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martes, 16 de julio de 2024

Nuestra Señora del Carmen y el Escapulario que libra del fuego del Infierno eterno

 




          La historia del Escapulario de la Virgen del Carmen comienza el día 16 de julio del año 1251, en el que la Madre de Dios se le apareció a quien en ese momento fuera superior de la Orden de los carmelitas, San Simón Stock. La Santísima Virgen, quien llevaba en una mano al Niño Dios, de corta edad y en la otra el Santo Escapulario, enseñándole éste último, le dijo estas palabras: “El que muera con el escapulario puesto, no padecerá el fuego eterno”, entendiendo, obviamente, por “fuego eterno”, el fuego del infierno. En otras palabras, la Virgen promete que, todo aquel que, llevado por la fe en sus palabras, por el amor a su Hijo Jesucristo, por el amor a su Inmaculado Corazón y por la devoción al Santo Escapulario del Carmen, no se condenará en el fuego del Infierno. Es decir, no promete, a quien use el Escapulario, directamente el Cielo, pero al menos, cierra, con el poder de la Sangre de Cristo y con la fuerza del amor maternal de la Virgen, las tenebrosas Puertas del Infierno, para el que sea devoto del Santo Escapulario y, por amor a la Virgen, lo lleve puesto hasta el último suspiro en esta vida terrena. La Virgen prometió además que Ella acudiría al próximo sábado después de la muerte de quien usara el Santo Escapulario, de modo que si alguien va al Purgatorio, pasará como máximo seis días en él, aunque hay que tener en cuenta que en el Purgatorio un minuto equivalen como a cien años terrestres o más.

         Ahora bien, para valorar más este preciosísimo regalo del cielo que es el Escapulario del Carmen -porque no es un invento de los sacerdotes para que haya más devoción, sino un verdadero regalo de la Virgen y de su Hijo Jesús-, es necesario considerar de qué es aquello de lo que nos salva el Escapulario, y es principalmente, del fuego del Infierno. Por este motivo es necesario considerar, al menos brevemente, en esta espantosa realidad, que es eterna, que dura para siempre y que lamentablemente, como dicen los santos, cuando los predicadores hablan de él, es igual a nada, porque el hablar del Infierno no se compara en nada en cuanto a su realidad. Sin embargo, por poco que sea, debemos hablar del Infierno, cuyas Puertas son cerradas por el Santo Escapulario del Carmen y al pensar en el Infierno, cuando pensamos en su terrible y pavorosa realidad, cuando pensamos aunque sea por un instante en los horrores inimaginables de los abismos insondables de ese lago de fuego interminable que es el Infierno, en las torturas atroces que sufren los condenados por parte de los Demonios, en los dolores insoportables producidos por el fuego que nunca jamás se habrá de apagar y que provoca ardor inaguantable tanto en el alma como en el cuerpo; cuando pensamos que además del dolor insoportable, invade a los condenados el espanto, el terror, el horror, que es imposible de describir, porque la vista de los demonios y del mismo Lucifer es tan espantosa y horrorosa que hace que el alma estalle en alaridos no solo de dolor, sino de espanto y de terror, tratando de escapar de su horrorosa visión pero en vano, sin poder escapar nunca jamás de la presencia de los ángeles del Infierno sufriendo para siempre tanto el dolor como el horror; cuando pensamos en el terror espantoso que los condenados sufren al ver cara a cara no solo a los demonios y a los otros condenados sino al mismo Satanás, la Serpiente Antigua, que provoca un espanto de muerte con solo intuir su presencia y que en el Infierno no se puede escapar de él para siempre; cuando nos damos cuenta que todos estos horrores espantosos no son solo sino el comienzo del comienzo y que nunca jamás tendrán fin, y que solo por llevar el Santo Escapulario de la Santísima Virgen del Carmen y por la infinita Misericordia Divina de su Divino Hijo Jesús habremos de salvarnos, no podemos sino postrarnos de rodillas y con la frente en el suelo dar gracias por su infinita misericordia por su infinito amor, porque quien desea llevar el Santo Escapulario, es porque ha sido elegido por la Virgen para que lo lleve; quien desea llevar el Santo Escapulario del Carmen, es un hijo que ha respondido al llamado amoroso de la Madre de Dios que ha elegido a su hijo para vestirlo con su hábito carmelita, como un signo de predestinación eterna, como un signo de salvación eterna, como un signo de que Ella lo ha elegido para ser salvado, ya desde aquí en la tierra, para no ser condenado en lago del fuego, sino para gozar sin fin en las mansiones eternas de Dios en el Reino de los cielos.

Por último, el uso del Escapulario implica llevar una vida cristiana, lo cual quiere decir hacer el propósito de luchar por una verdadera conversión del corazón a Jesucristo, de frecuentar los sacramentos, sobre todo la Penitencia y la Eucaristía, de observar los Diez Mandamientos, de observar los Mandamientos de Jesús en el Evangelio, los Preceptos de la Iglesia, las Obras de caridad. Solo así, al fin de nuestras vidas, y con el Santo Escapulario y por la infinita Misericordia de Nuestro Señor Jesucristo, salvaremos nuestras almas y las de nuestros seres queridos.


viernes, 14 de julio de 2023

El Escapulario de la Virgen del Carmen

 






Origen e historia de la devoción[1].

El Escapulario de la Virgen del Carmen es un sacramental, por eso debemos recordar qué es un sacramental de la Iglesia Católica: “Según el Catecismo, los sacramentales “son signos sagrados creados según el modelo de los sacramentos, por medio de los cuales se significan efectos, sobre todo de carácter espiritual, obtenidos por la intercesión de la Iglesia. “Por ellos, los hombres se disponen a recibir el efecto principal de los sacramentos y se santifican las diversas circunstancias de la vida. “si bien la fe de la Iglesia impregna en estos elementos comunes (agua, sal, cruces, iconos, medallas, etc.) una bendición que es eficaz en sí misma, esta solo se concreta plenamente cuando se combina con la fe personal y una vida recta y ordenada”[1]. Así, desde un inicio, vemos cómo el uso del sacramental, que tiene el poder de la bendición sacerdotal de Jesucristo, eficaz en sí misma, necesita sin embargo de la fe de quien usa el sacramental, así como una vida orientada según la Ley de Dios y los Consejos Evangélicos de Jesucristo. No basta con solo llevar el sacramental, sino que debe haber un verdadero propósito de enmienda y de vivir como cristiano, como seguidor de Cristo, como hijo adoptivo de Dios. Esto se corresponde perfectamente con el llamado a la conversión de Nuestro Señor Jesucristo, cuando envía a sus discípulos a “predicar la conversión” (Mc 6, 13) o cuando Él mismo dice: “Conviértanse porque está cerca el Reino de Dios (Mc 3, 1-12”.

