la raíz representa la genealogía de David; el brote es María y la flor, rosa, es Cristo. 
Y esto es así porque si la Virgen es el brote de la genealogía de David, porque está Llena del Espíritu Santo, porque es Inmaculada, y porque es la Plena de gracia, su Hijo, Cristo, que nace de María Virgen, es la Flor del Brote, porque Él es el Dador del Espíritu Santo, junto a Dios Padre, Él es Inmaculado, porque es Dios Tres veces Santo, y es la Gracia misma Increada.
Por otra parte, si hacemos una comparación con las rosas terrenas, esto nos ayudará a resaltar todavía más la condición de María como Rosa Mística, y el sentido de sus pedidos en sus apariciones a Pierina Gilli. Podemos decir que las rosas terrenas son una representación de las almas de los hombres: cuando están fragantes, lozanas, frescas, y exhalan perfume agradable, puede decirse que son las almas en gracia, siendo la gracia la causa de su perfume y frescura. Pero es de experiencia cotidiana que las rosas terrenas, luego de un breve tiempo, comienzan a perder toda su frescura y perfume, y se vuelven secas y mustias: son las almas que han caído en pecado, sobre todo el pecado mortal, porque ya no viven en gracia, y han perdido por lo tanto toda participación en la vida divina, que era la causa de su hermosura y de su pureza.        
Cuando vemos el mundo actual, en el que todo lo que hace el hombre es contrario a la Ley de Dios, expresada en la Naturaleza; cuando vemos que se exaltan los vicios contra-natura, no sólo como si no fueran cosas contrarias a la Ley divina, sino como si fueran derechos humanos y por lo tanto exigencias que pertenecen al hombre mismo; cuando vemos que se exalta toda clase de impurezas, ya desde la más  temprana edad, enseñando a niños de jardín de infantes que el matrimonio no es sólo entre varón y mujer, sino que se da ese título a cualquier combinación posible; cuando vemos que los jóvenes han profanado sus cuerpos con relaciones pre-matrimoniales; con drogas, con alcohol, con música cumbia y rock, indignas de la condición humana; cuando vemos que en vez de rendir culto al Dios del sagrario, cientos de millones de católicos se vuelcan al ocultismo, al esoterismo y al satanismo; cuando vemos que entre los niños se conoce y se ama más a un ídolo inerte y mudo, el fútbol –y, dentro de él, todas las “estrellas” futbolísticas, como Messi y compañía-; cuando vemos que millones de niños y jóvenes desaparecen de la Iglesia apenas recibidos los sacramentos; cuando vemos que los así llamados “cristianos” se diferencian de los paganos fuera de la Iglesia sólo porque el Domingo –algunos, los menos- van a Misa, nos damos cuenta de cómo todo el mundo se ha convertido en un inmenso jardín arrasado, en donde las flores de Dios, las almas de los hombres, se han marchitado, se han secado, han comenzado su proceso de descomposición.
Es aquí entonces en donde entendemos los pedidos de María Rosa Mística, sobre todo en su primera aparición, en la primavera del año 1947, cuando se aparece con su rostro triste, vestida con una túnica morada, con su cabeza cubierta con un velo blanco, y con su pecho atravesado por tres espadas, y dice sólo tres palabras: “Oración, penitencia, reparación”.
Oración por la conversión propia y de los pecadores más empedernidos; penitencia para expiar por el mundo que exalta los sentidos y ensalza el error, en detrimento del silencio, de la contemplación, de la pureza y de la Verdad revelada, Jesucristo, y reparación, por quienes “no creen, ni esperan, ni adoran, ni aman” a Jesús en la Eucaristía.