Mostrando entradas con la etiqueta pecado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pecado. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de julio de 2020

El Escapulario de la Virgen del Carmen, signo de vida de gracia


Scapular - Escapulario De Nuestra Señora Del Carmen, HD Png ...
         Cuando la Virgen del Monte Carmelo se le apareció a San Simón Stock el 16 de julio de 1251[1], le dijo: “Este debe ser un signo y privilegio para ti y para todos los Carmelitas: quien muera usando el escapulario no sufrirá el fuego eterno”. La Virgen se le apareció con el Niño, quien llevaba el Escapulario en su mano: éste representa el manto de la Virgen, de manera que quien lo usa, se puede decir que está revestido con el manto de la Virgen del Carmen. La Virgen le dice que el Escapulario es “signo y privilegio” para quien lo use y que quien lo use, “no sufrirá el fuego eterno”. Es decir, se trata de un gran privilegio usar el Escapulario, porque quien lo use, no se condenará en el Infierno; tal vez podrá ir al Purgatorio, pero no irá al Infierno. Por esta razón, se considera al Escapulario como un sacramental, como algo que representa y que atrae a la gracia de Dios y hace que el alma desee vivir en gracia.
         Ahora bien, no hay que confundir las cosas y en el caso del Escapulario, si la persona está revestida con el Escapulario que es el manto de la Virgen, debe tener en cuenta que para que se hagan realidad las promesas que conlleva el Escapulario, el alma debe hacer todo el esfuerzo posible por llevar una vida digna de un hijo de la Virgen, que es la vida de todo hijo de Dios. ¿Cómo es esta vida? Es una vida en donde la gracia tiene preeminencia sobre el pecado; por esta razón, el alma que use el Escapulario debe estar dispuesta incluso a perder la vida, antes que perder la gracia. La promesa de la Virgen de que aquel que usara el Escapulario no se habría de condenar, no convierte al Escapulario en un amuleto mágico: lo convierten en un amuleto mágico quienes usan el Escapulario para no ir al Infierno, pero al mismo tiempo no se esfuerzan por llevar una vida de gracia. Entonces, lo repetimos: para que el Escapulario proteja al alma del fuego del Infierno, es necesario que el alma se esfuerce en vivir la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios; es necesario que se esfuerce por alejarse del pecado y por vivir según lo establece la Ley de Dios, reflejada en los Diez Mandamientos. Se equivoca quien cree que puede llevar una vida de pecado y al mismo tiempo evitar el Infierno, sólo por el hecho de llevar el Escapulario de la Virgen del Carmen: sólo se salvará del Infierno quien, además de llevar el Escapulario, haga todo el esfuerzo posible para adquirir la gracia si no la tiene, para conservarla y acrecentarla si ya la tiene. Sólo de esta manera se cumplen las palabras de la Virgen, de que el Escapulario es “signo y privilegio” para el alma que lo lleve, pues ese tal “no sufrirá el fuego eterno”. Pidamos entonces la gracia a la Virgen del Carmen, que es también Mediadora de todas las gracias, de llevar su santo Escapulario siempre en estado de gracia, de modo que, cuando muramos, el Santo Escapulario del Carmen sea no solo lo que impida que vayamos al Infierno, sino que nos transporte al Cielo.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Novena a la Inmaculada Concepción 2016 1


         La Inmaculada Concepción es un modelo para toda nuestra vida como cristianos porque en Ella se unen, como en ninguna otra creatura en el mundo, dos condiciones esenciales para la santidad, que son el rechazo del pecado y la vida de la gracia.
Al ser concebida sin pecado original, la Virgen no cometió nunca, ni un solo pecado, no ya mortal, sino ni siquiera el más pequeño pecado venial; incluso, ni siquiera cometió imperfecciones, porque su humanidad, preservada del pecado, era perfecta. El pecado se origina en el corazón mismo del hombre, como lo dice Jesús: “Es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas”, porque el hombre sí está afectado por el pecado original, en cambio, la Virgen, al tener su Corazón Inmaculado, no tenía ni pecado ni concupiscencia; todo lo que deseaba en su Corazón era  cumplir siempre, y en todo momento, la Voluntad de Dios, y nada amaba que no fuera Dios y si algo amaba fuera de Dios, lo amaba en Dios, para Dios y con Dios. Es en esto en lo que debemos imitarla, y aunque, obviamente, nosotros a diferencia de la Virgen, sí hemos nacido con el pecado original y tenemos sus consecuencias, como es la concupiscencia, la atracción por el pecado, sí podemos igualmente imitarla, y la forma es haciendo el propósito de rechazar todo pecado, todo mal deseo, todo mal pensamiento, toda mala palabra, toda obra mala. Entonces, en esto, sí podemos y debemos imitarla a Nuestra Madre del cielo, haciendo el propósito de rechazar de raíz toda tentación que conduzca al pecado y de no permitir que el pecado se adueñe de nuestro corazón, y el modo de hacerlo, es pedir la gracia de morir antes de consentir siquiera con un pecado venial deliberado, y mucho más, la gracia de morir antes de cometer un pecado mortal.
         La Virgen es también la Llena del Espíritu Santo, porque no solo estuvo exenta de la mancha del pecado original, sino que, al ser la Elegida para ser la Madre de Dios, el Espíritu Santo inhabitó en Ella desde su Inmaculada Concepción, haciendo de su Corazón Inmaculado su lugar de reposo en la tierra. En esto también la Virgen es nuestro modelo de vida, y aunque nosotros somos pecadores, sí podemos hacer el propósito de vivir en estado de gracia santificante, confesando con frecuencia, para conservar siempre el estado de gracia, y acrecentarlo con actos de fe, de caridad y de misericordia.

         

viernes, 23 de septiembre de 2016

Novena a Nuestra Señora de la Merced 6


         ¿En qué consiste ser devotos de la Virgen de la Merced? Primero, veamos en qué NO consiste ser sus devotos: no consiste en acordarse de Ella una vez al año; no consiste en asistir, una vez al año, a su fiesta litúrgica, y luego, durante el resto del año, estar ausente de la Misa y de la Confesión sacramental; no consiste en venir a su fiesta y luego no rezarle en todo el año; no consiste en no cumplir los Mandamientos; no consiste en usar su día, el 24 de Septiembre, para cometer excesos –alcohol, diversiones, etc.-; no consiste en olvidarme de los Mandamientos de Dios. Comportarse así con la Virgen, es como si un hijo le dice a su madre: “Mamá, te amo”, pero luego hace todo lo que a su madre le disgusta. Comportarse así, es ser devotos superficiales de la Virgen de la Merced, que es casi como igual a nada.
         ¿En qué consiste ser devotos de la Virgen de la Merced? Ser devotos de la Virgen de la Merced quiere decir no solo acordarnos de Ella en su día, el 24 de Septiembre, aniversario de la Batalla de Tucumán, sino todos los días del año y todos los días de nuestra vida; es regalarle nuestro tiempo, es dedicarle tiempo para rezar, para regalarle flores espirituales, que son las Ave Marías del Rosario; es demostrarle a la Virgen, así como un hijo le demuestra a su madre su amor, no solo no haciéndola renegar, sino siendo bueno, amable, afectuoso y obediente con ella, que queremos que esté contenta con nosotros, y para así nos esforzamos por vivir en gracia, confesándonos con frecuencia, asistiendo a la Santa Misa a recibir a su Hijo Jesús en la Eucaristía, evitando todo pecado, como un hijo evita hacer, pensar o decir lo que ofende a su madre amada.
Preguntamos nuevamente: ¿en qué consiste ser devotos de la Virgen de la Merced? Y para saberlo, miremos un ejemplo de devoto a la Virgen, como el General Belgrano: confió en Ella en el momento más crucial de su vida, en momentos de peligro, como el día anterior a la Batalla de Tucumán; le prometió y le dio todo lo que él era, que era el ser General, porque al darle el bastón de mando del Ejército, en cierta manera, le estaba dando todo su ser, todo lo que él era en la vida; puso toda su vida en manos de la Virgen, y a lo largo de su vida, demostró, con todas las fallas que los seres humanos tenemos, que deseaba siempre permanecer bajo su maternal manto.
Ser devotos de la Virgen, entonces, es llevarla en el corazón todo el año, o mejor aún, es consagrarnos a Ella, para vivir en su Inmaculado Corazón todo el año, no solo evitando el pecado, sino buscando de darle contento, viviendo los Mandamientos de la Ley de Dios, todos los días, todo el día.
          

