Mostrando entradas con la etiqueta verdadera devoción. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta verdadera devoción. Mostrar todas las entradas

martes, 18 de diciembre de 2018

Entregando todo a María nada de lo bueno se pierde y toda gracia se gana



         Una de las objeciones que con frecuencia se plantean las almas buenas que se consagran a María por la Verdadera Devoción, es que, al final de sus días, cuando deban comparecer ante el Justo Juez, en el día de sus muertes, tendrán sus manos vacías de obras de misericordia y de toda clase de obras buenas porque, como sabemos, una de las condiciones esenciales de la consagración es entregar a María absolutamente todas nuestras obras buenas y de misericordia, sin pretender en absoluto que nos sean atribuidos a nosotros los méritos que de ellas se derivan. En pocas palabras, la objeción es que, si le entrego a María todo lo que tengo en obras de misericordia, en el día de mi Juicio Particular, me presentaré ante Cristo, Justo y Supremo Juez, como alguien que no ha hecho nada para ganar el Reino de los cielos.
         El Manual del Legionario[1] viene en nuestra ayuda, para superar esta duda que, en el fondo, no tiene bien asidero, cuando se considera bien en qué consiste la consagración a María.
         Ante todo, dice el Manual, no debemos ni siquiera plantearnos esta posibilidad, es decir, “querer probar que en esta consagración no hay pérdida alguna”, o sea, hacer cálculos acerca de qué es lo que “pierdo” cuando le ofrezco a la Virgen todo lo que tengo y lo que soy. Esta actitud, dice el Manual, “secaría de raíz el ofrecimiento y le robaría su carácter de sacrificio, en que su funda su principal valor”[2]. Es decir, si ofrecemos a la Virgen cuanto somos y tenemos, lo hacemos con espíritu de sacrificio y el sacrificio implica darlo todo sin esperar nada a cambio; si ofrecemos a la Virgen cuanto somos y tenemos, y al mismo tiempo estamos haciendo cálculos acerca de cuánto es lo que perdemos y ganamos, entonces eso no es un sacrificio verdadero.
         Para que nos demos una idea acerca del valor de la consagración y cómo, a pesar de darle todo a la Virgen, nunca nos quedamos con las manos vacías, el Manual del Legionario trae a la memoria el episodio de la multiplicación milagrosa de panes y peces, aunque sin detenerse en la consideración del milagro en sí, sino en las cavilaciones que podría hacer el muchachito que aportó los panes y los peces. Dice así el Manual[3]: “Supongamos que aquel joven, que se desprendió de sus provisiones, hubiese contestado: “¿Qué valen mis cinco panes y dos pececillos, para hartar a tan gran gentío? Además, los necesito para los míos, que también están aquí hambrientos. Así que no los puedo ceder”. Es decir, si el muchacho hubiera pensado como el consagrado que da con reticencias a la Virgen, jamás hubiera dado sus panes y peces y nunca se habría producido el milagro con el que comieron no solo los suyos, sino más de diez mil personas. Continúa el Manual: “Mas no se portó así: dio lo poco que tenía, y resultó que tanto él como todos los de su familia –y sus amigos, conocidos, vecinos y también gente que no conocía- allí presentes recibieron, en el milagroso banquete, más –muchísimo más- de lo que él había dado. Y, si hubiese querido reclamar los doce cestos llenos que sobraron –a los que, en cierto modo, tenía derecho-, seguro que se los hubieran dado”.
         Continúa el Manual: “Así se conducen siempre Jesús y María con el alma generosa que da cuanto tiene sin regatear ni escatimar nada. Multiplican y reparten la más pequeña dádiva hasta enriquecer con ella multitudes enteras; y las mismas intenciones y necesidades propias que parecía que iban a quedar descuidadas, quedan satisfechas colmadamente y con creces; y por todas partes dejan señales de la generosidad divina”. En definitiva, como dice la Escritura, “Dios no se deja ganar en generosidad” y si nosotros somos generosos con la Virgen, dándole todo lo que somos y tenemos en la consagración, jamás nos dejará la Virgen presentarnos ante el Sumo Juez con las manos vacías, pues nos dará inimaginablemente más de lo escaso que seamos capaces de darle.
         Finaliza el Manual, animándonos a consagrarnos y a darle a la Virgen todo lo que somos y tenemos, sin temor a quedarnos con nada; por el contrario, sabiendo que recibiremos infinitamente más de lo que demos: “Vayamos, pues, a María con nuestros pobres panes y pececillos; pongámoslos en sus manos, para que Jesús y Ella los multipliquen, y alimenten con ellos a tantos millones de almas como pasan hambre –espiritual- en el desierto de este mundo”.
         En cuanto tal, “la consagración no exige ningún cambio en cuanto a la forma externa de nuestras oraciones y acciones diarias. Se puede seguir empleando el tiempo como antes, rogando por las mismas intenciones y por cualquier otra intención que sobrevenga. Sólo, en adelante, sométase todo a la voluntad de María”. Entreguemos en manos de la Virgen nuestros panes y pececillos, es decir, nuestras obras buenas de misericordia y Ella se encargará, con su Hijo Jesús, de alimentar espiritualmente a cientos de miles de almas y, cuando llegue el momento de presentarnos ante el Supremo Juez, nos concederá la gracia de atribuirnos esa obra de misericordia.



