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jueves, 9 de julio de 2020

El sentido del uso del Escapulario de Nuestra Señora del Carmen



         El Escapulario del Carmen está indisolublemente unido a la verdad sobrenatural de la existencia del Infierno: en otras palabras, no se puede hablar del Escapulario del Carmen sin hablar de la realidad y de la existencia del Infierno. Éste último es el lugar creado por la Santísima Trinidad, en un primer momento, para los ángeles rebeldes, es decir, para los ángeles que voluntariamente se negaron a amar, adorar y servir a Dios Uno y Trino; pero también es el lugar creado, en un segundo momento, para una segunda clase de habitantes del Infierno: los hombres que, convirtiéndose en malvados por propia decisión e imitando al Ángel caído, se rehúsan a amar, adorar y servir a Dios Trinidad. Entonces, el Infierno es el lugar, como el mismo Señor Jesucristo lo revela, reservado para el Ángel caído y para todos los ángeles rebeldes, pero también es el lugar para los hombres que, en esta vida y en la otra, no quieren saber nada de tener amor de amistad y de filiación con Dios. El Escapulario de la Virgen del Carmen está estrecha e indisolublemente unido a la existencia del Infierno, porque la promesa principal relacionada con el Escapulario es que el alma que lo lleve –de forma devota y con amor a Dios-, no caerá en el lago del fuego eterno, el Infierno. Quien porta el Escapulario de la Virgen del Carmen debe llevar grabada a fuego, en su mente y en su corazón, las palabras de la Virgen a San Simón Stock: “Quien muera utilizando el Escapulario, no sufrirá el fuego eterno del Infierno”. Entonces, esta es la razón principal por la que usamos el Escapulario, aquellos que somos devotos de Nuestra Señora del Carmen: que cuando finalice nuestro tránsito por esta vida terrena, no seamos eternamente condenados en el Infierno.
         Ahora bien, hay también otras razones por las cuales utilizamos el Escapulario, que van más allá de no querer caer en el Infierno al finalizar nuestra vida terrena. Estas razones son, por ejemplo, el hecho de que el Escapulario es un símbolo de nuestra condición de ser hijos de la Virgen María, ya que quien usa el Escapulario, se compromete a vivir en estado de gracia y el estado de gracia es el estado de hijos adoptivos de Dios y de la Virgen, quien nos adoptó como hijos al pie de la Cruz, en el Monte Calvario.
         Otra razón por la que usamos el Escapulario es que, si por la gracia de Dios y el Escapulario, escapamos del Infierno, pero aun no estamos preparados para el Cielo, iremos al Purgatorio y allí la Virgen nos irá a sacar al próximo sábado siguiente al de nuestra muerte terrena, por lo que el devoto de la Virgen del Carmen no pasará en el Purgatorio más de siete días, como máximo.
         Otra razón por la que usamos el Escapulario es que, al ser hijos de la Virgen –el Escapulario es un signo y recuerdo de nuestra condición de hijos de María-, nos comprometemos a imitarla en sus virtudes, principalmente la pureza de cuerpo y alma, la humildad y el amor a su Hijo Jesucristo, Nuestro Dios.
         Por todas estas razones y no sólo por no caer en el Infierno, es que los devotos de Nuestra Señora del Carmen usamos su Santo Escapulario.

miércoles, 8 de julio de 2020

El Escapulario de la Virgen del Carmen, signo de vida de gracia


Scapular - Escapulario De Nuestra Señora Del Carmen, HD Png ...
         Cuando la Virgen del Monte Carmelo se le apareció a San Simón Stock el 16 de julio de 1251[1], le dijo: “Este debe ser un signo y privilegio para ti y para todos los Carmelitas: quien muera usando el escapulario no sufrirá el fuego eterno”. La Virgen se le apareció con el Niño, quien llevaba el Escapulario en su mano: éste representa el manto de la Virgen, de manera que quien lo usa, se puede decir que está revestido con el manto de la Virgen del Carmen. La Virgen le dice que el Escapulario es “signo y privilegio” para quien lo use y que quien lo use, “no sufrirá el fuego eterno”. Es decir, se trata de un gran privilegio usar el Escapulario, porque quien lo use, no se condenará en el Infierno; tal vez podrá ir al Purgatorio, pero no irá al Infierno. Por esta razón, se considera al Escapulario como un sacramental, como algo que representa y que atrae a la gracia de Dios y hace que el alma desee vivir en gracia.
         Ahora bien, no hay que confundir las cosas y en el caso del Escapulario, si la persona está revestida con el Escapulario que es el manto de la Virgen, debe tener en cuenta que para que se hagan realidad las promesas que conlleva el Escapulario, el alma debe hacer todo el esfuerzo posible por llevar una vida digna de un hijo de la Virgen, que es la vida de todo hijo de Dios. ¿Cómo es esta vida? Es una vida en donde la gracia tiene preeminencia sobre el pecado; por esta razón, el alma que use el Escapulario debe estar dispuesta incluso a perder la vida, antes que perder la gracia. La promesa de la Virgen de que aquel que usara el Escapulario no se habría de condenar, no convierte al Escapulario en un amuleto mágico: lo convierten en un amuleto mágico quienes usan el Escapulario para no ir al Infierno, pero al mismo tiempo no se esfuerzan por llevar una vida de gracia. Entonces, lo repetimos: para que el Escapulario proteja al alma del fuego del Infierno, es necesario que el alma se esfuerce en vivir la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios; es necesario que se esfuerce por alejarse del pecado y por vivir según lo establece la Ley de Dios, reflejada en los Diez Mandamientos. Se equivoca quien cree que puede llevar una vida de pecado y al mismo tiempo evitar el Infierno, sólo por el hecho de llevar el Escapulario de la Virgen del Carmen: sólo se salvará del Infierno quien, además de llevar el Escapulario, haga todo el esfuerzo posible para adquirir la gracia si no la tiene, para conservarla y acrecentarla si ya la tiene. Sólo de esta manera se cumplen las palabras de la Virgen, de que el Escapulario es “signo y privilegio” para el alma que lo lleve, pues ese tal “no sufrirá el fuego eterno”. Pidamos entonces la gracia a la Virgen del Carmen, que es también Mediadora de todas las gracias, de llevar su santo Escapulario siempre en estado de gracia, de modo que, cuando muramos, el Santo Escapulario del Carmen sea no solo lo que impida que vayamos al Infierno, sino que nos transporte al Cielo.

