domingo, 5 de abril de 2026

Novena a Nuestra Señora del Valle 2026 3

 




         Debido a que la advocación de Nuestra Señora del Valle es la Inmaculada Concepción, como devotos suyos y para poder aprovechar espiritualmente lo que esto significa para nuestra salvación, debemos y podemos meditar en las Apariciones de la Virgen a Santa Bernardita en Lourdes, porque ahí se le apareció como la Inmaculada Concepción.

         Las Apariciones de la Virgen como Inmaculada Concepción comenzaron el día Jueves 18 de febrero de 1858; al ver a la Virgen y sin saber que se trataba de Ella, Santa Bernardita le ofreció papel y una pluma para que le escribiera su nombre, pero la Virgen le habla a Santa Bernardita y le dice: “No es necesario” y después continúa “No te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro”[1].

         En otra aparición, el día Miércoles 24 de febrero, la Virgen dice lo siguiente: “¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Ruega a Dios por los pecadores!”. Luego le da un ejemplo de cómo hacer la penitencia que con tanta insistencia pide: “¡Besa la tierra en penitencia por los pecadores!”.

         El día Jueves 25 de febrero, la Virgen le dice a Santa Bernardita que haga dos cosas que provocan la humillación de Santa Bernardita a los ojos de los demás, porque parecieran no tener sentido, pero en realidad no será otra cosa que la explicitación del modo de hacer penitencia, pidiendo por la conversión de los pecadores. Dice así Santa Bernardita: “(la Virgen) me dijo que fuera a beber a la fuente […] no encontré más que un poco de agua fangosa. Al cuarto intento, conseguí beber; me mandó también que comiera hierba que había cerca de la fuente, luego la visión desapareció y me marché”. Si nos ponemos a pensar, la multitud, que se había reunido por la noticia de que la Virgen se aparecía en ese lugar, al ver a Bernardita hacer esto y al no ver la multitud a la Virgen y sin saber lo que la Virgen le decía, la tratan a Bernardita como alguien que ha perdido el juicio y dicen así: “(la gente le dice) ¿Sabes que la gente cree que estás loca por hacer tales cosas?”. Sin embargo, Bernardita, lejos de haber perdido el juicio, sólo contesta “Es por los pecadores”. Este episodio de Bernardita con la Virgen nos recuerda cómo Nuestro Señor Jesucristo fue humillado infinitamente más en la Pasión; además debemos tener en cuenta que la humillación que sufrió Santa Bernardita, no es sino una participación a la humillación de Jesús en la Pasión, humillación a la que todos los cristianos estamos llamados a participar, por el mismo fin: la conversión de los pecadores.

En la aparición del día Jueves 25 de marzo, la Virgen le revela, a Santa Bernardita y a toda la Iglesia, su nombre: “Levantó los ojos hacia el cielo, juntando en signo de oración las manos que tenía abiertas y tendidas hacia el suelo, y me dijo: “Soy la Inmaculada Concepción”.

Esto es entonces lo que sucedió en las Apariciones de la Virgen como Inmaculada Concepción, con lo cual podemos meditar en lo siguiente.

Por medio de la Aparición a Santa Bernardita el Cielo confirma la verdad divina de la Inmaculada Concepción de la Virgen, verdad que el Papa Pío IX había declarado mediante el Magisterio cuatro años antes, verdad que presenta a la Virgen como Madre y como modelo de pureza mental y corporal. Así la Virgen da un mensaje vigente para nuestros días, en los que la contaminación de la Verdad Divina con herejías y la impureza del cuerpo y los sentidos son reclamados como “derechos humanos”.

En el momento de las Apariciones y a partir de las Apariciones, la Virgen concedió y sigue concediendo una inmensa cantidad de curaciones físicas y espirituales, cuyo objetivo no es que “vivamos mejor” en esta vida terrena, sino que sirven como signos del Cielo que nos llaman a convertirnos a su Hijo Jesús, despegándonos de los afectos terrenos.

En el momento de las Apariciones, Santa Bernardita era una niña prácticamente analfabeta, pero sin embargo humilde y de alma pura, lo cual confirma que Dios, como dice la Sagrada Escritura, “exalta a los humildes y rechaza a los soberbios” y que “oculta sus secretos a los grandes del mundo”, al tiempo que los revela a los más pequeños.

