jueves, 24 de mayo de 2018

María, Auxiliadora de los cristianos



La advocación de María como Auxilio de los cristianos es prácticamente tan antigua como la Iglesia misma y los milagros obrados desde el inicio bajo esa advocación continuaron y continúan hasta el p. En efecto, el primero en llamar a la Virgen María con el título de “Auxiliadora” fue San Juan Crisóstomo, en Constantinopla en al año 345, en donde él dice: “Tú, María, eres auxilio potentísimo de Dios”[1].
Más tarde, en el año 532, San Sabas narra que en oriente había una imagen de la Virgen que era llamada “Auxiliadora de los enfermos”, porque junto a ella se obraban muchas curaciones.
San Juan Damasceno en el año 749 fue el primero en propagar la jaculatoria: “María Auxiliadora, rogad por nosotros”. Y afirma: la Virgen es “auxiliadora para evitar males y peligros y auxiliadora para conseguir la salvación”. Un doble título de Auxiliadora para los cristianos: con su auxilio, impedirá que caigan en el Infierno y los ayudará a conseguir el Cielo.
En Ucrania, Rusia, se celebra la fiesta de María Auxiliadora el 1 de octubre desde el año 1030, puesto que en ese año y bajo esta advocación, libró a la ciudad de la invasión de una feroz tribu de bárbaros paganos. Desde entonces en Ucrania se celebra cada año la fiesta de María Auxiliadora el primer día de octubre.
Luego del grandioso triunfo de las fuerzas cristianas sobre los musulmanes en la batalla de Lepanto en el año 1572, el Papa San Pío V ordenó que en todo el mundo católico se rezara en las letanías la advocación “María Auxiliadora, rogad por nosotros”, porque a Ella fue que se le adjudicó el triunfo del ejército cristiano contra el formidable ejército mahometano compuesto por 282 barcos y 88.000 soldados.
En el año 1600 los católicos del sur de Alemania hicieron una promesa a la Virgen de honrarla con el título de “Auxiliadora” si los libraba de la invasión de los protestantes y hacía que se terminara la terrible Guerra de los Treinta años. Al poco tiempo, la Madre de Dios les concedió ambos favores y en acción de gracias, en muy poco tiempo, había ya más de setenta capillas con el título de María Auxiliadora de los cristianos.
En 1683 los católicos al obtener inmensa victoria en Viena contra los enemigos de la religión, fundaron la asociación de María Auxiliadora, la cual existe hoy en más de 60 países.
En 1814, el Papa Pío VII, prisionero del general Napoleón, prometió a la Virgen que el día que llegara a Roma, en libertad, lo declararía fiesta de María Auxiliadora. Inesperadamente el pontífice quedó libre, y llegó a Roma el 24 de mayo. Desde entonces quedó declarado el 24 de mayo como día de María Auxiliadora.
Luego, es la Virgen en persona quien quiere ser llamada “María Auxiliadora”: en el año 1860 la Santísima Virgen se aparece a San Juan Bosco y le dice que quiere ser honrada con el título de “Auxiliadora”, indicándole además el sitio para que le construya en Turín, Italia, un templo.
La obra del templo comenzó con solo tres monedas de veinte centavos cada una, pero fueron tantos y tan grande los milagros que María Auxiliadora empezó a obtener a favor de sus devotos, que en sólo cuatro años estuvo terminada la Gran Basílica. San Juan Bosco afirmaba: “Cada ladrillo de este templo corresponde a un milagro de la Santísima Virgen”. Fue desde aquel Santuario que la devoción a María bajo el título de Auxiliadora de los Cristianos comenzó a extenderse por el mundo.
En el año 1862, ante el auge del ateísmo, del secularismo y del satanismo, San Juan Bosco afirma: “La Virgen quiere que la honremos con el título de Auxiliadora: los tiempos que corren son tan aciagos que tenemos necesidad de que la Virgen nos ayude a conservar y a defender la fe cristiana”.
Por último, debemos decir que el nombre de María Auxiliadora no es un nombre puesto al azar: la Virgen es “Auxiliadora de los cristianos” porque así como una madre auxilia a sus hijos que están en peligro, y así como la Virgen auxilió a su Hijo Jesucristo durante toda su vida pero sobre todo en el momento de máximo peligro para su vida, la Pasión y el Camino Real de la Cruz, así la Virgen nos auxilia a nosotros, sus hijos, que por el bautismo sacramental hemos sido convertidos en hijos adoptivos de Dios y que por lo tanto somos “otros cristos” y que estamos en peligro de condenación eterna mientras vivimos en este “valle de lágrimas”, rodeados de “tinieblas y sombras de muerte”. El título sería: “María, Auxiliadora de sus hijos, otros cristos”, y nos auxilia como a Cristo, su Hijo, para que con su ayuda seamos capaces de llevar la cruz que nos conduce al Calvario, en donde debe morir el hombre viejo, dominado por las pasiones y la concupiscencia, para dar nacimiento al hombre nuevo, al hombre nacido de la Sangre y el Agua, esto es, de la gracia santificante que brotó del Corazón traspasado de Jesús.

sábado, 12 de mayo de 2018

La Verdadera Devoción implica un sacrificio místico en esa ara santa que es el Inmaculado Corazón de María



