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domingo, 27 de diciembre de 2020

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

 



(Ciclo B – 2021)

         Al inicio del año civil, la Iglesia coloca esta solemnidad de la Madre de Dios y podríamos preguntarnos si es por mera casualidad o si existe alguna intencionalidad en esta fecha. Ante todo, debemos decir que no es casualidad, es decir, la Iglesia quiere, explícitamente, que la Virgen Santísima sea venerada de modo particular y solemne en su advocación de “Madre de Dios”. La razón por la que la Iglesia quiere venerar a la Virgen como "Madre de Dios", la podemos encontrar en el hecho que da origen a su título de “Madre de Dios”, esto es, la Encarnación y el Nacimiento del Verbo de Dios, del Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad. Como dice Santo Tomás, una mujer se llama “madre” cuando da a luz una persona; en el caso de la Virgen, Ella da a luz a una persona, pero no a una persona humana, sino divina, a la Segunda Persona de la Trinidad, que se ha encarnado, es decir, ha unido a Sí, en el seno virgen de María, por obra del Espíritu Santo, a la humanidad santísima de Jesús de Nazareth. Entonces, por haber dado a luz a una Persona Divina, la Persona del Hijo de Dios, la Sabiduría divina encarnada, es que la Virgen es llamada “Madre de Dios”.

         Ésta es la razón de su título de “Madre de Dios” y el porqué de la Iglesia de querer que se honre a la Virgen con este título. La otra pregunta que surge es acerca del motivo por el cual la Santa Madre Iglesia coloca su solemnidad de Madre de Dios al inicio del año civil. La respuesta está también, como dijimos anteriormente, en su condición de ser “Madre de Dios”: su Hijo, el Verbo de Dios es, en cuanto Dios, la Eternidad en Sí misma y así es el Creador –junto con el Padre y el Espíritu Santo- de todo lo visible e invisible, es decir, de todo el universo corpóreo y también del universo invisible, el mundo de los espíritus angélicos. Al ser Dios Eterno, por su Encarnación, por su ingreso en el seno virgen de María Santísima, ingresa este Verbo de Dios en el tiempo y en la historia humanos y con Él ingresa –puesto que Él es la Eternidad en Sí misma, como dijimos-, la eternidad de Dios en el tiempo de los hombres. Esto tiene una importancia capital para la historia de la humanidad, puesto que la divide en un antes y en un después de la Encarnación del Verbo: antes de la Encarnación del Verbo, el tiempo y la historia humanas discurrían, por así decirlo, de modo horizontal; luego de la Encarnación del Verbo, el tiempo y la historia humanas se dirigen, en sentido vertical, hacia la eternidad de Dios. En otras palabras, por la Encarnación del Verbo, toda la historia de la humanidad –y por lo tanto, la historia personal de cada persona humana- adquiere un nuevo sentido, una nueva dirección y es el sentido y la dirección de la eternidad divina. Dios, que es Eterno y que es el Creador del tiempo, ingresa en el tiempo humano para impregnar al tiempo y a la historia humana de eternidad y para darle un nuevo sentido a este tiempo y a esta historia humana, que es el de encontrarse, al fin de los tiempos, en el Último Día, con la Eternidad de Dios. Si antes de la Encarnación del Verbo la historia humana discurría horizontalmente, sin tener relación directa con Dios, ahora, con la Encarnación del Verbo, con el ingreso de la Eternidad divina en la historia, el tiempo humano toma una nueva dirección, no ya horizontal, sino vertical, estando destinada desde entonces a alcanzar su vértice en la unión con la Eternidad divina en el Último Día de la historia humana, el Día del Juicio Final, el Día en el que la historia y el tiempo humanos desaparecerán para dar inicio a la sola Eternidad divina.

