martes, 3 de mayo de 2022

Nuestra Señora de Fátima nos enseña a adorar a la Eucaristía, a rezar el Rosario y a evitar el Infierno

 



         En las Apariciones de Nuestra Señora de Fátima hay diversas enseñanzas por parte del Cielo, pero podemos considerar que tres de ellas son centrales y forman la esencia de estas Apariciones: la Adoración Eucarística, el rezo del Santo Rosario y la confirmación de la existencia del Infierno y el peligro real de caer en él. Por esta razón, meditaremos brevemente sobre estos tres temas.

         En cuanto a la Adoración Eucarística, las Apariciones de Fátima son explícitas en lo que se refiere a la enseñanza bimilenaria de la Iglesia: la Eucaristía no es un pedacito de pan, sino Dios Hijo encarnado, oculto en apariencia de pan y esto se ve en el hecho de que el Ángel de las Apariciones se postra, no sólo de rodillas, sino con la frente en tierra, para adorar a la Sagrada Eucaristía, que aparece milagrosamente en el aire, chorreando sangre que es recogida en el altar. La gran mayoría de los cristianos no tiene en cuenta a la Eucaristía, no cree en la Presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía y no acude a la Santa Misa a recibirlo en el Santísimo Sacramento del Altar. En vez de eso, prefieren jugar al fútbol, pasear, hacer compras, visitar amigos y familiares. Y la gran mayoría de los que comulga, lo hace mecánicamente, sin hacer, antes de la Comunión, un acto de amor y de adoración a Jesús Eucaristía, recibiéndolo con un corazón frío, distante, vacío de amor a Jesús y al prójimo y, todavía peor, maquinando venganzas y mascullando odio contra el prójimo y todo en el momento de la Comunión Eucarística. Y la gran mayoría de niños y jóvenes que completan la formación de Catequesis, en vez de iniciar una vida de unión con Jesús Eucaristía por medio de la Comunión Eucarística de los domingos, abandona la Iglesia, porque en el fondo, desprecian la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, siendo más valioso para ellos el fútbol, los amigos, los familiares, la música, los ídolos, la propia pereza, antes que la unión sacramental con el Cristo Eucarístico. ¡Cuánto lamentarán, estos niños y jóvenes, haber despreciado con tanta fuerza al Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús! Pero cuando lo lamenten, tal vez sea ya demasiado tarde.

         En cuanto al rezo del Santo Rosario, a pesar de que la Virgen prometió que toda gracia que se pidiera en el Rosario sería alcanzada, los cristianos católicos, despreciando las palabras de la Virgen, consideran al Rosario como algo inútil, como un pérdida de tiempo, como un sinsentido, pero al mismo tiempo, no dudan ni un instante en acudir a los brujos, a los curanderos, a los chamanes, para que les solucione algún problema o alguna enfermedad. También, los mismos que dicen que no rezan el Rosario porque es una oración “larga y aburrida”, no dudan en hacer largas filas y pasar horas para recibir la atención de quienes practican la brujería oriental, que llega a nosotros con nombres extraños como “reiki”, “yoga”, “gnosis”, “metafísica” y cuanta oscuridad más se haga presente. Para la gran mayoría de los cristianos, es preferible practicar la brujería o acudir a prácticas de ocultismo oriental, antes que rezar el Santo Rosario, lo cual habrán de lamentar, con mucho, pero mucho dolor, y tal vez cuando ya sea demasiado tarde.

         En cuanto al Infierno, el mensaje de Fátima es más que claro: quien vive en pecado mortal y no se arrepiente y muere en pecado mortal, se condena, irreversiblemente, en el fuego del Infierno eterno, sufriendo el fuego del Infierno en el cuerpo y en el alma, para siempre. Una de las causas de la descristianización del mundo y del consecuente avance del mal en todas las esferas de la vida humana, es la creencia errónea, de los cristianos, de que el Infierno no existe, o de que está vacío, o que nadie irá al Infierno, sin importar la vida que lleve aquí en la tierra. La experiencia mística del Infierno por parte de los Pastorcitos, a quienes la Virgen llevó al Infierno siendo niños pequeños, nos advierte claramente que la Justicia Divina, en la otra vida, es implacable y que si nosotros persistimos en el pecado mortal, viviremos para siempre en donde el pecado mortal nos conduce, el Infierno. Muchos creen que pueden pasar años y años en pecado mortal y no se preocupan por el estado de sus almas, sin darse cuenta que las Puertas del Infierno están abiertas para esa alma y que ya tiene un lugar en el Infierno, a menos que esa alma se arrepienta verdaderamente, se confiese sacramentalmente y comience a vivir una vida de oración, de penitencia y de verdadera conversión cristiana, conversión que se demuestra no por palabras vacías, sino por la mansedumbre, la compasión, la caridad, la paciencia, la humildad, es decir, por la vivencia de las virtudes cristianas.