         Afirma el Manual que la Verdadera Devoción a María –según el espíritu de San Luis María Grignon de Montfort- implica “entregar a la Virgen hasta el último suspiro, para que Ella disponga (de nuestra entrega) a la mayor gloria de Dios”[1]. Es un sacrificio de todo el ser –alma y cuerpo- sobre un altar muy particular: el Inmaculado Corazón de María. Este sacrificio de sí mismo “para Dios sobre el ara del Corazón de María” es un martirio, en el sentido de que implica una muerte y es la muerte del “yo” propio: es la muerte del ego, es la muerte de las pasiones sin la razón, es la muerte de la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida, es la muerte de los vicios, es la muerte de los pecados, de la pereza, la envidia, la ira, etc., para que pueda nacer el hombre nuevo, el hombre que vive la vida de la gracia, el hombre que vive no ya él, sino que es Cristo quien vive en él. El martirio o muerte al propio yo o ego que supone la devoción a la Virgen, es una imitación, una prolongación y una participación al “martirio o sacrificio de Jesús, quien lo inicia en el seno de María, desde el instante mismo de su Encarnación; lo promulga públicamente en sus brazos el día de su Presentación y lo mantiene toda su vida hasta consumarla en el Calvario, sobre el ara de la cruz y sobre el ara mística del corazón sacrificado de la Madre”[2].
         La consagración o devoción a María no queda nunca en un mero acto externo: es, ante todo, la inmolación del propio ser, con el alma y el cuerpo, y con todos sus bienes, materiales y espirituales, a la Virgen, más específicamente, a su Corazón Inmaculado. Y como el Corazón Inmaculado de la Virgen está inhabitado por el Espíritu Santo, el Fuego del Divino Amor, todo nuestro ser es ofrendado sobre el ara mística que es el Corazón de María, para que sea allí quemado todo lo que en nosotros no dé gloria a Dios, para que nuestro ser sea purificado en el Fuego del Amor Divino y así quede brillante y reluciente, como el oro queda brillante y reluciente cuando sus impurezas desaparecen por la acción del fuego. La Verdadera Devoción implica un sacrificio místico en esa ara santa que es el Inmaculado Corazón de María.


[1] Cfr. Manual del Legionario, VI, 5.
[2] Cfr. ibidem.

Nuestra Señora de Fátima: su pedido de rezo del Rosario y su advertencia sobre el Comunismo



         Cuando la Virgen se apareció a los Tres Pastorcitos en Portugal, en el año 1917, no estaba contenta, como dijo luego Sor Lucía en una entrevista. ¿La razón? Que muchos de sus hijos se condenaban en el Infierno por haberse apartado de los sacramentos de la Iglesia. Para los católicos, apartarnos de los sacramentos –sobre todo, comunión y confesión- es igual a apartarnos de Dios, porque Dios nos comunica su gracia y su amor a través de ellos. Y para que no tuviéramos dudas, ni de las palabras de la Virgen ni del testimonio de los niños, la Virgen llevó a los niños al Infierno, para lo contemplaran con sus propios ojos. Tengamos en cuenta que no es que la Virgen les habló del Infierno; tengamos en cuenta que eran niños de siete, ocho y nueve años; tengamos en cuenta que fueron llevados al Infierno y vieron con sus propios ojos tanto las almas condenadas, como los demonios y el lago de fuego que es el Infierno. Así describe Sor Lucía a esta visita al Infierno, llevados por la Virgen: “Nuestra Señora dijo: “Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, y especialmente cuando hagáis un sacrificio: “¡Oh, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!”. Al decir estas últimas palabras abrió de nuevo las manos como los meses anteriores. El reflejo parecía penetrar en la tierra y vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las almas como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, de forma humana, que fluctuaban en el incendio llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todo los lados, semejante a la caída de pavesas en grandes incendios, pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. (Debía ser a la vista de eso que di un “ay” que dicen haber oído.) Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros tizones en brasa. Asustados y como pidiendo socorro levantamos la vista a Nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza: “Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores”. Algo que advierte la Virgen a través de los pastorcitos es que la impureza es la que lleva a una gran cantidad de almas al Infierno: “Los pecados de impureza son los que más almas llevan al Infierno”. La impureza no es solo del cuerpo –fornicación, adulterio, relaciones pre-matrimoniales, actos impuros-, sino también es de la fe y la fe se vuelve impura cuando se la contamina con las creencias paganas, como el yoga, el reiki, o servidores del Demonio como el Gauchito Gil, la Difunta Correa y el Demonio mismo, llamado Santa Muerte. Son dos las impurezas a combatir, tanto la del cuerpo, como la de la fe.
         Para evitar la caída de muchas almas en el Infierno, es que la Virgen pide la consagración a su Inmaculado Corazón y el rezo del Santo Rosario. Dijo así la Virgen: “Para salvarlas (a las almas de la condenación en el Infierno) Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra terminará pero si no dejan de ofender a Dios en el reinado de Pío XI comenzará otra peor”. Esto efectivamente sucedió, porque los hombres no se convirtieron y sobrevino una guerra peor, la Segunda Guerra Mundial. Ahora bien, el Rosario que la Virgen pide rezar es de todos los días y no limitado a señoras jubiladas que no tienen otra ocupación: empezando por los niños, siguiendo por los varones y terminando por las mujeres, todos los católicos estamos llamados a rezar el Santo Rosario todos los días. El día de nuestra muerte lamentaremos, pero será muy tarde, el tiempo que dejamos pasar sin rezar el Rosario, con la excusa de que es muy largo, o aburrido, o cualquier otra excusa infantil que solemos poner para no rezarlo.
         Entonces, la Virgen advierte acerca la existencia del Infierno y de los pecados de impureza que llevan a muchas almas allí y pide, como remedio, el rezo del Santo Rosario y la Consagración a su Inmaculado Corazón. Pero hace además otra advertencia y es acerca del peligro que significa un enemigo mortal de la Iglesia, el Comunismo. La Virgen dijo: “Cuando viereis una noche alumbrada por una luz desconocida sabed que es la gran señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes por medio de la guerra, del hambre, de la persecución de la Iglesia y del Santo Padre. Para impedir eso vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados”. Como esa consagración no se cumplió, Rusia no se convirtió y esparció el error del Comunismo por todo el  mundo y lo sigue haciendo, apoyando a gobierno  criminales comunistas y socialistas como los gobiernos de Cuba, Venezuela, Bolivia y muchos otros. Esto es lo que profetizó la Virgen si no se consagraba Rusia a su Inmaculado Corazón y es lo que estamos viviendo en nuestros días: “Si atendieran mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones de la Iglesia: los buenos serán martirizados; el Santo Padre tendrá que sufrir mucho; varias naciones serán aniquiladas”.
         Recemos el Rosario, consagrémonos a la Virgen, luchemos contra la impureza viviendo la castidad y oponiéndonos a todo lo que fomenta la impureza, luchemos contra el Comunismo Marxista y su versión edulcorada, el Socialismo y la izquierda en todas sus variantes, si es que queremos ser verdaderos hijos de la Virgen y si es que queremos ver cumplida la profecía más hermosa de la Virgen: “Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará”.