viernes, 13 de mayo de 2016

Los pedidos y advertencias del cielo en las Apariciones de Nuestra Señora de Fátima


Las apariciones de la Virgen en Fátima, Portugal, constituyen una de las más grandiosas manifestaciones marianas de todos los tiempos y esto debido al contenido de su mensaje, que atañe tanto a la salvación personal, como a la del mundo entero. En estas apariciones, el cielo, a través de la Madre de Dios, nos recuerda qué es lo que debemos hacer, tanto para salvar el alma propia, como la de los pecadores: adoración y comunión eucarística, penitencia y sacrificios por los pecadores, rezo del Santo Rosario, reparación por los ultrajes que continuamente reciben los Sagrados Corazones de Jesús y María. Pero en estas apariciones el cielo nos advierte además acerca de los dos únicos destinos posibles en el más allá: o cielo, o infierno (el Purgatorio es la antesala del Cielo), por medio de las experiencias místicas los Pastorcitos, quienes experimentan dos clases distintas de fuegos: el fuego del Amor de Dios, que no arde y produce gozo y alegría celestial, y el fuego del Infierno, que sí produce dolor. Puesto que nadie va de modo “automático” ni al infierno ni al cielo, sino que esos destinos los merecemos de acuerdo a nuestras obras libremente realizadas, las apariciones de Fátima nos hacen reflexionar también acerca de si nuestra fe está viva, lo cual se demuestra con obras, o si por el contrario está muerta –lo cual se demuestra con ausencia de obras-.
Antes de las apariciones propiamente de la Virgen y como preparación para estas, se les apareció a los Pastorcitos un ángel, quien luego se identificó como el “Ángel de Portugal”[1]. En su primera aparición, el ángel les enseñó una oración de reparación a la Trinidad, relatada de este modo por Sor Lucía: “Pasaron tan solo unos segundos cuando un fuerte viento comenzó a mover los árboles y miramos hacia arriba para ver lo que estaba pasando, ya que era un día tan calmado. Luego comenzamos a ver, a distancia, sobre los árboles que se extendían hacia el este, una luz más blanca que la nieve con la forma de un joven, algo transparente, tan brillante como un cristal en los rayos del sol. Al acercarse pudimos ver sus rasgos. Nos quedamos asombrados y absortos y no nos dijimos nada el uno al otro. Luego él dijo: “No tengáis miedo. Soy el Ángel de la paz. Orad conmigo. Él se arrodilló, doblando su rostro hasta el suelo. Con un impulso sobrenatural hicimos lo mismo, repitiendo las palabras que le oímos decir: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no te adoran, no te esperan y no te aman”. Después de repetir esta oración tres veces el ángel se incorporó y nos dijo: “Orad de esta forma. Los corazones de Jesús y María están listos para escucharos”.
En su Tercera Aparición, el Ángel de Portugal les enseña a adorar la Eucaristía, además de enseñarles las oraciones de amor y reparación a la Trinidad; finalmente, les da la Comunión bajo las dos especies: “Vimos a una luz extraña brillar sobre nosotros. Levantamos nuestras cabezas para ver qué pasaba. El ángel tenía en su mano izquierda un cáliz y sobre él, en el aire, estaba una hostia de donde caían gotas de sangre en el cáliz. El ángel dejó el cáliz en el aire, se arrodilló cerca de nosotros y nos pidió que repitiésemos tres veces: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente, y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os pido la conversión de los pobres pecadores. Después se levantó, tomó en sus manos el cáliz y la hostia. La hostia me la dio a mí y el contenido del cáliz se lo dio a Jacinta y a Francisco, diciendo al mismo tiempo: “Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo terriblemente agraviado por la ingratitud de los hombres. Ofreced reparación por ellos y consolad a Dios. Una vez más él se inclinó al suelo repitiendo con nosotros la misma oración tres veces: “Santísima Trinidad…” etc. y desapareció. Abrumados por la atmósfera sobrenatural que nos envolvía, imitamos al ángel en todo, arrodillándonos postrándonos como él lo hizo y repitiendo las oraciones como él las decía”.
El pedido de penitencia y sacrificios por la conversión de los pecadores es un pedido personal de la Virgen. En su Primera Aparición les dice a los Pastorcitos[2]: “¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quisiera enviaros como reparación de los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?” -Si queremos. –“Tendréis, pues, mucho que sufrir, pero la gracia de Dios os fortalecerá”[3]. En la Tercera Aparición, vuelve a pedir que ofrezcamos sacrificios por la conversión de los pecadores y en reparación por los ultrajes contra su Inmaculado Corazón: “¡Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, y especialmente cuando hagáis un sacrificio: OH, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!”. En la Cuarta Aparición: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, porque muchas almas van al infierno por no tener quien se sacrifique y rece por ellas”. En la Sexta Aparición: “Soy la Señora del Rosario (…) continúen rezando el Rosario todos los días”.
También el Ángel de Portugal les pide oración y sacrificios por los pecadores, en su segunda aparición: “¿Qué estáis haciendo? ¡Rezad! ¡Rezad mucho! Los corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia. ¡Ofreced constantemente oraciones y sacrificios al Altísimo!”.
La Virgen les hace tener una experiencia mística del Amor de Dios y de su Presencia en la Eucaristía, enseñándoles una oración a Jesús Eucaristía: “Diciendo esto la Virgen abrió sus manos por primera vez, comunicándonos una luz muy intensa que parecía fluir de sus manos y penetraba en lo más íntimo de nuestro pecho y de nuestros corazones, haciéndonos ver a nosotros mismos en Dios, más claramente de lo que nos vemos en el mejor de los espejos. Entonces, por un impulso interior que nos fue comunicado también, caímos de rodillas, repitiendo humildemente: “Santísima Trinidad, yo te adoro. Dios mío, Dios mío, yo te amo en el Santísimo Sacramento””.
