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jueves, 2 de noviembre de 2017

Las características de la devoción legionaria: Dios y María


         El Manual del Legionario afirma que el legionario encuentra en la devoción a la Virgen, llamada “portento inefable del Altísimo”, su más firme apoyo, “después de Dios”[1]. Es decir, para el Legionario, luego de Dios Uno y Trino, es la Madre de Dios, María Santísima, la que le proporciona auxilio y sostén en todo momento.
         Afirma el Manual que María, comparada con Dios, es nada, porque es una creatura suya y esto a pesar de que, desde el momento mismo en que la creó, Dios la colmó de dones como a ninguna otra creatura: “Dios la sacó da la nada y aunque ya en ese momento inicial la ensalzó hasta una altura de gracia inmensa e inconcebible, respecto de su Hacedor es como la nada”[2].
         Ahora bien, siendo su creatura predilecta, Dios obró “grandes cosas en María”: la asoció desde la eternidad con el Redentor, Jesucristo, para que siendo Virgen fuera al mismo tiempo su Madre y para que fuera también madre de todos los que estuvieran, en el tiempo, unidos a Jesucristo. Dios eligió a María, porque sabía que Ella, en su pureza, amor y humildad, habría de corresponder fielmente a la misión que Él le habría de encargar –esto es, ser Virgen y Madre de Dios, y Madre de todos los hombres-, y la eligió también porque de este modo –por medio de María- “acrecentaba la gloria que habíamos de darle también todos nosotros”; es decir, eligiendo a María, Dios sabía que sería Él glorificado mucho más por nosotros, a través de la Virgen, que por nosotros mismos. Esta doctrina es contraria al pensamiento de los falsos devotos de María, que afirman equivocadamente que, al honrar a la Madre, se menoscaba al Hijo. Dice así el Manual: “Es imposible que ninguna oración o servicio de amor con que obsequiemos a María como a Madre nuestra y Auxiliadora de nuestra salvación pueda redundar en menoscabo de Aquél que quiso crearla así”. Es decir, es erróneo pensar que, honrando a la Madre de Dios, se menoscaba a Dios, porque fue Dios quien quiso que María fuera Virgen y Madre de Dios, para recibir, a través de Ella, nuestra acción de gracias, alabanzas y adoración.
         Todavía más, si para Dios es mayor gloria que las alabanzas pasen a Él a través de María, para nosotros, es mucho más seguro y fácil que nuestras alabanzas, acciones de gracias y adoraciones lleguen a Dios, cuando se las encomendamos a María, que cuando no recurrimos a Ella: “Cuanto le ofrezcamos a Ella, llega a Dios íntegro y seguro. Es más: nuestra ofrenda, al pasar por manos de María, no sólo no sufre mengua, sino que aumenta su valor”. Es decir, no solo llegan a Dios nuestras alabanzas, de modo más rápido, fácil y seguro, cuando lo hacemos a través de María, sino que incluso ¡llegan a Él aumentadas en su valor!, según lo afirma el Manual. La razón es que María “no es simple mensajera”, sino que “ha sido constituida por Dios como elemento vital en la economía de su gracia” –es Mediadora de todas las gracias-; “de suerte que su intervención le procura a Él una gloria mayor, y, a nosotros, más copiosas gracias”. Acudiendo a María, Dios recibe más gloria de parte nuestra, y nosotros recibimos de Dios gracias más abundantes todavía de las que pedimos e imaginamos.
         Esto es así porque Dios hizo que María fuera, además de nuestra celestial Abogada y la celestial Transmisora de nuestros pedidos, “la Medianera de todas las gracias”, la que nos comunica las gracias que provienen de su Hijo Jesús, “Aquél que es la causa y fuente de nuestros favores, la Segunda Persona Divina hecha hombre, nuestra verdadera Vid y única Salvación”, su Hijo Jesús.
        



