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lunes, 21 de noviembre de 2016

La Presentación de la Virgen María


En este día se celebra la “dedicación” o consagración que la Virgen, desde muy pequeña, hizo de sí misma a Dios, ya que al Señor la Llena de gracia, la Inhabitada por el Espíritu Santo y la Inmaculada Concepción, no había en su mente otra Verdad que no fuera la de Dios y no había en su Corazón Purísimo otro amor que no fuera el Amor de Dios. Con esta consagración, realizada a los tres años de edad y en plena conciencia, la Virgen cumplía, desde muy pequeñita, el anhelo ardiente de su alma, el de vivir en el Amor de Dios, por Dios y para Dios. Según una tradición, basada en un evangelio apócrifo, la Niña María Virgen, al cumplir los tres años de edad, fue llevada al Templo por sus padres, Joaquín y Ana, para ser instruida, junto a otras doncellas y piadosas mujeres, en sus deberes para con Dios y para crecer en un ambiente de recogimiento, silencio, y profunda oración y adoración al Dios Verdadero[1].
Puesto que la Virgen era, desde su Inmaculada Concepción, el templo viviente del Espíritu de Dios y estaba destinada a ser el Tabernáculo Purísimo y el Sagrario y Custodia Viviente de Dios Hijo encarnado, su Presentación en el Templo no era otra cosa que el cumplimiento de la Voluntad de Dios Trino en su vida, ya que había sido elegida por Dios Padre, como hija predilecta suya, para ser Madre de Dios Hijo y Esposa de Dios Espíritu Santo, por cuyo poder divino habría de concebir virginalmente al Verbo de Dios.
Con su consagración, la Virgen se convierte así en modelo insuperable para toda alma que, habiendo sido elegida por la eternidad por el Amor de Dios para servirlo en la vida religiosa, decide ingresar en la misma apartándose del mundo y así dedicarse a una vida de oración, contemplación, amor y adoración a Dios Trino, manifestado en Cristo Jesús.
Pero además la Virgen es modelo para todo cristiano que, desde su condición de vida como laico que vive en el mundo “pero no es del mundo”, consagra su vida y su corazón a Dios y, de modo similar a la Virgen, convierte su cuerpo en templo del Espíritu Santo por la gracia santificante y su corazón en altar, sagrario y custodia viviente de Dios Hijo encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía.



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Presentaci%C3%B3n_de_la_Virgen_Mar%C3%ADa.htm

miércoles, 7 de octubre de 2015

Una razón para rezar el Santo Rosario


         Cuando la Virgen dio a la Iglesia, por medio de Santo Domingo de Guzmán, el Santo Rosario, unió la práctica de su oración a numerosas promesas[1], unas más hermosas que las otras. Comprenden, por ejemplo, que el alma se vea librada del Infierno, que salga del Purgatorio prontamente, que gane y llegue al Cielo indefectiblemente, y esto entre otras muchas promesas más, todas maravillosas, como no podía ser de otra manera, viniendo del Amor del Inmaculado Corazón de María. Todas estas promesas, son más que suficientes para rezar el Santo Rosario, todos los días, con amor, piedad y devoción.
         Sin embargo, podemos agregar una razón más para rezar el Rosario, basados en el hermosísimo soneto de Santa Teresa de Ávila: “No me mueve mi Dios, para quererte/el cielo que me tienes prometido,/ni me mueve el infierno tan temido/para dejar por eso de ofenderte./Tú me mueves, Señor,/muéveme el verte/clavado en una cruz y escarnecido;/muéveme el ver tu cuerpo tan herido;/muéveme tus afrentas y tu muerte,/Muéveme en fin, tu amor de tal manera/que aunque no hubiera cielo yo te amara/y aunque no hubiera infierno te temiera./No me tienes que dar por que te quiera,/porque aunque cuanto espero no esperara/lo mismo que te quiero te quisiera”. Y San Juan de la Cruz, de modo similar, dice así: “Aunque no hubiese infierno que amenazase, ni paraíso que convidase, ni mandamiento que constriñese, obraría el justo por sólo el amor de Dios lo que obra”[2].
Basados en este soneto y en las palabras de San Juan de la Cruz, en donde los santos aman a Dios por lo que es –Dios Amor crucificado- y no por lo que da –el cielo o el infierno, según nuestras obras-, podemos agregar una razón más para rezar el Santo Rosario: cuando rezamos el Santo Rosario, no somos solo nosotros quienes actuamos, puesto que actúa el Espíritu Santo, por medio de la Virgen, quien es la que concede las gracias. El propósito del Santo Rosario es la contemplación de los misterios de la vida de Jesús y también los de María, para que contemplándolos, los imitemos; ahora bien, no podemos imitarlos, si nuestros corazones no son semejantes, en todo, a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Por el Rosario, mientras nosotros desgranamos sus cuentas y contemplamos sus misterios, la Virgen actúa, silenciosa y misteriosamente, en los corazones de quienes lo rezan, para moldearlos –así como el alfarero moldea la blanda arcilla- y configurarlos a imagen y semejanza del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María. Y ésta es la razón para rezar el Rosario: configurar nuestros corazones a los Sagrados Corazones de Jesús y de María para que, al igual que en ellos, también en nuestros corazones inhabite el Amor de Dios, el Espíritu Santo.



