martes, 8 de septiembre de 2015

Fiesta de la Natividad de la Virgen María


       ¿Por qué celebra la Iglesia el nacimiento de una Niña, nacida hace más de veinte siglos, en Palestina? Las razones son muchas. 
       La Iglesia celebra el Nacimiento de la Niña Santa María, porque esta Niña fue una Niña Santa, pero la Iglesia no celebra porque el nacimiento de esta Niña fue el nacimiento de una niña santa entre tantas; tampoco lo celebra por ser la Niña más santa entre las santas; la Iglesia celebra su nacimiento por otras razones, más misteriosas, profundas y sobrenaturales: la Iglesia celebra la Natividad de la Virgen María, porque su nacimiento indica el inicio de una Nueva Era para la humanidad; su Nacimiento señala el comienzo de las profecías mesiánicas contenidas ya en el Génesis, cuando Dios había prometido a la humanidad el envío de un Mesías, Redentor y Salvador del mundo, porque la Virgen es la que habría de dar a luz a este Redentor, que era Dios y Hombre, que por ser Dios, no necesitaba nacer, porque era Dios desde la eternidad, pero en cuanto Hombre, debía nacer en el tiempo, y para que el Hombre-Dios pudiera nacer en el tiempo, es que la Santísima Trinidad creó a esta Niña, Santa María Virgen, dotándola de tanta gracia y santidad, que sólo habría de aventajarla su Hijo, el mismo Dios.
         La Iglesia celebra, se alegra y festeja el Nacimiento de la Virgen, porque el nacimiento de María Virgen es el hecho más importante para la humanidad, después de la Encarnación y Nacimiento del Verbo de Dios humanado: la Iglesia celebra el Nacimiento de la Niña Santa María, porque esta Niña habría de ser la Madre de Dios, al darlo a luz virginalmente en el Portal de Belén, y habría de ser también la Madre de todos los hombres, en la cima del Monte Calvario, engendrándolos en su Inmaculado Corazón, por el Amor del Espíritu Santo. El nacimiento de esta Niña señala entonces el inicio de una Nueva Humanidad, la humanidad de los hijos adoptivos de Dios, la humanidad de los hombres regenerados por la gracia santificante, nacidos a la vida nueva de la gracia, al pie de la cruz, por la Sangre derramada del Costado traspasado de Jesús y adoptados como hijos por la Virgen, de pie al lado de la cruz y por eso la Iglesia celebra y festeja su Nacimiento.
         La Iglesia celebra el Nacimiento de la Niña Santa María, porque esta Niña, Virgen y Madre de Dios, es también su Madre, porque esta Niña que nace hoy, Santa María Virgen, es Madre de la Iglesia, porque dio a luz virginalmente a la Cabeza de la Iglesia, Jesucristo, y a los miembros del Cuerpo Místico de Cristo, los bautizados.
La Iglesia celebra el Nacimiento de la Virgen, porque la Niña que nacía hoy, hace más de XX siglos, era la Niña Virgen que habría de llevar en su seno al Hijo de Dios, a Dios Hijo encarnado, y lo habría de dar a luz en Belén, Casa de Pan, para que los hombres se alimentaran con el Pan de Vida eterna, Jesús en la Eucaristía. El nacimiento de esta Niña, representaba para la humanidad el fin del hambre de Dios, porque esta Niña sería la que alimentaría a la humanidad con un Nuevo Pan, un Pan super-substancial, el Pan bajado del cielo, el Pan Vivo que da la Vida eterna, el Verdadero Maná del cielo, la Eucaristía.
         Finalmente, la Iglesia celebra el Nacimiento de la Virgen, porque esta Niña que nacía hoy era la Mujer de la que habla el Génesis, la que aplasta con su pie la cabeza de la Serpiente (cfr. Gn 3, 15); era la Mujer del Calvario, a la que el Hombre-Dios Jesucristo le habría de encomendar a todos los hombres, para que los adoptara como hijos suyos y como hijos de Dios, al pie de la cruz (cfr. Jn 19, 26ss); esta Niña que nacía hoy era la Mujer del Apocalipsis, “toda revestida de sol, con la luna bajos sus pies y una corona de estrellas” (Ap 12, 1), que era Asunta al cielo en cuerpo y alma glorificados, como anticipo de la glorificación de los hijos de Dios, y como la Virgen es Madre de los bautizados, la Iglesia celebra el nacimiento de quien habría de conducir a los hijos de la Iglesia a los cielos, al Reino de Dios, el encuentro con el Rey de reyes, Jesucristo.