[1] Cfr. Manual del Legionario, Cap. V, 1.
[2] Cfr. ibidem.

martes, 26 de septiembre de 2017

Las características de la devoción legionaria


         Según el Manual del Legionario, “las características de la devoción legionaria quedan reflejadas en sus oraciones”[1], y esto se debe al principio: “lex credendi, lex orandi”: es decir, según como se cree, es lo que se reza.
         ¿Cuáles son esas características?
         Dice así el Manual: “(…) La Legión está cimentada en una gran confianza en Dios y en el amor que Él nos tiene a nosotros, sus hijos”. El legionario no solo se considera hijo de Dios, sino que vive como tal, como hijo que es, al haber sido adoptado por Dios por la gracia bautismal. Vivir como hijos quiere decir no solo saber que somos hijos, sino dirigirnos a Dios como nuestro Padre celestial, de la misma manera a como un niño pequeño se dirige a su padre terreno: en toda ocasión, en las situaciones más difíciles, y en las situaciones más alegres; en todo momento, recurrir a Dios como se recurre a un Padre amoroso, seguros de su amor y confiados en su misericordia, reposando nuestras almas en el amor infinito, eterno, inagotable, incomprensible, que Él tiene por todos y cada uno de nosotros.
         Continúa el Manual afirmando que “Dios desea servirse de nuestros esfuerzos para gloria suya y, a fin de que fructifiquen constantemente, los quiere purificar”[2]. Esto significa que Dios quiere que seamos sus instrumentos, para que lo glorifiquemos con nuestro apostolado, y si Él permite, por ejemplo, que no veamos frutos en este apostolado, es para “purificarnos”, para que el apostolado no sea hecho para vanagloria nuestra, pensando que lo que se consigue es por nosotros, sino por su gloria y para su gloria.
         El Manual nos advierte, precisamente, acerca de los extremos en los que podemos caer, cuando no confiamos en Dios como nuestro Padre: o un excesivo activismo, que no deja lugar a la oración y que es consecuencia de pensar que somos nosotros los que producimos fruto y no Dios, o bien el aletargamiento o “apatía”, una especie de desgano que viene al alma cuando no ve frutos inmediatos, y esto sucede cuando no se tiene en cuenta que es Dios quien inicia la obra, poniendo en nosotros los buenos deseos y propósitos y, si es Él quien inicia la obra, será Él quien la llevará a término, a su debido tiempo, cuando Él lo considere oportuno. Dios está más interesado que nosotros mismos en las obras de apostolado, porque Él, más que nosotros, quiere nuestra propia santificación y también la santificación de nuestros prójimos, y para eso se sirve de nosotros.
         Pero para eso, debemos “compenetrar nuestra voluntad con la de Dios”, dice el Manual, y para ello necesitamos una gran confianza filial en Dios nuestro Padre. Solo si esta confianza filial es fuerte –asentada en Cristo, que es la Roca-, solo así, Dios se servirá de nosotros para conquistar el mundo, que yace bajo el poder del maligno, para gloria suya. Si falta esta confianza en Dios, por parte del legionario, entonces sí toda la obra que Dios quiere hacer por intermedio nuestro, se verá malograda[3]. Para que esto no suceda, debemos abandonarnos en Dios, pero no en un Dios como lo hacen otras religiones, sino en el Dios católico, que es el Dios que nos ha adoptado como hijos suyos y que nos ama con amor de locura, con el mismo amor con el que amó a su Hijo Jesucristo, con el Amor de la Cruz. En este sentido, la Virgen[4] es ejemplo inigualable de abandono filial en Dios y de cómo, por medio de este abandono en Él, el alma no solo triunfa de sus enemigos, sino que Dios cumple sus planes a la perfección.



[1] Cfr. Manual del Legionario, Cap. V.
[2] Cfr. passim.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Porqué la Virgen en Fátima pide la Consagración a su Inmaculado Corazón


