miércoles, 13 de mayo de 2015

Porqué la Virgen en Fátima pide la Consagración a su Inmaculado Corazón


         En la Aparición del 13 de junio de 1917, la Virgen pide la Consagración a su Inmaculado Corazón: “Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar. Quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien le abrazare prometo la salvación y serán queridas sus almas por Dios como flores puestas por mí para adornar su Trono”.
¿Por qué pide la Virgen en Fátima la Consagración a su Inmaculado Corazón? La respuesta la encontramos analizando lo que la Virgen le dijo a Sor Lucía en esa misma Aparición, luego de anunciarle que sus primos Jacinta y Francisco irían al cielo y ella quedaría en la tierra: “Nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios”[1]. Según lo que la Virgen le dijo a Sor Lucía, quienes quedamos en la tierra, necesitamos tres cosas, hasta llegar al cielo: compañía, un refugio y un camino, y todo eso nos lo proporciona el Inmaculado Corazón de María: “Nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios”.
         “Nunca te dejaré”: si no nos consagramos al Inmaculado Corazón de María, estamos solos, aun cuando estemos rodeados de muchas personas; si no nos consagramos a María, aun cuando vivamos en medio del ruido y de la música y del estruendo del mundo, estamos solos, y necesitamos de la compañía de la Virgen, y esa compañía la tenemos cuando nos consagramos a su Inmaculado Corazón, y eso es lo que la Virgen le quiere decir a Sor Lucía cuando le dice: “Nunca te dejaré”.
         “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio”: este mundo, según el Evangelio, está “bajo el dominio del Maligno” (1 Jn 5, 19), y eso lo podemos ver a diario: violencias, guerras, injusticias, sectas, hambre, odio, usura, materialismo, mentiras, peleas, discordias, engaños, inmoralidades de todo tipo, etc. El mundo actual es como un inmenso alud de mal, que arrastra todo a su paso, y para cuya defensa, nada de lo que pueda hacer el hombre es útil. Solo el Inmaculado Corazón de María es el refugio seguro frente al horrible huracán de maldad y perversidad que azota sin compasión a toda la humanidad y que segundo a segundo parece aumentar de intensidad. Sólo la consagración al Inmaculado Corazón de María no solo nos librará de esta tormenta de oscuridad infernal, sino que nos alumbrará con la luz del Espíritu Santo, mientras el mundo se sumerge en las tinieblas más oscuras que jamás haya conocido la humanidad.
“Y el camino que te conducirá a Dios”: la humanidad, en nuestros días, transita múltiples caminos, anchos, pavimentados, lisos, en pendiente, fáciles de transitar, divertidos, coloridos, atractivos, que a la par que se los transitan, permiten dar rienda suelta a las pasiones. Sin embargo, esos caminos finalizan en el Abismo del cual no se sale. El Inmaculado Corazón de María, por el contrario, es el camino seguro que conduce a Dios, porque nada hay en María que no sea de Dios y para Dios, y es por eso que, quien se adentra en el Inmaculado Corazón de María, se adentra en el Sagrado Corazón de Jesús, que es el Corazón mismo de Dios, y es por eso que, consagrarse al Inmaculado Corazón de María, es equivalente a consagrarse al Corazón mismo de su Hijo Jesús, que es el Corazón de Dios.
Estas son las razones por las cuales la Virgen, en Fátima, pide que, los que estamos aún en la tierra, peregrinando hacia la eternidad, debemos consagrarnos a su Inmaculado Corazón.




[1] http://www.corazones.org/maria/fatima/apariciones_nuestra_senora_fatima.html

martes, 12 de mayo de 2015

Los pedidos de la Virgen en Fátima: consagración a su Inmaculado Corazón, rezo del Santo Rosario y sacrificios por los pecadores


