sábado, 26 de febrero de 2011

Oremos con el icono de la Madre de Dios De la Fragancia


Cuenta la historia del icono de la Madre de Dios de la fragancia, que un día, mientras se llevaba a cabo un servicio litúrgico en una iglesia rusa, en el año 1387, la imagen comenzó a exudar un elemento aceitoso que resultó ser mirra, la cual es una sustancia rojiza aromática utilizada para la confección de aceites perfumados. Con el correr del tiempo, innumerables enfermos fueron curados por medio de la mirra exudada por el icono.

¿Cómo podemos rezar con este icono? A través de una interpretación del significado de la mirra milagrosa. La mirra es un aceite perfumado muy costoso que se obtiene por la incisión en la corteza de un arbusto, la cual, al secarse, se torna de color rojizo, para adoptar luego la forma de un grano. La mirra fue uno de los presentes que los Reyes Magos hicieron al Niño Dios cuando fueron a adorarlo al enterarse de su nacimiento: “Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11). Al visitar a Jesús recién nacido, los Reyes Magos le ofrecen, además de incienso y oro, mirra, como señal de reconocimiento de que El no era un niño como cualquier otro, sino que era el Niño Dios, es decir, Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios.

Podemos aprender de los Reyes Magos. A Nosotros, con toda probabilidad, no nos será posible elaborar mirra, pero sí podemos llevar a Jesús un pequeño regalo: podemos llevar nuestro pobre corazón, humillado y contrito, perfumado con el aroma exquisito de la gracia. Cada vez que participamos de la misa es como si asistiéramos al Nacimiento de Jesús en Belén, Casa de Pan: en la iglesia, Jesús se nos manifiesta como Pan de Vida eterna, y es a El a quien debemos adorar.

Este es el significado de la mirra, pero como ésta es un aceite perfumado, el perfume tiene también un significado: su fragancia representa y simboliza la fragancia del Espíritu Santo: el Espíritu de Dios es llamado “suave perfume”, al ser la flor y la fragancia de la santidad del Padre y del Hijo. La humanidad santísima de Jesús es ungida con la santidad del Espíritu, con el suave perfume y la fragancia del Espíritu Santo, al encarnarse el Hijo de Dios en el seno virgen de María y al asumir una naturaleza humana. Esto es lo que queremos decir cuando decimos que Cristo es ungido con el perfume del Espíritu Santo en la Encarnación, y, como según los Padres de la Iglesia la santidad es la efusión y comunicación del Espíritu Santo a la criatura, podemos decir también que cada alma es ungida con el mismo perfume del Espíritu en el Bautismo sacramental.

Hay otro elemento más en el icono con el cual podemos también meditar y orar, y es la curación a través de la mirra milagrosa: esta simboliza la curación del alma por la acción de la gracia de Jesucristo, que llega a través de los sacramentos de la Iglesia Católica, entre ellos, principalmente la Eucaristía y la Confesión sacramental.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Oremos con el icono de la Madre de Dios Kozelschina


Este ícono pertenecía a una familia noble rusa, los condes Kapnist. Según cuenta la historia, éste fue protagonista de un milagro en 1880, en el pueblo de Kozelschina, y es por eso que toma luego el nombre de ese lugar.

Sucedió que la hija de una condesa comenzó súbitamente a experimentar problemas de salud, más concretamente, la dislocación de una articulación de la cadera. Comenzó un tratamiento con los médicos, pero no sólo no le pudieron mejorar su cuadro, sino que empeoró, ya que sin ninguna razón médica que lo explicase, sufrió también la dislocación de la otra cadera. Le recomendaron un tratamiento con aguas termales, pero no hubo ninguna mejoría. Como si fuera poco, con el tiempo, empezó a sufrir la dislocación de otras articulaciones, como las de los hombros, las de las manos, e incluso hasta las de la columna vertebral. Todo este cuadro se acompañaba de terribles dolores.

Llegando ya al borde de la desesperación, la niña preguntó a su madre qué hacer, y su madre le dijo que le rezara al ícono. Siguiendo las indicaciones de su madre, la niña dirigió al ícono de la Madre de Dios una ferviente oración. Apenas realizada la oración, sintió inmediatamente un gran alivio en sus dolores, además de recuperarse milagrosamente de todas las lesiones articulares.