[1] La tradición atribuye al beato Alan de la Roche (1428 aprox. - 1475) de la orden de los dominicos el origen de estas promesas hechas por la virgen María. Es mérito suyo el haber restablecido la devoción al santo rosario enseñada por Santo Domingo apenas un siglo antes y olvidada tras su muerte. Las promesas son:
1.- El que me sirva, rezando diariamente mi Rosario, recibirá cualquier gracia que me pida.
2.- Prometo mi especialísima protección y grandes beneficios a los que devotamente recen mi Rosario.
3.- El Rosario será un fortísimo escudo de defensa contra el infierno, destruirá los vicios, librará de los pecados y exterminará las herejías.
4.- El Rosario hará germinar las virtudes y también hará que sus devotos obtengan la misericordia divina; sustituirá en el corazón de los hombres el amor del mundo al amor por Dios y los elevará a desear las cosas celestiales y eternas. ¡Cuántas almas por este medio se santificarán!.
5.- El alma que se encomiende por el Rosario no perecerá.
6.- El que con devoción rezare mi Rosario, considerando misterios, no se verá oprimido por la desgracia, ni morirá muerte desgraciada; se convertirá, si es pecador; perseverará en la gracias, si es justo, y en todo caso será admitido a la vida eterna.
7.- Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin auxilios de la Iglesia.
8.- Quiero que todos los devotos de mi Rosario tenga en vida y en muerte la luz y la plenitud de la gracia, y sean partícipes de los méritos de los bienaventurados.
9.- Libraré pronto del purgatorio a las almas devotas del Rosario.
10.- Los hijos verdaderos de mi Rosario gozarán en el cielo una gloria singular.
11.- Todo lo que se me pidiere por medio del Rosario se alcanzará prontamente.
12.- Socorreré en todas sus necesidades a los que propaguen mi Rosario.
13.- Todos los que recen el Rosario tendrán por hermanos en la vida y en la muerte a los bienaventurados del cielo.
14.- Los que rezan mi Rosario son todos hijos míos muy amados y hermanos de mi Unigénito Jesús.
15.- La devoción al santo Rosario es una señal manifiesta de predestinación a la gloria.
Cfr. http://www.devocionario.com/maria/rosario_2.html
[2] Audi filia, cap. L.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

“Lo que ha sido engendrado en Ella viene del Espíritu Santo”