         En las Apariciones de la Virgen en Fátima, Portugal, se destacan tres grandes pedidos: rezar el Santo Rosario diariamente, consagrarse al Inmaculado Corazón de María y ofrecer sacrificios por los pecadores. Con relación a estos pedidos, en la Tercera Aparición en Fátima, Portugal, sucedida el Viernes 13 de Julio de 1917, la Virgen hace un llamado, a través de los Pastorcitos, a sacrificarse por los pecadores y a hacer reparación por ellos: su destino,  advierte la Virgen, es el infierno, desde el momento en que nadie reza ni se sacrifica por ellos y por lo tanto no reciben los beneficios redentores de la muerte de Jesús en la cruz. Sor Lucía relata así la Tercera Aparición: “Momentos después de haber llegado a Cova de Iría, junto a la encina, entre numeroso público (4.000 personas) que estaba rezando el rosario, vimos el rayo de luz una vez más y un momento más tarde apareció la Virgen sobre la encina. -¿Qué es lo que quiere de mí? -pregunté. –“Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, y continuéis rezando el rosario todos los días en honra a Nuestra Señora del Rosario con el fin de obtener la paz del mundo y el final de la guerra, porque solo Ella puede conseguirlo”. -Dije entonces: quisiera pedirle nos dijera quién es, y que haga un milagro para que todos crean que Usted se nos aparece. –“Continuad viniendo aquí todos los meses. En octubre diré quién soy y lo que quiero, y haré un milagro que todos han de ver para que crean”. –“¡Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, y especialmente cuando hagáis un sacrificio: ‘Oh, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!’”.
Al decir estas últimas palabras abrió de nuevo las manos. El reflejo de la luz parecía penetrar la tierra y vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las almas como si fuesen brasas trasparentes y negras o bronceadas, de forma humana, que fluctuaban en el incendio llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados, semejante a la caída de pavesas en grandes incendios, pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero trasparentes como negros tizones en brasa. Asustados y como pidiendo socorro levantamos la vista a nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza: -“Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra terminará pero si no dejan de ofender a Dios en el reinado de Pío XI comenzará otra peor”[1]. En esta Aparición se destacan entonces, como decíamos, los pedidos de sacrificios, de consagración al Inmaculado Corazón de María y de oración por la conversión de los pecadores, porque el destino irreversible de estos es el infierno, el cual no es algo imaginario ni simbólico, sino un horroroso y pavoroso lugar de castigo eterno, reservado para quienes, libre y voluntariamente, quieren perseverar en el mal.
Algo que se destaca de modo particular es el aspecto triste del semblante de la Virgen hacia el final de la Tercera Aparición, aspecto que se mantiene en la siguiente aparición, la Cuarta, y que se explica por el destino de dolor eterno al que se encaminan diariamente millones y millones de sus hijos que, día a día, elijen vivir y morir cumpliendo los mandamientos de Satanás y no los Mandamientos de la Ley de Dios. En la Cuarta Aparición de la Virgen, sucedida el Domingo 19 de Agosto, se repiten, tanto los pedidos de sacrificios y de oración del Santo Rosario, como el aspecto de tristeza de la Virgen: “(…) Y tomando un aspecto muy triste, la Virgen añadió: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, porque muchas almas van al infierno por no tener quien se sacrifique y rece por ellas”. Y la Virgen empezó a subir hacia Oriente, como de costumbre”[2].
