sábado, 1 de agosto de 2015

La liturgia de la Eucaristía en unión con María


         En el Capítulo VIII del libro del legionario –Legio Mariae-, titulado “El legionario y la Eucaristía”, se habla de la Misa como lo que es, la renovación incruenta del Sacrificio de la cruz. El libro remarca que en la Misa “no se recuerda meramente en forma simbólica el Sacrificio de la cruz”; por el contrario, mediante la Misa, el Sacrificio del Calvario queda trasladado al presente inmediato. Y quedan abolidos el tiempo y el espacio. El mismo Jesús que murió en la cruz está aquí (en la Santa Misa)”[1]. Quedan abolidos el tiempo y el espacio, y el mismo Jesús –que es Dios- que murió en la cruz, se hace Presente en la Misa, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Y si se hace presente Jesús, se hace Presente la Virgen, porque donde está el Hijo, ahí está la Madre. Dice así San Juan Pablo II: “Es necesario que en el sacrificio del altar esté Aquella que estuvo en el sacrificio del Calvario”.
         En el mismo sentido, el Manual del Legionario afirma que la Virgen María está presente en la Santa Misa, así como estuvo presente en el Calvario: “De la unión de sufrimientos y complacencia entre María y Cristo, Ella se convirtió en la principal restauradora del mundo perdido y dispensadora de todas las gracias que Dios obtuvo por su muerte y con su sangre. (La Virgen) permaneció al pie de la cruz en el Calvario, representando a toda la humanidad, y en cada misa la ofrenda del Salvador se cumple bajo las mismas condiciones. María permanece en el altar en la misma forma en que permaneció junto a la cruz. Está allí, como lo estuvo siempre, cooperando con Jesús como la Mujer anunciada desde el principio, aplastando la cabeza de la serpiente. Por lo tanto, en cada misa oída con verdadera devoción, la atención amorosa a la Virgen ha de formar parte de la misma”[2].
         ¿En qué consiste esta “atención amorosa” de la que habla el Manual del Legionario? Consiste en la unión en el amor y en el espíritu, y en la intención, del legionario con la Virgen; es decir, el legionario debe asistir a la Santa Misa con el espíritu de entrega y sacrificio total, por la salvación del mundo, con el que la Virgen estuvo al pie de la cruz y está al pie del altar eucarístico. El legionario, entonces, debe participar de la Misa en unión espiritual con la Santísima Virgen, haciendo lo mismo que hace la Virgen: así como la Virgen ofreció su Hijo en la cruz al eterno Padre, en expiación de nuestros pecados, ofreciéndose Ella misma en inmolación junto a su Hijo –por eso la Virgen es Corredentora-, así también el legionario debe ofrecer al Padre a Jesús en la Eucaristía, como Víctima Propiciatoria por nuestros pecados, pero también debe ofrecerse él mismo, a través de la Virgen, como víctima de la Divina Justicia y de la Divina Misericordia, tal como lo hace la Virgen. La asistencia a Misa, para el legionario, por lo tanto, no se reduce a una simple asistencia pasiva, sino que es intensamente espiritual, desde el momento en que ofrece, junto a María, a Jesús Eucaristía, al Padre, y en la Virgen, se ofrece a sí mismo como víctima unida a la Víctima Inocente, Cristo Jesús. Así, el legionario se vuelve corredentor, uniendo su vida al Redentor del mundo y a la Virgen, Corredentora.



[1] Cfr. Karl Adam, El Espíritu del Catolicismo, en Legio Mariae. Manual Oficial de la Legión de María, 48.
[2] Cfr. ibidem.

viernes, 17 de julio de 2015

El misterio de la Anunciación de la Encarnación del Verbo y el "Sí" de la Madre de Dios