También el pedido de rezar el Rosario. En la misma aparición, les dice: “Rezad el rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra”. En la Tercera Aparición les dice: “Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, y continuéis rezando el rosario todos los días en honra a Nuestra Señora del Rosario con el fin de obtener la paz del mundo y el final de la guerra”.
La reparación también es pedida por la Virgen, con la devoción de los Cinco Primeros Sábados de mes, aunque esta devoción la especificará años más tarde, en otras apariciones, las de Pontevedra, España. En Fátima anunció el origen de la devoción: “(Jesús) quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado. A aquellos que abracen esta devoción les prometo la salvación y serán predilectas de Dios estas almas, como flores puestas por Mi para adornar su trono”, y en Pontevedra especificó cómo debía ser[4]: “Ese día estando en mi habitación en Pontevedra, España, se me apareció la Santísima Virgen y, al lado, como suspendido en una nube luminosa, el Niño. La Santísima Virgen me ponía la mano sobre mi hombro derecho y, al mismo tiempo, me mostraba un corazón cercado de espinas que tenía en la mano”. Entonces dijo el Niño: “Ten compasión del corazón de tu Santísima Madre que está cubierto de espinas que los hombres ingratos le clavan continuamente sin que haya nadie que haga un acto de reparación para arrancárselas”. Y en seguida dijo la Santísima Virgen: “Mira, hija mía, mi corazón cercado de espinas que los hombres ingratos me clavan continuamente con blasfemias e ingratitudes, tú, al menos, procura consolarme y di que: Todos aquellos que durante cinco meses seguidos, en el primer sábado, se confiesen y reciban la Santa Comunión, recen el Santo Rosario y me hagan 15 minutos de compañía meditando en los misterios del Rosario, con el fin de desagraviarme, yo prometo asistirlos en la hora de la muerte con todas las gracias necesarias para su salvación”. “Ese día estando en mi habitación en Pontevedra, España, se me apareció la Santísima Virgen y, al lado, como suspendido en una nube luminosa, el Niño. La Santísima Virgen me ponía la mano sobre mi hombro derecho y, al mismo tiempo, me mostraba un corazón cercado de espinas que tenía en la mano”[5].
Dentro de todas las experiencias místicas que experimentan los Pastorcitos, hay dos que se destacan, además de la experiencia de recibir la Comunión Eucarística de manos del Ángel de Portugal: la experiencia del Amor de Dios, descripto como “fuego que no arde”, y la experiencia del Infierno. Con relación a la experiencia de Dios, decía así Francisco: “Estábamos ardiendo en aquella luz que es Dios y no nos quemábamos. ¿Cómo es Dios? Esto no lo podemos decir. Pero qué pena que Él está tan triste; ¡si yo pudiera consolarle!”. Muy distinta es la experiencia con el otro fuego, el del Infierno, que sí arde y duele, según el relato de Sor Lucía: “Al decir estas últimas palabras abrió de nuevo las manos. El reflejo de la luz parecía penetrar la tierra y vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las almas como si fuesen brasas trasparentes y negras o bronceadas, de forma humana, que fluctuaban en el incendio llevada por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados, semejante a la caída de pavesas en grandes incendios, pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero trasparentes como negros tizones en brasa. Asustados y como pidiendo socorro levantamos la vista a nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza: “Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra terminará pero si no dejan de ofender a Dios en el reinado de Pío XI comenzara otra peor”.
Con respecto a esta última, podemos hacer la siguiente observación: en nuestros días, se oculta la realidad del Infierno y sobre todo a los niños, pero en Fátima, la Virgen no solo no oculta la realidad del Infierno a los niños, sino que, en cierta medida, los transporta allí, pues los niños tienen una experiencia real y directa del Infierno, tan real, que Lucía exclama asustada. Si la Virgen misma, en persona, les hace tener esta experiencia mística del Infierno, para advertirnos acerca de las consecuencias del desamor, la indiferencia y la rebelión contra Dios, ¿acaso cabe acusar a la Virgen por revelar estas cosas a los niños? Por supuesto que no; la conclusión, entonces, es que no se debe ocultar esta realidad de la eterna condenación, como tampoco los medios que el cielo nos da para ganar el cielo: rezo del Rosario, penitencia, sacrificios, adoración eucarística. En favor de esto, podemos recordar que Jacinta, lejos de quedar “traumatizada” o “perturbada” por la experiencia del Infierno, se preguntaba aún “porqué la Virgen no mostraba el Infierno a los pecadores” -e incluso ella misma deseaba hacerlo-, porque sostenía que si la Virgen lo hacía, los pecadores se convertirían y no se condenarían. Estas son sus palabras: “¿Por qué es que Nuestra Señora no muestra el infierno a los pecadores? Si lo viesen, ya no pecarían, para no ir allá. Has de decir a aquella Señora que muestre el infierno a toda aquella gente. Verás cómo se convierten. ¡Qué pena tengo de los pecadores! ¡Si yo pudiera mostrarles el infierno!”. Jacinta también revela la causa principal de la condenación de muchas almas en nuestros días, los pecados de la carne: “Los pecados que llevan más almas al infierno son los de la carne”.
Rezo del Santo Rosario, oración, penitencia, sacrificios, reparación, adoración a la Trinidad y a Dios Presente en la Eucaristía, recuerdo del cielo y del infierno: estos son algunos de los mensajes que la Madre de Dios nos transmite en las apariciones de Fátima, una de las más grandiosas apariciones marianas de todos los tiempos.