[1] Cfr. VI, 5.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

martes, 13 de noviembre de 2018

Por la Verdadera Devoción se derraman abundantes e inefables gracias (2)



         Afirma el Manual del Legionario que “algunas personas reducen su vida espiritual a un balance egoísta de ganancias y pérdidas”[1]. En este sentido, cuando por la Verdadera Devoción se enteran de que deben entregar sus haberes –sobre todo los espirituales- en manos de la Virgen, piensan que, llegado el momento del Juicio Particular, se presentarán al Justo Juez con las manos vacías. En efecto, estas personas dicen: “Pero, si lo doy todo a María, ¿no estaré delante de mi Juez, en la hora de la salida de este mundo, con las manos vacías? ¿No se me prolongará el Purgatorio interminablemente?”[2]. A estas, preguntas, dice el Manual citando a un autor, se responde lo siguiente: “¡Pues claro que no! ¿Acaso no está presente en el Juicio la Virgen María?”. Es decir, si nosotros, por medio de la Devoción, entregamos a la Virgen todos los bienes espirituales por cualquier obra buena que hagamos –oraciones, mortificaciones, obras de misericordia, etc.-, no quiere decir por eso que en el Juicio Particular estaremos con las manos vacías, porque será la Virgen quien saldrá en nuestra defensa.
         Pero el reparo a esta Devoción viene principalmente por otro lado: por ejemplo, temen por la suerte de las cosas y personas por las que se ha de rogar obligatoriamente –la familia, los amigos, el Papa, etc.-, si se dan a manos ajenas todos los tesoros espirituales que uno posee, sin quedarse con nada. A este temor, se responde que en ningún otro lugar, que no sean las manos de la Virgen, están a mejor resguardo nuestros tesoros espirituales. En efecto, si la Virgen llevó en sus brazos al mismo Dios Hijo encarnado; si Ella custodió el Tesoro más valioso que los cielos infinitos, el Verbo Eterno del Padre encarnado en su seno virginal, ¿no habrá de guardar unos tesoros espirituales que, comparados con aquél, son casi igual a nada? Como dice el Manual, “en manos de la Virgen, todo está bien guardado”[3]. Incluso no sólo la Virgen guardará con todo celo y confianza los tesoros espirituales que nosotros le demos, sino que incluso “los acrecentará”. Por eso, dice el Manual, no hay que dudar ni un instante en arrojar, en manos de la Virgen, todos los bienes espirituales que seamos capaces de conseguir, en el Inmaculado Corazón de María, sin temor alguno a que se pierdan; más bien, con el convencimiento de que éstos serán acrecentados: “Arroja, pues, en la gran arca de su maternal corazón, juntamente con el haber de tu vida, todas sus obligaciones y deberes –todo el débito-”. La Virgen actuará con nosotros, así como una madre amorosa actúa con su hijo único: “María actuará como si tú fueras su hijo único. Tu salvación, tu santificación, tus múltiples necesidades son cosas que reclaman indispensablemente sus desvelos. Cuando ruegues tú por sus intenciones, tú mismo eres su primera intención”[4]. Entonces, cuando damos los tesoros espirituales a la Virgen, no solo están bien resguardados y no nos quedamos sin nada, sino que los acrecentamos a todos y cada uno, en una medida en que ni siquiera podemos imaginarnos.