El Arcángel Gabriel, imponente, despliega sus majestuosas alas ante la Virgen; sin embargo, él mismo se rinde ante la humildad de la Madre de Dios y se arrodilla para darle el mensaje más asombroso que jamás pueda ser concebido por mente angélica o humana: ¡Dios la ha elegido para encarnarse en Ella! El Arcángel la contempla con respetuoso asombro, mientras le transmite el divino mensaje; al mismo tiempo, señala con su dedo índice hacia lo alto, indicando que el Verbo de Dios descenderá de los cielos, mientras que con su mano izquierda sostiene un lirio, indicando la doble pureza de la Encarnación: la del Ser trinitario divino y la de Ella, elegida precisamente por ser un espejo Purísimo y Limpidísimo en el que el Verbo de Dios puede encarnarse sin temor alguno, porque Ella no posee mancha alguna de pecado original. La Madre de Dios, a su vez, se encuentra arrodillada, con sus manos unidas y los ojos cerrados, en un reclinatorio, indicando que se encuentra en estado de profunda oración y de unión mística con Dios Uno y Trino; su hábito rojo simboliza el fuego del Espíritu Santo que la inhabita desde su Inmaculada Concepción; su capa azul, simboliza su estado de Concepción en Gracia Plena, necesaria para ser la Madre del Verbo de Dios. Completan la escena los Querubines que, desde el cielo, entonan cánticos de alabanza al Verbo de Dios y a su Madre.

miércoles, 15 de julio de 2015

Nuestra Señora del Carmen y el Escapulario


         La Orden de los Carmelitas se estableció en el Monte Carmelo, el monte en donde el profeta Elías tuvo la experiencia de Dios, quien no estaba “ni en el viento huracanado, ni el terremoto, ni en el fuego, sino en la suave brisa”, es decir, en el silencio (cfr. 1 Re 19, 12). Además, Elías defendió la pureza de la fe en un Dios Uno y Verdadero, frente a la contaminación de los numerosos cultos idolátricos y paganos de la Antigüedad. Basándose en el profeta, los carmelitas se establecieron en este monte como eremitas, siendo desde el inicio grandes devotos de la Virgen: en el siglo XIII, cinco siglos antes de que se proclamara el Dogma de la Inmaculada Concepción, los carmelitas tenían una misa en honor a la Inmaculada Concepción[1]. Lo que caracterizó a la orden, desde un inicio, fueron entonces el amor a la Virgen y la unión con Dios en el amor contemplativo. El amor carmelitano por la Virgen no fue nunca, desde los inicios, una mera devoción sentimentalista, sino que los Carmelitas vieron en la Virgen el modelo a seguir y el camino a transitar, para unirse con Dios Hijo de un modo rápido y seguro, además de tomar de la Virgen la matriz para la orden, en lo que se refiere a oración, contemplación y consagración de la vida a Dios. Hablando del Carmelo, dice así el Santo Padre Benedicto XVI: “El más célebre de los eremitas, de estos hombres de Dios, fue el gran profeta Elías, quien en el siglo IX antes de Cristo defendió valientemente de la contaminación de los cultos idolátricos la pureza de la fe en el Dios único y verdadero. Inspirándose en la figura de Elías, surgió al Orden contemplativa de los “Carmelitas”, familia religiosa que cuenta entre sus miembros con grandes santos, como Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Teresa del Niño Jesús y Teresa Benedicta de la Cruz (en el siglo, Edith Stein). Los Carmelitas han difundido en el pueblo cristiano la devoción a la Santísima Virgen del Monte Carmelo, señalándola como modelo de oración, de contemplación y de dedicación a Dios. María, en efecto, antes y de modo insuperable, creyó y experimentó que Jesús, Verbo encarnado, es el culmen, la cumbre del encuentro del hombre con Dios. Acogiendo plenamente la Palabra, “llegó felizmente a la santa montaña” (Oración de la colecta de la Memoria), y vive para siempre, en alma y cuerpo, con el Señor”[2].
Sin embargo, hubo un momento de grave crisis en la historia de la Orden –no sabemos los particulares-, en los que hasta el mismo Superior General, San Simón Stock, temió por el destino de la misma.