         

sábado, 5 de septiembre de 2015

La participación del Legionario en la Santa Misa


         El legionario debe participar de la Santa Misa en unión con María[1], y con la misma disposición que María, uniéndose en espíritu y en corazón al ofrecimiento que María hace de sí misma y al ofrecimiento que Ella hace de su Hijo Jesús al Padre, por la salvación del mundo. Así, el legionario debe participar de la Santa Misa como un lugar privilegiado para su condición de verdadero hijo de María, pues la Misa es el renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, y fue en la Cruz en donde María, por pedido de Jesús, nos adoptó como hijos de su Inmaculado Corazón. Fue al pie de la Cruz que nos convertimos, de hijos de las tinieblas, a hijos de la luz, hijos de Dios adoptivos, y fue allí en donde María nos adoptó como hijos suyos muy amados, por eso la Misa, renovación del Sacrificio de la Cruz, es el lugar de privilegio para el legionario, para experimentar la maternidad amorosa de la Madre de Dios.
         Dice así el Manual del Legionario: “Juntamente con María, estuvieron sobre el Calvario los representantes de cierta legión –el centurión y su cohorte- desempeñando un papel lamentable en el ofrecimiento de la Víctima, aunque ciertamente no sabían que estaban crucificando al Señor de la Gloria (1 Cor 2, 8).
Aquí nos vemos representados nosotros, legionarios, antes de pertenecer a María, como hijos de la luz; éramos hijos de las tinieblas y por eso crucificamos, con nuestros pecados, al Hijo de Dios (y lo continuamos haciendo, misteriosamente, cada vez que pecamos).
Sin embargo, al pie de la cruz, se da la conversión de los legionarios y su adopción por parte de María, como hijos de su Inmaculado Corazón: “Pero, aun así, sobre ellos descendió la gracia a raudales. Dice San Bernardo: “¡Contemplad y ved qué penetrante es la mirada de la fe! ¡Qué ojos de lince tiene! Reparadlo bien: con la fe supo el centurión ver la Vida en la muerte y, en su último aliento al Espíritu soberano!”. Contemplando a su Víctima sin vida ni figura, le proclamaron los legionarios romanos verdadero Hijo de Dios (Mt 27, 54).
Entonces, San Bernardo y el Manual del Legionario, nos animan a que, con los ojos de la fe, veamos a Jesús, Víctima Inocente por nuestros pecados, en la Santa Misa, y  consideremos la inmensidad del Amor que Jesús tuvo por nosotros, porque mientras que al soldado que le traspasó el Corazón, cayó sobre su rostro la Sangre y el Agua del Sagrado Corazón, convirtiendo su corazón y despertándolo a la fe, porque lo proclamó Hijo de Dios, en cambio nosotros recibimos muchísimo más, porque no nos caen su Sangre y Agua sobre el rostro, como al soldado romano, sino que comulgamos su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y su Sangre así se derrama en nuestras almas, colmándonos de su gracia y de su Espíritu Santo. Por eso, en la Santa Misa,  si el soldado romano que le traspasó el Corazón lo reconoció como Hijo de Dios, también nosotros, al contemplar la Hostia consagrada cuando el sacerdote ministerial la eleve, debemos decir, desde lo más profundo del corazón: “Jesús en la Eucaristía es el Hijo de Dios” y recibirlo en la comunión con un profundo acto de amor, de acción de gracias y de adoración.



