domingo, 31 de marzo de 2024

Solemnidad de Santa María junto a la Cruz

 



         La Iglesia celebra solemnemente la Presencia de Santa María junto a la Cruz. En el día de la crucifixión, el Viernes Santo, la Santísima Virgen María permaneció de pie junto a la Cruz, desde el momento mismo de la crucifixión, hasta la Muerte y Descenso de la Cruz de su Hijo Jesús. Una primera razón por la cual la Virgen se encuentra al pie de la Cruz es por su condición de Madre: como toda madre que ama a su hijo, que al encontrarse su hijo en peligro de muerte se acerca a él para estar cerca de quien más ama, así la Virgen, pero en un grado infinitamente más grande, porque la Virgen, la Madre de Jesús, ama a su Hijo con un amor infinito, porque infinita es la capacidad de amor de su Inmaculado Corazón. Si una madre, movida por su amor maternal, acude al lugar en donde su hijo se encuentra en peligro y si no puede ayudarlo, al menos lo conforta con su presencia maternal, aliviando así sus dolores, su tristeza, su agonía y su muerte, de la misma manera, pero movida por un amor infinitamente más grande y puro, lo hace la Virgen María, acompañando a su Hijo Jesús a lo largo de todo el Via Crucis e incluso durante toda la crucifixión. Mientras todos los discípulos y amigos lo abandonan -los Apóstoles son los primeros en correr en el Huerto de los Olivos- y aun cuando parece que hasta el mismo Dios Padre abandona a Jesús, aunque en realidad no lo haya hecho nunca, según se desprenden de las palabras del mismo Jesús –“Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?”-, la Única que no lo abandona y permanece de pie junto a la Cruz, es su Madre, la Santísima Virgen y esto porque es el Amor de su Inmaculado Corazón el que la mantiene firme en el suelo, de pie junto a la Cruz de Jesús, para aliviar sus dolores, su dolorosa agonía, su muerte cruenta en el Calvario.

Pero la presencia de la Virgen al lado de la Cruz no se debe solamente a su amor maternal, al infinito amor de su Inmaculado Corazón; o mejor aun, debido a su infinito amor, la presencia de la Virgen no solo acompaña a su Hijo en su agonía y muerte redentoras, sino que lo acompaña, participando real y místicamente de la Pasión y Muerte de Jesús. Puesto que la Virgen no puede separarse de su Hijo debido a ese hilo invisible de oro puro que es el Amor de Dios, que une a los Sagrados Corazones de Jesús y María, la Virgen se encuentra de pie junto a Jesús, no solo acompañando con su Amor, sino participando de su dolor redentor, participando de las penas y amarguras de su Hijo, sufriendo mística pero realmente en su Alma y en su Corazón lo que su Hijo sufre en su Cuerpo y por esta razón la Virgen es Corredentora, porque al participar del sufrimiento redentor de su Hijo Jesús, la Virgen también, con su dolor, con sus penas, con su amargura, todas participadas de su Hijo Jesús, salva almas a cada latido de su Inmaculado Corazón.

         Puesto que entonces la Virgen no solo consuela a Jesús, sino que también salva nuestras almas, nosotros, como hijos de la Virgen y movidos por el arrepentimiento y por el amor a nuestra Madre del Cielo, le decimos a la Virgen que queremos quedarnos con Ella, para aliviar sus penas y dolores, para participar de su amargura, de su dolor corredentor, convirtiéndonos también nosotros en corredentores de los hombres, al unir nuestro amor y dolor al amor y al dolor Corredentor de la Virgen.


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