viernes, 23 de septiembre de 2022

Los Dolores de la Virgen según sus Apariciones en San Nicolás

 



         La Santísima Virgen María, la Madre de Dios, sufrió de forma inimaginable la Pasión de su Hijo, desde su ingreso en el Templo al recibir la profecía de San Simeón, de que “una espada de dolor atravesaría su Corazón”, hasta su crucifixión, muerte y sepultura. Por esta participación en la Pasión salvífica redentora de Jesús, la Virgen mereció llevar el nombre de “Corredentora” de los hombres.

          A Santa Brígida de Suecia le prometió siete gracias si meditaba en sus dolores y estos son[1]: 1. La profecía de Simeón (Lc 2,  22-35); 2. La persecución de Herodes y la huida a Egipto; 3. Jesús perdido en el Templo, por tres días; 4. Su encuentro con Jesús, cargado con la Cruz; 5. La Crucifixión y Muerte de Nuestro Señor; 6. María recibe a Jesús bajado de la Cruz; 7. La sepultura de Jesús.

         La misma y única Virgen María, en San Nicolás, nos dio este mensaje también sobre sus siete dolores, aunque relacionados con los pecados que los hombres de hoy cometen. El día quince de septiembre del año mil novecientos ochenta y nueve, en la Fiesta de Nuestra Señora de los Dolores, la Virgen le dijo así a la vidente: “Hija mía, en estos días, son mis Dolores: el rechazo hacia mi Hijo -el espíritu anti-cristiano, el vivir según el Anticristo y no según Cristo-, el ateísmo -la falta de fe en Dios Uno y Trino, que lleva al materialismo, al olvido de la vida eterna, del Cielo y del Infierno y a pensar que esta vida terrena es la única que existe-, la falta de caridad -es decir, la falta de amor al prójimo, que viene como consecuencia de la ausencia de amor a Dios y que lleva a los delitos mas horribles contra los hombres-, los niños que no nacen -la Virgen llora amargamente por cada aborto cometido, mucho más cuando este crimen inconcebible es aprobado por leyes inicuas, como las de nuestro país-, la incomprensión en las familias -la discordia y la desunión en las familias son consecuencias del abandono de la oración, sobre todo del Santo Rosario y también del abandono de los Sacramentos, principalmente la Confesión y la Eucaristía-, el gran egoísmo de muchos hijos en el mundo -el egoísmo es consecuencia de no pensar en la Justicia Divina, que castiga por toda la eternidad, con las penas del Infierno, a quienes viven pensando sólo en sí mismos, sin importarles los prójimos más necesitados-, los corazones aún cerrados al Amor de esta Madre -son aquellos que, en vez de recurrir a la Virgen como Madre del cielo en las necesidades y tribulaciones que se suceden en esta vida terrena, rechazan a la Virgen y acuden a los siervos de Satanás, los curanderos y las brujas-...”[2].

Y también en San Nicolás, al año siguiente, nos enseñó esta jaculatoria, para mitigar los dolores de su Inmaculado Corazón: “Oh dulcísima Madre por todos los sufrimientos que padeciste, ayúdame a sobrellevar mi cruz”.

Nosotros, como devotos de la Virgen del Rosario de San Nicolás, podemos y debemos aliviar los dolores de la Virgen y el modo de hacerlo, además de tener en la mente y en el corazón los Mandamientos de la Ley de Dios, rezar el Santo Rosario todos los días. No hay excusas para no rezar el Santo Rosario todos los días, porque si tenemos tiempo para ver aunque sea quince minutos de televisión, o si tenemos quince minutos al día de descanso o para pasear, entonces tenemos quince minutos para rezar el Santo Rosario. Recemos el Santo Rosario de la Virgen todos los días y la Virgen a su vez nos concederá tantas gracias y dones del Corazón de su Hijo, que parecerá que vivimos en el cielo, estando todavía en la tierra.

 

jueves, 22 de septiembre de 2022

La Virgen de la Merced y el sentido de la peregrinación

 



         La devoción a la Virgen de la Merced surgió como consecuencia de una aparición de la Madre de Dios, bajo esa advocación, al Rey Jaime I y a San Pedro Nolasco, a los cuales les pidió que se fundara una orden religiosa en la que Ella llevara ese nombre: “Nuestra Señora de la Merced, Redentora de cautivos”. El motivo es que, en esa época, el Islam, que había declarado la guerra al cristianismo, capturaba a los cristianos y los mantenía encarcelados, para exigir luego una suma de dinero por su rescate. La Virgen le pidió a San Pedro Nolasco que fundara una orden que se encargaría de rescatar a quienes estaban cautivos por los musulmanes.