Fue entonces que el cielo vino en ayuda de los Carmelitas: Nuestra Señora del Carmen se apareció a San Simón Stock el 16 de julio de 1215 y le concedió el santo escapulario, prometiendo que quien muriese con él puesto, no se condenaría en el infierno: “Quien muera usando el escapulario no sufrirá el fuego eterno”. También prometió la Virgen que al devoto del escapulario, si estuviera en el Purgatorio, Ella lo iría a buscar, para llevarlo al cielo, al sábado próximo de su muerte.
Ahora bien, el Escapulario entregado por la Virgen es un sacramental, lo cual quiere decir que su uso tiene ciertas exigencias, además de un profundo significado espiritual y por lo tanto no puede ser usado de cualquier manera. Ante todo, hay que saber que, como todo sacramental, el Escapulario de la Virgen del Carmen es un objeto religioso aprobado por la Iglesia como un signo que nos ayuda a vivir en el camino de la santidad y, al mismo tiempo, a aumentar y acrecentar, cada vez más, la devoción y el amor a la Virgen. Esto se notará en la vida espiritual, cuando el alma experimente un verdadero rechazo a todo pecado, incluido el pecado venial, siendo un signo de crecimiento espiritual el experimentar no solo un rechazo, sino el preferir la muerte terrena, antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado (es lo que pidió Santo Domingo Savio en su Primera Comunión, y es lo que pedimos, aunque con otras palabras, en la fórmula de la Penitencia sacramental: “Antes querría haber muerto que haberos ofendido”). El objetivo de los sacramentales –y por lo tanto, del Escapulario del Carmen- es el de mover nuestros corazones a renunciar a todo pecado, incluso al venial.
Otra cosa a tener en cuenta es que el escapulario, al ser un sacramental, no nos comunica gracias como hacen los sacramentos sino que nos disponen al amor a Dios y a la verdadera contrición del pecado si los recibimos –y los usamos- con devoción[3].
El Escapulario del Carmen tiene tres significados: el amor maternal de predilección por parte de María; que pertenecemos a María y que llevamos el yugo de Cristo.
El Escapulario significa que María, en cuanto Madre Nuestra, nos cubre con su manto, literalmente, al modo como lo hace una madre con su niño recién nacido. Este significado se ve mejor en los escapularios de tela, pero si son de metal, es obvio que el significado es el mismo.
El otro significado es que pertenecemos –literalmente- a María, con todo nuestro ser, nuestra vida, nuestra existencia, nuestras posesiones, nuestros bienes materiales y espirituales. Es el signo exterior –es un hábito simplificado, al estilo del hábito de los carmelitas- de la consagración interior del alma a María: llevar el hábito significa estar consagrados a la Virgen, y esto quiere decir que le pertenecen a la Virgen nuestro acto de ser, nuestra alma con sus potencias –inteligencia, memoria, voluntad-, con sus sentidos internos y externos, y nuestro cuerpo. Llevar el hábito significa que estamos consagrados a María, es decir, que todo nuestro ser ha sido depositado en el Inmaculado Corazón de María, por lo que toda nuestra vida debe llevar el sello de María: debemos mirar y amar el mundo y las creaturas, con los ojos y el Corazón de María. El Papa Pío XII, en el año 1950, dijo así acerca del Escapulario: “Que sea tu signo de consagración al Inmaculado Corazón de María, lo cual estamos particularmente necesitando en estos tiempos tan peligrosos”.
El último significado, es que llevamos sobre nosotros el suave yugo de Cristo: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de Mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11, 29-30). El escapulario simboliza el yugo de Jesús, que es su cruz, y que Jesús nos invita a cargar, todos los días, pero que María nos ayuda a llevar, también todos los días.




