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viernes, 23 de septiembre de 2022

Los Dolores de la Virgen según sus Apariciones en San Nicolás

 



         La Santísima Virgen María, la Madre de Dios, sufrió de forma inimaginable la Pasión de su Hijo, desde su ingreso en el Templo al recibir la profecía de San Simeón, de que “una espada de dolor atravesaría su Corazón”, hasta su crucifixión, muerte y sepultura. Por esta participación en la Pasión salvífica redentora de Jesús, la Virgen mereció llevar el nombre de “Corredentora” de los hombres.

          A Santa Brígida de Suecia le prometió siete gracias si meditaba en sus dolores y estos son[1]: 1. La profecía de Simeón (Lc 2,  22-35); 2. La persecución de Herodes y la huida a Egipto; 3. Jesús perdido en el Templo, por tres días; 4. Su encuentro con Jesús, cargado con la Cruz; 5. La Crucifixión y Muerte de Nuestro Señor; 6. María recibe a Jesús bajado de la Cruz; 7. La sepultura de Jesús.

         La misma y única Virgen María, en San Nicolás, nos dio este mensaje también sobre sus siete dolores, aunque relacionados con los pecados que los hombres de hoy cometen. El día quince de septiembre del año mil novecientos ochenta y nueve, en la Fiesta de Nuestra Señora de los Dolores, la Virgen le dijo así a la vidente: “Hija mía, en estos días, son mis Dolores: el rechazo hacia mi Hijo -el espíritu anti-cristiano, el vivir según el Anticristo y no según Cristo-, el ateísmo -la falta de fe en Dios Uno y Trino, que lleva al materialismo, al olvido de la vida eterna, del Cielo y del Infierno y a pensar que esta vida terrena es la única que existe-, la falta de caridad -es decir, la falta de amor al prójimo, que viene como consecuencia de la ausencia de amor a Dios y que lleva a los delitos mas horribles contra los hombres-, los niños que no nacen -la Virgen llora amargamente por cada aborto cometido, mucho más cuando este crimen inconcebible es aprobado por leyes inicuas, como las de nuestro país-, la incomprensión en las familias -la discordia y la desunión en las familias son consecuencias del abandono de la oración, sobre todo del Santo Rosario y también del abandono de los Sacramentos, principalmente la Confesión y la Eucaristía-, el gran egoísmo de muchos hijos en el mundo -el egoísmo es consecuencia de no pensar en la Justicia Divina, que castiga por toda la eternidad, con las penas del Infierno, a quienes viven pensando sólo en sí mismos, sin importarles los prójimos más necesitados-, los corazones aún cerrados al Amor de esta Madre -son aquellos que, en vez de recurrir a la Virgen como Madre del cielo en las necesidades y tribulaciones que se suceden en esta vida terrena, rechazan a la Virgen y acuden a los siervos de Satanás, los curanderos y las brujas-...”[2].

Y también en San Nicolás, al año siguiente, nos enseñó esta jaculatoria, para mitigar los dolores de su Inmaculado Corazón: “Oh dulcísima Madre por todos los sufrimientos que padeciste, ayúdame a sobrellevar mi cruz”.

Nosotros, como devotos de la Virgen del Rosario de San Nicolás, podemos y debemos aliviar los dolores de la Virgen y el modo de hacerlo, además de tener en la mente y en el corazón los Mandamientos de la Ley de Dios, rezar el Santo Rosario todos los días. No hay excusas para no rezar el Santo Rosario todos los días, porque si tenemos tiempo para ver aunque sea quince minutos de televisión, o si tenemos quince minutos al día de descanso o para pasear, entonces tenemos quince minutos para rezar el Santo Rosario. Recemos el Santo Rosario de la Virgen todos los días y la Virgen a su vez nos concederá tantas gracias y dones del Corazón de su Hijo, que parecerá que vivimos en el cielo, estando todavía en la tierra.

 

viernes, 10 de septiembre de 2021

Nuestra Señora de los Dolores

 



         Según la narración del Evangelio, la Virgen estuvo al pie de la Cruz de Jesús durante su Calvario y hasta el momento de su muerte y según también l Biblia y la Tradición, la Virgen sostuvo en su regazo al Cuerpo de su Hijo ya muerto y luego acompañó al cortejo fúnebre que llevó a Jesús hasta el sepulcro.

         Por el hecho de que la Virgen se encuentra al pie de la Cruz, mientras su Hijo Jesús sufre la más dolorosa de las agonías, es que la Virgen lleva el título de “Nuestra Señora de los Dolores”. Ahora bien, debemos considerar qué clase de dolores sufre la Virgen, para entender en su amplitud el título que lleva la Virgen. Ante todo, sufre el dolor de toda madre que ve morir al hijo de su corazón, al hijo que llevó en sus entrañas: así como toda madre sufre un dolor desgarrador cuando asiste a la agonía y muerte del hijo al que ama con todo su corazón, así la Virgen ve desgarrado su Inmaculado Corazón, al ver al Hijo de su amor sufrir una muerte tan dolorosa. A este dolor materno, se le suma otro dolor, que hace todavía más intenso el dolor de la Virgen: la Virgen está unida a su Hijo por el amor de madre, pero también está unida místicamente a su Hijo por el Espíritu Santo, por el Amor de Dios, lo cual hace que su unión con su Hijo sea mucho más profunda, mística y misteriosa que cualquier unión de una madre con su hijo. Al estar unida a su Hijo Dios por el Espíritu Santo, la Virgen sufre el mismo dolor que sufre su Hijo y el dolor que sufre su Hijo es doble: en el Cuerpo, por las heridas físicas que suponen la flagelación y la crucifixión, pero también en el espíritu, en el alma, porque Jesucristo sufre las muertes de todos los hombres de todos los tiempos. Así, por ejemplo, Jesús sufre la muerte de todo niño que es abortado –sufre el mismo dolor que experimenta el niño cuando es acuchillado en el aborto- y esto no con un solo niño, sino con todos los niños de todos los tiempos y así mismo sufre con la muerte de todos y cada uno de los hombres. Este dolor espiritual, y también el dolor físico de Jesús, es sufrido, por participación, por la Virgen, de modo que se puede decir que si todo el dolor del mundo se concentró en el Sagrado Corazón de Jesús suspendido en la Cruz, ese mismo dolor, que es todo el dolor del mundo, se concentra en el Inmaculado Corazón de María, de manera que se puede decir, con toda certeza, que el Inmaculado Corazón de María es inundado con un océano de dolor, de amargura, de llanto, de tristeza. En otras palabras, la Virgen no sólo sufre como sufre toda madre al ver a su hijo morir, sino que sufre místicamente, los mismos dolores físicos y espirituales que sufre su Hijo Jesús, quien por medio de este padecimiento santifica el dolor humano, convirtiéndose en Redentor de los hombres por medio del dolor de la Cruz. Y si Jesús es Redentor, la Virgen, por participación mística a sus dolores, es Corredentora. Pidamos la gracia de participar de los dolores de la Virgen, que son los dolores de Jesús, para así también nosotros ser corredentores, junto a Jesús y María y luego, en la vida eterna, poder gozar de las alegrías eternas del Reino de los cielos.