[1] http://webcatolicodejavier.org/VFapariciones.html
[2] http://www.corazones.org/maria/fatima/apariciones_nuestra_senora_fatima.html
[3] Cfr. ibidem.
[4] Mensaje del 10 de diciembre de 1925, Pontevedra, España.
[5] http://forosdelavirgen.org/3225/devocion-de-los-cinco-primeros-sabados/

miércoles, 7 de octubre de 2015

Una razón para rezar el Santo Rosario


         Cuando la Virgen dio a la Iglesia, por medio de Santo Domingo de Guzmán, el Santo Rosario, unió la práctica de su oración a numerosas promesas[1], unas más hermosas que las otras. Comprenden, por ejemplo, que el alma se vea librada del Infierno, que salga del Purgatorio prontamente, que gane y llegue al Cielo indefectiblemente, y esto entre otras muchas promesas más, todas maravillosas, como no podía ser de otra manera, viniendo del Amor del Inmaculado Corazón de María. Todas estas promesas, son más que suficientes para rezar el Santo Rosario, todos los días, con amor, piedad y devoción.
         Sin embargo, podemos agregar una razón más para rezar el Rosario, basados en el hermosísimo soneto de Santa Teresa de Ávila: “No me mueve mi Dios, para quererte/el cielo que me tienes prometido,/ni me mueve el infierno tan temido/para dejar por eso de ofenderte./Tú me mueves, Señor,/muéveme el verte/clavado en una cruz y escarnecido;/muéveme el ver tu cuerpo tan herido;/muéveme tus afrentas y tu muerte,/Muéveme en fin, tu amor de tal manera/que aunque no hubiera cielo yo te amara/y aunque no hubiera infierno te temiera./No me tienes que dar por que te quiera,/porque aunque cuanto espero no esperara/lo mismo que te quiero te quisiera”. Y San Juan de la Cruz, de modo similar, dice así: “Aunque no hubiese infierno que amenazase, ni paraíso que convidase, ni mandamiento que constriñese, obraría el justo por sólo el amor de Dios lo que obra”[2].
Basados en este soneto y en las palabras de San Juan de la Cruz, en donde los santos aman a Dios por lo que es –Dios Amor crucificado- y no por lo que da –el cielo o el infierno, según nuestras obras-, podemos agregar una razón más para rezar el Santo Rosario: cuando rezamos el Santo Rosario, no somos solo nosotros quienes actuamos, puesto que actúa el Espíritu Santo, por medio de la Virgen, quien es la que concede las gracias. El propósito del Santo Rosario es la contemplación de los misterios de la vida de Jesús y también los de María, para que contemplándolos, los imitemos; ahora bien, no podemos imitarlos, si nuestros corazones no son semejantes, en todo, a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Por el Rosario, mientras nosotros desgranamos sus cuentas y contemplamos sus misterios, la Virgen actúa, silenciosa y misteriosamente, en los corazones de quienes lo rezan, para moldearlos –así como el alfarero moldea la blanda arcilla- y configurarlos a imagen y semejanza del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María. Y ésta es la razón para rezar el Rosario: configurar nuestros corazones a los Sagrados Corazones de Jesús y de María para que, al igual que en ellos, también en nuestros corazones inhabite el Amor de Dios, el Espíritu Santo.