         Adoración Eucarística, rezo del Santo Rosario, vivir en gracia y evitar el pecado mortal o venial deliberado para no caer en el Infierno, estas son tres enseñanzas centrales de la Virgen en Fátima. El tiempo se acorta y quien no aproveche el tiempo de su vida terrena para ponerlos en práctica, lo lamentará por toda la eternidad en un lago de fuego.

jueves, 28 de abril de 2022

La Coronación de María Santísima

 



Para poder valorizar el sentido y el significado de la conmemoración litúrgica de la Coronación de la Virgen, es conveniente recordar antes el sentido y significado de la corona.  Según la Real Academia Española[1], la palabra “corona” significa: “Aro, hecho de flores, de ramas o de metal, que ciñe la cabeza y se usa como adorno, insignia honorífica o símbolo de dignidad o realeza”. En nuestro caso, se trata de las coronas de los reyes, por lo que el aro está hecho de metal y no de un metal cualquiera, sino de un metal precioso, como el oro o la plata. Los reyes son los que reciben en sus cabezas este aro de metal precioso, la corona, ya que es, como su definición lo dice, “una insignia honorífica, símbolo de la dignidad o realeza”. En otras palabras, en el sentido terreno, la corona real sólo podía ser usada por alguien que poseía un honor o dignidad que era la realeza. Un plebeyo, alguien no perteneciente a la realeza, no podía usar corona, por ejemplo.

Las coronas de los reyes, reinas o princesas, eran coronas de oro o plata, como dijimos, engarzadas con piedras preciosas, como rubíes, esmeraldas y todo tipo de piedras preciosas; estaban revestidas por dentro con fina seda roja, para que la corona pudiera calzar bien en la cabeza y también para que el metal no lastimara el cuero cabelludo de quien usaba la corona. En el momento de ser coronados, los reyes o las reinas eran aclamados por el pueblo, el cual se reunía con alegría para festejar la coronación de un nuevo miembro de la realeza, que en nombre de Dios habría de guiarlos por el bien común, puesto que se tenía la concepción de que el poder terreno era otorgado por Dios, por eso el gobernante debía ser bien consciente de que debería rendir cuentas a Dios, en su Juicio Particular, por cada orden emanada de su gobierno. Es lo que Jesús le dice a Poncio Pilato: “No tendrías autoridad sobre Mí si no te hubiera sido concedida de lo alto”.

Este es el significado de la coronación entre los hombres: reciben la corona aquellos que pertenecen a la nobleza. Entonces ahora nosotros nos preguntamos: luego de ser Asunta a los cielos, la Virgen recibió una corona de luz y de gloria divina por manos de su propio Hijo Jesús, y de aquí la pregunta: ¿por qué la Virgen recibe una corona? Hay distintas razones.

Por un lado, tanto la Virgen como San José, provienen de familias de ascendencia real, por lo que humanamente, se puede decir que la Virgen es Reina. Pero hay otros motivos de mayor peso para afirmar que la Virgen es Reina y por eso merece la Corona: la Virgen es Madre del Rey de reyes y Señor de señores, Cristo Jesús y por eso Ella tiene derecho a recibir la corona real de su Hijo, porque la Madre del Rey es también Ella misma, Reina. Hay también otros motivos, de orden espiritual, sobrenatural y místicos, para que la Virgen merezca llevar la corona que recibió en el Cielo, luego de ser Asunta en cuerpo y alma: la Virgen mereció la corona de luz y de gloria divina por ser Ella la Inmaculada Concepción; mereció la corona por ser la Madre de Dios; mereció la corona por su humildad y por cumplir siempre en todo la voluntad de Dios y no la suya propia, pero sobre todo, mereció la corona de luz y gloria en los Cielos, por haber llevado Ella, místicamente, espiritualmente, aunque no físicamente, la Corona de espinas de su Hijo Jesús. Entonces, porque la Virgen llevó en esta vida, espiritualmente, místicamente, la corona de espinas de Jesús, mereció llevar la corona de gloria y de luz divina en el Cielo.