También la Virgen nos enseña que esta vida terrena no es el Cielo y nos enseña también que no estamos para “disfrutar” o para pasarla bien, porque le dice a Santa Bernardita: “Yo también te prometo hacerte dichosa, no ciertamente en este mundo, sino en el otro”. También podemos ver que, el hecho de que la Virgen se aparezca a una persona, eso no significa que su vida terrena estará exenta de pruebas y tribulaciones; por el contrario, pasará todavía más pruebas y tribulaciones que los demás, siempre en vistas a la propia conversión y a la conversión de los pecadores. En estas Apariciones la Virgen nos enseña que es imperioso configurarnos con Cristo Crucificado, porque es por la cruz por la cual se llega al Cielo, para que no caigamos en el error de querer convertir a esta tierra en un falso paraíso.

Algo más que nos enseña la Virgen en estas Apariciones es la necesidad de rezar el Rosario: en todas las Apariciones, la Virgen se presenta con su Rosario y por esto debemos rezarlo para pedir y recibir de Ella, siempre según la Voluntad de Dios, las gracias necesarias para nuestra salvación y la de nuestros prójimos.

También nos enseña la Virgen en estas Apariciones, la importancia de ser humildes -la Virgen se aparece a un alma humilde como Santa Bernardita y no a un alma soberbia y orgullosa-, la importancia de la oración -sobre todo el rezo del Santo Rosario- y la importancia de la penitencia -un ejemplo de penitencia es lo que hace Santa Bernardita al besar el suelo pidiendo la conversión de los pecadores-; todo esto transmite un mensaje de Misericordia Divina para los pecadores, porque todo lo que la Virgen dice, hace y enseña en estas Apariciones, tiene como objetivo la conversión de los pecadores, comenzando por nosotros mismos.

Finalmente, en las Apariciones de Lourdes la Virgen nos transmite el mensaje de la imperiosa necesidad de la conversión del alma, la mente y el corazón a su Hijo Jesucristo, ya que sin conversión no hay salvación posible; además nos transmite un mensaje de confianza sin límites en Dios Quien, aun permitiendo pruebas y tribulaciones en esta vida terrena -Santa Bernardita sufrió humillaciones desde las Apariciones y también cuando entró en la vida religiosa-, aun así y todavía más, por causa de estas tribulaciones, humillaciones y pruebas unidas al Sacrificio de Cristo en la Cruz, Dios quiere conducirnos al Cielo una vez pasada nuestra vida terrena; Dios desea que, por la Cruz de Jesús y por el Rosario de la Inmaculada Concepción, nos alegremos por la eternidad, no en esta vida, sino en la vida celestial, adorando a la Trinidad y al Cordero, junto a la Virgen, para siempre.



[1] http://forosdelavirgen.org/534/nuestra-senora-de-lourdes-francia-11-de-febrero/


Novena a Nuestra Señora del Valle 2026 2

 



         Como cristianos y católicos tenemos, para nuestra vida cotidiana de cristianos, un modelo ejemplar para seguir y es el de la Inmaculada Concepción; la Virgen es modelo para toda nuestra vida, pero sobre todo es modelo para el acto más importante para todo cristiano y es el momento de la Comunión Eucarística.

         Para saber de qué manera la Virgen es nuestro modelo en la Comunión Eucarística, podemos meditar brevemente en el Anuncio del Ángel Gabriel a la Virgen y en la Encarnación del Verbo que le sigue a continuación.

         En el momento en el que el Ángel Gabriel le anuncia a la Virgen que Ella, por designio de la Trinidad, había sido la Elegida para ser la Madre de Dios por obra del Espíritu Santo, la Virgen, deseando cumplir en todo momento la Santa Voluntad de Dios, dijo inmediatamente “Sí” a la Divina Voluntad de Dios; luego del “Sí” a la Voluntad Divina y antes de que el Hijo Eterno del Padre se encarnara en su seno, en su cuerpo virginal y purísimo, la Virgen recibió en primer lugar a la Palabra Eterna de Dios, tanto en su Mente Sapientísima como en su Inmaculado Corazón.