En su origen, como vestidura, el escapulario era un tipo de ropa de trabajo, usada principalmente por monjes, consistente en una pieza grande de ropa por delante y por detrás, unida sobre los hombros con tiras de tela. El escapulario forma parte del hábito de diversas órdenes, incluyendo a los hermanos de Santa María del Monte Carmelo, los Carmelitas. En la Edad Media, el hábito era una parte esencial de la identidad de los miembros de las órdenes religiosas. Quitarse el hábito equivalía a dejar la Orden: la Constitución Carmelita de 1369 estipula excomunión automática para los carmelitas que cantaran misa sin el escapulario, las constituciones de 1294 y 1324 consideraban una falta seria dormir sin el escapulario. Según Hugh Clarke, de la Orden de los Carmelitas, los orígenes de la devoción al Escapulario se encuentran en los deseos de los laicos durante la Edad Media de llegar a una fuerte relación con la Orden Carmelita y su espiritualidad. Era costumbre para los laicos que pertenecían a confraternidades, órdenes terceras, etc., afiliados a órdenes religiosas, vestir algunos signos distintivos de pertenencia, frecuentemente alguna parte derivada del hábito religioso como el cordón, la capa, el hábito, o el escapulario. El pequeño escapulario marrón y la promesa de salvación de la Virgen María al portador empezó a ser promovido entre el laicado en la forma actual por Giovanni Battista Rossi, prior general de los Carmelitas 1564-1578.

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos explica el uso del escapulario en el 205 del “Directorio sobre piedad popular y la liturgia: Principios y orientaciones” (2002): ¿Qué es el escapulario del Carmen? “El escapulario del Carmen es una forma reducida del hábito religioso de la Orden de Hermanos de la bienaventurada Virgen del Monte Carmelo, esto quiere decir que asocia a los laicos a la vida y espiritualidad de la familia carmelitana, el escapulario conserva una especie de sintonía con la misma. “El escapulario es un signo exterior de la relación especial, filial y confiada, que se establece entre la Virgen, Reina y Madre del Carmelo, y los devotos que se confían a ella con total entrega y recurren con toda confianza a su intercesión maternal; recuerda la primacía de la vida espiritual y la necesidad de la oración.” (205) ¿Cuáles eran las condiciones necesarias para ganar el Privilegio Sabatino? [Tradición descontinuada por la Santa Sede en el año 1613]

1.     Usar el escapulario con fidelidad.

2.     Observar castidad de acuerdo al estado de vida.

3.     Rezar el oficio de la Virgen o rezar diariamente 5 décadas del rosario.

¿Cómo se impone el escapulario del Carmen?

“El escapulario se impone con un rito particular de la Iglesia, en el que se declara que ‘recuerda el propósito bautismal de revestirse de Cristo, con la ayuda de la Virgen Madre, solícita de nuestra conformación con el Verbo hecho hombre, para alabanza de la Trinidad, para que, llevando el vestido nupcial, lleguemos a la patria del cielo’.

“La imposición del escapulario del Carmen, como la de otros escapularios, ‘se debe reconducir a la seriedad de sus orígenes: no debe ser un acto más o menos improvisado, sino el momento final de una cuidadosa preparación, en la que el fiel se hace consciente de la naturaleza y de los objetivos de la asociación a la que se adhiere y de los compromisos de vida que asume’.” (205) El primer escapulario debe ser bendecido por un sacerdote e impuesto por él mientras dice la oración: “Recibe este escapulario bendito y pide a la Virgen Santísima que, por sus méritos, lo lleves sin ninguna mancha de pecado y que te proteja de todo mal y te lleve a la vida eterna”[2].

Promesas del Escapulario.

La más antigua promesa que se sostiene sobre el escapulario asegura que aquellos que porten el escapulario, hábito carmelita, se salvarán del fuego del Infierno. Según la tradición, la Virgen María se apareció a San Simón Stock, que era Prior General de la Orden del Carmen a mediados del siglo XII. San Simón Stock era inglés, hombre de gran santidad y devoción, que siempre en sus plegarias pedía a la Santísima Virgen que favoreciera a su orden con algún privilegio singular. Ésta se le apareció en el año 1251[2] portando en las manos el Escapulario y diciéndole “Este es para ti y los tuyos un privilegio: quien lo porte será salvado del fuego del Infierno”. El Escapulario es también signo de Consagración a Cristo imitando a María y signo de la protección y predilección de la Virgen.

En principio esto se refiere a los religiosos carmelitas que permanezcan fieles a su vocación; posteriormente el uso del escapulario del Carmen se extendió ampliamente entre los laicos como un sacramental. En cuanto a la naturaleza de la espiritualidad asociada con el escapulario, la formulación tradicional de la promesa del escapulario es: “Toma este Escapulario. Quienquiera que muera llevándolo no sufrirá el fuego eterno (el Infierno). Será un signo de salvación, de protección en el peligro y promesa de paz”.

A veces el escapulario ha sido mal interpretado, como si el solo uso, sin un compromiso de vida cristiana, contuviera en sí mismo la salvación, pero esto significa no entender la naturaleza de la espiritualidad del Escapulario: la salvación del Infierno, que promete el Escapulario, debe estar acompañada y precedida por una vida cristiana, por una vida en la que el cristiano verdaderamente se empeñe en evitar el pecado y vivir en gracia, observando los Mandamientos de Dios y los consejos evangélicos de Nuestro Señor Jesucristo. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que los sacramentales como el escapulario no confieren la gracia del Espíritu Santo a la manera de los sacramentos, pero por la oración de la Iglesia preparan a recibirla y disponen a cooperar con a ella.

Los creyentes en las promesas tradicionales del escapulario, sostienen que la intercesión de la Virgen asegura la conversión, la perseverancia final y/o los ritos de extremaunción o confesión, que de esta manera aseguran las promesas del escapulario al portador. En el extremo opuesto a quienes desean usar el Escapulario de la Virgen del Carmen, según San Claudio de la Colombiére -director espiritual y confesar de Santa Margarita María de Alacquoque-, se encuentran las almas impías y faltas de fe que desprecian y rechazan las promesas de la Virgen y por esto mismo se rehúsan a portarlo. También según el mismo santo, en los casos de pecadores impenitentes, el escapulario, de alguna manera, desaparecerá del portador, de ahí la necesidad de portar el Escapulario con fe, devoción, piedad y amor a Nuestro Señor y a la Virgen Santísima.

Creencias asociadas con el Escapulario.