[1] La tradición atribuye al beato Alan de la Roche (1428 aprox. - 1475) de la orden de los dominicos el origen de estas promesas hechas por la virgen María. Es mérito suyo el haber restablecido la devoción al santo rosario enseñada por Santo Domingo apenas un siglo antes y olvidada tras su muerte. Las promesas son:
1.- El que me sirva, rezando diariamente mi Rosario, recibirá cualquier gracia que me pida.
2.- Prometo mi especialísima protección y grandes beneficios a los que devotamente recen mi Rosario.
3.- El Rosario será un fortísimo escudo de defensa contra el infierno, destruirá los vicios, librará de los pecados y exterminará las herejías.
4.- El Rosario hará germinar las virtudes y también hará que sus devotos obtengan la misericordia divina; sustituirá en el corazón de los hombres el amor del mundo al amor por Dios y los elevará a desear las cosas celestiales y eternas. ¡Cuántas almas por este medio se santificarán!.
5.- El alma que se encomiende por el Rosario no perecerá.
6.- El que con devoción rezare mi Rosario, considerando misterios, no se verá oprimido por la desgracia, ni morirá muerte desgraciada; se convertirá, si es pecador; perseverará en la gracias, si es justo, y en todo caso será admitido a la vida eterna.
7.- Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin auxilios de la Iglesia.
8.- Quiero que todos los devotos de mi Rosario tenga en vida y en muerte la luz y la plenitud de la gracia, y sean partícipes de los méritos de los bienaventurados.
9.- Libraré pronto del purgatorio a las almas devotas del Rosario.
10.- Los hijos verdaderos de mi Rosario gozarán en el cielo una gloria singular.
11.- Todo lo que se me pidiere por medio del Rosario se alcanzará prontamente.
12.- Socorreré en todas sus necesidades a los que propaguen mi Rosario.
13.- Todos los que recen el Rosario tendrán por hermanos en la vida y en la muerte a los bienaventurados del cielo.
14.- Los que rezan mi Rosario son todos hijos míos muy amados y hermanos de mi Unigénito Jesús.
15.- La devoción al santo Rosario es una señal manifiesta de predestinación a la gloria.
Cfr. http://www.devocionario.com/maria/rosario_2.html
[2] Audi filia, cap. L.

miércoles, 16 de julio de 2014

Cuál es el precio del Escapulario de Nuestra Señora del Carmen


         El Escapulario de Nuestra Señora del Carmen es un sacramental, entregado por la Madre de Dios en persona a la Iglesia, a través de San Simón Stock. El Escapulario constituye un regalo celestial de valor inestimable, y puede decirse que no hay nada en este mundo que tenga más valor que el Escapulario de la Virgen del Carmen. Quien recibe la gracia de desear usar el Escapulario, debe considerarse el más afortunado de los hombres, debido a la inmensidad del tesoro de gracia que el uso del Escapulario concede a quien lo lleva con fe, con piedad y con amor a Dios Uno y Trino.
Al entregárselo en una aparición, la Virgen le hizo la promesa a San Simón Stock, de que todo aquel que muriera con el escapulario puesto, no sufriría la condenación eterna en el Infierno, y si debiera sufrir el Purgatorio, sería la Virgen en persona quien iría a buscarlo el sábado siguiente al día de su muerte, para llevarlo al Cielo, y todo esto, gracias a la Sangre derramada en la cruz por su Hijo Jesús. El Escapulario de la Virgen del Carmen, por lo tanto, lejos de ser una costumbre piadosa pasada de moda, constituye, de parte del cielo, un regalo de inestimable valor para el alma que quiere salvarse, porque por su intermedio, el alma se predispone para recibir, en el momento de la muerte, la gracia necesaria para su eterna salvación; es decir, al usar el Escapulario de la Virgen del Carmen, el alma se predispone para recibir los frutos de gracia obtenidos por el sacrificio redentor del Hombre-Dios en la cruz. Por el Escapulario, el alma recibe, a siglos de distancia, la salvación eterna obtenida al altísimo precio de la Sangre de Jesucristo derramada en el Calvario, Sangre que la limpia de sus pecados, la protege del Enemigo de las almas, el Príncipe de las tinieblas, y le impide su caída en el Abismo eterno, pero esto, siempre y cuando el alma se comprometa a vivir en gracia y a rechazar aquello que la aparta de Dios, el pecado, es decir, el mal, en todas sus formas y grados, lo cual implica la disposición interior a perder la vida terrena antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado, lo cual, por otra parte, es lo que pide el penitente en la confesión sacramental: “…antes querría haber muerto, que haberos ofendido”.

Solo en este caso, el Escapulario de la Virgen del Carmen alcanza su eficacia, porque solo así el alma demuestra que está dispuesta a responder con amor aquello que el cielo le regala con Amor, al precio de la Sangre del Cordero, y esto es la gracia que la predispone a la salvación, por medio del Escapulario de la Virgen del Carmen. Solo quien está dispuesto a perder la vida terrena, literalmente hablando, antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado, está en condiciones de usar el Escapulario de la Virgen del Carmen, porque ése es el que ha comprendido cuánto le ha costado al Hombre-Dios el regalo del Escapulario: le ha costado nada menos que su propia vida y su propia Sangre, derramada hasta la última gota en la cruz, derramada hasta la última gota en la renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario, la Santa Misa, y recogida en el cáliz del altar eucarístico.