         La Virgen recibió a la Palabra de Dios en primer lugar en su Mente Sapientísima y esto se debe a que Ella estaba iluminada por el Espíritu Santo; en consecuencia, no dudó en ningún momento acerca de los planes divinos de la Redención expresados en la voluntad de Dios y por esto no puso ni dudas, ni objeciones, ni preguntas al Ángel; la Mente de la Virgen estaba tan colmada de la Divina Sabiduría, que sabía que Dios no solo no podía hacer ningún mal, sino que su Voluntad era siempre Santa y así la Virgen conformaba su propia voluntad a la Voluntad de Dios. Nunca hubo en la Virgen un juicio propio que, por impertinencia y orgullo obstaculizara o entorpeciera a la Verdad divina de la Encarnación del Verbo en su seno virginal. Y aquí es en donde la Virgen es nuestro modelo y ejemplo: al igual que Ella no dudó de la Palabra de Dios que habría de encarnarse en su seno purísimo, así también nosotros, antes de recibir la Sagrada Comunión, no debemos dudar en lo más mínimo acerca de la Verdad de la Presencia real, verdadera y substancial, de la Palabra de Dios Eternamente pronunciada, Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, que está Presente en la Eucaristía con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Pero no solo debemos creer firmemente en esta Verdad Revelada, sino que al mismo tiempo debemos rechazar firmemente todo pensamiento propio o ajeno que sea contrario a esta Verdad revelada. Así como la Virgen recibió en su Mente Sapientísima la Verdad de la Palabra de Dios encarnada, es decir, la Verdad de que se iba a encarnar en su seno purísimo de modo real y substancial la Persona Segunda de la Trinidad, del mismo modo, nunca debemos contaminar esta Verdad de Fe de la Presencia real y substancial del Hijo de Dios en la Eucaristía, alejando de nuestras mentes toda duda o cualquier clase de herejías, errores, falsedades, acerca de la Eucaristía, ajustando nuestra débil mente, en un todo, a lo que Santa Madre Iglesia nos enseña a través del Catecismo, el Magisterio y la Tradición sobre la Eucaristía y así, dando nuestro “Sí” a la prolongación de la Encarnación del Verbo en la Eucaristía, pasar a comulgar.

         Entones, ante el Anuncio del Ángel, la Virgen, con su Mente iluminada por el Espíritu Santo, conoció la Verdad del plan divino, que era la Encarnación de la Palabra de Dios en Ella y la aceptó de inmediato, sin oposición alguna; pero la Virgen no solo concibió a la Palabra de Dios en su Mente, sino que la concibió también en su Inmaculado Corazón, amando la Palabra de Dios y la Divina Voluntad con su propia voluntad y querer. Esto significa que la Virgen, con su Inmaculado Corazón lleno del Amor Divino, el Espíritu Santo, amó a la Palabra de Dios encarnada por ser voluntad de Dios, y amó la Palabra de Dios por ser la Palabra de Dios, engendrada en el seno eterno del Padre y nada amó que no fuera a esta Palabra de Dios y si algo amó fuera de ella, lo hizo por Dios, en Dios y para Dios. También aquí la Virgen es nuestro modelo porque al igual que Ella, también nosotros, en el momento de recibir la Sagrada Comunión, debemos amar a la Palabra de Dios encarnada en la Eucaristía, debemos amar a la Palabra de Dios que prolonga su Encarnación en la Eucaristía y solo debemos amar a esta Palabra Eterna del Padre encarnada en el Sacramento del Altar y solo a Ella y si algo amamos por fuera de la Eucaristía, debemos amarlo por, con y en la Eucaristía, descartando de raíz todo amor impuro y profano.

         La Virgen, finalmente, luego de recibir con su Mente Sapientísima, libre de errores, y con su Corazón Inmaculado, lleno del Amor de Dios, a la Palabra de Dios que habría de encarnarse en su seno purísimo, la Virgen recibió a esta Palabra de Dios en su Cuerpo Purísimo y Virginal, convirtiéndose así en Tabernáculo Viviente y Sagrario amantísimo del Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Así también nosotros, en el momento de recibir la Sagrada Comunión, reafirmando primero la Verdad Eterna de la Presencia real de Jesús en la Eucaristía y amando esta Verdad con todo el amor que sea posible en nuestro pobre corazón, luego de ser santificados por la gracia, convirtiendo nuestros cuerpos en templos del Espíritu Santo por la gracia santificante y la pureza de cuerpo y alma, debemos recibir en la boca, es decir, en el cuerpo, a la Palabra de Dios que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, Nuestro Señor Jesucristo. Por todo esto, la Inmaculada Concepción es nuestro modelo para la Comunión Eucarística.