sábado, 21 de abril de 2018

El legionario debe amar a María según la Verdadera devoción de San Luis María Grignon de Montfort



         El hecho de ser legionarios; de pertenecer a un movimiento como la Legión que se caracteriza por honrar a la Madre de Dios; de rezar el Rosario todos los días; de cumplir con las normas y el apostolado que la Legión exige a los que pertenecemos a ella, no nos exime de caer en uno de los más frecuentes errores señalados por San Luis María: el ser un devoto meramente exterior de la Virgen. Para darnos una idea de qué es lo que sería esta clase de devoto a los ojos de Dios –y de la Virgen-, podemos imaginar un hijo que, en la relación filial con su madre, aparenta servirla y honrarla, pero en su corazón no hay un amor suficiente o verdadero hacia su madre. Podríamos decir que se trata de un hijo que, o es egoísta, porque en realidad sólo piensa en sí mismo, o es un hijo que, por descuido, no conoce ni ama verdaderamente a su madre. Es poco frecuente un caso así, pero lamentablemente, existen y en el plano espiritual, se corresponde con los “devotos externos” que señala San Luis María.
         Para no caer en este error en nuestra relación con Nuestra Madre del cielo –y para que no caigamos en muchos otros errores más-, pero sobre todo para que nuestro amor y nuestra devoción a María Santísima sea interior, espiritual y llena de amor y por lo tanto agradable a Dios, es que el Manual del Legionario pide que los legionarios “emprendan la práctica de la “Verdadera Devoción a María”, de San Luis María de Montfort[1].
         Específicamente, el Manual dice así: “Sería de desear que los legionarios perfeccionasen su devoción a la Madre de Dios, dándole el carácter distintivo que nos ha enseñado San Luis María de Montfort –con los nombres de “La Verdadera Devoción o la Esclavitud Mariana”- en sus dos obras: “La Verdadera Devoción a la Santísima Virgen” y “El Secreto de María”[2].
         El Manuel especifica, a renglón seguido, en qué consiste la práctica de la Verdadera Devoción según el espíritu de San Luis María contenido en las dos obras mencionadas y para graficarlo, utiliza la imagen de un esclavo terreno en relación con su dueño: “Esta devoción exige que hagamos con María un pacto formal, por el que nos entreguemos a Ella (…) sin reservarnos la menor cosa (…) que nos igualemos a un esclavo (…)”[3].
         Pero el Manual aclara que, aun así, la imagen del esclavo terreno es todavía insuficiente para expresar cómo debe ser nuestra relación con la Virgen y es que el esclavo terreno, siendo prisionero en su cuerpo, continúa siendo libre en su alma, puesto que el amo terreno no dispone de sus pensamientos ni de su voluntad: “Pero mucho más libre aún es el esclavo humano que el de María: aquél sigue siendo dueño de sus pensamientos y de su vida interior (…) la entrega en manos de María incluye la entrega total de los pensamientos e impulsos interiores (…) hasta el último suspiro, para que Ella disponga de ello a la mayor gloria de Dios”[4].
Esto significa que no basta con la entrega de nuestro ser y de nuestros bienes materiales y espirituales, pasados, presentes y futuros a la Virgen: significa que debemos entregarle a la Madre de Dios incluso hasta nuestros más insignificantes pensamientos y nuestros deseos más profundos, es decir, aquello que sólo nosotros –y Dios- conocemos porque no se manifiestan al mundo exterior.
         Si entregamos a María nuestros pensamientos, sin reservarnos ninguno y si le entregamos nuestros deseos, sin reservarnos ninguno, entonces recién estaremos emprendiendo el camino de la Verdadera Devoción a María, porque solo entonces la Virgen podrá disponer de la totalidad de nuestro ser, purificando y rechazando los pensamientos y deseos que son contrarios a la Ley de Dios y a los Mandamientos de Jesús y perfeccionando sin límites los que no son contrarios a dicha Ley y Mandamientos. Pero no finaliza aquí la acción de María: cuanto más perfeccionemos esta entrega de pensamientos y voluntad, la Virgen pondrá sus propios pensamientos y su propia voluntad en nosotros, de tal manera que así podremos ser instrumentos perfectos en manos de María. Mientras tanto, debemos cuidarnos mucho de uno de los más grandes peligros para un legionario: el peligro de ser devotos meramente exteriores de la Madre de Dios.