Puesto que nosotros somos hijos de la Virgen, si queremos ser coronados de gloria en el Cielo, debemos pedir la gracia de llevar también, espiritualmente, la corona de espinas de Jesús. Sólo así seremos coronados de gloria, en el Cielo, por manos de Nuestra Madre del Cielo y por manos de Jesús, Rey de reyes.

viernes, 22 de abril de 2022

Las promesas de la Virgen para los que recen el Rosario

 



         Rezar el Rosario trae múltiples beneficios para el alma porque así lo ha prometido la Virgen. Cuando la Virgen se le apareció al Beato Alan de la Roche, le dio quince promesas para los que rezaran el Santo Rosario en su honor, todos los días[1].

         Le dijo así la Virgen a Alan de la Roche:

1. Aquellos que recen con enorme fe el Rosario recibirán gracias especiales.

2. Prometo mi protección y las gracias más grandes a aquellos que recen el Rosario.

3. El Rosario es un arma poderosa para no ir al infierno: destruye los vicios, disminuye los pecados y nos defiende de las herejías.

4. Se otorgará la virtud y las buenas obras abundarán, se otorgará la piedad de Dios para las almas, rescatará a los corazones de la gente de su amor terrenal y vanidades, y los elevará en su deseo por las cosas eternas. Las mismas almas se santificarán por este medio.

5. El alma que se encomiende a mí en el Rosario no perecerá.

6. Quien rece el Rosario devotamente, y lleve los misterios como testimonio de vida no conocerá la desdicha. Dios no lo castigará en su justicia, no tendrá una muerte violenta, y si es justo, permanecerá en la gracia de Dios, y tendrá la recompensa de la vida eterna.

7. Aquel que sea verdadero devoto del Rosario no perecerá sin los Sagrados Sacramentos.

8. Aquellos que recen con mucha fe el Santo Rosario en vida y en la hora de su muerte encontrarán la luz de Dios y la plenitud de su gracia, en la hora de la muerte participarán en el paraíso por los méritos de los Santos.

9. Libraré del purgatorio a a quienes recen el Rosario devotamente.

10. Los niños devotos al Rosario merecerán un alto grado de Gloria en el cielo.

11. Obtendrán todo lo que me pidan mediante el Rosario.

12. Aquellos que propaguen mi Rosario serán asistidos por mí en sus necesidades.

13. Mi hijo me ha concedido que todo aquel que se encomiende a mí al rezar el Rosario tendrá como intercesores a toda la corte celestial en vida y a la hora de la muerte.

14. Son mis niños aquellos que recitan el Rosario, y hermanos y hermanas de mi único hijo, Jesús Cristo.

15. La devoción a mi Rosario es una gran señal de profecía.

         Además de estas promesas, podemos decir que el que reza el Rosario se beneficia por lo siguiente: a través del Santo Rosario, contemplamos los misterios de la vida de Jesús y de la Virgen y, por el Rosario, la Virgen nos concede la gracia de participar de esos misterios y de concedernos las gracias correspondientes a cada misterio –por ejemplo, en la Encarnación, la pureza del alma y del cuerpo necesarias para recibir a Jesús Sacramentado-, además de obrar misteriosamente en nuestros corazones, para configurar nuestros corazones a los Sagrados Corazones de Jesús y María, por lo que si rezamos el Rosario todos los días, al final de nuestra vida terrena nuestros corazones serán uno solo con los Sagrados Corazones de Jesús y María y así permaneceremos, en la eterna alegría del Reino de los cielos. No hay motivo alguno, entonces, para no rezar el Santo Rosario todos los días, tanto personalmente, como en familia.

        

martes, 22 de marzo de 2022

Solemnidad de la Anunciación del Señor

 



         La Anunciación del Señor y la Encarnación del Verbo de Dios por obra del Espíritu Santo en el seno purísimo de María Virgen constituyen los misterios centrales sobre los cuales se fundamenta la espiritualidad y la actividad apostólica de la Legión de María. Por esta razón, vamos a meditar someramente acerca de este gran misterio salvífico, misterio por el cual la no solo la Legión de María, sino la Iglesia Católica en su totalidad, encuentran su razón de ser.