 

 


viernes, 3 de abril de 2026

Novena a Nuestra Señora del Valle 2026 1

 



Según la historia de la imagen de la Virgen del Valle de Catamarca, la imagen fue hallada entre los años 1618 y 1620 en una gruta del Pueblo de Choya, en el norte del Departamento Capital[1]. En ese entonces, en el lugar se concentraban indígenas cristianos y españoles para recibir los sacramentos porque la población de Choya estaba formada por españoles encomenderos e indígenas que recibían el catecismo para ser bautizados. El hallazgo de la imagen se dio a través de un aborigen a cargo del encomendero Manuel de Salazar: este aborigen descubrió un sendero que era recorrido todos los días por mujeres nativas; por este sendero, después de subir la quebrada, se llegaba a un nicho de piedra a unos siete metros de altura. Fue en ese lugar en donde el aborigen encontró la imagen de la Virgen María, una imagen pequeña de rostro moreno con las manos juntas, en posición de oración. En el momento en el que Manuel de Salazar toma conocimiento del hallazgo, traslada la imagen a su casa ubicada en San Isidro, Valle Viejo, donde se dedicó íntegramente hasta su muerte —1638— al cuidado, culto y veneración de la Madre del Valle en su imagen bendita. En 1657, la Madre del Valle fue jurada patrona bajo la prerrogativa y la advocación de la ‘Pura y Limpia Concepción’ y por eso vamos a reflexionar brevemente en lo que significa que la Virgen sea la “Pura y Limpia Concepción”.

¿Qué significa que la Virgen sea la “Inmaculada Concepción”? Significa que la Virgen, en el momento de ser concebida y por lo tanto al ser creados su cuerpo y su alma, fue creada no solo sin la mancha del pecado original, sino además como “Llena de gracia”, es decir, inhabitada por el Espíritu Santo.

El hecho de ser concebida sin pecado original tiene una consecuencia directa en el corazón, el alma y el cuerpo de la Virgen: significa que la Virgen nunca, en ningún momento de su vida, cometió ni un solo pecado, no ya mortal, sino que no cometió ni siquiera el más pequeño pecado venial, pero esto implica algo más: la Virgen ni siquiera tuvo o cometió ni la más ligera de las imperfecciones porque Ella, con toda su humanidad, era perfectísima y toda su naturaleza humana estaba en orden y subordinada a la gracia. Como lo dice Jesús, el pecado, el mal del hombre, se origina en el corazón mismo del hombre: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” y esto es así porque el hombre sí está afectado por el pecado original y aunque este pecado se quita con el Bautismo sacramental, queda en el alma lo que se llama “concupiscencia”, que es la atracción por las cosas bajas de la tierra y se debe a que el hombre sin la gracia está dominado por sus pasiones, lo cual lo lleva a cometer, más que imperfecciones, pecados veniales y mortales. Nada de esto existía en la Virgen, porque al tener Ella su Corazón Inmaculado, no tenía ni pecado ni podía cometer pecado alguno, por pequeño que fuera y si no tenía pecado original, tampoco tenía la herida del pecado original que es, podemos decir así, la concupiscencia, aunque tampoco tenía ni siquiera la capacidad de cometer, como dijimos, no ya el más mínimo pecado, sino ni siquiera la más ligera de las imperfecciones. Al ser la Inmaculada y Pura Concepción, la Virgen solo deseaba, en su Inmaculado Corazón, cumplir siempre y en todo momento, la Voluntad de Dios y nada deseaba ni amaba que no fuera Dios y si algo amaba fuera de Dios, lo amaba en Dios, para Dios y con Dios. Debemos imitar a la Virgen en esta santa voluntad suya, la de amar solo la Divina Voluntad para nuestras vidas. Alguien podría objetar diciendo que es imposible imitar a la Virgen porque nosotros, a diferencia de Ella, sí hemos sido concebidos con el pecado original y que estamos inclinados a la concupiscencia, en el sentido de que muchas veces nos atrae el pecado, el mal, pero aun así, sí podemos imitarla y el modo de imitar a la Virgen es el pedir la gracia de no solo rechazar todo pecado, todo mal deseo, todo mal pensamiento, toda mala palabra, toda obra mala, sino ante todo de tener siempre los pensamientos, sentimiento y obras de la Virgen, que son siempre santos y puros. En esto sí podemos y debemos imitar a Nuestra Madre del cielo, de la misma manera a como un niño pequeño aprende de su madre los buenos modales y comportamientos. Debemos pedir la gracia de rechazar de raíz, es decir, desde que apenas se presenta, toda tentación, por pequeña que sea, que nos conduzca al pecado; debemos pedir la gracia de que el pecado no sea el dueño de nuestros corazones, sino que en nuestros corazones reina la gracia santificante. En esto nos sirven de ejemplo los santos, quienes preferían morir antes que pecar, es decir, preferían literalmente perder la vida terrena antes que cometer siquiera un pecado venial deliberado, porque por el pecado perdemos la vida eterna, mientras que si conservamos la gracia, nos aseguramos de vivir para la eternidad en el Reino de los cielos.