[1] Cfr. Manual del Legionario, 3.

sábado, 22 de agosto de 2015

La Santísima Virgen María, Reina


         La Virgen María es Reina, pues es Madre de Dios Hijo, Rey de cielos y tierra, y por el hecho de ser Madre de este Rey, es hecha partícipe de su reyecía, que abarca al universo visible e invisible. De María Reina es quien el habla el Apocalipsis, cuando describe a una “Mujer revestida de sol, con la luna bajo sus pies”: “Y apareció en el cielo una señal: una Mujer revestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”[1]. También de la Virgen como Reina habla el Salmo: “De pie a tu derecha está la reina enjoyada con oro de Ofir”[2]. Esta aclamación, dice San Amadeo de Lausana, la pronuncian los ángeles y arcángeles y los bienaventurados cuando la Virgen, glorificada en su cuerpo inmaculado y plena su alma del Espíritu Santo, es Asunta en cuerpo y alma a los cielos: “(…) cuando la Virgen de las vírgenes fue llevada al cielo por el que era su Dios y su Hijo, el rey de reyes, en medio de la alegría y exultación de los ángeles y arcángeles y de la aclamación de todos los bienaventurados, entonces se cumplió la profecía del Salmista, que decía al Señor: De pie a tu derecha está la reina enjoyada con oro de Ofir”[3].
         Ahora bien, esta condición de la Virgen de ser Reina de cielos y tierra –el hecho de ser Reina de los cielos está significado en la corona de doce estrellas y en el estar revestida de sol, que significa la gracia y la gloria de Dios de la cual estuvo inhabitada desde su Inmaculada Concepción, y el ser Reina del universo visible, está significado por la luna bajo sus pies-, le es concedido a la Virgen por dos motivos: uno, por ser la Virgen Madre de Dios Hijo, que es Rey del universo –visible e invisible- por ser Él el Creador; el otro, por haber participado, en la tierra, de la Pasión y Muerte de su Hijo, el Hombre-Dios Jesucristo. En efecto, si bien la Virgen no tomó parte material y físicamente de las torturas y vejaciones, de su Hijo, sí participó, en cambio, mística y espiritualmente, de todos los dolores de su Hijo, incluida la coronación de espinas. Es decir, aunque la Virgen no fue coronada física y materialmente con la corona de espinas de su Hijo, sí participó, espiritual y místicamente, de su coronación y de sus dolores. De esta manera, recibiendo la corona de espinas en su espíritu en esta vida, mereció recibir la corona de gloria y de luz divina en la otra vida, en el Reino de los cielos.
         Ahora bien, puesto que somos hijos de la Virgen, concebidos y nacidos espiritualmente, por deseo de Jesucristo al darnos a su Madre antes de morir en la cruz, cuando le dijo a Juan, en quien estábamos todos representados: “He aquí a tu Madre”[4], estamos llamados a imitar a Nuestra Madre del cielo, es decir, estamos llamados a ser coronados de gloria y de luz divina en el Reino de los cielos. Pero si María sólo fue coronada de gloria en el cielo luego de participar espiritualmente de la coronación de espinas aquí en la tierra, también nosotros, para imitar perfectamente a María, debemos participar de la corona de espinas de Nuestro Señor Jesucristo, para luego ser coronados de luz y de gloria en los cielos. Ésta es la gracia que debemos pedir a la Virgen en el día en el que la conmemoramos como Reina de cielos y tierra: ser coronados con la corona de espinas de Nuestro Señor, participar de sus dolores y amarguras cuando estuvo coronado de espinas, tener los mismos pensamientos y los mismos sentimientos, santos y puros, cuando estuvo coronado de espinas. Sólo así, al final de nuestra vida terrena, esta participación en la corona de espinas de Jesús será reemplazada por la corona de luz y de gloria, al inicio de la vida eterna, en el Reino de los cielos, y sólo así podremos ser dignos hijos de María, Reina de cielos y tierra.