Antes de la Encarnación del Verbo, el Ángel Gabriel anuncia a la Virgen, de parte de Dios, la noticia más alegre y grandiosa que jamás alguien pueda recibir: Ella, por ser la Llena de gracia y la Inmaculada Concepción, ha sido elegida por la Trinidad para ser la Madre de Dios. Así, María Santísima obtiene, por los méritos de su Hijo en la cruz, un doble mérito, el de ser Virgen e Inmaculada, por un lado, y por otro, el de ser Madre de Dios.

         Al aceptar libremente el ofrecimiento de ser la Madre de Dios, la Virgen se convierte, en ese instante, en un sagrario viviente, porque en el instante de su “Fiat”, el Espíritu Santo conduce a Dios Hijo a su seno virginal y al mismo tiempo crea el Cuerpo y el Alma de Jesús de Nazareth, uniendo esta Humanidad Santísima a la Persona Divina del Hijo de Dios.

         El misterio de la Encarnación del Verbo de Dios en el seno de María Santísima es el centro de la fe católica y es el hecho más trascendente para la humanidad desde su creación al inicio de los tiempos y, con relación a la Legión de María, constituye el fundamento de su espiritualidad y de su apostolado, porque según Juan Pablo II, la Legión de María tiene como objetivo “la santificación de sus miembros y, a través de ellos, del mundo”[1], y esta tarea la realiza “desplegando la Bandera de la Inmaculada”, uniéndose a la Virgen por una específica “espiritualidad mariana”, convirtiéndose así la Legión en un dócil instrumento de la Madre de Dios en su tarea de ser Corredentora y “partícipe del plan de salvación”[2] de la Trinidad para la humanidad. La Encarnación del Verbo tiene un significado que trasciende absolutamente todo lo que seamos capaces de pensar o imaginar, porque es Dios Hijo en Persona quien se compadece de nuestra miseria, de nuestra humanidad abatida por el pecado original; Dios Hijo se apiada de nuestra doble esclavitud, la esclavitud de las pasiones y el vicio y la esclavitud del demonio y se encarna para no solo liberarnos de estas esclavitudes, cadenas y hierros que nos atenazan en esta vida, sino que se encarna para concedernos su propio Sagrado Corazón, envuelto en las llamas del Divino Amor, como alimento sagrado para nuestras almas, para convertir nuestras almas en una porción del Cielo, para hacernos participar, ya desde esta vida, de las dulzuras y alegrías eternas que brotan del Ser Divino trinitario y que por la Misericordia Divina esperamos gozar por toda la eternidad.

         Al encarnarse, Dios Hijo asume la naturaleza humana desde el instante mismo de la concepción y así se convierte en nuestro Hermano Santo, que santifica a la humanidad por su unión personal primero y por medio de la gracia santificante distribuida por los Sacramentos, después. Así el Hijo de Dios, al unirse a la Humanidad de Jesús de Nazareth en la Encarnación, nos predestina a todos a la santidad; al rebajarse a la unión con la humanidad, Dios en Persona nos invita a unirnos a Él en el Banquete celestial que Él mismo nos prepara, Banquete en el cual nos convida con la Carne del Cordero, asada en el Fuego del Espíritu Santo, con el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre de Jesús, el Hombre-Dios y el Pan de Vida eterna, la Sagrada Eucaristía, y nos convida a este Banquete celestial para hacernos partícipes de su Vida divina, su Alegría divina, su Ser divino trinitario.

         Como podemos ver, al contemplar el misterio de la Anunciación y Encarnación del Verbo, el misterio de la Virgen y Madre de Dios está estrecha e indisolublemente unido al misterio del Hombre-Dios Jesucristo, Salvador de los hombres, porque, como dicen los santos, “donde está la Madre, está el Hijo”. Por esta razón, el Papa Juan Pablo II advertía a los legionarios que el mundo se seculariza –es decir, se paganiza, se aleja del Único Dios Verdadero- y esta secularización se hace más profunda y más grave cuanto más se oscurece en los corazones de los hombres la devoción a la Virgen y es aquí donde entra de lleno la misión apostólica de la Legión de María: hacer crecer la devoción al Inmaculado Corazón de María que es, según San Luis María Grignon de Montfor, “el camino más rápido, más seguro y más eficaz” para llegar al Sagrado Corazón de Jesús. La Legión de María, haciendo conocer y amar a la Madre, hará conocer y amar al Hijo de Dios[3], Jesús de Nazareth, único camino al Cielo, única Verdad de la Trinidad y única Fuente Increada de vida divina para todo ser humano.



[1] Discurso de S. S. Juan Pablo II a un grupo de legionarios italianos el 30 de octubre de 1982.