         En la Aparición del 13 de junio de 1917, la Virgen pide la Consagración a su Inmaculado Corazón: “Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar. Quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien le abrazare prometo la salvación y serán queridas sus almas por Dios como flores puestas por mí para adornar su Trono”.
¿Por qué pide la Virgen en Fátima la Consagración a su Inmaculado Corazón? La respuesta la encontramos analizando lo que la Virgen le dijo a Sor Lucía en esa misma Aparición, luego de anunciarle que sus primos Jacinta y Francisco irían al cielo y ella quedaría en la tierra: “Nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios”[1]. Según lo que la Virgen le dijo a Sor Lucía, quienes quedamos en la tierra, necesitamos tres cosas, hasta llegar al cielo: compañía, un refugio y un camino, y todo eso nos lo proporciona el Inmaculado Corazón de María: “Nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios”.
         “Nunca te dejaré”: si no nos consagramos al Inmaculado Corazón de María, estamos solos, aun cuando estemos rodeados de muchas personas; si no nos consagramos a María, aun cuando vivamos en medio del ruido y de la música y del estruendo del mundo, estamos solos, y necesitamos de la compañía de la Virgen, y esa compañía la tenemos cuando nos consagramos a su Inmaculado Corazón, y eso es lo que la Virgen le quiere decir a Sor Lucía cuando le dice: “Nunca te dejaré”.
         “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio”: este mundo, según el Evangelio, está “bajo el dominio del Maligno” (1 Jn 5, 19), y eso lo podemos ver a diario: violencias, guerras, injusticias, sectas, hambre, odio, usura, materialismo, mentiras, peleas, discordias, engaños, inmoralidades de todo tipo, etc. El mundo actual es como un inmenso alud de mal, que arrastra todo a su paso, y para cuya defensa, nada de lo que pueda hacer el hombre es útil. Solo el Inmaculado Corazón de María es el refugio seguro frente al horrible huracán de maldad y perversidad que azota sin compasión a toda la humanidad y que segundo a segundo parece aumentar de intensidad. Sólo la consagración al Inmaculado Corazón de María no solo nos librará de esta tormenta de oscuridad infernal, sino que nos alumbrará con la luz del Espíritu Santo, mientras el mundo se sumerge en las tinieblas más oscuras que jamás haya conocido la humanidad.
“Y el camino que te conducirá a Dios”: la humanidad, en nuestros días, transita múltiples caminos, anchos, pavimentados, lisos, en pendiente, fáciles de transitar, divertidos, coloridos, atractivos, que a la par que se los transitan, permiten dar rienda suelta a las pasiones. Sin embargo, esos caminos finalizan en el Abismo del cual no se sale. El Inmaculado Corazón de María, por el contrario, es el camino seguro que conduce a Dios, porque nada hay en María que no sea de Dios y para Dios, y es por eso que, quien se adentra en el Inmaculado Corazón de María, se adentra en el Sagrado Corazón de Jesús, que es el Corazón mismo de Dios, y es por eso que, consagrarse al Inmaculado Corazón de María, es equivalente a consagrarse al Corazón mismo de su Hijo Jesús, que es el Corazón de Dios.
Estas son las razones por las cuales la Virgen, en Fátima, pide que, los que estamos aún en la tierra, peregrinando hacia la eternidad, debemos consagrarnos a su Inmaculado Corazón.




[1] http://www.corazones.org/maria/fatima/apariciones_nuestra_senora_fatima.html

sábado, 7 de marzo de 2015

La Inmaculada Concepción aplasta la cabeza de la Serpiente



         En la estampa de la Legión de María, se observa que la Virgen se encuentra de pie, sobre el mundo, aplastando la cabeza de una serpiente. La advocación de la Virgen es la de la Inmaculada Concepción; el mundo, significa el mundo que se encuentra bajo el dominio de Satanás; la Serpiente, no es el animal, sino el Ángel caído, Satanás, la Serpiente Antigua, el Demonio. La imagen es muy significativa de realidades sobrenaturales para el cristiano: la Inmaculada Concepción es la Virgen, concebida sin mancha de pecado original e inhabitada por el Espíritu Santo, para ser la Madre de Dios, porque no podía estar contaminada por la malicia del pecado original, Aquella que debía ser la Madre de Dios Hijo; a su vez, la Virgen, siendo una Mujer, y solo una Mujer, aplasta, con su delicado pie femenino, la cabeza del poderoso Dragón infernal, y con él, a todo el infierno, sin que el Dragón infernal pueda ejercer la más mínima resistencia; para el Dragón del infierno, el delicado pie femenino de la Virgen, posee un peso más grande que el de miles de millones de toneladas, porque Dios mismo le ha participado de su poder divino a la Virgen, y es así que la Virgen aplasta al Demonio con el poder mismo de Dios. Es por esto que el Demonio se siente aterrorizado frente al solo nombre de María Santísima, porque el solo nombre de María Santísima, le significa al Demonio, el peso de la Justicia Divina, y es por eso que al nombre de la Virgen, el Demonio, el infierno, y el mundo a él sometido, tiemblan espantados y huyen aterrorizados. Éste es el significado de la Virgen, como Inmaculada Concepción, que se encuentra de pie, aplastando la cabeza de la Serpiente Antigua, cumpliendo la profecía del Génesis: “Tú le acecharás el calcañar, y Ella te aplastará la cabeza” (Gn 3, 15).