Además de Inmaculada Concepción, la Virgen, Nuestra Señora del Valle, es también la Llena del Espíritu Santo porque no solo no fue concebida con el pecado original, sino que, además, por el hecho de que estaba destinada a ser la Madre de Dios, el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad, el Amor del Padre y del Hijo, inhabitó en Ella, colmándola con el Divino Amor, convirtiendo a su Inmaculado Corazón en morada de la Santísima Trinidad. También aquí la Virgen, Nuestra Señora del Valle, es nuestro modelo de vida porque, aunque nosotros, a diferencia de Ella, sí somos pecadores -somos “nada más pecado”, como dicen los santos- y como pecadores podemos y debemos hacer el propósito de vivir en estado de gracia santificante, para lo cual debemos acudir con frecuencia al Sacramento de la Penitencia de manera de permanecer siempre en estado de gracia para luego acrecentarlo con obras de misericordia.

La Virgen, Nuestra Señora del Valle, la Inmaculada Concepción y la Llena de gracia, es entonces un modelo insuperable para nuestra vida como cristianos porque en Ella se unen dos condiciones esenciales para la santidad, que son el rechazo del pecado y la vida de la gracia.

 

 


miércoles, 1 de abril de 2026

El legionario y el Cuerpo Místico de Cristo 2

 



         El Manual del Legionario desarrolla la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo, centrada en las epístolas de San Pablo.

         San Pablo compara la unión entre Cristo y los bautizados con la que existe entre la cabeza y los demás miembros del cuerpo humano, la Cabeza es Cristo y el Cuerpo somos los bautizados en la Iglesia Católica. Así como en el cuerpo cada miembro tiene su función particular, necesitándose todos mutuamente y así como todos están animados por una misma alma, así sucede en el Cuerpo Místico de Cristo: todos cumplen una función particular y todos están animados por el Espíritu de Cristo, el Espíritu Santo, cuando están en gracia. Si un miembro se perjudica, el cuerpo se perjudica y si uno se perfecciona, todo el cuerpo se perfecciona.

         Dice el Manual que la Iglesia Católica es el Cuerpo Místico de Cristo y también su plenitud (Ef 1, 22-23). La parte principal e indispensable es Cristo, que es la Cabeza, porque de Él reciben los miembros del Cuerpo el poder de obrar y también la vida, que es la gracia.

         Es en el momento del Bautismo en el que somos incorporados a Cristo y unidos a Él, formando desde ese momento su Cuerpo Místico (Ef 5, 30) y esto es muy importante tenerlo en cuenta porque es de aquí de donde surgen los deberes santos y de servicio de los miembros para con la Cabeza y de los miembros entre sí (1 Jn 4, 15-21).

