miércoles, 3 de diciembre de 2014

La Inmaculada Concepción, modelo de caridad para con nuestro prójimo


          Para salvarnos y para ir al cielo, debemos hacer tres cosas principalmente, sin las cuales no lo lograremos: creer que Jesús es Dios y es nuestro Salvador y Redentor; obrar las obras de misericordia corporales y espirituales, las que nos recomienda la Iglesia[1], catorce en total, siete corporales y siete espirituales y, por último, vivir y morir en estado de gracia.
          Ya vimos cómo la Inmaculada Concepción es nuestro modelo en nuestra fe en Jesús como Dios, principalmente para recibirlo en la Eucaristía, puesto que así como lo Virgen, por virtud de su Inmaculada Concepción, al momento del Anuncio del Ángel era Purísima en su Mente, en su Corazón y en su Cuerpo, y así, con la Pureza Inmaculada que le daba el estar inhabitada por el Espíritu Santo recibió el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, con su Mente, creyendo en la Verdad de la Encarnación; con su Corazón, amando a su Hijo Jesús, y con su Cuerpo, porque lo alojó en su útero materno, así la Virgen es nuestro modelo para recibir a Jesús Eucaristía en estado de gracia santificante, que da pureza a nuestra mente, a nuestro corazón y a nuestro cuerpo.
          Ahora, veremos cómo Ella es nuestro modelo en el obrar la misericordia, pues Ella obró la misericordia con su Hijo Jesucristo. Por lo tanto, si queremos saber cómo hacerlo, de manera tal de alcanzar el cielo, debemos contemplarla a Ella en su obrar hacia su Hijo Jesús.
        La Inmaculada Concepción obró con su Hijo Jesús tanto las obras de misericordia corporales como las espirituales; contemplaremos primero las corporales, y luego las espirituales.
          La Inmaculada Concepción obró la misericordia corporal para con su Hijo Jesús, albergándolo en su seno virginal, su útero materno, en la Encarnación, y al alojarlo en su seno virginal, cumplió con la obra de misericordia corporal que dice; "Dar posada al peregrino" (recordemos que el Verbo Eterno del Padre se encarnó en la célula creada en el momento de la implantación en la mucosa uterina, y el genoma masculino, correspondiente al padre, también fue creado en ese momento, porque en la Concepción Inmaculada del Verbo en el seno purísimo de María Virgen no hubo intervención de varón, ya que el matrimonio con San José era meramente legal y nunca hubo consumación), y luego lo nutrió con sus nutrientes maternos, alimentando al Verbo de Dios Encarnado, como hace toda madre con su hijo recién concebido, cumpliendo así las obras de misericordia corporales que dicen: "Dar de comer al hambriento y de beber al sediento"; la Virgen obró la misericordia corporal con su Hijo Jesús, alojando en su seno virginal el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de su Hijo Jesucristo, Rey del Universo, convirtiéndose así en Sagrario Viviente más precioso que el oro y en Custodia Viva del Verbo de Dios humanado; le tejió un cuerpo humano, y así cumplió con la obra de misericordia corporal que dice: "Vestir al desnudo", para que el Verbo de Dios, que era invisible, se hiciera visible, y tomara forma de Niño humano, al nacer en el Portal de Belén, para que ese Niño, que era Dios, al nacer en Belén, que significa "Casa de Pan", se entregara luego en la cruz y en la Santa Misa, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, como Pan de Vida eterna, que concede la Vida eterna del Ser trinitario de Dios a quien lo consume con fe y con amor; la Virgen obró la misericordia corporal con su Hijo Jesús, porque lo protegió de todo peligro en su seno materno durante nueve meses;
          La Inmaculada Concepción obró la misericordia corporal con el Niño Jesús al nacer, porque al nacer virginalmente en la fría noche de Navidad -recordemos que su Nacimiento fue milagroso, estando la Virgen de rodillas, el Niño salió de la parte superior de su vientre materno, así como la luz del sol atraviesa un cristal, sin hacerle daño, y por eso la Virgen es Virgen antes, durante y después del parto-, luego de haberlo recibido un ángel, que se lo entregó a la Virgen, la Virgen apenas nacido, lo envolvió en pañales y lo cubrió con su manto, para protegerlo del frío de la noche, y comenzó a amamantarlo, porque el Rey de cielos y tierra, el Creador del universo visible e invisible, al nacer en este mundo, experimentó frío y hambre, y la Virgen le dio calor y sació su hambre, y así la Virgen no solo impidió que su Hijo recién nacido muriera de frío y de hambre, sino que lo alimentó con su leche materna  y le dio calor con su amor maternal, y así continuó haciéndolo durante toda la primera infancia de su Hijo Jesús, el Niño Dios;
          -La Inmaculada Concepción obró la misericordia corporal con el Divino Niño, durante la infancia de Jesús, alimentándolo, cuidándolo, educándolo, y sobre todo protegiendo y salvando su vida en la huida a Egipto, cuando el rey Herodes "buscaba al Niño para matarlo" (cfr. Mt 2, 13); la Virgen no dudó un instante en arriesgar su vida, junto con San José, emprendiendo un largo y peligroso viaje, obedeciendo a las indicaciones del ángel, para poner a salvo la vida de su Hijo Jesús, cuando los guardias del rey Herodes, alentados por Satanás, buscaban a Jesús por toda Palestina, buscando asesinarlo -lo cual dio origen a la "Matanza de los Inocentes"- y por eso la Virgen obró la misericordia corporal con su Hijo;
          -La Inmaculada Concepción obró la misericordia corporal con su Hijo Jesús, una vez pasado el peligro de Herodes, cuando regresaron a Nazareth, durante el resto de su infancia, de su adolescencia y de su juventud, es decir, durante todo el tiempo en el que Jesús "crecía en sabiduría, en gracia y en estatura, para con Dios y los hombres" (Lc 2, 52) hasta que llegó el día en el que Jesús, ya adulto joven, obedeciendo al mandato del Padre, salió a predicar el Evangelio, sabiendo que no habría de volver, porque debía entregar su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la cruz, para nuestra salvación. La Virgen fue misericordiosa con su Hijo Niño, Adolescente y Joven, porque no solo jamás lo abandonó ni le hizo faltar la comida, sino que lo cuidó y lo instruyó humanamente, porque aunque Jesús era Dios Hijo Encarnado, y por lo tanto, omnisciente, en su naturaleza humana necesitaba de cuidados e instrucción, y esta tarea la cumplió la Virgen como Madre, y así la Virgen cumplió con la obra de misericordia espiritual que dice: "Dar buen consejo al que lo necesita", porque aconsejó a su Hijo durante toda su niñez, su adolescencia y su juventud.
          -La Inmaculada Concepción obró la misericordia espiritual con su Hijo Jesús, acompañándolo en su Pasión, a lo largo del Via Crucis, haciéndole sentir su presencia y su amor maternal, confortándolo espiritualmente con su amor de madre, ya que por la presencia de los soldados romanos y por el gentío no podía socorrer físicamente a Jesús; sin embargo, Jesús, sabiendo que su Madre lo acompañaba a lo largo del Via Crucis, se sentía aliviado en sus terribles dolores, en sus dolores, en el horror que le provocaba ver la maldad de toda la humanidad desencadenada sin freno contra la bondad y la santidad infinita de un Dios que se había encarnado solo para dar su Amor a los hombres, y que ahora le pagaba condenándolo a muerte, y así la Virgen cumplió con la obra de misericordia espiritual que dice: "Consolar al triste";
          -La Inmaculada Concepción obró la misericordia espiritual, permaneciendo con su Hijo Jesús al pie de la cruz, participando moral y espiritualmente de todos los dolores de su Hijo Jesús, y ofreciendo al Padre el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de su Hijo Jesús, convirtiéndose así en Corredentora de la Humanidad. Jesús, en su agonía de tres horas en la cruz, desde las doce del mediodía hasta su muerte a las tres de la tarde en el Viernes Santo, tuvo un solo consuelo, el consuelo de la Presencia de Nuestra Señora de los Dolores, la Única que permaneció erguida, al pie de la cruz, sin abandonar a Jesús, porque todos los discípulos y los amigos de Jesús lo abandonaron, e incluso, hasta Dios Padre, aunque no lo abandonó, sí se retiró de su Presencia, hasta darle la sensación a Jesús de que lo había abandonado, y por eso es que Jesús, en un momento, dice, con mucha tristeza: "Padre, ¿por qué me has abandonado?". Pero si el Padre, que no lo ha abandonado, aunque pareciera haberlo abandonado, hace sentir su aparente ausencia, la Virgen está al pie de la cruz, y Ella es la Única que no lo abandona, y por eso la Presencia de Nuestra Señora de los Dolores al pie de la cruz, es el único consuelo espiritual que tiene Jesús en medio de tanto dolor, en medio de tanta tristeza, en medio de tanta angustia. Por esto es que la Virgen obró la misericordia espiritual, para con su Hijo Jesús, y así la Virgen cumplió con la obra de misericordia espiritual que dice: "Rogar a Dios por vivos y difuntos".
          Pero la Inmaculada Concepción obra también, con sus hijos pródigos, nosotros, los bautizados, la misericordia corporal y espiritual, llevándonos a algunos en sus brazos maternos, a otros, tomándonos de la mano, como a niños pequeños, ayudándonos a caminar por el Via Crucis de la vida, para que lleguemos hasta la cima del Monte Calvario, para que crucificados junto a su Hijo Jesús, demos muerte al hombre viejo, al hombre del pecado, al hombre dominado por las pasiones, el vicio y la malicia, y así resucitemos al hombre nuevo, el hombre nacido a la vida de la gracia, el hombre que tiene nuevo el corazón, porque es el corazón transformado por la gracia santificante en un nido de luz, en donde va a posarse la Dulce Paloma del Espíritu Santo. Con nosotros, la Virgen obra todas las obras de misericordia, por medio de la Iglesia. Pero con nosotros, obra la misericordia principalmente, porque nos alimenta con el fruto de sus entrañas, el Pan de Vida eterna, que contiene en sí todo el Amor de Dios, el Pan Vivo bajado del cielo, su Hijo Jesús en la Eucaristía. La Virgen obra con nosotros la misericordia porque Ella es la Madre de la Divina Misericordia; Ella es la Madre de Jesús Misericordioso, y por medio de Ella, y gracias a Ella, se derrama sobre nuestras almas el Amor Misericordioso de Dios, contenido en el Pan Eucarístico, y por eso la Virgen obra con nosotros la misericordia.
          De esta manera, siendo misericordiosa con su Hijo Jesús y con nosotros, la Virgen nos enseña a nosotros a ser misericordiosos para con nuestros prójimos más necesitados, lo cual nos hace recordar que si no obramos la misericordia, si no somos misericordiosos, no entraremos en el Reino de los cielos, tal como lo dice Jesús. En el Día del Juicio Final, Jesús les dirá  a los que se salven: "Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; estuve desnudo y me vestisteis; estuve enfermo y me socorristeis; estuve preso y me visitasteis"; y los que se salven, le dirán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre, con sed, desnudo, enfermo, preso, y te socorrimos?"; Jesús les responderá: "Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis pequeños, CONMIGO LO HICISTEIS". A los que se condenen, Jesús les dirá: "¡Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el Demonio y sus ángeles! Porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; estuve desnudo y no me vestisteis; estuve enfermo y no me socorristeis; estuve preso y no me visitasteis". Y los que se condenen, le dirán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre, con sed, desnudo, enfermo, preso, y no te socorrimos?" Y Jesús les dirá: "Cada vez que no lo hicisteis con uno de estos mis pequeños, CONMIGO NO LO HICISTEIS" (Mt 25, 35-45).
          Este pasaje evangélico acerca del Juicio Final nos enseña acerca de la misteriosa e invisible Presencia Real de Nuestro Señor Jesucristo en el prójimo más necesitado; en otras palabras, Jesús, que es Dios, está en el cielo y está en la Eucaristía, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, pero también, misteriosa e invisiblemente, pero no por eso menos realmente, Presente, en el prójimo más necesitado, y ésa es la razón por la cual, todo, absolutamente todo lo que hacemos a nuestro prójimo, sea en el bien, como en el mal, se lo hacemos a Él, y Él nos lo devuelve, multiplicado al infinito, en el bien y en el mal, porque solo quien es capaz de dar misericordia, es decir, quien es capaz de obrar la misericordia para con su prójimo -según su estado de vida-, recibirá misericordia; quien no es capaz de dar misericordia, esto es, quien no es capaz de atender a un prójimo enfermo, o de visitar a uno que está encarcelado, o quien no es capaz de obrar la misericordia según su estado de vida, ese tal no recibirá misericordia de parte de Dios el día de su Juicio Particular, y el Día del Juicio Final, escuchará las palabras de sentencia del Terrible Juez: "¡Apártate de mi Presencia para siempre!".
          Precisamente, la Virgen es entonces, modelo de misericordia para quienes desean salvar sus almas y ser caritativos para con sus prójimos; todo lo que tienen que hacer es meditar y contemplar a la Virgen en su obrar para con su Hijo Jesús, y así sabrán cómo deben obrar para con sus prójimos más necesitados, y así alcanzarán las obras necesarias para poder entrar en el Reino de los cielos.
          La Inmaculada Concepción no es entonces, un mero título ni una devoción más entre tantas: cuando meditamos y contemplamos su significado, vemos que constituye la llave maestra para nuestra vida espiritual más profunda y elevada para esta vida, y es la Puerta Abierta para la vida eterna: para esta vida, porque es el modelo de pureza fe, de mente, de corazón y de alma, para el acto más importante que una persona pueda hacer en esta vida terrena, y es la unión sacramental con Jesús Eucaristía, y para la otra vida, es la Puerta Abierta al cielo, porque si la imitamos en su obrar la misericordia hacia su Jesús, tenemos asegurada la vida eterna y nuestra salvación.
        