Según las múltiples referencias relativas al Escapulario, se relata que las Benditas Almas del Purgatorio fueron sacadas del Purgatorio por la Virgen, acompañada de San Miguel Arcángel, de San Gabriel y llevadas ante la Presencia de la Santísima Trinidad, por el hecho de haber usado piadosamente el Escapulario en esta vida terrena. Estas narraciones son acordes a lo que se denomina “Privilegio sabatino”, reservado a los portadores del Escapulario y que consiste en que la Virgen en persona desciende al Purgatorio para sacar a las almas que hubieran vivido en la tierra cumpliendo las condiciones que implican el vestir el Escapulario de la Virgen del Carmen. Además, la Iglesia insta a los carmelitas el predicar que los méritos de María y su inmaculada intercesión ayudará a aquellos que “dediquen su vida a la caridad, hayan portado en vida el escapulario del Carmen, hayan observado la virtud de la castidad, hayan recitado el Pequeño Oficio de Nuestra Señora, o si no pueden leer, hayan observado las fiestas de la iglesia y se hayan abstenido de carne los miércoles y los sábados”. Actualmente, la Orden del Carmen, recomienda la creencia en la oración y la intercesión de la Virgen en la asistencia a las almas y encomienda especial devoción a María especialmente aquellos sábados litúrgicamente dedicados a Ella.

Por último, un elemento esencial de la espiritualidad del Escapulario es que quien usa el Escapulario, está consagrado a María Santísima[3], lo cual significa un gran compromiso de vida cristiana, porque implica imitar las virtudes de la Virgen: pureza de pensamiento, palabra y obra; aceptación humilde de la Cruz; caridad extrema con todo prójimo, especialmente los más necesitados; amor piadoso a su Hijo Jesucristo -sobre todo en el Santísimo Sacramento del altar, en donde Jesús está en Persona- y así con todas las virtudes.

 


[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Escapulario_del_Carmen#:~:text=Origen%20e%20historia%20de%20la%20devoci%C3%B3n,-En%20su%20origen&text=La%20tradici%C3%B3n%20nos%20dice%20que,pero%20no%20el%20d%C3%ADa%20preciso.

[2] La tradición marca el año 1251, pero no el día preciso. La fiesta del 16 de julio (aunque muchos creen que se apareció ese día) tiene origen en una fiesta antigua de los Carmelitas para dar gracias a la Virgen por su patrocinio. Después se convirtió en la fiesta titular.



[2] www.corazones.org

[3] Así, en el año 1951 el Papa Pío XII escribió una carta apostólica a los Carmelitas en el VII centenario de la visión de San Simón Stock, en la que les recordaba que el escapulario es para los carmelitas un signo de su consagración al Sacratísimo Corazón de la Inmaculada Virgen.

viernes, 12 de mayo de 2023

Nuestra Señora de Fátima y el castigo de Dios

 

   

         Recientemente, un religioso que ocupa un alto cargo en una Academia Pontificia, declaró que todas las apariciones de la Virgen donde se anunciaba un castigo de Dios, eran falsas: “Fray Stefano Cecchin, ofm, presidente de la Pontificia Academia Mariana, ha concedido una entrevista al semanal Alfa y Omega, en la que, entre otras cosas, asegura que “las apariciones que hablan de castigos de Dios son absolutamente falsas”[1]. Esta afirmación es contraria a la Tradición, al Magisterio y a las Escrituras y, por lo tanto, no la vamos a aceptar; entre otras cosas, cabría preguntarse si estas declaraciones decretan como falsas las apariciones de la Virgen en Fátima, Akita y La Salette, en donde se habla de “castigo divino”, de “condenación eterna”, de “ira de Dios”. Estas declaraciones abarcarían no solo a la Devoción a la Divina Misericordia, sino que incluso al mismo Señor Nuestro Jesucristo, quien en el Evangelio habla igual o incluso más, acerca del Infierno y del Reino de las tinieblas, es decir, Jesús habla más de la eterna condenación en el Infierno, que la salvación en el Cielo y habla más del Reino de las tinieblas, que del Reino de los cielos.

         Habiendo dicho esto, haremos referencia, brevemente, a los que consideramos que son los elementos centrales de las Apariciones de Fátima. En estas apariciones de la Virgen, aprobadas por la Santa Iglesia Católica, hay cuatro elementos centrales: devoción piadosa -comunión de rodillas- y con amor a Jesús Eucaristía; rezo del Santo Rosario por la conversión de pecadores; penitencia y sacrificios por conversión de pecadores; existencia del Infierno y condenación eterna como consecuencia de despreciar los Mandamientos y los Sacramentos de la Iglesia Católica.

         La piedad, la devoción, el amor y la fe a la Eucaristía, es un elemento central, tal vez el principal, en las Apariciones de Fátima: antes de aparecerse la Virgen, se aparece el Ángel de Portugal por tres veces; en la tercera aparición del Ángel, el Ángel trae la Eucaristía y el Cáliz y antes de darles la Sagrada Comunión a los niños, deja suspendidos en aire a la Eucaristía y el Cáliz y se postra en tierra, con la frente tocando el suelo y les enseña a los Pastorcitos las oraciones eucarísticas de adoración y reparación. La tercera aparición ocurrió al final del verano o principio del otoño de 1916, nuevamente en la Gruta del Cabeço y, siempre de acuerdo con la descripción de la Hermana Lucía[2], transcurrió de la siguiente forma: “En cuanto llegamos allí, de rodillas, con los rostros en tierra, comenzamos a repetir la oración del Ángel: “Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo...”. No sé cuántas veces habíamos repetido esta oración cuando advertimos que sobre nosotros brillaba una luz desconocida. Nos incorporamos para ver lo que pasaba y vemos al Ángel trayendo en la mano izquierda un cáliz sobre el cual está suspendida una hostia de la que caían, dentro del cáliz, algunas gotas de sangre. Dejando el cáliz y la hostia suspendidos en el aire, se postró en tierra y repitió tres veces la oración: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo: yo te adoro profundamente y te ofrezco el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Y por los infinitos méritos de su Santísimo Corazón y del Inmaculado Corazón de María, te pido la conversión de los pobres pecadores”. Después se levantó, tomó de nuevo en la mano el cáliz y la hostia, y me dio la hostia a mí. Lo que contenía el cáliz se lo dio a beber a Jacinta y a Francisco, diciendo al mismo tiempo: “Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios”. De nuevo se postró en tierra y repitió con nosotros otras tres veces la misma oración: “Santísima Trinidad...”. Y desapareció. Llevados por la fuerza de lo sobrenatural que nos envolvía, imitábamos al Ángel en todo, es decir, nos postrábamos como él y repetíamos las oraciones que él decía. La fuerza de la presencia de Dios era tan intensa, que nos absorbía y aniquilaba casi por completo. Parecía como si nos hubiera quitado por un largo espacio de tiempo el uso de nuestros sentidos corporales. En esos días, hasta las acciones más materiales las hacíamos como llevados por esa misma fuerza sobrenatural que nos empujaba. La paz y felicidad que sentíamos era grande, pero sólo interior; el alma estaba completamente concentrada en Dios. Y al mismo tiempo el abatimiento físico que sentíamos era también fuerte”.