El ángel anuncia a San José en sueños

“Lo que ha sido engendrado en Ella viene del Espíritu Santo” (cfr. Mt 1, 18-24). El ángel confirma a José la más alegre noticia que jamás pueda haber escuchado la humanidad: lo que ha sido concebido en María Virgen viene del Espíritu Santo; no proviene de hombre ni es un hombre cualquiera. Proviene de Dios Trino, y es Dios Hijo que, al encarnarse, se convierte en el Hombre-Dios. El ángel confirma la noticia más hermosa que pueda la humanidad escuchar: Dios Hijo se encarna, viene a este mundo desde el seno del Padre al seno de la Virgen Madre, no solo para rescatar a la humanidad que vive en las tinieblas del pecado, sino para divinizar a la humanidad, para inundarla de la luz y de la vida de Dios Trinidad, para convertir a cada alma humana en una imagen suya, en Dios mismo.
Recibiendo al Amor de Dios, el Espíritu Santo, María se convierte en el Primer Cáliz, que aloja en su seno al Verbo de Dios encarnado. María se convierte en el Primer Cáliz, en la Primera Custodia, en el Primer Sagrario, al alojar en su seno virginal el cuerpo y la sangre, el alma y la divinidad del Verbo de Dios hecho hombre. El Hijo de Dios, enviado por el Padre, llevado por el Espíritu Santo, convierte a su Madre en el Primer Cáliz[1]. Y en este Cáliz que es María se aloja el vino de la Nueva Alianza, que es la sangre de  su Hijo Jesús. Y sobre este cáliz, agrega María dos gotas de agua, su humanidad de Madre, que alimenta y da de su vida de Madre virgen al que es la Vida eterna en Persona. Se convierte en el Primer Cáliz, pero se convierte también en la Primera Belén, que significa Casa de pan, en hebreo, porque aloja el cuerpo de su Hijo, quien luego vendrá al mundo como Pan de Vida eterna.
Se convierte también en el Primer Altar, porque en su seno crece el Niño que, naciendo milagrosamente en Belén, abrirá sus brazos para recibir a los pastores y a los Reyes Magos, como anticipo de la cruz, en donde también abrirá sus brazos para que sus manos sean perforadas por los clavos, para que sus brazos queden abiertos en un abrazo eterno para toda la humanidad. “Lo que ha sido engendrado en Ella viene del Espíritu Santo”. Las mismas palabras del ángel, referidas a María, se aplican a la Iglesia, porque es el Espíritu Santo quien engendra en el seno de la Iglesia, el altar, al Hijo de Dios, así como lo engendró en el seno de María.
Engendrado por el Amor del Padre, inhabitado por el Amor del Padre, Jesús nace en Belén para comunicar el Amor del Padre; prolonga su nacimiento en la Iglesia, en el altar, para ingresar en las almas y comunicar el Amor del Padre. Y cuando regrese, al fin de los tiempos, el Niño nacido en Belén y convertido en el Cordero de Dios, buscará en las almas la Presencia del mismo Espíritu que lo trajo, el Amor del Padre.



[1] Cfr. Mi vida en Nazareth, María Mensajera Argentina, Buenos Aires 1988, 4.