        Propósito: hacer obras de misericordia -concretas- espirituales y/o materiales, según el estado de vida de cada uno, todos los días, o la mayor cantidad de veces que pueda. Por ejemplo, si pertenezco a una Parroquia, no solo visitar a los enfermos más abandonados -sobre todo a los que hayan pertenecido a los movimientos parroquiales-, sino brindar mi tiempo y mi ayuda.



[1] OBRAS CORPORALES DE MISERICORDIA
1. Dar de comer al hambriento
2. Dar de beber al sediento
3. Dar posada al necesitado
4. Vestir al desnudo
5. Visitar al enfermo
6. Socorrer a los presos
7. Enterrar a los muertos

OBRAS ESPIRITUALES DE MISERICORDIA
1. Enseñar al que no sabe
2. Dar buen consejo al que lo necesita
3. Corregir al que está en error
4. Perdonar las injurias
5. Consolar al triste
6. Sufrir con paciencia los defectos
de los demás
7. Rogar a Dios por vivos y difuntos

martes, 2 de diciembre de 2014

La Virgen como modelo de pureza de mente, de corazón y de cuerpo para recibir a Jesús en la Eucaristía


          (Homilía predicada en la Novena a la Inmaculada Concepción en la Parroquia "Inmaculada Concepción", de Río Seco, Tucumán, Argentina)