Sin embargo, para quienes pretendan calificar de “apocalípticos” a los mensajes de Fátima -o a sus mensajeros-, les convendría tener presente que uno de los Pastorcitos, Francisco, en una de las apariciones, tuvo una experiencia mística en la que se vio envuelto en una luz y un fuego que no solo no le provocó el más mínimo dolor, sino que lo colmó de gozo, de serenidad y de paz. Francisco tuvo una experiencia mística en la que pudo experimentar la dulzura y el amor de Dios, al verse envuelto “en una luz que ardía pero que no quemaba”, y esa luz era Dios. Dice así Francisco: “Estábamos ardiendo en esa luz que es Dios y no nos quemábamos. ¿Cómo es Dios? No se puede decir. Esto sí que la gente no puede decirlo”[3]. A diferencia del fuego doloroso del infierno, el Fuego de Amor que es Dios, no solo no provoca dolor, sino que concede paz, alegría y serenidad al alma, tal como la experimenta Francisco. Como diría Juan Pablo II en la homilía de beatificación de Jacinta y Francisco, basándose en la expresión de Francisco, Dios es “una luz que arde, pero que no quema”, y que mora en el corazón del que está en gracia, convirtiendo a esa persona en una “zarza ardiente viviente”: “Dios: una luz que arde, pero no quema. Moisés tuvo esa misma sensación cuando vio a Dios en la zarza ardiente; allí oyó a Dios hablar, preocupado por la esclavitud de su pueblo y decidido a liberarlo por medio de él: “Yo estaré contigo” (cfr. Éx 3, 2-12). Cuantos acogen esta presencia se convierten en morada y, por consiguiente, en “zarza ardiente” del Altísimo”[4]. En otras palabras, lo que las apariciones de Fátima quieren transmitirnos, es que Dios quiere que sepamos, por un lado, que Él es Fuego de Amor Divino y que quiere abrasarnos a todos en ese Fuego de Amor, y que quiere que todos estemos en Él y que vivamos en su paz, en su amor y en su alegría, tal como dice la Escritura: “Dios quiere que todos nos salvemos” (cfr. 1 Tim 2, 4), pero lamentablemente, como la Virgen en persona les muestra a los Pastorcitos, la realidad es otra muy distinta –y este es el otro mensaje de las apariciones de Fátima-: si Dios quiere que toda la humanidad se salve, no toda la humanidad quiere ser salvada, porque gran parte de la humanidad desea cumplir otros mandamientos, los mandamientos de Satanás, que no son los mandamientos de Dios, y esa es la razón de la tristeza de Dios, tal como la relata Francisco. De hecho, en la actualidad, podemos constatar cómo, día a día, se profundiza día a día cómo la humanidad entera se dirige en una dirección diametralmente opuesta a la que conduce al Monte Calvario (ley de identidad de género, matrimonio igualitario, aborto, eutanasia, ISIS, genocidios, terrorismo, ateísmo, materialismo, hedonismo, relativismo, etc.).
Es por eso que no sorprende que tanto Jesús, como la Virgen, aparezcan entristecidos en las apariciones de Fátima, impactando de manera diversa a los Pastorcitos. Comentando las apariciones, dice Juan Pablo II: “Sólo a él (a Francisco) Dios se dio a conocer “muy triste”, como decía. Una noche, su padre lo oyó sollozar y le preguntó por qué lloraba; el hijo le respondió: “Pensaba en Jesús, que está muy triste a causa de los pecados que se cometen contra Él”. Para Francisco, Dios estaba triste, y él llora para consolarlo, para que Dios deje de estar triste, a causa de los pecadores. Y lo mismo sucede, pero con la Virgen, a Jacinta, según el mismo Juan Pablo II: “La pequeña Jacinta sintió y vivió como suya esta aflicción de la Virgen, ofreciéndose heroicamente como víctima por los pecadores”[5].
Consagración al Inmaculado Corazón de María, rezo diario del Santo Rosario, sacrificios por la conversión de los pecadores, para evitar su eterna condenación y para consolar a los Sagrados Corazones de Jesús y de María, esos son los principales pedidos de las Apariciones de la Virgen en Fátima, una de las más importantes intervenciones de la Madre de Dios en la historia de la Iglesia y de la historia de la humanidad.