         El otro mensaje de Fátima es el pedido de oración, específicamente, del Santo Rosario, diciéndoles así la Virgen: “Soy del Cielo (…) Vas al Cielo y Jacinta y Francisco también (…) Cuando recéis el Rosario, diréis después de cada misterio: ¡Oh Jesús (…) lleva todas las almas al Cielo!”[3] y también la oración de reparación por las ofensas cometidas por los hombres contra Dios Uno y Trino. En la primera aparición del Ángel, se les enseña a los niños cómo rezar, en adoración y reparación a Dios; ocurrió en la primavera o en el verano de 1916, en una gruta del “outeiro do Cabeço”, cerca de Aljustrel, y se desarrolló de la siguiente manera, conforme narra la Hermana Lucía: “Sólo habíamos jugado unos momentos cuando un viento fuerte sacude los árboles y nos hace levantar la vista para ver qué pasaba, pues el día estaba sereno. Comenzamos a ver, a cierta distancia, sobre los árboles que se extendían en dirección al este, una luz más blanca que la nieve, con la forma de un joven transparente más brillante que un cristal atravesado por los rayos del sol. A medida que se aproximaba fuimos distinguiendo sus facciones: era un joven de unos catorce o quince años, de una gran belleza. Estábamos sorprendidos y absortos; no decíamos ni una palabra. Al llegar junto a nosotros nos dijo: “No temáis, soy el Ángel de la Paz. Rezad conmigo”. Y arrodillándose, inclinó su frente hasta el suelo. Llevados por un movimiento sobrenatural, le imitamos y repetimos las palabras que le oímos pronunciar: “Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman”. Después de repetir esto tres veces se irguió y dijo: “Rezad así. Los Corazones de Jesús y de María están atentos a la voz de vuestras súplicas”. Y desapareció. El ambiente sobrenatural que nos rodeaba era tan intenso, que casi no nos dimos cuenta de nuestra propia existencia durante mucho tiempo y permanecimos en esta posición en que nos había dejado repitiendo siempre la misma oración. La presencia de Dios se sentía tan intensa y tan íntima que ni entre nosotros nos atrevíamos a hablar. Al día siguiente todavía sentíamos nuestro espíritu envuelto por esa atmósfera, que sólo muy lentamente desapareció”[4].

         Otro elemento central en las Apariciones de Fátima es la importancia de la penitencia y del sacrificio. La segunda aparición del Ángel ocurrió en el verano de 1916, sobre el pozo de la casa de los padres de Lucía, junto al cual jugaban los niños. Así narra la Hermana Lucía lo que entonces les dijo el Ángel a ella y a sus primos: “¿Qué hacéis? Rezad, rezad mucho. Los Corazones de Jesús y de María tienen sobre vosotros designios de misericordia. Ofreced constantemente al Altísimo oraciones y sacrificios. ¿Cómo nos tenemos que sacrificar?, pregunté. “De todo lo que podáis, ofreced a Dios un sacrificio de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así la paz sobre vuestra patria. Yo soy su ángel de la guarda, el Ángel de Portugal. Sobre todo, aceptad y soportad con resignación el sufrimiento que Nuestro Señor os envíe. Y desapareció. Estas palabras del Ángel se grabaron en nuestro espíritu como una luz que nos hacía comprender quién era Dios, cómo nos amaba y quería ser amado; el valor del sacrificio y cómo le era agradable; y cómo en atención a él, convertía a los pecadores”[5].

Por último, un elemento también central en Fátima es la existencia del Infierno, realidad y existencia que es un dogma de fe de la Iglesia Católica, sin cuya creencia nos apartamos de esta Santa Fe. De modo concreto, en las Apariciones de Fátima, la Virgen no se anda con vueltas con respecto a la pedagogía con los niños o si estos tal vez quedarían “traumatizados” si supieran del Infierno, todos argumentos modernistas para ocultar la existencia del Infierno a los niños: la Virgen los lleva al Infierno, en donde los niños, cuyas edades iban desde los siete años -Jacinta- hasta los ocho o nueve, ven, con sus propios ojos, el Infierno, ven el lago de fuego, ven caer a las almas en el lago de fuego, “como copos de nieve”, ven a los demonios atormentando a las almas condenadas. Dice así la Hermana Lucía con respecto a la visión sobre el Infierno en Fátima: “Fue el día 13 de julio de 1917, después de haber dicho estas palabras: “Sacrificaos por los pecadores, y decid muchas veces, en especial cuando hicierais algún sacrificio: Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en desagravio por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María”. Al decir estas últimas palabras, escribe Sor Lucía, abrió de nuevo las manos como en los meses pasados. El reflejo parecía penetrar en la tierra y vimos como un mar de fuego. Sumergidos en ese fuego, los demonios y las almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o broceadas, con forma humana que fluctuaban en el incendio, llevadas de las llamas que de ellas misma salían, juntamente con nubes de humo cayendo por todos los lados, semejantes al caer de las pavesas en los grandes incendios, sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. (Debe haber sido a la vista de esto cuando di aquel “ay”, que dicen haberme oído). Los demonios se distinguían por formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros carbones en brasa. Asustados y como para pedir socorro, levantamos la vista hacia Nuestra Señora, que nos dijo entre bondadosa y triste: «Habéis visto el infierno, a donde van las almas de los pobres pecadores; para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón”[6].

 

“Mar de fuego, formas horribles de los demonios, gritos de desesperación”: lo que vieron los pastorcitos corresponde perfectamente con las penas físicas y morales que sufren para siempre los que murieron en estado de pecado mortal. Y con respecto al Infierno, hay que decir que es una muestra de que Dios SÍ castiga, sí castiga al ángel rebelde y al ser humano rebelde, que muere voluntariamente en pecado mortal, porque voluntariamente no quiere recibir el Amor de Dios. Entonces, decir que una aparición mariana es falsa porque anuncia el castigo de Dios, es una afirmación temeraria, falsa, modernista, contraria a la Santa Fe Católica.