         

viernes, 16 de septiembre de 2016

Novena a Nuestra Señora de la Merced 1


         Nuestra Señora de la Merced lleva el título de “Redentora de cautivos”, porque la Orden Mercedaria fundada por San Ramón Nolasco y cuya Patrona era la Virgen de la Merced, tenía la misión de rescatar a aquellos que habían sido tomados prisioneros por los musulmanes en Tierra Santa. Los seguidores de Mahoma habían invadido ilegítimamente Tierra Santa, que pertenecía a la Cristiandad y como respuesta a esta invasión, los cristianos, bajo el llamado de los Papas, organizaron expediciones militares llamadas “Cruzadas”, para recuperar lo que legítimamente les pertenecía, Tierra Santa y los Santos Lugares de la Redención, como el lugar del Nacimiento del Salvador, el Calvario, el Santo Sepulcro, y muchos otros lugares. Como consecuencia de estas invasiones y guerras desencadenadas por la incursión de los mahometanos, sucedía que muchos cristianos eran tomados prisioneros por los seguidores de Mahoma, los cuales exigían un rescate en dinero si es que los querían volver a ver con vida. La Orden Mercedaria, cuya Patrona era la Virgen de la Merced, logró rescatar a numerosos cristianos, llegando incluso a realizar intercambios de religiosos de la Orden a cambio de prisioneros cuando se agotaba el dinero, como sucedió con el caso de San Ramón Nonato, religioso mercedario. Esta es la razón por la cual la Virgen de la Merced lleva, entre otros títulos, el de “Redentora de cautivos”. Y aunque en nuestros días existe una secta islamista extremista llamada “ISIS”, que continúa con la misma intención de hacer del mundo cristiano un califato, caracterizándose por la crueldad satánica que muestra en la ejecución de los prisioneros, sobre todo de los cristianos, la Orden Mercedaria ya no se dedica al intercambio de prisioneros, sino a la evangelización de los gentiles, por medio de diversos apostolados.

         Sin embargo, la Virgen no ha perdido su nombre de “Redentora de cautivos”, porque Ella continúa rescatando y redimiendo a innumerables hijos suyos que se encuentran esclavizados por una esclavitud peor que la de los mahometanos, y es la esclavitud del pecado. En nuestros días, cientos de miles e incluso millones de niños, jóvenes, adultos, se encuentran bajo el yugo esclavizante de todo tipo de pecado, que les impide vivir con la libertad de los hijos de Dios: hedonismo, materialismo, lujuria, drogadicción, sectas de la Nueva Era, magia, ocultismo, brujería, chamanismo, alcoholismo, y el peor de todos, el ateísmo y la apostasía, que hacen renegar de la fe en Nuestro Señor Jesucristo, Dios Hijo hecho hombre sin dejar de ser Dios, y los sumerge en una existencia oscura, tenebrosa, que los encamina a un abismo de perdición eterna. Hoy, más que nunca, por lo tanto, es necesario elevar súplicas y ruegos a la Virgen, Nuestra Señora de la Merced, para que libere a estos hermanos nuestros que se encuentran esclavizados por las duras cadenas del pecado. Y, al igual que hacían los mercedarios, además de ofrecer nuestras oraciones, penitencias, mortificaciones, por la conversión de quienes están esclavizados por el pecado, a imitación de ellos, que se ofrecían a cambio de la liberación de los cristianos prisioneros, nosotros podemos ofrecernos, unidos a Nuestra Señora de la Merced, en la Santa Misa, renovación del Santo Sacrificio de la Cruz, como víctimas en la Víctima, Cristo Jesús, suplicando por la liberación de quienes están bajo el duro yugo del pecado.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Los Milagros de Nuestra Señora del Valle de Catamarca