         En nuestros días, si bien no se vive la misma situación, sin embargo el Islam, en los lugares en donde es mayoría y gobierna, prohíbe cualquier manifestación pública de la fe católica, con lo cual se puede decir que mantiene cautiva a la Iglesia Católica en los países en donde gobierna. Por esta razón, la tarea de la Orden de los Mercedarios continúa, de la misma manera a como lo hacía desde sus orígenes.

         Pero en nuestros días se suman otras cautividades, mucho más graves que las de una prisión material: innumerables almas son cautivas de múltiples vicios y pecados que los encarcelan y los colocan bajo el dominio del Demonio y les impiden vivir la libertad de los hijos de Dios. Así, son cautivos del Demonio quienes practican el ocultismo, la hechicería, la brujería; son cautivos del pecado quienes viven bajo el yugo de la drogadicción, del alcoholismo, de los pecados de la carne; son cautivos quienes viven dominados por sus pasiones, como la ira, la venganza, la calumnia, la maledicencia. Todos estos prójimos nuestros necesitan ser redimidos de estas esclavitudes espirituales y la Única que puede liberarlos, con el poder de su Hijo Jesucristo, es la Madre de Dios, Nuestra Señora de la Merced.

         Éste es entonces el sentido de la peregrinación hacia la Virgen de la Merced: así como el Pueblo Elegido caminó durante cuarenta años en el desierto, escapando de la cautividad de los egipcios, para llegar a Jerusalén, la Tierra Prometida, en donde se encontraba el Templo de Dios, así la Iglesia Peregrina se dirige hacia el Templo de Dios, guiado por la Virgen, para pedir algo mucho más grande que solamente la salud corporal: la Iglesia Peregrina para pedirle a la Virgen de la Merced que la libere de las cadenas de los pecados, de los vicios, de las garras del Demonio, para así poder vivir la libertad de los hijos de Dios. Por esta razón, la peregrinación tiene el sentido de penitencia, no de fiesta, porque así la Iglesia imita al Pueblo Elegido que, caminando por el desierto de la vida, quiere llegar a la Jerusalén celestial y para eso, en la peregrinación, debe rezar y rezar principalmente el Santo Rosario, que es la oración preferida por la Virgen y a través de la cual se alcanzan todas las gracias que Dios nos tiene preparadas para nuestra eterna salvación.

domingo, 18 de septiembre de 2022

Las apariciones de la Madre de Dios en La Salette, Francia

 



Historia de la Aparición de Nuestra Señora de La Salette[1]:

Un día sábado, 19 de septiembre de 1846, la hermosa Señora de La Salette, Francia, la Madre de Dios, se apareció a los niños Maximin Giraud y Mélanie Calvat, mientras se ocupaban en sus asuntos. Veamos cuál fue el mensaje que el cielo nos dio a conocer en estas apariciones.

Melanie y Maximin encontraron a Nuestra Señora llorando amargamente, sentada con los codos descansando sobre sus rodillas y el rostro cubierto con sus manos. Vestía una túnica blanca adornada con perlas y un delantal de color dorado; calzaba zapatos blancos y tenía rosas en los pies y la cabeza cubierta con un tocado. Llevaba en el cuello un crucifijo que pendía de un collar.

La Virgen siguió llorando incluso mientras le hablaba a los niños, primero en francés, después en su propio dialecto, el occitano. Luego de decir un secreto a cada niño, Nuestra Señora se fue caminando por la montaña y despareció. Al día siguiente, el relato de la aparición dado por los pastorcitos se documentó por escrito y fue firmado por los visionarios y por aquellos que habían escuchado la historia. Luego de cinco años de investigación, el obispo de Grenoble, Philibert de Bruillard, anunció en 1851 que era muy probable que la aparición fuera una verdadera revelación y autorizó que se iniciara el culto a Nuestra Señora de La Salette. Ambos niños escribieron por separado los “secretos”, y estos fueron enviados al Papa Pío IX en 1851[2].

¿Qué les dijo la Virgen a los niños?

Ante todo, la Virgen María se lamentó por la falta de respeto, por parte de los cristianos, al día Domingo y hacia el nombre de Dios. Nuestra Señora anunció guerras, revoluciones y castigos como respuesta a los pecados cometidos por la humanidad. Profetizó particularmente la persecución del Papa y de los religiosos, así como la destrucción de ciudades enteras, como París y Marsella. Primero habría un tiempo de expansión religiosa y prosperidad, luego vendría el abandono de Dios y la venida del Anticristo.