jueves, 18 de diciembre de 2014

María, modelo perfecto de maternidad


María es un modelo insuperable de maternidad, porque María cuida con inigualable amor de madre y con cuidado amoroso a su Hijo Jesús,
María cuida con amor de Madre a su Hijo, que es Hijo suyo, pero que a la vez es su Dios, porque el Hijo de María es Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios. Es un misterio imposible de comprender, que María acepta por amor y con amor. Y se dedica a la atención y al cuidado de este Niño que es su propio Dios y que a la vez es su propio Hijo.
Lo cuida como toda madre cuida a su hijo primogénito, recién nacido: acunándolo, besándolo, amamantándolo, alimentándolo, cambiándolo, protegiéndolo. Y, en el caso de su Niño, puesto que es Dios, además, adorándolo.
A medida que crece, acompañándolo en su crecimiento, en sus primeros pasos, en sus primeras palabras. Cuando es un niño más grande, haciendo lo que toda madre hace: el pan, la manteca, la miel, el azúcar, para el desayuno y la merienda; pescado, queso, verduras y frutas, para el almuerzo y la cena.
María se desempeña con amor de Madre cuidando a su Hijo Jesús, como si fuera un niño más entre otros, pero la particularidad es que no se trata de un niño más: es Dios hecho niño, sin dejar de ser Dios. Por haber asumido una naturaleza humana, por haberse encarnado en un cuerpo y en un alma humanas, este niño necesita todo lo que necesita cualquier niño humano, pero, a la vez, es Dios Hijo en Persona. María, que cuida de su niño, sabe de este misterio del cual Ella es protagonista, y contempla, con amor de madre y con asombro, el misterio que tiene delante suyo, el misterio del Niño-Dios, de Dios, que es su Hijo, pero que a la vez es el Hijo eterno del Padre.
María cuida con amor de Madre a su Hijo que es a la vez su Dios, pero es modelo insuperable de     maternidad porque también cuida a sus hijos adoptivos, adoptados al pie de la cruz, todos los hombres de todos los tiempos, incluidos nosotros. Es lo que le dice al indio San Juan Diego -cuando se aparece como la Virgen de Guadalupe- y, por medio de él,  nos lo dice a todos nosotros: “Juan Diego, mi hijo más pequeño, no te altere ningún acontecimiento penoso; ¿no estoy Yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás acaso entre mis brazos? ¿Tienes necesidad de algo más?”

María es Madre de Dios Hijo, y es Madre nuestra, que somos sus hijos adoptivos. Así como cuidó a su Hijo Jesús desde que nació y así como lo acompañó hasta la cruz, y así como lo adora ahora en el cielo por la eternidad, es decir, así como estuvo acompañando a su Hijo Jesús a lo largo de su vida terrena, así nos acompaña, aunque no la veamos ni la sintamos, como Madre llena de amor y de ternura, a lo largo de nuestra vida terrena, llevándonos entre sus brazos, hasta el momento de ser presentados ante Dios Padre.