jueves, 25 de marzo de 2021

Si Jesús es Redentor, la Virgen es Corredentora


 

           Uno de los títulos de Nuestro Señor Jesucristo, el Hombre-Dios, es el de Redentor. ¿Qué significa ser Redentor? Veamos lo que dice San Cirilo de Alejandría: para este santo –y para la Iglesia Católica toda-, el ser Redentor no es el ser un simple médico del alma, sino un dispensador de vida –de vida divina, por medio de la gracia- y un dispensador como Fuente de esa vida divina; es ser medianero de una unión sobrenatural entre el hombre y Dios –por eso Jesús dice de Sí mismo: “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida”, porque Él es el Camino al Padre, que es la Vida Increada-; es ser la Fuente de la cual se derrama el Espíritu Santo –porque el Espíritu Santo es espirado eternamente por el Padre y el Hijo- con toda la plenitud de sus dones divinos sobre el linaje humano; es el motivo de nuestra adopción divina y de nuestra regeneración por la gracia como hijos de Dios; el Redentor es la Víctima por cuya muerte el pecado queda destruido del modo más perfecto no solamente en sus efectos naturales sino también en los sobrenaturales[1]. Ahora bien –como afirma un autor[2]-, es verdad que Jesucristo, en cuanto Redentor, no nos devuelve la integridad, puesto que aun liberados del pecado original por su gracia, lo mismo quedamos a merced de la corruptibilidad de la naturaleza, con lo que podemos decir que sólo paraliza o detiene la influencia perjudicial del pecado sobre el espíritu; sin embargo, puesto que Él nos hizo hijos de Dios, sabemos también que un día nos habrá de librar del perecer mediante la virtud de su Espíritu, conduciéndonos a la vida divina, la vida eterna en el Reino de los cielos, la vida misma de la Trinidad, una vida gloriosa y resucitada, absolutamente sobrenatural –porque es la vida de la Trinidad la que recibiremos en la eternidad-, en la cual lo perecedero quedará absorbido por lo imperecedero y esto no podría suceder de ninguna manera si Jesucristo no poseyera una virtud verdaderamente divina, porque Él Es una Persona Divina, la Segunda de la Trinidad, el Verbo de Dios Encarnado.

         Ahora bien, afirmamos al inicio que si Jesús es Redentor, la Virgen, su Madre, la Madre de Dios, es Ella Corredentora. ¿De qué manera la Virgen es Corredentora?

         Por un lado, podemos decir que la Virgen es cooperadora material al Bien –el Bien Sumo e Increado, que es Dios Trino-, al permitirle no solo alojarse sino permanecer en su seno virginal –su útero materno- por el término de nueve meses y al proporcionar al Hijo de Dios encarnado de su substancia materna; de esta manera, la Virgen coopera materialmente a la obra de la Redención, porque sin la donación de su substancia materna, el Verbo de Dios no habría recibido nutrientes para su crecimiento intrauterino.

         Por otro lado, podemos decir que la Virgen es cooperadora formal al Bien –el Bien Sumo e Increado, que es Dios Trino-, al asociarse en las intenciones redentoras de su Hijo, participando mística y sobrenaturalmente de su Pasión y al aceptar ser la Madre adoptiva de los hijos de Dios, nacidos por la gracia, al pie de la Cruz, en el Calvario. ¿De qué manera se asocia la Virgen a las intenciones redentoras de su Hijo? Veamos qué pretende Dios Padre al adoptar a los hombres como hijos suyos en el Calvario: en la adopción de los hombres por parte de Dios al pie de la Cruz, no hay una mera intención de adopción simplemente nominal, como si los hombres de ahora en adelante pudieran ser llamados hijos de Dios sólo nominalmente: Dios decide adoptar a los hombres para que estos, incorporados al Cuerpo Místico de Cristo, reciban de Él su Espíritu, el Espíritu Santo y así no solo les sea quitado el pecado, sino que les sea concedida la vida nueva de la Trinidad, la vida de la gracia, que es en lo que consiste la Redención. Ahora bien, en la aceptación de la Virgen de los Dolores, al pie de la Cruz, el encargo de ser Madre de todos los hombres nacidos por la gracia, existe también la intención, en la Madre de Dios, de que se cumpla la voluntad de Dios en los hombres, esto es, de que sean redimidos por la Sangre del Redentor, vehículo del Espíritu Santo y como la Virgen desea esto positivamente y positivamente participa de la Pasión de su Hijo –mística y sobrenaturalmente, como dijimos-, entonces la Virgen, la Madre de Dios, es Corredentora.



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, Editorial Herder, 373.

[2] Cfr. Scheeben, ibidem, 374.

jueves, 26 de noviembre de 2020

La Medalla Milagrosa de la Inmaculada Concepción, su significado y la gracia que debemos pedir

 



Breve historia de las apariciones de la Virgen a Santa Catalina Labouré[1].

La primera aparición.

La historia de la Medalla Milagrosa comienza la noche entre el 18 y 19 de julio de 1830: el ángel de la guarda despertó a santa Catalina Labouré –que era novicia en la comunidad de las Hijas de la Caridad en París- y le dijo que fuera a la capilla. Allí, Catalina pudo contemplar a la Virgen María y conversó con ella por largo tiempo; durante la conversación María le dijo: “Mi niña, te voy a encomendar una misión”.

La segunda aparición.

La segunda aparición ocurrió la noche del 27 de noviembre de 1830. Catalina vio a María parada en lo que parecía ser la mitad de un globo y sosteniendo una esfera dorada en sus manos como si estuviera ofreciéndola al cielo. Nuestra Señora le explicó que la esfera representaba a todo el mundo, pero especialmente a Francia. En sus dedos, la Virgen tenía numerosos anillos, de los cuales salían muchos rayos de luz, los cuales, según la explicación de la misma Virgen, simbolizaban las gracias que ella obtiene para aquellos que las pidan. Sin embargo, algunas de las joyas en los anillos estaban apagadas, no emitían luz y esto significaba, según la Virgen, que eran gracias que estaban disponibles para las almas, pero que nadie las pedía.