lunes, 26 de mayo de 2014

Fiesta de Nuestra Señora de la Caridad o Visitación de la Virgen María


         ¿A qué se debe el nombre de "Nuestra Señora de la Caridad" o también "Nuestra Señora de la Visitación"? Se debe a una obra de misericordia que realiza la Virgen, al visitar a su prima, Santa Isabel, aunque, como veremos más adelante, además de la obra de misericordia o de caridad -que es lo que da origen a la advocación de "Nuestra Señora de la Caridad"-, hay un misterio profundo y sobrenatural escondido en la escena evangélica. 
          Para comprender el origen y el sentido espiritual de la advocación de "Nuestra Señora de la Caridad" o "Nuestra Señora de la Visitación", debemos entonces leer el pasaje de Lucas en el que la Virgen María, que está encinta por obra y gracia del Espíritu Santo, visita a su prima Santa Isabel, ya anciana y encinta también, para asistirla en su parto y analizar tanto el contexto de la situación, como la reacción de las personas que intervienen en la escena evangélica (Lc 1, 39-56). 
          Según el relato evangélico, para lograr su propósito, la Virgen ha realizado un largo y peligroso viaje, habida cuenta las distancias y que en ese tiempo, los medios de transporte eran precarios y los caminos de montaña prácticamente inexistentes, a lo cual se le debían sumar los peligros inherentes de todo viaje, como los asaltantes y las bestias salvajes. El riesgo aumentaba aun más si se tiene en cuenta que la Virgen viajaba solo acompañada por San José y que Ella misma era una mujer joven y encinta; es decir, se trataba de una persona sumamente frágil y con pocos recursos frente a los numerosos peligros. Pero la Virgen sabía que su prima, Santa Isabel, necesitaba de su ayuda, porque era una mujer anciana y era, como Ella, primeriza, y como en muchas otras ocasiones, sin pensar en sí misma, decide dejar la comodidad y tranquilidad de su hogar, para acudir en auxilio de su pariente y es así como emprende este largo y peligroso viaje, movida por el Amor y solo por el Amor y por ningún motor. Este es el origen del nombre de “Nuestra Señora de la Caridad”, porque la Caridad es el Amor de Dios, un Amor no humano, sino celestial, sobrenatural, espiritual, que trasciende infinitamente los límites y las estrecheces del amor humano. Se llama también “Nuestra Señora de la Visitación”, porque es justamente una “Visita” lo que hace la Virgen a Santa Isabel.
         Sin embargo, cuando el Evangelista describe la escena, en el momento de la llegada de la Virgen, nos encontramos con algo que nos llama poderosamente la atención: no hay nada, absolutamente nada, que refleje lo que acabamos de decir, aunque se trate de este hecho, porque el Evangelista describe una reacción, por parte de los protagonistas de la escena –incluidos los niños que están en los vientres maternos de sus respectivas madres-, que no tiene una explicación humana.
         Veamos qué es lo que describe el Evangelista Lucas acerca de las reacciones de los protagonistas ante la llegada y el saludo de la Virgen a Isabel al llegar a la casa de Zacarías: Isabel exclama: “¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!” –la Iglesia toma este saludo para elaborar la primera parte de la salutación mariana más famosa, el Avemaría-; luego llama a la Virgen: “Madre de mi Señor”, y describe el movimiento de su niño en su vientre materno, Juan el Bautista, como “salto de alegría”; Juan el Bautista, a su vez, ante la Visita de la Virgen y al escuchar su saludo, pese a su estado de nonato y, obviamente, pese a no ver nada, “salta de alegría” en el vientre materno de Santa Isabel. La tercera reacción inexplicable humanamente es la de la Virgen: en vez de responder al saludo de Santa Isabel con un saludo de cortesía, como corresponde entre los seres humanos, y mucho más entre parientes, y entre parientes que se aman y que no se ven desde hace tiempo, y mucho más como es el caso este, en el que Santa Isabel la ha alagado con un título más grande que el de la nobleza, porque la ha llamado “Madre de mi Señor”, lo cual equivale a decir “Madre de Dios”, la Virgen, en vez de responder con un saludo humano, entona un cántico de alabanzas a Dios, llamado “Magnificat”, porque enumera las “maravillas” que Dios ha obrado en Ella, desde su Inmaculada Concepción, a favor de toda la humanidad.
