miércoles, 7 de noviembre de 2012

¿Qué quiere decir “consagrarse a la Virgen”?



         Consagrarse a la Virgen quiere decir entregarle a la Virgen nuestro modo de pensar, de desear, de obrar, y el fin de la consagración es hacer la Voluntad de Dios. A partir de la Consagración, toda nuestra vida queda “marianizada”, queda bajo la protección maternal de la Virgen María.
         Esto quiere decir que, a partir de la Consagración -luego de realizar las cuatro semanas de preparación, según el método de San Luis María Grignon de Montfort-, nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestras palabras, nuestras obras, ya no son más los nuestros, sino los de la Virgen.
         ¿Cómo se traduce esto en la vida de todos los días? Dependerá de nuestro deber de estado.
         Para los hijos, será tratar a los padres y a los hermanos tal como la Virgen trataba a sus padres y a su hermana, Saromé; para los padres, será tratar a sus hijos tal como la Virgen trataba a su Hijo Jesús; para todos, será amar a Dios y al prójimo como la Virgen amaba a Jesús, que era al mismo tiempo su Dios y su Hijo.
El que se consagra a la Virgen recibe el signo de la Cruz en su frente, en su corazón y en sus manos, porque los pensamientos, los deseos, las palabras y las obras de la Virgen son  los mismos de Cristo,: en su frente, para que todos sus pensamientos sean santificados por la Cruz; en el corazón, para que no entre ningún otro deseo que no sean los de Cristo crucificado; en las manos, para que sus obras no sean más las de la tierra, sino las obras de Cristo, que son obras de amor, de bien y de paz.
Esto quiere decir rechazar todo tipo de pensamiento, deseo y obra malos y oscuros, como la venganza, el enojo, el rencor, el resentimiento, de impureza, de pereza, de rebelión, de negación de la Cruz, porque todas esas cosas, oscuras y malas, no provienen nunca del Espíritu de Dios, ni conducen a Él, sino que vienen del mal espíritu, del Dragón del Apocalipsis, el demonio; pero no solo quiere decir rechazar todas estas cosas malas, sino ante todo tener los pensamientos, los deseos y las obras de perdón, de reconciliación, de paz, de amistad, de pureza, de sacrificio, de obediencia, de amor a la Cruz, de oración y de adoración, que vienen del Espíritu de Dios, a través de María Santísima, que es Madre y Mediadora de todas las gracias.
En todo momento, el consagrado debe preguntarse interiormente: “¿Qué pensaría la Virgen en mi lugar?”; “¿Cómo obraría la Virgen en esta situación?”; “¿Cuáles serían los sentimientos de la Virgen en esta situación?”, y acomodar sus pensamientos, sus deseos y sus obras, a los pensamientos, deseos y obras de la Virgen, que son los de Jesús.
Por último, nos consagramos a la Virgen porque Ella pidió la consagración a su Corazón Inmaculado en Fátima y en muchos otros lugares, y lo hacemos para cumplir más prontamente y a la perfección la Voluntad de Dios en nuestras vidas, porque el fin de nuestro paso por la tierra es hacer su Voluntad, que siempre es santa, y que quiere que todos nos salvemos, que todos vayamos al Cielo. La mejor manera de cumplir la Voluntad de Dios en nuestras vidas, es consagrándonos a la Virgen, porque así nos unimos a Ella, que dijo “Fiat”, “Sí”, “Cúmplase”, a la Voluntad de Dios, en el anuncio del Ángel: “Hágase en mí según tu Palabra”. Con la consagración, le decimos “Sí” a la Voluntad de Dios sobre nuestras vidas, con el mismo “Sí” de María.

martes, 6 de noviembre de 2012

“Hijo, no tienen vino; no tienen fe”