La Patrona de nuestra Parroquia es la “Inmaculada Concepción”. ¿Qué quiere decir “Inmaculada Concepción”? ¿De qué nos sirve en nuestra vida diaria que la Virgen sea “Inmaculada Concepción”? “Inmaculada Concepción” quiere decir que la Virgen fue concebida sin mancha de pecado original, es decir, sin la más pequeñísima malicia y eso significa que la Virgen no era capaz de cometer no solo el más ligero pecado venial, sino ni siquiera la más ligera imperfección, porque su cuerpo y su alma habían sido concebidos puros, inmaculados, sin la mancha del pecado original que había infectado a los primeros padres, Adán y Eva.
Recordemos que Adán y Eva, los primeros padres de la humanidad, que habían sido creados en estado de gracia en el Paraíso, oyeron la voz de la Serpiente Antigua en el Paraíso e hicieron oídos sordos a la Voz de Dios, y fue así que cometieron el pecado original que los privó de la gracia santificante con la que habían sido creados, y por ese motivo, fueron expulsados del Paraíso. Desde entonces, todos los seres humanos, nacemos privados de la gracia y con la mancha del pecado original, y eso quiere decir dos cosas principalmente: que nuestra razón tiene dificultad para conocer la Verdad y que nuestra voluntad, aunque desea el bien, se inclina al mal, por la concupiscencia de la carne, y por eso es que necesitamos de la gracia santificante para no cometer pecados, y si no recurrimos a la gracia, caemos en el pecado y cuando estamos en pecado, no podemos salir, por nosotros mismos, del estado de pecado. El pecado, puesto que es malicia, nos aparta radicalmente de Dios, ya que Dios es bondad y santidad infinitas. La Virgen, porque debía ser la Madre de Dios, la Madre del Redentor, fue concebida como “Inmaculada Concepción”, es decir, sin mancha de pecado original, y por eso era pura en cuerpo y alma y esto quiere decir que era incapaz de obrar cualquier clase de mal, pero no solo incapaz de obrar cualquier clase de mal, sino que era incapaz de cualquier imperfección.
Además, la Virgen no solo fue concebida sin mancha, sino que fue concebida “Llena de gracia”, y esto quiere decir que estaba inhabitada por el Espíritu Santo, llena del Amor Purísimo de Dios, y esto significa que nada podía amar la Virgen sino era a Dios, en Dios y por Dios, porque su Mente era sapientísima, y así, la Virgen, que por esto mismo poseía una sabiduría que superaba infinitamente a las mentes de todos los ángeles juntos, podía detectar el error más sutil, y rechazarlo, y por ese motivo le tenía horror a la mentira; su Corazón Inmaculado, inhabitado desde su Concepción Inmaculada por el Espíritu Santo, amaba solo a Dios y si amaba a las creaturas, las amaba en Dios, para Dios y por Dios, y todo lo que no fuera Dios, por Dios y para Dios, la Virgen no lo amaba; su Cuerpo era inmaculado, puro, virgen y fue virgen antes, durante y después de la Encarnación del Verbo de Dios en su seno purísimo, y continúa siéndolo en los cielos, y continuará siendo Virgen por los siglos infinitos, porque la Concepción de su Hijo Jesús, que es Dios, fue realizada virginal y milagrosamente por el Amor de Dios, el Espíritu Santo, sin intervención alguna del hombre.
Por todo esto, la Virgen, como Inmaculada Concepción, era Purísima de mente, de corazón y de cuerpo, y por eso mismo, es modelo de pureza de mente, de corazón y de cuerpo para todos los hombres y para todas las épocas, pero sobre todo, para nuestro mundo de hoy, que está muy necesitado de esta virtud, la de la pureza y, por supuesto, es modelo para nosotros.
Hoy, pareciera que la impureza lo domina todo, pero no solo la impureza del cuerpo, sino la impureza de la mente y la impureza del corazón.
Hoy domina la impureza de la mente y la impureza de la mente es, ante todo, la mentira y el error: cuando se dicen mentiras, de cualquier tipo, y aunque sean mentiras “inocentes”, son siempre mentiras, y el que dice mentiras, se aleja de la Virgen, que nunca jamás dijo mentiras y se aleja de Jesús, que es "la Verdad" -Jesús dijo de sí mismo: "Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6)-, y se acerca al Príncipe de las tinieblas, que es el “Padre de la mentira”, como le llama Jesús en el Evangelio (cfr. Jn 8, 44). Son las mentiras comunes, o mentiras más graves, que pueden mezclarse también en las cosas de la fe, y esas son las más peligrosas.
La impureza de la mente es también cuando se creen en las supersticiones, como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte, el horóscopo, la cinta roja, el gato negro, o cuando se hacen cosas malvadas, como la brujería, el juego de la copa, el tablero ouija, que son todas cosas prohibidas por Dios, porque son perversiones de la religión.
La Virgen es modelo de pureza de fe en Jesús en la Eucaristía, porque cuando el Ángel le anunció que Ella iba a ser la Madre de Dios, Ella creyó primero con su Mente Purísima, y nunca dudó de la Palabra de Dios, y nunca creyó en ninguna otra cosa que lo que le decía el Ángel, porque su Mente Sapientísima, iluminada e inhabitada por el Espíritu Santo, contemplaba la Verdad de Dios Uno y Trino y se adhería con todo su ser, al tiempo que reconocía el error, la mentira y la herejía y los rechazaba con todo su ser; por eso, la Virgen es nuestro modelo de pureza de nuestra mente para creer en la Presencia de Jesús en la Eucaristía, para que nos apartemos de la mentira y del error como quien se aparta de la peste; la Virgen es modelo de nuestra fe en Jesucristo, Dios Encarnado en la Eucaristía, para que nuestra fe Eucarística sea pura como el cristal transparente y para que no la contaminemos creyendo en supersticiones y en errores acerca de la fe, y para que solo creamos en la Eucaristía y en los santos de la Iglesia Católica.
La impureza del corazón es cuando se desean cosas malas, que dañan al cuerpo y al alma, pero sobre todo, ofenden a Dios, porque son pecado: las envidias, los odios, las peleas, las discusiones, las habladurías. Cuando el corazón desea estas cosas malas, se convierte, de nido de luz y de amor, en el que debería morar la Dulce Paloma del Espíritu Santo, para así dar el Amor de Cristo a los demás, en una cueva pestilente, oscura, sucia y fría, en donde hacen morada bestias siniestras, sombras vivientes, los ángeles caídos, cuyo veneno es más mortífero que el de las alimañas y cuya ponzoña es más letal que el de las arañas y serpientes más letales de la tierra.
La Virgen es modelo de pureza de fe en Jesús en la Eucaristía, porque cuando el Ángel le anunció que Ella iba a ser la Madre de Dios, Ella creyó con su Mente Purísima y lo Amó con su Corazón Inmaculado, y no amó ninguna otra cosa más y a nadie más que no fuera a su Hijo Jesús, que era el Hijo de Dios.
Su Corazón Inmaculado estaba lleno del Amor de Dios y estaba todo ocupado por el Espíritu Santo y por eso mismo, no había lugar en él para ningún amor impuro y para ninguna cosa mala, y por eso la Virgen es nuestro modelo para nuestro corazón al momento de recibir la comunión eucarística, para cuando tengamos que recibir a Jesús en la Eucaristía, porque así como estaba el Corazón de la Virgen, lleno del Amor de Dios para recibir a su Hijo Jesús, así debe estar nuestro corazón, lleno del Amor de Dios, para recibir a Jesús en la Eucaristía, y no debe haber ninguna cosa mala en nuestros corazones, al momento de comulgar.
La impureza del cuerpo es cuando se cometen cosas malas con el cuerpo, y son todos los pecados que tienen que ver con el sexto y el noveno mandamiento, los pecados de lujuria, que son los pecados que, como les dijo la Virgen en Fátima a los Pastorcitos, “son los que más almas llevan al Infierno”. La pornografía, el vestir escandalosamente, el tener relaciones antes del matrimonio, o extra-matrimoniales, o contra la naturaleza, son todas cosas prohibidas por Dios en sus Mandamientos, y quien los contraría, contraría al mismo Dios, que los promulgó.
La Virgen es modelo de pureza de cuerpo para recibir a Jesús en la Eucaristía, porque cuando el Ángel le anunció que Ella iba a ser la Madre de Dios, Ella era Virgen, y fue Virgen antes, durante y después del parto, y continúa siéndolo por toda la eternidad, y lo seguirá siendo por todas las eternidades de eternidades. La Virgen concibió en su Cuerpo Virginal al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo, sin intervención de varón, porque la Concepción del Verbo de Dios fue milagrosa y fue así: el Espíritu Santo llevó al Hijo de Dios, desde el seno del eterno Padre, al seno virginal, el útero materno de la Virgen, y lo implantó, al tiempo que creó, en ese mismo momento, la célula masculina y el alma de Jesús de Nazareth, y así fue como dio comienzo la existencia terrena del Hombre-Dios Jesucristo. Jesús es Dios Hijo encarnado, pero en su concepción no intervino varón alguno, porque San José fue solo esposo legal de María Virgen y su matrimonio fue solo un matrimonio legal. La Virgen fue Virgen antes, durante y después del parto, y por eso la Virgen, fue Purísima en su Cuerpo virginal, porque tenía que recibir el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.
De esta manera, la Virgen es modelo de pureza de cuerpo para nosotros, para nuestra comunión eucarística, en donde recibimos el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Al igual que la Virgen, que fue Pura de cuerpo, también nuestro cuerpo debe estar puro, por la gracia santificante, por la confesión sacramental, al momento de la comunión eucarística, y por eso, la Virgen es nuestro modelo de Pureza de cuerpo para comulgar.
Por todo esto, la Virgen, como Inmaculada Concepción, es modelo de pureza de mente, de corazón y de cuerpo y a Ella, como a Nuestra Madre del cielo, debemos siempre contemplarla e imitarla, para recibir, purificados por la gracia santificante, a Jesús en la Eucaristía. Esto es lo que quiere decir que la Virgen es “Inmaculada Concepción”, y para esto nos sirve que Ella sea “Inmaculada Concepción”, en nuestra vida diaria.

