domingo, 5 de abril de 2026

Novena a Nuestra Señora del Valle 2026 5

 



En la Aparición del día Miércoles 24 de febrero la Virgen dice: “¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Ruega a Dios por los pecadores!”. Inmediatamente después, le da un ejemplo concreto de cómo hacer la penitencia que con tanta insistencia pide: “¡Besa la tierra en penitencia por los pecadores!”.

Esto nos lleva a nosotros, devotos de la Virgen del Valle, la Inmaculada Concepción, a preguntarnos: ¿Qué es la Penitencia? ¿Cuál es la razón por la que la Virgen pide penitencia con tanta insistencia, al punto de repetir por tres veces la misma palabra, “penitencia”?

La respuesta la encontramos en el significado de la palabra “Penitencia”: derivada del latín paenitentia y en griego, metánoia, la penitencia significa la conversión del pecador; con la palabra “penitencia” se comprenden tanto los actos interiores como los exteriores, que están dirigidos a la reparación del pecado cometido. La penitencia es también un sacramento, llamado “Sacramento de la Penitencia” o “Sacramento de la Confesión”, instituido por Cristo para que el cristiano pecador recupere la gracia perdida con el pecado, pero en el sentido en el que lo pide la Virgen, es ante todo el primero, es decir, actos con los cuales se busca reparar el pecado.

Así entendida la penitencia, como la realización actos interiores y exteriores que buscan reparar el pecado -propio y del prójimo-, es absolutamente necesaria para la conversión, conversión que es a su vez un “cambio de dirección” del corazón, por así decir, el cual debe dejar de mirar y aferrarse a la tierra y las cosas bajas, para elevar la vista del alma a Jesús, Sol de justicia, para así desear no los bienes terrenos, sino los bienes eternos.

¿Por qué es necesaria la penitencia para la conversión? Porque por la penitencia el alma se hace consciente, reconoce, el pecado que anida en su corazón, es decir, se hace consciente de todo lo malo que, brotando de su propio corazón como de una fuente putrefacta, aparta a sí misma de Dios; del mismo modo debemos considerar que la penitencia es un profundo acto interior, dado por la luz de la gracia, por el que se reconoce que el hombre, cuando se encuentra en estado de pecado, no solo no agrada a Dios sino que lo ofende y que, si quiere no solo dejar de ofenderlo, sino ante todo serle agradable, debe cambiar el corazón, dejando de lado las cosas de la tierra y elevando su corazón al Cielo, que es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Es en este sentido en el que la Virgen pide la “penitencia” y en este caso se la puede llamar “penitencia vicaria”, porque es una penitencia hecha en nombre de y a favor de un pecador, un hombre pecador, cualquiera que sea, que por sí mismo no hace penitencia precisamente porque no quiere salir del pecado; el objetivo de este acto de reparación es implorar, por la penitencia, la conversión del corazón propio y del prójimo a Jesucristo, Sol de justicia y Luz Eterna de la Jerusalén celestial.

La penitencia que lleva a la conversión (metanoia) del corazón es tan importante, que constituye el eje principal de la predicación de Juan el Bautista y de los otros profetas anteriores a él. También la predicación del mismo Jesucristo se centra en la proclamación de la penitencia y de la conversión como condición sine qua non, indispensable y absolutamente necesaria, para poder entrar en el Reino (Mt 4,17; Lc 5,32: 13, 3-5). Es tan importante en el mensaje de Jesús la conversión profunda del corazón, que la palabra “corazón” aparece 159 veces en los Evangelios.

No debemos engañarnos: no hay conversión sin penitencia y sin conversión es imposible el ingreso en el Reino de los cielos. La metánoia o penitencia implica y consiste en una conversión profunda, total, definitiva, de la vida del hombre, conversión que lo lleva a alejarse del pecado y del mal como de la peste con el objetivo de volver el rostro del alma en dirección a la Trinidad y a Cristo el Mesías. También se deben considerar estos dos aspectos de la conversión: por un lado, el arrepentimiento es ante todo una iniciativa divina porque su origen se encuentra en el don de Jesucristo y proviene de la misericordia del Padre para con el hombre pecador, que desea que se aleje del pecado para poder tenerlo consigo por la eternidad; el otro aspecto a considerar es la metanoia o penitencia es también, de parte del hombre, su respuesta libre a la iniciativa divina y así el hombre, iluminado por Dios, toma conciencia de estar en situación de pecado y decide un cambio en su vida, dejando la vida de pecado para comenzar a vivir la vida de la gracia.

Podemos decir también que la conversión implica, en el corazón, un cambio o giro de ciento ochenta grados; implica un cambio de dirección substancial en su movimiento interior; cambio por el cual deja de ser atraído por las cosas vanas, bajas y terrenas y el propio “yo”, para orientar su mirada espiritual al Hombre-Dios Jesucristo, Presente en la Cruz y en la Eucaristía. Una señal clara de la conversión de un alma o al menos de que en esa alma se está produciendo un cambio, es que esté dispuesta a cargar la Cruz de cada día, negándose a sí mismo y siguiendo a Jesucristo por el camino del Calvario, con el objetivo de morir al hombre de pecado y renacer al hombre nuevo, el hombre vivificado por la gracia que brota del Sagrado Corazón de Jesús traspasado por la lanza y que se derrama en el alma por medio de los Sacramentos.

La penitencia es sumamente valiosa, por cuanto nos conduce a la conversión, que consiste en no solo apartarnos del pecado, sino en orientar nuestras almas a Dios para recibir de Él, de su misericordia, la vida nueva de la gracia. En nuestros días se cumple lo que un filósofo decía, que había que vivir “Etsi Deus non daretur”, es decir, “Como si Dios no existiera”. Y así estamos viviendo, porque es un mundo que ha endiosado, ya sea a la propia razón, ya sea al pecado, ya sea al Padre de la mentira, la Serpiente Antigua, desplazando a Dios. La consecuencia es un mundo oscuro, siniestro, sin la luz de Dios que es Jesucristo; vivimos en un mundo no converso, sumergido en las siniestras tinieblas del pecado, del error, de la ignorancia voluntaria y culpable, de la herejía y del cisma; un mundo envuelto y dominado por las tinieblas vivientes, los demonios, siendo lo más grave que, en este estado de cosas, desde el punto de vista humano, el mundo sin Dios es incapaz, porque no tiene fuerzas de revertir por sí mismo, el camino que él mismo ha elegido, el camino que conduce a la eterna perdición. Por esta razón es que la Virgen, por medio de Santa Bernardita, nos pide y con tanta insistencia, la penitencia, una penitencia que repare nuestros propios pecados, como la penitencia vicaria, con la cual reparamos por los pecados de nuestros hermanos, los hombres, único modo de convertir el corazón humano al Divino Amor del Sagrado Corazón.

 


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