La Iglesia Católica tiene, entre sus
tesoros más preciados, las Apariciones de la Virgen y dentro de las Apariciones
más importantes, están las Apariciones de Lourdes como “Inmaculada Concepción”.
Si alguien considera estas apariciones marianas con un espíritu superficial y
sin fe católica, podría pensar que las apariciones son poco menos que un elemento
“folclórico” de la Iglesia Católica -estas apariciones no se dan en ninguna
otra religión-, que debe permanecer como una simple devoción sensible que no
puede ni debe cambiar la vida de quien contempla y medita en las Apariciones;
también se puede pensar, erróneamente, que el elegido para las Apariciones, el
vidente, a partir de las Apariciones y por ser un elegido, tendrá una vida
continua de visiones místicas, éxtasis, gozos celestiales. Esta es la forma de
pensar de quien, sin fe, analiza las Apariciones.
Sin embargo, nada de esto es verdad, porque la Virgen, a
Santa Bernardita, no le prometió que iba a tener una vida sin pruebas, llena de
gozo y placer; por el contrario, le advirtió que la vida feliz sería en el
Cielo, no aquí en la tierra: “No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino
en el otro”[1].
Podríamos preguntarnos la razón de las pruebas por las
que tiene que pasar el vidente -en este caso, Santa Bernardita- y la respuesta
es que cuando la Virgen elige a alguien, no es para convertir su vida en un
lecho de rosas, sino para hacerlo participar más estrechamente de los misterios
de la Pasión redentora de Jesús, Pasión que es el Evento Salvífico por
excelencia para la humanidad y que se lleva a cabo en el Altar Inmaculado de la
Santa Cruz. Otra razón es que todo lo que sucede en esta vida terrena, sean
penas, tristezas, alegrías o gozos, son de carácter temporal y transitorio, a
diferencia de la vida eterna en donde todo –sean las penas y los dolores del
Infierno, como las alegrías y los gozos del Cielo, son para siempre, para toda
la eternidad-.
El hecho de que un alma, elegida por la Virgen, participe
con sus penas, tribulaciones, amarguras, tribulaciones, de la Pasión redentora
de Jesús, hace que esta alma se purifique tanto más rápida y perfectamente,
cuanto más se une a la Cruz de Jesús, por lo cual al finalizar su vida terrena,
pasará directamente al Cielo, para adorar en la alegría eterna a la Trinidad y
al Cordero, sin pasar por el Purgatorio. Esto significa que para el vidente, el
hecho de participar en la Cruz de Jesús, es una prueba de que las Apariciones
son verdaderas, que vienen del Cielo y que no son ni un engaño de la propia
imaginación, ni una aparición demoníaca. Que las Apariciones de la Virgen en Lourdes
sean del Cielo, están confirmadas por el Magisterio de la Iglesia porque se
aplica este criterio: las Apariciones llevan a participar de la Cruz de Jesús,
único Camino al Cielo. Estas pruebas y humillaciones se dieron en la vida de Santa
Bernardita: no solo fue humillada en el curso mismo de las Apariciones –una de
las humillaciones públicas es cuando, obedeciendo a la Virgen, se arrodilla y
busca con su rostro en el barro el agua del manantial del que luego brotaría el
agua bendita y milagrosa que curó y sigue curando innumerables enfermos-, sino también
siguió sufriendo humillaciones en la vida religiosa, como el episodio en el que
la Madre Superiora la descalifica frente al obispo, diciendo de Santa
Bernardita “¡Es una tonta!”.
Entonces, si la Cruz y la humillación son pruebas de
que una aparición viene del Cielo, lo contrario, una supuesta “aparición” o “revelación”
que conceda éxito y fama mundana o que contradiga a la Cruz de Jesús como único
Camino para ir al Cielo, o que se acompañe de soberbia y orgullo por parte del
supuesto vidente, eso es una confirmación de que esa supuesta aparición o revelación
no vienen de Dios: vienen de la misma imaginación del falso vidente, o vienen
del Infierno, según nos enseña San Ignacio de Loyola.
“No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el
otro”, le dice la Virgen a Santa Bernardita en las Apariciones de Lourdes. Con toda
seguridad, la Virgen no se nos aparecerá sensiblemente como a Santa Bernardita,
pero eso no quiere decir que la Virgen no esté presente en nuestras vidas, y
podemos reconocer su presencia si es que se cumplen en nosotros lo que la
Virgen le dijo a Santa Bernardita: “No te prometo hacerte feliz en este mundo,
sino en el otro”; es decir, si nuestra vida terrena no solo no es un “lecho de rosas”,
sino que, ayudados por la gracia, unimos nuestras penas, tribulaciones,
vejaciones, humillaciones, a la Cruz de Jesús, entonces sí, en medio de nuestras penas, tribulaciones, vejaciones
y humillaciones, debemos considerarnos dichosos y afortunados, porque eso
significa que la Madre de Dios, Nuestra Señora del Valle, la Inmaculada Concepción,
está con nosotros como Madre celestial que es y que además está haciendo
realidad, con nosotros, la misma promesa que le hizo a Santa Bernardita: su
promesa de darnos una eternidad de gozo en la otra vida.

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