Propósito: la confesión sacramental para recibir con pureza de mente, de corazón y de cuerpo a Jesús en la Eucaristía, en estado de gracia, a imitación de la Inmaculada Concepción. 

jueves, 27 de noviembre de 2014

La Inmaculada Concepción, modelo de nuestro “Sí” a la Voluntad de Dios


         La Virgen María es nuestro modelo para decir que “Sí” a la Voluntad de Dios en nuestras vidas. Todo lo que tenemos que hacer, es contemplarla a Ella en el momento en el que el Arcángel Gabriel le anuncia que Dios la ha elegido para ser Madre del Hijo Eterno de Dios (Lc 1, 28). La Virgen, al saber que es Voluntad de Dios, no duda ni por un instante en dar el “Sí” a lo que Dios quiere y la razón por la que dice que “Sí”, es que ama a Dios con todo su ser, con toda su alma, con toda su mente, con todo su corazón, y por eso, le basta con saber que es Voluntad de Dios, para querer y amar su Voluntad con todas las fuerzas de su ser, y por eso dice inmediatamente que “Sí”, que quiere que se haga en Ella la Voluntad de Dios: “He aquí la Esclava del Señor; se haga en mí según su Voluntad”.
         En ese “Sí” de la Virgen, estaba comprendida la profecía de Simeón, cuando la Virgen habría de llevar a su Hijo recién nacido al Templo, en la ceremonia de la Presentación del Señor: “Una espada de dolor te atravesará el corazón” (Lc 2, 33-35); la Virgen acepta y ama la Voluntad de Dios, aun cuando es la Voluntad de Dios que una espada de dolor le atraviese el corazón, porque su Hijo, el Hijo de sus entrañas virginales, será el Mesías, que será entregado como Hostia Inmaculada en el Santo Sacrificio de la Cruz, para la salvación del mundo, y la Virgen, a pesar de esto, ama y acepta la Voluntad de Dios.
         En el “Sí” de la Virgen estaba comprendida la participación espiritual de la Virgen en la Pasión de su Hijo Jesús, porque aunque Ella no participó físicamente de la Pasión, en el sentido de que no sufrió en su Cuerpo purísimo los azotes y los golpes y la coronación de espinas que sufrió su Hijo, sí los sufrió moral y espiritualmente, porque estaba tan unida por el Amor a su Hijo Jesús, que todo lo que le pasaba a su Hijo, repercutía en su Corazón y en su Alma, de manera tal que puede decirse que la Pasión que sufrió su Hijo Jesús físicamente la padeció la Virgen moral y espiritualmente, y por eso la Virgen es Corredentora, y a pesar de eso, la Virgen le dijo “Sí”, a la Voluntad de Dios.
         En el “Sí” de la Virgen a la Voluntad de Dios, estaba comprendida la entrega del Amor de sus entrañas, su Hijo Jesús, para la salvación del mundo, en el sacrificio de la cruz, y la Virgen habría de hacerlo años después, cuando, erguida al pie de la cruz (cfr. Jn 19, 25-27), como Nuestra Señora de los Dolores, actuara como Sacerdotisa que ofrecería al Padre la Víctima Inmaculada, Pura y Santa, que salvaría a los hombres de la eterna perdición, les infundiría su filiación divina y los conduciría al cielo, para hacerlos bienaventurados por toda la eternidad en el seno eterno del Padre, y por este motivo, es que la Virgen también es Corredentora, porque al pie de la cruz, se desprendió de la Fuente de su Amor y de su Vida, su Hijo Jesús, para que nosotros los hombres, fuéramos salvados de la eterna condenación, y a pesar de ese dolor, que fue la actualización y el cumplimiento cabal de la profecía de Simeón: “Una espada de dolor te atravesará el corazón”, la Virgen le dijo que “Sí” a la Voluntad de Dios.
         La Virgen le dijo que “Sí” a la Voluntad de Dios, aunque en ese “Sí” estaban comprendidos los tres días de amargo luto que habría de sobrellevar por la muerte de su Hijo: el Viernes Santo, el Sábado Santo, y el amanecer del Domingo de Resurrección; cuando la Virgen le dijo que “Sí” al Arcángel que le anunciaba que era la Elegida para ser la Madre de Dios, la Virgen no le cuestionó que porqué iba a tener que pasar días de dolor, y nadie pasó días más amargos y de más dolor que la Virgen, porque es Ella quien habla en el Libro de las Lamentaciones: “Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad, fijaos: ¿Hay dolor como mi dolor?” (Lam 1, 12), porque no hay dolor más grande que el dolor de la Madre de Dios al ver muerto a su Hijo Dios en la cruz, luego de sufrir terribles dolores, después de tres horas de dolorosa agonía, y a pesar de esto, la Virgen dijo que “Sí” a la Voluntad de Dios, y no solo nunca se quejó de la Voluntad de Dios, sino que siempre, y sobre todo en las horas más amargas y tristes, encontró la Virgen que la Voluntad de Dios para su vida era un néctar más dulce que la miel y por eso en todo momento dijo siempre: “Sí, hágase en mí según su Voluntad”.
         Por todo esto, cuando nos sea difícil e incomprensible comprender o aceptar la Voluntad de Dios en nuestras vidas, elevemos la mirada del alma a la Virgen Santísima, la contemplemos en su Inmaculada Concepción, la contemplemos en el momento del Anuncio del Ángel, meditemos en su “Fiat”, en su “Sí” amoroso a la amorosa Voluntad de Dios, y le pidamos la gracia que sea Ella quien mueva nuestros corazones y nuestros labios, para que también nosotros, junto con Ella, desde su Inmaculado Corazón, le digamos a Nuestro Amado Dios: “Fiat”, “Sí, hágase tu amadísima y santísima Voluntad, oh Dios Uno y Trino, en mi pobre y humilde vida. Amén”.