         Es muy importante tener en cuenta este dogma del cristianismo, porque toda la vida sobrenatural, toda la vida de la gracia que es concedida al hombre se deriva de la Cabeza que es Cristo, que es quien obra la redención. Cristo y su Iglesia, es decir, nosotros como bautizados, forman una sola Persona mística, dice el Manual, de manera que las reparaciones de la Cabeza, Cristo, pertenecen también a sus miembros, los fieles. De esta manera se explica cómo es que Cristo sufre por el hombre y expía culpas que Él no había cometido y esto es porque Cristo es el Salvador de los hombres.

         De esto también se sigue una consecuencia práctica: los fieles están incorporados a Cristo y de Él reciben su vida, su gracia y también en Él sufren, mueren y resucitan, en la resurrección de Cristo. Todos los sacramentos, comenzando por el Bautismo y luego mucho más la Eucaristía, establecen una íntima comunión de vida y amor entre Cristo Cabeza y los bautizados miembros del Cuerpo Místico. Además se intensifica esta unión por la fe y el amor, por el ofrecimiento de los propios sufrimientos a Cristo, etc. Esto nos hace ver la importancia de los sacramentos -principalmente Confesión y Eucaristía- recibidos con fe, amor y piedad, porque sin sacramentos no hay vida de la gracia en los miembros del Cuerpo Místico de Cristo que somos nosotros, los bautizados.


jueves, 19 de marzo de 2026

El significado de la ceremonia del Acies




Según lo relata el Manual del Legionario, la ceremonia del Acies es un acto público de la Legión y aquí debemos hacer una primera aclaración: es público, en contraposición a “secreto”, porque la Legión no es una organización secreta, oscura, oculta, ya que no tiene nada que ocultar ante Dios y ante los hombres. Sus principios, sus métodos, sus objetivos y fines están expuestos de forma transparente y sin ninguna clase de reserva.

Dicho esto, también según el Manual, en el Acies se deben tener en cuenta dos elementos: por un lado, qué significado tiene que la Legión se reúna de forma pública y, por otro lado, cuál es el significado que realiza de forma solemne el legionario aferrado al vexillium.

También debemos preguntarnos por el significado de la palabra “Acies” en sí misma, ya que eso nos dirá, en substancia, de qué se trata la reunión de la Legión. El Manual del Legionario dice así: “Acies” es una “voz latina que significa un ejército en orden de batalla”, es aquella ceremonia en donde se reúnen los Legionarios de María para renovar su homenaje a la Reina de la Legión y al mismo tiempo para recibir de Ella fuerza y bendición para otro año más de lucha contra las huestes del mal. En esta definición encontramos el sentido de la reunión de la Legión: en el Acies el Ejército de Dios, integrado por los miembros de la Legión, bajo la dirección y las órdenes de la Virgen Generala, se forma en orden de batalla, ya sea para renovar su fidelidad a la Virgen, como para recibir de Ella la bendición celestial que será necesaria en la lucha contra “las potestades de los aires”, es decir, los ángeles caídos, los ángeles rebeldes.

Esto nos recuerda una de las meditaciones de San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales: dice San Ignacio que, de un lado, se dispone el ejército de Dios, que combate bajo los sagrados estandartes de Jesús y de María y que del otro lado, se dispone el ejército del Infierno, que combate bajo el siniestro estandarte de la Serpiente Antigua, Satanás. En este caso, es obvio que la Legión, mediante el Acies, reafirma su compromiso eterno de luchar siempre bajo los estandartes de la Cruz de Jesús y bajo el estandarte celeste y blanco del Inmaculado Corazón de María y lo hace de forma pública.