¿Qué podemos ver en este milagro? ¿Qué quieren decir estas lesiones? ¿Por qué la niña queda tullida tan repentinamente? Para poder responder a estas preguntas, y para poder hacer oración con el ícono, podemos recurrir a una Doctora de la Iglesia, Santa Teresa de Ávila, en cuyos escritos podemos encontrar una pista para entender qué es lo que significan las extrañas lesiones de la niña. Dice esta santa en Las moradas del castillo interior, que quien “no hace oración es como un tullido” (cfr. 1, 5); en contraposición, podemos decir que quien hace oración, es como alguien que está en plena salud y forma física.

Es decir, el que no reza, según Santa Teresa, es como alguien que tiene tullido el cuerpo, pero hay una diferencia: quien está tullido en el cuerpo, debe sufrir lo que le ocurre, porque lo que le ocurre es involuntario, mientras que el tullido del alma, lo está por propia decisión, porque por propia decisión decidió no rezar. Quien está enfermo del cuerpo no puede curarse; en cambio, quien está enfermo del alma, porque no reza, si recibe la gracia, reza y se cura.

Es esto último lo que sucedió en este caso: la enfermedad del cuerpo condujo a la cura del alma porque, movida por la gracia, la niña pudo hacer una ferviente oración a la Madre de Dios y a su Hijo, y por eso recibió la gracia de la curación.

¿Qué es lo que vemos en este milagro del ícono? Vemos a la Virgen como Omnipotencia Suplicante, y como Medianera de todas las gracias; además, podemos ver cómo la Virgen concede la gracia de una oración ferviente, tan ferviente, que logra la curación de la enfermedad: hasta antes de la indicación de la madre de la niña, la niña, con toda seguridad, no oraba como debía, pero luego de la indicación de su madre, ora con fervor, con intensidad y con piedad, y la Virgen le concede la sanación.

Hay otra cosa que podemos ver en la curación milagrosa de la niña a través del ícono, por obra de la gracia de Jesucristo, y es ver que este milagro es muy parecido al milagro que hace Jesús en el Evangelio, cuando cura al paralítico: en ese episodio, Jesús cura doblemente al paralítico: en su cuerpo, porque sana su parálisis, y en su alma, porque le perdona los pecados. En la curación milagrosa de la niña a través del icono podemos ver también la acción de la gracia, que cura el cuerpo y cura también el alma, porque le concede el don de la oración y el de la curación: si la niña estaba tullida y no rezaba, la Madre de Dios le concede la gracia de la oración y, con la oración, el don de la curación corporal.

Sin embargo, puede suceder que no sea nuestro caso, es decir, si poseemos una enfermedad corporal, lo más probable es que continuemos con ella, pero aún así bastará con haber recibido el don de la oración, para estar sanos y fuertes en el espíritu por la acción de la gracia de Jesucristo.

martes, 8 de febrero de 2011

Oremos con el icono de la Madre de Dios "Nuestra Señora de Kazan"


Historia del icono

En el año 1579, se incendió la casa de un soldado durante un incendio en la ciudad de Kazán. Cuando decidió construir una nueva casa en el mismo lugar de la anterior, la Madre de Dios se apareció en sueños a su pequeña hija de nueve años, llamada Matrona, y le dijo que Su ícono yacía escondido en el fondo del lugar de la casa destruida por el fuego, y la mandó a que le anunciara al arzobispo y a las autoridades locales. Sin embargo, ni el arzobispo ni las autoridades hicieron caso de las advertencias de la Madre de Dios. Entonces la Madre de Dios se apareció una vez más a Matrona. Esta vez la niña vio rayos de fuego que irradiaban de la Virgen, y escuchó una voz de trueno, la cual decía que debía volver a las autoridades y al arzobispo para advertirles acerca del ícono, y aunque fue la madre de Matrona a hablar, tampoco le hicieron caso. Habiendo regresado a la casa, comenzó a excavar en el lugar indicado, pero sin resultado. Solo cuando su hija tomó la pala fue que encontraron la sagrada imagen, sacándola de la tierra. Envuelta en un trapo rojo, se veía muy brillante, y no tenía ni rastros de haber sido dañada. Tan pronto como se difundieron las noticias acerca de la milagrosa aparición por la ciudad, el arzobispo Ieremia, acompañado por las autoridades civiles, llegó al lugar, y con lágrimas en los ojos pidió perdón a la Madre de Dios. La Sagrada imagen fue luego colocada en la Catedral de la Anunciación de Kazán.