[1] http://www.corazones.org/maria/fatima/apariciones_nuestra_senora_fatima.html
[2] Cfr. ibidem.
[3] https://anecdotasycatequesis.wordpress.com/2015/04/04/dia-4-de-abril/
[4] http://www.corazones.org/maria/fatima/homilia_beatificacion_jacinta_francisco.html
[5] Cfr. ibidem.

viernes, 1 de mayo de 2015

El Legionario y la Misa


         ¿Cuál es el primer fin de la Legión de María?
El primer fin de la Legión de María es la santificación personal de sus miembros[1], porque esta santificación es, a su vez, el medio fundamental para actuar, ya que sólo en la medida en que el legionario posea santidad, podrá servir de instrumento para comunicarla a los demás. Por eso el legionario debe, mediante María, llenarse del Espíritu Santo y ser tomado por el Espíritu Santo como instrumento de santificación, que es el modo como será renovada la faz de la tierra[2].
         Ahora bien, la santificación, para el legionario, fluye, sin excepción, de un solo lugar, y ese lugar es el Santo Sacrificio de Jesucristo sobre el Calvario, ya que Jesucristo es la Gracia Increada y la Fuente inagotable de toda gracia creada. Ahora bien, este hecho plantea un interrogante: si el sacrificio de Jesús sobre el Calvario es la única fuente de santificación para el legionario, ¿cómo acceder a esta fuente inagotable de gracias, puesto que este sacrificio ya sucedió hace más de dos mil años, en Palestina? ¿No resulta, por este mismo hecho, una empresa imposible la santificación?  De ninguna manera, porque el Amor de Dios hace posible lo que es imposible para el hombre, y así que es el poder del Espíritu Santo el que permite que, aunque el Santo Sacrificio del Calvario haya sucedido en el tiempo y en la historia hace dos mil años, se haga presente, en su realidad ontológica y no en el mero recuerdo o símbolo, sobre el altar eucarístico y bajo el velo de las especies sacramentales. El Santo Sacrificio de la Cruz se hace presente en el altar eucarístico -permitiendo así al legionario acceder a su Fuente de santificación-, puesto que la Misa es la renovación incruenta del mismo y único Santo Sacrificio del Calvario. Esto es posible porque si bien Jesucristo, el Hombre-Dios, se ofreció en sacrificio en cruz hace dos mil años en el Calvario, ese sacrificio en cruz se perpetúa, misteriosamente, en el mundo, en el tiempo y en el espacio, por el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa[3]. La Santa Misa no es una mera representación simbólica del Calvario, sino que pone real y verdaderamente, en medio de nosotros, por el misterio de la liturgia eucarística y por el poder el Espíritu Santo, el mismo Sacrificio en Cruz, sacrificio por medio del cual el Cordero de Dios, Jesucristo, nos redimió al precio de su Sangre Preciosísima. Tanto la Cruz como la Misa son un mismo y único sacrificio, realizados por el mismo y único Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo; por el misterio de la liturgia de la Misa, se fusionan, por así decirlo, la Misa ofrecida en un momento determinado del tiempo, y el sacrificio del Calvario realizado hace dos mil años, desapareciendo así la distancia de tiempo y espacio entre el sacrificio de la Misa y el sacrificio del Calvario[4]; en ambos sacrificios, el sacerdote y la víctima son el único y el mismo, Jesucristo; sólo difiere el modo de ofrecer el sacrificio: en la Cruz, de modo incruento; en la Misa, de modo incruento y sacramental.
La Misa contiene todo cuanto Cristo ofreció a su Padre en el Calvario, y todos los frutos de santidad y todas las gracias infinitas que consiguió para los hombres en la Cruz, y esto se debe a que la Misa y el Calvario son un mismo y único sacrificio. Por esto mismo, quienes asisten a Misa, deben asistir con la intención y el ánimo de ofrecerse a sí mismos como víctimas en la Víctima Inocente; es decir, quien asiste a Misa –y mucho más, el legionario-, no debe asistir de modo “pasivo”, sino “activo”, pero la actividad no consiste en movimientos exteriores, sino más bien en la oblación espiritual interior, por medio de la cual se ofrece todo el ser a los pies de Jesús crucificado, que se hace presente en el altar eucarístico, a través de las manos de la Virgen, que se encuentra de pie, al lado de la cruz, y presente en persona en la Santa Misa, así como estuvo de pie, al lado de la cruz, y presente en persona, en el Santo Sacrificio de la Cruz, hace dos mil años, en Palestina.
El legionario que desee, por lo tanto, santificarse, y santificar a los demás –en esto, por otra parte, consiste el fin de la Legión de María-, debe acudir a la Santa Misa, teniendo en la mente y en el corazón qué cosa es la Santa Misa y con qué clase de intención y de ánimo oblativo debe asistir. Y es por este mismo motivo que la Legión exhorta a los legionarios a que concurran, de ser posible, a la Misa diaria y que comulguen, de ser posible, todos los días[5].