[1] Cfr. Manual del Legionario, 6, 5.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

martes, 2 de octubre de 2018

Cómo saber si vivimos la verdadera Devoción a María o si estamos guiados por nuestra imaginación



Quienes practican la verdadera Devoción no de un modo superficial, sino con la razón, es decir, quienes no se dejan llevar por los vientos cambiantes de la sensibilidad y del humor de cada día, obtienen frutos, también cotidianos, que son admirables, y así lo afirma San Luis María[1]. Según el santo, la Devoción se vincula a grandes promesas, todas las cuales se cumplen, indefectiblemente, para quien vive la verdadera Devoción con un espíritu racional y piadoso y no de un modo sensiblero y superficial.
         Según el Manual[2], debemos consultar a quienes viven la Devoción de forma verdadera, para darnos cuenta de que los mismos no son engañados por el sentimiento o la imaginación, sino que se ven colmados de abundantes frutos espirituales. Insensibles, en el sentido de que no experimentan ninguna “sensación”, pero que son reales y profundos.
         ¿Cómo saber si estamos viviendo la Devoción de forma verdadera o, si por el contrario, solo estamos dejándonos llevar por nuestra sensibilidad e imaginación? Sabremos si estamos viviendo la Devoción de forma verdadera, cuando experimentemos, de forma insensible,  un verdadero crecimiento interior, cuando nuestra vida interior y espiritual se vea fortalecida, de manera tal que comprobemos, en carne propia, que la Devoción es nuestro refugio interior frente a las tribulaciones que a diario se nos presentan. Un signo de esto es la estabilidad del ánimo: quien está fortalecido por el espíritu de María, no cae en los altibajos propios de quienes son arrastrados por los sentimientos y las pasiones y su ánimo se mantiene siempre sereno, sonriente, alegre, aun en medio de las más grandes pruebas. La verdadera Devoción comunica al alma la certeza de saber que está guiada y protegida por María y que en María ha encontrado el camino firme y seguro que, desde esta vida, la conduce ya en anticipo en dirección al Cielo. El alma que vive la Devoción de forma verdadera, tiene visión sobrenatural –sabe que esta vida es pasajera y se prepara para el Juicio Particular, antesala del Reino de los cielos, por ejemplo-; el alma se encuentra con más fuerzas espirituales, con una profunda fe en Nuestro Señor Jesucristo, en su Presencia real en la Eucaristía y sabe que su Iglesia está guiada por el Espíritu Santo y que si está aferrada a la Cruz, a los Sacramentos, al Manto de la Virgen, nada ni nadie en el mundo podrán hacerla tambalear, aun cuando los enemigos de Dios y de la Iglesia se multipliquen por millares. El que vive la verdadera Devoción se siente capaz de emprender cualquier empresa que sea para la salvación de las almas y para la mayor gloria de Dios, aun cuando ello implique grandes sacrificios.



[1] Cfr. Manual del Legionario, VI, 5.
[2] Cfr. ibidem.