Cómo podemos rezar con este icono de la Madre de Dios

Podemos rezar con este ícono a través de su milagro, considerando las personas que intervienen, como la niña, y luego el milagro en sí. El hecho de que la Madre de Dios se aparezca a una niña, significa que, en nuestro trato de oración para con Dios, debemos tener la inocencia de un niño; es decir, debemos dirigirnos a Dios Trino como un niño se dirige a su padre. El motivo es no porque Dios Trinidad quiera que seamos infantiles, sino que la pureza y la santidad del Ser divino, en donde no hay sombra alguna de la más mínima maldad, puesto que es bondad infinita, no admite la soberbia, el orgullo y la presunción, que son muy frecuentes en los adultos. La inocencia del niño es entonces más apropiada para recibir el mensaje que viene de la pureza del Ser divino, y es por eso que la Madre de Dios se aparece a una niña, y es por eso que, en nuestra oración, en nuestro diálogo con Dios Uno y Trino, debemos ser niños: “El que no sea como niño no entrará en el Reino de los cielos” (cfr. Mt 18, 1-5. 10,12-14). A su vez, este “ser como niños”, esta inocencia del alma, no la da el esfuerzo humano; no surge del interior del hombre: la inocencia que pide Jesús viene de la Eucaristía y de la gracia santificante. Sólo por medio de la Eucaristía y de la gracia sacramental llegaremos a ser “como niños”, como pide Jesús.

Más para rezar

El otro elemento para rezar es el milagro por el cual este es descubierto: el ícono estaba oculto y enterrado, y nadie sabía que existía, hasta que interviene la Madre de Dios para avisar de su existencia. Esto mismo pasa en la realidad, con ese ícono sobrenatural que es la Santa Misa: así como la imagen de la Madre de Dios y su Hijo Jesucristo permanecían oculta, sin que nadie supiera dónde estaba, así sucede hoy con la Presencia de Cristo en la Santa Misa: nadie sabe de su Presencia sacramental. Con la Santa Misa, y con la Presencia sacramental de Cristo en la Eucaristía, pasa como con la imagen de la Madre de Dios de Kazán: está, pero nadie se anoticia de su existencia.

Descubrir la Presencia de Jesús Eucaristía

Para descubrir su Presencia sacramental en la Eucaristía, es necesario un llamado de la gracia divina, a través de la Madre de Dios, que nos ilumine en nuestra ignorancia, y nos haga ver a su Hijo Jesús en la Eucaristía, y es aquí donde interviene la otra parte del milagro: es la Virgen la que conduce a descubrir, por medio de la inocencia de la gracia, la Presencia oculta de su Hijo Jesús en la Eucaristía, así como hizo descubrir su imagen por medio de la inocencia de una niña. Guiados por la Madre de Dios hacia Jesús Eucaristía, como la niña fue guiada al ícono, veremos, con los ojos de la fe, resplandecer el invisible rostro de Cristo en el Pan del altar, del mismo modo a como resplandeció el ícono encontrado por la niña Matrona.