[1] Cfr. Manual del Legionario, V, 5.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

viernes, 13 de abril de 2018

Nuestra Señora del Valle y la verdadera devoción



         En el transcurso de los tiempos, la devoción a la Virgen del Valle se ha ido desvirtuando hacia un aspecto meramente exterior, descuidando la esencia de lo que significa, para el alma, la aparición de la Madre de Dios en su vida. Muchos  piensan que son devotos de la Virgen porque precisamente, acuden a la basílica en peregrinación todos los años; o porque tienen una imagen de la Virgen del Valle en sus casas; o porque fue bautizado en su día; o porque en la familia sus ancestros eran devotos de la Virgen. No está mal ser devoto por estos motivos, pero si nos quedamos en esta devoción exterior solamente, nos convertimos en lo que San Luis María Grignon de Montfort llama “devotos exteriores de la Virgen”. Esta clase de devotos ejerce una devoción falsa –la que se detiene en el homenaje externo a la Virgen-, aunque ellos no lo piensen así, porque una devoción de esta clase no conduce a la conversión interior. ¿Por qué? La razón es que la verdadera devoción a la Virgen, según San Luis María Grignon de Montfort, conduce a la conversión del corazón, lo cual significa apartar el corazón de la tierra, del mundo, de las pasiones y elevarlo al Cielo, al Reino de Dios, al deseo y a la práctica de las virtudes naturales y sobrenaturales. Es decir, la verdadera devoción a la Virgen –en este caso, la Virgen del Valle- lleva a que el alma desee vivir en gracia, viviendo los Mandamientos de la Ley de Dios, obrando la caridad y luchando contra sus propias pasiones y malas inclinaciones. De nada sirve ser un devoto exterior de la Virgen, es decir, contentarse con peregrinar a la basílica una vez al año, si estamos a favor del aborto, del uso de anticonceptivos, del alcohol; de nada sirve tener una imagen de la Virgen en casa, si ante las dificultades, problemas y tribulaciones, en vez de acudir a la Virgen como un niño acude a su madre cuando está en dificultades y en vez de rezar el Rosario –la oración que más agrada a la Virgen- se acude a los enemigos de Dios y de la Virgen, los brujos, los magos, los chamanes, que invocan a los demonios. De nada sirve ser devoto exterior de la Virgen, si el único día que acudimos a Misa es en el día de la Virgen, mientras descuidamos por años e incluso décadas, tanto la Confesión sacramental como la asistencia a la Misa dominical de precepto, porque es allí, en la Confesión y en la Misa, en donde encontramos al Hijo de María, que es todo lo que la Virgen quiere de nosotros.
         Honremos a la Virgen del Valle no solo exteriormente, sino además interiormente y el mejor homenaje que podemos hacerle, no solo en su día, sino todos los días del año, es el propósito de emprender, con la ayuda de la gracia, una sincera y definitiva conversión del corazón. Y así la Virgen estará verdaderamente contenta con nosotros, porque un corazón convertido está unido a su Inmaculado Corazón y al Sagrado Corazón de Jesús.

lunes, 9 de abril de 2018

La Anunciación de la Santísima Virgen María



(Cuando la fiesta de la Anunciación [25 de Marzo] cae en Semana Santa, la Misa de esta festividad se traslada a la siguiente fecha disponible después del Domingo in Albis)

         La Anunciación del Ángel a la Santísima María constituye el más grande evento de la historia, un evento que supera infinitamente a la Creación del universo visible e invisible: la Encarnación del Verbo Eterno del Padre en el seno purísimo de María Virgen.

          La Virgen Santísima fue creada Pura e Inmaculada e inhabitada por el Espíritu Santo precisamente para este hecho: para ser el Tabernáculo viviente y Sagrario vivo más precioso que el oro y la plata, en el cual el Logos, llegada la plenitud de los tiempos, habría de encarnarse para así cumplir el plan de redención de la humanidad de Dios Trino. Puesto que no hubo intervención humana alguna, el Verbo Eterno del Padre fue llevado por el Espíritu Santo, el Amor de Dios, hasta las entrañas purísimas de la Virgen. Por este hecho, la Virgen, sin dejar de ser Virgen, se convirtió, en el mismo instante de la Encarnación, en la “Theotokos”, en la Madre de Dios, una condición de tan alta sublimidad y santidad que hizo que la Virgen, que ya era inmensamente más grande que los ángeles y santos más grandes, se convirtiera en la creatura más excelsa jamás concebida, superada en santidad, honor y majestad, solo por su Hijo –“Colocada en los confines de la divinidad”, dicen los santos-, que era Dios Hijo en Persona. Describiendo el inefable hecho de la Encarnación, afirma San Anselmo que “el Hijo del Padre y el Hijo de la Virgen se convierten naturalmente en un solo y mismo Hijo”. La Virgen, sin dejar de ser Virgen, ofrenda a Dios su maternidad, convirtiéndose en la Madre de Dios al encarnarse en su seno purísimo el Hijo de Dios. Una vez en su seno, la Virgen hizo lo que toda madre con su hijo concebido: le suministró de su carne y de su sangre, nutriendo a Aquél que da el ser a las creaturas y tejiéndole un cuerpo de niño para que el Invisible sea visible y pueda ser contemplado por todas las naciones. Por el misterio sublime de la Encarnación, la Virgen le dio al Verbo Eterno del Padre de su propio cuerpo y de su propia sangre para que el Verbo, Encarnado, pudiera ofrecerse como Víctima en el altar sacrosanto de la cruz y en la cruz del sacrosanto altar eucarístico, entregando su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad para la salvación de los hombres.

sábado, 24 de marzo de 2018

Santa Misa en reparación por destrucción sacrílega de imagen de Nuestra Señora de Luján




(Nota: el sacrílego acto, la incineración de una imagen de Nuestra Señora de Luján, sucedió a comienzos del mes de marzo en la localidad de Escaba, provincia de Tucumán, Argentina).