“Hijo, no tienen vino; no tienen fe” (Jn 2, 1-11). La intervención de María Santísima en las bodas de Caná logra arrancar un milagro a Jesús, a pesar de su reticencia inicial, y esto demuestra su poder intercesor, sin límites, frente a su Hijo Jesús. A pesar de que Jesús no quiere hacer el milagro e intenta incluso desentenderse de la situación de los esposos, argumentando que “su hora no ha llegado todavía”, la Virgen María consigue que Jesús obre un maravilloso milagro a favor de los cónyuges, convirtiendo el agua en vino.
Este milagro nos hace ver el inmenso poder intercesor de María Santísima no solo frente a Jesús, sino ante la Santísima Trinidad, porque la reticencia de Jesús se debía a que no había llegado “su hora”, es decir, la hora decretada por el Padre, y el hecho que realice el milagro a pesar de no ser su hora, da cuenta de que es toda la Santísima Trinidad, en pleno, que se ha rendido ante la amorosa intercesión de María Virgen.
Pero la intervención de la Virgen tiene otro significado, también sobrenatural, además de demostrar su condición de Omnipotencia Suplicante: las tinajas vacías son símbolo de los corazones humanos vacíos de la fe en Cristo Dios, y el vacío significa la vida sin esa fe, una vida carente de sentido, sin horizonte de eternidad, sin siquiera vislumbrar el destino de eterna felicidad al cual llama a cada hombre Cristo Jesús. Por el contrario, las tinajas con vino simbolizan a las almas humanas con fe viva y activa en Cristo Dios; simboliza a las almas que, por su fe en Jesús como Redentor, les otorga sentido de eternidad a sus vidas, elevándolas desde la horizontalidad de la vida humana, a la verticalidad de la vida divina. Un corazón sin fe es como una de las tinajas vacías de las bodas de Caná: de igual manera a como una tinaja vacía no alegra la fiesta, porque nada tiene para ofrecer, de la misma manera el hombre sin fe nada bueno, alegre o bueno puede aportar a la humanidad, y de la misma manera a como la tinaja con vino alegra la fiesta, así también el hombre con fe alegra a la humanidad con las obras de misericordia que hablan de la alegría del Reino de los cielos, y estos son los santos.
Por lo tanto, la expresión de la Virgen: “No tienen vino”, se refiere también a la carencia de fe, y puede quedar así: “Hijo, no tienen fe”. Y así como Jesús, obedeciendo al amoroso pedido de su Madre, aún cuando no quiere hacer el milagro, lo hace de todas maneras, así también, si la Virgen intercede por nosotros, pidiendo el aumento de nuestra fe en su Hijo Jesús, Jesús mismo nos la dará,  aún cuando considere que no la merecemos, a causa de nuestra negligencia en obrar el bien.

miércoles, 31 de octubre de 2012

La Virgen y sus pedidos de penitencia, sacrificio, oración y ayuno. El valor de la Cruz