Reparemos las ofensas a los Sagrados Corazones de Jesús y María; reparemos por nuestros propios pecados y por los pecados de los demás; hagamos adoración eucarística, pidamos nuestra conversión eucarísica, recemos el Santo Rosario, hagamos sacrificios y penitencias por las conversiones de los pecadores, pidamos insistentemente la gracia de perseverar en la Santa Fe Católica hasta el último día de nuestras vidas y de perseverar en la gracia y en las obras de misericordia, para así evitar el castigo divino, el Infierno eterno.

        

 

martes, 28 de marzo de 2023

El Legionario y el Cuerpo Místico de Cristo (2)

 



         El Manual del Legionario insiste en un concepto, acerca del cual todo legionario debe tenerlo siempre presente y meditar en él y es el de la Iglesia como “Cuerpo Místico de Cristo”[1].

         Este concepto se toma a su vez de San Pablo, en donde el Apóstol compara la unión entre Cristo y los bautizados con la unión que existe entre la cabeza y los demás miembros del cuerpo humano. En el cuerpo los miembros tienen cada cual su función particular; algunos son más nobles que otros, pero todos se necesitan mutuamente y a todos los anima una misma vida, de modo similar a como todos los miembros del cuerpo humano están animados y vivificados por un mismo y solo espíritu o alma, así en el Cuerpo Místico de Cristo, todos los miembros están animados y vivificados por un solo espíritu, el Espíritu de Cristo, el Espíritu Santo. Y de la misma manera a como sucede con el cuerpo humano, que cuando un miembro sufre un daño, todo el cuerpo se resiente, así sucede en el Cuerpo Místico de Cristo: cuando un miembro está en pecado mortal, todo el Cuerpo Místico se resiente. Para darnos una idea, debemos recordar la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo: las heridas de su Cuerpo Humano, representan a los miembros del Cuerpo Místico, los bautizados, que están en pecado mortal; los colgajos de piel y músculo que son arrancados por los latigazos, son los miembros del Cuerpo Místico que se pierden en la eterna condenación.

         En la Iglesia, Cristo es la Cabeza, los bautizados somos los miembros y la Virgen es el Corazón, aunque también el cuello, dice el Manual, citando a San Bernardo, porque el cuello es la unión entre la cabeza y el cuerpo y de la misma manera, la Virgen actúa como unión entre Cristo y los bautizados, porque así como nadie va al Padre si no es por Cristo, nadie va a Cristo si no es por la Virgen. Que la Virgen sea el Corazón del Cuerpo Místico se explica porque Ella es Mediadora de todas las gracias y las gracias que brotan del Sagrado Corazón de Jesús, nos llegan pura y exclusivamente a través del Inmaculado Corazón de María.

         Es importante tener en cuenta este concepto de Cuerpo Místico, porque al estar todos unidos a Cristo Cabeza, todos estamos también unidos y vivificados por el mismo Espíritu, el Espíritu Santo, lo cual hace que estemos unidos con un lazo de unión mayor que el lazo sanguíneo, porque lo que nos une es el Espíritu de Dios. Esto quiere decir que cuando nos referimos a otro bautizado como “hermano”, no lo hacemos de modo simbólico o metafórico, sino que en la realidad, es nuestro hermano en Cristo, porque así como los hermanos sanguíneos tienen un mismo origen, así los bautizados tenemos un mismo origen, que es Cristo, desde el momento en que fuimos unidos a Cristo por el bautismo sacramental. De esto se deriva que tenemos, los unos para con los otros, deberes santos de amor y servicio de los miembros para con la Cabeza -debemos amar a Cristo y desagraviarlo cuando es injuriado- y de los miembros entre sí (1 Jn 4, 15-21) -es decir, debemos velar por el bien espiritual de nuestros hermanos y, en la medida de lo posible, por su bienestar material, esto implica la oración mutua de unos por otros, pidiendo por la conversión de quien no está convertido, por la perseverancia de quien está en el camino de la gracia y rezar también por los miembros del Cuerpo Místico que pertenecen a la Iglesia Purgante, las Almas del Purgatorio-. Por último, así como Cristo nos salvó, al expiar nuestros pecados, pecados que Él no había cometido -por eso dice la Escritura que “Cristo es el Salvador de su Cuerpo” (Ef 5, 23)-, así también los miembros del Cuerpo Místico, unidos a Cristo, deben ofrecerse como víctimas en la Víctima, para expiar los pecados propios y los pecados de sus hermanos en Cristo, convirtiéndose en corredentores en Cristo. Los miembros del Cuerpo Místico de Cristo estamos llamados a dar la vida por nuestros hermanos, en unión con Cristo Jesús, por su salvación eterna. No nos puede ser indiferente el hecho de que nuestros hermanos vivan en pecado mortal, porque están en riesgo de eterna condenación en el Infierno; por eso mismo, unidos a Cristo, debemos orar, ofrecer sacrificios y penitencias, pidiendo por la conversión de los pecadores, de cualquier parte del mundo, y por las Benditas Almas del Purgatorio. Sólo así estaremos cumpliendo nuestra función como miembros del Cuerpo Místico de Cristo.



[1] Cfr. Manual del Legionario, IX, 1.

viernes, 13 de mayo de 2022

Las Apariciones de Fátima confirman la fe de la Iglesia en la existencia del Infierno como lugar de castigo eterno para los impenitentes

 



Muchos malos católicos, entre ellos, sacerdotes y laicos, niegan verdades de fe cuando enseñan el Catecismo, por el falso escrúpulo de no “traumatizar” o “escandalizar” a los que reciben la formación catequética. Pero entonces, ¿qué podemos decir de la Virgen María, quien fue Ella la que llevó a los niños al Infierno, para que tuvieran una experiencia mística del mismo? Es decir, la Virgen no les habló simplemente del Infierno, sino que los llevó a ese lugar y los hizo contemplar su horror. Si la Virgen hace esto, nosotros no podemos, de ninguna manera, omitir la enseñanza de la Iglesia acerca de esta verdad de fe.

Dentro del contexto de las Apariciones, el 13 de julio de 1917 la Virgen de Fátima mostró a los tres pastorcitos Lucía, Francisco y Jacinta, en la Cova da Iria (Portugal), una visión del infierno que muestra las trágicas consecuencias que trae la falta de arrepentimiento y lo que espera en el mundo invisible a quienes no se convierten[1]. Esta visión, mostrada en la tercera de las apariciones de Fátima, dio a conocer a los pequeños un secreto en tres partes. En la primera parte del secreto, donde el infierno fue mostrado, Nuestra Señora les dio a los niños una manera de ayudar a otros para que no se condenen: “Hagan sacrificios por los pecadores, y digan seguido, especialmente cuando hagan un sacrificio: Oh Jesús, esto es por amor a Ti, por la conversión de los pecadores, y en reparación por las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de María”. La Virgen les enseña a los niños a hacer sacrificios y a rezar para precisamente evitar que los pecadores caigan en el Infierno.