miércoles, 26 de noviembre de 2014

Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa


La Medalla Milagrosa se originó en una de las apariciones de la Virgen se le apareció a Santa Catalina Labouré[1]; en concreto, en la aparición del 27 de noviembre de 1830. Por lo tanto, es muy importante conocer esa aparición, porque conociendo esa aparición, conoceremos el significado y el contenido de las promesas de la magnífica Medalla Milagrosa. Además, nos daremos cuenta que la Medalla Milagrosa es un pequeño compendio de la Fe, algo así como un Credo o un Catecismo de la Fe, que enciende nuestros corazones en el Amor a Jesús y a la Virgen, porque nos hace repasar los principales misterios de la salvación, predisponiendo de esa manera nuestros corazones, a recibir las gracias que solicitamos.
Según las narraciones de la santa, es día, se le apareció la Virgen, “vestida de blanco, con mangas largas y túnica cerrada hasta el cuello”; su cabeza estaba cubierta “con un velo blanco que sin ocultar su figura caía por ambos lados hasta los pies”, y cuando describió su rostro, sólo dijo que “era la Virgen María en su mayor belleza”. Santa Catalina describió a la Virgen con “sus pies posando sobre un globo blanco, del que únicamente se veía la parte superior”, que “aplastaban una serpiente verde con pintas amarillas”; las manos de la Virgen estaban “elevadas a la altura del corazón y sostenían otro globo pequeño de oro, coronado por una crucecita”. La Virgen, según Santa Catalina, “mantenía una actitud suplicante, como ofreciendo el globo”; a veces miraba al cielo y a veces a la tierra”. Luego sucedió algo en las manos de la Virgen: sus dedos se llenaron de anillos, que comenzaron –algunos, no todos- a despedir luces: “De pronto sus dedos se llenaron de anillos adornados con piedras preciosas que brillaban y derramaban su luz en todas direcciones, circundándola en este momento de tal claridad, que no era posible verla. Tenía tres anillos en cada dedo; el más grueso junto a la mano; uno de tamaño mediano en el medio, y uno más pequeño, en la extremidad. De las piedras preciosas de los anillos salían los rayos, que se alargaban hacia abajo; llenaban toda la parte baja”.
Mientras Sor Catalina contemplaba a la Virgen, Ella la miró y hablándole a su corazón le explicó el significado de lo que veía: “Este globo que ves (a los pies de la Virgen) representa al mundo entero, especialmente Francia y a cada alma en particular. Estos rayos simbolizan las gracias que yo derramo sobre los que las piden. Las perlas que no emiten rayos son las gracias de las almas que no piden”. De esa manera, la Virgen se daba a conocer como la Mediadora de las gracias que nos vienen de Jesucristo.
El globo de oro (la riqueza de gracias) se desvaneció de entre las manos de la Virgen. Sus brazos se extendieron abiertos, mientras los rayos de luz seguían cayendo sobre el globo blanco de sus pies. En este momento se apareció una forma ovalada en torno a la Virgen y en el borde interior apareció escrita la siguiente invocación: “María sin pecado concebida, ruega por nosotros, que acudimos a ti”. Estas palabras formaban un semicírculo que comenzaba a la altura de la mano derecha, pasaba por encima de la cabeza de la Santísima Virgen, terminando a la altura de la mano izquierda.
Oyó de nuevo la voz en su interior: “Haz que se acuñe una medalla según este modelo. Todos cuantos la lleven puesta recibirán grandes gracias. Las gracias serán más abundantes para los que la lleven con confianza”.
La aparición, entonces, dio media vuelta y quedó formado en el mismo lugar el reverso de la medalla.
En él aparecía una M, sobre la cual había una cruz descansando sobre una barra, la cual atravesaba la letra hasta un tercio de su altura, y debajo los corazones de Jesús y de María, de los cuales el primero estaba circundado de una corona de espinas, y el segundo traspasado por una espada. En torno había doce estrellas.
La misma aparición se repitió, con las mismas circunstancias, hacia el fin de diciembre de 1830 y a principios de enero de 1831. La Virgen dijo a Catalina: “En adelante, ya no verás, hija mía; pero oirás mi voz en la oración”.
Un día que Sor Catalina estaba inquieta por no saber que inscripción poner en el reverso de la medalla, durante la oración, la Virgen le dijo: “La M y los dos corazones son bastante elocuentes”.
¿Qué significado tienen los símbolos y cuál es el mensaje espiritual de la Medalla Milagrosa? Como hemos visto, algunos han sido explicados por la misma Virgen.
En el Anverso:
-María aplastando la cabeza de la serpiente que está sobre el mundo. Ella, la Inmaculada, tiene todo poder en virtud de su gracia para triunfar sobre Satanás. La Virgen es, en el Génesis, la “Mujer que aplasta la cabeza de la Serpiente” (Gn 3, 15), y lo hace porque, en virtud de ser Ella la Madre de Dios, su Hijo Dios la ha hecho partícipe de su poder divino, y es así que para el Dragón infernal, Satanás, el delicado piececito de mujer de la Virgen, pesa más que miles de universos enteros, porque la Virgen tiene el poder divino participado por el mismo Dios Hijo en Persona. Ése es el motivo por el cual el Demonio tiembla de terror y de espanto ante el solo Nombre de María Virgen, y es el motivo por el cual la Virgen le aplasta su cabeza orgullosa de Serpiente infernal: porque tiene el poder participado por Dios.
-El color de su vestuario y las doce estrellas sobre su cabeza: la mujer del Apocalipsis, vestida del sol. La Virgen aparece al principio de las Escrituras, en el Génesis, como la Mujer que aplasta la cabeza de la Serpiente infernal, y aparece al final de las Escrituras, en el Apocalipsis, resplandeciente, como “la Mujer revestida de sol” (12, 1), y siempre por ser Ella la Inmaculada Concepción, la Llena de Gracia, la Purísima, la Inhabitada por el Espíritu Santo, la Madre de Dios; si al principio de las Escrituras aparece como aplastando al Dragón, en el Apocalipsis aparece el Gran Signo Divino, que junto a la Cruz de Jesús, anuncia a los hombres el Triunfo de Dios sobre el Ángel caído; la Virgen es la “Mujer revestida de sol”, porque Ella está inhabitada por el Espíritu Santo y es Morada de la Santísima Trinidad, y ante su presencia, las huestes del infierno se hunden en los abismos aullando de terror, mientras los ángeles y santos de Dios exultan de gozo y alegría.
-Sus manos extendidas, transmitiendo rayos de gracia, señal de su misión de Madre y Mediadora de las gracias que derrama sobre el mundo y a quienes se lo pidan. Nuestro Señor en la cruz, nos la dio como Madre y en las Bodas de Caná intercedió para que Jesús obrara el primer milagro público, la conversión del agua en vino de la mejor calidad, símbolo de la conversión del vino del altar en la Sangre del Cordero. Al concedernos a la Virgen en su doble condición de Madre y Medianera de todas las gracias, Dios quiere asegurarse nuestra salvación eterna a toda costa, porque sabe que cuando un hijo de esta Madre Amantísima acude a Ella, al ver esta Madre, que es puro Amor, que su hijo descarriado está en peligro de condenarse, no dejará de mover cielo y tierra, para conseguir las gracias necesarias para que su hijo se salve. La infinita Sabiduría y el Amor Eterno de Dios han querido darnos una Madre que, además de Amantísima, es Medianera de todas las gracias, de manera que acudiendo a Ella, estaremos siempre seguros de conseguir las gracias que necesitamos, para nosotros y para nuestros seres queridos, para la eterna salvación. Debemos pedir gracias sin temor, porque la misma Virgen nos anima a pedirlas, ya que Ella dice que “las perlas que no emiten rayos son las gracias de las almas que no piden”.