         Los interrogantes que se plantean son muchos y no tienen explicación humana: ¿por qué Santa Isabel da ese título a la Virgen, llamándola “Madre de mi Señor”, es decir, “Madre de Dios”? ¿Por qué la llama “Bendita entre todas las mujeres” y al fruto de su vientre le llama “Bendito el fruto de tu vientre?
         ¿Por qué Juan el Bautista “salta de alegría” en el vientre de su madre, Santa Isabel, lo cual es inexplicable humanamente, porque él no conocía ni a su tía, la Virgen, ni a su primo, Jesús? ¿Cómo podía “saltar de alegría” si ni siquiera los conocía?
         La tercera reacción inexplicable, humanamente hablando, es la de la Virgen: ¿por qué la Virgen no responde con cortesía humana al título de honor dado por Santa Isabel y en vez de eso entona el “Magnificat”?
         La respuesta no está en la razón humana, sino en el versículo 40, cuando dice: “Isabel, llena del Espíritu Santo…”, porque es el Espíritu Santo el que guía y mueve a todos los protagonistas de la escena evangélica, iluminando sus mentes y alegrando sus corazones; es la Presencia del Espíritu Santo, lo que explica las reacciones de los protagonistas de la escena de Nuestra Señora de la Caridad o la Visitación de la Virgen María.
         Es el Espíritu Santo el que ilumina la mente de Santa Isabel y le comprender que la Virgen no simplemente su pariente, su prima, sino que es ante todo, la “Madre de su Señor”, la “Madre de Dios”, y que por eso es “Bendita entre todas las mujeres” y es el Espíritu Santo el que le hace comprender que el Niño que lleva en su vientre no es un niño más entre tantos, sino el Niño Dios, Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, y por eso el “fruto de su vientre es bendito”, y así el Espíritu Santo le alegra el corazón a Santa Isabel, porque le hace ver que está en presencia de la Madre de Dios y del Hijo de Dios, Jesucristo.
         Es el Espíritu Santo el que ilumina la mente de Juan el Bautista, nonato en el vientre de Santa Isabel, y le hace saber que la que saluda a su madre es la Virgen, la Madre de Dios, que trae en su seno virginal al Cordero de Dios, al cual Él tiene que anunciar y por el cual Él tiene que dar su vida, y por esto es el Espíritu Santo el que le alegra el corazón y lo hace saltar de alegría en el seno materno de Santa Isabel.
         Es el Espíritu Santo el que ilumina a la Virgen María y ahora le recuerda todas las maravillas que obró en Ella desde su Inmaculada Concepción, concebiéndola en gracia e inhabitándola desde el primer instante de su Concepción, para que fuera el Sagrario Viviente y la Custodia Virginal del Hijo de Dios en su Encarnación, para que llevara en sus entrañas Purísimas al Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del Verbo de Dios al encarnarse, para que el Hijo de Dios tuviera un seno virginal y purísimo en los nueve meses de gestación que habría de pasar en el seno materno desde su Encarnación hasta el momento de su alumbramiento milagroso, para poder cumplir el designio de salvación de la Trinidad de entregar su Cuerpo para la salvación de los hombres, como Pan de Vida eterna, en la Cruz y en la Eucaristía.
         Nuestra Señora de la Caridad, entonces, nos enseña a ser caritativos y misericordiosos para con el prójimo más necesitado, pero también nos enseña a misionar, a llevar a Jesús a los demás, a visitar a los demás llevándola a Ella, a su imagen, de casa en casa, porque con Ella va siempre su Hijo Jesús y con Jesús, va siempre el Espíritu Santo. Nuestra Señora de la Caridad es modelo de caridad, es decir, de amor misericordioso hacia el más necesitado, y es modelo de misión, de transmisión y de comunicación de la Palabra de Dios.