En el libro La verdadera historia de Fátima del P. John de Marchi, se relata cómo el padre de la pastorcita Jacinta, Ti Marto, presenció lo ocurrido en Cova da Iria aquel día. Recordó que “Lucía jadeó de repente horrorizada, que su rostro estaba blanco como la muerte y que todos los que estaban allí la oyeron gritar de terror frente a la Virgen Madre, a quien llamaba por su nombre. Los niños miraban a su Señora aterrorizada, sin palabras, e incapaces de pedir socorro por la escena que habían presenciado”. Tiempo después y a petición del obispo de Leiría, Sor Lucía describió cómo fue la visión: “Mientras Nuestra Señora decía estas palabras abrió sus manos una vez más, como lo había hecho en los dos meses anteriores. Los rayos de luz parecían penetrar la tierra, y vimos como si fuera un mar de fuego. Sumergidos en este fuego estaban demonios y almas en forma humana, como tizones transparentes en llamas, todos negros o color bronce quemado, flotando en el fuego, ahora levantadas en el aire por las llamas que salían de ellos mismos junto a grandes nubes de humo, se caían por todos lados como chispas entre enormes fuegos, sin peso o equilibrio, entre chillidos y gemidos de dolor y desesperación, que nos horrorizaron y nos hicieron temblar de miedo (debe haber sido esta visión la que hizo que yo gritara, como dice la gente que hice). Los demonios podían distinguirse por su similitud aterradora y repugnante a miedosos animales desconocidos, negros y transparentes como carbones en llamas. Horrorizados y como pidiendo auxilio, miramos hacia Nuestra Señora, quien nos dijo, tan amablemente y tan tristemente: ‘Ustedes han visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Es para salvarlos que Dios quiere establecer en el mundo una devoción a mi Inmaculado Corazón. Si ustedes hacen lo que yo les diga, muchas almas se salvarán, y habrá paz’”.

Luego, después de la visión, María les indicó una oración esencial para ayudar a los pecadores: “Cuando ustedes recen el Rosario, digan después de cada misterio: Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu infinita Misericordia”. El P. de Marchi señaló que los niños comprendieron por qué la Virgen de Fátima pidió orar y hacer sacrificios por los pecadores. “Haz esto”, decía la Señora. “Es una cosa grande, buena y amorosa, y agradará a Dios que es Amor”.

A partir de la visión del Infierno, los niños comprendieron que sus oraciones y sacrificios tenían una enorme importancia para salvar almas y evitar que cayeran en ese lago de fuego. A partir de entonces, rezaron constantemente, todos los días, haciendo sacrificios y penitencias por las almas de los que no se convierten a Cristo, de los que faltan a Misa por pereza, de los que viven en el pecado en cualquiera de sus formas.

Además de la visión del infierno del 13 de julio de 1917, el mensaje de la Virgen de Fátima indica que se debe orar el Rosario todos los días, hacer sacrificios y orar por los pecadores, practicar la devoción de los 5 primeros sábados de mes en honor del Inmaculado Corazón de María, y la consagración personal también a su Inmaculado Corazón.

Esta visión del Infierno nos confirma la enseñanza bimilenaria de la Iglesia de la existencia de ese lugar de castigo, nos enseña que ese lugar no está vacío, pero nos enseña también que, por amor a esas almas, debemos rezar el Rosario, hacer penitencia y consagrarnos al Inmaculado Corazón de María, para que las almas no se condenen eternamente en el Infierno, sino que se salven y vayan al Reino de los cielos, junto con Jesús y María.

 

martes, 3 de mayo de 2022

Nuestra Señora de Fátima nos enseña a adorar a la Eucaristía, a rezar el Rosario y a evitar el Infierno

 



         En las Apariciones de Nuestra Señora de Fátima hay diversas enseñanzas por parte del Cielo, pero podemos considerar que tres de ellas son centrales y forman la esencia de estas Apariciones: la Adoración Eucarística, el rezo del Santo Rosario y la confirmación de la existencia del Infierno y el peligro real de caer en él. Por esta razón, meditaremos brevemente sobre estos tres temas.

         En cuanto a la Adoración Eucarística, las Apariciones de Fátima son explícitas en lo que se refiere a la enseñanza bimilenaria de la Iglesia: la Eucaristía no es un pedacito de pan, sino Dios Hijo encarnado, oculto en apariencia de pan y esto se ve en el hecho de que el Ángel de las Apariciones se postra, no sólo de rodillas, sino con la frente en tierra, para adorar a la Sagrada Eucaristía, que aparece milagrosamente en el aire, chorreando sangre que es recogida en el altar. La gran mayoría de los cristianos no tiene en cuenta a la Eucaristía, no cree en la Presencia real, verdadera y substancial de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía y no acude a la Santa Misa a recibirlo en el Santísimo Sacramento del Altar. En vez de eso, prefieren jugar al fútbol, pasear, hacer compras, visitar amigos y familiares. Y la gran mayoría de los que comulga, lo hace mecánicamente, sin hacer, antes de la Comunión, un acto de amor y de adoración a Jesús Eucaristía, recibiéndolo con un corazón frío, distante, vacío de amor a Jesús y al prójimo y, todavía peor, maquinando venganzas y mascullando odio contra el prójimo y todo en el momento de la Comunión Eucarística. Y la gran mayoría de niños y jóvenes que completan la formación de Catequesis, en vez de iniciar una vida de unión con Jesús Eucaristía por medio de la Comunión Eucarística de los domingos, abandona la Iglesia, porque en el fondo, desprecian la Presencia real de Jesús en la Eucaristía, siendo más valioso para ellos el fútbol, los amigos, los familiares, la música, los ídolos, la propia pereza, antes que la unión sacramental con el Cristo Eucarístico. ¡Cuánto lamentarán, estos niños y jóvenes, haber despreciado con tanta fuerza al Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús! Pero cuando lo lamenten, tal vez sea ya demasiado tarde.

         En cuanto al rezo del Santo Rosario, a pesar de que la Virgen prometió que toda gracia que se pidiera en el Rosario sería alcanzada, los cristianos católicos, despreciando las palabras de la Virgen, consideran al Rosario como algo inútil, como un pérdida de tiempo, como un sinsentido, pero al mismo tiempo, no dudan ni un instante en acudir a los brujos, a los curanderos, a los chamanes, para que les solucione algún problema o alguna enfermedad. También, los mismos que dicen que no rezan el Rosario porque es una oración “larga y aburrida”, no dudan en hacer largas filas y pasar horas para recibir la atención de quienes practican la brujería oriental, que llega a nosotros con nombres extraños como “reiki”, “yoga”, “gnosis”, “metafísica” y cuanta oscuridad más se haga presente. Para la gran mayoría de los cristianos, es preferible practicar la brujería o acudir a prácticas de ocultismo oriental, antes que rezar el Santo Rosario, lo cual habrán de lamentar, con mucho, pero mucho dolor, y tal vez cuando ya sea demasiado tarde.