         Esto, que parecen sólo disquisiciones teóricas, tiene un efecto directo en la vida personal de cada ser humano: si la historia humana adquiere un nuevo sentido, el sentido de la eternidad divina, entonces la historia y el tiempo personal de cada ser humano también adquiere el mismo sentido, esto es, la unión con la eternidad divina. Es decir, antes de la Encarnación del Verbo, la historia y el tiempo de cada ser humano discurrían de modo horizontal y desembocaban, al final de la vida, inevitablemente, en la eterna perdición; por la Encarnación del Verbo y por los méritos de su Sacrificio en la Cruz, ahora, cada ser humano se dirige, inevitablemente, lo crea o no lo crea, hacia el encuentro con la Eternidad divina, encuentro que se producirá indefectiblemente al final de sus días terrenos, es decir, en el momento de la muerte, por lo que la muerte es sólo el umbral que lo separa de la Eternidad. Otra consecuencia que tiene el ingreso del Verbo en la historia humana es que cada fracción de su tiempo personal –medido en segundos, horas, días, meses, años-, está, por un lado, impregnado de eternidad y por otro, tiene un nuevo sentido, que es la eternidad, lo cual significa que una pequeña obra de misericordia –obra realizada en Cristo y en estado de gracia-, como el dar de beber un vaso de agua a un prójimo sediento, tiene un premio eterno -"No quedará sin recompensa quien dé a beber un vaso de agua fría a uno de estos pequeños" (Mt 10, 42)-, como así también una mala obra –realizada en pecado y en contra de Cristo- tiene un castigo eterno. El significado entonces de la Encarnación del Verbo es que convierte, a nuestra vida toda, dándole un destino de eternidad y a cada acto nuestro, un valor de eternidad, sea bueno o sea malo.

         En definitiva, que la Santa Madre Iglesia coloque a la solemnidad de la Madre de Dios al inicio del año civil, tiene el sentido no sólo de que pongamos en sus manos maternales el año nuevo que inicia, sino que tomemos conciencia de que nuestra vida toda y cada uno de nuestros actos libres personales, tienen un destino de eternidad. Que esa eternidad sea en el dolor o en el gozo, depende de nuestro libre albedrío. Para que nuestra eternidad sea en el gozo de Dios Trinidad, encomendemos el año que inicia, a las manos y el Corazón maternal de la Madre de Dios, para que todos nuestros actos realizados en este nuevo tiempo estén dirigidos a su Hijo Jesús, que es la Eternidad en Sí misma.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Santa María, Reina de cielos y tierra


La Virgen, luego de Asunción, fue coronada por Nuestro Señor Jesucristo con la corona de luz y de gloria divina, quedando así constituida en Reina de cielos y tierra y Reina de ángeles y hombres. Ella es la “Mujer del Apocalipsis”, revestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de estrellas en la cabeza: el sol con el que está revestida la Virgen es la gloria de su Hijo Jesús, a Quien Ella, por su pureza y humildad, mereció llevarlo en su seno virginal; la luna bajo sus pies, significa que, en cuanto Reina, todo el universo visible y el invisible, le están sometidos, luego de su Hijo Jesús, Rey de cielos y tierra y de quien la Virgen participa su realeza; la corona de doce estrellas simboliza la corona de luz y gloria celestial con la que la Santísima Trinidad premió a la Virgen y Madre de Dios.

         Sin embargo, esta corona de luz y gloria no la recibió María en el cielo sin antes participar, en la tierra, de la corona de espinas de su Hijo Jesús, no de manera física, sino de manera mística que no significa que sea menos real. En efecto, la Virgen, aquí en la tierra, participó de la Pasión redentora de su Hijo Jesús, sufriendo sus mismos dolores, aunque no físicamente, pero sí moral y espiritualmente. Esto quiere decir que también sufrió la coronación de espinas de Jesús, con la misma intensidad de dolores, aunque Ella no recibió la coronación físicamente, y así como la corona de espinas del Redentor, se convirtió en corona de gloria en los cielos, que lo revestía de su carácter de Rey de cielos y tierra, así también sucedió con la Virgen, quien luego de sufrir místicamente la coronación de espinas de Jesús en la tierra, mereció, luego de su Dormición y Asunción en cuerpo y alma a los cielos, la corona de luz y gloria que la entronizaba como Reina y Emperatriz de todo lo creado, de ángeles y hombres, de cielos y tierra. Y así como ante esta Reina admirable, los ángeles del cielo, los santos y los justos en la tierra doblan sus cabezas en respetuosa y amorosa reverencia, así también los demonios del infierno tiemblan de terror y espanto y huyen ante el solo hecho de ser pronunciado el nombre impuesto por la Trinidad: Reina y Emperatriz de cielos y tierra, de ángeles y hombres.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios


(Ciclo B – 2015)
         Hacia el final del año civil y en el comienzo exacto del Nuevo Año, la Iglesia coloca una de sus solemnidades más importantes y significativas: la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Debemos preguntarnos el motivo: si es coincidencia o casualidad –es decir, si la Solemnidad está puesta en esta fecha por la Iglesia sin un motivo especial- o si, por el contrario, guiada por el Espíritu Santo y asistida por la Sabiduría Divina, la Santa Madre Iglesia tiene una razón especial para colocar en este momento de fin de un año y de inicio de otro, una Solemnidad tan importante. Y la respuesta es que la Iglesia, Madre y Maestra de Sabiduría, guiada e iluminada por el Espíritu Santo y asistida por la Divina Sabiduría, no hace nada al azar, y si ha puesto en esta fecha la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, es porque tiene alguna razón. ¿Cuál es?
         Para entender el porqué, debemos primero considerar quién es el Hijo de la Madre de Dios, Cristo. Cristo es Dios. Y puesto que Cristo es Dios, Él, el Hijo de la Virgen, es “su misma eternidad” y Él, siendo Dios Eterno, ingresó en nuestro tiempo, en nuestra historia humana, encarnándose en el seno virgen de María, para redimirnos, es decir, para salvarnos, para destruir y vencer para siempre, con su sacrificio en cruz, a los tres grandes enemigos de la humanidad: el demonio, el pecado y la muerte. Jesús, el Hijo de María, Dios Hijo, siendo Dios Eterno, procedente del seno del Eterno Padre, al encarnarse en el seno virginal de María Santísima, asumió nuestra naturaleza humana en unidad de Persona: quiere decir que Él, siendo Dios, se hizo hombre, sin dejar de ser Dios, para que nosotros nos hiciéramos Dios por participación, por medio de la participación en la vida divina, a través de la gracia.
         Pero el hecho de que Dios Hijo se haya encarnado y haya asumido nuestra naturaleza humana, significa que ha santificado toda nuestra naturaleza humana -con excepción del pecado, porque este ha sido precisamente destruido con su Encarnación y Muerte en cruz- y es por eso que, lo que antes era castigo divino por habernos apartado de Dios –la enfermedad, el dolor, la muerte-, ahora, en Él, en Cristo Jesús, puesto que son realidades asumidas, redimidas –esto es, santificadas- por Él, unidas a Él, se convierten en sacrificios y ofrendas agradabilísimas a Dios. Así, para nosotros, los cristianos, la enfermedad, el dolor y la muerte, si bien son realidades dolorosas, en Cristo Jesús –ofrecidas a Él por manos de su Madre, la Virgen- adquieren una nueva dimensión, una dimensión impensada, inimaginable, porque al unirlas a estas realidades a su cruz, todas estas realidades nuestras humanas, dolorosas, quedan santificadas por Él, porque Él, en cuanto Dios, “hace nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5; Is 43, 19), y a estas realidades las “hace nuevas”, porque las convierte en eventos de santificación y de salvación.
 Por la Encarnación del Hombre-Dios, entonces, quedan santificadas y redimidas nuestras realidades humanas como la enfermedad, el dolor y la muerte, y por supuesto que también la alegría y el gozo, porque todo lo humano bueno, que puede ser asumido y rescatado, no solo es asumido y rescatado por Jesucristo, sino que es elevado a evento de salvación.
Y dentro de estas realidades humanas, asumidas por el Hombre-Dios en la Encarnación y elevadas a eventos de salvación, está el tiempo, la historia, tanto de la humanidad –de toda la humanidad, desde Adán y Eva hasta el último hombre nacido en el Día del Juicio Final-, como el tiempo y la historia de cada hombre, de cada ser humano, en particular. Al encarnarse, Jesús, Hombre-Dios, Dios Eterno, ha asumido y santificado el tiempo, y ha orientado la historia humana y la historia de cada hombre particular, hacia el vértice de la eternidad trinitaria, de manera tal que los segundos, los minutos, las horas, los días, los meses, los años, desde la Encarnación, han quedado “impregnados” –si se puede decir así- de la eternidad divina, y han sido orientados hacia la eternidad divina, por lo que la consumación del tiempo humano finaliza en la eternidad del Ser trinitario.
Dicho en otras palabras, desde la Encarnación del Verbo, toda la historia humana y el tiempo humano, así como el tiempo y la historia personal de cada ser humano, no se explican, ni en su origen ni en su fin, sin una relación directa con el Ser trinitario divino. Esto quiere decir que cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día, cada año, todo el año, todos los años, vividos por el cristiano, le pertenecen, no a él –al cristiano-, sino a Jesús, Dios Eterno, porque Él los ha adquirido, los ha comprado, al precio altísimo de su Sangre, de su Santo Sacrificio de la Cruz. Por la Encarnación del Verbo, cada segundo de nuestras vidas –y por lo tanto, todo el año-, le pertenece a Jesucristo, Dios Eterno, y a Él le debe estar dedicado y consagrado, cada segundo de nuestras vidas y, por lo tanto, todo el año y todos los años que nos resten por vivir en esta vida terrena, para así ser merecedores del feliz encuentro, cara a cara, en el Reino de los cielos.