La tercera aparición y la visión de la Medalla Milagrosa.

En la tercera aparición, Santa Catalina vio a la Virgen de la misma manera, pero ahora se agregaba una inscripción que decía: “Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti”. Entonces María dijo a Catalina: “Haz acuñar una medalla según este modelo. Quienes la lleven puesta recibirán grandes gracias, especialmente si la llevan alrededor del cuello”.

¿Cuál es el significado de la Medalla Milagrosa?

El significado de la parte frontal de la Medalla Milagrosa es el siguiente: María está de pie sobre un globo, aplastando la cabeza de una serpiente bajo sus pies: el globo simboliza el planeta tierra y el universo; el hecho de que Ella esté de pie sobre él, significa que la Virgen es Reina de cielos y tierra; la serpiente, a la cual la Virgen le aplasta la cabeza, es el Demonio, Satanás, el Ángel caído, llamado también Serpiente Antigua: significa que la Virgen, que es hecha partícipe del poder omnipotente de Dios, es la Mujer del Génesis, que “aplasta la cabeza de la serpiente” (cfr. Gn 3, 15). A su vez, la inscripción “Oh María, sin pecado concebida”,  hace referencia al dogma de la Inmaculada Concepción de María, el cual fue proclamado años más tarde, en 1854.

El significado del reverso de la Medalla Milagrosa es el siguiente: en el reverso hay doce estrellas que rodean una “M” grande, de la que surge  a su vez una cruz; hacia abajo, hay dos corazones con llamas surgiendo de ellos, un corazón está rodeado de espinas y el otro perforado por una espada. Las doce estrellas se refieren a los Apóstoles, que representan la Iglesia entera en torno a María. También nos recuerdan la visión descripta en Apocalipsis 12, 1, en donde se dice lo siguiente: “un gran signo apareció en el cielo, una mujer vestida con el sol, y la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas”. La Mujer vestida de sol es la Virgen y la corona de doce estrellas son los Apóstoles y la Iglesia entera. La cruz simboliza a Cristo y nuestra redención, con la barra bajo la cruz simbolizando la tierra. La “M” representa a María, y su inicial entrelazada con la cruz demuestra la estrecha participación de María con Jesús en la obra de la redención, por lo cual la Virgen puede y debe ser llamada “Corredentora”. Por último, los dos corazones representan a los Sagrados Corazones de Jesús y María y el amor –simbolizado en el fuego- que Jesús y María tienen para con nosotros.

La gracia que debemos pedir a la Medalla Milagrosa.

Habiendo conocido la historia de la Medalla Milagrosa y sabiendo cuántos dones, milagros y gracias ha concedido y concede todavía, debemos tener confianza en la Virgen como Mediadora de todas las gracias y llevar la Medalla Milagrosa alrededor del cuello. Además, debemos estar confiados en que la Virgen nos concederá las gracias que le pedimos, si están en conformidad con la Voluntad de Dios. ¿Qué gracia pedirle a la Virgen? Tal vez tengamos una larga lista de gracias para pedirle a la Virgen, seguros de que nos las conseguirá, por ser la Mediadora de todas las gracias, pero hay una, en particular, que debemos pedir en primer lugar, y es la más importante de todas: la gracia de la conversión a Jesucristo, Nuestro Dios y Redentor, Nuestro Dios y Salvador, Presente en la Sagrada Eucaristía en Persona, con su Cuerpo, Sangre Alma y Divinidad. La primera gracia que le debemos pedir a la Virgen, para nosotros y para nuestros seres queridos, es la gracia de la conversión eucarística. Y todo lo demás “se dará por añadidura” (Mt 6, 33).

 

martes, 17 de diciembre de 2019

La liturgia de la Eucaristía en unión con María



         El Manual del Legionario nos enseña a no acudir a la Santa Misa si no es con María y a unirnos a Ella en este Santo Sacrificio. Afirma el Manual del Legionario[1] que la tarea de la Redención no la comenzó Nuestro Señor Jesucristo sin “el consentimiento de María”, el cual fue “solemnemente requerido y libremente otorgado”. Y así como no la comenzó sin María a la Redención, tampoco la finalizó sin Ella, ya que Ella estuvo al pie de la cruz en el Calvario. Continúa el Manual, afirmando la Corredención de María, al unirse mística y espiritualmente al sacrificio redentor de su Hijo: “De esta unión de sufrimientos entre María y Cristo, Ella se convirtió en la principal restauradora del mundo perdido y medianera de todas las gracias que Dios obtuvo por su muerte y con su sangre”. El Manual afirma que así como la Virgen permaneció al pie de la Cruz, así permanece en cada Santa Misa: “En cada Misa la ofrenda del Salvador se cumple bajo las mismas condiciones. María permanece en el altar en la misma forma en que permaneció junto a la cruz. Está allí, aplastando la cabeza de la serpiente”.
         Junto a María, estuvieron los representantes de cierta legión –el centurión y su cohorte- y aunque ellos crucificaban al Señor de la gloria, también sobre ellos descendió la gracia a raudales. Y al contemplarlo sin vida, los legionarios romanos proclamaron al Único y Verdadero Hijo de Dios crucificado. Estos rudos legionarios, que crucificaban sin saberlo al Señor de la gloria, fueron sin embargo los primeros –luego de Juan- a quien la Virgen recibió como hijos adoptivos de Dios. Si esto sucedió con los legionarios romanos, lo mismo sucede con los legionarios de la Legión de María, cuando estos participan de la misa cada día, al unir sus intenciones y corazones a las intenciones y al Corazón Inmaculado de María, con lo cual se unirán a su vez, por medio de María, al sublime Sacrificio del Calvario.
         Los legionarios, al ver con los ojos de la fe levantado en alto al Señor de la gloria, se unirán a Él para formar una sola Víctima y luego comerán de la Carne de la Víctima inmolada, para participar de los frutos del divino Sacrificio en su plenitud.
         Los legionarios que participen de la Misa han de procurar “comprender la parte tan esencial que tuvo María, la nueva Eva, en estos sagrados misterios: cuando su Hijo estaba consumando la redención de la Humanidad en el ara de la cruz, Ella estaba a su lado sufriendo y redimiendo con Él, por eso con toda razón se puede llamar Corredentora”. Y, unidos a Ella y por medio de Ella a  Cristo, los legionarios se convierten en corredentores de la Humanidad, cada vez que asisten a la Santa Misa.