domingo, 26 de agosto de 2018

Por la Verdadera Devoción se derraman abundantes e inefables gracias



         El Manual del Legionario afirma que la prueba de que la Verdadera Devoción viene del Cielo, son las abundantes gracias que reciben quienes viven esta Devoción no de manera superficial, sino con profundidad sobrenatural[1].
         Citando a San Luis María Grignon de Montfort, el Manual afirma que las promesas vinculadas a la Devoción se cumplen indefectiblemente si es que la Devoción es vivida con espíritu sobrenatural.
         Quienes dan testimonio de esto son aquellos para quienes la Devoción no es algo superficial, sino que la practican con el espíritu filial de los hijos de Dios. En estos últimos no se dan engaños de la imaginación o del sentimiento, sino que en sus espíritus la gracia se hace sentir con la firmeza, la dulzura y la iluminación interior que solo Dios puede proporcionar.
         La Verdadera Devoción, dice el Manual, “profundiza la vida interior, sellándola con el distintivo de generosa entrega y pureza de intención”. Es decir, quien vive la Devoción con espíritu sobrenatural y filial, experimenta un crecimiento de su vida interior de tal magnitud, que el alma percibe que quien la guía es el Espíritu Santo y no el propio “yo”. El alma posee “la dulce certeza de que ha encontrado el camino seguro en esta vida”[2]. Por supuesto que tal alma, imbuida de la humildad de Jesús y María, no se enorgullece por estos dones, puesto que sabe que no son suyos y tampoco los anda proclamando a viva voz para que todos se enteren de los progresos de su vida espiritual; antes bien, un alma que así avanza en la vida espiritual, mantiene en reserva y en secreto, conocido solo por Dios, acerca de tales avances. Quien vive la Verdadera Devoción con espíritu de hijos de la Madre del cielo, mira esta vida sobrenaturalmente –es decir, considera la vida terrena como lo que es, un simple pasaje a la vida eterna y un período de prueba y de lucha para conseguir el Reino de los cielos-; posee un fervor y una piedad que sobrepasan sus capacidades naturales, puesto que se ve inflamada por un amor celestial hacia Dios Trino y todo lo que a Él se refiere; su fe es firme, profunda, arraigada y no vacila ante las tribulaciones y pruebas de la vida, antes bien, se afianza cada vez más; hace que el alma sea confiable y se pueda contar con ella para las más diversas empresas, porque la fortaleza y la luz que posee no son de ella, sino del Espíritu Santo. Pero no solo posee fortaleza y firmeza, sino que también experimenta un crecimiento en la caridad, esto es, el amor sobrenatural, de modo que quien trata con estas almas, parece que trataran con el mismo Cristo o con la misma Virgen, tal es el grado de amor que prodigan a sus prójimos. Otras virtudes adornan a estas almas: la ternura, la sabiduría y, ante todo, la humildad[3], que la hace considerarse indigna de tantas mercedes y la hace consciente que no provienen de sí misma, sino de Dios. Estas son las gracias extraordinarias de las que hace referencia el Manual, cuando dice que quienes practican la Verdadera Devoción con espíritu filial, experimentan una abundancia de gracias inefables.
         Quien se entrega voluntariamente como esclavo de amor a Jesús por medio de María, se despoja de sí mismo y así recibe el ciento por uno[4], puesto que su “yo”, afectado por la concupiscencia, fruto del pecado original, se ve derrotado y en su lugar se coloca Cristo, de manera que en dicha alma se cumplen las palabras de la Escritura: “No soy yo, sino Cristo, quien vive en mí”. Y así, glorifica a Dios y al mismo tiempo, sale vencedor en su lucha contra los enemigos del alma, tal como lo dice el Cardenal Newman, citado por el Manual: “Cuando servimos, reinamos; cuando damos, poseemos; cuando nos rendimos, entonces somos vencedores”.



[1] Cfr. Manual del Legionario, VI, 5.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