Estos son los dos secretos enviados al Papa en 1851:

El Secreto de Maximin Giraud, según su propio relato: “El 19 de septiembre de 1846, vimos a una hermosa señora. Nunca hemos dicho que esta señora fuera la Santísima Virgen, pero siempre afirmamos que era una hermosa dama. No sé si era la Virgen María u otra persona. Por lo que a mí respecta, hoy creo que se trataba de la Santísima Virgen. Esto es lo que la señora me dijo: “Si mi pueblo continúa igual, esto que te diré sucederá antes, si cambia un poco, sucederá más tarde. Francia ha corrompido el universo (con toda probabilidad, se refiere a la Revolución Francesa, que entronizó a la Razón humana por encima de la Revelación Divina dada por Nuestro Señor Jesucristo), y un día será castigada. La fe se apagará en Francia: tres cuartas partes de Francia dejarán de practicar la religión, o la practicarán muy poco, la otra parte la seguirá practicando, pero sin hacerlo realmente. Luego, después de que [eso] suceda, las naciones se convertirán, la fe se renovará por todas partes. Un gran país del norte de Europa, que ahora es protestante, se convertirá; con el apoyo de dicho país, todos los otros países del mundo se convertirán también.

Antes de todo eso, tendrán lugar en la Iglesia, y en todas partes, grandes desórdenes. Luego, nuestro Santo Padre, el Papa, será perseguido. Su sucesor será un pontífice que nadie esperará. Después vendrá una gran paz, pero no durará mucho tiempo. Un monstruo vendrá a turbarla. Todas estas cosas sucederán en el próximo siglo, o a más tardar a los dos mil años” (es decir, en el año dos mil).

El Secreto de Mélanie, recibido en la montaña de La Salette, el 19 de septiembre de 1846. Según Melanie[3], la Virgen le dijo: “Mélanie, voy a decirte algo que no dirás a nadie más: ¡Ha llegado el tiempo de la ira de Dios! Si, después de que hayas dicho al pueblo lo que acabo de decirte, y lo que voy a decirte, si, después de eso, no se convierte, si no hacen penitencia, y no dejan de trabajar los domingos (en nuestros días, además de trabajar, los cristianos se divierten y pasean el día Domingo, el Día del Señor, sin importarles que el faltar a la Santa Misa sin motivo grave, es un pecado mortal), y si siguen blasfemando el Santo Nombre de Dios (en Europa es una costumbre nefasta el lanzar una blasfemia contra Cristo, contra su Sangre Preciosísima, cuando alguien sufre incluso un percance banal), en una palabra, si la faz de la tierra no cambia, Dios hará venganza contra el pueblo desagradecido y esclavo del diablo. ¡Mi Hijo manifestará su poder! París, ciudad manchada con todo tipo de crímenes, perecerá infaliblemente. Marsella será destruida en poco tiempo. Cuando esto suceda, habrá en la tierra un completo y total desorden, el mundo será abandonado a sus pasiones impías. El Papa será perseguido por todos lados, le dispararán, querrán matarlo, pero nadie podrá hacerlo, el Vicario de Dios triunfará de nuevo esta vez. Los sacerdotes y religiosas, y los verdaderos siervos de mi Hijo serán perseguidos, y muchos morirán por la fe de Jesucristo. Habrá una hambruna al mismo tiempo. Después de que todas estas cosas hayan sucedido, muchos reconocerán la mano de Dios sobre ellos, se convertirán y harán penitencia por sus pecados. Entonces, un gran monarca subirá al trono, y su reinado durará pocos años. La religión florecerá de nuevo, se extenderá por toda la tierra, y habrá mucha abundancia. El mundo, satisfecho por no tener ninguna carencia, volverá a caer en sus desórdenes, se olvidará de Dios y se entregará a sus pasiones criminales. Entre los ministros de Dios y las esposas de Jesucristo (es decir, las religiosas), habrá algunos que se perderán, y eso será lo más terrible de todo. Finalmente, el infierno reinará en la tierra. Será entonces que el Anticristo nacerá de una religiosa: ¡desgraciada de ella! Muchos creerán en él, porque dirá que viene del cielo, ¡ay de aquellos que crean en él! Este tiempo no está lejos, no pasarán más de 100 años (y ya han pasado más de cien años; muchas veces, los designios divinos se prolongan en el tiempo, para darnos más tiempo para el arrepentimiento, pero no debemos creer que esta prolongación será indefinida). Hija mía, no debes decir lo que acabo de decirte. (No debes decirlo a nadie, no digas que un día tienes que decirlo, no debes decir nada que se relacione con esto), ¡por último, no digas nada más hasta que yo te mande decirlo!”.