         Desde los primeros momentos en los que fue encontrada la imagen –cuyo origen nunca pudo ser determinado-, la Virgen obró numerosos prodigios, empezando por los nativos del lugar, a los cuales hizo tantos milagros y aunque no hay registros de estos, basta con revisar las declaraciones y la actitud de los nativos hacia la Virgen, para darnos cuenta de que la Virgen había tocado profundamente sus corazones. En efecto, los indios, que fueron los que la encontraron –o más bien, la Virgen se dejó encontrar por ellos- le tenían muchísimo cariño, demostrado por las continuas flores con las cuales adornaban el precario lugar donde estaba colocada la imagen y por lo que afirmaron cuando Don Manuel de Salazar quiso sacar a la Virgen de la gruta que habían hecho los indios: “(La Virgen) es nuestra, nosotros la queremos. Ella nos cuida, siempre nos defiende”[1].
         Pero además de estos milagros, la Virgen hizo muchísimos otros milagros, de cuya existencia y detalles históricos sí hay constancia. Ahora bien, estos milagros, realizados en favor de los habitantes del lugar y en un momento determinado de la historia, no se limitan ni a esa persona, ni a ese lugar, ni a ese momento de la historia, porque tienen un significado que los sobrepasa y que llega hasta nosotros. Veamos de qué manera.
         Uno de los milagros más conocidos es el que se conoce como “milagro del jarro”: “un hombre estaba a punto de morir cuando recordó a Nuestra Señora del Valle y le rogó por su vida, prometiéndole peregrinar a su Santuario. Poco después recuperó su salud sin alguna explicación visible, a tal punto que sus vecinos se sorprendieron al mirarlo trabaja la tierra como antes. Pasado un tiempo, decidió cumplir su promesa a la Virgen, así que comenzó su largo viaje a Catamarca por las extensas salinas. En la iglesia contó a un sacerdote que él había recuperado su salud por segunda vez gracias a la “ayuda” de la Virgen, había hecho un viaje muy largo y difícil por las Salinas Grandes, sin agua para beber cerca. Por esa razón él y su mulo se morían de sed. Entonces, otra vez, le rogó a la Virgen pidiéndole ayuda y Ella le respondió milagrosamente. Dijo con lágrimas en los ojos que “… de un jarro plateado que apareció repentinamente en el camino, salía mucha agua, como si fuera una fuente que fluye del corazón de la tierra, para que podamos ambos satisfacer nuestra sed”. Él sacó de su bolso el jarro plateado y lo entregó al sacerdote. Era el jarro plateado que había desaparecido del Santuario de la Virgen. Este jarro se llama actualmente “El Jarro Milagroso” o el “Jarro de la Virgen”[2]. El hombre que atraviesa el desierto hacia el templo donde están Jesús y la Virgen, representa al Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados de la Iglesia Católica, que peregrinan en el desierto de la vida, hacia la Jerusalén celestial, donde los esperan Jesús y la Virgen; el peligro de muerte del hombre, a causa del intenso calor y de la falta de agua, representa la acción del pecado en el alma, y sobretodo el pecado mortal, que la asfixia hasta matarla; el jarro de plata, que aparece milagrosamente, de la nada, en medio del desierto, y de cuyo interior brota inagotablemente agua fresca, la que salva la vida del hombre y del animal en el que venía, representa a Jesús, que en cuanto Hombre-Dios, es la Fuente inagotable de la gracia, la cual brota de su Corazón como de una fuente inagotable, según Él mismo lo dice a través del Profeta Jeremías: “Me dejaron a Mí, fuente de agua viva, para cavarse cisternas, cisternas agrietadas, que no retienen el agua”, significando así el abandono de su pueblo para ir a postrarse ante ídolos paganos; el agua que brota del jarro, es, por supuesto, la gracia santificante, que no solo borra el pecado, sino que concede al alma una vida nueva, la vida de los hijos de Dios; el hecho de que el hombre implorara a la Virgen y que el jarro apareciera inmediatamente, se debe a la condición de la Virgen como “Mediadora de todas las gracias”, lo cual quiere decir que no hay ninguna gracia, por pequeña o grande que sea, que no venga a través de la Virgen.
         El hombre del jarro somos todos y cada uno de nosotros, y si acudimos a la Virgen, Ella nos auxiliará sin dudarlo un solo instante, concediéndonos las gracias más que suficientes para nuestra eterna salvación.
         La Virgen resucita a un niño: “A Don Ignacio Moreno Gordillo, conocido y respetado vecino de Santa Cruz le fallece un hijo. Es así que sus padres cargan con el cuerpo rumbo al Valle para depositarlo a los pies de la Virgen, y prometen que si vivía lo consagrarían a su exclusivo servicio como sacerdote y capellán del Santuario. Una vez depositado el cuerpecito ya rígido, a los pies de la Portentosa Imagen, éste comienza a moverse, se anima y revive”[3]. La Virgen es símbolo de la Iglesia; el niño muerto representa al alma muerta por el pecado mortal; el regreso a la vida del niño luego de la intervención de la Virgen, simboliza la recuperación de la vida de la gracia del alma muerta por el pecado mortal, por medio del Sacramento de la Penitencia, impartido por la Iglesia, que representa a la Virgen, a través del sacerdote ministerial.
         La Virgen devuelve la vista a un ciego: “el Presbítero Dr. Pedro Ignacio Acuña había quedado ciego, el cura de la Matriz y el clero deciden llevar en procesión la Imagen de la Virgen a la casa del enfermo, postrado de rodillas oró en silencio un corto tiempo, y después habló en voz alta a la Virgen para pedirle que si convenía le devolviera la vista perdida, y si no le diera resignación para soportar aquella desgracia. Aún no había terminado de hablar cuando comenzó a inquietarse y luego de un instante de silencio manifestó que comenzaba a distinguir la Imagen. Al poco rato veía perfectamente”[4]. El ciego, es decir, aquel que no ve con los ojos del cuerpo, representa al ciego espiritual, es decir, a aquel que no ve los misterios de Jesucristo, por falta de fe; puede representar también a un ateo, a un apóstata, a un hereje, o a un integrante de una secta: en todos los casos, hay una ceguera espiritual que impide ver, con luz sobrenatural, los misterios celestiales del Hombre-Dios Jesucristo. El ciego vive en las tinieblas; el ciego espiritual, vive en las tinieblas espirituales, aun cuando sea capaz de percibir la luz y el mundo que lo rodea. La curación del ciego por parte de la Virgen, representa la gracia de la fe en Jesucristo para el alma sin fe: así como el ciego, al ser curado milagrosamente, comienza a ver lo que antes no veía, así el ciego espiritual, al ser curado por mediación de la Virgen, que le concede el don de la fe en Cristo Jesús, comienza a ver los misterios de la fe, los misterios profesados en el Credo, y comienza a creer en Jesús como Dios Hijo encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía.
         La Virgen extermina plagas de gusanos y langostas: “Corría el año 1764. Se había desencadenado una devastadora e invencible plaga de gusanos, de tal manera que se tenían por perdidas las cosechas de algodón. En la Misa del 25 de Marzo, los colonos pidieron en sus plegarias por el exterminio de las plagas y la salvación de sus cosechas. Al otro día, ¡no podían creerlo! Los algodonales estaban verdes, lozanos, frondosos, no había plantas marchitas. El gusano había desaparecido por completo, sin dejar rastros de su destructor paso. Otro tanto sucedió pocos años después con una plaga de langostas. Los vecinos concurrieron a una Misa de rogativas a Nuestra Señora suplicándole su intercesión, luego llegó la noticia de que la temible manga de langostas había levantado vuelo hacia el sur”[5]. Las plagas, en el lenguaje bíblico, se asocian siempre, más que a un castigo divino, a una retirada del favor de Dios sobre quien sufre la plaga, y esto se debe a que esa persona o esa región, han abandonado los Mandamientos de la Ley de Dios, lo cual quiere decir, haber abandonado a Dios y a su Amor, expresado en los Mandamientos. El hecho de que acudan a la Virgen pidiendo su intercesión para que cesen las plagas, indica la condición de María como Mediadora de todas las gracias, que concede a sus hijos las gracias que estos le piden, siempre que sean convenientes para su salvación. En nuestros días, hay plagas muchísimo más dañinas que una invasión de gusanos o que una manga de langostas: hay una plaga espiritual, propiciada por la Nueva Era, que consiste en desplazar a Dios y a su Mesías, el Hombre-Dios Jesucristo, por ídolos neo-paganos –como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, la Santa Muerte, entre otros-; en reemplazar los sacramentales de la Iglesia Católica –uno de los principales, el agua bendita- por supersticiones, como la cinta roja, o una pata de conejo, o cualquier otra superstición; en preferir los ídolos del mundo, en vez de a Jesús en la Eucaristía. En definitiva, la plaga que invade nuestros días, no afecta tanto a los vegetales y sembradíos, sino a las almas y provoca la muerte de estas, porque les quita la gracia santificante que da vida. Y al igual que en el milagro de la exterminación de gusanos y langostas, es la Virgen la Única Mediadora de todas las gracias, que puede terminar, de una vez y para siempre, con la plaga del alma que es la falta de amor a Jesús Eucaristía.
         La Virgen realiza un sorprendente milagro eucarístico: “Al Sr. Roque Navarreta la única alternativa que le habían dado los médicos era someterse a diálisis día por medio con urgencia. Roque decide ir “cerca de la Virgencita del Valle, porque sé que Ella me va a sanar”. Participa de la Santa Misa con su hermano que ya que había pedido por la salud de Roque en las intenciones de las misas anteriores. Luego de la consagración, el sacerdote Pbro. San Nicolás, realizó la genuflexión y entonces de la patena se elevó el Hostión y se colocó en posición vertical, como si una mano invisible lo sostuviese, se estabilizó a la altura del hombro de una persona y se dirigió hacia el corredor central, llegó hasta la tercera o cuarta fila, giró, se dirigió hacia dónde estaba Roque por atrás de él, pasó por su costado y luego descendió hasta su pie derecho. En ese momento, Roque sintió que lo tocaron. Su hermano atinó a levantar el Hostión y se lo acercó al sacerdote. A pesar de que la Forma había sido partida en el momento de la consagración, los asistentes la vieron completa mientras se desplazaba por el aire. Terminada la misa, lo acercaron al sacerdote, quien lo bendijo en modo especial, ya que sabía que se trataba de la persona por quien se pedía en misas anteriores. Ese martes de octubre se retiraron los análisis, y el médico pudo constatar… que no tenía rastros de la colonia de virus en su organismo”[6]. Es la Virgen la que lleva, de modo invisible, la Hostia consagrada hasta el hombre enfermo y es Ella la que toca su hombro, indicándole que ya está curado. Pero, ¿por qué la Virgen lleva la Eucaristía hasta el lugar donde se encontraba el enfermo? Para indicarle que le concedía la salud del cuerpo, como lo estaba pidiendo, pero que más importante que cuidar el cuerpo, es cuidar el alma, y en la Eucaristía está contenida la Salud del alma, porque en ella está la Vida Eterna, Jesús, el Hombre-Dios. Esto nos hace ver a nosotros que, si nos preocupamos por mantener la salud del cuerpo o por recuperarla si estamos enfermos, más empeño debemos poner todavía en recibir en estado de gracia el Cuerpo Sacramentado de Jesús, la Eucaristía, para que el alma viva con la Vida eterna del Cordero de Dios.
         Los milagros de la Virgen del Valle no terminaron, continúan en nuestros días, y continuarán hasta el fin de los tiempos.