Ahora, entonces, estamos en grado de comprender por qué la Iglesia coloca, hacia el fin del año civil, y sobre todo, en el primerísimo instante del Año Nuevo que se inicia, la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios: la Iglesia quiere que, al iniciar el Año Nuevo, los hijos de Dios consagren a Jesucristo, por medio de la Virgen, todo el Año Nuevo que se inicia: todo, cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día, cada mes, todos los meses, para que todo el tiempo del Año Nuevo sea vivido de cara a la feliz eternidad, la Eternidad personificada, Cristo Jesús; la Iglesia coloca esta Solemnidad al inicio de un Nuevo Año, para que todo el Año Nuevo sea consagrado a Jesucristo, por manos de la Virgen, para que todo este nuevo tiempo que se inicia sea santo y santificado por Jesucristo, y que ningún segundo –ni uno solo- escape de su santísima, amabilísima y adorabilísima Voluntad. Ésta es la razón, entonces, de por qué la Iglesia coloca la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, al inicio del Año Nuevo: para que lo consagremos, por medio de sus manos y de su Inmaculado Corazón, a su Hijo, que es la Divina Misericordia encarnada, para que cada segundo del Año Nuevo que iniciamos, esté sumergido en el Amor Eterno de la insondable Misericordia Divina.

domingo, 19 de mayo de 2013

Santa María Reina de la Iglesia




         María es Reina de la Iglesia porque es Madre de Cristo, Rey de la Iglesia, y es de Él de quien toma su realeza, la cual no consiste, como en la tierra, en títulos nobiliarios, ni el poder de esta Casa Real se deriva de grandes posesiones materiales, de ejércitos terrenos y de alianzas de poder terrenales.
         Si bien María desciende de una familia real, al igual que José, la realeza de María, pero su realeza sobre la Iglesia no se deriva de la sangre de seres humanos que pertenecen a una dinastía terrena, puesto que su condición de Reina de la Iglesia se fundamenta en la posesión de una sangre real, la sangre de su Hijo; María es Reina de la Iglesia porque su realeza se en la Sangre del Hombre-Dios, el Rey de reyes, Cristo Jesús.
         Como Reina, María tiene una corona, pero no una corona de oro, de plata y diamantes, como las reinas de la tierra, sino una corona de luz y de gloria divina, la gloria de su Hijo Jesús. María compartió aquí en la tierra los dolores de su Hijo coronado de espinas, y por eso ostenta ahora, para siempre, la corona de luz que su Hijo Jesús le concedió en los cielos. María es Reina del Reino de los cielos, en donde su Hijo Jesús es Rey de reyes y Señor de señores.
         Como Reina, María se encuentra al frente de un gran “terrible ejército formado en batalla” (Cant 6, 10), porque el Reino de los cielos, el Reino de la luz, está en guerra sin cuartel contra el Reino de las tinieblas, que ahora campea en victoria aparente sobre la tierra y sobre los hombres. María Reina, al frente del poderoso ejército de su Hijo Jesús libra, comandando su ejército, la batalla de todas las batallas, la conquista de las almas. Así como en una batalla encarnizada, el ejército victorioso entra en la ciudadela conquistando casa por casa, librando feroces encuentros hasta lograr la victoria final, así el ejército de María Reina, compuesta en el cielo por los ángeles y santos que adoran al Cordero y compuesto en la tierra por aquellos que en la Iglesia se consagran a su Inmaculado Corazón, libra en esta tierra un duro combate por las almas, luchando ardorosamente para conquistar alma por alma. A esta Reina de los cielos, que es María, no le interesan las posesiones materiales ni la riqueza terrena, porque todo el universo le pertenece, como Reina y Señora de todo lo creado; le interesan las almas de los hombres, todas, y especialmente aquellas que forman parte del tenebroso escuadrón de las tinieblas, porque también esas almas, aunque momentáneamente formen parte del Reino de las tinieblas, han sido destinadas al Reino de los cielos.
         Los emblemas que identifican al ejército de María Reina y de Jesús Rey son el estandarte ensangrentado de la Cruz y los emblemas de los Sagrados Corazones traspasados de Jesús y de María; las armas que empuñan los miembros de este victorioso ejército son el Santo Rosario y la Cruz; la armadura está compuesta por la gracia santificante, el Escapulario del Monte Carmelo, y el intenso entrenamiento, con el cual los miembros del ejército de María Reina consiguen enormes victorias sobres sus enemigos, los “habitantes tenebrosos de los aires”, arrebatándoles de sus garras siniestras a las almas creadas por Dios, lo constituyen las obras de misericordia corporales y espirituales.
         La Reina de los cielos, la Reina de la Iglesia, a todos llama a alistarse a su ejército victorioso, porque el Príncipe de las tinieblas tiene cautivo al mundo y a las almas, y esta Reina, que derrotará para siempre al inmundo Príncipe tenebroso, aplastándolo con su delicado pie de doncella, dotado de la Omnipotencia divina, quiere alistar a los guerreros de su ejército cuanto antes, para que participen todos de su grandioso triunfo final, el triunfo que se avecina día a día, el triunfo de su Inmaculado Corazón.