         En la casi totalidad de sus apariciones, la Virgen nos pide, con insistencia, lo siguiente: penitencia, sacrificio, oración, ayuno.
         Por ejemplo, en Fátima, después de sus apariciones, el Ángel de la Paz, se les aparece a los niños, que están jugando, y les dice: “¿Qué hacéis? Los Sagrados Corazones de Jesús y de María están atentos a vuestras oraciones por los pecadores”.
         La Virgen, luego de mostrarles el infierno a los tres pastorcitos, les dice que allí van los “pobres pecadores”, porque no tienen “quién rece y haga sacrificios” por ellos, y luego pide que hagamos sacrificios para que no caigan en el infierno los pecadores. A partir de las visiones y de los pedidos de la Virgen, los pastorcitos se destacarán por sus múltiples penitencias y sacrificios; siendo niños, se privan de agua en días de calor, soportan las humillaciones a las que los somete el intendente del lugar, que no creía en las apariciones, pasan largas horas en oración, rezando el Rosario y pasan todo el tiempo que pueden adorando a Jesús en el sagrario. Por ejemplo, Francisco, antes y después de asistir a la escuela, pasaba por la capilla y hacía adoración al Santísimo Sacramento, y cuando Jacinta se enfermó y fue llevada a un hospital de la capital, porque se había agravado, le pedía a la enfermera que corriera la cama para que ella, desde la ventana, pudiera mirar el techo de la capilla vecina, en la dirección en donde estaba el sagrario. Como estas, los pastorcitos hicieron muchas otras penitencias y sacrificios, por pedido de la Virgen, y también del Ángel de Portugal.
         En una de las apariciones en La Salette, la Inmaculada Concepción se le aparece a Bernardita, y lo único que repite es, por tres veces, “penitencia”: “Penitencia, penitencia, penitencia”. Además, guía en el rezo del Rosario a Bernardita.
         En las apariciones como Nuestra Señora del Rosario de San Nicolás, la Virgen pide rezar el Rosario, asistir a Misa el domingo y hacer penitencias y ayunos.
         En Akita, Japón, igualmente.
         Cuando se aparece como María Rosa Mística, a una señora mayor llamada Pierina Gilli, la Virgen le explica que las tres rosas, blanca, roja y amarilla, significan respectivamente oración, sacrificio y reparación.
         En La Salette, la Virgen llora amargamente porque los católicos  insultan a su Hijo y porque prefieren las diversiones del mundo antes que la Misa del Domingo, y también pide penitencia y oración, avisando que si no hacían caso, iba a venir una plaga para las papas y que la gente moriría de hambre, lo cual finalmente sucedió.
         En Ruanda, la Virgen se apareció a un grupo de jóvenes, que en ese entonces, eran adolescentes de la secundaria, advirtiéndoles que si no se convertían y abandonaban la vida de pecado, iba a suceder una gran desgracia en el país, una guerra civil, en donde moriría muchísima gente, lo cual también, desgraciadamente, sucedió, porque casi nadie hizo caso de las advertencias, y murieron más de un millón de personas, en lo que se conoce como el “genocidio ruandés”.
         Como estos ejemplos, podríamos seguir enumerando innumerables apariciones de la Virgen, en los que se repiten, con insistencia dramática, los pedidos de oración, de penitencia, de ayuno, de sacrificios.
         ¿Por qué este pedido de la Virgen?
         No se entienden los pedidos de la Virgen, y la necesidad urgente de hacer caso a los mismos, sino se considera antes cómo está el mundo en relación a Dios, y para saberlo, hay que recordar una frase que la Virgen le dijo a Sor Faustina, en una de sus apariciones: “Hasta los ángeles de Dios temblarán el Día de la ira de Dios”.
         Lo que tenemos que tener en cuenta es que el hombre, con sus continuos pecados, con la continua maldad que nace de su corazón, ha ofendido y sigue ofendiendo a Dios. Para que nos demos una idea, delante de Dios, no pueden estar los corazones enojados, los corazones mentirosos, los corazones malos, los corazones tramposos, los corazones ladrones, y es por eso que necesitamos la purificación de nuestro corazón, de donde salen “cosas malas”, como nos enseña Jesús en el Evangelio, y la purificación de los corazones se produce, además de por la gracia santificante, por la oración, la penitencia y el ayuno.
Otra cosa que tenemos que saber es que, como Dios es tan infinitamente perfecto, cada mentira, por pequeña que sea, merece castigo, y con mucha mayor razón, merecen un castigo mayor los pecados más graves, como el aborto, los robos, los sacrilegios, las guerras, las discordias, las profanaciones a la Eucaristía y a la Virgen.
Como consecuencia de todos estos pecados, que vienen desde Adán y Eva, que desobedecieron a Dios, y se continúan todos los días, esos pecados reclaman justicia delante de Dios, porque el pecado es malicia, mientras que Dios es bondad infinita, y Él no soporta el mal, mucho menos, cuando el mal brota del corazón del hombre.
Pero es aquí en donde viene Jesús en nuestra ayuda, porque Él se interpone entre la Justicia Divina y nosotros, ofreciéndose al Padre para reparar por tanta maldad, y es por eso que recibe todo el castigo que nos merecíamos todos y cada uno de nosotros. Cuando vemos a Jesús condenado a muerte, coronado de espinas, insultado, golpeado, flagelado, crucificado, tenemos que pensar que ése era nuestro lugar ante la Justicia Divina, y que si no hemos recibido todo ese castigo, es porque Jesús se interpuso, como si fuera un escudo protector, entre la justa ira de Dios y nosotros.
Este es el motivo por el cual tenemos que estar agradecidos a Jesús, porque Él ha soportado el castigo que merecían nuestras culpas, y sus heridas son consecuencias de nuestros pecados, y es así como dice el profeta Isaías: “Sus heridas nos han salvado”. Jesús entonces nos salva, pero también quiere asociarnos a la tarea de la salvación de la humanidad, quiere que seamos co-rredentores con Él, y para asociarnos a su Cruz, es que Jesús nos dice en el Evangelio: “El que quiera seguirme, que cargue su Cruz y me siga”.
Éste es el sentido de las oraciones, las penitencias, los ayunos y las mortificaciones, que nos pide la Virgen en sus apariciones: unirnos, por todos estos medios, a Jesús en la Cruz, para salvar a nuestros hermanos de la eterna condenación, para que sean llevados al cielo. Cuando hacemos todo esto, somos co-rredentores, es decir, salvamos a la humanidad, junto a Jesús crucificado y junto a la Virgen, que está al pie de la Cruz.

        

sábado, 20 de octubre de 2012

Como María fue Inmaculada para recibir el cuerpo de su Hijo, así el alma por la gracia debe recibir, inmaculada, el cuerpo de Jesús