De acuerdo a los acontecimientos que se desarrollan en nuestros días en la Santa Iglesia Católica, en los que se atenta contra la Fe Católica directa y explícitamente desde las más altas jerarquías vaticanas, parecería ser que estamos viviendo los días profetizados por Nuestra Señora de La Salette, sobre todo en lo referente a la aparición del Anticristo.

 

 



[2] Mélanie se hizo religiosa y escribió una versión más extensa de su “secreto” 25 años después, la cual fue publicada en 1879. Esta siguiente versión del secreto, así como sus revelaciones, suscitó la oposición de muchos, incluyendo algunos obispos. Luego de esta segunda publicación del secreto, en 1879, la controversia afirmaba que el secreto estaba mezclado con las propias palabras de Mélanie. Eventualmente, las publicaciones sobre La Salette fueron incluso añadidas al Índice de los Libros Prohibidos. En 1915, bajo el pontificado de Benedicto XV, el Santo Oficio publicó una declaración que prohibía cualquier debate posterior acerca de la autenticidad de los secretos. En octubre de 1999, el Padre Michel Corteville descubrió los secretos originales entregados al Papa Pío IX en 1851, y que habían permanecido enterrados por más de un siglo en los archivos del Vaticano.

[3] Mélanie Mathieu, pastora de La Salette, Grenoble, 6 de julio de 1851.

martes, 30 de agosto de 2022

La Legión de María y el Cuerpo Místico de Cristo

 



         Para poder continuar con el tema del Cuerpo Místico de Cristo, recordemos qué es, según el Manual del Legionario: “La Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo y su Plenitud (Ef 1,22-23). Cristo es la cabeza, la parte principal, de la cual reciben todos los demás miembros su facultad para obrar, hasta su misma vida y nos unimos a Cristo Cabeza mediante el Bautismo. De esto se derivan los deberes santos de amor y servicio de los miembros para con la Cabeza, Cristo y de los miembros entres sí (1 Jn 4,15-21)”[1]. Quien no está bautizado no es miembro de Cristo; por esta razón, quien recibe el Bautismo sacramental queda santificado, mientras que el que no lo recibe, no queda santificado, porque no se le perdona el Pecado original y tampoco recibe la vida de Cristo, la gracia santificante: “Si el bautismo santifica, es porque establece entre Cristo y el hombre esa comunicación de vida, por la que la santidad de la Cabeza fluye a los miembros”. Este fluir de la vida divina de Cristo a sus miembros, no ocurre con los no bautizados.

Continúa el Manual: “Cristo y su Iglesia no constituyen sino una sola Persona mística” y por esta razón es que los bautizados, los incorporados a Cristo, reciben de Él las gracias de la Redención: “Los méritos infinitos de la Pasión de Cristo pertenecen también a sus miembros, los fieles. Así se explica cómo pudo sufrir nuestro Señor por el hombre, y expiar culpas que Él no había cometido. Cristo es el salvador de su cuerpo (Ef 5,23)”. La Redención de Cristo obrada en la Pasión, se aplica a todo su Cuerpo Místico, los bautizados. De esta unión de Cristo con su Cuerpo Místico, los bautizados, se sigue que los miembros del Cuerpo de Cristo reciban de Él el influjo de su vida divina, de manera que Cristo obra a través de sus miembros: “La actividad del Cuerpo místico es actividad del mismo Cristo”. No solo en su obrar, sino también en su vida y en su muerte, los fieles se hacen partícipes de la vida y la muerte y también la resurrección, de Cristo: “Los fieles están incorporados a Él, y en Él viven sufren y mueren, y en su resurrección resucitan”

El bautizado ya recibe la vida divina que proviene de Cristo; ahora bien, con los demás sacramentos, y sobre todo con la Eucaristía, este flujo de vida divina se hace más intenso y potente: “Los demás sacramentos -la Eucaristía sobre todo- tienen por finalidad estrechar esta unión, potenciar esta comunicación entre el Cuerpo místico y su Cabeza”. Además de los sacramentos, también la fe del Credo católico, el amor a Cristo y las obras, como el servicio que realizan los legionarios, fortalecen la unión con Cristo Cabeza: “También se intensifica la unión entre la Cabeza y los miembros por obra de la fe y del amor, por los lazos de gobierno y mutuo servicio dentro de la Iglesia, por el trabajo, por la humilde sumisión al sufrimiento; en resumen, mediante cualquier acto de vida cristiana”