[1] http://www.corazones.org/maria/carmen_virgen/a_carmen.htm
[2] Benedicto XVI, 15,VII,06; http://www.corazones.org/maria/carmen_virgen/a_carmen.htm
[3] http://www.corazones.org/maria/carmen_virgen/a_carmen.htm

miércoles, 13 de mayo de 2015

Porqué la Virgen en Fátima pide la Consagración a su Inmaculado Corazón


         En la Aparición del 13 de junio de 1917, la Virgen pide la Consagración a su Inmaculado Corazón: “Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar. Quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien le abrazare prometo la salvación y serán queridas sus almas por Dios como flores puestas por mí para adornar su Trono”.
¿Por qué pide la Virgen en Fátima la Consagración a su Inmaculado Corazón? La respuesta la encontramos analizando lo que la Virgen le dijo a Sor Lucía en esa misma Aparición, luego de anunciarle que sus primos Jacinta y Francisco irían al cielo y ella quedaría en la tierra: “Nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios”[1]. Según lo que la Virgen le dijo a Sor Lucía, quienes quedamos en la tierra, necesitamos tres cosas, hasta llegar al cielo: compañía, un refugio y un camino, y todo eso nos lo proporciona el Inmaculado Corazón de María: “Nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios”.
         “Nunca te dejaré”: si no nos consagramos al Inmaculado Corazón de María, estamos solos, aun cuando estemos rodeados de muchas personas; si no nos consagramos a María, aun cuando vivamos en medio del ruido y de la música y del estruendo del mundo, estamos solos, y necesitamos de la compañía de la Virgen, y esa compañía la tenemos cuando nos consagramos a su Inmaculado Corazón, y eso es lo que la Virgen le quiere decir a Sor Lucía cuando le dice: “Nunca te dejaré”.
         “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio”: este mundo, según el Evangelio, está “bajo el dominio del Maligno” (1 Jn 5, 19), y eso lo podemos ver a diario: violencias, guerras, injusticias, sectas, hambre, odio, usura, materialismo, mentiras, peleas, discordias, engaños, inmoralidades de todo tipo, etc. El mundo actual es como un inmenso alud de mal, que arrastra todo a su paso, y para cuya defensa, nada de lo que pueda hacer el hombre es útil. Solo el Inmaculado Corazón de María es el refugio seguro frente al horrible huracán de maldad y perversidad que azota sin compasión a toda la humanidad y que segundo a segundo parece aumentar de intensidad. Sólo la consagración al Inmaculado Corazón de María no solo nos librará de esta tormenta de oscuridad infernal, sino que nos alumbrará con la luz del Espíritu Santo, mientras el mundo se sumerge en las tinieblas más oscuras que jamás haya conocido la humanidad.
“Y el camino que te conducirá a Dios”: la humanidad, en nuestros días, transita múltiples caminos, anchos, pavimentados, lisos, en pendiente, fáciles de transitar, divertidos, coloridos, atractivos, que a la par que se los transitan, permiten dar rienda suelta a las pasiones. Sin embargo, esos caminos finalizan en el Abismo del cual no se sale. El Inmaculado Corazón de María, por el contrario, es el camino seguro que conduce a Dios, porque nada hay en María que no sea de Dios y para Dios, y es por eso que, quien se adentra en el Inmaculado Corazón de María, se adentra en el Sagrado Corazón de Jesús, que es el Corazón mismo de Dios, y es por eso que, consagrarse al Inmaculado Corazón de María, es equivalente a consagrarse al Corazón mismo de su Hijo Jesús, que es el Corazón de Dios.
Estas son las razones por las cuales la Virgen, en Fátima, pide que, los que estamos aún en la tierra, peregrinando hacia la eternidad, debemos consagrarnos a su Inmaculado Corazón.




[1] http://www.corazones.org/maria/fatima/apariciones_nuestra_senora_fatima.html

martes, 12 de mayo de 2015

Los pedidos de la Virgen en Fátima: consagración a su Inmaculado Corazón, rezo del Santo Rosario y sacrificios por los pecadores