            Cuando María se apareció a Bernardita Soubirous en Lourdes, le dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. ¿Cuál es el alcance de estas palabras? ¿Qué significado encierran estas palabras? María le dice a Bernardita que Ella es la Mujer que ha sido concebida de manera inmaculada, es decir, sin mácula, sin mancha. Ya con esto, sería la primera mujer y la primera criatura, desde Adán y Eva, en nacer sin las tinieblas espirituales que envuelven al alma apartándola de la luz de Dios y que es el pecado. María es la Mujer concebida sin pecado original y eso es la Inmaculada Concepción. Pero no es tanto la concepción sin pecado lo que hace de María Inmaculada; es Inmaculada porque no tiene pecado original, pero lo que hace de María, de su ser y de su alma, la poseedora de una pureza sobrehumana, es la Presencia y la inhabitación del Espíritu de Dios en Ella, desde el momento de su concepción. La Presencia del Espíritu de Dios en la raíz de su ser llena a María del Espíritu mismo en Persona; María es inhabitada por la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo y es esta inhabitación desde su Concepción lo que hace propiamente a María Inmaculada. El hecho de ser concebida sin pecado es para que el Espíritu de Dios habite en Ella, en su ser y en sus facultades, en su alma y en su cuerpo. Así María es la criatura que más alta santidad posee luego del mismísimo Dios: solo su Hijo Jesús, que es Dios en Persona, puede decirse que la supera en santidad y en pureza. La pureza de María no consiste solo en que no tuvo concupiscencia, sino en que el Espíritu de Dios habitó en Ella desde su Concepción y habitó en Ella para que Ella fuera el Sagrario Viviente que albergara al Pan de Vida eterna, su Hijo Jesús. María es la Inmaculada Concepción, la Llena del Espíritu Santo, para inmolarse como Tabernáculo Vivo y Santo que alberga al Dios Tres veces santo, Jesucristo.
Pero Dios no se detiene con sus prodigios y el prodigio obrado en María continúa en el signo de los tiempos: así como María es Inmaculada para recibir al Pan de Vida eterna, Jesucristo, así el alma se vuelve inmaculada como María cuando está en gracia y está en gracia para recibir al Pan de Vida eterna, Jesús Eucaristía. El recuerdo de la Inmaculada Concepción no debe ser solo un objeto de devoción; no debe quedarse solo en la piedad, so pena de caer en el ritualismo formal y en la devoción vacía, sin espíritu, que termina transformándose en hábito cultural. La devoción a María Inmaculada debe servirnos de estímulo para imitar a María en su pureza, en su vida en gracia, para recibir a su Hijo, Jesús Eucaristía. Como María fue Inmaculada para recibir el cuerpo de su Hijo, así el alma por la gracia debe recibir, inmaculada, el cuerpo de Jesús.

jueves, 11 de octubre de 2012

Nuestra Señora del Pilar y la fe en Jesús



         La Virgen María, antes de ser Asunta a los cielos, fue trasladada por los ángeles hasta Zaragoza, España, hacia el lugar en donde se encontraba predicando el Apóstol Santiago, como respuesta a su súplica y para darle ánimo, ya que el Apóstol se encontraba abatido debido a la dureza de corazón de los habitantes del lugar. Luego de dejarle el pilar, la Virgen María le pidió a Santiago que se edificara en ese lugar una capilla, en donde su Hijo Jesús “fuera adorado por todos los siglos”, diciéndole además que le prometía “milagros admirables sobre todos los que imploren, en sus necesidades, mi auxilio. Este pilar quedará aquí hasta el fin de los tiempos, para que nunca le falten adoradores a Jesucristo”.
         Se trató por lo tanto de una traslación, y no de una aparición propiamente dicha, y el objetivo de la Virgen fue, además de alentar a Santiago, para que no decaiga en la misión de evangelizar a los pueblos paganos, dejarle el pilar, como símbolo de la fe en Jesucristo, que no habría de ceder hasta el fin de los tiempos.
Es decir, la Virgen no solo da consuelo maternal a Santiago, confortándolo con su presencia, sino que le garantiza que si de momento las oscuras fuerzas del paganismo parecían triunfar, ese triunfo sería solo momentáneo, puesto que la fe en Cristo Jesús haría desaparecer el paganismo en esos lugares, hasta el fin de los tiempos. No solo asegura la desaparición del paganismo, sino que anticipa que la fe en Jesús brillará desde ese momento, hasta el final.
Hoy, en nuestros días, vivimos un neo-paganismo incomparablemente más peligroso que en los tiempos del Apóstol Santiago, desde el momento en que la secta de la Nueva Era o Conspiración de Acuario no solo ha logrado desplazar a Dios de la mente y de los corazones de los hombres, sino que ha conseguido instalar al mal en lugar del bien, en prácticamente todas las manifestaciones culturales del hombre.
Pero si es cierto que los tiempos son todavía más oscuros que los del Apóstol Santiago, es cierto también que somos destinatarios de las promesas de la Virgen: quien acuda a Ella en busca de auxilio, recibirá gracias admirables, la primera de todas, la perseverancia final por medio de la fe, firme e inamovible como el pilar, en Jesús, el Hombre-Dios.

martes, 25 de septiembre de 2012

¿Por qué la Virgen nos pide rezar el Rosario?



