miércoles, 1 de abril de 2026

El legionario y el Cuerpo Místico de Cristo 2

 



         El Manual del Legionario desarrolla la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, centrada en las epístolas de San Pablo.

         San Pablo compara la unión entre Cristo y los bautizados con la que existe entre la cabeza y los demás miembros del cuerpo humano, la Cabeza es Cristo y el Cuerpo somos los bautizados en la Iglesia Católica. Así como en el cuerpo cada miembro tiene su función particular, necesitándose todos mutuamente y así como todos están animados por una misma alma, así sucede en el Cuerpo Místico de Cristo: todos cumplen una función particular y todos están animados por el Espíritu de Cristo, el Espíritu Santo, cuando están en gracia. Si un miembro se perjudica, el cuerpo se perjudica y si uno se perfecciona, todo el cuerpo se perfecciona.

         Dice el Manual que la Iglesia Católica es el Cuerpo Místico de Cristo y también su plenitud (Ef 1, 22-23). La parte principal e indispensable es Cristo, que es la Cabeza, porque de Él reciben los miembros del Cuerpo el poder de obrar y también la vida, que es la gracia.

         Es en el momento del Bautismo en el que somos incorporados a Cristo y unidos a Él, formando desde ese momento su Cuerpo Místico (Ef 5, 30) y esto es muy importante tenerlo en cuenta porque es de aquí de donde surgen los deberes santos y de servicio de los miembros para con la Cabeza y de los miembros entre sí (1 Jn 4, 15-21).

         Es muy importante tener en cuenta este dogma del cristianismo, porque toda la vida sobrenatural, toda la vida de la gracia que es concedida al hombre se deriva de la Cabeza que es Cristo, que es quien obra la redención. Cristo y su Iglesia, es decir, nosotros como bautizados, forman una sola Persona mística, dice el Manual, de manera que las reparaciones de la Cabeza, Cristo, pertenecen también a sus miembros, los fieles. De esta manera se explica cómo es que Cristo sufre por el hombre y expía culpas que Él no había cometido y esto es porque Cristo es el Salvador de los hombres.

         De esto también se sigue una consecuencia práctica: los fieles están incorporados a Cristo y de Él reciben su vida, su gracia y también en Él sufren, mueren y resucitan, en la resurrección de Cristo. Todos los sacramentos, comenzando por el Bautismo y luego mucho más la Eucaristía, establecen una íntima comunión de vida y amor entre Cristo Cabeza y los bautizados miembros del Cuerpo Místico. Además se intensifica esta unión por la fe y el amor, por el ofrecimiento de los propios sufrimientos a Cristo, etc. Esto nos hace ver la importancia de los sacramentos -principalmente Confesión y Eucaristía- recibidos con fe, amor y piedad, porque sin sacramentos no hay vida de la gracia en los miembros del Cuerpo Místico de Cristo que somos nosotros, los bautizados.


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