La Virgen forma su ejército en la tierra para luchar contra las fuerzas del Anticristo, las cuales son muchas y poderosas, pero la Virgen forma a su ejército no para una salida de recreación, sino “en orden de batalla” -se entiende que es batalla espiritual-, para derrotar a las siniestras fuerzas del Infierno, que hoy se han desencadenado sobre la tierra con todo su furor. Pero si las fuerzas del Infierno son temibles, frente a la Virgen huyen despavoridas y temblando de terror. Dice así San Alfonso: “María es el espanto de los poderes infernales. Es “terrible como un ejército en orden de batalla” (Cant 6, 10), porque sabe desplegar con estrategia su poder, sus oraciones y su misericordia para la derrota del enemigo y para triunfo de sus siervos”. En la ceremonia del Acies la Legión se reúne como parte del ejército de la Virgen, un ejército espiritual de la Madre de Dios que se ordena para la batalla bajo el estandarte celeste y blanco de la Inmaculada Concepción, preparándose para recibir la bendición de la Virgen y para marchar frente al enemigo, que no es otro ser humano, sino los ángeles caídos. Así como un ejército terreno se forma bajo la bandera nacional a las órdenes de su general, así la Legión se forma, en el Acies, bajo las órdenes de su celestial Generala, la Virgen para recibir de Ella “fuerza y bendición” para combatir, bajo las órdenes de la Virgen, a “las fuerzas de mal”, según lo describe el Manual del Legionario. Como dijimos, el enemigo al cual se enfrenta la Legión no son seres humanos, sino ángeles caídos, “las potestades malignas que están en los aires”, como lo describe la Sagrada Escritura: “Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestiales” (Ef 6, 12). En el Acies la Legión es convocada espiritualmente para renovar la fidelidad a la Madre de Dios y para pedirle a Ella la bendición necesaria para el combate, no terreno ni contra seres humanos, sino espiritual y contra los ángeles caídos, los cuales también se forman como un ejército preparado para la batalla, bajo las órdenes de la Serpiente Antigua. Ahora bien, esta lucha espiritual no es solo contra estos enemigos espirituales externos, sino también contra el hombre viejo, contra uno mismo, contra el hombre nacido en el pecado y dominado por las pasiones, porque según el mismo Jesús lo dice, el pecado anida y se origina en nuestros propios corazones, como consecuencia del pecado original: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” (cfr. Mt 7, 21).

Hay un segundo aspecto que se debe considerar en el Acies y es la oración de consagración personal a la Virgen: “Soy todo tuyo, Reina mía, Madre mía y cuanto tengo tuyo es”. Por medio de esta oración de consagración personal, el legionario se pone bajo la protección de la Virgen y de esta manera, protegido por Ella, renueva su misión espiritual de imitar a María para que Ella instaure el Reino de su Hijo en el mundo. Cuando el legionario toma con su mano el vexillium o estandarte de María está haciendo un gesto de profundo significado espiritual, el de colocarse libre y voluntariamente bajo el estandarte victorioso de María Santísima; significa que se alista en las filas del Ejército de María para luchar “contra las fuerzas del mal” bajo las órdenes de la Virgen. Es por esto que el Acies no es una simple ceremonia piadosa de una cofradía devota: es la misma Virgen María, la Madre de Dios quien congrega a sus elegidos y les toma, Ella en persona -a través de los encargados de la Legión- esta renovación de la consagración de sus hijos y la toma como hecha especialmente a su Inmaculado Corazón.

La ceremonia del Acies tiene, por un lado, la función de unir más estrechamente al legionario al Inmaculado Corazón de María; por otro, demostrar la total dependencia de la Virgen para cumplir la misión asignada. Aunque es solo visible con los ojos de la fe, en el Acies se encuentra la Virgen en persona y también está su Hijo Jesucristo, el Hombre-Dios, siendo así testigos de esta ceremonia y consagración. Pero también hay que hacer otra consideración y es que las faltas de los legionarios a Ella consagrada por el Acies -la acedia o pereza espiritual, que lleva a no cumplir con las oraciones prescriptas, o la pereza corporal, que lleva a desentenderse de las obligaciones del deber de estado, o la indiferencia hacia las obligaciones que implica la Legión-, le provocan al Inmaculado Corazón dolores más agudos que los provocados por quienes no están a Ella así consagrados. Si amamos a la Virgen como a Nuestra Madre del cielo, si nos consagramos a Ella por medio del Acies, si recibimos de Ella su especial bendición y protección en el Acies, procuremos entonces poner todo nuestro esfuerzo en consolar al Inmaculado Corazón de María, haciendo con el mayor amor posible y la mayor perfección posible, la tarea apostólica que nos encargue la Legión. A la Virgen Santísima le pedimos que interceda para que el fuego del Espíritu Santo envuelva nuestros fríos corazones en el mismo Fuego de Amor en el que está envuelto su Inmaculado Corazón, para así llevar a cabo la tarea espiritual de conquistar almas para Cristo que se nos encomienda en el Acies.