[1] Cfr. Cap. VIII, 3.

domingo, 7 de diciembre de 2014

La Inmaculada Concepción, modelo de nuestro “Sí” a la Voluntad de Dios



       Puede suceder, con mucha frecuencia, que seamos reticentes a aceptar la Voluntad de Dios en nuestras vidas. Tal vez la razón se deba a nuestra escasa o nula comprensión de lo que significa "Voluntad de Dios"; tal vez se deba a que, generalmente, la asociamos con los sufrimientos de Jesús en el Huerto de Getsemaní, y entonces de modo automático, pensamos que eso es lo que Dios quiere para nosotros, es decir, asociamos, casi inconscientemente, a Jesús sudando Sangre en el Huerto de los Olivos, con la Voluntad de Dios -porque Jesús dice allí: "Que no se cumpla Mi Voluntad sino la Tuya", refiriéndose a Dios Padre- y, por lo tanto, como rechazamos automáticamente el dolor y el sufrimiento, al asociar la Voluntad de Dios con el dolor y el sufrimiento, rechazamos la Voluntad de Dios en nuestras vidas, y nos desentendemos de ella. Sin embargo, cuando esto hacemos, es decir, cuando no queremos saber nada de la Voluntad de Dios en nuestras vidas, somos como un barco pequeño que, navegando de noche en medio de una gran tormenta, acosado por grandes olas marinas, por el estruendo del viento y la furia de la lluvia y de los rayos y truenos, pierde de pronto la luz del faro que lo guiaba al único puerto seguro que habría de salvarlo del naufragio, y se expone a un inminente y más que catastrófico hundimiento. Sin aceptar la Voluntad de Dios en nuestras vidas, estamos definitivamente perdidos, y nuestro destino no es otro que el de perecer en medio de las olas de las tentaciones del Ángel caído, de las pasiones sin control, y de las trampas del mundo.
          Ésta es la razón por la cual es -literalmente hablando- de vital importancia, para nuestra vida espiritual, decir siempre que "Sí" a la Voluntad de Dios que, sea como sea, siempre será que vivamos y muramos en estado de gracia. Pero si no podemos o no sabemos cómo, elevemos nuestros ojos a Nuestra Madre del cielo, la Virgen María, porque la Inmaculada Concepción es nuestro modelo para decir que “Sí” a la Voluntad de Dios en nuestras vidas. Todo lo que tenemos que hacer, es contemplarla a Ella en el momento en el que el Arcángel Gabriel le anuncia que Dios la ha elegido para ser Madre del Hijo Eterno de Dios (Lc 1, 28).


          Hagamos la composición de lugar: la Virgen se encuentra en su humilde casa, en Nazareth, haciendo sus labores de ama de casa, mientras eleva su mente y su corazón a Dios; siente una ligera brisa y un suave resplandor; eleva la vista, y ve delante suyo al Arcángel Gabriel, resplandeciente por la luz divina, que se inclina ante la Flor de los cielos, mientras la saluda diciéndole: "Alégrate, Llena de gracia, el Señor está contigo". No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin". María le responde al ángel: '¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?' El ángel le responde: 'El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios'. Dice María: 'He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra'. Y el ángel, dejándola, se va. (Lc 1,26-38).
            Lo que vemos de la escena evangélica y del diálogo que la Virgen sostiene con el Arcángel, es que la Virgen, al saber que es Voluntad de Dios, no duda ni por un instante en dar el “Sí” a lo que Dios quiere y la razón por la que dice que “Sí”, es que ama a Dios con todo su ser, con toda su alma, con toda su mente, con todo su corazón, y por eso, le basta con saber que es Voluntad de Dios, para querer y amar su Voluntad con todas las fuerzas de su ser, y por eso dice inmediatamente que “Sí”, que quiere que se haga en Ella la Voluntad de Dios: “He aquí la Esclava del Señor; se haga en mí según su Voluntad”.
          En ese “Sí” de la Virgen, estaba comprendida la profecía de Simeón, cuando la Virgen habría de llevar a su Hijo recién nacido al Templo, en la ceremonia de la Presentación del Señor: “Una espada de dolor te atravesará el corazón” (Lc 2, 33-35); la Virgen acepta y ama la Voluntad de Dios, aun cuando es la Voluntad de Dios que una espada de dolor le atraviese el corazón, porque su Hijo, el Hijo de sus entrañas virginales, será el Mesías, que será entregado como Hostia Inmaculada en el Santo Sacrificio de la Cruz, para la salvación del mundo, y la Virgen, a pesar de esto, ama y acepta la Voluntad de Dios.
          En el “Sí” de la Virgen estaba comprendida la participación espiritual de la Virgen en la Pasión de su Hijo Jesús, porque aunque Ella no participó físicamente de la Pasión, en el sentido de que no sufrió en su Cuerpo purísimo los azotes y los golpes y la coronación de espinas que sufrió su Hijo, sí los sufrió moral y espiritualmente, porque estaba tan unida por el Amor a su Hijo Jesús, que todo lo que le pasaba a su Hijo, repercutía en su Corazón y en su Alma, de manera tal que puede decirse que la Pasión que sufrió su Hijo Jesús físicamente la padeció la Virgen moral y espiritualmente, y por eso la Virgen es Corredentora, y a pesar de eso, la Virgen le dijo “Sí”, a la Voluntad de Dios.
          En el “Sí” de la Virgen a la Voluntad de Dios, estaba comprendida la entrega del Amor de sus entrañas, su Hijo Jesús, para la salvación del mundo, en el sacrificio de la cruz, y la Virgen habría de hacerlo años después, cuando, erguida al pie de la cruz (cfr. Jn 19, 25-27), como Nuestra Señora de los Dolores, actuara como Sacerdotisa que ofrecería al Padre la Víctima Inmaculada, Pura y Santa, que salvaría a los hombres de la eterna perdición, les infundiría su filiación divina y los conduciría al cielo, para hacerlos bienaventurados por toda la eternidad en el seno eterno del Padre, y por este motivo, es que la Virgen también es Corredentora, porque al pie de la cruz, se desprendió de la Fuente de su Amor y de su Vida, su Hijo Jesús, para que nosotros los hombres, fuéramos salvados de la eterna condenación, y a pesar de ese dolor, que fue la actualización y el cumplimiento cabal de la profecía de Simeón: “Una espada de dolor te atravesará el corazón”, la Virgen le dijo que “Sí” a la Voluntad de Dios.
          La Virgen le dijo que “Sí” a la Voluntad de Dios, aunque en ese “Sí” estaban comprendidos los tres días de amargo luto que habría de sobrellevar por la muerte de su Hijo: el Viernes Santo, el Sábado Santo, y el amanecer del Domingo de Resurrección; cuando la Virgen le dijo que “Sí” al Arcángel que le anunciaba que era la Elegida para ser la Madre de Dios, la Virgen no le cuestionó que porqué iba a tener que pasar días de dolor, y nadie pasó días más amargos y de más dolor que la Virgen, porque es Ella quien habla en el Libro de las Lamentaciones: “Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad, fijaos: ¿Hay dolor como mi dolor?” (Lam 1, 12), porque no hay dolor más grande que el dolor de la Madre de Dios al ver muerto a su Hijo Dios en la cruz, luego de sufrir terribles dolores, después de tres horas de dolorosa agonía, y a pesar de esto, la Virgen dijo que “Sí” a la Voluntad de Dios, y no solo nunca se quejó de la Voluntad de Dios, sino que siempre, y sobre todo en las horas más amargas y tristes, encontró la Virgen que la Voluntad de Dios para su vida era un néctar más dulce que la miel y por eso en todo momento dijo siempre: “Sí, hágase en mí según su Voluntad”.
          Por todo esto, cuando nos sea difícil e incomprensible comprender o aceptar la Voluntad de Dios en nuestras vidas, elevemos la mirada del alma a la Virgen Santísima, la contemplemos en su Inmaculada Concepción, la contemplemos en el momento del Anuncio del Ángel, meditemos en su “Fiat”, en su “Sí” amoroso a la amorosa Voluntad de Dios, y le pidamos la gracia que sea Ella quien mueva nuestros corazones y nuestros labios, para que también nosotros, junto con Ella, desde su Inmaculado Corazón, le digamos a Nuestro Amado Dios: “Fiat”, “Sí, hágase tu amadísima y santísima Voluntad, oh Dios Uno y Trino, en mi pobre y humilde vida. Amén”.