viernes, 4 de febrero de 2011

Oremos con el icono de la Madre de Dios Alimentando al Niño



Breve historia
El icono original fue traído por san Sabas al monasterio del Monte Athos en el año 531. En él se ve a la Madre de Dios alimentando a su pequeño hijo, y de ahí la imagen toma el nombre que la caracteriza. Podemos orar con este icono a partir de esta amorosa obra de misericordia de la Virgen para con Jesús.
Significado
La Virgen alimenta al Niño, como hace toda madre con su hijo, pero en su caso, es una prefiguración de lo que luego Dios Padre hará con nosotros: así como la Virgen alimenta a Jesús con su propia sustancia humana, así la Madre Iglesia, por providencia del Padre, nos alimentará en el sacramento de la Eucaristía con la sustancia humana divinizada y con la sustancia divina de Dios Hijo encarnado. Así como la Virgen se muestra como madre amorosa y dedicada, así el Padre y la Madre Iglesia se muestran, para con los hijos de Dios, los bautizados, como progenitores amorosos y dedicados, al alimentarlos con el Pan de los ángeles.
La Eucaristía, Pan de Vida eterna
Al consumir la Eucaristía, el Pan de Vida eterna, los hijos de la Iglesia tomamos el alimento que el Padre celestial y la Madre Iglesia nos dan. Este sacramento es Pan de Vida eterna porque en él recibimos la vida divina y eterna del Hijo de Dios, que se nos brinda en el Banquete eucarístico. Lo grandioso y maravilloso de este alimento tan particular es que, a diferencia de los otros alimentos, como por ejemplo el pan común que consumimos todos los días, que se degrada en el tubo digestivo y luego es absorbido para ser incorporado a nuestro organismo, el Pan celestial incorpora el Cuerpo de Cristo a quien lo consume.
Nos convertimos en lo que consumimos
En el icono, vemos cómo la Madre de Dios alimenta al Niño con su propia leche materna; en el alimento que Dios Padre nos da a través de su Iglesia —la Eucaristía—, recibimos algo infinitamente más grande que esto, pues recibimos la Sangre de Cristo, que fue exprimida como en una prensa en la Pasión, y recibimos, además, con su sustancia humana divinizada, toda su sustancia divina, la que El posee como Dios Hijo. No hay comparación alguna entre los alimentos terrestres, aunque estos fueran los más ricos y sustanciosos, con el alimento que es el Pan del altar.
En la Eucaristía recibimos la Sangre de Cristo y su Cuerpo glorioso, divinizado y resucitado, es decir, lo mejor de su sustancia corporal, pero recibimos también su Alma, llena de gracia y santidad, con más gracia y santidad que todos los ángeles y santos juntos, porque es el Alma de Dios Hijo encarnado. Todo esto, sin contar que en el Pan del altar recibimos la divinidad de Jesucristo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.
La Eucaristía, alimento de santidad
Si en el icono vemos cómo la Madre de Dios se preocupa por el alimento de su Hijo, para que crezca sano y fuerte, dándole de su propia substancia humana, esta escena del amor materno de la Virgen debe remontarnos al amor paterno de Dios Padre, que a través de la Madre Iglesia nos dona la sustancia humana y divina de su Hijo en la Eucaristía, para que no solo crezcamos sanos y fuertes, sino santos, puros y castos, a semejanza de la Hostia que consumimos.

jueves, 20 de enero de 2011

Una espada de dolor atravesará tu corazón


“Una espada de dolor te atravesará el corazón” (cfr. Lc 2, 35). Apenas nacido el Niño, la Virgen María, acompañada por San José, lleva al Niño para cumplir con el precepto legal, que mandaba consagrar el primogénito a Dios.

Consciente de que el Niño que lleva en sus brazos, ha sido engendrado por el Espíritu (cfr. Mt 1, 20), según el anuncio del ángel, y extasiada en la contemplación del fruto de sus entrañas, que es al mismo tiempo su Dios y su Creador, María exulta de gozo en el momento en el que ingresa en el templo de Jerusalén para consagrar a su Hijo.

Pero en la vida de la Virgen, las alegrías siempre iban acompañadas por la sombra de la cruz, y el momento de la Presentación del Niño en el Templo es uno de esos momentos. Según el Evangelio, habiendo ingresado María en el templo acompañada de San José, y con el Niño en sus brazos, se le acerca el anciano Simeón quien, lleno del Espíritu Santo, anuncia una profecía: una espada de dolor atravesará el Corazón Inmaculado de María Santísima. No podía la Virgen en ese momento saber cuándo se cumpliría la profecía de Simeón, pero como sabía que venía de Dios, “guardaba todas estas cosas en su Corazón”, a la espera de su cumplimiento.

Fue en la Pasión en donde María tuvo más presentes que nunca las palabras del anciano Simeón, porque fue ahí cuando se hicieron efectiva y dolorosa realidad. Cuando el centurión romano se acercó a Jesús, y le atravesó el Corazón para asegurarse de que ya estaba muerto, fue en ese instante, en el que el frío metal de la lanza del soldado romano atravesaba y hendía la piel y el músculo del Corazón del Salvador, que María Santísima sintió, en su propio Corazón, que una espada de dolor, como un cuchillo frío y metálico, le atravesaba de lado a lado, dejándola sin aliento, y al borde de la muerte por tanto dolor.