         En las apariciones de la Virgen en San Nicolás, y en prácticamente todas sus apariciones a lo largo del mundo, hay un pedido que se repite con insistencia: la Virgen nos pide que recemos el Rosario. ¿Por qué?
         Por muchos motivos, y uno de estos motivos, es que por el Rosario, se establece un maravilloso intercambio de dones entre nosotros y la Madre de Dios: de parte nuestra, le damos a la Virgen un verdadero ramo de rosas espirituales, con cada rezo del Avemaría, los Padrenuestros y los Glorias; con esas rosas, van también nuestra confianza en Ella y en Jesús, nuestra esperanza en el don de la gracia y de la vida eterna, nuestro deseo de amar al prójimo como Jesús nos pide.
La Virgen, por su parte, a cambio de esas pequeñas rosas espirituales que le damos en el Rosario, nos hace regalos verdaderamente inimaginables: primero, va vaciando nuestro corazón, de a poco, de todo amor a las cosas del mundo, y a medida que lo vacía de estos amores mundanos, lo va llenando del Amor a Dios, trasvasándolo desde su Corazón Inmaculado, al nuestro; otra cosa que hace la Virgen, cuando rezamos el Rosario, es iluminar nuestra alma y nuestra mente con la luz de la Sabiduría divina, y con esa luz va haciendo cada vez más pequeñas las tinieblas en las que estamos envueltos, permitiéndonos de esa manera, poder ver las cosas y las creaturas como las ve su Hijo Jesús, desde la Cruz; iluminados de esta manera, podemos ver la vida con una nueva luz, la luz de Dios, y es así que entendemos lo que quiere decir: “Amar a los enemigos”, “Cargar la Cruz y seguir a Cristo”, “Ser mansos y humildes de corazón”, “El cuerpo es templo del Espíritu Santo”, y muchas otras cosas más, que sin la ayuda de la luz divina, no las podemos ver ni entender, y mucho menos, vivir.
Otra cosa que hace la Virgen, cuando rezamos el Rosario, es ir esculpiendo y modelando, en lo más profundo del corazón, una imagen viva de su Hijo Jesús, de modo que quien reza el Rosario con fe, con devoción, con piedad, obtiene de regalo, en un tiempo sólo conocido por Dios y por María, ser transformado él mismo en una imagen viviente de Jesús, que vive y obra con sus mismas virtudes, siendo un reflejo de su amor misericordioso.
Todo esto lo hace la Virgen para que, al final de nuestros días, cuando vayamos a presentarnos al juicio particular, Dios Padre vea en nosotros una copia fiel de Dios Hijo encarnado, y así, tomándonos por Él, no aplique sobre nosotros la Justicia, sino la Misericordia.
Por todo esto, la Virgen nos pide que recemos el Rosario.
         

jueves, 20 de septiembre de 2012

Nuestra Señora de la Merced




 Oración a Nuestra Señora de la Merced
Nuestra Señora de la Merced,
Virgen Generala,
Tú que concediste
al General Belgrano
la gracia de crear la Bandera Argentina
como acto de devoción mariana,
concédenos la gracia
de ofrendarte
el bastón de mando de nuestra alma,
para que triunfe en nosotros
Cristo Rey
en la batalla contra el demonio,
el mundo y la carne;
Nuestra Señora de la Merced,
Redentora de cautivos,
Concédenos la verdadera libertad,
Tu Hijo Jesús,
Camino, Verdad y Vida. Amén.
Descripción de la imagen
Para apreciar la imagen de Nuestra Señora de la Merced –o de las Mercedes, o Virgen de la Misericordia-, hay que recordar brevemente los orígenes de la Orden Mercedaria: el 1 de agosto de 1218, la Virgen se le apareció a San Pedro Nolasco, pidiéndole que fundara una congregación religiosa cuyo objetivo sería rescatar a miles de cristianos que se encontraban prisioneros de los piratas sarracenos.
Acatando el pedido de la Virgen, San Pedro Nolasco fundó la Real y Militar Orden de la Merced.
La imagen de Nuestra Señora de la Merced –Patrona de Tucumán-, está revestida con el hábito mercedario: túnica, escapulario y capa, todo en color blanco, y lleva el escudo mercedario en el pecho. Además del escapulario en el pecho, lleva otro pequeño en la mano, que lo ofrece a quien se acerca a venerarla.
Su cabeza ciñe una corona de reina, y en su mano derecha lleva un cetro, que en el caso de la imagen que se encuentra en la Basílica de Tucumán, tiene una historia particular: es el bastón de mando del General Belgrano –de marfil con puntera de oro- concedido por él en ocasión del triunfo de la Batalla de Tucumán, llevada a cabo el día 24 de septiembre de 1812, siendo proclamada luego oficialmente Generala del Ejército Argentino por el mismo General Belgrano, el 27 de octubre de 1812.
La imagen, de características colonial y española, data desde la época misma del establecimiento de los padres mercedarios en Tucumán, hacia 1586; es una imagen de vestir, que consta solamente de cabeza y manos, ya que el resto consiste en piezas de sostén de aquellas y de las vestimentas.
Es de tamaño pequeño en sí misma (0.53 x 0.30), aunque el hecho de estar asentada en un trípode, le otorga una altura total de 1, 45 mts.
El rostro, trabajado con una técnica que asemeja la porcelana, refleja firmeza; su mirada, serena, transmite paz a quien la contempla. Sobre su cabeza asienta una corona realizada en plata peruana, con 12 estrellas del mismo metal, indicando su condición de ser la “Mujer revestida de sol, con la luna a los pies y doce estrellas en su cabeza”, de la cual habla el Apocalipsis.