[1] http://forosdelavirgen.org/422/virgen-del-valle-de-catamarca-argentina-8-de-diciembre/
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Nuestra Señora de la Merced, Redentora de cautivos


         Nuestra Señora de la Merced, Redentora de cautivos
         San Pedro Nolasco fundó la Orden de la Merced luego de que la Virgen se le apareciera en sueños la noche del 1 al 2 de agosto del año 1218[1]; de manera simultánea a San Pedro Nolasco, la Virgen se les apareció también a san Raimundo de Peñafort y al rey Jacobo de Aragón; a los tres, les dijo que “sería de sumo agrado suyo y de su Hijo la institución de una Orden religiosa en su honor con el fin de liberar a los caídos en poder de los infieles”[2]. Fue entonces la misma Virgen María en persona quien le dijo a San Pedro Nolasco que debía fundar la orden de la Merced, para así poder continuar el trabajo que él y sus compañeros ya venían haciendo desde hacía 15 años, y que era la liberación de prisioneros en manos de los musulmanes -los cuales se habían apoderado de la Tierra Santa-, a cambio de un rescate. Pedro Nolasco, que fundó la Orden de la Merced el 10 de agosto de 1218 en presencia del rey Jaime I de Aragón y del obispo Berenguer de Palou, reconoció siempre a María Santísima como la auténtica fundadora de la orden mercedaria, cuya patrona es la Virgen de la Merced (“Merced” significa “misericordia”)[3]. 
             En esta Orden Mercedaria[4], fundada por pedido de explícito de María Santísima y de Nuestro Señor Jesucristo, los frailes hacían un cuarto voto, además de los tres votos propios de la vida religiosa, pobreza, castidad y obediencia: dedicar su vida a liberar esclavos. La condición para entrar en la Orden, además de vivir los tres votos propios de toda orden religiosa, era comprometerse a ofrecerse a quedarse en lugar de algún cautivo que estuviese en peligro de perder la fe, en caso que el dinero no alcanzara a pagar su redención[5]. La liberación de los cautivos en manos de los musulmanes, cuando no alcanzaba el dinero para rescatarlo, consistía en un canje: se entregaba un misionero de la Merced, a cambio de un cristiano cautivo. De ahí el nombre de Nuestra Señora de la Merced como “Redentora de cautivos”, porque el religioso que se entregaba a cambio del prisionero cristiano, lo hacía en nombre de Nuestra Señora de la Merced.
         En nuestros días, no existe tal situación; sin embargo, muchos cristianos permanecen cautivos, no corporalmente, sino espiritualmente y quienes son sus carceleros, no son los musulmanes de antaño, sino las pasiones desordenadas que conducen al pecado. Los cautivos de nuestros días son los hombres que, apartados de Dios y de su gracia, se encuentran prisioneros de sus propias pasiones, las cuales, sin la razón y sin la gracia, llevan al pecado. Las pasiones sin control en el hombre apartado de la gracia, son como las cadenas, mientras que los pecados capitales cometidos a causa de estas pasiones –soberbia, ira, lujuria, pereza, gula, avaricia, envidia- son las prisiones espirituales en las que estos cristianos quedan encerrados. En nuestros días, muchos cristianos se encuentran cautivos de los pecados y esta cautividad es mucho peor que la cautividad corporal, porque el que está preso porque su cuerpo está en una cárcel, es libre en su interior; en cambio, el que está prisionero de sus pasiones y de los pecados, aun cuando circule libremente por las calles, está cautivo y aprisionado por el mal, con cadenas más pesadas que las de hierro. Si a un cautivo corporal se lo puede liberar rompiendo el cerrojo de la puerta de la cárcel y luego rompiendo sus cadenas de hierro, a un cautivo espiritual, la única manera de liberarlo, es por medio de la gracia, que ilumine su mente y su corazón para que vea al Amor de Dios encarnado en Jesucristo y desee amarlo. Ahora bien, como la Virgen, Redentora de cautivos, es también Medianera de todas las gracias, a esas gracias necesarias para la liberación espiritual, que se nos otorgan por el sacrificio en cruz e Jesús, se las obtiene sólo por María.
         Es por eso que la esperanza para los prisioneros espirituales del pecado, radica en la Virgen, que es Redentora de cautivos. Entonces, si la Virgen rescató de la esclavitud corporal a muchos en el pasado, hoy también la Virgen rescata de la esclavitud espiritual, la del pecado, a una inmensa cantidad de sus hijos adoptivos que están prisioneros espiritualmente por el pecado. La Virgen, que es Medianera de todas las gracias, se comporta como Redentora de cautivos, cuando nos concede la gracia que nos permite no solo no caer en la tentación, sino además crecer en la imitación de Cristo. Gracias a la Virgen, Redentora de cautivos, logramos escapar de la esclavitud del pecado y ser libres en Cristo Jesús. Así como un esclavo, cuando es liberado, comienza a vivir una vida nueva, la vida de libertad, así también nosotros, esclavos del pecado, cuando somos liberados por la Virgen, Redentora de cautivos, de la esclavitud del pecado, comenzamos a vivir una vida nueva, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios. El que ha sido liberado por la Virgen de la Merced no solo se aparta de todo lo malo –ira, odio, enojos, rencores, envidias, disputas, pereza-, sino que, al tener la gracia de Dios en su alma, entroniza en su corazón a Jesús Eucaristía, Rey de los corazones, y vive sólo de su Amor y en su Amor.
         En su día, le rezamos así a Nuestra Señora de la Merced: “Virgen de la Merced, Redentora de cautivos, te suplicamos por nosotros, por nuestros seres queridos y por todo el mundo, que nos liberes de la tiranía y esclavitud de las pasiones sin control y del pecado, para que entronicemos a Nuestro Señor Jesucristo en nuestros corazones, proclamándolo Nuestro Rey, Nuestro Único Dueño y Señor de nuestras vidas y así vivamos en la verdadera libertad,  la libertad que nos concede la gracia, la libertad de los hijos de Dios”.


[1] http://www.corazones.org/santos/pedro_nolasco.htm
[2] Cfr. http://www.liturgiadelashoras.com.ar/, Común de la Santísima Virgen María, Salterio I.
[3] Cfr. ibidem.
[4] El hábito de la Orden de la Merced lleva un escudo con cuatro barras rojas sobre un fondo amarillo, que representa a la corona de Aragón, y una cruz blanca sobre fondo rojo, titular de la catedral de Barcelona.
[5] Cfr. ibidem.

lunes, 12 de mayo de 2014

Las Apariciones de la Virgen en Fátima, la visión del Infierno y nuestra visión de la Iglesia y del mundo