sábado, 1 de enero de 2011

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios


En medio del tiempo de Navidad, y al inicio de un nuevo año en el calendario civil, la Iglesia celebra la Solemnidad de Santa María Madre de Dios. Puesto que la Navidad es también el inicio de un nuevo año, desde el punto de vista litúrgico, nos preguntamos si el colocar la solemnidad de la Madre de Dios al inicio del año civil, es una coincidencia, o si hay algún otro motivo por el cual la Iglesia celebra a la Madre de Dios justo cuando los hombres dejan atrás un año y comienzan otro.

¿Hay algo que la Iglesia nos quiere decir, al colocar, al inicio del Año nuevo, la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, es decir, al unir el comienzo de un nuevo año temporal o terreno con un nuevo año religioso?

Podría ser que sea sólo una coincidencia: ambos están juntos y ambos, coincidentemente, se refieran a inicios o comienzos: comienzo de un año y de un tiempo nuevo en el calendario humano y, al mismo tiempo, comienzo de un tiempo litúrgico nuevo en la Iglesia.

Y si es una coincidencia, entonces la relación entre el “tiempo nuevo” de la sociedad civil, el año nuevo, con el “tiempo nuevo” de la Iglesia, la Solemnidad de la Madre de Dios, es un mero “comenzar juntos”, puesto que la diferencia entre uno y otro es que en uno, es el comienzo de un tiempo profano, y el otro, es el comienzo de un tiempo religioso.

Pero no se trata de un mero “comenzar juntos”, el nuevo año civil con el nuevo año religioso; no se trata de que simplemente uno y otro indican nuevos comienzos, en el plano de lo profano, y en el plano de lo religioso.

La Iglesia quiere darnos un mensaje, y un mensaje sobrenatural, celestial: nos quiere hacer ver que nuestro tiempo, desde la Encarnación del Hijo de Dios, es un tiempo que está penetrado e informado por la eternidad de Dios, al punto tal que todo el tiempo humano, toda la historia de la humanidad, y todo tiempo personal de cada persona humana, se dirige a la eternidad.

El tiempo nuevo que indica la Solemnidad de la Madre de Dios es un tiempo radicalmente distinto al tiempo nuevo del año nuevo de la sociedad civil, porque es un tiempo dominado por la eternidad divina, y como tal, informa, penetra y asume el tiempo del año nuevo civil, para conducirlo a la eternidad de Dios.

El año nuevo de la sociedad civil indica solo un sucederse lineal del tiempo, una sucesión rectilínea sin fin: es uno más entre otros. Por el contrario, el tiempo nuevo de la Iglesia, indicado en la Solemnidad de la Madre de Dios, es un tiempo que tiene una dirección vertical: está penetrado e informado por la eternidad de Dios; por el ingreso del Verbo eterno en el seno virgen de María, ingresa la eternidad en el tiempo y en la historia humanas, y a partir de ese momento, el tiempo humano cambia porque comienza a participar de la eternidad misma de Dios Trino. Comienza el tiempo humano a tener una dirección vertical: el cielo, la eternidad.