Significado espiritual
La Virgen de la Merced nos da más de lo que pedimos
            Para poder superar la difícil prueba a la cual se enfrentaba, el General Belgrano acudió a medios humanos: habla con la población civil, organiza la resistencia, da instrucciones acerca de cómo comportarse en caso de invasión del enemigo, organiza la retaguardia que tiene que asistir a los que van a combatir en el frente.
            Acude también a su ejército: habla con los capitanes de los soldados y con los jefes de los gauchos, les da instrucciones y los prepara para la batalla.
            Belgrano recurre a todos los medios humanos de que dispone.
            Pero también recurre a un medio sobrenatural, es decir, pide ayuda a Alguien que está más allá de la naturaleza. El General Belgrano pide la ayuda de la Madre de Dios.
            Acude a la Virgen de la Merced, pidiéndole su protección.
            Y la Virgen le da más de lo que Belgrano le pide: Belgrano le pide protección, y Ella le concede la victoria.
            También nosotros, como el General Belgrano, acudimos a la Virgen de la Merced en nuestras necesidades, y le pedimos protección y ayuda. Y también como al General Belgrano, la Virgen de la Merced nos concede lo que le pedimos –su protección y su ayuda maternal- y, como a Belgrano, nos da más de lo que le pedimos.
Quien acude a María, no queda nunca con las manos vacías, no queda nunca defraudado. Nos da siempre infinitamente más de lo que pedimos, nos da algo que es infinitamente más grande que ganar una batalla, como en el caso del General Belgrano; nos da algo infinitamente más grande que protegernos y ayudarnos en los problemas que se presentan en la vida: nos da a a su mismo Hijo Jesucristo en la Eucaristía.
Nosotros pedimos protección, y María nos da mucho más que protección y ayuda: nos da a su Hijo Jesús. Quien se acerca a María, recibe a su Hijo, Jesús Eucaristía.

La Virgen de la Merced y nosotros
Además de ser Redentora de cautivos, la Virgen de la Merced es, por causa del General Manuel Belgrano, Generala del Ejército Argentino.
            Antes de la Batalla de Tucumán, una de las batallas claves para la Independencia de Argentina, Belgrano, como era muy devoto de la Virgen, decidió confiarle el bastón de mando a la Virgen, nombrándola Generala del Ejército. Al darle el bastón de mando, el General Belgrano ponía en manos de la Virgen no sólo el resultado de la batalla, sino también su propia vida y la vida de todos sus soldados, además de poner en manos de la Virgen el destino de la Patria.
            Luego, en la batalla, se comprobó la presencia y la ayuda maternal de la Virgen, porque se dieron fenómenos extraños, como por ejemplo, la aparición de una enorme manga de langostas que invadió el campo de batalla y eso ocasionó, por un lado, que los patriotas pudieran ganar la batalla, y por otro, que hubieran muy pocos muertos y heridos. El triunfo de los patriotas fue atribuido por Belgrano a la Virgen, y es así que se pudo ganar la Batalla de Tucumán.
            Nosotros no tenemos un bastón de mando de un ejército para confiarle a la Virgen, como lo hizo Manuel Belgrano, pero si tenemos algo para ofrecerle a la Virgen, y es la custodia de toda nuestra vida.
            Imitando entonces al General Belgrano, que le confió a la Virgen no sólo el bastón de mando, sino la propia vida, podemos ofrendarle a la Virgen lo que tenemos, nuestra vida, y eso lo podemos hacer en la misa, ya que en la misa, se aparece Jesús, invisible, en la cruz, y la Virgen de la Merced al pie de la cruz.