La Virgen no padeció físicamente la Pasión de su Hijo, pero sí experimentó todos sus dolores, tan vivamente en su alma, como los experimentaba su Hijo Jesús, y fue así como, en el mismo instante en el que el frío hierro de la lanza del soldado romano fisuraba y atravesaba el Corazón de Jesús suspendido en la cruz, en ese mismo instante, el Corazón de la Madre de los Dolores sufría un dolor idéntico, sintiendo y experimentando en Ella misma el dolor del Corazón de su Hijo.

Es entonces en la Pasión toda, y especialmente en el momento de la cruz, en el momento de ser atravesado el Corazón de Jesús, cuando la profecía de Simeón se cumple. Es también el momento de la gran misericordia para el mundo, porque el Corazón traspasado de Jesús es como un dique que, rotas sus paredes, no puede contener más el ímpetu desbordante del océano de misericordia divina, que inunda desde entonces el mundo entero. Y así como el Corazón de Jesús se abre para inundar con el Amor de Dios a toda la humanidad, así también el Corazón de la Madre se abre al amor de sus hijos adoptivos, adoptando como hijos suyos muy amados a todos los hombres al pie de la cruz.

Pero el dolor de la Virgen, y la herida de amor del Corazón traspasado de Jesús, no son cosas del pasado: puesto que Jesús es Dios eterno, su sacrificio en cruz está en Acto presente, abarcando todos los tiempos de la humanidad, y como ese sacrificio se renueva sacramentalmente en la liturgia de la Santa Misa, es allí en donde la Virgen, Presente en cuerpo y alma glorificados, experimenta aún el dolor en su Corazón, y es allí en donde el Corazón de su Hijo, traspasado en la cruz, derrama su sangre, que cae sobre la humanidad y sobre el cáliz, para perdonar a los hombres.

sábado, 1 de enero de 2011

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios


En medio del tiempo de Navidad, y al inicio de un nuevo año en el calendario civil, la Iglesia celebra la Solemnidad de Santa María Madre de Dios. Puesto que la Navidad es también el inicio de un nuevo año, desde el punto de vista litúrgico, nos preguntamos si el colocar la solemnidad de la Madre de Dios al inicio del año civil, es una coincidencia, o si hay algún otro motivo por el cual la Iglesia celebra a la Madre de Dios justo cuando los hombres dejan atrás un año y comienzan otro.

¿Hay algo que la Iglesia nos quiere decir, al colocar, al inicio del Año nuevo, la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, es decir, al unir el comienzo de un nuevo año temporal o terreno con un nuevo año religioso?

Podría ser que sea sólo una coincidencia: ambos están juntos y ambos, coincidentemente, se refieran a inicios o comienzos: comienzo de un año y de un tiempo nuevo en el calendario humano y, al mismo tiempo, comienzo de un tiempo litúrgico nuevo en la Iglesia.

Y si es una coincidencia, entonces la relación entre el “tiempo nuevo” de la sociedad civil, el año nuevo, con el “tiempo nuevo” de la Iglesia, la Solemnidad de la Madre de Dios, es un mero “comenzar juntos”, puesto que la diferencia entre uno y otro es que en uno, es el comienzo de un tiempo profano, y el otro, es el comienzo de un tiempo religioso.

Pero no se trata de un mero “comenzar juntos”, el nuevo año civil con el nuevo año religioso; no se trata de que simplemente uno y otro indican nuevos comienzos, en el plano de lo profano, y en el plano de lo religioso.

La Iglesia quiere darnos un mensaje, y un mensaje sobrenatural, celestial: nos quiere hacer ver que nuestro tiempo, desde la Encarnación del Hijo de Dios, es un tiempo que está penetrado e informado por la eternidad de Dios, al punto tal que todo el tiempo humano, toda la historia de la humanidad, y todo tiempo personal de cada persona humana, se dirige a la eternidad.

El tiempo nuevo que indica la Solemnidad de la Madre de Dios es un tiempo radicalmente distinto al tiempo nuevo del año nuevo de la sociedad civil, porque es un tiempo dominado por la eternidad divina, y como tal, informa, penetra y asume el tiempo del año nuevo civil, para conducirlo a la eternidad de Dios.