martes, 16 de diciembre de 2014

El amor de María a Dios


Cuando Dios nos comunica la gracia santificante, no sólo nos da la capacidad para recibir su Amor, que es divino y eterno, sino que nos da el poder y la capacidad de amarlo a Él. Aún más, Él se une tan íntimamente a sí al alma, que no sólo está y permanece substancialmente en el interior del alma, sino que forma, por así decirlo, como un solo espíritu con el alma[1].
         Para el alma en gracia, no hay entonces un acto más sublime y natural que un acto de amor sobrenatural a Dios. No hay nada más natural para el alma que se siente amada por Dios de una manera tan particular y con tanta intensidad, que se siente animada y atraída por Él, arder en amor ferviente por Él.
         Es natural para el fuego dar luz y calor y comunicar a lo que toca con sus llamas, su luz y su calor y transformarlo en fuego; el ser divino, que es fuego espiritual purísimo, nos comunica su gracia, que es su luz y su calor, que proviene de la naturaleza divina, para transformarnos en una imagen suya.
         La gracia entonces ilumina y calienta: ilumina, proporcionando un conocimiento, y calienta, o enciende, en un amor divino.
         Así como en el cielo el principal y más natural acto de los elegidos es la visión beatífica, en la tierra el amor a Dios es el acto más importante y natural de los justos[2].
         Y si la gracia hace arder de amor a Dios, con un amor espiritual y puro, nadie entre las creaturas ama a Dios con más intensidad, que María, la Llena de gracia.
         Si el amor sobrenatural a Dios depende de la gracia poseída en el alma, María es la Antorcha ardiente que flamea en los cielos con llamas eternas de amor divino a Dios Uno y Trino, y sus llamas iluminan, junto con la luz del Cordero, a la Jerusalén celestial.
         Si nuestro corazón es como piedra, incapaz de ser quemado por el fuego, y si además es oscuro como las tinieblas, tanto una como otra condición pueden ser cambiadas por María: María tiene el poder de cambiar la piedra en carbón, y el carbón sí puede arder, al contacto con el fuego y, ardiendo, puede iluminar.



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, The glories of divine grace, TAN Books, Illinois 2000, 357.
[2] Cfr. Scheeben, ibidem, 358.

viernes, 24 de agosto de 2012

Qué implica la consagración a la Virgen María



         Nuestra Señora del Rosario se manifestó en San Nicolás de modo extraordinario, dejando a una vidente varios mensajes, por medio de los cuales quiere transmitirnos el urgente pedido de Dios Padre: la conversión del corazón.
         Ser devotos de la Virgen del Rosario de San Nicolás –y de cualquier otra advocación, puesto que la Virgen, obviamente, es una sola-, implica un verdadero esfuerzo y trabajo espiritual. Se equivoca quien piensa que la devoción a María, y la Consagración a su Inmaculado Corazón, está destinado solamente a quienes por la edad ya no tienen una ocupación activa en la sociedad. Por el contrario, si la Virgen se manifiesta de modo extraordinario, es para hacernos dar cuenta de que todos los hombres, de toda edad y raza, de cualquier nación de la tierra, debemos consagrarnos a Ella, puesto que es el refugio seguro ante la ira del Padre, desencadenada por nuestro desprecio e indiferencia a su Hijo Jesús y el don de su Amor, el Espíritu Santo.
         ¿Qué implica entonces la Consagración a la Virgen? No se trata simplemente de asistir a Misa los días 25; no se trata de simplemente encaminarse detrás de una procesión con su imagen; no se trata de simplemente creer que se es devoto y por lo tanto, agradable a la Virgen, por el hecho de cumplir con estas mínimas exigencias. La consagración a la Virgen implica un gran esfuerzo de lucha espiritual, ante todo contra sí mismo, puesto que el propio “yo”, el “ego” desmedido, crecido en la soberbia, es el principal enemigo de nuestra santificación y por lo tanto de nuestra salvación.
         ¿Cuáles son las exigencias de la consagración a María?
         Ante todo, oración, porque sin oración, no hay vida espiritual, no hay luz divina, no hay crecimiento interior. La oración es un diálogo vivo con el Dios Viviente, por medio del cual el alma recibe de Dios su Vida, que es al mismo tiempo luz divina y alimento celestial. Si no hay oración, o si esta es débil y cansina, fatigosa y mecánica, entonces toda la vida espiritual se reduce al mínimo indispensable, como si comparáramos la vida de un vegetal con la vida de un hombre. Y dentro de esta oración, además de la lectura y meditación de la Sagrada Escritura, ocupa un lugar imprescindible el rezo del Santo Rosario, por medio del cual la Virgen nos configura a su Hijo Jesús, imprimiendo su vida y sus misterios en nuestros corazones.
         Otra exigencia de la consagración a la Virgen es la asistencia a la Santa Misa, al menos dominical, ya que si el Rosario nos configura a Cristo, imprimiendo una imagen suya viva, la Eucaristía nos brinda al mismo Cristo en Persona.
         Como consecuencia de estas dos oraciones, el alma se llena de aquello que constituye –o debe constituir- su sustento principal: el amor, a Dios y al prójimo, comenzando por aquel prójimo con el cual, por algún motivo, se encuentra enfrentado conmigo. Este amor debe vivirse en relación a nuestro prójimo, en la vida cotidiana, en las situaciones de todos los días, dentro y fuera del hogar: la señal distintiva del cristiano es el amor fraterno, manifestado de múltiples maneras: humildad, afabilidad, perdón de las faltas, suavidad, afecto, disimulo de los defectos ajenos, caridad sobrenatural, sacrificio, ausencia de maledicencia y de malos pensamientos hacia el prójimo.
        Son tan importantes el amor y la humildad, que se puede decir que quien no ama a su prójimo, comenzando por el que es su enemigo, pensando, hablando y actuando con malicia hacia él, demuestra un alto grado de soberbia, lo cual contradice la Consagración a la Virgen, y hace vana su religión: “El que no refrena su lengua, no vale nada su religión”, dice el Apóstol Santiago.
         Revisemos entonces nuestra vida espiritual, para que la consagración a la Virgen sea del agrado del Sagrado Corazón de Jesús.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Los misterios de la Virgen María (XI)