[1] 12, 1.
[2] 44, 10.
[3] De las Homilías de san Amadeo de Lausana, obispo; Homilía 7: SC 72, 188. 190. 192. 200.
[4] Jn 19, 27.

sábado, 15 de agosto de 2015

Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María


         ¿En qué consiste la Asunción de María Santísima? Consiste en que su cuerpo fue glorificado en el momento en el que se produjo su muerte -o, más bien, su “dormición”-, de manera tal que su cuerpo no sólo no sufrió jamás la corrupción a la que se ve sometido el cuerpo humano con la muerte, sino que fue lleno de la gloria de Dios. Es decir, en el momento mismo en el que su cuerpo, por la muerte debía, teóricamente, comenzar a sufrir la descomposición orgánica, en vez de que ocurriera esto, su cuerpo fue glorificado, con lo que comenzó a transfigurarse, a semejanza de la Transfiguración de su Hijo Jesús en el Monte Tabor. Esto se explica por su Inmaculada Concepción: puesto que María Santísima fue concebida inmaculada y llena del Espíritu Santo, debido a que estaba destinada por la Trinidad a ser la Madre de Dios Hijo, su alma estuvo siempre inhabitada por el Espíritu Santo, siendo la zarza ardiente de Moisés imagen de este misterio de María Santísima: así como la zarza ardiente estaba envuelta en llamas, pero no se consumía, así la Virgen y Madre de Dios estaba inhabitada por el Fuego del Amor Divino, el Espíritu Santo, y no se consumía, puesto que el Amor de Dios, que es Fuego Ardiente, no solo no provoca dolor, sino que es fuente de toda alegría y de todo gozo. Esto quiere decir que su alma, Llena de gracia, al momento de morir, derrama, por sobreabundancia, sobre su cuerpo, la plenitud de gracia de la que estaba colmada, y es esta gracia la que glorifica su cuerpo, convirtiéndolo en una antorcha viviente, que llameaba con las llamas del Fuego del Divino Amor; la gracia de su alma bendita, se derramó sobre su cuerpo virginal, el cual comenzó a dejar traslucir la luz de la gloria divina a través suyo, cumpliéndose así la realidad de la Virgen como la “Mujer revestida de sol” del Apocalipsis (cfr. 12, 1).
         El cuerpo de la Virgen no sólo se mantuvo incorrupto, sino que fue glorificado, lo cual significa que adquirió las características del Cuerpo glorificado, lleno de la luz y del Amor  de su Hijo Jesús, convirtiéndose visiblemente en lo que ya era desde su Concepción Inmaculada: en templo de Dios y morada del Espíritu Santo y esto debido a su condición de ser Madre de Dios. El Papa Pío XII, citando a San Germán de Constantinopla, afirma que “el cuerpo de la Virgen María, la Madre de Dios, se mantuvo incorrupto y fue llevado al cielo, porque así lo pedía no sólo el hecho de su maternidad divina, sino también la peculiar santidad de su cuerpo virginal: “Tú, según está escrito, te muestras con belleza; y tu cuerpo virginal es todo él santo, todo él casto, todo él morada de Dios, todo lo cual hace que esté exento de disolverse y convertirse en polvo, y que, sin perder su condición humana, sea transformado en cuerpo celestial e incorruptible, lleno de vida y sobremanera glorioso, incólume y partícipe de la vida perfecta””[1].
         En resumen, en el momento de morir, la Virgen no murió, sino que se “durmió” –por es a esta fiesta la llaman la “Dormición de la Virgen”, sobre todo en la liturgia oriental; y al despertarse, se vio con su cuerpo glorificado, lleno de la luz y de la gloria divina y que era asunto al cielo por la fuerza del Amor de su Hijo, siendo escoltada por miríadas de ángeles y recibida por Dios Padre, quien le colocó la corona de gloria, la corona que merecía por haber participado, mística y sobrenaturalente, aunque no físicamente, de la coronación de espinas de su Hijo Jesús, así como de toda su pasión. A este destino de gloria estamos llamados, porque allí donde fue la Madre, van los hijos, para que así como María fue coronada en cuerpo y alma en los, cielos, también lo seamos nosotros, aunque para eso se necesita, de nuestra parte, responder con nuestro libre albedrío.
         Por último y siguiendo esta última idea, hagamos nuestras la oración de los Fieles en la Liturgia de los horas, en las que se pide que la conteplación de María Asunta en Cuerpo y Alma a los cielos, sea la fuerza, que proviene de su Hijo Jesús, la que será la que llevará –a quienes sean fieles en gracia- a los cristianos a la vida eterna, para ser glorificados a imagen y semejanza de su Madre celestial-
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[1] De la Constitución apostólica Munificentissimus Deus del papa Pío XII; (AAS 42 [1950], 760-762. 767-769) 