sábado, 28 de julio de 2018

La Verdadera Devoción a María no es sensible



         El Manual afirma que la Verdadera Devoción es a la vida espiritual lo que el alma al cuerpo: aun cuando es el alma la que da vida al cuerpo permitiéndole respirar y hacer que el corazón palpite y bombee sangre, no está la persona pensando todo el tiempo en el alma; el alma realiza su función sin que estemos conscientes de ello todo el tiempo. Basta con que la persona se recuerde cada tanto que es el alma la que le da la vida, aunque si no la recuerda, el alma lo mismo ejerce su función. De la misma manera, la Verdadera Devoción ejerce en la vida espiritual una función vital, pues es la que debe animar absolutamente toda la vida espiritual, todo acto de devoción, toda oración, toda obra de misericordia que el alma realice.
         Ahora bien, aclara el manual que la Verdadera Devoción no es sensible, en el sentido de que no se acompaña de “sentimientos”. No quiere decir que la persona sea fría o insensible, porque no se refiere al tipo de personalidad del legionario, sino a que siendo la Verdadera Devoción una gracia, es supra-sensible, es decir, es algo que no se siente, no puede experimentarse. Pretender “sentir” algún efecto por estar consagrados, es desvirtuar la consagración, además de ser un instrumento peligroso para la vida espiritual, puesto que conduce a un pronto desánimo y a fallas en la perseverancia, cuando no se experimenta “sensiblemente” la devoción.
         Por el contrario, un legionario, consagrado, puede realizar a la perfección su consagración, con todo lo que esto implica, pero al mismo tiempo, no experimentar ninguna sensación ni tampoco ningún sentimiento y esto no significa que no esté viviendo plena y totalmente la consagración.
         Para graficar esto que estamos diciendo, el Manual utiliza la figura de un gran edificio –el alma- que aunque recibe los rayos del sol y en esas partes está caliente –la devoción sensible-, en sus partes más profundas, que son sus cimientos –la Verdadera Devoción- no llega la luz del sol y por lo tanto hace frío –ausencia de sensiblería religiosa-. Dice así el Manual[1]: “la Verdadera Devoción no es cuestión de fervor sensible; como en todo gran edificio, aunque a veces se abrase en los ardores del sol, sus hondos cimientos permanecen fríos como la roca en la que descansan. La razón es, normalmente, fría. (…) La misma fe puede ser fría como un diamante. Y, sin embargo, estos son los fundamentos de la Verdadera Devoción: cimentada sobre ellos, durará para siempre; y ni los hielos ni las tormentas que resquebrajan las montañas, la podrán destruir, todo lo contrario, la dejarán más fuerte que nunca”.
No busquemos “sentir”; no busquemos “los consuelos de Dios, sino al Dios de los consuelos”, como decía Santa Teresa de Ávila. A la razón le basta con saber que está viviendo la Verdadera Devoción, aun cuando sensiblemente no “sienta nada”, pero el no sentir nada no quiere decir que no se esté viviendo la Verdadera Devoción en su esencia, porque la Verdadera Devoción no es sensible.


[1] Cfr. Manual del Legionario VI, 5.

miércoles, 6 de junio de 2018

La Verdadera Devoción consiste en hacer de la propia vida una consagración



     