Por la encarnación del Hijo de Dios, encarnación que convierte a la Virgen María en la Madre de Dios, el tiempo humano adquiere una nueva dimensión, una nueva perspectiva: se orienta y se dirige a la eternidad. Es por eso que desde el momento en que María se convierte en Madre de Dios por la encarnación del Verbo, desde el momento en que el Verbo ingresa en el tiempo, cada segundo, cada minuto, cada hora de cada existencia humana, de toda existencia humana, aún de aquella considerada inútil para la sociedad materialista y consumista, adquiere un significado nuevo, toma una trascendencia que antes no tenía: un destino de eternidad. El instante en que María Virgen comienza a ser Madre de Dios, por la encarnación del Verbo, señala el inicio de un tiempo nuevo para la humanidad, señala el comienzo de una Nueva Era, la era y el tiempo de los hijos de Dios, llamados a vivir en el tiempo pero destinados a vivir en la eternidad de Dios al fin del tiempo.

Así como por María vino al mundo el Hijo Eterno del Padre, así los hijos adoptivos de Dios, que vivimos en el tiempo, somos conducidos a la eternidad de Dios Padre por Cristo, y quien nos lleva a Cristo es María. Esto quiere decir que María es quien guía nuestro tiempo hacia la eternidad, porque Ella guía nuestros días hacia su Hijo Jesús, que es Dios eterno.

La Virgen, como Madre de Dios, como Madre de la Palabra eterna del Padre, guía nuestro tiempo hacia la eternidad, hacia su Hijo Jesús, que es la eternidad misma, y porque guía nuestro tiempo hacia su Hijo Jesús, es que su figura y su Presencia se ubican al inicio del año civil, al inicio de un nuevo tiempo de nuestras vidas, para que su imagen maternal, y su Presencia como Madre de Dios y Madre nuestra, esté desde el inicio del nuevo tiempo, acompañando todo el año que comienza, para que todo el tiempo, toda la unidad de tiempo que es el año, así como todo el tiempo que dure nuestra vida en la tierra, estén bajo el amoroso manto protector de la Madre de Dios y Madre nuestra.

El motivo entonces por el cual María Madre de Dios está al inicio del año civil, es para que nuestro tiempo sea todo de Cristo Dios, para Cristo Dios, en Cristo Dios; Ella está al inicio del año para que proteger nuestras vidas y llevarlas a su Hijo Jesucristo.

La majestuosa Presencia de la Madre de Dios se encuentra al inicio del año civil, al inicio del nuevo tiempo que se inicia, para que sea Ella quien cubra con su manto amoroso y maternal todos los días del Año Nuevo, para que todo el Año Nuevo sea un Año vivido en Cristo, por Cristo, para Cristo.

Es por esto que la Solemnidad de María, Madre de Dios, recuerda a cada alma el momento en que el tiempo humano comenzó a participar de la eternidad de Dios Trino, pero no solo lo recuerda, sino que le actualiza el destino mismo de trascendencia eterna, al hacer Presente sobre el altar a Jesús de Nazareth, Hombre-Dios, Dios eterno en Persona.

Celebramos y festejamos el año nuevo civil, pero la celebración y el festejo no adquieren su sentido último y pleno si no tenemos en cuenta el Año Nuevo, el Tiempo Nuevo, la Nueva Era que nos indica la Solemnidad de la Madre de Dios: nuestro tiempo humano tiene destino de eternidad: desemboca en la eternidad por la encarnación del Verbo y de ahí que cada acto nuestro libre y toda nuestra existencia personal, adquiera dimensiones de eternidad.

Al comienzo del año civil, se suelen pedir por cosas buenas pero pasajeras; como hijos de Dios, debemos elevar nuestras miradas a Dios crucificado y pedir a la Madre de Dios algo mucho más importante que la salud, el trabajo, o la armonía social: debemos pedir que nuestros actos y toda nuestra existencia, se orienten a la feliz eternidad de Dios Trino, obrando la misericordia.

Y la Madre de Dios, como anticipándose a nuestro pedido de una feliz eternidad, nos concede, en anticipo, a la feliz eternidad en Persona: su Hijo Jesús en la Eucaristía.