sábado, 1 de agosto de 2015

La liturgia de la Eucaristía en unión con María


         En el Capítulo VIII del libro del legionario –Legio Mariae-, titulado “El legionario y la Eucaristía”, se habla de la Misa como lo que es, la renovación incruenta del Sacrificio de la cruz. El libro remarca que en la Misa “no se recuerda meramente en forma simbólica el Sacrificio de la cruz”; por el contrario, mediante la Misa, el Sacrificio del Calvario queda trasladado al presente inmediato. Y quedan abolidos el tiempo y el espacio. El mismo Jesús que murió en la cruz está aquí (en la Santa Misa)”[1]. Quedan abolidos el tiempo y el espacio, y el mismo Jesús –que es Dios- que murió en la cruz, se hace Presente en la Misa, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Y si se hace presente Jesús, se hace Presente la Virgen, porque donde está el Hijo, ahí está la Madre. Dice así San Juan Pablo II: “Es necesario que en el sacrificio del altar esté Aquella que estuvo en el sacrificio del Calvario”.
         En el mismo sentido, el Manual del Legionario afirma que la Virgen María está presente en la Santa Misa, así como estuvo presente en el Calvario: “De la unión de sufrimientos y complacencia entre María y Cristo, Ella se convirtió en la principal restauradora del mundo perdido y dispensadora de todas las gracias que Dios obtuvo por su muerte y con su sangre. (La Virgen) permaneció al pie de la cruz en el Calvario, representando a toda la humanidad, y en cada misa la ofrenda del Salvador se cumple bajo las mismas condiciones. María permanece en el altar en la misma forma en que permaneció junto a la cruz. Está allí, como lo estuvo siempre, cooperando con Jesús como la Mujer anunciada desde el principio, aplastando la cabeza de la serpiente. Por lo tanto, en cada misa oída con verdadera devoción, la atención amorosa a la Virgen ha de formar parte de la misma”[2].
         ¿En qué consiste esta “atención amorosa” de la que habla el Manual del Legionario? Consiste en la unión en el amor y en el espíritu, y en la intención, del legionario con la Virgen; es decir, el legionario debe asistir a la Santa Misa con el espíritu de entrega y sacrificio total, por la salvación del mundo, con el que la Virgen estuvo al pie de la cruz y está al pie del altar eucarístico. El legionario, entonces, debe participar de la Misa en unión espiritual con la Santísima Virgen, haciendo lo mismo que hace la Virgen: así como la Virgen ofreció su Hijo en la cruz al eterno Padre, en expiación de nuestros pecados, ofreciéndose Ella misma en inmolación junto a su Hijo –por eso la Virgen es Corredentora-, así también el legionario debe ofrecer al Padre a Jesús en la Eucaristía, como Víctima Propiciatoria por nuestros pecados, pero también debe ofrecerse él mismo, a través de la Virgen, como víctima de la Divina Justicia y de la Divina Misericordia, tal como lo hace la Virgen. La asistencia a Misa, para el legionario, por lo tanto, no se reduce a una simple asistencia pasiva, sino que es intensamente espiritual, desde el momento en que ofrece, junto a María, a Jesús Eucaristía, al Padre, y en la Virgen, se ofrece a sí mismo como víctima unida a la Víctima Inocente, Cristo Jesús. Así, el legionario se vuelve corredentor, uniendo su vida al Redentor del mundo y a la Virgen, Corredentora.



