El Manual del Legionario desarrolla la
doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, centrada en las epístolas de San Pablo.
San
Pablo compara la unión entre Cristo y los bautizados con la que existe entre la
cabeza y los demás miembros del cuerpo humano, la Cabeza es Cristo y el Cuerpo
somos los bautizados en la Iglesia Católica. Así como en el cuerpo cada miembro
tiene su función particular, necesitándose todos mutuamente y así como todos
están animados por una misma alma, así sucede en el Cuerpo Místico de Cristo:
todos cumplen una función particular y todos están animados por el Espíritu de
Cristo, el Espíritu Santo, cuando están en gracia. Si un miembro se perjudica,
el cuerpo se perjudica y si uno se perfecciona, todo el cuerpo se perfecciona.
Dice el
Manual que la Iglesia Católica es el Cuerpo Místico de Cristo y también su
plenitud (Ef 1, 22-23). La parte principal e indispensable es Cristo, que es la
Cabeza, porque de Él reciben los miembros del Cuerpo el poder de obrar y también
la vida, que es la gracia.
Es en el
momento del Bautismo en el que somos incorporados a Cristo y unidos a Él,
formando desde ese momento su Cuerpo Místico (Ef 5, 30) y esto es muy
importante tenerlo en cuenta porque es de aquí de donde surgen los deberes
santos y de servicio de los miembros para con la Cabeza y de los miembros entre
sí (1 Jn 4, 15-21).
Es muy
importante tener en cuenta este dogma del cristianismo, porque toda la vida
sobrenatural, toda la vida de la gracia que es concedida al hombre se deriva de
la Cabeza que es Cristo, que es quien obra la redención. Cristo y su Iglesia,
es decir, nosotros como bautizados, forman una sola Persona mística, dice el
Manual, de manera que las reparaciones de la Cabeza, Cristo, pertenecen también
a sus miembros, los fieles. De esta manera se explica cómo es que Cristo sufre
por el hombre y expía culpas que Él no había cometido y esto es porque Cristo
es el Salvador de los hombres.
De esto
también se sigue una consecuencia práctica: los fieles están incorporados a
Cristo y de Él reciben su vida, su gracia y también en Él sufren, mueren y resucitan,
en la resurrección de Cristo. Todos los sacramentos, comenzando por el Bautismo
y luego mucho más la Eucaristía, establecen una íntima comunión de vida y amor
entre Cristo Cabeza y los bautizados miembros del Cuerpo Místico. Además se
intensifica esta unión por la fe y el amor, por el ofrecimiento de los propios
sufrimientos a Cristo, etc. Esto nos hace ver la importancia de los sacramentos
-principalmente Confesión y Eucaristía- recibidos con fe, amor y piedad, porque
sin sacramentos no hay vida de la gracia en los miembros del Cuerpo Místico de
Cristo que somos nosotros, los bautizados.
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