[1] Cfr. Manual Oficial de la Legión de María, 47.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

sábado, 18 de abril de 2015

Nuestra Señora del Valle de Catamarca




         Nuestra Señora del Valle de Catamarca realizó y sigue realizando numerosos milagros, pero hay dos que reflejan, de modo particular, su amor maternal. El primero al que haremos referencia, es el milagro conocido como el “milagro de la cadena”; sucedió en el año 1630 y tuvo como protagonista a un hombre venido del Perú; era muy acaudalado, pero se encontraba tullido y sin esperanzas de curación por parte de los médicos, que sin éxito habían tratado de curarlo. Debido a que había escuchado hablar de los milagros realizados por la Virgen del Valle, decidió acudir en peregrinación en busca de una cura milagrosa, cura que obtuvo en un instante, apenas hubo llegado ante la imagen de Nuestra Señora. Como muestra de agradecimiento, y debido a que era una persona muy adinerada, le dejó una cadena de oro de mucho valor. De regreso, se encontró con un conocido, a quien le comentó que había sido curado por la Virgen, gracias a que él le había dado en pago la hermosa cadena de oro. Luego de contar este particular relato, el acaudalado hombre se despidió de su amigo y, como se había hecho de noche, se fue a dormir. Al otro día, al despertarse, se dio con la sorpresa de que se encontraba dolorido y nuevamente con su antigua dolencia, habiendo desaparecido la curación que había recibido de forma milagrosa. Además, encontró, debajo de la almohada, la cadena de oro que le había dejado a la Virgen y que él creía, equivocadamente, que le dejaba en pago por la curación recibida.
         ¿Qué le quiso decir la Virgen? La Virgen le quiso hacer ver que Ella es Madre y que una Madre no se mueve con sobornos ni vende a vil precio de oro sus cariños; si Ella le concedió el milagro de la curación, no fue a cambio de oro, puesto que Ella no necesita, ni remotísimamente, ni oro, ni nada que le podamos ofrecer. Lo que Ella quiere de nosotros, es nuestra conversión, la conversión del corazón y se siente muy ofendida cuando obramos como este señor, pretendiendo “comprar” sus milagros, a los que Ella da gratuitamente, por amor y solo por amor.
         El segundo milagro, es conocido como “milagro del jarro”. Un hombre, que vivía en el límite entre Catamarca y Córdoba, se encontraba muy angustiado, ya que estaba afectado por una enfermedad mortal. Estando a punto de morir, le vino a la memoria el recuerdo de Nuestra Señora del Valle y le rogó por su vida, prometiéndole peregrinar a su santuario. Poco tiempo después, recuperó milagrosamente su salud, con lo cual decidió cumplir su promesa a la Virgen, emprendiendo su viaje hacia el santuario.
         Mientras sucedía esto, en la Catedral de Catamarca, los guardianes daban cuenta de la desaparición de un jarro plateado que se encontraba en el altar de la Virgen. Dos semanas después, llegó nuestro hombre a la Catedral, en cumplimiento de su promesa y pidió hablar con un sacerdote, para dar testimonio de la curación milagrosa recibida de parte de la Virgen. Sin embargo, tenía aun otro testimonio de otro milagro más recibido por parte de la Virgen, recibido esta vez en su travesía a lo larga de las salinas. Según su relato, él había emprendido su viaje hacia Catamarca -para dar la acción de gracias a la Virgen- a través de las Salinas Grandes, que es una gran extensión de tierra muy árida y seca, sin agua potable para beber en cientos de kilómetros a la redonda, motivo por el cual, él y su mulo, llegado un momento, estuvieron a punto de morir de sed. Al verse en esta situación de vida o muerte, imploró nuevamente a la Virgen por su auxilio y la Virgen nuevamente respondió con su amor maternal. El peregrino, con lágrimas en los ojos, dijo al sacerdote que “... de un jarro plateado que apareció repentinamente en el camino, salía mucha agua, como si fuera una fuente que fluía del corazón de la tierra, para que podamos ambos satisfacer nuestra sed”.
         Una vez que terminó su relato, el peregrino sacó de su bolso el jarro plateado y se lo entregó al sacerdote, quien comprobó que efectivamente se trataba del mismo jarro plateado que había desaparecido del Santuario de la Virgen. El peregrino, por lo tanto, había recibido un doble milagro de María Santísima: primero fue curado de su grave enfermedad, y luego fue asistido milagrosamente, para que no muriera de sed en el desierto. Este jarro se llama actualmente “El Jarro Milagroso” o el “Jarro de la Virgen”.
         ¿Qué nos enseña la Virgen con este milagro? Que esta vida terrena es peligrosa, como peligrosa es la travesía por un desierto: al atravesar un desierto, podemos perder la vida ya sea por el extremo calor, durante el día, o por el extremo frío, durante la noche –las temperaturas descienden a bajo cero-, o por las bestias salvajes que acechan –lobos-, o por las alimañas ponzoñosas que inoculan venenos mortales –arañas, serpientes, alacranes-: la vida terrena es peligrosa, porque acechan peligros espirituales, como las bestias y alimañas espirituales, los demonios, que inoculan su ponzoña o veneno espiritual, el pecado y la rebelión contra Dios; en esta vida acecha siempre el peligro de la pérdida de la vida de la gracia, cuando se consiente la tentación y se comete el pecado, sea mortal o venial. El peregrino que atraviesa el desierto y está a punto de morir de sed, representa al hombre que vive en esta vida terrena y que está privado de la vida de la gracia y que por lo tanto, está a punto de morir a causa del pecado; el jarro de plata, del cual brota agua cristalina, inagotable, que le devuelve la vida, representa la gracia santificante de Jesucristo, que da al alma la vida de la gracia, obtenida por el sacrificio en cruz de Jesús, y como es un jarro de plata del santuario de la Virgen, representa a la Virgen, Medianera de todas las gracias, es decir, representa a la Virgen, por cuyo intermedio nos vienen todas las gracias, y sin cuya intercesión no nos llega ninguna gracia. El Jarro de plata es símbolo de Ella misma, porque así como el agua cristalina que devuelve la vida al peregrino, brota del jarro, así Jesucristo, “Portador del Agua de la Vida”, brota del seno virgen de María Santísima, para dar su Gracia santificante al alma que acude a Él y lo reconoce como a su Salvador.



Oración a Nuestra Señora del Valle de Catamarca
Nuestra Señora del Valle de Catamarca,
Tú que inefable amor maternal,
Salvaste la vida de tus hijos
Haciendo brotar agua en medio del desierto,
Te suplicamos,
Que a nosotros, tus hijos,
Que peregrinamos por el desierto de la vida,
Nos concedas la gracia
De crecer cada vez más en la fe en tu Hijo Jesús,
Para que de nuestros corazones broten
Ríos de agua viva
Que lleguen hasta la eternidad. Amén.