El año nuevo de la sociedad civil indica solo un sucederse lineal del tiempo, una sucesión rectilínea sin fin: es uno más entre otros. Por el contrario, el tiempo nuevo de la Iglesia, indicado en la Solemnidad de la Madre de Dios, es un tiempo que tiene una dirección vertical: está penetrado e informado por la eternidad de Dios; por el ingreso del Verbo eterno en el seno virgen de María, ingresa la eternidad en el tiempo y en la historia humanas, y a partir de ese momento, el tiempo humano cambia porque comienza a participar de la eternidad misma de Dios Trino. Comienza el tiempo humano a tener una dirección vertical: el cielo, la eternidad.

Por la encarnación del Hijo de Dios, encarnación que convierte a la Virgen María en la Madre de Dios, el tiempo humano adquiere una nueva dimensión, una nueva perspectiva: se orienta y se dirige a la eternidad. Es por eso que desde el momento en que María se convierte en Madre de Dios por la encarnación del Verbo, desde el momento en que el Verbo ingresa en el tiempo, cada segundo, cada minuto, cada hora de cada existencia humana, de toda existencia humana, aún de aquella considerada inútil para la sociedad materialista y consumista, adquiere un significado nuevo, toma una trascendencia que antes no tenía: un destino de eternidad. El instante en que María Virgen comienza a ser Madre de Dios, por la encarnación del Verbo, señala el inicio de un tiempo nuevo para la humanidad, señala el comienzo de una Nueva Era, la era y el tiempo de los hijos de Dios, llamados a vivir en el tiempo pero destinados a vivir en la eternidad de Dios al fin del tiempo.

Así como por María vino al mundo el Hijo Eterno del Padre, así los hijos adoptivos de Dios, que vivimos en el tiempo, somos conducidos a la eternidad de Dios Padre por Cristo, y quien nos lleva a Cristo es María. Esto quiere decir que María es quien guía nuestro tiempo hacia la eternidad, porque Ella guía nuestros días hacia su Hijo Jesús, que es Dios eterno.

La Virgen, como Madre de Dios, como Madre de la Palabra eterna del Padre, guía nuestro tiempo hacia la eternidad, hacia su Hijo Jesús, que es la eternidad misma, y porque guía nuestro tiempo hacia su Hijo Jesús, es que su figura y su Presencia se ubican al inicio del año civil, al inicio de un nuevo tiempo de nuestras vidas, para que su imagen maternal, y su Presencia como Madre de Dios y Madre nuestra, esté desde el inicio del nuevo tiempo, acompañando todo el año que comienza, para que todo el tiempo, toda la unidad de tiempo que es el año, así como todo el tiempo que dure nuestra vida en la tierra, estén bajo el amoroso manto protector de la Madre de Dios y Madre nuestra.

El motivo entonces por el cual María Madre de Dios está al inicio del año civil, es para que nuestro tiempo sea todo de Cristo Dios, para Cristo Dios, en Cristo Dios; Ella está al inicio del año para que proteger nuestras vidas y llevarlas a su Hijo Jesucristo.

La majestuosa Presencia de la Madre de Dios se encuentra al inicio del año civil, al inicio del nuevo tiempo que se inicia, para que sea Ella quien cubra con su manto amoroso y maternal todos los días del Año Nuevo, para que todo el Año Nuevo sea un Año vivido en Cristo, por Cristo, para Cristo.

Es por esto que la Solemnidad de María, Madre de Dios, recuerda a cada alma el momento en que el tiempo humano comenzó a participar de la eternidad de Dios Trino, pero no solo lo recuerda, sino que le actualiza el destino mismo de trascendencia eterna, al hacer Presente sobre el altar a Jesús de Nazareth, Hombre-Dios, Dios eterno en Persona.

Celebramos y festejamos el año nuevo civil, pero la celebración y el festejo no adquieren su sentido último y pleno si no tenemos en cuenta el Año Nuevo, el Tiempo Nuevo, la Nueva Era que nos indica la Solemnidad de la Madre de Dios: nuestro tiempo humano tiene destino de eternidad: desemboca en la eternidad por la encarnación del Verbo y de ahí que cada acto nuestro libre y toda nuestra existencia personal, adquiera dimensiones de eternidad.

