María es Madre de la Iglesia por dos motivos: porque es
Madre de Cristo Dios, que es Cabeza de la Iglesia y como toda madre, si es Madre
de la Cabeza que es Cristo, es Madre también del Cuerpo y el Cuerpo Místico de
Cristo somos todos los bautizados; es Madre de la Iglesia en segundo lugar
porque el mismo Cristo Dios en Persona le encomendó la maternidad de todos los
hombres que, por la gracia de Dios, habrían entrado a formar parte de la Iglesia,
Cuerpo Místico de Jesús, por medio del Bautismo. Entonces, la Virgen es Madre
de Dios, al dar a luz a la Persona del Hijo de Dios, Cristo Jesús, y es Madre
de los hijos de Dios, al aceptar la maternidad divina al pie de la Cruz.
En consecuencia,
si somos bautizados, somos hijos de Dios y somos hijos de la Virgen,
engendrados en el seno del Padre por la gracia y engendrados en el Corazón
Inmaculado de María, por el Amor del Espíritu Santo. Y si somos hijos de Dios,
hijos de la Virgen e hijos de la Iglesia, debemos comportarnos como lo que
somos: hijos de la luz e hijos de la gracia; no podemos comportarnos como hijos
de la oscuridad y de las tinieblas, porque esto sería una contradicción en sí
misma. Si somos hijos de la Virgen es porque somos hijos de Dios y de su Luz
Eterna y que nos comportemos como tales, es lo que el mundo espera de nosotros,
los católicos.
Al conmemorar entonces a María como Madre de la Iglesia,
recordemos que nosotros somos los hijos de esta Madre Purísima y hagamos el propósito
de vivir de modo tal que corresponda a nuestra dignidad de hijos de la gracia.
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