[1] Cfr. Karl Adam, El Espíritu del Catolicismo, en Legio Mariae. Manual Oficial de la Legión de María, 48.
[2] Cfr. ibidem.

viernes, 17 de julio de 2015

El misterio de la Anunciación de la Encarnación del Verbo y el "Sí" de la Madre de Dios


El Arcángel Gabriel, imponente, despliega sus majestuosas alas ante la Virgen; sin embargo, él mismo se rinde ante la humildad de la Madre de Dios y se arrodilla para darle el mensaje más asombroso que jamás pueda ser concebido por mente angélica o humana: ¡Dios la ha elegido para encarnarse en Ella! El Arcángel la contempla con respetuoso asombro, mientras le transmite el divino mensaje; al mismo tiempo, señala con su dedo índice hacia lo alto, indicando que el Verbo de Dios descenderá de los cielos, mientras que con su mano izquierda sostiene un lirio, indicando la doble pureza de la Encarnación: la del Ser trinitario divino y la de Ella, elegida precisamente por ser un espejo Purísimo y Limpidísimo en el que el Verbo de Dios puede encarnarse sin temor alguno, porque Ella no posee mancha alguna de pecado original. La Madre de Dios, a su vez, se encuentra arrodillada, con sus manos unidas y los ojos cerrados, en un reclinatorio, indicando que se encuentra en estado de profunda oración y de unión mística con Dios Uno y Trino; su hábito rojo simboliza el fuego del Espíritu Santo que la inhabita desde su Inmaculada Concepción; su capa azul, simboliza su estado de Concepción en Gracia Plena, necesaria para ser la Madre del Verbo de Dios. Completan la escena los Querubines que, desde el cielo, entonan cánticos de alabanza al Verbo de Dios y a su Madre.