         En las Apariciones de la Virgen en Fátima, Portugal, se destacan tres grandes pedidos: rezar el Santo Rosario diariamente, consagrarse al Inmaculado Corazón de María y ofrecer sacrificios por los pecadores. Con relación a estos pedidos, en la Tercera Aparición en Fátima, Portugal, sucedida el Viernes 13 de Julio de 1917, la Virgen hace un llamado, a través de los Pastorcitos, a sacrificarse por los pecadores y a hacer reparación por ellos: su destino,  advierte la Virgen, es el infierno, desde el momento en que nadie reza ni se sacrifica por ellos y por lo tanto no reciben los beneficios redentores de la muerte de Jesús en la cruz. Sor Lucía relata así la Tercera Aparición: “Momentos después de haber llegado a Cova de Iría, junto a la encina, entre numeroso público (4.000 personas) que estaba rezando el rosario, vimos el rayo de luz una vez más y un momento más tarde apareció la Virgen sobre la encina. -¿Qué es lo que quiere de mí? -pregunté. –“Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, y continuéis rezando el rosario todos los días en honra a Nuestra Señora del Rosario con el fin de obtener la paz del mundo y el final de la guerra, porque solo Ella puede conseguirlo”. -Dije entonces: quisiera pedirle nos dijera quién es, y que haga un milagro para que todos crean que Usted se nos aparece. –“Continuad viniendo aquí todos los meses. En octubre diré quién soy y lo que quiero, y haré un milagro que todos han de ver para que crean”. –“¡Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, y especialmente cuando hagáis un sacrificio: ‘Oh, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!’”.
Al decir estas últimas palabras abrió de nuevo las manos. El reflejo de la luz parecía penetrar la tierra y vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las almas como si fuesen brasas trasparentes y negras o bronceadas, de forma humana, que fluctuaban en el incendio llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados, semejante a la caída de pavesas en grandes incendios, pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero trasparentes como negros tizones en brasa. Asustados y como pidiendo socorro levantamos la vista a nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza: -“Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra terminará pero si no dejan de ofender a Dios en el reinado de Pío XI comenzará otra peor”[1]. En esta Aparición se destacan entonces, como decíamos, los pedidos de sacrificios, de consagración al Inmaculado Corazón de María y de oración por la conversión de los pecadores, porque el destino irreversible de estos es el infierno, el cual no es algo imaginario ni simbólico, sino un horroroso y pavoroso lugar de castigo eterno, reservado para quienes, libre y voluntariamente, quieren perseverar en el mal.
Algo que se destaca de modo particular es el aspecto triste del semblante de la Virgen hacia el final de la Tercera Aparición, aspecto que se mantiene en la siguiente aparición, la Cuarta, y que se explica por el destino de dolor eterno al que se encaminan diariamente millones y millones de sus hijos que, día a día, elijen vivir y morir cumpliendo los mandamientos de Satanás y no los Mandamientos de la Ley de Dios. En la Cuarta Aparición de la Virgen, sucedida el Domingo 19 de Agosto, se repiten, tanto los pedidos de sacrificios y de oración del Santo Rosario, como el aspecto de tristeza de la Virgen: “(…) Y tomando un aspecto muy triste, la Virgen añadió: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, porque muchas almas van al infierno por no tener quien se sacrifique y rece por ellas”. Y la Virgen empezó a subir hacia Oriente, como de costumbre”[2].