         Cuando se produce un hecho sacrílego, como es el atentar contra la imagen de la Madre de Dios –en este caso, la Virgen de Luján-, es necesario hacer una serie de consideraciones y reflexiones, a fin de reparar el horrible hecho.
         Ante todo, conviene recordar la Escritura en el pasaje que dice: “Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas” (Ef, 6, 13). La Escritura nos advierte, desde el inicio, que nuestros verdaderos enemigos contra los cuales debemos luchar, no son nuestros prójimos, seres humanos de carne y hueso, sino contra los ángeles caídos, los ángeles rebeldes y apóstatas que buscan, de todas las formas posibles, nuestra condenación. Esto es necesario tenerlo en cuenta porque nuestra actitud de cristianos para con aquellos hermanos nuestros que hayan cometido el acto sacrílego, debe estar guiada por el mandato de Cristo: “Amad a vuestros enemigos y rezad por quienes os persiguen” (Mt 5, 44). No significa que debemos condescender con su pecado de sacrilegio y hacer como si nada hubiera pasado: lejos de eso, y valorando la gravedad inmensa del daño realizado y por lo tanto del estado de su alma, debemos rechazar todo sentimiento de venganza e implorar la misericordia divina pidiendo por su conversión y contrición perfecta. Nuestro prójimo, a su vez, arreglará sus cuentas con Dios, porque “de Dios nadie se burla” (Gál 6, 7) y nada se escapa a su Justicia Divina. Precisamente, para que esa Justicia Divina sea benigna y para que sobre nuestro prójimo se descargue la Divina Misericordia y no la Justicia Divina, es que debemos rezar e implorar su perdón y su conversión.
         Por otro lado, debemos tener en cuenta la gravedad del acto en sí mismo y saber que, si bien no estamos al tanto de las intenciones últimas de quien realizó un acto de esta gravedad, lo que sí podemos afirmar es que un atentado contra Jesucristo, la Virgen, los Santos, la Iglesia Católica, implica siempre algo más que un delito que deba ser resuelto por la justicia humana: implica la acción del odio preternatural del Ángel caído que, aprovechándose de nuestra humana debilidad, incita a nuestros hermanos que andan “en tinieblas y en sombras de muerte” a cometer estos actos vandálicos. No sabemos si quien perpetró el hecho lo hizo movido por el deseo de un pacto satánico, porque bien puede suceder que sea totalmente inconsciente y ajeno a esto. Pero lo que sí sabemos es que siempre, detrás de este tipo de acciones, está la instigación demoníaca, es decir, detrás de estos hechos, si bien el ejecutor material es el hombre, el ejecutor formal y el autor intelectual es, siempre y en todo caso, el demonio. Que sea una acción concertada por una secta satánica; que sea parte de un pacto satánico aislado de la persona, no lo sabemos, pero siempre está el Demonio, la Serpiente Antigua, detrás del ataque a las imágenes religiosas, sobre todo, las de la Virgen.
         Otro hecho a considerar es que, cuando sucede algo así, el cristiano tiene un deber de justicia y de caridad que lo obliga a reparar la ofensa sufrida por la Virgen, como en este caso, según la sentencia de Santo Tomás de Aquino: “Callar las injurias contra la propia persona es virtud; callar las injurias contra Dios, es suma impiedad”.
         En esta Santa Misa de reparación, pediremos por lo tanto la gracia de la contrición perfecta del corazón para quien perpetró este horrible sacrilegio, además de reparar y pedir perdón, no solo por este hecho, sino también por nuestras propias faltas, cometidas casi siempre de manera inconsciente –“el justo peca siete veces al día” dice la Escritura[1]- o no, pero que también necesitan reparación.
         En esta Santa Misa ofrecida en reparación, unámonos, en espíritu y en verdad, al Cordero de Dios, Cristo Jesús, que desciende sobre el altar con su cruz en la consagración para entregar su Cuerpo en la Eucaristía y derramar su Sangre en el Cáliz y hagámoslo con el mismo amor con el que la Virgen Santísima, al pie de la cruz, ofreció a su Hijo y se ofreció a sí misma por nuestra salvación y la de todo el mundo.


[1] Proverbios 24, 16.

miércoles, 21 de marzo de 2018

La finalidad de la Legión de María y cómo obtenerla de la mejor manera



         
         Dice el Manual del Legionario que la finalidad de la Legión de María es “la gloria de Dios por medio de la santificación personal de sus propios miembros mediante la oración y la colaboración activa –bajo la dirección de la jerarquía- a la obra de la Iglesia y de María: aplastar la cabeza de la serpiente infernal y ensanchar las fronteras del reinado de Cristo”[1].
         Ahora bien, el mismo Manual especifica cuál es la mejor manera por la que la Legión obtendrá su finalidad y es mediante la consagración a María según el Método de San Luis María Grignon de Montfor: “Sería de desear que los legionarios perfeccionasen su devoción a la Madre de Dios” mediante las obras de San Luis María Grignon de Montfort, “La verdadera devoción a la Santísima Virgen” y “El secreto de María”.
         No se trata simplemente de leer y meditar en dichas obras
–que sí hay que hacerlo-, sino ante todo, de consagrarnos al Inmaculado Corazón de María por medio de estas obras de San Luis María. Así dice el Manual: “Esta devoción exige que hagamos con María un pacto formal por el que nos entreguemos a Ella con todo nuestro ser: nuestros pensamientos, obras, posesiones y bienes temporales, pasados, presentes y futuros, sin reservarnos la menor cosa, ni la más mínima parte de ellos”[2]. El Manual nos propone, entonces, que para alcanzar el fin propio de la Legión de María, no basta con ser devoto de María, ni con meramente meditar sus virtudes: es necesario, dice el Manual, “hacer un pacto formal con María”, pacto mediante el cual le entregamos todo lo que somos y tenemos, con nuestros bienes tanto temporales como espirituales, y esto según la espiritualidad de San Luis María Grignon de Montfort, que implica la consagración a María según el método de este propio santo. El pacto es un pacto de amor y no de amor humano, sino sobrenatural, es decir, es un pacto de amor sobrenatural, celestial, por el cual nuestra vida y nuestro ser todo, queda ligado e íntimamente unido a la vida y al ser de María. La imagen que usa el Manual y también San Luis María para ejemplificar este pacto entre el legionario y María es la del esclavo, aunque es una imagen imperfecta, porque no solo quedamos entregados al servicio total de María, sino que, interiormente, nuestros pensamientos, nuestras acciones, nuestro ser, quedan indisolublemente unidos a María por el amor, lo cual no sucede entre el esclavo y el amo terrenos, de donde se toma la imagen.
         Consagrarnos a María según el Método de San Luis María Grignon de Montfort debería ser el objetivo de toda la Legión y de cada legionario, para así mejor cumplir la finalidad de la Legión: bajo las órdenes de María, aplastar la cabeza de la serpiente infernal.