         Los misterios de la Virgen María no solo son inagotables, de manera que el alma no se cansa nunca de contemplarlos y de maravillarse por ellos, sino que, descubierto uno, inmediatamente conduce a otro, y como cada misterio es una manifestación del Amor infinito de Dios, no puede el alma, al conocer a la Virgen, dejar de amar a Dios, cada vez más y más.
         Y hablando de misterios, es por todos conocido el más grande de todos, el de ser María la Madre de Dios. Es el más maravilloso y grandioso de todos, del cual se desprenden todos los demás, uno de los cuales atañe a la salvación de nuestras almas.
¿De qué manera se relaciona la condición de María como Madre de Dios con nuestra propia salvación? La relación está en que María es Madre de Dios Hijo, y como tal, lo que Ella pide a su Hijo Dios, Él no puede dejar de concederlo. En otras palabras, María se dirige a su Hijo pidiéndole por nosotros, con la autoridad y el amor de madre, y aquí radica la eficacia de su intercesión: Jesús, que ama con amor infinito a su Madre, no puede negarse a nada de lo que su Madre le pida para nosotros y para nuestra salvación.
Un claro ejemplo de lo que estamos diciendo, lo tenemos en el evangelio, en el episodio de las bodas de Caná: a pesar de que Jesús no quiere hacer el milagro, dando a entender claramente que no es asunto suyo –“¿A ti y a Mí, qué, mujer?”-, a pedido de María, no puede dejar de obrar el milagro de la conversión del agua contenida en las tinajas, en vino de la más exquisita calidad. Jesús se muestra incluso hasta indiferente ante la situación de los novios, pero cede ante el amoroso pedido de su Madre: “Hijo, no tienen más vino”. Basta una intervención de María, basta que María dirija sus ojos llenos de amor a su Hijo, para que este deponga su actitud de rechazo a obrar el milagro, y actúe con su poder divino, provocando la felicidad de los esposos. Jesús no resiste al poder de intercesión de María, porque Ella es su Madre, y no puede decirle “no” a los pedidos de María por nosotros.
Pero hay todavía más: no sólo Jesús es incapaz de resistir a los ruegos de María Santísima: también Dios Padre se muestra como desarmado ante los ruegos de María, porque la negativa de Jesús se debía a que no había llegado todavía la hora indicada por el Padre: “Mi hora no ha llegado todavía”, es decir: “No puedo hacer el milagro de cambiar el agua en vino porque mi hora, la hora decretada por el Padre desde la eternidad, no ha llegado todavía”. Sin embargo, luego de los ruegos de María, Jesús obra el milagro, lo cual significa que Dios Padre consintió y autorizó el pedido de María Santísima. Y como Dios Padre y Dios Hijo no obran porque sí, sino movidos por el Amor, quiere decir que entonces también Dios Espíritu Santo se conmovió ante el pedido de María. ¡Cuánto poder tiene la intercesión de la Madre de Dios, que es capaz de conmover a la misma Santísima Trinidad, para que obre a favor nuestro!
Confiados en el poder intercesor de María Santísima, le pedimos que nuestros corazones, que son como las tinajas de las bodas de Caná antes de los milagros -de arcilla, secos y vacíos, y llenos de agua, es decir, de amor a sí mismos-, reciban, por su intercesión, el milagro de que el agua o el amor de sí, se convierta en vino exquisito, es decir, en la Sangre de Cristo. ¡Que nuestros corazones, por intercesión de María Santísima, se conviertan en recipientes que contengan la Sangre del Cordero de Dios, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna!