         La Verdadera Devoción no consiste en devociones que, aunque practicadas con piedad, están separadas unas de otras; tampoco consiste en esta o en otra devoción: la Verdadera Devoción, dice el Manual,  consiste en “un acto formal de consagración, pero consiste esencialmente en vivirla ya desde el primer día; en hacer de ella no un acto aislado, sino un estado habitual”[1]. Es decir, consiste en un acto de devoción, que es la consagración, pero es una devoción tal, que termina por abarcar todos los actos de la vida; es una devoción que termina por convertirse en la raíz y el fundamento de nuestro ser y existir, esto es lo que quiere decir el Manual cuando dice que la “devoción no es un acto aislado, sino un estado habitual”. La consagración a María debe ser un “estado habitual”, es decir, el legionario, por la consagración a María, debe vivir todos los días, todo el día, como consagrado. No debe vivir la consagración como un acto de devoción que hizo en algún momento de su vida y a ese acto lo recuerda cada tanto: debe vivir la consagración como un estado de vida, de tal manera que, si alguien le preguntara: “¿Cuál es su estado de vida?” a un legionario, éste debería responder: “Consagrado a María”. Y por supuesto, debe responder más con actos y hechos y no con meras palabras.
         En este sentido se pronuncia el Manual: “Si a María no se le da la posesión absoluta y real de esta vida –no de algunos minutos u horas simplemente-, el acto de consagración, aunque se repita muchas veces, no vendrá a valer más que lo que puede valer una oración pasajera. Será como un árbol que se plantó, pero no se arraigó”[2]. Es decir, el Manual lo afirma en este sentido: si a la Virgen no se le da, en el acto de consagración, toda la vida, todo el ser, lo que somos y poseemos, aun cuando repitamos el acto de consagración varias veces –por varios años, en cada aniversario-, la consagración no será tal, porque no habrá arraigado en lo más profundo del corazón. La consagración a María será como una hoja que se lleva el viento, cuando debería ser un árbol bien plantado y con sus raíces echadas en el corazón.
         Esto no quiere decir que se esté siempre y en cada momento con el pensamiento puesto en la consagración, dice el Manual: “No se crea que esta Devoción exige que la mente esté siempre clavada en el acto de consagración”[3]. Da el ejemplo luego: “Sucede como en la vida física: así como esta vida sigue estando animada por la respiración y el latir del corazón, aunque no reparemos en sus movimientos, también la vida del alma puede estar animada por la Verdadera Devoción incesantemente, aun cuando prestemos a ella una atención consciente y actual; basta que reiteremos de vez en cuando el recuerdo del dominio soberano de la Virgen, rumiando esta idea despacio y expresándola en actos y jaculatorias, para darle calor y viveza; pero con tal de que reconozcamos de una manera habitual nuestra dependencia de Ella, le tengamos siempre presente –al menos de una manera general-, y ejerza influencia real y absoluta en todas las circunstancias de nuestra vida”[4].
         Es decir, la consagración debe ser como la respiración, de manera tal que no estemos constantemente enfocados en ella, pero que al mismo tiempo, sea vital para nosotros, como es vital la respiración y el latido cardíaco. Aunque no estemos todo el tiempo hablando de la Virgen, la Virgen tiene que ser el “alma de nuestra alma”, por así decirlo, de manera tal que esté presente en cada momento de nuestra vida. Y así como cada tanto nos acordamos que respiramos y que el corazón late, así nos acordemos de la Virgen por medio de jaculatorias y oraciones.
            Una pregunta que podemos hacernos, para saber cómo es nuestra consagración, es la siguiente: ¿ejerce la Virgen una influencia real y absoluta en TODAS las circunstancias de mi vida? Un ejemplo puede aclararnos el sentido de la pregunta: la Virgen nos dice: "Hagan lo que Él les diga" y lo que su Hijo Jesús nos dice, entre otras cosas, es que "amemos a nuestros enemigos", "perdonemos setenta veces siete", "carguemos la cruz de cada día". ¿Hago lo que la Virgen me dice, esto es, hacer lo que Jesús me ordena en el Evangelio, o hago mi voluntad? Según cómo sea la respuesta a esta pregunta, sabremos si nuestra consagración es un estado habitual, o es solo una devoción pasajera.



[1] Cfr. Manual del Legionario V, 5.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

sábado, 12 de mayo de 2018

La Verdadera Devoción implica un sacrificio místico en esa ara santa que es el Inmaculado Corazón de María



         Afirma el Manual que la Verdadera Devoción a María –según el espíritu de San Luis María Grignon de Montfort- implica “entregar a la Virgen hasta el último suspiro, para que Ella disponga (de nuestra entrega) a la mayor gloria de Dios”[1]. Es un sacrificio de todo el ser –alma y cuerpo- sobre un altar muy particular: el Inmaculado Corazón de María. Este sacrificio de sí mismo “para Dios sobre el ara del Corazón de María” es un martirio, en el sentido de que implica una muerte y es la muerte del “yo” propio: es la muerte del ego, es la muerte de las pasiones sin la razón, es la muerte de la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida, es la muerte de los vicios, es la muerte de los pecados, de la pereza, la envidia, la ira, etc., para que pueda nacer el hombre nuevo, el hombre que vive la vida de la gracia, el hombre que vive no ya él, sino que es Cristo quien vive en él. El martirio o muerte al propio yo o ego que supone la devoción a la Virgen, es una imitación, una prolongación y una participación al “martirio o sacrificio de Jesús, quien lo inicia en el seno de María, desde el instante mismo de su Encarnación; lo promulga públicamente en sus brazos el día de su Presentación y lo mantiene toda su vida hasta consumarla en el Calvario, sobre el ara de la cruz y sobre el ara mística del corazón sacrificado de la Madre”[2].
         La consagración o devoción a María no queda nunca en un mero acto externo: es, ante todo, la inmolación del propio ser, con el alma y el cuerpo, y con todos sus bienes, materiales y espirituales, a la Virgen, más específicamente, a su Corazón Inmaculado. Y como el Corazón Inmaculado de la Virgen está inhabitado por el Espíritu Santo, el Fuego del Divino Amor, todo nuestro ser es ofrendado sobre el ara mística que es el Corazón de María, para que sea allí quemado todo lo que en nosotros no dé gloria a Dios, para que nuestro ser sea purificado en el Fuego del Amor Divino y así quede brillante y reluciente, como el oro queda brillante y reluciente cuando sus impurezas desaparecen por la acción del fuego. La Verdadera Devoción implica un sacrificio místico en esa ara santa que es el Inmaculado Corazón de María.


