martes, 24 de enero de 2012
Los misterios de la Virgen María (IV)
lunes, 21 de noviembre de 2011
Presentación de la Santísima Virgen María en el Templo

Según una piadosa tradición, María, a la edad de tres años, fue llevada por sus padres al Templo por sus padres Joaquín y Ana, en cumplimiento de la ley judía, que obligaba a los israelitas a ofrecer sus primogénitos a Dios[1].
Según la misma tradición, la Virgen permaneció en el Templo, en compañía de otras doncellas y piadosas mujeres, dedicada a la oración y al servicio del templo, en el silencio y en el humilde cumplimiento de sus deberes, hasta sus desposorios con San José.
La Virgen es presentada en el Templo no sólo para cumplir la ley judía, y como gesto de agradecimiento de Joaquín y Ana por haber sido escuchados en su petición por la descendencia, sino ante todo es presentada en cumplimiento del designio eterno que sobre la Virgen María había trazado Dios Uno y Trino.
Ella había sido concebida Inmaculada, sin mancha de pecado original, y Llena de gracia, como consecuencia de estar inhabitada por el Espíritu Santo, para cumplir el designio divino que la había elegido entre todas las mujeres, para ser la Madre de Dios.
Desde su Concepción, la Virgen María, por designio divino, y no tanto por decisión de sus padres, estuvo consagrada a Dios, y la Presentación en el Templo, a la edad de tres años, no hace sino corroborar, legalmente, la oblación o consagración interior a la que estaba destinada la Virgen desde el momento mismo de su Concepción Inmaculada.
Lo más importante de esta fiesta es entonces la consagración de la Virgen a Dios desde su infancia, y es eso lo que expresa la introducción de la Misa del día: “Mis obras son para el Señor”.
Desde su Presentación, o más bien, desde su Concepción Inmaculada, la Virgen se preparó para realizar en su vida el designio divino, que la había llamado a ser Madre de Dios Hijo.
El Templo es el lugar en el que el alma de la Virgen se abre a la luz del Espíritu Santo, luz por la cual era llevada al amor y a la comprensión de la Palabra de Dios, y era introducida en los misterios divinos; en el Templo, la Virgen ofrecía el holocausto continuo de su cuerpo, realizando a la perfección las tareas que le habían sido encomendadas; en el Templo, el Corazón Inmaculado de María Santísima se abría cada vez más a un acto de puro y continuo amor a Dios, al tiempo que se desapegaba de las criaturas, para llegar a dar el “sí” perfecto a la Voluntad de Dios.
Es la fiesta de las almas consagradas a Dios en la vida religiosa, pero también es la fiesta de todos los cristianos, pues todos los cristianos, en virtud del bautismo, han sido consagrados a Dios, y todos los cristianos han sido elegidos por Dios para cumplir un designio divino en sus vidas, y es la salvación eterna.
Todo cristiano está llamado a imitar a la Virgen en su consagración a Dios, en su humildad, en su oración, en su silencio, en su amor a Dios por sobre todas las cosas, en el desapego a las criaturas, y el modo más seguro de cumplir este designio divino, es entrar en ese templo espiritual que es el Corazón Inmaculado de María Santísima, en donde el alma es colmada de la Sabiduría divina, el cuerpo es purificado por las pruebas, para adquirir la pureza y castidad de Jesús, el Hombre-Dios, y el corazón crece, día a día, en el amor a Dios y al prójimo.
Es en ese templo inmaculado y purísimo, que es el Corazón de María, en donde el alma del cristiano se prepara para dar el “sí” perfecto al designio de Dios Uno y Trino, el ser almas que se ofrezcan como víctimas de expiación y en reparación por tantos hombres que, caminando en la más completa y tenebrosa oscuridad espiritual, profanan sus cuerpos y sus almas día a día, inmersos en el materialismo, el ateísmo y el hedonismo que envuelve a un mundo sin Dios.
[1] Cfr. http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/11/11-21_presentacion_maria.htm (1 of 6) [8/12/2005 10:08:21 PM]
lunes, 1 de febrero de 2010
La Virgen Presenta a su Hijo, la Iglesia ofrenda la Eucaristía
La Virgen María es modelo de la Iglesia, y tipo perfecto de la Iglesia, lo cual quiere decir que todo lo que sucede en María, se da luego en la Iglesia: así como María, Virgen y Madre, presenta el cuerpo de su Hijo Unigénito, que es Dios Hijo encarnado, ante el altar de Dios, así la Iglesia, Madre y Virgen, presenta a Dios Uno y Trino el cuerpo resucitado de Dios Hijo encarnado, Cristo en la Eucaristía, ya que la ofrenda de la Iglesia a Dios no son el pan y el vino, materias inertes, sino el cuerpo y la sangre de Jesús resucitado en el sacramento del altar.
La Presentación que la Virgen hace de su Hijo Jesús, es el anticipo y la prefiguración de la ofrenda que la Iglesia hace a Dios: la Iglesia ofrenda a Dios el cuerpo resucitado de Jesús, como única ofrenda digna de la majestad divina de Dios Trino.
La Presentación del Señor, realizada por la Virgen María, se renueva en cada Santa Misa, porque la Iglesia Madre presenta a Dios Padre, al igual que la Virgen, a Jesús, aunque hay algo en la Santa Misa que no estaba todavía en la Presentación de la Virgen, y es la obra del Espíritu Santo sobre aquello que era presentado.
Cuando la Virgen presentó a su Hijo Jesús en el Templo, éste todavía no había cumplido su misterio pascual de muerte y resurrección; estaba inhabitado en su humanidad santísima por el Espíritu Santo, porque era Dios Hijo encarnado, y su humanidad había sido ungida con el Espíritu en el momento de la Encarnación, pero el Espíritu Santo no había todavía obrado la transmutación de la carne del Cordero.
Cuando la Iglesia presenta al Hijo de Dios, en la ofrenda eucarística, la humanidad santísima del Hijo de Dios, ha sido ya transmutada por el fuego del Espíritu Santo; en la Eucaristía, ha actuado ya, sobre la humanidad de Jesús, el fuego sublimador del Espíritu Santo, que ha convertido su cuerpo de Niño presentado por la Virgen, en el Cuerpo del Cordero de Dios, ofrendado por la Iglesia a la majestad de Dios Trinidad.
Esta es la diferencia entre la Presentación de la Virgen y la Presentación de la Iglesia, la acción sublimadora y transformadora, del Espíritu Santo, fuego del amor divino, sobre el cuerpo santo de Jesús, de manera que al ofrendarlo la Iglesia, ofrenda la carne del Cordero de Dios.
Al llegar al templo, el anciano Simeón, hombre justo y piadoso, en quien habita el Espíritu Santo, lo toma en brazos y alaba al Niño, reconociendo en Él al Mesías, salvación de los paganos y gloria de Israel.
Así como la Virgen es modelo de la Iglesia, así Simeón es modelo del cristiano en gracia, en quien inhabita el Espíritu, y a quien el Espíritu ilumina para poder reconocer al Mesías. Simeón reconoció, entre sus brazos, al Hijo de Dios, “gloria de Israel”; el cristiano reconoce, entre las manos del sacerdote ministerial, que ostenta la Eucaristía, al Hijo de Dios, Jesucristo, el Mesías, el Salvador del mundo, “resplandor de la gloria del Padre” (cfr. Heb 1, 3) y, como Simeón, alaba a Dios y lo adora por el don de su Amor misericordioso.
[1] Cfr. Orchard, B., Verbum Dei. Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1957, 581.