[1] Cfr. Manual del Legionario, II.
[2] Cfr. ibidem.

sábado, 17 de marzo de 2018

María Santísima es la Madre de la Legión y de todo legionario



         El legionario tiene su honra en ser llamado “hijo de María”, por lo que la meditación y profundización en esta verdad de la maternidad mariana es elemento esencial en la devoción de la Legión[1]. En otras palabras, la devoción mariana del legionario es esencialmente filial, por cuanto la relación con María Santísima es vivida como la relación de una madre con su hijo.
         La Virgen fue elegida desde la eternidad para ser la Madre de Dios y quedó constituida como tal en el momento del Anuncio del Ángel, que es cuando se produce la Encarnación del Verbo por obra del Espíritu Santo en su seno virginal. Hasta el Anuncio del Ángel, María Santísima era solo Virgen; luego de su “Sí” a la voluntad del Padre –“He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según has dicho”[2]-, María Santísima se convierte en Madre de Dios, sin dejar de ser Virgen. Pero el designio de Dios Trino era que María Santísima no solo fuera Madre de Dios Hijo, sino que fuera también Madre adoptiva de los hijos adoptivos de Dios, es decir, los bautizados en la Iglesia Católica. Este designio divino se cumplió el Viernes Santo, en la cima del Monte Calvario, antes de la muerte del Redentor. Antes de morir, Jesús nos dejó aquello que más amaba en esta tierra, su Madre amantísima y el don de María como Madre nuestra ocurrió luego de que Jesús dijera a María: “Mujer, éste es tu hijo”, y a Juan: “Ésta es tu madre” (Jn 19, 26-27). Si bien las palabras fueron dichas a la persona del Evangelista Juan, puesto que en él estábamos representados todos los hombres nacidos a la vida de la gracia, debemos considerar esas palabras de Jesús como dichas a todos y cada uno de nosotros, de modo personal. En otras palabras, el don de Jesús de María como Madre, no es hecho solo a Juan Evangelista: en él, todos y cada uno de nosotros, hemos recibido el más grande regalo del Amor de Dios después de la Eucaristía, y es a María como Madre nuestra.
         Porque “somos verdaderamente hijos de María” –dice el Manual del Legionario- es que “hemos de portarnos como tales”, es decir, debemos comportarnos como hijos de la Madre de Dios, que es lo mismo que decir “hijos de la luz”. Es necesaria esta consideración, porque no hay términos intermedios: quien no se comporta como hijo de la luz, es decir, como hijo de María, se comporta como hijo de las tinieblas, es decir, como hijo del Demonio. No hay término medio posible, de ahí la importancia de meditar y reflexionar, una y otra vez, en nuestra condición de hijos de María.
         Para tener una idea de qué es lo que significa “comportarnos como hijos de María”[3], podemos acudir a la imagen de un niño pequeño, muy pequeño, casi recién nacido, con relación a su madre: así como el niño se dirige en todo a su madre y depende de ella para literalmente vivir, así el legionario debe considerarse a sí mismo como “hijo pequeño, dependiente de la Virgen en todo”.
         Esto significa que, así como el niño pequeño acude a su madre para recibir de ella el alimento, la guía, el cuidado, la instrucción, el consuelo en sus angustias, así el legionario debe acudir a María para recibir de Ella el alimento del alma, la Eucaristía; la guía de la mente y el corazón, la gracia de su Hijo Jesús; la instrucción en las cosas de Dios, porque solo María es la verdadera y única Maestra que nos enseña con la sabiduría divina; el consuelo de su Corazón Inmaculado en todo momento. Y así también como un hijo pequeño, cuando se extravía en el sendero del bosque, llama a su madre para que venga en su auxilio para que lo proteja de las bestias feroces y lo conduzca por el camino seguro, así el legionario acude a María si, por algún infortunio, ha perdido el camino y se encuentra envuelto en las tinieblas del pecado y acechado por las sombras vivientes, los ángeles caídos, para que María lo tome entre sus brazos y lo conduzca por el Único Camino que conduce a Dios –porque ese Camino es Dios en sí mismo-, Cristo Jesús. Solo como hijos de nuestra Madre celestial, María Santísima, los legionarios podremos, unidos a nuestro Hermano Mayor, Jesús, llevar a cabo la meta de esta vida terrena: combatir y vencer el pecado y vivir en gracia santificante hasta el último suspiro.