-Jaculatoria: “María, sin pecado concebida, ruega por nosotros, que recurrimos a Ti”. Se trata del Dogma de la Inmaculada Concepción, dado a conocer antes de la definición dogmática de 1854. También se trata de la misión de intercesión, confiar y recurrir a la Madre. La Virgen es concebida sin pecado, por eso es “Inmaculada Concepción”, es decir, concebida “sin mácula”, sin mancha de pecado. Esto quiere decir muchas cosas: quiere decir que la Virgen nunca tuvo ni la más pequeñísima sombra, no siquiera de malicia, porque no era capaz de cometer ni el más ligerísimo pecado venial, sino ni siquiera la más pequeñísima imperfección. Pero además, la Virgen era “Llena de Gracia”, lo cual quiere decir, “inhabitada por el Espíritu Santo”, y esto desde el primer instante de su Concepción Inmaculada, y esto, porque la Virgen estaba destinada a ser la Madre de Dios: no podía estar contaminada con la malicia del pecado, la que iba a ser la Madre de Dios Hijo, que por definición, era el Ser en el grado más perfecto de pureza y de santidad. Y como la Virgen es Inmaculada, Pura, e infinitamente agradable a Dios, puede interceder por nosotros, y es por eso que debemos recurrir a Ella, si queremos obtener algo de Jesucristo, ya que enseñan los santos que, si vamos nosotros, por nosotros mismos, a Jesucristo, directamente, con toda probabilidad, seremos rechazados, pero si vamos por medio de María, seremos aceptados.
-El globo bajo sus pies: significa que la Virgen es Reina del cielos y tierra. No puede ser de otra manera, puesto que su Hijo, Jesucristo, es Rey de cielos y tierra, y al ser Asunta la Virgen, su Madre, Él la coronó como Reina de cielos y tierra. Pero así como Jesucristo obtuvo su corona de gloria luego de ser coronado de espinas, así también la Virgen recibió de su Hijo Jesucristo, la corona de luz y de gloria, luego de participar espiritualmente de su Pasión y de su corona de espinas. Por eso es que nosotros, como hijos de la Virgen que somos, si queremos ser coronados de gloria, como nuestra Madre celestial y como Jesús, entonces también pedimos ser coronados con la corona de espinas de Jesús y pedimos participar espiritualmente, como participó la Virgen espiritualmente, de la Pasión de Jesús. Sólo así, participando de la misma corona de espinas y de la Pasión de Jesús, seremos coronados de gloria como la Virgen, en el cielo, por Jesús.
-El globo en sus manos: significa el mundo –las almas- ofrecido a Jesús por sus manos. Todas las almas, están en las manos de la Virgen, que se las ofrece a Jesús, para que Jesús las guarde en su Sagrado Corazón y de su Sagrado Corazón las lleve al Padre.
En el reverso:
-La cruz. Por la cruz, a la luz. Por la cruz del Calvario, a la luz de la gloria. No hay salvación sin cruz; la cruz de Jesús es el camino al cielo. La cruz de Jesús convierte la ira del Padre en Amor Misericordioso, porque cuando Jesús se interpone entre Dios Padre y nosotros con su cruz, Dios Padre nos mira a través de las llagas de Jesús, y así su ira divina, justamente encendida por nuestras iniquidades y maldades, no solo se aplaca, sino que desaparece y se convierte en Divina Misericordia, que se derrama sobre las almas por medio de la Sangre que mana a través de las heridas abiertas de Jesús.
-La letra M. Es el símbolo de María y de su maternidad espiritual. La Virgen es nuestra Madre del cielo, porque Jesús nos la entregó antes de morir, como supremo don de su Sagrado Corazón, cuando le dijo a Juan: “Hijo, he ahí a tu Madre” (Jn 19, 27). En Juan estábamos representados todos los hombres, y fue en ese momento, de supremo dolor, que la Virgen nos concibió en su Inmaculado Corazón, como hijos adoptivos, y fue en ese admirable momento en el que, a la sombra de la cruz, bajo la forma del amor maternal de una Madre celestial, la Misericordia Divina comenzó a tomar posesión de nuestras almas, para salvarlas y conducirlas al cielo.
-La barra. Es una letra del alfabeto griego, “yota” o I, que es monograma del nombre, Jesús. “No hay otro nombre dado bajo el cielo para nuestra salvación” (Hch 4, 12), y eso es lo que nos recuerda la Medalla Milagrosa.
Agrupados ellos: La Madre de Jesucristo Crucificado, el Salvador. La Medalla Milagrosa nos recuerda este hecho: la Virgen está al pie de la cruz, en el Calvario, y está al pie de la cruz en el altar eucarístico, en la Santa Misa, porque la Santa Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la cruz.
-Las doce estrellas. Signo de la Iglesia que Cristo funda sobre los Apóstoles y que nace en el Calvario de su Inmaculado Corazón traspasado.
-Los Dos Corazones. Significan la Corredención y la unidad indisoluble entre los Corazones del Hijo y de la Madre, además de la futura devoción a los dos y su reinado. La Virgen María es Corredentora porque participa espiritualmente de la Pasión Redentora de su Hijo Jesús. Si bien Ella no participó físicamente de los tormentos que sufrió su Hijo, sí los sufrió moral y espiritualmente; además, desde que dio su “Sí” al Anuncio del Ángel a la Voluntad del Padre, a la Encarnación del Verbo, que era ofrecer su Hijo  por la salvación de los hombres; al ofrecerlo a su Hijo en el Nacimiento, en Belén, Casa de Pan, como Pan de Vida eterna; al ofrecerlo al pie de la cruz, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad; al ofrecerlo cada vez, en la Santa Misa, como la Madre Iglesia, en la Eucaristía, como Pan Vivo bajado del cielo, la Virgen participa activamente de la Redención, porque Ella ofrece a su propio Hijo, al Hijo de sus entrañas, que si bien es el Hijo Eterno del Padre, es también Hijo de sus entrañas humanas y maternas, de madre humana, por la parte humana que tiene Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios, y porque la Virgen ofrece activamente a su Hijo por la Redención de los hombres y participa espiritualmente de la Pasión de su Hijo, la Virgen es Corredentora, junto a su Hijo, el Redentor del mundo, y por eso, la Medalla Milagrosa, nos recuerda a los Dos Sagrados Corazones de Jesús y de María juntos.
Y, por último, el nombre de la medalla: la Medalla se llamaba originalmente: “de la Inmaculada Concepción”, pero al expandirse la devoción y al haber sido concedidos tantos milagros a través de ella, se le cambió el nombre y se la comenzó a llamar popularmente “La Medalla Milagrosa”.
Y, como dice el dicho: “Cuando el río suena, agua trae”. Y en este caso, el río suena, porque trae agua, mucha agua; tanta agua, que es un mar, y un mar de gracias: las gracias de la Medalla Milagrosa.