Sin embargo, para quienes pretendan calificar de “apocalípticos” a los mensajes de Fátima -o a sus mensajeros-, les convendría tener presente que uno de los Pastorcitos, Francisco, en una de las apariciones, tuvo una experiencia mística en la que se vio envuelto en una luz y un fuego que no solo no le provocó el más mínimo dolor, sino que lo colmó de gozo, de serenidad y de paz. Francisco tuvo una experiencia mística en la que pudo experimentar la dulzura y el amor de Dios, al verse envuelto “en una luz que ardía pero que no quemaba”, y esa luz era Dios. Dice así Francisco: “Estábamos ardiendo en esa luz que es Dios y no nos quemábamos. ¿Cómo es Dios? No se puede decir. Esto sí que la gente no puede decirlo”[3]. A diferencia del fuego doloroso del infierno, el Fuego de Amor que es Dios, no solo no provoca dolor, sino que concede paz, alegría y serenidad al alma, tal como la experimenta Francisco. Como diría Juan Pablo II en la homilía de beatificación de Jacinta y Francisco, basándose en la expresión de Francisco, Dios es “una luz que arde, pero que no quema”, y que mora en el corazón del que está en gracia, convirtiendo a esa persona en una “zarza ardiente viviente”: “Dios: una luz que arde, pero no quema. Moisés tuvo esa misma sensación cuando vio a Dios en la zarza ardiente; allí oyó a Dios hablar, preocupado por la esclavitud de su pueblo y decidido a liberarlo por medio de él: “Yo estaré contigo” (cfr. Éx 3, 2-12). Cuantos acogen esta presencia se convierten en morada y, por consiguiente, en “zarza ardiente” del Altísimo”[4]. En otras palabras, lo que las apariciones de Fátima quieren transmitirnos, es que Dios quiere que sepamos, por un lado, que Él es Fuego de Amor Divino y que quiere abrasarnos a todos en ese Fuego de Amor, y que quiere que todos estemos en Él y que vivamos en su paz, en su amor y en su alegría, tal como dice la Escritura: “Dios quiere que todos nos salvemos” (cfr. 1 Tim 2, 4), pero lamentablemente, como la Virgen en persona les muestra a los Pastorcitos, la realidad es otra muy distinta –y este es el otro mensaje de las apariciones de Fátima-: si Dios quiere que toda la humanidad se salve, no toda la humanidad quiere ser salvada, porque gran parte de la humanidad desea cumplir otros mandamientos, los mandamientos de Satanás, que no son los mandamientos de Dios, y esa es la razón de la tristeza de Dios, tal como la relata Francisco. De hecho, en la actualidad, podemos constatar cómo, día a día, se profundiza día a día cómo la humanidad entera se dirige en una dirección diametralmente opuesta a la que conduce al Monte Calvario (ley de identidad de género, matrimonio igualitario, aborto, eutanasia, ISIS, genocidios, terrorismo, ateísmo, materialismo, hedonismo, relativismo, etc.).
Es por eso que no sorprende que tanto Jesús, como la Virgen, aparezcan entristecidos en las apariciones de Fátima, impactando de manera diversa a los Pastorcitos. Comentando las apariciones, dice Juan Pablo II: “Sólo a él (a Francisco) Dios se dio a conocer “muy triste”, como decía. Una noche, su padre lo oyó sollozar y le preguntó por qué lloraba; el hijo le respondió: “Pensaba en Jesús, que está muy triste a causa de los pecados que se cometen contra Él”. Para Francisco, Dios estaba triste, y él llora para consolarlo, para que Dios deje de estar triste, a causa de los pecadores. Y lo mismo sucede, pero con la Virgen, a Jacinta, según el mismo Juan Pablo II: “La pequeña Jacinta sintió y vivió como suya esta aflicción de la Virgen, ofreciéndose heroicamente como víctima por los pecadores”[5].
Consagración al Inmaculado Corazón de María, rezo diario del Santo Rosario, sacrificios por la conversión de los pecadores, para evitar su eterna condenación y para consolar a los Sagrados Corazones de Jesús y de María, esos son los principales pedidos de las Apariciones de la Virgen en Fátima, una de las más importantes intervenciones de la Madre de Dios en la historia de la Iglesia y de la historia de la humanidad.