         Nuestra Señora se apareció en Fátima a tres niños pastorcitos –Lucía, de nueve años, Jacinta, de siete y Francisco de diez años- en el año 1917, durante seis veces, entre los meses de mayo y octubre del año 1917. Estas apariciones de la Virgen estuvieron precedidas el año anterior, 1916, por las apariciones del Ángel de la Paz o también Ángel de Portugal, que fueron tres en total. Una aproximación superficial a estas apariciones podría hacer pensar en una situación bucólica, ideal, y hasta romántica: un ángel de la paz y la Virgen, se aparecen a tres niños para darles mensajes. Estos mensajes, puesto que se  tratan de la religión cristiana, y están dirigidos a los niños, no pueden no ser mensajes de ternura, mensajes edulcorados, acaramelados, que hablen de paz, de cielo, de bondad, de cosas lindas. ¿De qué otras cosas hablarían nada menos que un ángel y la misma Madre de Dios a tres niños? ¿Podrían, estos seres celestiales, asustar a los niños, hablándoles del infierno? ¿Podrían, el ángel y la Virgen, hablarles de sacrificios, de penitencias, de renuncias, de rezar constantemente el Rosario, a tres niños pequeños? ¿No sería eso traumatizarlos? ¿No sería eso hacerlos retroceder a una visión de un catolicismo ya perimido para un siglo XXI, pleno de avances científicos y tecnológicos, en donde el hombre ha superado estas concepciones antiguas y obsoletas?
         Pues bien, tanto el Ángel de la Paz o Ángel de Portugal, y la mismísima Madre de Dios, la Virgen María, en sus apariciones, hablaron a los niños de pecado y de gracia, de la necesidad de oración constante y perseverante, incluso el Ángel interrumpió el juego de los niños para decirles que recen; les hablaron de mortificación y sacrificio y de la gran importancia del sacrificio y de sacrificios importantes, como la privación del agua hasta el punto de experimentar la sed, o el dormir con una soga que provocara dolor, como en el caso de Jacinta; les hablaron de rezar el Santo Rosario todos los días; les hablaron de la ingratitud y de la malicia de los  hombres pecadores para con Jesucristo, que le pagan con desprecios, ultrajes e indiferencias, su gran Amor, demostrado en la Pasión; les hablaron de la necesidad imperiosa de reparar, con sacrificios, penitencias y mortificaciones, este gravísimo ultraje que los hombres pecadores hacían a Jesucristo principalmente en su Presencia sacramental; el Ángel, por orden de Dios, les enseñó dos oraciones de reparación[1],[2], al tiempo que en una de sus apariciones, los interrumpe en sus juegos para decirles que oren y se mortifiquen, porque “los corazones de Jesús y de María están prontos para escucharlos”.
         Pero es sobre todo la Virgen María quien nos llama la atención en estas apariciones: primero, porque Sor Lucía nos dice que “no estaba contenta”, sino triste; y en segundo lugar, porque no es que simplemente les “habla” del Infierno a los tres niños, sino que, misteriosamente, con el poder divino que la asiste por ser Ella la Madre de Dios y Reina de cielos y tierra, les hace “experimentar místicamente”, o bien los conduce -no lo sabemos exactamente- al Infierno, según la vivacidad de la experiencia que los niños sienten. Eso se deduce de las palabras mismas de Sor Lucía, quien relata así lo sucedido en la Tercera Aparición de la Virgen en Fátima, el 13 de Julio de 1917: “Mientras Nuestra Señora decía estas palabras abrió sus manos una vez más, como lo había hecho en los dos meses anteriores. Los rayos de luz parecían penetrar la tierra, y vimos como si fuera un mar de fuego. Sumergidos en este fuego estaban demonios y almas en forma humana, como tizones transparentes en llamas, todos negros o color bronce quemado, flotando en el fuego, ahora levantadas en el aire por las llamas que salían de ellos mismos junto a grandes nubes de humo, se caían por todos lados como chispas entre enormes fuegos, sin peso o equilibrio, entre chillidos y gemidos de dolor y desesperación, que nos horrorizaron y nos hicieron temblar de miedo. (Debe haber sido esta visión la que hizo que yo gritara, como dice la gente que hice). Los demonios podían distinguirse por su similitud aterradora y repugnante a horribles animales desconocidos, negros y transparentes como carbones en llamas. Horrorizados y como pidiendo auxilio, miramos hacia Nuestra Señora, (…)”.
         En consecuencia, si esta es la visión que la Virgen y un ángel de Dios nos muestran a través de las Apariciones de Fátima, ¿cuál es nuestra visión de la Iglesia? Porque pareciera ser que, para muchos en la Iglesia de hoy, no existirían ni el pecado, ni la gracia, ni la necesidad del sacrificio, ni de la penitencia, ni de la mortificación; tampoco existirían el infierno, ni la necesidad de la conversión de los pecadores, ni las tentaciones del mundo, ni el demonio y sus ángeles caídos, y nuestro paso por la vida, sería algo así como un parque de diversiones, al estilo Disneylandia, en el que lo único que hay que hacer es disfrutar, al máximo posible, los goces mundanos que ofrece el mundo y el dinero, y para acallar la conciencia, basta con dar un barniz superficial de cristianismo, ocultando y separando de este cristianismo todo lo que impida concretar el ideal mundano de este “Mundo Feliz” sin Dios y sin Cristo crucificado y resucitado, sin Virgen María y sin Mandamientos; un “Mundo Feliz” de Disneylandia, con un cristo sin cruz, un anticristo con mandamientos hechos a la medida del hombre, elegidos por el hombre, que satisfacen todos sus apetitos carnales y mundanos. Pero un mundo así, es un mundo sin Dios, que finaliza en el Abismo de donde no sale; un mundo así, en el que vivimos en el día de hoy, finaliza en el Infierno, el mismo que le mostró la Virgen a los pastorcitos de Fátima: “Mientras Nuestra Señora decía estas palabras abrió sus manos una vez más, como lo había hecho en los dos meses anteriores. Los rayos de luz parecían penetrar la tierra, y vimos como si fuera un mar de fuego…”. Es hora de despertar, católicos, porque el “Mundo Feliz sin Dios”, el que pintan los medios de comunicación masiva, no existe, es solo una pantalla de cartón pintado, detrás del cual se encuentra el Infierno mostrado por la Virgen a los Pastorcitos de Fátima.




[1] En la primera aparición, el Ángel se arrodilló y tocando la frente con el suelo, dijo esta oración: ‘Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”. Sor Lucía dijo: “Después de repetir esta oración tres veces el ángel se incorporó y nos dijo: “Oren de esta forma. Los corazones de Jesús y María están listos para escucharlos”.
[2] En la tercera aparición, el Ángel les da a comulgar la Hostia y a beber del Cáliz, a la par que les enseña la segunda oración de reparación, esta vez dirigida a la Santísima Trinidad. Dice así Sor Lucía: “Después de haber repetido esta oración no sé cuantas veces vimos a una luz extraña brillar sobre nosotros. Levantamos nuestras cabezas para ver que pasaba. El ángel tenía en su mano izquierda un cáliz y sobre él, en el aire, estaba una hostia de donde caían gotas de sangre en el cáliz. El ángel deja el cáliz en el aire, se arrodilla cerca de nosotros y nos pide que repitamos tres veces: Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente, y te ofrezco el precioso cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de Jesucristo, presente en todos los tabernáculos del mundo, en reparación de los sufragios, sacrilegios e indiferencia por medio de las cuales Él es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y por el Inmaculado Corazón de María, pido humildemente por la conversión de los pobres pecadores.
Después se levantó, tomó en sus manos el cáliz y la hostia. La hostia me la dio a mí y el contenido del cáliz se los dio a Jacinta y a Francisco, diciendo al mismo tiempo,
Tomen y beban el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo terriblemente agraviado por la ingratitud de los hombres. Ofrezcan reparación por ellos y consuelen a Dios.