La Virgen de la Merced, Redentora del alma
            ¿Por qué la Virgen de la Merced se llama Virgen de la Merced? ¿Cómo se originó la devoción a María como Virgen de la Merced?
            La devoción nació así: los musulmanes habían invadido Tierra Santa, estaban en guerra contra los cristianos, y cuando encontraban un cristiano, lo hacían prisionero y lo transformaban en un esclavo, y lo obligaban a trabajar como esclavo. Entonces, un grupo de sacerdotes, devotos de la Virgen de la Merced, los mercedarios, tuvieron la idea de entregarse ellos a cambio de los cautivos: ellos se entregaban a los musulmanes, y los musulmanes devolvían a los esclavos. Daban sus vidas a cambio a los esclavos, y los hacían libres.
            Hoy en día, al menos en nuestro país, no hay musulmanes que hagan esclavos a los cristianos. Pero nuestra alma sí puede estar esclavizada, no por musulmanes, sino por otros enemigos, invisibles y más poderosos: las pasiones desordenadas, el pecado, los poderes del infierno.
            Y aquí sí la Madre de Dios, la Virgen de la Merced, puede liberarnos con su poder maternal y con la gracia de Dios. La Virgen María nos concede la gracia de Dios, la vida de Dios en el alma; nos hace ser hijos de Dios, y los hijos son como el Padre: si Dios Padre es libre, también los hijos de Dios son libres[1]. María de la Merced nos da la libertad de los hijos de Dios, que no significa únicamente no hacer o no elegir el mal. La libertad de los hijos de Dios consiste en querer sólo el bien[2], como Dios: Dios quiere sólo el bien, no puede nunca querer el mal, entonces, sus hijos, como son libres como Él, sólo quieren el bien. María no sólo nos libera de nuestras pasiones desordenadas, del influjo del demonio y de las tentaciones del mundo: nos concede la libertad más alta y verdadera, la libertad de los hijos de Dios. Los hijos de Dios son libres para conocer y amar cada vez más a Dios Uno y Trino.
            La Virgen de la Merced, dándonos la gracia de su Hijo Jesucristo, es para nosotros la redentora de nuestras almas cautivas, de nuestros corazones prisioneros por el pecado, el mundo y el demonio. La Virgen es redentora del alma cautiva porque nos regala la Eucaristía, que es su Hijo Jesús, y en la Eucaristía nos unimos con su Hijo Jesucristo, y así somos libres con la libertad misma de Cristo Dios[3].

La Virgen, Generala de nuestras almas
            El hecho histórico que da origen a la devoción de la Madre de Dios como Generala del Ejército Argentino es la entrega por parte de Belgrano de su bastón de mando. Anteriormente, Belgrano se había consagrado a la Virgen, depositando en Ella toda su confianza para los difíciles momentos que debían sobrevenir. Con su gesto –su consagración confiada y la entrega del bastón de mando-, el General Belgrano, uno de nuestros próceres más católicos, quería significar que entregaba a la Virgen María el destino no sólo de una batalla o de una guerra, sino el de su persona y el de toda una nación.
            Como todas las cosas buenas, la acción de Belgrano es algo digno de imitar, y en este caso, doblemente, por ser él quien es, un prócer, y por la manifestación de su amor hacia la Virgen. Y además debemos dar gracias a Dios que en el origen de nuestra Patria haya suscitado con su Espíritu almas llenas de amor a Él y a la Virgen.
            No tenemos, como Belgrano, el bastón de mando de un ejército para confiárselo a la Virgen, pero sí tenemos otro bastón de mando, y es el bastón de mando del corazón, de la voluntad, del alma y de toda la vida. Y esto sí se lo podemos entregar a la Virgen, a imitación de Belgrano. Así como el General Belgrano dio a la Madre de Dios el poder no sólo sobre su Ejército sino sobre su propia vida, así como el General Belgrano se confió a Ella a su dirección y protección maternal y sobrenatural, así también nosotros debemos entregar a María Santísima, la Madre de Dios, la Virgen de la Merced, el bastón de mando de nuestras almas, de nuestros corazones, y de nuestras vidas, para que bajo su guía y protección, lleguemos a la victoria final, la vida eterna, la contemplación cara a cara de Dios Uno y Trino.
            Si entregamos a María todo nuestro ser, si le confiamos a Ella la conducción de la batalla que se libra todos los días en nuestras almas, entre Cristo y el demonio, por la salvación o la condenación de nuestras almas, no tendremos dudas de que vamos a salir victoriosos en la lucha final.
            Nuestra alma, el alma de cada bautizado, es como un nuevo Campo de las Carreras, pero lo que se juega ahí no es una batalla temporal y humana, sino una batalla sobrenatural y eterna, y la victoria final no es un triunfo terreno, sino la vida eterna en compañía de Cristo y de la Virgen.
            Y como para que estemos seguros de la victoria final, la Virgen nos entrega, ya en esta vida, un anticipo del triunfo final, el Cuerpo glorioso de su Hijo, Cristo Eucaristía.
            Nosotros le damos el bastón de mando de nuestro corazón, la Virgen nos da el Corazón de su Hijo en la Eucaristía, como prenda de la Victoria final.