         En cuanto al Infierno, el mensaje de Fátima es más que claro: quien vive en pecado mortal y no se arrepiente y muere en pecado mortal, se condena, irreversiblemente, en el fuego del Infierno eterno, sufriendo el fuego del Infierno en el cuerpo y en el alma, para siempre. Una de las causas de la descristianización del mundo y del consecuente avance del mal en todas las esferas de la vida humana, es la creencia errónea, de los cristianos, de que el Infierno no existe, o de que está vacío, o que nadie irá al Infierno, sin importar la vida que lleve aquí en la tierra. La experiencia mística del Infierno por parte de los Pastorcitos, a quienes la Virgen llevó al Infierno siendo niños pequeños, nos advierte claramente que la Justicia Divina, en la otra vida, es implacable y que si nosotros persistimos en el pecado mortal, viviremos para siempre en donde el pecado mortal nos conduce, el Infierno. Muchos creen que pueden pasar años y años en pecado mortal y no se preocupan por el estado de sus almas, sin darse cuenta que las Puertas del Infierno están abiertas para esa alma y que ya tiene un lugar en el Infierno, a menos que esa alma se arrepienta verdaderamente, se confiese sacramentalmente y comience a vivir una vida de oración, de penitencia y de verdadera conversión cristiana, conversión que se demuestra no por palabras vacías, sino por la mansedumbre, la compasión, la caridad, la paciencia, la humildad, es decir, por la vivencia de las virtudes cristianas.

         Adoración Eucarística, rezo del Santo Rosario, vivir en gracia y evitar el pecado mortal o venial deliberado para no caer en el Infierno, estas son tres enseñanzas centrales de la Virgen en Fátima. El tiempo se acorta y quien no aproveche el tiempo de su vida terrena para ponerlos en práctica, lo lamentará por toda la eternidad en un lago de fuego.

jueves, 3 de marzo de 2022

Los beneficios del Rosario revelados por la Virgen al Beato Alán de la Rupe

 



La Virgen María, la Madre de Dios, le reveló en una aparición al Beato Alán de la Rupe que el Rosario tiene ciento cincuenta Ave Marías, que protegen contra los ciento cincuenta terrores de la muerte, que son la enfermedad, la tristeza, el temor, el asalto de los demonios, el remordimiento de conciencia, la pérdida de bienes, la impaciencia, la inmovilidad de los miembros, la postración y todo lo que esto significa.

Luego la Virgen le dijo que el Rosario tiene también ciento cincuenta Ave Marías que protegen contra los ciento cincuenta terrores del Juicio Universal, que son el temor del Supremo Juez, el temor de quienes deben ser juzgados, la acusación de los demonios, la manifestación de los pecados, la infamia infinita, la aprehensión, el remordimiento de conciencia, la desesperación, la vergüenza, el deseo de morir para siempre, la acusación de las creaturas contra los pecadores, y todo lo que esto conlleva.

También le reveló la Virgen que el Rosario tiene ciento cincuenta Ave Marías que protegen contra la ciento cincuenta penas del Infierno, cada una de las cuales contiene en sí seis mil seiscientos sesenta penas especiales y cada una de ellas tiene además otras penas individuales, que son casi infinitas, tanto para el alma como para el cuerpo, penas que provienen de parte de los demonios –que atormentan y horrorizan para siempre a los condenados-, de parte de Dios –que de este modo ejerce su Divina Justicia, porque de Dios nadie se burla y si alguien se burló de Dios en esta vida, en la otra lo pagará para siempre si no hay arrepentimiento-, de parte del lugar de fuego, de parte de los sentidos, como consecuencia de la gloria perdida para siempre, con la interminable eternidad de los condenados.

Todos estos beneficios que concede el Santo Rosario, revelados por la Virgen en persona, son más que suficientes para rezarlo todos los días, hasta el último día de nuestra vida terrena.

miércoles, 12 de mayo de 2021

Las Apariciones y enseñanzas de Nuestra Señora de Fátima

 



         En el año 1917 se produjeron una de las más grandiosas apariciones de la Madre de Dios en la historia de la Iglesia. Estas apariciones estuvieron precedidas por las apariciones, a su vez, de un Ángel, quien se presentó a sí mismo como “El Ángel de la Paz” y también “El Ángel de Portugal”.

         Estas apariciones nos dejaron numerosas enseñanzas:

         Por un lado, el Ángel les enseña a adorar la Presencia Sacramental de Jesucristo en la Eucaristía, dictándoles dos oraciones de adoración a Jesús Sacramentado y enseñándoles en la práctica cómo adorar con el cuerpo, postrándose él mismo, el Ángel, ante Jesús Eucaristía. Una de las oraciones del Ángel dice así: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo os adoro profundamente y os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias, con los cuales Él mismo es continuamente ofendido. Por los infinitos méritos de su Sacratísimo Corazón y los del Inmaculado Corazón de María, os  pido la conversión de los pobres pecadores. Amén”. La otra oración que les enseña el Ángel es: “Dios mío, yo creo, espero, te adoro y te amo. Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni te aman”. Estas oraciones, profundamente eucarísticas, mantienen su plena vigencia, hoy más que nunca, debido a las innumerables profanaciones y sacrilegios que sufre, día a día, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús y es por eso que es muy conveniente rezar estas oraciones en las Horas Santas, en la Adoración Eucarística al Santísimo Sacramento del altar.