domingo, 12 de mayo de 2013

Nuestra Señora de Fátima y la consagración del alma a su Inmaculado Corazón





         ¿Qué es la consagración a la Virgen?
         La respuesta está en lo que la Virgen le dijo a Sor Lucía en la segunda aparición, el 13 de junio de 1917, luego de anunciarle la próxima partida al cielo de sus dos primos, Jacinta y Francisco: “Mi Corazón Inmaculado será tu refugio y yo seré el camino que te conduzca a Dios”. La Virgen le dice que su Corazón es dos cosas: refugio y camino.
         La consagración a la Virgen es esto: entrar en el Corazón Inmaculado de María Santísima para que nos sirva de refugio y, al mismo tiempo, de camino hacia Dios.
         ¿Por qué el Corazón de la Virgen es refugio?
         Para entender porqué el Corazón Inmaculado de María es refugio, imaginemos la siguiente situación: imaginemos que para llegar a nuestro destino, tenemos que atravesar un bosque muy tupido. Nos internamos en él y a medida que avanzamos, se va ocultando el sol y se va haciendo la noche. Es un bosque en donde habitan bestias salvajes y furiosas que han sido atacadas por un extraño virus, el cual las ha vuelto mucho más agresivas de lo que ya son en sí mismas. Por ejemplo, orangutanes, leones, tigres, panteras, lobos, osos. A causa del virus, las bestias se han vuelto tan salvajes y agresivas, que solo con mirar a una persona, ya desean destrozarla con sus manos, como el orangután, o con sus dientes y garras, como el león, el tigre, la pantera y el lobo. Caminamos por el bosque, nos internamos en él, se hace cada vez más de noche, y comenzamos a sentir los gruñidos, los resoplidos, los aullidos, de las bestias del bosque. Están cada vez más cerca. Si nos alcanzan, nos destruirán con toda seguridad. Avanzan cada vez más rápido y están tan cerca, que incluso podemos oír el chocar de sus dientes al lanzar dentelladas en el aire, como pregustando la presa anticipadamente. Podemos incluso ver sus ojos en la oscuridad de la noche, ojos que son rojos como brasas ardientes. El virus ha provocado una transformación en sus ojos: antes podían ver la luz, pero a causa del virus, ya no soportan la luz, y sólo pueden ver en la oscuridad. Las bestias son numerosas, y su número aumenta a cada instante. Están cada vez más cerca y, de no mediar un auxilio próximo, nuestro fin parece cercano, tanto más, cuanto que estamos desarmados, pero si tuviéramos armas, el número de las bestias es tan grande, que no podríamos ni siquiera empezar a defendernos, porque el virus que ha atacado sus cerebros y sus corazones las ha vuelto tan agresivas, que no le tienen miedo a nada. Están ya muy cerca de nosotros, e incluso parecen habernos rodeado. Ya todo parece perdido. No hay salida posible. Además, estamos tan cansados, hambrientos y sedientos, que nos da la impresión de que no podemos hacer ni un paso más. Las luces de nuestras linternas se van apagando poco a poco, lo cual atrae más a las bestias, a quienes les favorece la oscuridad. Pero de pronto, la situación cambia en un instante. Cuando parecía que estábamos por sucumbir bajo las garras y los dientes de estas bestias feroces, hacemos unos pocos pasos más y llegamos a un claro del bosque en donde se levanta una hermosa y sólida casa, que más que casa, parece una fortaleza, porque es una casa como un castillo, y está bien defendida con poderosas armas. Es una casa espléndida, toda bien iluminada, y su resplandor, que sale desde dentro de la casa, tanto que parece que el sol se ha metido ahí, y es más brillante que la misma luz del sol, pero no enceguece, ahuyenta a las bestias, que no soportan la luz. Entramos en la casa y ahí nos refugiamos, y nos sentimos a salvo de las bestias, que no se atreven a acercarse, y una vez dentro, la Dueña de casa nos atiende con amor de madre, nos alimenta, nos hace descansar, y nos dice que descansemos, que el lugar adonde vamos está a pocos metros de su casa, y el camino que va desde su casa a nuestro lugar de destino final, es tan seguro como la misma casa.
         Las bestias feroces son los enemigos de nuestras almas, las potestades siniestras de los aires, los demonios; el virus que ataca a las bestias del bosque, es el pecado de soberbia, que les hizo perder el cielo para siempre a los demonios; el bosque que se oscurece es el mundo; el día que se convierte en noche, es nuestra vida; la luz de las linternas que se apaga poco a poco al agotarse la batería, es la luz de la gracia que se apaga poco a poco con los pecados veniales, hasta agotarse del todo con el pecado mortal; la casa en la que nos refugiamos, es el Corazón Inmaculado de María; la luz que sale de su interior, más brillante que el sol, es la luz de la gracia que inhabita en María por ser Ella la Inmaculada Concepción; el camino que hay desde la casa hasta el lugar adonde vamos, camino seguro e iluminado y muy cercano a nuestra meta final, es el Corazón de María, que nos conduce a la unión con Dios en esta vida, por el Amor, y en la otra, para siempre.
         Esta es la razón por la cual el Corazón Inmaculado de María Santísima es llamado “Refugio de los pecadores”.
         ¿Por qué el Corazón de la Virgen es camino hacia Dios?
Para saberlo, hay que tener en cuenta primero que hay un camino que nos aleja de Dios, que va en dirección contraria adonde se encuentra Dios, y es el camino del mundo. Este camino es ancho, espacioso, fácil de transitar, porque es declive, en bajada. Aún más, a medida que avanza el camino, se hace cada vez más en declive. Es espacioso y por él transita mucha, muchísima gente. Es muy fácil de andar porque no hay que llevar nada pesado, o si son cosas pesadas, es como si no pesaran nada, porque por un efecto especial, propio del camino, todas las cosas pesadas se vuelven ligeras como una pluma. Así, uno puede llevar, por ejemplo, una carretilla de lingotes de oro, y le parece que está llevando un almohadón de plumas de ganso, tan poco es el peso del oro. Uno puede llevar valijas y valijas de dinero, sin ningún esfuerzo. Hasta se puede llevar un auto de lujo, con una sola mano, o una mansión, sin el menor esfuerzo. A los costados del camino, hay cómodos sillones en donde uno se puede echar a descansar todo el tiempo que quiera, y como en las paredes hay televisores plasma gigantes, y Play Station, y pantallas de computadoras con conexión a internet inalámbrica velocísima, y no hay restricción para entrar en ningún sitio, uno puede estar en esos sillones días y días enteros. La única regla para usar todos estos artilugios es que no se usen las palabras “Dios”, “Jesús”, “María”, “Misa”, “Castidad”. En este camino, todos están felices y ríen a carcajadas, porque no hay nadie que diga qué es lo que hay que hacer. Es más, a cada tramo del camino hay letreros gigantes, brillantes, parpadeantes, que enseñan cuál es la única regla que hay que cumplir para poder caminar por este camino: “Haz lo que quieras”. Todos comen de carritos gigantes con comida que hay a los costados del camino, pero comen sin necesidad, sin hambre, sin apetito, comen solo por comer, por probar el sabor de la comida rica; comen por gula y comen hasta no poder más. Beben también sin necesidad, bebidas de todo tipo, principalmente alcohólicas, mezcladas con substancias extrañas. No beben agua, no beben para satisfacer la sed, sino para embriagarse, para probar el gusto de estar embriagados. Todos comen y beben sin control y ríen también sin control. Escuchan música estridente, ensordecedora, que incita a toda clase de cosas malas. Sin embargo, este camino, a medida que avanza, se va convirtiendo en algo distinto a lo que era al principio: se vuelve cada vez más empinado, y tan empinado, que en sus últimos tramos todos deben ir corriendo cada vez más rápido, hasta que al final se convierte en una pendiente casi vertical que da a un abismo profundísimo y negro, en donde habita el ángel caído; las risas se convierten en llantos y lamentos; el oro, el dinero y los bienes materiales, se vuelven incandescentes y adquieren un peso de mil toneladas; las pantallas de televisión, de Play Station, de computadoras y celulares, usadas para diversión sin Dios, se convierten en horribles huecos negros de donde salen toda clase de alimañas venenosas; el camino mismo, a medida que se avanza, va aumentando su calor, como si estuviera tapizado por losas radiantes, y al final está tan caliente, que está blanco, incandescente, a causa del fuego que sale del abismo y que llega hasta el camino, para envolver a todo el que viene por él. Este camino ancho y espacioso, el camino del mundo, conduce al lago de fuego, en donde habita el ángel caído.
En cambio, el camino que es el Corazón de María es un corazón lleno de luz celestial, porque está Lleno de la gracia divina, y es un corazón lleno del Amor divino, porque es un corazón en donde vive el Espíritu Santo, que es el Amor de Dios. Es difícil y trabajoso transitar por este camino, porque necesariamente hay que renunciar a hacer la propia voluntad, para hacer la Voluntad de Dios en todo; es un camino en subida y además hay que llevar la Cruz, que es de madera y a medida que se sube, se hace más pesada; al que tiene hambre y sed, se le da de comer un Pan que tiene vida eterna, y se le da de beber un cáliz que tiene un vino que solo parece vino, pero es la Sangre del Cordero; mientras se camina, se entonan hermosos cantos de alabanzas a Cristo Jesús, Presente en la Eucaristía, y esto produce el efecto de aliviar inmediatamente el peso de la Cruz y alivia hasta hacer desaparecer, la fatiga que produce la subida. Al final del camino, está Jesús crucificado, y el que llega, sube a la Cruz junto a Jesús, muere con Él y resucita, y así resucitado y lleno de la gloria de Dios, se une a Dios Padre en el Amor del Hijo, el Espíritu Santo. El camino que es el Corazón Inmaculado de María, termina en el cielo, en la unión con Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, unión que provoca una felicidad y una alegría que no se pueden describir ni imaginar en este mundo.
Éste es el motivo por el cual el Corazón de María es camino a Dios.
¿Cómo vivir la consagración a María? Imitando a la Virgen en sus virtudes. La Virgen tiene todas las virtudes posibles y todas en grado máximo, muchísimo más alto que todos los ángeles y santos juntos: paciencia, humildad, bondad, pureza, castidad, caridad, alegría, amor, paz, afabilidad, servicialidad, sacrificio, valentía, fortaleza, etc. etc. Enumerar las virtudes de la Virgen sería interminable y por eso, el que quiera imitar a María y crecer en una virtud, lo único que tiene que hacer es elevar los ojos a María, y contemplarla en la virtud que quiere practicar. El Corazón de María es como un jardín hermosísimo, con toda clase de flores y plantas que dejan asombrado a quien lo ve; consagrarme a la Virgen es recibir la oportunidad de cultivar una flor como la de ese jardín, en mi propio jardín. Me dan la semilla, que es la virtud, y el agua, que es la gracia. Lo único que tengo que hacer es ponerme a trabajar.
Pero la consagración a María implica otra cosa, porque en María no hay absolutamente ni la más pequeñísima sombra no solo de pecado -que es malicia-, sino ni siquiera de la más insignificante imperfección, porque en María sólo hay lugar para la Bondad y el Amor de Dios. Entonces, el que quiera imitar a María, tiene que ver cuáles son sus pecados e imperfecciones, para arrancarla de raíz, así como se arranca de raíz a una planta venenosa que creció por descuido en el jardín. Si dejamos crecer una planta venenosa –un pecado, un afecto desordenado, un vicio, una imperfección-, entonces se arruina nuestro jardín, que no se parece más al de la Virgen.
¿Dónde y cómo practicar las virtudes de María? ¿Dónde y cómo trabajar para erradicar los pecados, vicios, defectos e imperfecciones, que se encuentran en nuestros corazones, pero que no están en el Corazón de María, y por lo tanto hay que sacarlos urgentemente?
Para imitar a María, no es necesario ir a vivir en un convento; no es necesario hacer un largo viaje y una interminable peregrinación; lo único que es necesario es ver mi vida personal desde el Corazón de María, con los ojos de María, para obrar como lo haría la Virgen, en las situaciones cotidianas que me toca vivir, según mi deber de estado. Es necesaria también la oración, especialmente el Santo Rosario, que son rosas espirituales que le regalamos a la Virgen cada vez que lo rezamos; son necesarios los sacramentos, sobre todo la confesión sacramental frecuente y la Eucaristía, para vivir en estado de gracia y así imitar a María, que es la Llena de gracia; es necesario usar los sacramentales, principalmente el agua bendita; es necesario practicar la humildad y la auto-humillación –María se llamó a sí misma “Esclava del Señor”-, que son contrarios a la soberbia que anida en nuestros corazones; es necesario practicar la misericordia, tanto espiritual como corporal, como la practicó María con su Hijo Jesús durante toda su vida y muy especialmente, en el Camino Real de la Cruz.
Por último, para imitar a María, que es en lo que consiste la consagración, es necesario ver, amar y adorar a su Hijo Jesús, como María. Para eso, hay que rezar esta oración: “Virgen María, dame tus ojos para ver a Jesús como Tú lo ves; dame tu Corazón, para amar a Jesús con tu mismo Amor; dame tu adoración, para adorar a Jesús en la Eucaristía con tu misma adoración”. O también, más corta: “María, Madre mía, dame tus ojos para ver a Jesús, dame tu Corazón para amarlo, dame tu adoración para adorarlo”. Así podremos vivir plenamente la consagración al Inmaculado Corazón de María, y su Corazón Purísimo será nuestro refugio y nuestro camino hacia Dios.