[1] Cfr. Manual del Legionario, V, 4.
[2] Cfr. Lc 1, 38.
[3] Cfr. Manual del Legionario, V, 4.

martes, 6 de marzo de 2018

La Legión contempla a María en su Inmaculada Concepción y de Ella obtiene toda su fuerza



         La primera característica de la devoción legionaria es una gran confianza en Dios Uno y Trino y en su infinito, eterno, inagotable e incomprensible Amor que Él nos tiene a todos y cada uno de los seres humanos[1]. Ese Amor se demuestra en el deseo que Dios tiene de que “todos los seres humanos seamos salvados” (cfr.1 Tim 2, 4). La Legión tiene, por lo tanto, en el Amor de Dios, su primer objeto de devoción.
         Ahora bien, ese Amor de Dios se “materializa” en Jesús, Dios Hijo encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía y que se ofrece, en el altar del Calvario y en el Nuevo Calvario, que es la Santa Misa, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, para que uniéndonos a Él en la Eucaristía, se cumpla el divino designio de salvación para nosotros. Y puesto que el Hijo de Dios, encarnación de la Divina Misericordia, viene a nosotros por medio de María Santísima, dice el Manual del Legionario que, en segundo término –inmediatamente luego del Amor de Dios-, la devoción del legionario se dirige a María Santísima, la Mujer del Génesis, del Calvario y del Apocalipsis, por cuyo intermedio nos viene la salvación, Cristo Jesús. Dice así el Manual del Legionario: “La Legión vuelve sus ojos, en segundo término, a la Inmaculada Concepción de María”[2]. Es decir, la Legión contempla a María no de cualquier modo, sino en su condición de ser María la “Inmaculada Concepción”.
Es decir, es verdad que María Santísima posee innumerables virtudes, dones y gracias, que superan en santidad, inimaginablemente, a los ángeles y santos más santos entre todos, pero la Legión presta atención en aquella condición de María Santísima que es la condición por la cual Ella recibe todos sus dones, gracias y privilegios de parte de la Trinidad, y es la condición de María de ser la Inmaculada Concepción. A esto se refiere el Manual cuando refiriéndose al segundo término de la devoción del legionario, afirma que la Legión “vuelve los ojos a la Inmaculada Concepción”, porque es el don primigenio que hará que María sea luego Madre de Dios, y luego Corredentora, Mediadora de todas las gracias, etc.
Los iniciadores de la Legión comprendieron que el Amor de Dios encarnado, Cristo Jesús, venía a través de la Inmaculada Concepción de María y es la razón por la cual “los primeros socios se reunieron alrededor de un altarcito de la Inmaculada”[3]. Es por este motivo que, desde el punto de vista espiritual, la primera jaculatoria de la Legión fue en honor y en acción de gracias al privilegio de la Virgen de ser la Inmaculada Concepción, porque fue el privilegio por el cual la Virgen recibió luego todos los otros dones, privilegios, gracias y mercedes inenarrables con las cuales la Santísima Trinidad adornó su ya preciosísima e inmaculada alma. Entre esos privilegios –además del privilegio incomparable de ser Virgen y Madre de Dios- la Virgen fue concebida sin la mancha del pecado original para que, por su pureza y humildad, fuera la que “aplastara la cabeza del Dragón”, ya que Dios la hacía ser partícipe de su omnipotencia divina.
         En las Sagradas Escrituras se narra que, luego de la caída de Adán y Eva en el pecado de soberbia –pecado en el que cayeron por escuchar la voz de la Serpiente Antigua y no la voz de Dios-, Dios envía a la Mujer y a su descendencia para vencer a la Serpiente. Esa Mujer es María Santísima, la Inmaculada Concepción la cual, al ser concebida sin pecado original y también inhabitada por el Espíritu Santo, habría de participar de la omnipotencia divina y con ese divino poder, habría de “aplastar la cabeza de la Serpiente infernal”. Es decir, desde el inicio de los tiempos, Dios anuncia que, frente a la impureza y malicia del Ángel caído y a la desobediencia del primer hombre y de la primera mujer, Él habría de contraponer la Pureza Inmaculada de la Virgen y Madre de Dios y a su descendencia, Dios Hijo encarnado y todos los que recibieran la divina filiación por el bautismo. Y aunque los respectivos linajes habrían de luchar hasta el fin del mundo, Dios en Persona asegura el triunfo definitivo y total de los hijos de la Inmaculada.
Desde la caída de Adán y Eva y hasta el regreso definitivo en la gloria de Dios Hijo, se desarrollaría una lucha entre los hijos de la Inmaculada y los hijos de la Serpiente, pero a pesar del aparente triunfo de los hijos de las tinieblas, Dios en Persona, cuyo Espíritu Santo inhabita en el Inmaculado Corazón de María, obtendría a través de la Virgen un completo y total triunfo sobre el Príncipe de las tinieblas y los hombres perversos con él confabulados: “Pongo hostilidad entre ti y la Mujer, entre tu linaje y el suyo. Él pisará tu cabeza –triunfo definitivo de los hijos de la Virgen- cuando tú hieras su talón –triunfo parcial y aparente de los hijos de las tinieblas-” (cfr. Gén 3, 15).
         La Legión acude a estas palabras de Dios dichas a Satanás, dice el Manual, “a fin de beber en ellas como en la fuente de su confianza y fortaleza en su lucha contra el pecado”[4]. Es decir, la Legión tiene, en la Inmaculada Concepción de María, la certeza total y absoluta de que por Ella recibirá la fortaleza divina necesaria para vencer a la tentación y al pecado. Para reforzar esta idea el Manual del Legionario -citando al Concilio Vaticano II[5]- afirma que  “en la Escritura se presenta la figura de una Mujer, Madre del Redentor, por quien está prevista la promesa, dada a nuestros primeros padres, de una victoria sobre la Serpiente” (cfr. Gén 3, 15)[6].
         Ahora bien, no basta con el solo hecho de ser bautizados, para formar parte del Ejército de María –Ejército victorioso porque ha recibido la promesa de victoria de parte del mismo Dios-, sino que el pertenecer a este victorioso Ejército es una tarea a la que todo legionario debe aspirar: “La Legión aspira a ser linaje de María, su Descendencia en el pleno sentido de la palabra, porque en esto radica la promesa de la victoria”[7]. El Manual dice que la Legión aspira a ser linaje de María, y no aspiraría si es que ya formara parte. Forma parte del linaje de María quien, desde la Legión, se esfuerza por vivir según los Mandamientos de Dios y según los Estatutos de la Legión. Por ejemplo, un legionario que no rece, que no se mortifique, que no sea misericordioso con su prójimo, no forma parte del Ejército de María y las promesas de victoria final sobre el Demonio, el pecado y la muerte no se aplican a dicho legionario. De ahí que el legionario que se precie de serlo, debe luchar, auxiliado por la gracia, contra la pereza espiritual.
        