miércoles, 15 de julio de 2015

Nuestra Señora del Carmen y el Escapulario


         La Orden de los Carmelitas se estableció en el Monte Carmelo, el monte en donde el profeta Elías tuvo la experiencia de Dios, quien no estaba “ni en el viento huracanado, ni el terremoto, ni en el fuego, sino en la suave brisa”, es decir, en el silencio (cfr. 1 Re 19, 12). Además, Elías defendió la pureza de la fe en un Dios Uno y Verdadero, frente a la contaminación de los numerosos cultos idolátricos y paganos de la Antigüedad. Basándose en el profeta, los carmelitas se establecieron en este monte como eremitas, siendo desde el inicio grandes devotos de la Virgen: en el siglo XIII, cinco siglos antes de que se proclamara el Dogma de la Inmaculada Concepción, los carmelitas tenían una misa en honor a la Inmaculada Concepción[1]. Lo que caracterizó a la orden, desde un inicio, fueron entonces el amor a la Virgen y la unión con Dios en el amor contemplativo. El amor carmelitano por la Virgen no fue nunca, desde los inicios, una mera devoción sentimentalista, sino que los Carmelitas vieron en la Virgen el modelo a seguir y el camino a transitar, para unirse con Dios Hijo de un modo rápido y seguro, además de tomar de la Virgen la matriz para la orden, en lo que se refiere a oración, contemplación y consagración de la vida a Dios. Hablando del Carmelo, dice así el Santo Padre Benedicto XVI: “El más célebre de los eremitas, de estos hombres de Dios, fue el gran profeta Elías, quien en el siglo IX antes de Cristo defendió valientemente de la contaminación de los cultos idolátricos la pureza de la fe en el Dios único y verdadero. Inspirándose en la figura de Elías, surgió al Orden contemplativa de los “Carmelitas”, familia religiosa que cuenta entre sus miembros con grandes santos, como Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Teresa del Niño Jesús y Teresa Benedicta de la Cruz (en el siglo, Edith Stein). Los Carmelitas han difundido en el pueblo cristiano la devoción a la Santísima Virgen del Monte Carmelo, señalándola como modelo de oración, de contemplación y de dedicación a Dios. María, en efecto, antes y de modo insuperable, creyó y experimentó que Jesús, Verbo encarnado, es el culmen, la cumbre del encuentro del hombre con Dios. Acogiendo plenamente la Palabra, “llegó felizmente a la santa montaña” (Oración de la colecta de la Memoria), y vive para siempre, en alma y cuerpo, con el Señor”[2].
Sin embargo, hubo un momento de grave crisis en la historia de la Orden –no sabemos los particulares-, en los que hasta el mismo Superior General, San Simón Stock, temió por el destino de la misma.
Fue entonces que el cielo vino en ayuda de los Carmelitas: Nuestra Señora del Carmen se apareció a San Simón Stock el 16 de julio de 1215 y le concedió el santo escapulario, prometiendo que quien muriese con él puesto, no se condenaría en el infierno: “Quien muera usando el escapulario no sufrirá el fuego eterno”. También prometió la Virgen que al devoto del escapulario, si estuviera en el Purgatorio, Ella lo iría a buscar, para llevarlo al cielo, al sábado próximo de su muerte.
Ahora bien, el Escapulario entregado por la Virgen es un sacramental, lo cual quiere decir que su uso tiene ciertas exigencias, además de un profundo significado espiritual y por lo tanto no puede ser usado de cualquier manera. Ante todo, hay que saber que, como todo sacramental, el Escapulario de la Virgen del Carmen es un objeto religioso aprobado por la Iglesia como un signo que nos ayuda a vivir en el camino de la santidad y, al mismo tiempo, a aumentar y acrecentar, cada vez más, la devoción y el amor a la Virgen. Esto se notará en la vida espiritual, cuando el alma experimente un verdadero rechazo a todo pecado, incluido el pecado venial, siendo un signo de crecimiento espiritual el experimentar no solo un rechazo, sino el preferir la muerte terrena, antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado (es lo que pidió Santo Domingo Savio en su Primera Comunión, y es lo que pedimos, aunque con otras palabras, en la fórmula de la Penitencia sacramental: “Antes querría haber muerto que haberos ofendido”). El objetivo de los sacramentales –y por lo tanto, del Escapulario del Carmen- es el de mover nuestros corazones a renunciar a todo pecado, incluso al venial.
Otra cosa a tener en cuenta es que el escapulario, al ser un sacramental, no nos comunica gracias como hacen los sacramentos sino que nos disponen al amor a Dios y a la verdadera contrición del pecado si los recibimos –y los usamos- con devoción[3].
El Escapulario del Carmen tiene tres significados: el amor maternal de predilección por parte de María; que pertenecemos a María y que llevamos el yugo de Cristo.
El Escapulario significa que María, en cuanto Madre Nuestra, nos cubre con su manto, literalmente, al modo como lo hace una madre con su niño recién nacido. Este significado se ve mejor en los escapularios de tela, pero si son de metal, es obvio que el significado es el mismo.
El otro significado es que pertenecemos –literalmente- a María, con todo nuestro ser, nuestra vida, nuestra existencia, nuestras posesiones, nuestros bienes materiales y espirituales. Es el signo exterior –es un hábito simplificado, al estilo del hábito de los carmelitas- de la consagración interior del alma a María: llevar el hábito significa estar consagrados a la Virgen, y esto quiere decir que le pertenecen a la Virgen nuestro acto de ser, nuestra alma con sus potencias –inteligencia, memoria, voluntad-, con sus sentidos internos y externos, y nuestro cuerpo. Llevar el hábito significa que estamos consagrados a María, es decir, que todo nuestro ser ha sido depositado en el Inmaculado Corazón de María, por lo que toda nuestra vida debe llevar el sello de María: debemos mirar y amar el mundo y las creaturas, con los ojos y el Corazón de María. El Papa Pío XII, en el año 1950, dijo así acerca del Escapulario: “Que sea tu signo de consagración al Inmaculado Corazón de María, lo cual estamos particularmente necesitando en estos tiempos tan peligrosos”.
El último significado, es que llevamos sobre nosotros el suave yugo de Cristo: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de Mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11, 29-30). El escapulario simboliza el yugo de Jesús, que es su cruz, y que Jesús nos invita a cargar, todos los días, pero que María nos ayuda a llevar, también todos los días.




[1] http://www.corazones.org/maria/carmen_virgen/a_carmen.htm
[2] Benedicto XVI, 15,VII,06; http://www.corazones.org/maria/carmen_virgen/a_carmen.htm
[3] http://www.corazones.org/maria/carmen_virgen/a_carmen.htm