Ahora bien, toda esta unión con Cristo se hace de modo mucho más eficaz, rápido y seguro, en la unión con la Madre de Dios, María Santísima: “Pero todo esto se hará mucho más eficaz si el alma obra en unión libre y permanente con María”. La razón es que la Virgen cumple la función de unir, en el Amor del Espíritu Santo, a Cristo Cabeza con los miembros de su Cuerpo Místico. Y como el Amor del Espíritu Santo reside en el Inmaculado Corazón de María, cuanto más el alma esté unida, por la consagración, a este Inmaculado Corazón de María Santísima, tanto más fuerte será su unión con Cristo Cabeza del Cuerpo Místico. El Corazón de la Virgen, dice el Manual, es como “una fuente de vida divina y de amor divino que, recibiendo la vida y el amor divinos de su Hijo Jesús, los comunica y distribuye luego por las almas de los bautizados, entre ellos, los legionarios”.

 

 



[1] Cfr. Manual del Legionario, IX.

viernes, 26 de agosto de 2022

Razones para rezar el Santo Rosario todos los días

 



         Hay diversas razones para rezar el Santo Rosario todos los días; la principal de ellas, son las promesas que la Santísima Virgen promete conceder a Santo Domingo de Guzmán, cuando le entregó el Santo Rosario como oración de la Iglesia.

         Podríamos agregar brevemente otras más: por el Santo Rosario, glorificamos a la Trinidad, con el rezo del Gloria y esta glorificación es algo que debemos hacer como católicos, más allá de si recibimos o no dones de la Trinidad, porque aun si Dios no nos concediera ningún favor, que sí lo hace y en abundancia, deberíamos adorarlo y glorificarlo solo por lo que Dios es, Dios Tres veces Santo de infinita Bondad y Santidad.

Otra razón es que, por el Santo Rosario, a través del Avemaría, alegramos el Corazón Inmaculado de María, porque el Avemaría le recuerda el momento más hermoso para Ella, que es cuando el Ángel Gabriel le anuncia que será Madre de Dios, permaneciendo Ella Virgen.

Otra razón es que, por medio del Santo Rosario, no solo meditamos en los misterios de la vida de Nuestro Señor Jesucristo –cuando vemos el contenido de los misterios del Santo Rosario, nos damos cuenta de que repasamos los principales misterios de la vida de Jesús, sino también los de la Virgen-, sino que también, de modo misterioso y a través del Inmaculado Corazón de María, somos hechos partícipes de esos misterios y esto es importantísimo para nuestra vida espiritual, porque esto quiere decir que, por medio del Rosario, la Virgen nos concede las gracias que necesitamos para configurar nuestros corazones a los Sagrados Corazones de Jesús y María. Por ejemplo, quien sea propenso a la ira, obtendrá del Santo Rosario la virtud de la mansedumbre del Sagrado Corazón de Jesús.

Por estas razones y otras más, debemos rezar el Santo Rosario todos los días.

jueves, 11 de agosto de 2022

La Asunción de María Santísima en cuerpo y alma a los cielos

 



         En la Iglesia Católica Oriental, esta fiesta se llama “La Dormición” de la Virgen. La razón de este nombre se encuentra en el hecho mismo de la Asunción: al ser la Virgen la Llena de gracia, no experimentó la muerte, sino que se durmió y despertó en el Cielo, con su cuerpo y alma glorificados. Es decir, en el momento en el que la Virgen Santísima debía pasar de este mundo a la vida eterna, en vez de morir, como sucede con todos los seres humanos, la Virgen se durmió y puesto que su Alma Purísima era Plena de gracia desde su Inmaculada Concepción, toda esta gracia se derramó, por así decirlo, sobre su también Inmaculado cuerpo y esta gracia, al pasar de esta vida a la otra, es la que se convierte en gloria, con lo cual tanto el Alma como el Cuerpo de la Madre de Dios quedaron resplandecientes de la gloria divina y fue así como la Virgen Santísima fue Asunta a los cielos. La Virgen, entonces, no pasó por el trance de la muerte; su Alma Purísima nunca se separó de su Cuerpo Inmaculado, hecho que define a la muerte: por el contrario, permaneciendo su alma unida a su cuerpo, éste recibió la plenitud de gracia que poseía la Virgen desde su Inmaculada Concepción y fue así que tanto su Alma como su Cuerpo quedaron resplandecientes por la gloria divina.