[1] http://www.corazones.org/maria/medalla_milagrosa.htm

jueves, 20 de noviembre de 2014

La Presentación de la Santísima Virgen María


Celebramos, junto con toda la Iglesia, la Presentación en el Templo de la niña Santa María. El origen de esta hermosa fiesta mariana se encuentra en el escrito apócrifo llamado “Protoevangelio de Santiago”, según el cual, cuando la Virgen María era muy pequeña, sus padres, San Joaquín y Santa Ana, la llevaron al templo de Jerusalén, dejándola por un tiempo, junto con otro grupo de niñas, para ser instruida respecto a la religión y a los deberes para con Dios[1]. Se trataría, en realidad, de una profundización de la consagración a Dios que la Virgen había hecho ya desde el momento de su Inmaculada Concepción y de la consagración que sus mismos padres habían hecho de Ella a Dios en el momento de su nacimiento, en acción de gracias por haberla concebido. Según este evangelio apócrifo, y según la Tradición, Joaquín y Ana llevaron a la Virgen al templo para consagrarla a Dios, en acción de gracias a Dios por el nacimiento de la Niña; a su vez, la Virgen, que desde su Inmaculada Concepción estaba consagrada a Dios, al tomar autoconciencia de sí misma, se presentaba voluntariamente en el templo, acompañada de sus padres, para consagrarse formalmente a Dios en cuerpo, mente y alma, para cumplir con la Voluntad de Dios en su vida, hasta el último segundo de su existencia terrena.
Por esto mismo, en Occidente, se presenta a esta Presentación de la Virgen, llevada a cabo por Joaquín y Ana, pero al mismo tiempo, llevada a cabo por la Virgen en persona, pues ya tenía conciencia, a pesar de la corta edad de tres años, como el símbolo de la consagración que la Virgen Inmaculada hizo de sí misma al Señor en los inicios de su vida consciente.
A su vez, las Iglesias orientales conmemoran este día la Entrada de María en el Templo para indicar que, aunque era purísima, no obstante, cumplía con los ritos antiguos de los judíos para no llamar la atención. La liturgia bizantina, en esta fiesta, canta a la Virgen, nombrándola como “la fuente perpetuamente manante del amor, el templo espiritual de la santa gloria de Cristo Nuestro Señor”[2].
         Si bien la Virgen era ya, desde su Inmaculada Concepción, Templo de la Santísima Trinidad, puesto que en Ella inhabitaban las Tres Divinas Personas, ahora, al cumplir los tres años de edad, y al tomar auto-conciencia de sí misma, la Virgen se presenta a sí misma en el templo como Templo Viviente en el que habrá de morar el Verbo de Dios por la Encarnación. La Virgen sabe que Ella está destinada a ser la Madre de Dios por la Encarnación del Verbo en su seno purísimo, y por ese motivo, se dirige al templo material, de manos de sus padres, Joaquín y Ana, para consagrarse como Morada Santa, en la que habrá de alojarse la Palabra de Dios encarnada; la Virgen se presenta en el templo para consagrarse a Dios como futuro Sagrario Viviente, en el que habrá de vivir, durante nueve meses, el Verbo Eterno de Dios, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad; la Virgen se presenta en el templo material, para consagrarse como Custodia Viva, más preciosa que el oro y la plata, porque en su seno virginal habrá de encarnarse milagrosamente, en el futuro, por obra del Espíritu Santo y sin concurso de varón, el Hijo de Dios, que así se convertirá en su Hijo, para que Ella lo nutra con su propia sangre y con su propia carne, y así el Hijo de Dios, Invisible por ser Espíritu Purísimo, adquiera un Cuerpo de Niño humano, visible, para ser ofrecido luego al mundo como el Cordero de Dios que habrá de inmolarse en el Santo Sacrificio de la cruz, para la salvación de los hombres.
En esta sencilla imagen, entonces, está contenida y representada esta hermosa fiesta mariana: los padres de la Virgen, Joaquín y Ana, los abuelos de Jesús, llevan a la Virgen al templo, para que la Virgen, al ser recibida por un sacerdote, sea consagrada en cuerpo y alma a Dios, de manera tal que pueda recibir el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del Verbo de Dios Encarnado, ante el Anuncio del Ángel. Esta Presentación y posterior consagración de la Virgen serán las “maravillas” de las cuales dará gracias la Virgen, posteriormente, en el Magnificat[3].
Ahora bien, la Presentación y consagración de la Madre es el modelo de la presentación de los hijos, porque así como fue presentada y consagrada la Madre en el templo, con el único objetivo de recibir el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del Hombre-Dios Jesucristo al producirse la Encarnación, así también los hijos de la Virgen, por el bautismo sacramental, son presentados por el sacerdote y consagrados como “templos del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19) por acción de la gracia santificante, con el objetivo de que sus corazones se conviertan en altares vivientes y en custodias vivas en donde se reciba por el amor y se adore el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, la Sagrada Eucaristía, por la comunión eucarística. En la Fiesta de la Presentación de la Virgen, Fiesta por la cual la Virgen se consagra a Dios como Sagrario Viviente para recibir y alojar por el Amor el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de su Hijo Jesús, el cristiano tiene que ver el anticipo y el modelo de su comunión eucarística, y aprovechar la misma Fiesta de la Presentación, a imitación de la Virgen, para presentar y consagrar su propio corazón, como altar y sagrario viviente que aloje en su interior la Eucaristía.




[1] https://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=610
[2] http://es.catholic.net/op/articulos/35201/cat/214/presentacion-de-la-virgen-maria.html
[3] http://es.catholic.net/op/articulos/35201/cat/214/presentacion-de-la-virgen-maria.html

domingo, 2 de noviembre de 2014

María, Madre y Medianera de la Gracia


A la Virgen María se la llama “Medianera o Mediadora de todas las Gracias” desde muy antiguo en la Iglesia, pero es recién en el año 1921 en el que se introduce una fiesta dedicada a la Madre de Dios, con el título específico de “María, Medianera de todas las gracias”.
¿Qué significa este título? ¿Cuál es la razón por la que la Virgen es “Medianera de todas las gracias?
         La razón radica en la naturaleza misma de la Virgen María: Ella es la Inmaculada Concepción y la Llena de gracia, porque estaba destinada, desde toda la eternidad, a ser la Madre de Dios; como tal, no podía estar contaminada ni siquiera mínimamente con la más ligerísima mancha del pecado original y por eso fue concebida sin pecado –Inmaculada Concepción- e inhabitada por el Espíritu Santo –Llena de gracia-. Pero además de ser la Madre de Dios, la Virgen tuvo el encargo de ser la Madre de toda la humanidad, porque así lo dispuso Nuestro Señor Jesucristo, cuando antes de morir en la cruz, le dio la Virgen a Juan por Madre, diciéndole: “Hijo, he ahí a tu Madre”, y diciéndole a la Virgen: “Madre, he ahí a tu hijo”. De esta manera, la Virgen, por ser la Madre de Dios, era ya en sí misma, por su misma naturaleza, la Madre de todas las gracias, porque al dar a luz virginalmente a su Hijo Jesús, nos daba todas las gracias, porque nos daba a Jesús, que es la Gracia Increada; pero además, al ser la Madre de todos los hombres, era también la Medianera de todas las gracias, porque siendo Madre celestial, se habría de comportar con nosotros, los hombres, como se comportan todas las madres de la tierra con sus hijos, esto es, dándoles alimentos y toda clase de bienes, y en el caso de la Virgen, el principal alimento que Ella habría de darnos, sería la Eucaristía, al ser Ella Nuestra Señora de la Eucaristía y Madre de la Eucaristía, y los principales bienes que habría de darnos, sería su mediación maternal, para obtener la gracia santificante. Así lo sostienen los grandes santos de la Iglesia: “Las madres no contabilizan los detalles de cariño que sus hijos les demuestran; no pesan ni miden con criterios mezquinos. Una pequeña muestra de amor la saborean como miel, y se vuelcan concediendo mucho más de lo que reciben. Si así reaccionan las madres buenas de la tierra, imaginaos lo que podremos esperar de nuestra Madre Santa María”[1]; “María es el tesoro de Dios y la tesorera de todas las misericordias que nos quiere dispensar”[2]; “Siempre que tengamos que pedir una gracia a Dios, dirijámonos a la Virgen Santa, y con seguridad seremos escuchados”[3].
         Le confiemos entonces a la Virgen María, Medianera de todas las Gracias, todo lo que somos y lo que tenemos, todo nuestro ser, nuestro pasado, presente y futuro, nuestros bienes espirituales y materiales, nuestros seres queridos y nuestro propio ser, para que Ella los colme de todas las gracias necesarias para la contrición perfecta del corazón, para la conversión y la eterna salvación, puesto que lo único y más importante en esta vida es la salvación del alma, confiados en las palabras de San Bernardo: “Aquello poco que desees ofrecer, procura depositarlo en manos de María, graciosísimas y dignísimas de todo aprecio, a fin de que sea ofrecido al Señor, sin sufrir de Él repulsa”[4].