[1] Cfr. Manual del Legionario, VI, 5.
[2] Cfr. ibidem.

viernes, 13 de abril de 2018

Nuestra Señora del Valle y la verdadera devoción



         En el transcurso de los tiempos, la devoción a la Virgen del Valle se ha ido desvirtuando hacia un aspecto meramente exterior, descuidando la esencia de lo que significa, para el alma, la aparición de la Madre de Dios en su vida. Muchos  piensan que son devotos de la Virgen porque precisamente, acuden a la basílica en peregrinación todos los años; o porque tienen una imagen de la Virgen del Valle en sus casas; o porque fue bautizado en su día; o porque en la familia sus ancestros eran devotos de la Virgen. No está mal ser devoto por estos motivos, pero si nos quedamos en esta devoción exterior solamente, nos convertimos en lo que San Luis María Grignon de Montfort llama “devotos exteriores de la Virgen”. Esta clase de devotos ejerce una devoción falsa –la que se detiene en el homenaje externo a la Virgen-, aunque ellos no lo piensen así, porque una devoción de esta clase no conduce a la conversión interior. ¿Por qué? La razón es que la verdadera devoción a la Virgen, según San Luis María Grignon de Montfort, conduce a la conversión del corazón, lo cual significa apartar el corazón de la tierra, del mundo, de las pasiones y elevarlo al Cielo, al Reino de Dios, al deseo y a la práctica de las virtudes naturales y sobrenaturales. Es decir, la verdadera devoción a la Virgen –en este caso, la Virgen del Valle- lleva a que el alma desee vivir en gracia, viviendo los Mandamientos de la Ley de Dios, obrando la caridad y luchando contra sus propias pasiones y malas inclinaciones. De nada sirve ser un devoto exterior de la Virgen, es decir, contentarse con peregrinar a la basílica una vez al año, si estamos a favor del aborto, del uso de anticonceptivos, del alcohol; de nada sirve tener una imagen de la Virgen en casa, si ante las dificultades, problemas y tribulaciones, en vez de acudir a la Virgen como un niño acude a su madre cuando está en dificultades y en vez de rezar el Rosario –la oración que más agrada a la Virgen- se acude a los enemigos de Dios y de la Virgen, los brujos, los magos, los chamanes, que invocan a los demonios. De nada sirve ser devoto exterior de la Virgen, si el único día que acudimos a Misa es en el día de la Virgen, mientras descuidamos por años e incluso décadas, tanto la Confesión sacramental como la asistencia a la Misa dominical de precepto, porque es allí, en la Confesión y en la Misa, en donde encontramos al Hijo de María, que es todo lo que la Virgen quiere de nosotros.
         Honremos a la Virgen del Valle no solo exteriormente, sino además interiormente y el mejor homenaje que podemos hacerle, no solo en su día, sino todos los días del año, es el propósito de emprender, con la ayuda de la gracia, una sincera y definitiva conversión del corazón. Y así la Virgen estará verdaderamente contenta con nosotros, porque un corazón convertido está unido a su Inmaculado Corazón y al Sagrado Corazón de Jesús.