 




 

 




 

 


martes, 24 de febrero de 2026

El legionario y el Cuerpo Místico de Cristo

 



         El Manual del Legionario presenta una serie de características que tienen que primar en el servicio del Legionario hacia su prójimo, llamando a esta doctrina “la base del servicio legionario”[1]. En otras palabras, el Manual explica la razón por la cual el legionario debe obrar con ciertas características hacia su prójimo, para que sean de agrado de los Sagrados Corazones de Jesús y María.

         Desde un primer momento el Manual recuerda que, desde sus primeros inicios, los fundadores de la Legión tuvieron en cuenta una característica fundamental en el servicio de la legión al prójimo y es el “carácter netamente sobrenatural del servicio al que se iban a entregar los socios”. Aquí debemos diferenciar lo “sobrenatural” de lo “natural”: lo “sobrenatural” es lo que viene de Dios, es lo que está por encima de la naturaleza, sea humana o angélica y esto es, por ejemplo, la gracia, la gracia es un don “sobrenatural”, no surge ni de los ángeles, ni de los hombres, sino de la Trinidad. Lo “natural”, en cambio, es lo que sí surge de nuestra propia naturaleza o de la naturaleza de los ángeles, es lo que le pertenece a cada uno según su propia naturaleza.

         Con relación a los fundadores, dice el Manual que determinaron que los legionarios, en su trato con sus prójimos, debían “rebosar en cordialidad”, pero no por motivos meramente naturales: los legionarios debían ver, en todos aquellos en quienes servían -con distintas obras de misericordia, sean corporales que espirituales- “a la Persona misma de Jesucristo”, recordando las palabras de Nuestro Señor, según las cuales todo lo que se hiciese a otros, aún a los más débiles y malvados, lo hacían al mismo Señor Jesucristo: “Os lo aseguro: cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de esos más humildes, lo hicisteis conmigo” (Mt 25, 40).

         Esto no significa que el prójimo sea Nuestro Señor Jesucristo, sino que Nuestro Señor está misteriosamente presente en cada uno de nuestros prójimos, especialmente en los más desvalidos y que Él lo toma como hecho personalmente a Él todo lo que hacemos a nuestro prójimo, sea en el bien como en el mal y eso nos será tenido en cuenta en el juicio, tanto en el Particular como en el Final.

         Afirma el Manual que este móvil sobrenatural debe ser la base y el fundamento del servicio de la Legión y del legionario -no moverse por motivos humanos, sino sobrenaturales, viendo a Cristo en el prójimo y teniendo siempre presentes sus palabras-, como así también debe ser la base y el fundamento de la disciplina y de armonía interna de la Legión. Esto quiere decir que los legionarios deben ver en sus superiores y a sus hermanos al mismo Jesucristo -así como trato a mi prójimo, así trato a Jesucristo-.

         Este obrar sobrenatural, dice el Manual, es la verdad transformadora que debe estar impresa en la mente de los socios y para ayudarles a conseguirlo, esta verdad básica se ponen en las ordenanzas fijas que se leen mensualmente en la junta del praesidium. Esto quiere decir además que se agrega otro principio fundamental de la Legión y es que el legionario debe trabajar, sobrenaturalmente, en estrecha unión con María, para que sea Ella quien ejecute la obra por medio del legionario.

         Reflexiones.

         Teniendo en cuenta lo precedente, podemos preguntarnos:

         1-¿Hago obras de misericordia, sean corporales que espirituales, tal como me pide la Legión?

         2-Al hacerlas, obro de manera sobrenatural, es decir, considerando que el prójimo a quien sirvo, está Cristo misteriosamente presente? ¿O me olvido de este obrar sobrenatural y obro por motivos meramente naturales, para que los demás me valoren y hablen bien de mí?

         3-¿Tengo presente que es a la Virgen a quien debo encomendarle mi obra de misericordia, para que sea Ella quien obre por mí? ¿O me olvido de la Virgen y obro como si la obra y el mérito fueran exclusivamente míos? 



[1] Cfr. Manual del Legionario, Cap. IX, 1.