lunes, 23 de enero de 2012

María, Reina de la paz


          
          María es Reina de la paz porque Ella nos trae a Jesús, Dador de paz, y por eso, la paz que da María como Reina es la misma paz de Jesús, que es la paz de Dios y no la del mundo: “Mi paz os dejo, mi paz os doy; no como la da el mundo” (Jn 14, 27). La paz de Jesús –y la paz de la Virgen- no es la paz del mundo: esta es una mera no beligerancia, una simple ausencia de conflictos, lograda siempre a costa de sangre y fuego; la paz del mundo es una paz meramente exterior, conseguida por la violencia, por la supresión violenta de los que se oponen al orden mundano establecido.
         Como la del mundo, la paz de Cristo se consigue también a sangre y fuego, pero la Sangre de su Corazón y el Fuego de su Amor; a diferencia de la paz del mundo, la paz de Cristo es una paz interior, profunda, que radica en lo más hondo del ser y del alma, y es concedida por Él desde la Cruz antes de morir, al perdonarnos el pecado de deicidio, como dice Luisa Piccarretta: “Os perdono y os doy la paz”.
         María es Reina de la paz porque nos trae a Cristo, paz de Dios, que nos reconcilia con Dios, y si Cristo nos reconcilia con Dios, Ella nos reconcilia con Cristo, como dice San Luis María Grignon de Montfort: “A Cristo por María”. Según este santo, si María no nos da su paz, si María no nos reconcilia con Cristo, difícilmente podremos ser recibidos favorablemente por Él.
         María es entonces Reina de la paz, por traernos a Cristo, Rey de paz, y por pacificar nuestros corazones, rebelados contra Dios, con la misma paz de Cristo.

miércoles, 14 de abril de 2010

A través de la pequeñez de María, Dios salva al mundo


Al contemplar a María en su niñez, ¿alguien podría haberse imaginado, al verla en la inocencia de sus juegos infantiles, que esa Niña era la Mujer del Apocalipsis, revestida de sol, resplandeciente en los cielos, Señora del universo y Reina de los Ángeles de Dios? ¿Alguien habría podido entrever que esa graciosa Niña era la Mujer del Génesis que aplasta la cabeza de la serpiente del infierno?
¿Quién hubiera podido pensar, al contemplar a María, que esa pequeña mujer hebrea era la causa y el origen de una nueva raza humana? Aún si se lo hubieran contado, nadie habría dado por cierto que de esa frágil mujer dependía el destino de toda la humanidad, y que era a la vez el inicio de una nueva humanidad, la humanidad de los hijos de Dios.
Al ver pasar a María, ocupada en sus humildes tareas cotidianas de toda mujer hebrea de la época –preparar la comida, limpiar la casa, acarrear agua, cuidar la huerta-, ¿quién podría haber afirmado que esa delicada mujer era el umbral entre el tiempo humano y la eternidad de Dios, umbral que en el tiempo terminaría dando paso a la Eternidad misma, al encarnarse el Eterno Dios en su seno?
Viendo a María ya encinta por obra del Espíritu, huir con San José a lomo de burro, de sus asesinos, que querían eliminar de la tierra al Verbo de Dios que llevaba en sus entrañas; viéndola en toda la fragilidad y debilidad de la huida al exilio, del escape forzoso a un lugar más seguro; viéndola cómo debe emprender la partida porque sus enemigos son poderosos, están armados con espadas afiladas de acero y hierro, mientras que Ella es una débil Mujer embarazada, sin más protección visible que su esposo adoptivo, ¿podría alguien creer que esa frágil mujer embarazada que huye de un ejército de asesinos, era la Madre de Dios, ante cuyo solo nombre el infierno entero tiembla de espanto?
¿Quién hubiera podido pensar que esa pobre mujer que da a luz virginalmente a un niño, en una fría noche, en un establo, ignorada por todos los hombres, era la causa de la salvación, de la vida nueva en Dios, y de la alegría de toda la humanidad, porque lo que daba a luz era a Dios Hijo en Persona, el Salvador, la Alegría de Dios, revestido de Niño humano?
¿Quién iba a pensar que esa frágil mujer hebrea, que alimentaba a su Hijo recién nacido, iba a alimentar a la humanidad entera con el Pan de Vida, el cuerpo de su Hijo resucitado, la Eucaristía?
Los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos, y por lo débil y lo frágil, Dios muestra su Omnipotencia.