sábado, 25 de febrero de 2012

La Virgen del Rosario y la Cuaresma




La Cuaresma es un tiempo de oración, de penitencia, y de vivir la fe por medio de las obras de caridad, corporales y espirituales, para con los más necesitados. Cuando la Iglesia nos impone las cenizas en el Miércoles de ceniza, es para que pensemos en la muerte, que es el destino seguro de todo ser humano, a causa del pecado original. Pero también quiere la Iglesia que meditemos en la vida eterna, en la vida que comienza apenas termina esta, y en todo lo que viene inmediatamente después. Sabemos por la fe que, al morir, al cerrarse los ojos del cuerpo por la muerte, se abren los ojos del alma, y el alma ingresa en la vida eterna, y en esta vida eterna, lo primero que le sucede al alma es ir delante de la Presencia de Dios Trino, a recibir su juicio particular, y luego, después del juicio, viene el destino eterno, según sea la sentencia del juicio: cielo o infierno, con el purgatorio como estadía previa para el cielo, para algunos.
La Iglesia entonces quiere que en Cuaresma meditemos acerca de la fugacidad de esta vida, y de la eternidad de la otra, para que recordemos y tengamos en cuenta que Dios es un Dios misericordioso, pero también es un Dios infinitamente justo, que no puede hacer injusticia, y si alguien en esta vida, muere con el corazón ennegrecido por el pecado y por el mal, con lo cual manifiesta que no quiere estar con Dios, Dios no puede violentar su decisión, y le concede lo que el alma impenitente quiere, que es la condenación eterna.
Dice San Pablo que “en el atardecer de nuestras vidas seremos juzgados en el amor”, es decir, en el juicio particular, no valdrán de nada los títulos obtenidos, ni los honores y loas dados por los hombres, ni los bienes materiales poseídos, ni ninguna cosa que los hombres estimamos por buenas; valdrán solo las buenas obras, las obras hechas por amor a Dios y al prójimo, obras que a su vez solo tienen valor si se apoyan en la fe y en la oración. La fe y la oración evitan toda tentación, la primera de todas, la de no creer en Dios, o la de creer que nos vamos a salvar siendo perezosos, de mal corazón, rencorosos.
Por eso la insistencia de la Virgen de San Nicolás en la oración y en una vida de fe: “A vosotros los que estáis extraviados os digo sólo creed en el Señor. Creyendo y orando estaréis a salvo de cualquier tentación, la fe y la oración son armas poderosas que pone Jesús al alcance vuestro, no debéis hacer nada que no sea bien visto a los ojos del Señor. Gloria al Altísimo” (7-4-84).
Lo dice Dios mismo en la Sagrada Escritura: “Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar mal, aprended a obrar bien; buscad lo que es justo, haced justicia al oprimido, defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces, venid, y litigaremos -dice el Señor-. Aunque vuestros pecados sean como la grana, blanquearán como la nieve; aunque sean rojos como escarlata, quedarán blancos como lana” (Is 1, 16-18).
         Solo con la oración y la fe, manifestada en obras, llegaremos al Reino:
“El Señor quiere un pueblo limpio de pecado para cumplir su promesa de Vida Eterna. Debéis ser merecedores de su Reino. Poneos en manos del Sagrado Corazón para que os vigile; no caigáis en tentación y no pueda penetrar en vosotros el malvado; eso agradará al Señor. Debéis dar a conocer esto” (31-12-83). Para esto es el tiempo de Cuaresma: para vivir rezar, principalmente el Rosario, y para demostrar la fe con obras.




viernes, 15 de julio de 2011

Nuestra Señora del Carmen



En el siglo XIII, la Orden de los Carmelitas atravesaba un momento difícil, y necesitaba una profunda renovación espiritual, por lo que el entonces Superior General de la Orden del Carmelo, San Simón Stock, comenzó a rezarle a la Virgen con mucha devoción, invocándola con el nombre de “Estrella del mar”. Como respuesta a la oración de San Simón Stock, la Virgen María se le apareció el día 16 de julio del año 1251, y le dijo, mostrándole un escapulario: “Toma este hábito, el que muera con él no padecerá el fuego eterno”. La Virgen María dio a Stock el escapulario, y le dijo que el que muriera con el escapulario puesto, no sufriría las penas del infierno, porque moriría en gracia de Dios, y Ella misma lo haría salir del Purgatorio.

¿Cuál es el significado de esta aparición? ¿Qué quiere decir “escapulario”? ¿Qué implica el uso del escapulario? ¿Por qué motivo la Virgen promete lo que promete? ¿Solo por usar el escapulario nos veremos libres del infierno? ¿Por qué la Virgen María se le aparece a un religioso carmelita y le da lo que le da?

Intentaremos responder a estas preguntas, comenzando por lo más significativo de esta aparición de la Virgen: lo más significativo de la aparición de la Virgen es el don del escapulario, y lo es tanto más por lo que el escapulario significa: el escapulario que la Virgen da a Stock, es su propio hábito, el hábito de la Virgen del Carmelo, lo cual quiere decir que llevar el escapulario es como llevar el hábito de la Virgen. Dice así el Santo Padre Juan Pablo II: “el escapulario (de la Virgen del Carmen) es esencialmente un ‘hábito’”.