[2] Cfr. ibidem.

[3] Cfr. ibidem.

jueves, 3 de marzo de 2022

Los beneficios del Rosario revelados por la Virgen al Beato Alán de la Rupe

 



La Virgen María, la Madre de Dios, le reveló en una aparición al Beato Alán de la Rupe que el Rosario tiene ciento cincuenta Ave Marías, que protegen contra los ciento cincuenta terrores de la muerte, que son la enfermedad, la tristeza, el temor, el asalto de los demonios, el remordimiento de conciencia, la pérdida de bienes, la impaciencia, la inmovilidad de los miembros, la postración y todo lo que esto significa.

Luego la Virgen le dijo que el Rosario tiene también ciento cincuenta Ave Marías que protegen contra los ciento cincuenta terrores del Juicio Universal, que son el temor del Supremo Juez, el temor de quienes deben ser juzgados, la acusación de los demonios, la manifestación de los pecados, la infamia infinita, la aprehensión, el remordimiento de conciencia, la desesperación, la vergüenza, el deseo de morir para siempre, la acusación de las creaturas contra los pecadores, y todo lo que esto conlleva.

También le reveló la Virgen que el Rosario tiene ciento cincuenta Ave Marías que protegen contra la ciento cincuenta penas del Infierno, cada una de las cuales contiene en sí seis mil seiscientos sesenta penas especiales y cada una de ellas tiene además otras penas individuales, que son casi infinitas, tanto para el alma como para el cuerpo, penas que provienen de parte de los demonios –que atormentan y horrorizan para siempre a los condenados-, de parte de Dios –que de este modo ejerce su Divina Justicia, porque de Dios nadie se burla y si alguien se burló de Dios en esta vida, en la otra lo pagará para siempre si no hay arrepentimiento-, de parte del lugar de fuego, de parte de los sentidos, como consecuencia de la gloria perdida para siempre, con la interminable eternidad de los condenados.

Todos estos beneficios que concede el Santo Rosario, revelados por la Virgen en persona, son más que suficientes para rezarlo todos los días, hasta el último día de nuestra vida terrena.

sábado, 12 de febrero de 2022

Nuestra Señora de Lourdes y sus tres pedidos

 



          Además de la revelación central de la Aparición de Nuestra Señora de Lourdes, la revelación de la condición de la Virgen como la Inmaculada Concepción -la Virgen le dice a Santa Bernardita, en su dialecto “Yo Soy era la Inmaculada Concepción”-, en estas apariciones de Lourdes podemos considerar tres pedidos que hace la Virgen. Veamos cuáles son. Rosario, humildad, penitencia.

          Un primer pedido es el rezo del Santo Rosario, ya que la Virgen se presenta con un Rosario entre sus manos y le enseña a rezar el Santo Rosario a Santa Bernardita. Esto es para que tomemos conciencia de que debemos rezar el Rosario todos los días, por varios motivos: por el Rosario conseguimos infinidad de dones, gracias y milagros que la Santísima Trinidad tiene para darnos, pero que quiere darnos sólo a través de la Santísima Virgen. Lamentablemente, muchos tienen el Rosario como un objeto de adorno, sea en el auto, sea en el cabezal de la cama, o lo llevan, como si fuera un amuleto, en sus bolsillos y esto no debe ser así, porque el Rosario debemos tenerlo entre las manos para desgranar sus cuentas. Otro motivo del rezo del Rosario es que a través del Rosario contemplamos los misterios salvíficos de la vida de Jesús y también de María y por medio de la contemplación de los misterios, participamos de estos misterios, convirtiéndonos, misteriosamente, en corredentores de nuestros hermanos.

          Un segundo pedido de la Virgen de Lourdes es la penitencia. En una de sus apariciones, sólo dice una sola palabra, a la cual la repite por tres veces: “¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia!”. El motivo de la penitencia es que es necesario hacerla, para reparar por las innumerables ofensas que reciben, día a día, todos los días, los Sagrados Corazones de Jesús y María. La penitencia puede ser, por ejemplo, un día de ayuno a pan y agua, o el privarnos de algo lícito y bueno que nos apetezca, para así reparar por las ofensas cometidas contra Jesús y María.