         La imagen de Nuestra Señora de la Caridad y su Visitación y el mensaje que nos transmite, no se explican con la sola razón humana, sino por la Presencia del Amor de Dios, el Espíritu Santo.

jueves, 30 de mayo de 2013

La Visitación de la Virgen


         La Virgen María, estando Ella misma encinta por obra del Espíritu Santo, visita a Santa Isabel, prima suya, encinta ya varios meses (cfr. Lc 1, 39-56). La suya no es una visita de cortesía, sino un acudir en auxilio de alguien que necesita ayuda, puesto que Santa Isabel es ya una mujer de avanzada edad y al mismo tiempo, es primeriza, y la Virgen la visita para asistirla en los labores de parto.
         Con su Visitación, la Virgen nos enseña por lo tanto a obrar la misericordia para con nuestro prójimo y nos enseña a hacerlo no de cualquier manera, sino con sacrificio, porque en esos tiempos no existían ni los medios de transporte ni las vías de comunicación que existen hoy, por lo que viajar, aun distancias relativamente cortas, suponía un gran esfuerzo y sacrificio por parte de quien viajaba. En el caso de María, ese esfuerzo y sacrificio son notablemente mayores que los habituales, porque se trataba de una mujer y además porque Ella misma estaba, como dijimos, encinta por obra del Espíritu Santo. Por estas condiciones añadidas, el sacrificio de la Virgen por acudir en auxilio de su prima Santa Isabel es por lo tanto mucho más valioso que cualquier otro en similares circunstancias, y es en la Virgen y en la Visitación en quien debemos fijarnos cuando deseemos saber de qué manera debemos obrar la misericordia para quien lo necesite. De esta manera, la Virgen en la Visitación es ejemplo y modelo admirable e insuperable de amor fraterno, de caridad cristiana y de misericordia hacia el más desprotegido. Sin embargo, lo más grandioso en el misterio de la Visitación no radica en este grandioso ejemplo de misericordia brindado por María Santísima. Para saber en qué consiste lo más grandioso de la Visitación, es necesario detenerse en otros aspectos de este episodio de la vida de Jesús y de María.
         Cuando la Virgen Visita a Santa Isabel, lo hace estando encinta por obra del Espíritu Santo, es decir, con Jesús embrión en su seno virginal. A su llegada, tanto Santa Isabel como Juan el Bautista –que está a su vez en el seno de Santa Isabel- experimentan mociones del Espíritu Santo: Santa Isabel no saluda a la Virgen ni por su nombre –María- ni por su parentesco –prima-, sino que la saluda con un título que es escucha por primera vez: “Madre de mi Señor”. ¿Cómo podía saber Santa Isabel, sino es por iluminación del Espíritu Santo, que el Niño que su prima lleva en su vientre no es simplemente su sobrino, sino su “Señor”, es decir, su Dios? Además, Santa Isabel percibe el estado espiritual y anímico de su hijo Juan el Bautista, que “salta de alegría” en su seno: “Apenas oí tu voz, el niño saltó de alegría en mi seno”. El “salto” de Juan el Bautista no es un simple movimiento en el seno materno de un niño no nacido: es una verdadera conmoción espiritual gozosa, un estremecimiento de alegría del niño Bautista ante la Presencia de su Redentor que viene siendo portado en el seno virgen de María. Tanto la iluminación de Santa Isabel, que le permite reconocer en María a la Madre de Dios y no a su prima, como la alegría experimentada por Juan el Bautista ante la llegada de Jesús, son provocadas por el Espíritu Santo, que es quien proporciona conocimientos sobrenaturales del misterio de Jesús que son inalcanzables por la menta humana. Luego también la Virgen, y con más razón Ella, pues está inhabitada por el Espíritu Santo, entona el Magnificat, en el cual canta, en el Espíritu, las grandezas insondables del Amor divino, que ha hecho “maravillas” en Ella, al elegirla como Madre de Dios.
         La contemplación de la escena de la Visitación nos muestra entonces que la presencia de la Virgen es precedida y acompañada por el Espíritu Santo; la Visitación de la Virgen a un alma no la deja nunca indiferente, porque es causa de iluminación sobrenatural interior, de gozo espiritual y de alegría en el Espíritu Santo, tal como les ocurrió a Santa Isabel y a Juan el Bautista. El motivo es que junto con María, viene siempre su Hijo Jesús y con Jesús, el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que disipa las tinieblas de la mente, permitiendo reconocer a María como la Madre de Dios, al tiempo que enciende los corazones en el Amor divino, Amor mediante el cual el alma ama con amor sobrenatural al Hijo de María Virgen, Jesús de Nazareth, todo lo cual es causa de gozo y alegría sobrenaturales. Nada más hermoso hay en el mundo que recibir la Visitación de la Virgen María, Madre de nuestro Señor, porque con Ella viene su Hijo Jesús y con Jesús, el Amor de Dios, el Espíritu Santo, que hace “saltar de gozo y de alegría” al alma a quien Jesús y María visitan.