Al comienzo del año civil, se suelen pedir por cosas buenas pero pasajeras; como hijos de Dios, debemos elevar nuestras miradas a Dios crucificado y pedir a la Madre de Dios algo mucho más importante que la salud, el trabajo, o la armonía social: debemos pedir que nuestros actos y toda nuestra existencia, se orienten a la feliz eternidad de Dios Trino, obrando la misericordia.

Y la Madre de Dios, como anticipándose a nuestro pedido de una feliz eternidad, nos concede, en anticipo, a la feliz eternidad en Persona: su Hijo Jesús en la Eucaristía.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Oremos con el icono de la Natividad del Señor


Podemos orar con el icono, considerando sus principales elementos:

La estrella, ubicada en el extremo superior del icono, representa el fenómeno celeste registrado en el momento del Nacimiento: Dios Padre, Creador del universo, señala, por medio de una estrella, la Primera Venida de su Hijo al mundo. Pero la estrella es también un signo sobrenatural, ya que simboliza a la Madre de Dios, uno de cuyos nombres es, precisamente, “Estrella de la mañana”. Así como la estrella de la mañana anuncia que, al mismo tiempo que la noche es profunda, ya está por llegar el nuevo día, porque está por salir el sol, así la Virgen María, con su persona, y con su condición de ser la Inmaculada y la Llena de gracia, es la señal de los cielos, dada por Dios Uno y Trino –las tres líneas luminosas que surgen de la estrella simbolizan a la Trinidad-, de que está por llegar el Sol de justicia, Jesucristo, que ilumina con su luz divina y eterna las sombras de la historia y del alma humana. De María, Estrella de la mañana, nace el Sol de justicia y de luz eterna, Jesucristo, “como un rayo de sol que atraviesa un cristal”, según los Padres de la Iglesia, para iluminar a la humanidad que, por el pecado original, y por haber escuchado la voz del Tentador, vive en “sombras de muerte”: “El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido” (cfr. Is 9, 2; Mt 4, 16).

En el extremo inferior izquierdo aparece San José, dubitativo, frente a un hombre anciano, el demonio, que intenta sembrarle dudas acerca de la Concepción del Señor.

Otro elemento presente son los ángeles, cuya tarea es anunciar a los hombres, representados en los pastores, que ha nacido el Mesías, el Salvador del mundo. Los ángeles son los encargados de anunciar la Buena Nueva, la Buena Noticia, la Alegre Noticia del Nacimiento del Redentor del mundo: “Os anuncio una gran alegría: os ha nacido un salvador, que es el Cristo Señor, y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (cfr. Lc 2, 10-14). Luego de anunciar a los pastores, los ángeles glorifican y adoran al Niño de Belén, porque ese Niño es su Dios y Rey: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace” (Lc 2, 14).

Los Reyes Magos -cuyo nombre “magos” es una adaptación griega a la palabra “sabios” de Oriente-, representan a la sabiduría humana, transformada y elevada por la iluminación divina, que con su luz de gracia permite reconocer, en ese Niño recién nacido, con una piel frágil como un papel, y envuelto en pañales, y tiritando por el frío de la noche, a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. La sabiduría de los Reyes de Oriente radica no en el conocimiento humano, sino en la posesión de la Sabiduría divina, que les permite reconocer, en ese Niño, débil y frágil, al Dios Omnipotente y Tres veces Santo, y es debido a esta sabiduría, que le presentan sus dones: oro, incienso y mirra.

La cueva, oscura, fría, negra, que sirve de refugio de animales, representa el corazón humano, frío por haberse alejado del calor del amor de Dios y dominado por las pasiones, tal como se encontraba en los tiempos de la Primera Venida. Así como la cueva es iluminada por el Nacimiento del Niño de Belén, que la ilumina con una luz más intensa que mil soles juntos, así es iluminado el corazón del hombre cuando, por la gracia, nace Jesucristo, el Hombre-Dios.

Finalmente, podemos orar con la Madre de Dios y el Niño de Belén que son, obviamente, las figuras centrales: María, de quien nació el Niño en Belén, cuyo significado es “Casa de Pan”, es figura de la Iglesia, que por la liturgia eucarística, y por el poder del Espíritu Santo, concibe en su seno virginal, el altar eucarístico, al mismo Niño de Belén, que se entrega en la Eucaristía como Pan de Vida eterna.