         Por otra parte, la Virgen les proporciona numerosas enseñanzas a los Pastorcitos:

         El rezo del Santo Rosario y su importancia para la conversión de los pecadores; la existencia del Infierno, haciéndolos participar, místicamente, de la realidad del Infierno, al llevarlos al Infierno y hacerlos contemplar cómo las almas de los condenados caían en el lago de fuego y fluctuaban como “copos de nieve”: al respecto, la Beata Sor Lucía describe así la experiencia del Infierno: “Mientras Nuestra Señora decía estas palabras abrió sus manos una vez más, como lo había hecho en los dos meses anteriores. Los rayos de luz parecían penetrar la tierra, y vimos como si fuera un mar de fuego. Sumergidos en este fuego estaban demonios y almas en forma humana, como tizones transparentes en llamas, todos negros o color bronce quemado, flotando en el fuego, ahora levantadas en el aire por las llamas que salían de ellos mismos junto a grandes nubes de humo, se caían por todos lados como chispas entre enormes fuegos, sin peso o equilibrio, entre chillidos y gemidos de dolor y desesperación, que nos horrorizaron y nos hicieron temblar de miedo (debe haber sido esta visión la que hizo que yo gritara, como dice la gente que hice). Los demonios podían distinguirse por su similitud aterradora y repugnante a miedosos animales desconocidos, negros y transparentes como carbones en llamas. Horrorizados y como pidiendo auxilio, miramos hacia Nuestra Señora, quien nos dijo, tan amablemente y tan tristemente: ‘Ustedes han visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Es para salvarlos que Dios quiere establecer en el mundo una devoción a mi Inmaculado Corazón. Si ustedes hacen lo que yo les diga, muchas almas se salvarán, y habrá paz’”. Luego, después de la visión, María les indicó una oración esencial para ayudar a los pecadores: “Cuando ustedes recen el Rosario, digan después de cada misterio: Oh Jesús mío, perdona nuestros pecados, líbranos del fuego del infierno, lleva al cielo a todas las almas, especialmente a las más necesitadas de tu infinita Misericordia”.

Además, la Virgen les enseña el valor del sacrificio, de la penitencia, de la mortificación y del ayuno, como vías de crecimiento en santidad personal y también para la conversión de las almas más necesitadas de la gracia de Dios, los pecadores: “Hagan sacrificios por los pecadores, y digan seguido, especialmente cuando hagan un sacrificio: Oh Jesús, esto es por amor a Ti, por la conversión de los pecadores, y en reparación por las ofensas cometidas contra el Inmaculado Corazón de María”; también les advierte acerca del peligro del Comunismo y de cómo este régimen satánico, despiadado y ateo habría de “propagar sus errores por todo el mundo”, tal como sucedió y tal como está sucediendo en la actualidad: desde que se implementó en Rusia por medio de una sangrienta revolución, el Comunismo ha esparcido el ateísmo, la violencia y la lucha de clases por todo el mundo, provocando desde entonces hasta ahora un genocidio de más de ciento cincuenta millones de muertos, sin contar los cuatrocientos millones de muertos provocados por la política del “hijo único” aplicado por el gobierno comunista chino durante treinta años.

La Virgen les enseña también a rezar el Santo Rosario y les enseña la devoción del rezo del Rosario reparador, el cual se reza durante cinco sábados, los primeros sábados de cada mes, meditando en los misterios del Santo Rosario y acompañando este rezo con el deseo de un profundo cambio de vida, haciendo un completo examen de conciencia, confesando los pecados y recibiendo la Sagrada Comunión, todo para reparar las ofensas que se realizan al Inmaculado Corazón de María y también al Sagrado Corazón de Jesús.

No debemos creer que las Apariciones de Fátima son cosa del pasado: estas apariciones, importantísimas para la vida espiritual y de la Iglesia, son atemporales, en el sentido de que abarcan todos los tiempos y por lo tanto son actuales y mucho más en nuestros días, en los que se atenta cotidianamente contra la Sagrada Eucaristía y contra el Inmaculado Corazón de María y también contra la vida humana por nacer, por medio de la inicua e infame ley del aborto. Hoy, más que nunca, es necesario recordar las Apariciones de la Virgen en Fátima y aplicar, con todo el corazón, sus invalorables enseñanzas celestiales.

jueves, 9 de julio de 2020

El sentido del uso del Escapulario de Nuestra Señora del Carmen



         El Escapulario del Carmen está indisolublemente unido a la verdad sobrenatural de la existencia del Infierno: en otras palabras, no se puede hablar del Escapulario del Carmen sin hablar de la realidad y de la existencia del Infierno. Éste último es el lugar creado por la Santísima Trinidad, en un primer momento, para los ángeles rebeldes, es decir, para los ángeles que voluntariamente se negaron a amar, adorar y servir a Dios Uno y Trino; pero también es el lugar creado, en un segundo momento, para una segunda clase de habitantes del Infierno: los hombres que, convirtiéndose en malvados por propia decisión e imitando al Ángel caído, se rehúsan a amar, adorar y servir a Dios Trinidad. Entonces, el Infierno es el lugar, como el mismo Señor Jesucristo lo revela, reservado para el Ángel caído y para todos los ángeles rebeldes, pero también es el lugar para los hombres que, en esta vida y en la otra, no quieren saber nada de tener amor de amistad y de filiación con Dios. El Escapulario de la Virgen del Carmen está estrecha e indisolublemente unido a la existencia del Infierno, porque la promesa principal relacionada con el Escapulario es que el alma que lo lleve –de forma devota y con amor a Dios-, no caerá en el lago del fuego eterno, el Infierno. Quien porta el Escapulario de la Virgen del Carmen debe llevar grabada a fuego, en su mente y en su corazón, las palabras de la Virgen a San Simón Stock: “Quien muera utilizando el Escapulario, no sufrirá el fuego eterno del Infierno”. Entonces, esta es la razón principal por la que usamos el Escapulario, aquellos que somos devotos de Nuestra Señora del Carmen: que cuando finalice nuestro tránsito por esta vida terrena, no seamos eternamente condenados en el Infierno.
         Ahora bien, hay también otras razones por las cuales utilizamos el Escapulario, que van más allá de no querer caer en el Infierno al finalizar nuestra vida terrena. Estas razones son, por ejemplo, el hecho de que el Escapulario es un símbolo de nuestra condición de ser hijos de la Virgen María, ya que quien usa el Escapulario, se compromete a vivir en estado de gracia y el estado de gracia es el estado de hijos adoptivos de Dios y de la Virgen, quien nos adoptó como hijos al pie de la Cruz, en el Monte Calvario.
         Otra razón por la que usamos el Escapulario es que, si por la gracia de Dios y el Escapulario, escapamos del Infierno, pero aun no estamos preparados para el Cielo, iremos al Purgatorio y allí la Virgen nos irá a sacar al próximo sábado siguiente al de nuestra muerte terrena, por lo que el devoto de la Virgen del Carmen no pasará en el Purgatorio más de siete días, como máximo.
         Otra razón por la que usamos el Escapulario es que, al ser hijos de la Virgen –el Escapulario es un signo y recuerdo de nuestra condición de hijos de María-, nos comprometemos a imitarla en sus virtudes, principalmente la pureza de cuerpo y alma, la humildad y el amor a su Hijo Jesucristo, Nuestro Dios.
         Por todas estas razones y no sólo por no caer en el Infierno, es que los devotos de Nuestra Señora del Carmen usamos su Santo Escapulario.