miércoles, 26 de noviembre de 2014

Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa


La Medalla Milagrosa se originó en una de las apariciones de la Virgen se le apareció a Santa Catalina Labouré[1]; en concreto, en la aparición del 27 de noviembre de 1830. Por lo tanto, es muy importante conocer esa aparición, porque conociendo esa aparición, conoceremos el significado y el contenido de las promesas de la magnífica Medalla Milagrosa. Además, nos daremos cuenta que la Medalla Milagrosa es un pequeño compendio de la Fe, algo así como un Credo o un Catecismo de la Fe, que enciende nuestros corazones en el Amor a Jesús y a la Virgen, porque nos hace repasar los principales misterios de la salvación, predisponiendo de esa manera nuestros corazones, a recibir las gracias que solicitamos.
Según las narraciones de la santa, es día, se le apareció la Virgen, “vestida de blanco, con mangas largas y túnica cerrada hasta el cuello”; su cabeza estaba cubierta “con un velo blanco que sin ocultar su figura caía por ambos lados hasta los pies”, y cuando describió su rostro, sólo dijo que “era la Virgen María en su mayor belleza”. Santa Catalina describió a la Virgen con “sus pies posando sobre un globo blanco, del que únicamente se veía la parte superior”, que “aplastaban una serpiente verde con pintas amarillas”; las manos de la Virgen estaban “elevadas a la altura del corazón y sostenían otro globo pequeño de oro, coronado por una crucecita”. La Virgen, según Santa Catalina, “mantenía una actitud suplicante, como ofreciendo el globo”; a veces miraba al cielo y a veces a la tierra”. Luego sucedió algo en las manos de la Virgen: sus dedos se llenaron de anillos, que comenzaron –algunos, no todos- a despedir luces: “De pronto sus dedos se llenaron de anillos adornados con piedras preciosas que brillaban y derramaban su luz en todas direcciones, circundándola en este momento de tal claridad, que no era posible verla. Tenía tres anillos en cada dedo; el más grueso junto a la mano; uno de tamaño mediano en el medio, y uno más pequeño, en la extremidad. De las piedras preciosas de los anillos salían los rayos, que se alargaban hacia abajo; llenaban toda la parte baja”.
Mientras Sor Catalina contemplaba a la Virgen, Ella la miró y hablándole a su corazón le explicó el significado de lo que veía: “Este globo que ves (a los pies de la Virgen) representa al mundo entero, especialmente Francia y a cada alma en particular. Estos rayos simbolizan las gracias que yo derramo sobre los que las piden. Las perlas que no emiten rayos son las gracias de las almas que no piden”. De esa manera, la Virgen se daba a conocer como la Mediadora de las gracias que nos vienen de Jesucristo.
El globo de oro (la riqueza de gracias) se desvaneció de entre las manos de la Virgen. Sus brazos se extendieron abiertos, mientras los rayos de luz seguían cayendo sobre el globo blanco de sus pies. En este momento se apareció una forma ovalada en torno a la Virgen y en el borde interior apareció escrita la siguiente invocación: “María sin pecado concebida, ruega por nosotros, que acudimos a ti”. Estas palabras formaban un semicírculo que comenzaba a la altura de la mano derecha, pasaba por encima de la cabeza de la Santísima Virgen, terminando a la altura de la mano izquierda.
Oyó de nuevo la voz en su interior: “Haz que se acuñe una medalla según este modelo. Todos cuantos la lleven puesta recibirán grandes gracias. Las gracias serán más abundantes para los que la lleven con confianza”.
La aparición, entonces, dio media vuelta y quedó formado en el mismo lugar el reverso de la medalla.
En él aparecía una M, sobre la cual había una cruz descansando sobre una barra, la cual atravesaba la letra hasta un tercio de su altura, y debajo los corazones de Jesús y de María, de los cuales el primero estaba circundado de una corona de espinas, y el segundo traspasado por una espada. En torno había doce estrellas.
La misma aparición se repitió, con las mismas circunstancias, hacia el fin de diciembre de 1830 y a principios de enero de 1831. La Virgen dijo a Catalina: “En adelante, ya no verás, hija mía; pero oirás mi voz en la oración”.
Un día que Sor Catalina estaba inquieta por no saber que inscripción poner en el reverso de la medalla, durante la oración, la Virgen le dijo: “La M y los dos corazones son bastante elocuentes”.
¿Qué significado tienen los símbolos y cuál es el mensaje espiritual de la Medalla Milagrosa? Como hemos visto, algunos han sido explicados por la misma Virgen.
En el Anverso:
-María aplastando la cabeza de la serpiente que está sobre el mundo. Ella, la Inmaculada, tiene todo poder en virtud de su gracia para triunfar sobre Satanás. La Virgen es, en el Génesis, la “Mujer que aplasta la cabeza de la Serpiente” (Gn 3, 15), y lo hace porque, en virtud de ser Ella la Madre de Dios, su Hijo Dios la ha hecho partícipe de su poder divino, y es así que para el Dragón infernal, Satanás, el delicado piececito de mujer de la Virgen, pesa más que miles de universos enteros, porque la Virgen tiene el poder divino participado por el mismo Dios Hijo en Persona. Ése es el motivo por el cual el Demonio tiembla de terror y de espanto ante el solo Nombre de María Virgen, y es el motivo por el cual la Virgen le aplasta su cabeza orgullosa de Serpiente infernal: porque tiene el poder participado por Dios.
-El color de su vestuario y las doce estrellas sobre su cabeza: la mujer del Apocalipsis, vestida del sol. La Virgen aparece al principio de las Escrituras, en el Génesis, como la Mujer que aplasta la cabeza de la Serpiente infernal, y aparece al final de las Escrituras, en el Apocalipsis, resplandeciente, como “la Mujer revestida de sol” (12, 1), y siempre por ser Ella la Inmaculada Concepción, la Llena de Gracia, la Purísima, la Inhabitada por el Espíritu Santo, la Madre de Dios; si al principio de las Escrituras aparece como aplastando al Dragón, en el Apocalipsis aparece el Gran Signo Divino, que junto a la Cruz de Jesús, anuncia a los hombres el Triunfo de Dios sobre el Ángel caído; la Virgen es la “Mujer revestida de sol”, porque Ella está inhabitada por el Espíritu Santo y es Morada de la Santísima Trinidad, y ante su presencia, las huestes del infierno se hunden en los abismos aullando de terror, mientras los ángeles y santos de Dios exultan de gozo y alegría.
-Sus manos extendidas, transmitiendo rayos de gracia, señal de su misión de Madre y Mediadora de las gracias que derrama sobre el mundo y a quienes se lo pidan. Nuestro Señor en la cruz, nos la dio como Madre y en las Bodas de Caná intercedió para que Jesús obrara el primer milagro público, la conversión del agua en vino de la mejor calidad, símbolo de la conversión del vino del altar en la Sangre del Cordero. Al concedernos a la Virgen en su doble condición de Madre y Medianera de todas las gracias, Dios quiere asegurarse nuestra salvación eterna a toda costa, porque sabe que cuando un hijo de esta Madre Amantísima acude a Ella, al ver esta Madre, que es puro Amor, que su hijo descarriado está en peligro de condenarse, no dejará de mover cielo y tierra, para conseguir las gracias necesarias para que su hijo se salve. La infinita Sabiduría y el Amor Eterno de Dios han querido darnos una Madre que, además de Amantísima, es Medianera de todas las gracias, de manera que acudiendo a Ella, estaremos siempre seguros de conseguir las gracias que necesitamos, para nosotros y para nuestros seres queridos, para la eterna salvación. Debemos pedir gracias sin temor, porque la misma Virgen nos anima a pedirlas, ya que Ella dice que “las perlas que no emiten rayos son las gracias de las almas que no piden”.