viernes, 27 de marzo de 2015

Santa María junto a la Cruz


         La Virgen al pie de la Cruz, toda vestido de negro está. Los dolorosísimos espasmos de la agonía de su Hijo, repercuten en su Inmaculado Corazón y por eso no es solo el Hijo quien muere crucificado en la cruz, sino que es la Madre quien, sin morir, muere de pie, junto a la cruz. Al morir su Hijo en la cruz, la Virgen, que sigue viva, se siente morir, aún sin morir, porque su Hijo es la vida de su Corazón, es la razón de su existir, es la Vida de su alma, es el hálito de su ser, porque ese Hijo suyo que muere en la cruz es, al mismo tiempo, su Dios, su Creador, su Amor, su Todo, y sin Él, la Virgen siente que Ella es nada y menos que nada; su Hijo, que muere en la cruz, es el Dios que le dio el ser, la vida, la gracia, la luz, la santidad, la alegría, y si su Hijo que es Dios muere, como está muriendo en la cruz, para la Virgen ya no hay vida, ni luz, ni alegría, ni razón de ser ni de existir, sino llanto, tristeza, pena, dolor y muerte, y por eso, la Virgen, de pie junto a la Cruz, aun sin morir, siente que muere, no una, sino mil veces y siente que muere sin morir a cada respiro que da.
Puesto que el Corazón de la Virgen está unido al Corazón de su Hijo por un invisible hilo de amor, al ver a su Hijo agonizar y morir en la cruz, es Ella misma la que agoniza y muere, sin morir, de pie junto a la cruz, y es por eso que cada espasmo de dolor lancinante que sufre su Hijo, en el avanzar de su dolorosísima agonía, lo sufre la Virgen, en silencio, en lo más profundo de su Inmaculado Corazón. Y así como Jesús en la Cruz se ofrece al Padre como Víctima Santa y Pura para aplacar la Justa Ira Divina, encendida en forma inaudita por la malicia desmedida de los corazones humanos que no se detienen en sus ofensas ni siquiera ante la majestad divina, sino que la profanan con sus ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con una insolencia que deja atónitos a los mismos ángeles, así la Virgen, en silencio, y en unión de voluntad y amor, ofrece a su Hijo como Víctima Pura y Santa al Padre, por la salvación de los hombres pecadores, para que Dios aplaque su Justa Ira y se apiade de sus almas, para que viendo a su Hijo así crucificado y todo cubierto de llagas, se estremezca de misericordia y les conceda a los hombres pecadores la gracia de la contrición del corazón, de manera que puedan salvar sus almas.
Santa María, junto a la Cruz, con su Corazón oprimido por un dolor que es el dolor del mundo entero, ve de esta manera cumplida la profecía del anciano Simeón, de que “una espada de dolor le atravesaría el Corazón”, porque ver agonizar y morir a su Hijo Jesús, en medio de dolorosísimos espasmos, es para la Virgen una espada espiritual que atraviesa y lacera su Corazón una y mil veces, quitándole la vida una y mil veces, cumpliendo con creces la profecía de Simeón.

¡Santa María, que estás de pie junto a la Cruz, déjame que yo, arrodillado ante tu Hijo Jesús, bese sus pies ensangrentados; concédeme la gracia de llorar mis pecados, y que la Sangre de tu Hijo, cayendo sobre mi corazón, lo convierta, de piedra dura y fría, en imagen viviente de su Sagrado Corazón!

miércoles, 25 de marzo de 2015

En la Solemnidad de la Asunción, la Legión de María se consagra a la Virgen imitando a su Reina que se consagró a su Hijo ante el Anuncio del Ángel