Lo que la Virgen le da a San Simón Stock entonces es un hábito, y es esto precisamente lo que más llama la atención, porque San Simón Stock, a quien la Virgen se le aparece, era un religioso y llevaba, por lo tanto, un hábito. Lo llamativo en esta aparición de María Virgen no es la extraordinaria misericordia de María –su Corazón es un corazón infinitamente misericordioso-, sino que se le apareciera a San Simón Stock, que era Superior Carmelita, y le diera un hábito religioso, porque eso es lo que el escapulario significa: un hábito. Si San Simón Stock ya era religioso y llevaba hábito; ¿por qué la Virgen le da entonces un nuevo hábito? La Virgen María le da este hábito a San Simón Stock para que el nuevo hábito fuera usado por aquellos que, sin ser religiosos carmelitas, habrían de recibir los beneficios de los religiosos carmelitas. Los religiosos carmelitas ya llevan un hábito, de color marrón, que es el color del hábito de la Virgen del Monte Carmelo; quiere decir entonces que el escapulario es ante todo para aquellos que no son religiosos carmelitas, pero que al usar el escapulario, sin ser religiosos carmelitas, reciben los beneficios de los carmelitas.

La Virgen entonces se le aparece a San Simón Stock, le da un escapulario, que es su propio hábito, y promete que quien lo use, vivirá protegido por Ella y luego será asistido por Ella misma en Persona, en el momento de la muerte. Quiere decir que, con el uso del escapulario, se reciben las gracias concedidas a este escapulario, que es el de vivir protegidos por la Virgen y ser asistidos por Ella en el momento de la muerte. Con estas afirmaciones no hay problemas: usando el escapulario, se reciben las gracias concedidas a este escapulario, el ser protegidos por la Virgen y ser asistidos por Ella al morir. Esto se entiende, pero, ¿qué es lo que quiere decir esto? ¿Quiere decir lo que entiendo de buenas a primera, que el escapulario, por ser un don de la Virgen, me salva del infierno y del Purgatorio? Si el escapulario me salva del infierno y del purgatorio, entonces voy al cielo. De esto surge una pregunta ineludible: ¿usando el escapulario tengo ya asegurada la entrada al cielo?

La respuesta a estas preguntas no es ni lineal ni sencilla, porque no es ni lineal ni sencillo el uso del escapulario.

Ante todo, el escapulario es un sacramental, es decir, es un objeto –una cosa, de metal o de tela-, aprobado por la Iglesia, que obra como signo para ayudar al cristiano a vivir esta vida unidos a Dios, pero el escapulario, en tanto trozo de tela o de metal, no salva por sí mismo, aún cuando esté bendecido, porque el escapulario es solo un signo de la realidad que sí salva: la gracia de Jesucristo, que nos viene por los sacramentos.

El escapulario simboliza nuestro deseo de vivir bajo el manto de la Virgen, pero vivir bajo el manto de la Virgen quiere decir vivir en gracia, y la gracia la tenemos por los sacramentos, porque los sacramentos son la humanidad de Cristo extendida en el tiempo y en el espacio. Con esto, ya tenemos una primera respuesta a las preguntas: el escapulario es sinónimo de vida de la gracia, porque no es el escapulario en sí lo que salva, sino la gracia de Jesucristo que nos viene por los sacramentos.

Regresando al momento de la aparición, la Virgen dona el escapulario, que es su hábito, para ser usado por quienes no son religiosos carmelitas. ¿Qué implica más precisamente usar el escapulario? ¿Quiere decir que hay que “portarse bien”? Usar el escapulario es vivir bajo el manto de la Virgen, pero vivir bajo su manto no es solo evitar el pecado para no caer en el infierno: es vivir la plenitud de la vida de la gracia, para alcanzar la vida eterna en el cielo.

Usar el escapulario no quiere decir dedicarse a cada paso a ver qué es pecado y qué no es pecado, porque eso nos llevaría, tarde o temprano, a los escrúpulos; usar el escapulario es vivir en su más grande plenitud la vida de hijos de Dios, y los hijos de Dios viven su vida preocupados más por el amor que por el temor; viven preocupados más por saber de qué modo pueden demostrar más y más su amor a Dios, y no fijándose en qué es en lo que no lo ofenden. Usar el escapulario implica, de parte de quien lo usa, comprometerse a una determinada vida, porque, como dijimos, el escapulario no salva por sí mismo. Pero también aquí debemos estar atentos para no confundirnos: quien usa el escapulario, no se compromete a simplemente vivir una vida honrada; quien usa el escapulario, no se compromete a simplemente ser bueno y a no hacer el mal; quien usa el escapulario no se compromete a vivir una vida “moralmente correcta”. Usar el escapulario quiere decir buscar de vivir en gracia, y vivir en gracia quiere decir ser partícipes de la vida y de los misterios del Hombre-Dios Jesucristo y de la vida y de los misterios de su Madre, la Madre de Dios, María Santísima, y esto es algo inmensamente más grande, profundo y misterioso, que simplemente querer ser más buenos. Quien usa el escapulario, comienza a vivir otro estado de vida, la vida de la gracia, que es algo superior a la vida natural, y como la moral depende del estado de la naturaleza[1], hay un compromiso a vivir una moral no natural, sino sobrenatural, pero antes de la moral, están los misterios sobrenaturales del Hombre-Dios Jesucristo, de quien depende esa moral, por eso, quien usa el escapulario, se compromete, antes que a vivir una moral sobrenatural, a vivir y contemplar los misterios sobrenaturales del Hombre-Dios Jesucristo. De otro modo, es decir, sin contemplar y vivir de los misterios de Cristo, usar el escapulario se vuelve una empresa imposible, porque quien usa el escapulario se compromete a una vida de santidad, que implica una moral sobrenatural, y vivir una moral sobrenatural sin la fuente de esa moral, que es el misterio de Cristo, se vuelve una empresa imposible y hasta absurda.