-Jaculatoria: “María, sin pecado concebida, ruega por nosotros, que recurrimos a Ti”. Se trata del Dogma de la Inmaculada Concepción, dado a conocer antes de la definición dogmática de 1854. También se trata de la misión de intercesión, confiar y recurrir a la Madre. La Virgen es concebida sin pecado, por eso es “Inmaculada Concepción”, es decir, concebida “sin mácula”, sin mancha de pecado. Esto quiere decir muchas cosas: quiere decir que la Virgen nunca tuvo ni la más pequeñísima sombra, no siquiera de malicia, porque no era capaz de cometer ni el más ligerísimo pecado venial, sino ni siquiera la más pequeñísima imperfección. Pero además, la Virgen era “Llena de Gracia”, lo cual quiere decir, “inhabitada por el Espíritu Santo”, y esto desde el primer instante de su Concepción Inmaculada, y esto, porque la Virgen estaba destinada a ser la Madre de Dios: no podía estar contaminada con la malicia del pecado, la que iba a ser la Madre de Dios Hijo, que por definición, era el Ser en el grado más perfecto de pureza y de santidad. Y como la Virgen es Inmaculada, Pura, e infinitamente agradable a Dios, puede interceder por nosotros, y es por eso que debemos recurrir a Ella, si queremos obtener algo de Jesucristo, ya que enseñan los santos que, si vamos nosotros, por nosotros mismos, a Jesucristo, directamente, con toda probabilidad, seremos rechazados, pero si vamos por medio de María, seremos aceptados.
-El globo bajo sus pies: significa que la Virgen es Reina del cielos y tierra. No puede ser de otra manera, puesto que su Hijo, Jesucristo, es Rey de cielos y tierra, y al ser Asunta la Virgen, su Madre, Él la coronó como Reina de cielos y tierra. Pero así como Jesucristo obtuvo su corona de gloria luego de ser coronado de espinas, así también la Virgen recibió de su Hijo Jesucristo, la corona de luz y de gloria, luego de participar espiritualmente de su Pasión y de su corona de espinas. Por eso es que nosotros, como hijos de la Virgen que somos, si queremos ser coronados de gloria, como nuestra Madre celestial y como Jesús, entonces también pedimos ser coronados con la corona de espinas de Jesús y pedimos participar espiritualmente, como participó la Virgen espiritualmente, de la Pasión de Jesús. Sólo así, participando de la misma corona de espinas y de la Pasión de Jesús, seremos coronados de gloria como la Virgen, en el cielo, por Jesús.
-El globo en sus manos: significa el mundo –las almas- ofrecido a Jesús por sus manos. Todas las almas, están en las manos de la Virgen, que se las ofrece a Jesús, para que Jesús las guarde en su Sagrado Corazón y de su Sagrado Corazón las lleve al Padre.
En el reverso:
-La cruz. Por la cruz, a la luz. Por la cruz del Calvario, a la luz de la gloria. No hay salvación sin cruz; la cruz de Jesús es el camino al cielo. La cruz de Jesús convierte la ira del Padre en Amor Misericordioso, porque cuando Jesús se interpone entre Dios Padre y nosotros con su cruz, Dios Padre nos mira a través de las llagas de Jesús, y así su ira divina, justamente encendida por nuestras iniquidades y maldades, no solo se aplaca, sino que desaparece y se convierte en Divina Misericordia, que se derrama sobre las almas por medio de la Sangre que mana a través de las heridas abiertas de Jesús.
-La letra M. Es el símbolo de María y de su maternidad espiritual. La Virgen es nuestra Madre del cielo, porque Jesús nos la entregó antes de morir, como supremo don de su Sagrado Corazón, cuando le dijo a Juan: “Hijo, he ahí a tu Madre” (Jn 19, 27). En Juan estábamos representados todos los hombres, y fue en ese momento, de supremo dolor, que la Virgen nos concibió en su Inmaculado Corazón, como hijos adoptivos, y fue en ese admirable momento en el que, a la sombra de la cruz, bajo la forma del amor maternal de una Madre celestial, la Misericordia Divina comenzó a tomar posesión de nuestras almas, para salvarlas y conducirlas al cielo.
-La barra. Es una letra del alfabeto griego, “yota” o I, que es monograma del nombre, Jesús. “No hay otro nombre dado bajo el cielo para nuestra salvación” (Hch 4, 12), y eso es lo que nos recuerda la Medalla Milagrosa.
Agrupados ellos: La Madre de Jesucristo Crucificado, el Salvador. La Medalla Milagrosa nos recuerda este hecho: la Virgen está al pie de la cruz, en el Calvario, y está al pie de la cruz en el altar eucarístico, en la Santa Misa, porque la Santa Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la cruz.
-Las doce estrellas. Signo de la Iglesia que Cristo funda sobre los Apóstoles y que nace en el Calvario de su Inmaculado Corazón traspasado.
-Los Dos Corazones. Significan la Corredención y la unidad indisoluble entre los Corazones del Hijo y de la Madre, además de la futura devoción a los dos y su reinado. La Virgen María es Corredentora porque participa espiritualmente de la Pasión Redentora de su Hijo Jesús. Si bien Ella no participó físicamente de los tormentos que sufrió su Hijo, sí los sufrió moral y espiritualmente; además, desde que dio su “Sí” al Anuncio del Ángel a la Voluntad del Padre, a la Encarnación del Verbo, que era ofrecer su Hijo  por la salvación de los hombres; al ofrecerlo a su Hijo en el Nacimiento, en Belén, Casa de Pan, como Pan de Vida eterna; al ofrecerlo al pie de la cruz, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad; al ofrecerlo cada vez, en la Santa Misa, como la Madre Iglesia, en la Eucaristía, como Pan Vivo bajado del cielo, la Virgen participa activamente de la Redención, porque Ella ofrece a su propio Hijo, al Hijo de sus entrañas, que si bien es el Hijo Eterno del Padre, es también Hijo de sus entrañas humanas y maternas, de madre humana, por la parte humana que tiene Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios, y porque la Virgen ofrece activamente a su Hijo por la Redención de los hombres y participa espiritualmente de la Pasión de su Hijo, la Virgen es Corredentora, junto a su Hijo, el Redentor del mundo, y por eso, la Medalla Milagrosa, nos recuerda a los Dos Sagrados Corazones de Jesús y de María juntos.
Y, por último, el nombre de la medalla: la Medalla se llamaba originalmente: “de la Inmaculada Concepción”, pero al expandirse la devoción y al haber sido concedidos tantos milagros a través de ella, se le cambió el nombre y se la comenzó a llamar popularmente “La Medalla Milagrosa”.
Y, como dice el dicho: “Cuando el río suena, agua trae”. Y en este caso, el río suena, porque trae agua, mucha agua; tanta agua, que es un mar, y un mar de gracias: las gracias de la Medalla Milagrosa.