[1] http://www.corazones.org/maria/fatima/apariciones_nuestra_senora_fatima.html
[2] Cfr. ibidem.
[3] https://anecdotasycatequesis.wordpress.com/2015/04/04/dia-4-de-abril/
[4] http://www.corazones.org/maria/fatima/homilia_beatificacion_jacinta_francisco.html
[5] Cfr. ibidem.

viernes, 1 de mayo de 2015

El Legionario y la Misa


         ¿Cuál es el primer fin de la Legión de María?
El primer fin de la Legión de María es la santificación personal de sus miembros[1], porque esta santificación es, a su vez, el medio fundamental para actuar, ya que sólo en la medida en que el legionario posea santidad, podrá servir de instrumento para comunicarla a los demás. Por eso el legionario debe, mediante María, llenarse del Espíritu Santo y ser tomado por el Espíritu Santo como instrumento de santificación, que es el modo como será renovada la faz de la tierra[2].
         Ahora bien, la santificación, para el legionario, fluye, sin excepción, de un solo lugar, y ese lugar es el Santo Sacrificio de Jesucristo sobre el Calvario, ya que Jesucristo es la Gracia Increada y la Fuente inagotable de toda gracia creada. Ahora bien, este hecho plantea un interrogante: si el sacrificio de Jesús sobre el Calvario es la única fuente de santificación para el legionario, ¿cómo acceder a esta fuente inagotable de gracias, puesto que este sacrificio ya sucedió hace más de dos mil años, en Palestina? ¿No resulta, por este mismo hecho, una empresa imposible la santificación?  De ninguna manera, porque el Amor de Dios hace posible lo que es imposible para el hombre, y así que es el poder del Espíritu Santo el que permite que, aunque el Santo Sacrificio del Calvario haya sucedido en el tiempo y en la historia hace dos mil años, se haga presente, en su realidad ontológica y no en el mero recuerdo o símbolo, sobre el altar eucarístico y bajo el velo de las especies sacramentales. El Santo Sacrificio de la Cruz se hace presente en el altar eucarístico -permitiendo así al legionario acceder a su Fuente de santificación-, puesto que la Misa es la renovación incruenta del mismo y único Santo Sacrificio del Calvario. Esto es posible porque si bien Jesucristo, el Hombre-Dios, se ofreció en sacrificio en cruz hace dos mil años en el Calvario, ese sacrificio en cruz se perpetúa, misteriosamente, en el mundo, en el tiempo y en el espacio, por el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa[3]. La Santa Misa no es una mera representación simbólica del Calvario, sino que pone real y verdaderamente, en medio de nosotros, por el misterio de la liturgia eucarística y por el poder el Espíritu Santo, el mismo Sacrificio en Cruz, sacrificio por medio del cual el Cordero de Dios, Jesucristo, nos redimió al precio de su Sangre Preciosísima. Tanto la Cruz como la Misa son un mismo y único sacrificio, realizados por el mismo y único Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo; por el misterio de la liturgia de la Misa, se fusionan, por así decirlo, la Misa ofrecida en un momento determinado del tiempo, y el sacrificio del Calvario realizado hace dos mil años, desapareciendo así la distancia de tiempo y espacio entre el sacrificio de la Misa y el sacrificio del Calvario[4]; en ambos sacrificios, el sacerdote y la víctima son el único y el mismo, Jesucristo; sólo difiere el modo de ofrecer el sacrificio: en la Cruz, de modo incruento; en la Misa, de modo incruento y sacramental.
La Misa contiene todo cuanto Cristo ofreció a su Padre en el Calvario, y todos los frutos de santidad y todas las gracias infinitas que consiguió para los hombres en la Cruz, y esto se debe a que la Misa y el Calvario son un mismo y único sacrificio. Por esto mismo, quienes asisten a Misa, deben asistir con la intención y el ánimo de ofrecerse a sí mismos como víctimas en la Víctima Inocente; es decir, quien asiste a Misa –y mucho más, el legionario-, no debe asistir de modo “pasivo”, sino “activo”, pero la actividad no consiste en movimientos exteriores, sino más bien en la oblación espiritual interior, por medio de la cual se ofrece todo el ser a los pies de Jesús crucificado, que se hace presente en el altar eucarístico, a través de las manos de la Virgen, que se encuentra de pie, al lado de la cruz, y presente en persona en la Santa Misa, así como estuvo de pie, al lado de la cruz, y presente en persona, en el Santo Sacrificio de la Cruz, hace dos mil años, en Palestina.
El legionario que desee, por lo tanto, santificarse, y santificar a los demás –en esto, por otra parte, consiste el fin de la Legión de María-, debe acudir a la Santa Misa, teniendo en la mente y en el corazón qué cosa es la Santa Misa y con qué clase de intención y de ánimo oblativo debe asistir. Y es por este mismo motivo que la Legión exhorta a los legionarios a que concurran, de ser posible, a la Misa diaria y que comulguen, de ser posible, todos los días[5].