[1] San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 280.
[2] San Alfonso María de Ligorio, Visitas al Santísimo Sacramento, 25.
[3] Santo Cura de Ars, Sermón sobre la pureza.
[4] Homilía en la Natividad de la Beata Virgen María, 18.

sábado, 4 de octubre de 2014

Nuestra Señora del Rosario


         En el año 1214, Santo Domingo de Guzmán, luego de predicar por un tiempo en Francia, en una región dominada por la herejía de los cátaros albigenses (como los maniqueos, creían en un dualismo entre el principio del bien y del mal, y entre el espíritu y la materia, originándose el espíritu en la materia; sostenían además que Jesús no era Dios Hijo, sino solo un ángel y que su muerte y resurrección tenían un sentido meramente alegórico; por lo tanto, consideraban que la Iglesia Católica, con su realidad terrena y su fe en la Encarnación del Verbo, era un factor de corrupción), desanimado tanto por la dureza de los corazones de los herejes, como por la tibieza de los católicos, sufrió un estado de profunda angustia y desolación espiritual. Entonces, se fue solo al bosque, en donde oró y lloró en soledad, durante tres días, haciendo además ayuno a pan y agua, además de otras duras penitencias corporales, para aplacar  a la Justicia Divina. Luego de los tres días, se le apareció la Virgen, acompañada por tres ángeles y le dijo: "Querido Domingo, ¿sabes qué arma quiere usar la Santísima Trinidad para reformar el mundo?". La respuesta de Santo Domingo fue que él no lo sabía, pero que sí lo sabía la Virgen, puesto que Ella era parte de nuestra salvación. La Virgen le dijo entonces: "Quiero que sepas que, en este tipo de guerra, el arma ha sido siempre el Salterio Angélico, que es la piedra fundamental del Nuevo Testamento. Por lo tanto, si quieres llegar a estas almas endurecidas y ganarlas para Dios, predica mi salterio". 
          Después de esta aparición, Santo Domingo predicó el Santo Rosario a los  cátaros albigenses inconversos, obteniendo numerosas conversiones entre ellos, y además despertando el fervor entre los católicos tibios, dando así comienzo a la tradición del rezo del Santo Rosario.
         Entonces, surge la pregunta: ¿por qué no rezar el Rosario? Y ante esta pregunta, viene la respuesta, de parte de una inmensa mayoría de católicos, que deja atónitos y estupefactos: muchos dicen que no rezan el Rosario porque es una oración “aburrida”, “repetitiva”, o “mecánica”, y que por eso prefieren otras oraciones, más “meditativas” y “contemplativas”, como las oraciones de las religiones orientales, cuando no prefieren, directamente, abandonar todo tipo de oración, para reemplazar la oración por los pasatiempos que ofrecen internet o la televisión. Quienes así piensan, no saben, por un lado, cuánto menosprecio hacen de la Sabiduría y del Amor Divino, que fueron los que idearon y obsequiaron el Santo Rosario a la Iglesia, por manos de la Santísima Virgen, a Santo Domingo de Guzmán (y también al Beato Alano de la Roche, a quien, dos siglos después, le dio la lista de catorce promesas para quienes rezaran el Santo Rosario todos los días, incluida la de las gracias necesarias para la eterna salvación) y por otro, no saben cuántos tesoros de gracias y dones inestimables se pierden, al despreciar esta oración celestial, reemplazándola por meditaciones que, en comparación con esta, son poco más que arena y piedras del desierto.
         Para apreciar el tesoro de gracias que nos concede el rezo del Rosario, veamos cómo está constituido, y qué es lo que nos proporcionan cada una de sus oraciones. Como sabemos, el Rosario consta de la enunciación de los misterios de la vida de Jesús, seguidos de un Padre Nuestro, de Diez Ave Marías, y de un Gloria. Al Rezar el Padre Nuestro, honramos a Dios Padre, pero al rezar esta oración, además, renovamos todas las peticiones propias de esta maravillosa oración, que es la oración enseñada por Jesús, y que es la oración propia de los hijos de Dios; con el Gloria, glorificamos a la Santísima Trinidad; con los diez Ave Marías, a la par que contemplamos el misterio de la vida de Jesús que hemos enunciado al inicio, en el espacio de tiempo que dura la vocalización de las Ave Marías, es el tiempo que nos sirve, por un lado, para que nosotros, iluminados y guiados por el Espíritu Santo, contemplemos el misterio de la vida de Jesús, para que lo imitemos en sus admirables virtudes, pero es el tiempo para que también contemplemos la vida de la Virgen y de San José, porque la gran mayoría de los misterios del Rosario, que son pasajes de la vida de Jesús, son fragmentos de la vida familiar de la Sagrada Familia, por lo tanto, son virtudes de la Sagrada Familia para contemplar y para imitar; en otros casos, son pasajes de la Pasión, de la Muerte y de la Resurrección de Jesús, y éste es un primer objetivo del espacio de tiempo de los diez Ave Marías; un segundo objetivo del espacio de tiempo, de los diez Ave Marías de cada misterio del Santo Rosario, es ofrecérselo a la Virgen, de modo especial, para que la Virgen, como Divina Alfarera, actúe sobre nuestros corazones, modelándolos a imagen y semejanza de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, bajo la guía y los suaves y delicadísimos impulsos del Espíritu Santo. Es decir, la repetición de los diez Ave Marías, en cada misterio del Santo Rosario, lejos de ser “mecánica” y “repetitiva”, y lejos de poder ser “reemplazada” por meditaciones de religiones orientales, que sólo tienen vacío y nada, se muestra como el espacio en el que alma, por un lado, iluminada por el Espíritu Santo, contempla los misterios de la vida de Jesús y de su misterio Pascual de Muerte y Resurrección, y los misterios de la Sagrada Familia, para asimilar nuestras vidas a la vida de Jesús, de María y de José, y por otro, es el espacio en el que el Espíritu Santo, por mediación de María, Medianera de todas las gracias, modela el corazón del que reza el Rosario, convirtiéndolo en imagen viviente y en copia viva de los Sagrados Corazones de Jesús y de María.
         Ésa fue la intención de la Santísima Virgen María, cuando se apareció a Santo Domingo de Guzmán y le entregó el Santo Rosario, como oración ideada por la Divina Sabiduría y por el Divino Amor, para los hijos de Dios: que estos, por la recitación pausada de las Ave Marías, de los Padre Nuestros de los Glorias, y contemplando los admirables misterios de la vida del Hombre-Dios Jesucristo y de la Madre de Dios, permitieran, al mismo tiempo, que la Virgen modelara sus corazones, a imagen y semejanza de los Corazones de Jesús y de María, para que siendo una imagen viva del Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María, los cristianos sean “luz del mundo y sal de la tierra”, vivan en el amor de Dios y sean así merecedores del Reino de los cielos.
         Ninguna otra oración, de ninguna otra religión, puede conceder tantas gracias, tantos dones, tantas maravillas, en tan poco tiempo y con tan poco esfuerzo, y por eso da tanta pena escuchar a tantos cristianos decir que no rezan el Rosario, porque es una oración “repetitiva”, “mecánica”, “aburrida”, y que por eso la “reemplazan” por “meditaciones” de “religiones orientales” o por los medios de comunicación.
         De nuestra parte, auxiliados por la mediación de la Madre de Dios, jamás reemplazaremos la nada de las religiones orientales y el vacío de internet y de la televisión, por los misterios insondables de la vida del Hombre-Dios Jesucristo, contemplados en los misterios del Santo Rosario e infundidos por el Espíritu Santo en nuestros corazones, por intermedio de la Santísima Virgen María, Nuestra Señora del Rosario.