[1] Cfr. Manual del Legionario, V.
[2] Cfr. Manual, V, 3.
[3] Cfr. Manual, V, 3.
[4] Cfr. Manual, V, 3.
[5] La Constitución Lumen Gentium, en su número 55.
[6] Cfr. Manual, V, 3.
[7] Cfr. Manual, V, 3.

sábado, 24 de febrero de 2018

“¡Si María fuera conocida!”



         “¡Si María fuera conocida![1]”. Esta expresión de deseos pertenece al Manual del Legionario y debería ser la expresión de deseos de todo legionario. Todo legionario debería tener, en la mente y en el corazón, este deseo: “¡Si María fuera conocida! ¡Si todo el mundo conociera a María! ¡Si todo el mundo amara a la Madre de Dios!”. ¿Por qué? Dice el Manual, citando al P. Fáber –y es algo que podemos comprobarlo cada uno de nosotros, en nuestra experiencia cotidiana- que “la triste condición de las almas es efecto de no conocer ni amar bastante a María”. ¡Cuántos niños, jóvenes, adultos, vemos a cada instante, todo el día, todos los días, que vagan por esta vida sin rumbo fijo, sin saber que hay un Dios que es Trinidad de Personas, que ama a cada ser humano con un Amor infinito, eterno, incomprensible, inagotable! Si los hombres conocieran esta verdad, no es que desaparecerían sus problemas, ni se solucionarían todo lo que los aqueja, pero sí encontrarían un consuelo a sus vidas, no porque se trate de una simple idea que da consuelo en sí misma –Dios Trino nos ama-, sino que es una idea que se deriva de una realidad: Dios Trino nos ama y de tal manera, que el Padre ha enviado a Dios Hijo para que nos done a Dios Espíritu Santo por medio de la efusión de Sangre de su Corazón traspasado. Aunque nosotros, los católicos, sabemos esto por la fe, ni siquiera nosotros y mucho menos los que no conocen el Evangelio, sacamos provecho espiritual de tan maravillosa realidad. Para el P. Fáber –citado por el Manual-, la inmensa mayoría –sino todos- de los males que aquejan a los hombres en nuestros días, se deben a que no conocen y no aman a María, pero si no la conocen y si no la aman, es porque nosotros, que somos el Nuevo Pueblo Elegido, tampoco la conocemos ni la amamos, al menos como deberíamos. Dice así el P. Fáber: “La devoción que le tenemos (a María) es limitada, mezquina y pobre; no tiene confianza en sí misma. Por eso no se ama a Jesús, ni se convierten los herejes, ni se ensalza a la Iglesia”[2]. Es decir, nuestra devoción a la Virgen es “limitada, mezquina y pobre”, porque acudimos a la Virgen, la mayoría de las veces, para obtener un favor, o porque acudimos a Ella de modo rutinario, frío, sin amor de hijos. Como un hijo que acude a su madre solo para pedirle algo, pero nunca para demostrarle su amor de hijo. Y cuando no se conoce a María, se desconoce a Jesús, porque si al Padre se va por Jesús, a Dios Hijo se va por María. Dice así el P. Fáber: “Por eso no se ama a Jesús, ni se convierten los herejes, ni se ensalza a la Iglesia (…) Jesús está oscurecido porque María está en penumbras”[3]. No es indiferente que María sea o no sea conocida; si no es conocida, dice el P. Fáber, “miles de almas perecen porque impedimos que se acerque a ellas María”. Y la razón por la cual las almas no se acercan a María es por nuestra causa, porque nuestra devoción a la Virgen es superficial, fría, tímida, distante, como la de un niño que se mantiene a distancia de su madre, que lo ama con locura: “La causa de todas estas funestísimas desgracias, omisiones y desfallecimientos es esta miserable e indigna caricatura que tenemos la osadía de llamar “nuestra devoción a la Santísima Virgen”. El P. Fáber nos dice que, al darnos a su Madre por Madre nuestra, Dios nos está llamando a una devoción más profunda, más espiritual, más filial, con la Virgen: “Dios nos está urgiendo a que tengamos a su bendita Madre una devoción más profunda, más amplia, más robusta; (…) muy distinta a la que hemos tenido hasta el presente (…) pruébelo cada uno por sí mismo y quedará atónito al ver las gracias que trae consigo esta devoción nueva”. Si pedimos en la oración la gracia de la verdadera devoción a la Virgen, que consiste en amarla como la amó su Hijo Jesús, con el mismo Amor con el que la amó Jesús, entonces, dice el P. Fáber, recibiremos gracias que transformarán nuestras almas. Y cuando eso suceda –cuando conozcamos y amemos a María como la conoce y la ama su Hijo Jesús-, seremos dóciles instrumentos del Espíritu Santo, quien hará que, por nuestro medio, los hombres emprendan el camino de la salvación eterna de sus almas y así sea preparado el advenimiento del Reinado de Cristo[4]. ¡Que María Santísima sea conocida y amada por todos los hombres!


[1] Cfr. Manual del Legionario, V, 6.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.