viernes, 3 de abril de 2026

Novena a Nuestra Señora del Valle 2026 1

 



Según la historia de la imagen de la Virgen del Valle de Catamarca, la imagen fue hallada entre los años 1618 y 1620 en una gruta del Pueblo de Choya, en el norte del Departamento Capital[1]. En ese entonces, en el lugar se concentraban indígenas cristianos y españoles para recibir los sacramentos porque la población de Choya estaba formada por españoles encomenderos e indígenas que recibían el catecismo para ser bautizados. El hallazgo de la imagen se dio a través de un aborigen a cargo del encomendero Manuel de Salazar: este aborigen descubrió un sendero que era recorrido todos los días por mujeres nativas; por este sendero, después de subir la quebrada, se llegaba a un nicho de piedra a unos siete metros de altura. Fue en ese lugar en donde el aborigen encontró la imagen de la Virgen María, una imagen pequeña de rostro moreno con las manos juntas, en posición de oración. En el momento en el que Manuel de Salazar toma conocimiento del hallazgo, traslada la imagen a su casa ubicada en San Isidro, Valle Viejo, donde se dedicó íntegramente hasta su muerte —1638— al cuidado, culto y veneración de la Madre del Valle en su imagen bendita. En 1657, la Madre del Valle fue jurada patrona bajo la prerrogativa y la advocación de la ‘Pura y Limpia Concepción’ y por eso vamos a reflexionar brevemente en lo que significa que la Virgen sea la “Pura y Limpia Concepción”.

¿Qué significa que la Virgen sea la “Inmaculada Concepción”? Significa que la Virgen, en el momento de ser concebida y por lo tanto al ser creados su cuerpo y su alma, fue creada no solo sin la mancha del pecado original, sino además como “Llena de gracia”, es decir, inhabitada por el Espíritu Santo.

El hecho de ser concebida sin pecado original tiene una consecuencia directa en el corazón, el alma y el cuerpo de la Virgen: significa que la Virgen nunca, en ningún momento de su vida, cometió ni un solo pecado, no ya mortal, sino que no cometió ni siquiera el más pequeño pecado venial, pero esto implica algo más: la Virgen ni siquiera tuvo o cometió ni la más ligera de las imperfecciones porque Ella, con toda su humanidad, era perfectísima y toda su naturaleza humana estaba en orden y subordinada a la gracia. Como lo dice Jesús, el pecado, el mal del hombre, se origina en el corazón mismo del hombre: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” y esto es así porque el hombre sí está afectado por el pecado original y aunque este pecado se quita con el Bautismo sacramental, queda en el alma lo que se llama “concupiscencia”, que es la atracción por las cosas bajas de la tierra y se debe a que el hombre sin la gracia está dominado por sus pasiones, lo cual lo lleva a cometer, más que imperfecciones, pecados veniales y mortales. Nada de esto existía en la Virgen, porque al tener Ella su Corazón Inmaculado, no tenía ni pecado ni podía cometer pecado alguno, por pequeño que fuera y si no tenía pecado original, tampoco tenía la herida del pecado original que es, podemos decir así, la concupiscencia, aunque tampoco tenía ni siquiera la capacidad de cometer, como dijimos, no ya el más mínimo pecado, sino ni siquiera la más ligera de las imperfecciones. Al ser la Inmaculada y Pura Concepción, la Virgen solo deseaba, en su Inmaculado Corazón, cumplir siempre y en todo momento, la Voluntad de Dios y nada deseaba ni amaba que no fuera Dios y si algo amaba fuera de Dios, lo amaba en Dios, para Dios y con Dios. Debemos imitar a la Virgen en esta santa voluntad suya, la de amar solo la Divina Voluntad para nuestras vidas. Alguien podría objetar diciendo que es imposible imitar a la Virgen porque nosotros, a diferencia de Ella, sí hemos sido concebidos con el pecado original y que estamos inclinados a la concupiscencia, en el sentido de que muchas veces nos atrae el pecado, el mal, pero aun así, sí podemos imitarla y el modo de imitar a la Virgen es el pedir la gracia de no solo rechazar todo pecado, todo mal deseo, todo mal pensamiento, toda mala palabra, toda obra mala, sino ante todo de tener siempre los pensamientos, sentimiento y obras de la Virgen, que son siempre santos y puros. En esto sí podemos y debemos imitar a Nuestra Madre del cielo, de la misma manera a como un niño pequeño aprende de su madre los buenos modales y comportamientos. Debemos pedir la gracia de rechazar de raíz, es decir, desde que apenas se presenta, toda tentación, por pequeña que sea, que nos conduzca al pecado; debemos pedir la gracia de que el pecado no sea el dueño de nuestros corazones, sino que en nuestros corazones reina la gracia santificante. En esto nos sirven de ejemplo los santos, quienes preferían morir antes que pecar, es decir, preferían literalmente perder la vida terrena antes que cometer siquiera un pecado venial deliberado, porque por el pecado perdemos la vida eterna, mientras que si conservamos la gracia, nos aseguramos de vivir para la eternidad en el Reino de los cielos.

Además de Inmaculada Concepción, la Virgen, Nuestra Señora del Valle, es también la Llena del Espíritu Santo porque no solo no fue concebida con el pecado original, sino que, además, por el hecho de que estaba destinada a ser la Madre de Dios, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad, el Amor del Padre y del Hijo, inhabitó en Ella, colmándola con el Divino Amor, convirtiendo a su Inmaculado Corazón en morada de la Santísima Trinidad. También aquí la Virgen, Nuestra Señora del Valle, es nuestro modelo de vida porque, aunque nosotros, a diferencia de Ella, sí somos pecadores -somos “nada más pecado”, como dicen los santos- y como pecadores podemos y debemos hacer el propósito de vivir en estado de gracia santificante, para lo cual debemos acudir con frecuencia al Sacramento de la Penitencia de manera de permanecer siempre en estado de gracia para luego acrecentarlo con obras de misericordia.

La Virgen, Nuestra Señora del Valle, la Inmaculada Concepción y la Llena de gracia, es entonces un modelo insuperable para nuestra vida como cristianos porque en Ella se unen dos condiciones esenciales para la santidad, que son el rechazo del pecado y la vida de la gracia.

 

 


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