¿Por qué la Legión tiene indicado, en sus estatutos, que la consagración pública, como Legión, debe realizarse, de forma preferencial, el 25 de Marzo, es decir, el día de la Solemnidad de la Anunciación?[1]
Para saberlo, recordemos primero qué sucedió el día de la Anunciación: la Virgen, ante el Anuncio del Ángel, que le revelaba que Dios la había elegido para ser la Madre de Dios, la Virgen dijo “Sí” a la Voluntad Divina, aceptando con su Mente Sapientísima, es decir, con una fe firmísima, la Verdad de la Encarnación del Verbo; dijo “Sí” a la Voluntad Divina, amando con Inmaculado Corazón, al Verbo de Dios, que se hacía Hombre, sin dejar de ser Dios, para así salvar a la humanidad; dijo “Sí” a la Voluntad Divina, recibiendo con su Cuerpo Inmaculado al Hijo Eterno del Padre, que por ser Dios era Espíritu Puro y era Invisible, y que por lo tanto, necesitaba de un Cuerpo visible, un Cuerpo que es el que iba a ofrecer en la cruz, cuando fuera adulto, como sacrificio para la salvación de los hombres, y este Cuerpo se lo tejió la Virgen, en su útero materno, al proporcionarle de su propia carne y sangre los nutrientes, como hace toda madre con su hijo en el seno materno.
Es decir, en el día de la Anunciación, la Virgen, que ya estaba consagrada al Espíritu Santo -porque el Espíritu Santo moraba en Ella desde su Inmaculada Concepción-, se consagró a su Hijo en mente, corazón y cuerpo, y su Hijo comenzó a morar en Ella por la Encarnación, y así, la que hasta entonces era Hija de Dios Padre y Esposa de Dios Espíritu Santo, comenzó a ser también Madre de Dios Hijo.
Entonces, a imitación de María, que en la Solemnidad de la Anunciación, se consagró en mente, corazón y cuerpo a su Hijo Jesús, la Legión de María, en el Acies, se consagra públicamente, en sus miembros, en mente, cuerpo y alma, a la Virgen, y así como la Virgen le dijo a su Hijo: “Soy todo tuya, Rey mío, Hijo mío, y cuanto tengo tuyo es”, así el legionario, en el Acies, esto es, en el Acto de consagración colectiva de la Legión de María, repite, parafraseando a la Virgen, diciendo a la Virgen: “Soy todo tuyo, Reina mía, Madre mía, y cuanto tengo, tuyo es”. 
Esto es la consagración: "Ser TODO" de la Virgen. ¿Y qué significa "ser TODO" de la Virgen?
“Ser todo de la Virgen”, que es “Reina mía” y “Madre mía” y reconocer que “todo lo que tengo es de la Virgen”, implica, en esa frase, la consagración, es decir, dar a la Virgen TODO mi ser, toda mi vida, toda mi existencia, todo mi pasado, mi presente, mi futuro, mis bienes, mis pensamientos, mis deseos, mis palabras, mis obras, mis pasos, mi familia, mis seres queridos, mis seres no tan queridos, mi trabajo, mis preocupaciones, mis alegrías, mis penas, mis angustias, etc., porque TODO significa literalmente TODO, sin reservarme nada. La consagración a la Virgen quiere decir que TODO lo que soy y lo que tengo, le pertenece a la Virgen; es de la Virgen, para la Virgen, por la Virgen, y esto quiere decir que es de Jesucristo, para Jesucristo y por Jesucristo, porque, como dice San Luis María Grignon de Montfort, “quien se acerca a María, recibe a Jesús”. Esto también quiere decir que, si algo me reservo para mí, sin dárselo a la Virgen, entonces mi consagración es incompleta y si es incompleta, es falsa e inexistente, como si nunca hubiera existido. Implica también la lucha contra mis pecados, mis defectos, mis vicios, mis egoísmos, y todo lo que me impide alcanzar la santidad, porque la consagración del Acies, tiene un doble objetivo: honrar a la Virgen como Reina de la Legión –por eso la reconocemos como “Reina nuestra”-, pero además “recibir de Ella la fuerza y la bendición para otro año más de lucha contra las fuerzas del mal”[2]. Y las “fuerzas del mal” contra las cuales debe luchar el legionario día a día, no son fantasías de la imaginación, sino dos poderosas entidades espirituales malignas, el pecado y los “espíritus malos de los aires” (cfr. Ef 6, 12-14), los ángeles caídos, liderados por el “Príncipe de este mundo” (Jn 12, 31), Satanás, la Serpiente Antigua, el “Padre de la mentira” (Jn 8, 44), y el legionario se consagra a María, porque la victoria total y definitiva contra estas terribles fuerzas del mal, el demonio y el pecado, solo las puede obtener de la mano de María y Jesús, porque Jesús, que es Dios, es quien le participa de su poder divino a su Madre, y es así que el legionario, consagrado a la Virgen, aplasta con Ella la cabeza de la Serpiente (cfr. Gn 1, 3), venciendo así al Príncipe de este mundo, de la mano de María, y el legionario se consagra a la Virgen también para vencer al otro mal, el pecado, porque el pecado solo puede ser desterrado del corazón humano, en donde anida, únicamente por la gracia de Jesucristo, y la gracia de Jesucristo viene por mediación de María, que es “Medianera de todas las gracias”.
La consagración ideal, según el Manual Oficial de la Legión de María[3], es la que se realiza en la Eucaristía, puesto que allí Jesucristo, el Único Mediador, presenta al Padre, por el Espíritu Santo, y en las manos maternales de María, todas las consagraciones y ofrendas de la Legión. Esto quiere decir que, para hacer la consagración en la Misa, el legionario deberá tener en cuenta que la Misa es la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la cruz, por lo que, para que su consagración sea perfecta, deberá ofrecerse, en la Misa, como víctima, uniéndose, en María, a la Víctima Inmolada, Jesús en la Eucaristía, con toda su vida, pasada, presente y futura, y pedir participar de la Pasión de Jesús en cuerpo y alma, para la salvación de sus hermanos, los hombres.
Por último, la consagración debe realizarse, no de manera mecánica[4], automática, sino con amor, con todo el amor con el cual nuestros pobres corazones sean capaces. Para eso, nuestro modelo es la Virgen en la Anunciación: así como la Virgen aceptó con fe pura y con amor encendido en su cuerpo purísimo al Verbo de Dios, diciéndole a su Hijo: “Soy todo tuya, Rey mío, Hijo mío, y cuanto tengo tuyo es”, así nosotros, cuando digamos: “Soy todo tuyo, Reina mía, Madre mía, y cuanto tengo, tuyo es”, se lo diremos a la Virgen, con fe pura, con amor encendido y con pureza de cuerpo y alma.