         Entonces, en vez de morir, la Virgen se durmió –por eso los orientales la llaman “La Dormición”- y al despertar, despertó en los cielos, siendo llevada con su cuerpo glorificado por los ángeles, ante la Presencia de su Hijo Jesús, Rey de reyes y Señor de señores y es en eso en lo que consiste “La Asunción de María Santísima”.

         Ahora bien, como es cierto que “donde está la Madre, deben estar los hijos”, la Virgen, como Madre nuestra, desea que nosotros, que somos sus hijos por la gracia del Bautismo sacramental, quiere Ella que estemos todos sus hijos en la gloria; la Virgen quiere, con todo el amor de su Inmaculado Corazón, que ninguno de sus hijos se pierda para siempre y que salve su alma y que resplandezca, por la eternidad, con nuestros cuerpos y almas glorificados. Por esta razón, debemos hacer todo el esfuerzo para que, al final de nuestra vida terrena, seamos conducidos a la gloria del cielo, con el cuerpo y el alma glorificados. Para ello, debemos esforzarnos por vivir en gracia, evitar el pecado, vivir según los Mandamientos de la Ley de Dios, frecuentar los sacramentos y obrar obras de misericordia. De esta manera, viviremos en la gloria del Reino de los cielos, junto a la Virgen Asunta en cuerpo y alma a los cielos, adorando al Cordero de Dios, por toda la eternidad.

lunes, 25 de julio de 2022

El Legionario y el Cuerpo Místico de Cristo

 



          El Manual del Legionario es muy claro en lo que respecta a las relaciones interpersonales entre los miembros de la Legión entre sí y cualquier otro bautizado. El trato interpersonal debe trascender la mera amistad natural, para convertirse en una amistad sobre-natural, una amistad basada en el Amor de Cristo, que es el Amigo por excelencia y el que nos ofrece su amistad en la Última Cena -“Ya no os llamo siervos, sino amigos”- y basada también en el hecho de que Cristo está misteriosamente presente en el prójimo, de manera tal que, así como se trata al prójimo, así se trata al mismo Cristo en Persona. En efecto, el Manual dice lo siguiente: “Ya en la primera junta legionaria se puso de relieve el carácter netamente sobrenatural del servicio al que se iban a entregar los socios. Su trato con los demás había de rebosar cordialidad, pero no por motivos meramente naturales: deberían ver en todos aquellos a quienes servían a la Persona misma de Jesucristo, recordando que cuanto hiciesen a otros, aun a los más débiles y malvados, lo hacían al mismo Señor, que dijo: “Os lo aseguro, cada vez que lo hicisteis con un hermano mí de esos más humildes, lo hicisteis conmigo” (Mt 25, 40)[1].

          El Manual insiste en que el trato con el prójimo, sea o no legionario, debe superar, ir más allá, del trato que naturalmente se establece entre los hombres, porque se trata de miembros del Cuerpo Místico de Cristo y de esto se derivan la caridad extrema con la que se deben tratar unos a otros, pero además también el servicio que el Legionario presta, porque no se debe dar a Dios un servicio defectuoso, sino que debe ser lo más perfecto posible, según las palabras del mismo Señor Jesús: “Sed perfectos, como mi Padre es perfecto”. Al respecto, dice así el Manual: “No se ha escatimado ningún esfuerzo para hacer ver a los legionarios que este móvil debe ser la base y fundamento de su servicio; lo es, igualmente, de la disciplina y de la armonía interna de la Legión. Han de ver y respetar en sus oficiales y en sus otros hermanos al mismo Jesucristo: he aquí la verdad transformadora que debe estar bien impresa en la mente de sus socios (Para lograr esto los legionarios deben) trabajar en tan estrecha unión con María, que sea Ella quien realmente ejecute la obra por medio del legionario”[2].

          Como vemos, entonces, el trato que el Legionario debe dispensar a su semejante y a cualquier prójimo, debe superar la mera amistad natural humana, para convertirse en una amistad sobrenatural, basada en el Amor de amistad de Cristo Dios y para poder lograr este cometido, es indispensable que el legionario obre en íntima y estrecha unión con el Corazón Inmaculado de María.



[1] Cfr. Manual del Legionario, IX.

[2] Cfr. ibidem.