lunes, 20 de mayo de 2013

María Madre de la Iglesia



         La Virgen es Madre de la Iglesia porque en la Encarnación engendra a Cristo, Cabeza de la Iglesia, cuando el Ángel le anuncia que será Madre de Dios, y porque engendra a los hijos de Dios, que forman el Cuerpo Místico de Cristo, en la Crucifixión, cuando Jesús le anuncia que será Madre de los hijos adoptivos de Dios: “Madre, he ahí a tu hijo” (Jn 19, 3).
         María es Madre de la Iglesia porque da a luz virginalmente y por el poder del Espíritu, a la Cabeza de la Iglesia en el Nacimiento, y da a luz virginalmente y por el poder del Espíritu, al Cuerpo de la Iglesia en el Monte Calvario, en la Cruz.
         María, Madre de la Iglesia, ejerce para con sus hijos adoptivos la misma función maternal que ejerció con su Hijo Jesús: así como dio a luz a la Gracia Increada, Jesús, así da a luz a los hijos de la Iglesia por la gracia del Bautismo; así como alimentó a su Hijo con la leche de su pecho materno, así alimenta a sus hijos con la leche nutritiva de la Palabra de Dios y la gracia santificante; así como alimentó a su Hijo en su seno virginal dándole de su carne y de su sangre, así alimenta a sus hijos adoptivos, con la Carne y la Sangre del Cordero de Dios, el alimento nutricio del cielo que los hace crecer fuertes y robustos en el espíritu.
La Virgen María, Madre de la Iglesia, llevó en su seno virginal por nueve meses a su Hijo para darlo a luz y presentarlo a Dios Padre en el templo; del mismo modo, esta Madre celestial, a los quiere hacer nacer a la vida de la gracia, los concibe en su Corazón Inmaculado y cuando llega el momento del nacimiento, los arropa con su Manto celeste y blanco y los lleva en sus brazos, para presentárselos  a su Hijo Jesús.
Así como solo por esta Madre y nada más que por esta Madre, vino el Hijo de Dios al mundo, así también por esta Madre, y solo por esta Madre, los hijos adoptivos de Dios subirán al cielo, porque solo a través de Ella se accede al Sagrado Corazón de Jesús, Puerta abierta al cielo.
La Virgen María, Madre de la Iglesia, vive en el Reino de la luz, y quiere llevar a sus hijos adoptivos, que viven en "tinieblas y en sombras de muerte" (cfr. Lc 1, 68-79), a su Reino, que es el de su Hijo, reino de paz, de luz, de alegría y de amor; el Reino en donde Ella es Reina y Madre, el Reino en donde el Cordero es adorado en su trono, noche y día, por siglos sempiternos, por miríadas y miríadas de ángeles y santos.
         La Virgen María, Madre de la Iglesia, se comporta con sus hijos adoptivos de la misma manera a como lo hizo con su Hijo Jesús: siendo Niño, lo crió y lo educó; ya de adulto, lo acompañó durante el Via Crucis, y cuando lo crucificaron estuvo a su lado sin moverse ni un centímetro de su lado. Y del mismo modo a como no abandonó a su Hijo en los momentos más dolorosos y tristes, como los del Camino de la Cruz, así esta Madre no desampara a sus hijos adoptivos, los que adquirió al pie de la Cruz, y está más a su lado todavía en los momentos más duros, dolorosos y tristes, suavizando con su amorosa presencia las amarguras y tristezas de sus hijos, acompañándolos en el Camino del Calvario, para conducirlos a la Resurrección.
           La Madre de la Iglesia, cuando dio a luz a la Cabeza de la Iglesia, su Hijo Jesús, lo preservó del ataque del dragón infernal, quien vomitó de sus fauces como un río de agua inmunda, buscando ahogarlo (cfr. Ap 12, 15); a la Madre se le dieron dos alas de águila y voló al desierto, salvando a su Hijo del dragón; de la misma manera, esta Madre amorosa y valiente, fuerte y temible "como un ejército formado en batalla" (Cant 6, 10), salvará a sus hijos adoptivos que yacen cautivos bajo las garras del dragón, rescatándolos y evitando que sean ahogados por el inmundo torrente de agua infecta y pútrida que el Dragón arroja de sus fauces, las perversas tentaciones con las que incita al pecado; la Virgen Madre los llevará también al desierto, como llevó a su Hijo Jesús, y lejos del estruendo del mundo, les enseñará el silencio y la oración, por medio de los cuales les hablará al corazón del inagotable e incomprensible Amor de Dios.
           Finalmente, el deseo de esta Madre celestial es que todos sus hijos adoptivos recorran el mismo camino que recorrió su Hijo, que de Niño se convirtió en adulto y, ya crecido, subió a la Cruz para morir y luego resucitar y así subir al cielo; esta Madre amorosa quiere que sus hijos también crezcan "en gracia y sabiduría", día a día, para que sean capaces de "negarse a sí mismos y cargar la cruz de cada día" y seguir al Calvario para morir crucificados junto a su Hijo Jesús, de manera que, muertos al pecado y al hombre viejo y destruida su muerte por la Muerte de Jesús, puedan recibir la Vida eterna que brota del Sagrado Corazón traspasado y ser llevados, resucitados y gloriosos, al Reino de los cielos.
             La Virgen, Madre de la Iglesia, Madre de los bautizados, quiere que todos sus hijos se salven, y no descansa ni de noche ni de día, y no descansará, hasta ver a todos sus hijos salvos.