[1] Cfr. Manual Oficial de la Legión de María, 47.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

sábado, 18 de abril de 2015

Nuestra Señora del Valle de Catamarca




         Nuestra Señora del Valle de Catamarca realizó y sigue realizando numerosos milagros, pero hay dos que reflejan, de modo particular, su amor maternal. El primero al que haremos referencia, es el milagro conocido como el “milagro de la cadena”; sucedió en el año 1630 y tuvo como protagonista a un hombre venido del Perú; era muy acaudalado, pero se encontraba tullido y sin esperanzas de curación por parte de los médicos, que sin éxito habían tratado de curarlo. Debido a que había escuchado hablar de los milagros realizados por la Virgen del Valle, decidió acudir en peregrinación en busca de una cura milagrosa, cura que obtuvo en un instante, apenas hubo llegado ante la imagen de Nuestra Señora. Como muestra de agradecimiento, y debido a que era una persona muy adinerada, le dejó una cadena de oro de mucho valor. De regreso, se encontró con un conocido, a quien le comentó que había sido curado por la Virgen, gracias a que él le había dado en pago la hermosa cadena de oro. Luego de contar este particular relato, el acaudalado hombre se despidió de su amigo y, como se había hecho de noche, se fue a dormir. Al otro día, al despertarse, se dio con la sorpresa de que se encontraba dolorido y nuevamente con su antigua dolencia, habiendo desaparecido la curación que había recibido de forma milagrosa. Además, encontró, debajo de la almohada, la cadena de oro que le había dejado a la Virgen y que él creía, equivocadamente, que le dejaba en pago por la curación recibida.
         ¿Qué le quiso decir la Virgen? La Virgen le quiso hacer ver que Ella es Madre y que una Madre no se mueve con sobornos ni vende a vil precio de oro sus cariños; si Ella le concedió el milagro de la curación, no fue a cambio de oro, puesto que Ella no necesita, ni remotísimamente, ni oro, ni nada que le podamos ofrecer. Lo que Ella quiere de nosotros, es nuestra conversión, la conversión del corazón y se siente muy ofendida cuando obramos como este señor, pretendiendo “comprar” sus milagros, a los que Ella da gratuitamente, por amor y solo por amor.
         El segundo milagro, es conocido como “milagro del jarro”. Un hombre, que vivía en el límite entre Catamarca y Córdoba, se encontraba muy angustiado, ya que estaba afectado por una enfermedad mortal. Estando a punto de morir, le vino a la memoria el recuerdo de Nuestra Señora del Valle y le rogó por su vida, prometiéndole peregrinar a su santuario. Poco tiempo después, recuperó milagrosamente su salud, con lo cual decidió cumplir su promesa a la Virgen, emprendiendo su viaje hacia el santuario.
         Mientras sucedía esto, en la Catedral de Catamarca, los guardianes daban cuenta de la desaparición de un jarro plateado que se encontraba en el altar de la Virgen. Dos semanas después, llegó nuestro hombre a la Catedral, en cumplimiento de su promesa y pidió hablar con un sacerdote, para dar testimonio de la curación milagrosa recibida de parte de la Virgen. Sin embargo, tenía aun otro testimonio de otro milagro más recibido por parte de la Virgen, recibido esta vez en su travesía a lo larga de las salinas. Según su relato, él había emprendido su viaje hacia Catamarca -para dar la acción de gracias a la Virgen- a través de las Salinas Grandes, que es una gran extensión de tierra muy árida y seca, sin agua potable para beber en cientos de kilómetros a la redonda, motivo por el cual, él y su mulo, llegado un momento, estuvieron a punto de morir de sed. Al verse en esta situación de vida o muerte, imploró nuevamente a la Virgen por su auxilio y la Virgen nuevamente respondió con su amor maternal. El peregrino, con lágrimas en los ojos, dijo al sacerdote que “... de un jarro plateado que apareció repentinamente en el camino, salía mucha agua, como si fuera una fuente que fluía del corazón de la tierra, para que podamos ambos satisfacer nuestra sed”.
         Una vez que terminó su relato, el peregrino sacó de su bolso el jarro plateado y se lo entregó al sacerdote, quien comprobó que efectivamente se trataba del mismo jarro plateado que había desaparecido del Santuario de la Virgen. El peregrino, por lo tanto, había recibido un doble milagro de María Santísima: primero fue curado de su grave enfermedad, y luego fue asistido milagrosamente, para que no muriera de sed en el desierto. Este jarro se llama actualmente “El Jarro Milagroso” o el “Jarro de la Virgen”.
         ¿Qué nos enseña la Virgen con este milagro? Que esta vida terrena es peligrosa, como peligrosa es la travesía por un desierto: al atravesar un desierto, podemos perder la vida ya sea por el extremo calor, durante el día, o por el extremo frío, durante la noche –las temperaturas descienden a bajo cero-, o por las bestias salvajes que acechan –lobos-, o por las alimañas ponzoñosas que inoculan venenos mortales –arañas, serpientes, alacranes-: la vida terrena es peligrosa, porque acechan peligros espirituales, como las bestias y alimañas espirituales, los demonios, que inoculan su ponzoña o veneno espiritual, el pecado y la rebelión contra Dios; en esta vida acecha siempre el peligro de la pérdida de la vida de la gracia, cuando se consiente la tentación y se comete el pecado, sea mortal o venial. El peregrino que atraviesa el desierto y está a punto de morir de sed, representa al hombre que vive en esta vida terrena y que está privado de la vida de la gracia y que por lo tanto, está a punto de morir a causa del pecado; el jarro de plata, del cual brota agua cristalina, inagotable, que le devuelve la vida, representa la gracia santificante de Jesucristo, que da al alma la vida de la gracia, obtenida por el sacrificio en cruz de Jesús, y como es un jarro de plata del santuario de la Virgen, representa a la Virgen, Medianera de todas las gracias, es decir, representa a la Virgen, por cuyo intermedio nos vienen todas las gracias, y sin cuya intercesión no nos llega ninguna gracia. El Jarro de plata es símbolo de Ella misma, porque así como el agua cristalina que devuelve la vida al peregrino, brota del jarro, así Jesucristo, “Portador del Agua de la Vida”, brota del seno virgen de María Santísima, para dar su Gracia santificante al alma que acude a Él y lo reconoce como a su Salvador.



Oración a Nuestra Señora del Valle de Catamarca
Nuestra Señora del Valle de Catamarca,
Tú que inefable amor maternal,
Salvaste la vida de tus hijos
Haciendo brotar agua en medio del desierto,
Te suplicamos,
Que a nosotros, tus hijos,
Que peregrinamos por el desierto de la vida,
Nos concedas la gracia
De crecer cada vez más en la fe en tu Hijo Jesús,
Para que de nuestros corazones broten
Ríos de agua viva
Que lleguen hasta la eternidad. Amén.