Como cristianos y católicos tenemos,
para nuestra vida cotidiana de cristianos, un modelo ejemplar para seguir y es
el de la Inmaculada Concepción; la Virgen es modelo para toda nuestra vida,
pero sobre todo es modelo para el acto más importante para todo cristiano y es
el momento de la Comunión Eucarística.
Para saber de qué manera la Virgen es
nuestro modelo en la Comunión Eucarística, podemos meditar brevemente en el
Anuncio del Ángel Gabriel a la Virgen y en la Encarnación del Verbo que le
sigue a continuación.
En el momento en el que el Ángel
Gabriel le anuncia a la Virgen que Ella, por designio de la Trinidad, había
sido la Elegida para ser la Madre de Dios por obra del Espíritu Santo, la
Virgen, deseando cumplir en todo momento la Santa Voluntad de Dios, dijo
inmediatamente “Sí” a la Divina Voluntad de Dios; luego del “Sí” a la Voluntad
Divina y antes de que el Hijo Eterno del Padre se encarnara en su seno, en su cuerpo
virginal y purísimo, la Virgen recibió en primer lugar a la Palabra Eterna de
Dios, tanto en su Mente Sapientísima como en su Inmaculado Corazón.
La Virgen recibió a la Palabra de Dios
en primer lugar en su Mente Sapientísima y esto se debe a que Ella estaba
iluminada por el Espíritu Santo; en consecuencia, no dudó en ningún momento
acerca de los planes divinos de la Redención expresados en la voluntad de Dios
y por esto no puso ni dudas, ni objeciones, ni preguntas al Ángel; la Mente de
la Virgen estaba tan colmada de la Divina Sabiduría, que sabía que Dios no solo
no podía hacer ningún mal, sino que su Voluntad era siempre Santa y así la
Virgen conformaba su propia voluntad a la Voluntad de Dios. Nunca hubo en la
Virgen un juicio propio que, por impertinencia y orgullo obstaculizara o entorpeciera
a la Verdad divina de la Encarnación del Verbo en su seno virginal. Y aquí es
en donde la Virgen es nuestro modelo y ejemplo: al igual que Ella no dudó de la
Palabra de Dios que habría de encarnarse en su seno purísimo, así también
nosotros, antes de recibir la Sagrada Comunión, no debemos dudar en lo más
mínimo acerca de la Verdad de la Presencia real, verdadera y substancial, de la
Palabra de Dios Eternamente pronunciada, Nuestro Señor Jesucristo en la
Eucaristía, que está Presente en la Eucaristía con su Cuerpo, Sangre, Alma y
Divinidad. Pero no solo debemos creer firmemente en esta Verdad Revelada, sino que
al mismo tiempo debemos rechazar firmemente todo pensamiento propio o ajeno que
sea contrario a esta Verdad revelada. Así como la Virgen recibió en su Mente Sapientísima
la Verdad de la Palabra de Dios encarnada, es decir, la Verdad de que se iba a
encarnar en su seno purísimo de modo real y substancial la Persona Segunda de
la Trinidad, del mismo modo, nunca debemos contaminar esta Verdad de Fe de la
Presencia real y substancial del Hijo de Dios en la Eucaristía, alejando de
nuestras mentes toda duda o cualquier clase de herejías, errores, falsedades,
acerca de la Eucaristía, ajustando nuestra débil mente, en un todo, a lo que
Santa Madre Iglesia nos enseña a través del Catecismo, el Magisterio y la
Tradición sobre la Eucaristía y así, dando nuestro “Sí” a la prolongación de la
Encarnación del Verbo en la Eucaristía, pasar a comulgar.
Entones, ante el Anuncio del Ángel, la
Virgen, con su Mente iluminada por el Espíritu Santo, conoció la Verdad del plan
divino, que era la Encarnación de la Palabra de Dios en Ella y la aceptó de
inmediato, sin oposición alguna; pero la Virgen no solo concibió a la Palabra
de Dios en su Mente, sino que la concibió también en su Inmaculado Corazón, amando
la Palabra de Dios y la Divina Voluntad con su propia voluntad y querer. Esto
significa que la Virgen, con su Inmaculado Corazón lleno del Amor Divino, el
Espíritu Santo, amó a la Palabra de Dios encarnada por ser voluntad de Dios, y
amó la Palabra de Dios por ser la Palabra de Dios, engendrada en el seno eterno
del Padre y nada amó que no fuera a esta Palabra de Dios y si algo amó fuera de
ella, lo hizo por Dios, en Dios y para Dios. También aquí la Virgen es nuestro
modelo porque al igual que Ella, también nosotros, en el momento de recibir la
Sagrada Comunión, debemos amar a la Palabra de Dios encarnada en la Eucaristía,
debemos amar a la Palabra de Dios que prolonga su Encarnación en la Eucaristía
y solo debemos amar a esta Palabra Eterna del Padre encarnada en el Sacramento
del Altar y solo a Ella y si algo amamos por fuera de la Eucaristía, debemos
amarlo por, con y en la Eucaristía, descartando de raíz todo amor impuro y
profano.
La Virgen, finalmente, luego de recibir
con su Mente Sapientísima, libre de errores, y con su Corazón Inmaculado, lleno
del Amor de Dios, a la Palabra de Dios que habría de encarnarse en su seno
purísimo, la Virgen recibió a esta Palabra de Dios en su Cuerpo Purísimo y
Virginal, convirtiéndose así en Tabernáculo Viviente y Sagrario amantísimo del
Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Así también
nosotros, en el momento de recibir la Sagrada Comunión, reafirmando primero la
Verdad Eterna de la Presencia real de Jesús en la Eucaristía y amando esta Verdad
con todo el amor que sea posible en nuestro pobre corazón, luego de ser santificados
por la gracia, convirtiendo nuestros cuerpos en templos del Espíritu Santo por
la gracia santificante y la pureza de cuerpo y alma, debemos recibir en la
boca, es decir, en el cuerpo, a la Palabra de Dios que prolonga su Encarnación
en la Eucaristía, Nuestro Señor Jesucristo. Por todo esto, la Inmaculada
Concepción es nuestro modelo para la Comunión Eucarística.

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