[1] http://www.corazones.org/maria/medalla_milagrosa.htm

jueves, 21 de agosto de 2014

Memoria de la Santísima Virgen María, Reina


         La Santísima Virgen María, Madre de Dios, es Reina por derecho propio, porque Ella desciende de una familia real; pero también es reina porque su Hijo la corona en el cielo con una corona de luz y de gloria, en el momento de la Asunción. Ahora bien, esta corona de luz y de gloria, la obtiene la Virgen luego de participar, espiritualmente, de la corona espinas de su Hijo Jesús, aquí en la tierra. La Virgen nunca llevó materialmente una corona de espinas, pero sí de modo espiritual y místico, porque cuando coronaron a su Hijo Jesús, Ella sintió las punzadas y los dolores de la corona de espinas de Jesús, con igual intensidad como las sintió Jesús. Y puesto que esas espinas representan la materialización de los pecados –los malos pensamientos, los pensamientos blasfemos, de ira, de lujuria, de maldad, de venganza, de odio, de rencor, de envidia, los pensamientos malos de cualquier clase que los hombres tienen contra sí mismos o contra sus hermanos-, y puesto que los pecados fueron lavados por la Sangre de Jesús, que empezó a correr de forma abundante, al salir de su Sagrada Cabeza, cuando los soldados romanos lo coronaron de espinas, diciéndole burlescamente: “¡Salve, Rey de los judíos!” (Mc 15, 18; Jn 19, 3), la Virgen, al compartir los dolores de la coronación de espinas de Jesús, compartió también el hecho de ser, estos dolores, salvíficos, porque con estos dolores de su coronación de espinas, Jesús estaba redimiendo todos los pecados de pensamiento de los hombres. 


Así, la Virgen se convertía en Corredentora de los hombres, junto a su Hijo Jesús, al compartir con su Hijo, los dolores salvíficos de la Pasión, aun no sufriendo Ella la Pasión de un modo físico y cruento, sino místico y espiritual, porque estaba unida a su Hijo por el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Esto nos hace ver que los pecados de pensamiento, cualesquiera sean –de ira, de venganza, de odio, de lujuria, de rencor, de pereza, etc.-, que tanto placer producen al hombre, o que al hombre le parecen que no le provocan daño-, se traducen y se materializan, de un modo misterioso, en gruesas espinas, las espinas de la corona de Jesús, que mantiene y mantendrá, actualizada, su Pasión, hasta el fin de los tiempos. En otras palabras, los pensamientos pecaminosos, que creemos que, por un lado, no nos hacen daño, y que, por otro, nos provocan placer, en Jesús, se materializan en gruesas espinas, las espinas de su corona, que son las que laceran su cuero cabelludo, provocándole atroces dolores, y haciéndole salir abundantísima Sangre, su Preciosísima Sangre. Esas dolorosísimas heridas, producidas por las espinas, gruesas y filosas de su corona, producto de nuestros pecados, son las que siente la Virgen en su cabeza, y es por eso que la Virgen, de un modo místico y espiritual, comparte la corona de espinas de su Hijo Jesús. Si a Jesús los soldados romanos se le burlan, diciéndole: “¡Salve, Rey de los judíos!”, al tiempo que lo coronan de espinas, también podrían decirle lo mismo a la Virgen: “¡Salve, Reina de los judíos!”, porque Ella siente exactamente los mismos dolores de su Hijo Jesús, aunque no lleve materialmente puesta la corona de espinas.