[1] Cfr. Manual Oficial de la Legión de María, XXX, Actos Públicos.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

martes, 24 de marzo de 2015

En la Anunciación, la Virgen es nuestro modelo para la comunión eucarística


         El Ángel le anuncia a la Virgen que, por ser la “llena de gracia”, concebirá en su seno virginal al Hijo de Dios (cfr. Lc 1, 26-38). Le dice también que se alegre, y la razón de la alegría de la Virgen, radica en que Quien se encarnará en su seno virginal, será concebido no por obra humana, sino por obra y gracia del Espíritu Santo, porque será Dios Hijo encarnado. Ante el Anuncio del Ángel, la Virgen contesta con un “sí” a la Encarnación del Verbo, recibiéndolo en su Mente Sapientísima, en su Corazón Inmaculado y en su Cuerpo Purísimo, convirtiéndose de esta manera la Virgen, en la Anunciación, en nuestro modelo perfecto para la comunión eucarística.
         La Virgen recibe al Verbo de Dios encarnado en su Mente Sapientísima, porque está iluminada por la gracia, y por la gracia, acepta con fe el misterio de la Encarnación del Verbo. Así, la fe de la Virgen es inmaculada y pura, sin contaminaciones, ni con razonamientos y dudas que vienen de su propia razón, ni con doctrinas extrañas, que provienen de otros ángeles que no son de Dios: la Virgen acepta, con una Mente iluminada por la gracia, el misterio de la Encarnación de Dios Hijo, y así es un modelo para que nosotros aceptemos el misterio de la Eucaristía, misterio por el cual el Verbo de Dios humanado prolonga su Encarnación. Al comulgar, nuestra fe debe ser pura e inmaculada, como la de la Virgen, sin estar contaminada por dudas contra lo que nos enseña el Magisterio de la Iglesia, y tampoco por doctrinas extrañas, que enseñen algo distinto a lo que nos enseña la Iglesia sobre la Eucaristía: la Eucaristía no es un pan bendecido, sino Jesucristo, el Hombre-Dios, con su Presencia real, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.
         La Virgen recibe al Verbo de Dios encarnado en su Corazón Inmaculado, porque ama a Dios y su Voluntad, y es por eso que en su Corazón no hay otros amores que no sea el puro y exclusivo amor a Dios, y su Corazón no está mancillado por amores profanos, sino que todo lo que ama, lo ama en Dios, por Dios y para Dios. Y puesto que su Corazón está inhabitado por el Espíritu Santo, la Virgen recibe al Verbo de Dios humanado, en su Corazón, pleno del Amor Divino, y así es nuestro modelo para comulgar, porque debemos comulgar en gracia, es decir, con la Presencia inhabitadora del Espíritu Santo en el corazón, y este Amor del Espíritu Santo, permitirá que en nuestros corazones no hayan otros amores que no sean el Amor a Jesús en la Eucaristía, y que todo lo que amemos y que no sea Jesús, lo amemos por Jesús, para Jesús y en Jesús. La Virgen entonces es modelo de nuestro amor para recibir a Jesús en la Eucaristía, en el momento de comulgar. Imitando a la Virgen, recibimos a Jesús Eucaristía con un alma pura, con la mente libre de errores en la fe en la Presencia Eucarística, y con el corazón lleno de amor a su Presencia Eucarística, prolongación y continuación de su Encarnación.
         Por último, la Virgen recibe al Verbo de Dios en su Cuerpo Purísimo, virginal, porque, como dice el Ángel, “lo concebido en Ella viene del Espíritu Santo”, es decir, no hay intervención humana alguna. Así, la Virgen es nuestro modelo para comulgar con pureza de cuerpo, porque por la gracia, observamos la pureza corporal, la castidad y la continencia, según el estado de vida.
         Pero además de la pureza de cuerpo y alma, la Virgen recibe a su Hijo con gran alegría –“Alégrate”, le dice el Ángel-, porque quien se encarnará en Ella es el Dios que es “Alegría infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes. Y la Virgen dice “Sí” a la Encarnación, y con alegría, y no porque no sepa que debe participar a la Pasión de su Hijo; por el contrario, la Virgen sabe que habrá de entregar a su Hijo para la salvación del mundo, y eso le provocará un dolor desgarrador, como “una espada que le atravesará el corazón”, según la profecía de San Simeón, y a pesar de saber esto, la Virgen recibe a su Hijo, Dios Encarnado, con alegría, al saber que será partícipe del sacrificio de su Hijo por la salvación del mundo.

Amor, alegría, gracia en la mente, en el corazón, pureza de cuerpo, unión espiritual y participación a la Pasión de Jesús, eso es lo que debe haber en nuestros corazones al momento de la comunión, a imitación de la Virgen María en el momento de la Anunciación.