viernes, 29 de enero de 2010

Madre de Dios, Madre de Luz[1]





María da a luz en la noche, en un oscuro establo de Belén. Sólo la luz de la luna y de las estrellas, más la lumbre de un pequeño candelabro, alumbran la escena en la cual el Hombre-Dios viene al mundo. La noche, producto de la ausencia de luz del sol, es símbolo de otra noche y de otras tinieblas, mucho más oscuras y temibles, la noche que oscurece los corazones de los hombres.
María da a luz en la noche, pero lo que da a luz María no es sólo un simple niño humano: tiene forma y cuerpo humano, llora, balbucea, tiembla de frío como un niño humano, pero no es sólo un niño humano: ¡Es Dios! ¡Ese Niño, que llora y tiembla de frío, ese Niño, que busca con sus bracitos y sus manitas la dulce protección de su amada Madre, es Dios! ¡Ese Niño, que apenas puede ver a su Madre en las penumbras de la noche y en las sombras del establo, es Dios! ¡Ese Niño, que casi no puede distinguir entre las penumbras y la débil luz de la candela del establo, es Dios! ¡Y la Virgen es su Madre!
Pero, ¿no resulta una paradoja que, si ese Niño es Dios, deba nacer envuelto en la oscuridad? ¿Acaso Dios no es luz? ¿Acaso ese Niño, nacido de la Virgen Madre, no es el Cordero del Apocalipsis? ¿Y el Cordero del Apocalipsis, no es la luz de los cielos: “La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que la alumbren, pues la gloria de Dios le dio su luz, y su lumbrera es el Cordero” (cfr. Ap 21, 23)? ¡Sí, este Niño, que nace en la oscuridad de la noche es la luz de la Jerusalén celestial!
Pero notemos también que si este Niño, que es luz, nace de María Virgen, es porque su Madre también es luz: la Virgen es luz, está inhabitada por la luz, por la luz del Espíritu Santo, la Persona-Amor de la Trinidad.
María es Madre de Dios, pero también es Madre de Luz, porque su Hijo es luz, y Ella también es luz, porque está inhabitada por la misma luz que es su Hijo y su Espíritu.
¡María, Madre de Dios y Madre de Luz, ilumina al mundo con la luz divina de tu Hijo amado!
¡María, Madre de Dios y Madre de Luz, ilumina las almas con tu Hijo crucificado!
¡María, Madre de Dios y Madre de Luz, iluminaste al mundo en Belén, dando nacimiento a la luz del mundo, tu Hijo Jesucristo!
¡María, Madre de Dios y Madre de Luz, continúas iluminando al mundo engendrando en tu seno virgen, el altar, a la luz del mundo, Jesús Eucaristía!
¡Oh milagro asombroso, divino esplendor salido del Padre: en Belén nació de María Virgen, el Niño Luz, Dios hecho Infante, para iluminar las tinieblas de la tierra, y en la Iglesia Virgen, nace, de su seno purísimo, el Dios Niño, Luz hecha Pan de Vida eterna, que ilumina a las oscuras almas de los hombres para que vayan al cielo!

[1] Cfr. Liturgia Armenia, Oda para las fiestas de la Virgen.