¿Qué es lo que implica, y qué es lo que no implica, el uso del escapulario de la Virgen del Carmen?

Usar el escapulario no quiere decir vivir una vida simplemente buena, sino una vida sobrenatural, la vida misma de Jesucristo, Dios Hijo, y la vida misma de la Virgen María, la Madre de Dios.

Usar el escapulario de la Virgen del Carmen no es “portarse bien”, sino ser santos, pero ser santos no es una frase vacía: es imitar a Cristo y a María, e imitar a Cristo y a María no es parecerse por fuera, sino vivir la vida misma de Cristo y de María por medio de la gracia sacramental, de manera que Cristo viva en nosotros y nosotros en Cristo, de manera que Cristo sea carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre y hueso de nuestros huesos; es participar de la cruz de Cristo y de los dolores de su Madre; es amar a los enemigos, como Cristo nos amó y nos perdonó desde la cruz, siendo nosotros sus enemigos; es perdonar a los enemigos, como María nos perdonó, siendo nosotros los que matábamos al Hijo de su Corazón; es obrar la misericordia, la caridad y la compasión, como Cristo y María en el Calvario fueron misericordiosos con nosotros, inmolándose en un único fuego de amor a Dios Padre; es ser pobre de espíritu, reconociendo que necesitamos de Dios Padre, de su Palabra y de su Amor; es ser humildes, como Cristo, que se humilló por nosotros, dejándose tratar como un pecador, siendo Dios Inmaculado; es tener hambre y sed de justicia por el Reino de Dios Uno y Trino; es ser pacífico, como Cristo Rey pacífico, que aún teniendo el poder de enviar fuego desde el cielo para aniquilar a sus enemigos, o de llamar a doce legiones de ángeles que los habrían aniquilado en un santiamén, extiende sin embargo sus brazos en la cruz, para abrazar, con el amor de Dios, a los hombres cegados por el odio y la rebelión.

Usar el escapulario entonces no quiere decir simplemente “portarse bien”, o “ser honrados”, o “ser buenos ciudadanos y buenos vecinos”: usar el escapulario significa vivir la existencia humana buscando en todo de imitar al Hombre-Dios Jesucristo, pero no con una imitación externa, extrínseca, sino por medio de la gracia, ya que solo por la gracia puede el alma ser una copia viva de Jesús en la tierra. Así se explica la promesa de María para quien use el escapulario: ¿cómo podría negarse la Virgen a llevar al cielo a quien lleve en su alma la imagen de su Hijo? Si alguien, usando el escapulario, busca vivir en gracia, y vivir en gracia quiere decir imitar a Jesús y ser una copia fiel de Jesús, y llevar impreso en el alma la imagen del Sagrado Corazón; ¿puede la Virgen dejar que alguien, llevando el escapulario por fuera, y la imagen de su Hijo dentro de su alma, se condene en el infierno? La Virgen María no salva del infierno y no saca del Purgatorio a un alma por el hecho de llevar puesto el escapulario: la Virgen María lleva al alma a la comunión de vida y amor con las Tres Divinas Personas –en esto consiste el cielo- cuando el alma, llevando exteriormente el escapulario, busca de configurar su alma con Cristo, busca de convertir su corazón de piedra en una copia del Corazón misericordioso del Salvador. Si al momento de morir, la Virgen descubre en el alma y en el corazón del que lleva su escapulario, una copia fiel de la imagen y del corazón de su Hijo, entonces sí la Virgen lo llevará al cielo, a la comunión de vida y amor con Dios Trino. Quien lleve el escapulario, al momento de la muerte, deberá mostrar a la Madre de Dios, la Virgen del Carmen, que con su fe y sus obras buscó de convertir su corazón en el Corazón de Cristo. Si al momento de la muerte el alma se presenta con un corazón que no es el de su Hijo, entonces la Virgen, aún cuando el alma lleve puesto su escapulario, no lo reconocerá como hijo suyo, porque no es igual a su Hijo Jesús, y entonces lo dejará caer en la oscuridad. No por usar el escapulario presentará la Virgen al alma a las Personas de la Trinidad, sino por poseer, el alma que usa el escapulario, la imagen de su Hijo Jesús, y la poseerá quien viva en gracia y de la gracia, lo que quiere decir vivir en Cristo y de Cristo.

Cuando la Virgen se le apareció a San Simón Stock, el santo la había invocado como “Estrella del mar”, y el sentido de la invocación es que, así como los marinos se guían por medio de las estrellas en la noche oscura, así los cristianos nos guiamos por María en la noche oscura de los tiempos. María es la Estrella del Mar, el Lucero radiante de la aurora, que señala el fin de la noche y el comienzo de la alegre eternidad en Cristo Jesús. Como Estrella de la mañana, como Lucero de la aurora, María del Carmelo obre en nosotros la promesa a San Simón Stock: que ilumine la noche de nuestros días, hasta la llegada del Día luminoso de la eternidad en Cristo.


[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas de la gracia divina, Editorial Desclée de Brower, Buenos Aires 1954, 477.