martes, 14 de agosto de 2012

La Virgen asunta a los cielos quiere a todos sus hijos con Ella



         En la Asunción de la Virgen, la Iglesia ve el más completo triunfo de la gracia divina en la naturaleza humana, ya que María es Asunta por ser Ella la Inmaculada y la Llena de gracia.
         En los instantes previos a la Asunción, todo el cuerpo de María Santísima es invadido por la luz de la gracia, la cual, a medida que invade el cuerpo, lo va transfigurando por la gloria divina, y es así como el cuerpo material y terreno de María Virgen se convierte en un cuerpo glorificado, que trasluce la luz de la gloria divina con un resplandor más intenso que el mismo sol.
         La glorificación del cuerpo de María Santísima no es más que la consecuencia de ser Ella la inhabitada por el Espíritu Santo, la Inmaculada Concepción, la Llena de gracia, gracia que al llegar al término de su vida terrena, irrumpe desde su alma hacia el cuerpo, derramándose sobre él como una cascada inagotable de luz y de gracia. El tránsito de esta vida a la otra no se dio en María como en todos los mortales, por ser Ella la Inmaculada Concepción: en vez de sufrir la muerte, la Virgen se duerme, y al despertar, su cuerpo está ya lleno de la gloria divina, irradiando la luz eterna del Ser divino que la inhabita desde su Concepción sin mancha.
         Es Jesús, Rey de gloria eterna y Dios de infinita majestad, quien concede a su Madre todos estos beneficios, ya desde su nacimiento como Inmaculada Concepción, hasta su asunción y posterior coronación en los cielos como Reina y Señora de todo lo creado.
         Es esto entonces lo que la Iglesia y los hijos de la Iglesia celebramos en la Asunción de la Virgen: su glorificación y su feliz entrada en la eternidad, para reinar con su Hijo Jesús para siempre. Pero la Virgen Madre es Asunta en cuerpo y alma a los cielos, no para quedarse Ella sola allá arriba: quiere que todos sus hijos, al término de su vida terrena, sean llevados a la vida eterna, para ser glorificados al igual que Ella.
         En la Asunción de la Virgen entonces el cristiano ve no solo la glorificación de su Madre celestial, sino el modelo y el anticipo de su propia glorificación, asunción y coronación por Jesucristo en Persona.
         En la Asunción de la Virgen, el cristiano ve entonces el modelo de su vida y el sentido de su vida: el modelo, porque como hijo, debe imitar a su Madre; el sentido, porque esta vida terrena adquiere un único sentido, que es el Reino de los cielos.
         Ahora bien, si estamos en esta vida para imitar a la Virgen, y si el sentido de nuestra vida es ganar la vida eterna en los cielos, ¿no parece un despropósito que criaturas llenas de limitaciones y defectos, de imperfecciones y de pecado y de malicia en el corazón -como dice Jesús, “es del corazón del hombre de donde salen todas las cosas malas”-, aspiremos a imitar a María Santísima, a Ella, que es Inmaculada, concebida sin pecado original, y Llena del Espíritu Santo?
         La imitación de la Virgen no solo no es un despropósito, sino que está al alcance de todo cristiano que desee, desde el fondo de su corazón y con todas sus fuerzas, amar a Dios Trino en el tiempo y por toda la eternidad, y es posible por la gracia recibida en los sacramentos, principalmente la confesión y la Eucaristía. Por los sacramentos, nos viene la vida de la gracia, vida que contiene, ya en el tiempo, el germen de la glorificación que habrá de recibirse un día en la eternidad.
         Quien vive la vida de la gracia, quien no solo evita el mal, el pecado, en cualquiera de sus formas, sino que se preocupa por vivir en gracia y acrecentarla con actos de fe en Jesucristo y de amor a Dios Trino y al prójimo, puede decirse que vive, ya en el tiempo, en medio de las tribulaciones de la vida presente, en forma anticipada, su propia asunción y glorificación a los cielos.
         La fiesta de la Asunción de la Virgen no debe quedar entonces en una mera festividad religiosa; no debe limitarse a cumplir los requisitos para ganar las indulgencias; no debe quedarse en el cumplimiento del precepto: la fiesta de la Asunción de la Virgen debe constituir el punto de partida de la resolución más trascendental que persona alguna pueda hacer en esta vida: la consagración a la Virgen y su imitación por medio de la vida de la gracia, evitando, aún a costa de la propia vida, el mal y el pecado, para ser llevado a los cielos en cuerpo y alma, para amar y adorar, en compañía de María Asunta, a Dios Trinidad por la eternidad.    

martes, 7 de junio de 2011

Oremos con el icono de la Madre de Dios "Las siete espadas"


Existen versiones del icono mariano llamado “De las siete espadas” que muestran a la Madre de Dios con su Corazón atravesado por espadas que parecen flechas, las cuales se disponen de la siguiente manera en el corazón: tres en la mitad derecha, tres en la mitad izquierda, y una en el extremo superior, mientras la Virgen sostiene en su regazo al Niño Jesús muerto.