La Virgen María, San Martín y Belgrano
            San Martín y Belgrano tuvieron gestos idénticos en relación a la Virgen María, la Madre de Dios: los dos, en situaciones difíciles, confiaron el destino propio y el de la Nación a la Virgen María, obteniendo la intercesión de María en ambos casos.
San Martín nombró a la Virgen, en su advocación de Nuestra Señora del Carmen, como Generala del Ejército de los Andes, y pudo cumplir la gesta del cruce de la cordillera y la liberación de Chile, con lo cual consolidó toda la región de Cuyo para las Provincias Unidas del Río de la Plata; Belgrano, por su parte, nombró Generala del Ejército a la Virgen de la Merced, y pudo vencer en la Batalla de Tucumán, ganando para las Provincias Unidas todo el Norte argentino.
La acción del General San Martín, de nombrar a la Virgen del Carmen como Generala del Ejército de los Andes, es idéntica a la decisión del General Manuel Belgrano de nombrar a la Virgen de la Merced como Generala del Ejército.
            En ambas decisiones, la Virgen es nombrada Generala del Ejército, y en ambas ocasiones, las batallas son favorables a los patriotas.
            Nosotros podemos imitar a estos grandes próceres, y encomendar nuestro destino y el destino de nuestra Patria a la Virgen María.
            Podríamos hacerlo encomendándonos a la Virgen del Carmen o a la Virgen de la Merced, advocaciones de María a las cuales se confiaron nuestros próceres. Pero también podríamos hacerlo empleando otro método, y es el de considerar cuál es el nombre de la capital de nuestra Patria: Santa María de los Buenos Aires y Puerto de la Santísima Trinidad.
            Así como San Martín y Belgrano confiaron sus destinos a la Virgen y la Virgen los llevó, por los Buenos Aires de Dios, al Bueno puerto, así nosotros nos podemos encomendar a Santa María de los Buenos Aires, para que nos lleve al Puerto de la Santísima Trinidad, la vida eterna.

La misión de la Virgen de la Merced
            La imagen de la Virgen de la Merced fue traída a nuestro país por los mercedarios, y si bien no cumplía su misión original –liberar prisioneros mediante el canje de misioneros voluntarios-, sí continuó en cambio ejerciendo su función protectora, libertadora y maternal.
            Fue la Virgen de la Merced la que consolidó e hizo posible la Independencia del país, cuando intervino milagrosamente en la Batalla de Tucumán, provocando el triunfo de las fuerzas patriotas sobre los realistas. En muestra de agradecimiento, el General Manuel Belgrano la nombró Generala del Ejército Argentino, depositando en sus manos el Bastón de mando de las tropas del Ejército del Norte.
            En nuestras tierras, la Virgen de la Merced continuó y continúa ejerciendo su poder maternal protector, aunque de manera distinta al pasado.
            Hoy en día, no se libran batallas entre ejércitos, al estilo del que se libró en Campo de las Carreras, y en el que intervino milagrosamente la Virgen de la Merced, ni tampoco está en juego –al menos por las armas- la Independencia del país.
            Hoy se libran otras batallas, de tipo espiritual, invisibles, más sutiles, en otros campos de batalla, los corazones humanos, y los ejércitos que se disponen en formación de combate se disponen sobre el corazón humano y buscan conquistarlo a éste como a su tesoro más preciado.
Estos ejércitos, formados en formación de batalla en el corazón humano son, de un lado, el ejército de Jesucristo, por un lado, venido del cielo, con las banderas del Cordero de Dios y de la Madre de Dios, celeste y blanca, agitados por el buen aire del soplo del Espíritu, y el ejército de Satanás, envuelto en llamas, tinieblas y humo, surgido del infierno, con la negra bandera de la muerte del espíritu, inficionando todo con su pestilente olor a muerte espiritual, del otro.
¿Cuál de los dos ejércitos triunfará en los corazones humanos? Hoy el infierno ha desencadenado el más feroz y despiadado ataque sobre el ejército de Jesús y de María, la Iglesia Católica y, a juzgar por los datos y estadísticas, que hablan de apostasías masivas y deserciones en masa, de frialdad e indiferencia para con la Presencia sacramental del Cordero en el Tabernáculo y en la Santa Misa, parece este ejército infernal estar ganando la batalla final.
Pero vienen a la mente las palabras de Jesús dichas a Pedro: “Las puertas –el poder- del infierno no prevalecerán contra mi Iglesia”[4].
A la Virgen de la Merced, la Madre de Dios, le pedimos no sólo el poder triunfar sobre las fuerzas del mal, y no sólo que nuestro corazón se vea libre del mal, sino, ante todo, luchar el buen combate por la salvación de las almas bajo la bandera de Jesucristo, el Cordero de Dios, y bajo la Bandera celeste y blanca de María de las Mercedes, la Madre de Dios y de los argentinos.