         La Virgen, entonces, es Reina porque su ascendencia es real y es Reina también porque en la tierra compartió, espiritual y místicamente, la corona de espinas de su Hijo, “Rey de reyes y Señor de señores”, y es por esto que su Hijo, en el cielo, la coronó con la corona de luz y de gloria en los cielos, al recibirla en su Asunción gloriosa en cuerpo y alma. Y puesto que la Virgen es nuestra Madre del cielo, Ella quiere que también nosotros seamos coronados de luz y de gloria, pero para lograr esa corona, también debemos compartir espiritualmente, igual que Ella, la corona de espinas de Jesús -recordemos el caso de Santa Catalina de Siena, a quien Jesús se le apareció, ofreciéndole dos coronas, una de oro y otra de espinas, y ella eligió la corona de espinas-, lo cual quiere decir no solo rechazar cualquier tipo de pensamiento malo, sino pedir la gracia de tener los mismos pensamientos, santos y puros, que tiene Jesús, coronado de espinas, aceptar con amor y fe las humillaciones, pequeñas y grandes, que Dios quiera enviarnos en la vida cotidiana para hacernos participar de la cruz de Jesús y estar dispuestos a perder la vida, antes de consentir siquiera un pecado mortal o venial deliberado. Solo así, compartiendo espiritualmente la corona de espinas del Rey de los cielos y de María Santísima Reina, mereceremos ser coronados de luz y de gloria en la vida eterna. 

miércoles, 14 de marzo de 2012

Los misterios de la Virgen María (VIII)




¿Puede la salvación de un alma, por toda la eternidad, depender de un solo nombre? Sí, puede, y es el nombre de María. Porque si bien nuestro Señor Jesucristo es el Redentor y el Salvador de toda la humanidad, María Santísima es también Corredentora de todos los hombres, puesto que a Ella le ha sido confiada la custodia materna de la humanidad entera, y todo aquel que invoque el dulce nombre de María, llamándola como un niño llama a su madre, puede estar cierto de que Ella lo asistirá en su última agonía.
Nuestro Señor Jesucristo nos consiguió la salvación con su muerte en Cruz, y al mismo tiempo encargó a su Madre que nos cuidara a todos como a hijos suyos muy queridos. Por este motivo, acudir a María Santísima, en la tentación, para salir triunfantes y victoriosos, equivale a acudir al mismo Jesucristo. ¡Qué misterio el de María Santísima, que siendo una frágil mujer hebrea, le haya sido concedido, por designio de la Trinidad Santísima, la asistencia de los cristianos en la lucha contra la tentación! Son los santos quienes afirman que todo aquel que acuda a María en la lucha contra la tentación, contra el demonio, el mundo y la carne, saldrá triunfante.
Lamentablemente, muchos cristianos olvidan esta misteriosa verdad, y piensan que si invocan a la Madre, el Hijo no les prestará atención, cuando en realidad, es todo lo contrario. Muchos cristianos hacen a menos la devoción a María, sin considerar el enorme misterio de salvación y gracia que su dulce nombre encierra. ¡Cuán equivocados se encuentran los cristianos que creen que no es necesario acudir a la Madre para obtener el Amor del Hijo!
No en vano nos advierten los santos, de no perder nunca de vista este Faro de luz que nos guía en la tormenta, esta Estrella del alba que nos anuncia la llegada del sol, esta Luz esplendorosa que ilumina las tinieblas. Dice así San Bernardo: “Quitad el sol, ¿qué será del día? Quitad del mundo a María, ¿qué quedará sino tinieblas?”. Y San Alfonso María de Ligorio: “Desde el punto en que un alma pierde la devoción a María es invadida de densas e impenetrables tinieblas, de aquellas tinieblas de las cuales, hablando el Espíritu Santo, dice: ‘Ordenaste las tinieblas y se hizo noche: en ella transitará toda fiera del bosque’. Apenas deja de brillar en un alma la luz divina y se hace en ella la noche, se trocará en cubil de pecados y en morada de demonios”. Y el mismo San Alfonso cita, a su vez, a San Anselmo: “¡Ay de aquellos que menosprecian la luz de este sol”, es decir, que tienen poca devoción a María.
Y para darnos una idea del maravilloso don del cielo que consiste la devoción a María, citamos el caso, narrado por San Alfonso, de la intervención de María Santísima a favor de quienes le demuestran su amor filial por medio de una piadosa devoción. Es el caso de un canónigo, muy devoto de la Madre de Dios, que sintiéndose próximo a morir, llamó a sus hermanos en religión, rogándoles que lo asistieran en un momento tan trascendente. Repentinamente, comenzó a temblar y a cubrirse de un temblor frío. “¿No veis a estos demonios que me quieren arrastrar al infierno?”, gritó con voz temblorosa. Hermanos míos, implorad en mi favor el nombre de María; espero que Ella me dará la victoria”. Todos los presentes se pusieron a rezar las letanías de la Santísima Virgen, y cuando dijeron la invocación: ‘Santa María, ruega por él’, dijo el moribundo: “Repetid, repetid el nombre de María, porque ya estoy en el tribunal de Dios”. Luego dijo: “Verdad que hice esto; pero también lo es que he hecho penitencia de ello”. Vuelto a la Virgen, exclamó: “¡Oh María, si venís en mi ayuda, me salvaré!”. Luego los demonios lo asaltaron, tratando de desesperar su alma, pero el moribundo se defendía persignándose con un crucifijo e invocando el nombre de María.
Así pasó toda la noche; al día siguiente por la mañana, tranquilo y sonriente, dijo el sacerdote, de nombre Arnoldo, lleno de alegría: “María, mi augusta Reina y mi refugio, me ha alcanzado el perdón y la salvación”. Luego, con los ojos puestos en María, que le invitaba a seguirla, dijo: “Ya voy, Señora, ya voy”. Y haciendo un esfuerzo para levantarse, expiró tranquilamente.
¡Con este ejemplo vemos cómo debemos recurrir a María Santísima, nuestra Madre del cielo, si queremos salvar nuestras almas!