Por último, aunque de forma implícita, la Virgen pide la humildad -le ordena a Santa Bernardita que escarbe en el barro, con el rostro y las manos, en la gruta, que es el lugar de donde salió efectivamente el agua milagrosa que curó cientos de miles de enfermos y que continúa fluyendo hasta la actualidad-, porque la humildad, junto con la caridad y la mansedumbre, asemejan al alma a los Sagrados Corazones de Jesús y María.

Al recordar las apariciones de Nuestra Señora de Lourdes, recordemos, además del hecho principal, la revelación de la condición de la Virgen como Inmaculada Concepción, los tres pedidos que hace la Virgen: el rezo del Rosario, la Penitencia y la práctica de la Humildad.

sábado, 4 de diciembre de 2021

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María

 



         La Iglesia celebra, con júbilo celestial, uno de los misterios más grandes y asombrosos de la historia de la humanidad, misterio superado en majestad y gracia sólo por el misterio más grande por excelencia, el de la encarnación del Verbo en el seno purísimo de María Santísima y es el misterio de la Inmaculada Concepción de María.

         Que María Santísima sea “Inmaculada Concepción” quiere decir que, por designio de la Santísima Trinidad, la Virgen fue concebida sin la mancha del pecado original, mancha que, desde el pecado primordial de Adán y Eva, se transmite sin excepción a todo ser humano. La única excepción es, precisamente, la de María Santísima y es por eso que se llama “Inmaculada Concepción”, porque esta horrible mancha del pecado original no la afectó, como sí lo hace a todo ser humano, desde el primer instante de su concepción. Que sea Inmaculada Concepción significa que la Virgen no tuvo nunca, jamás, en ningún momento, ni siquiera por un instante, no solo ni el más ligero pecado y tampoco estuvo, ni siquiera mínimamente, inclinada a la concupiscencia, sino que su Inmaculado Corazón estuvo siempre, en todo momento, rebosante de la gracia, la bondad, la santidad, la paz y la humildad de Dios Uno y Trino.

         Pero hay otro aspecto a considerar y es que la Trinidad la eligió para que fuera concebida sin la mancha del pecado original, porque la Virgen estaba destinada a ser Madre de Dios y como Madre de Dios, no podía estar contaminada con la mancha del pecado original. Todavía más, al estar destinada a ser la Madre de Dios, debía no solo no poseer el pecado original, sino que debía estar inhabitada por el Espíritu Santo y es por eso que la Virgen es concebida, además de exenta del pecado original, como Inmaculada Concepción, como “Llena de gracia”, lo cual quiere decir, inhabitada por el Espíritu Santo. La razón de este otro privilegio de la Virgen es que el Verbo de Dios, quien habría de encarnarse en su seno virginal, al provenir desde el Cielo, en donde era amado desde la eternidad por Dios Padre con el Divino Amor, el Espíritu Santo, debía ser recibido y amado en la tierra, en su encarnación, con el mismo Amor con el que el Padre lo amaba desde la eternidad, el Espíritu Santo y la única forma en que esto fuera posible, era que la Virgen misma estuviera inhabitada por el Espíritu Santo y es por eso que es concebida no solo sin la mancha del pecado original, sino como “Llena de gracia”, es decir, inhabitada por el Espíritu Santo. Así, el Verbo de Dios, al encarnarse en el seno purísimo de María Santísima, no sentiría diferencias en el Amor con el que era amado desde la eternidad por el Padre, porque iba a ser amado con ese mismo Amor, el Espíritu Santo.

         Por lo tanto, en el misterio de la Inmaculada Concepción, se unen entre sí, de modo indisoluble, otros dos grandes misterios, el de la Virgen como Madre de Dios y el de la Encarnación del Verbo de Dios.

         Por último, si estos tres misterios son en sí mismos insondables, majestuosos, celestiales y sobrenaturales, hay otro misterio que debe agregarse y es el hecho de que la Santa Iglesia, en cada Santa Misa, prolonga y actualiza, en su seno virginal, el altar eucarístico, el misterio de la Encarnación del Verbo, porque por las palabras de la consagración, el Verbo prolonga su Encarnación en la Eucaristía y es por este motivo que la Iglesia Católica es, a imagen de su Madre, la Virgen, santa, pura, inmaculada y llena del Espíritu Santo. No dejemos nunca de alabar, bendecir, glorificar y adorar a la Santísima Trinidad por el misterio de la Inmaculada Concepción, misterio al cual están unidos el misterio de María como Llena de gracia y el misterio de la Encarnación del Verbo en su seno purísimo, que se prolonga a su vez y se actualiza en cada Santa Misa.