Si tenemos en cuenta las versiones de esta imagen en las que el Niño Dios aparece muerto en el regazo de la Virgen, vemos entonces que el nombre del icono se relaciona directamente con la Pasión del Señor, pues los dolores del Corazón de María se vuelven agudos e hirientes como filosas espadas cuando su Hijo es clavado en la cruz, agoniza y muere crucificado.

Para poder rezar con el icono y para compartir el dolor de la Virgen, debemos por lo tanto contemplar la Pasión de Jesús, y para eso, nada mejor que el relato que la propia Madre de Dios hace de la Pasión a santa Brígida de Suecia. Releámoslo y así veremos cómo eran los dolores de su Hijo que traspasaban su Corazón Inmaculado. A cada dolor de Jesús, le corresponde una espada atravesada en el Corazón de María.

Dice así la Virgen, relatando su primer dolor, es decir, la primera espada: “Cuando llegué con El al lugar de la pasión, vi todos los instrumentos de su muerte allí preparados. […] sus crueles ejecutores lo agarraron y lo extendieron en la cruz, clavando primero su mano derecha en el extremo de la cruz que tenía hecho el agujero para el clavo. Con una cuerda, le estiraron la otra mano y se la clavaron en el otro extremo de la cruz de igual manera. A continuación, cruzaron su pie derecho con el izquierdo por encima usando dos clavos de forma que sus nervios y venas se le extendieron y desgarraron. Después le pusieron la corona de espinas y se la apretaron tanto que la sangre que salía de su reverenda cabeza le tapaba los ojos, le obstruía los oídos y le empapaba la barba al caer”.

El segundo dolor, o la segunda espada, es provocado por los insultos que recibe Jesús en la cruz, y por la sangre que sale de sus heridas: “Al tiempo, pude oír a algunos diciendo que mi Hijo era un ladrón, otros que era un mentiroso, y aún otros diciendo que nadie merecía la muerte más que El. Al oír todo esto se renovaba mi dolor. Como dije antes, cuando le hincaron el primer clavo, esa primera sangre me impresionó tanto, que caí como muerta, mis ojos cegados en la oscuridad, mis manos temblando, mis pies inestables. En el impacto de tanto dolor no pude mirarlo hasta que lo terminaron de clavar”.

El tercer dolor o tercera espada es causado por el dolor y la amargura que experimenta Jesús en la cruz, por el abandono de sus amigos: “Viéndome a mí y a sus amigos llorando desconsoladamente, mi Hijo gritó en voz alta y desgarrada diciendo: ‘¿Padre, por qué me has abandonado?’ Era como decir: ‘Nadie se compadece de mí sino tú, Padre’. Entonces sus ojos parecían medio muertos, sus mejillas estaban hundidas, su rostro lúgubre, su boca abierta y su lengua ensangrentada. Su vientre se había absorbido hacia la espalda, todos sus fluidos quedaron consumidos como si no tuviera órganos. Todo su cuerpo estaba pálido y lánguido debido a la pérdida de sangre. Sus manos y pies estaban muy rígidos y estirados al haber sido forzados para adaptarlos a la cruz. Su barba y su cabello estaban completamente empapados en sangre”.

El cuarto dolor del Corazón de María lo causan el tremendo padecer que su Hijo experimenta en la cruz, estando ya crucificado: “En ciertos momentos, el dolor en las extremidades y fibras de su lacerado cuerpo le subía hasta el corazón, aún vigoroso y entero, y esto le suponía un sufrimiento increíble. En otros momentos, el dolor bajaba desde su corazón hasta sus miembros heridos y, al suceder esto, se prolongaba la amargura de su muerte”.

El quinto dolor se debe a la agonía de Jesús crucificado: “Sumergido en la agonía […] su dolor por el dolor de sus amigos excedía toda la amargura y tribulaciones que había soportado en su cuerpo y en su corazón, por el amor que les tenía. Entonces, en la excesiva angustia corporal de su naturaleza humana, clamó a su Padre: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu’. Cuando yo, Madre suya y triste, oí esas palabras, todo mi cuerpo se conmovió con el dolor amargo de mi corazón, y todas las veces que las recuerdo lloro desde entonces, pues han permanecido presentes y recientes en mis oídos”.

El sexto dolor es provocado por la agonía de Jesús: “Cuando se le acercaba la muerte, y su corazón se reventó con la violencia de los dolores, todo su cuerpo se convulsionó y su cabeza se levantó un poco para después caérsele otra vez. Su boca quedó abierta y su lengua podía ser vista toda sangrante. Sus manos se retrajeron un poco del lugar de la perforación y sus pies cargaron más con el peso de su cuerpo. Sus dedos y brazos parecieron extenderse y su espalda quedó rígida contra la cruz. Entonces, algunos me decían: ‘María, tu Hijo ha muerto’. A medida que todos se iban marchando, vino un hombre, y le clavó una lanza en el costado con tanta fuerza que casi se le salió por el otro lado. Cuando le sacaron la espada, su punta estaba teñida de sangre roja y me pareció como si me hubieran perforado mi propio corazón cuando vi a mi querido hijo traspasado”.

El séptimo Dolor es provocado por la visión de su Hijo ya muerto: “Después lo descolgaron de la cruz y yo tomé su cuerpo sobre mi regazo. Parecía un leproso, completamente lívido. Sus ojos estaban muertos y llenos de sangre, su boca tan fría como el hielo, su barba erizada y su cara contraída.

Sus manos estaban tan descoyuntadas que no se sostenían siquiera encima de su vientre. Lo tuve sobre mis rodillas como había estado en la cruz, como un hombre contraído en todos sus miembros. Tras esto lo tendieron sobre una sábana limpia y, con mi pañuelo, le sequé las heridas y sus miembros y cerré sus ojos y su boca, que había estado abierta cuando murió. Así lo colocaron en el sepulcro. ¡De buena gana me hubiera colocado allí, viva con mi Hijo, si esa hubiera sido su voluntad! […] ¡Mira, hija mía, cuánto ha soportado mi Hijo por ti!”.

De la descripción de la Pasión, vemos entonces cómo la Madre de Dios ve atravesado su Corazón Inmaculado por dolores tan agudos e hirientes, que se asemejan a siete filosas espadas.

Por esto, podemos decir que los dolores de la Virgen fueron causados por la Pasión de su Hijo, pero cuando nos damos cuenta de que la Pasión de su Hijo fue por el amor que nos tenía a cada uno de nosotros, y que El la sufrió voluntariamente para librarnos del Infierno que nos merecemos por nuestros pecados, entonces nos damos cuenta de que fuimos nosotros quienes crucificamos al Hijo de la Madre de Dios con nuestras faltas, y que por lo tanto fuimos nosotros los causantes de los dolores de su Corazón.

Al contemplar el icono de Las siete espadas, hagamos el firme propósito de no solo no cometer jamás un pecado mortal, y ni tan siquiera uno venial, sino de amar, con todas las fuerzas de nuestro ser a Cristo crucificado, que por nosotros muere en la cruz.