martes, 19 de septiembre de 2017

Nuestra Señora de La Salette y la llegada del Anticristo a través del Comunismo Marxista


Nuestra Señora de La Salette

El 19 de septiembre de 1846, la Santísima Virgen se apareció sobre la montaña de La Salette, (Francia) a dos jóvenes pastorcitos, Melania Calvat y Maximino Giraud. Primeramente les confió un mensaje público; después a Maximino sólo, un secreto; luego a Melania un mensaje que podría publicar en 1858[1]. La Virgen María le dijo: “esto que Yo te voy a decir no será siempre secreto, puedes publicarlo en 1858”.
El secreto dado a Melanie constituye lo que comúnmente se conoce como “el Secreto de la Salette”[2]. Un extracto del mismo fué publicado en 1879 por Melanie, con imprimatur del Obispo de Lecce- Italia. En el año 1999, en forma inesperada, el sacerdote francés Michel Corteville encontró en los archivos del Vaticano una caja con los documentos oficiales de las apariciones de Nuestra Señora de La Salette (septiembre de 1846), perdidos hacía mucho tiempo. Fue así que pudo defender con éxito la tesis sobre dicho tema en la célebre Facultad de Teología Angelicum, de la Orden Dominica en Roma, y posteriormente escribir un libro en colaboración con el P. René Laurentin[3]. El descubrimiento despertó un gran interés en el mundo católico dado que, aunque aprobado por el Papa Beato Pío IX, el mensaje de La Salette había provocado en su momento una reacción violenta por parte de los enemigos de la Iglesia y también en medios católicos liberales, al punto que se difundieron falsos mensajes. La confusión generada motivó que en 1915 la Santa Sede prohibiera la publicación de toda versión del mensaje, aunque de ninguna manera desalentaba la devoción a Nuestra Señora de La Salette. La revista “Cruzada” ofreció a sus lectores las partes principales de la redacción del mensaje de La Salette hecha por una de las videntes, la pastorcita Melanie, considerado el más completo por el P. Corteville.
En total, son 33 (treinta y tres) las Profecías dadas por Nuestra Señora de La Salette. Son particularmente importantes, no solo por provenir de la Virgen, sino por lo que anuncia acerca de lo que sucederá en la Iglesia en los tiempos previos a la aparición del Anticristo sobre la tierra, aparición que precederá a la Segunda Venida en la gloria de Nuestro Señor Jesucristo. Esas profecías son:
1. Melanie, lo que voy a decirte ahora no permanecerá siempre en secreto. Podrás publicarlo en 1858.
2. Los sacerdotes, ministros de mi Hijo, los sacerdotes, por su mala vida, por sus irreverencias y su impiedad al celebrar los santos misterios, por amor del dinero, por amor del honor y de los placeres, los sacerdotes se han transformado en cloacas de impureza. Sí, los sacerdotes reclaman venganza, y la venganza está suspendida sobre sus cabezas. ¡Desdicha de los sacerdotes y las personas consagradas a Dios que por sus infidelidades y su mala vida crucifican de nuevo a mi Hijo! Los pecados de las personas consagradas a Dios claman al cielo, y llaman la venganza,y he aquí que la venganza está a sus puertas, pues no hay más nadie para implorar misericordia y perdón para el pueblo. No hay más almas generosas, no hay más persona digna de ofrecer la Víctima sin mancha al Eterno en favor del mundo.
3. Dios va a golpear de una manera sin ejemplo.
4. ¡Desdichados los habitantes de la tierra! Dios va a agotar su cólera, y nadie podrá sustraerse a tantos males reunidos.
5. Los jefes, los conductores del pueblo de Dios, han descuidado la oración y la penitencia, y el demonio ha oscurecido sus inteligencias. Se han convertido en esas estrellas errantes que el viejo diablo arrastrará con su cola para hacerlos perecer. Dios permitirá a la antigua serpiente poner divisiones entre los que reinan, en todas las sociedades y en toda las familias; se sufrirán penas físicas y morales. Dios abandonará los hombres a sí mismos y enviará castigos que se sucederán durante más de treinta y cinco años.
6. La sociedad está en la víspera de las plagas más terribles y de los más grandes acontecimientos; hay que esperar ser gobernado por una vara de hierro y beber el cáliz de la cólera de Dios.
7. Que el Vicario de mi Hijo, el Soberano Pontífice Pío IX, no salga más de Roma después del año 1859. Pero que sea firme y generoso, que combata con las armas de la fe y del amor; yo estaré con él.
8. Que desconfíe de Napoleón; su corazón es doble y cuando querrá ser a la vez Papa y emperador, enseguida Dios se retirará de él. Él es esa águila que, queriendo siempre elevarse, caerá sobre la espada con que deseaba servirse para obligar a los pueblos a elevarle.
9. Italia será castigada por su ambición al querer sacudirse el yugo del Señor de los Señores; también ella será entregada a la guerra, la sangre correrá por todas partes. Las iglesias serán cerradas o profanadas; los sacerdotes, los religiosos serán expulsados; se los hará morir y morir de una muerte cruel. Muchos abandonarán la Fe y será grande el número de los sacerdotes y religiosos que se apartarán de la verdadera religión; entre estas personas habrá incluso Obispos.
10. Que el Papa se cuide de los hacedores de milagros pues ha llegado el tiempo en que los prodigios más asombrosos tendrán lugar sobre la tierra y en los aires.
11. En el año 1864, Lucifer con un gran número de demonios serán soltados del infierno: abolirán la fe poco a poco, incluso en las personas consagradas a Dios. Los cegarán de tal manera, que, a menos de una gracia particular, estas personas tomarán el espíritu de esos ángeles malos. Muchas casas religiosas perderán enteramente la fe y perderán muchas almas.
12. Los malos libros abundarán sobre la tierra y los espíritus de las tinieblas extenderán en todas partes un relajamiento universal para todo lo que concierne al servicio de Dios. Tendrán un gran poder sobre la naturaleza; habrá iglesias para servir a estos espíritus. De un lado a otro serán transportadas personas por estos malos espíritus e incluso sacerdotes, pues ellos no se habrán conducido según el buen espíritu del Evangelio, que es espíritu de humildad, de caridad y de celo por la gloria de Dios. Se resucitará a muertos y a justos [es decir que esos muertos tomarán la figura de almas justas que han vivido sobre la tierra, con el fin de seducir mejor a los hombres; éstos que se dicen muertos resucitados, que no serán sino el demonio bajo sus figuras, predicarán otro Evangelio contrario al del verdadero Cristo-Jesús, negando la existencia del cielo o aún las almas de los condenados. Todas estas almas parecerán unidas a sus cuerpos] (nota de Melanie). Habrá en todas partes prodigios extraordinarios puesto que la verdadera fe se ha extinguido y la falsa luz ilumina al mundo. Desdichados los Príncipes de la Iglesia que sólo se hayan ocupado en acumular riquezas sobre riquezas, en salvaguardar su autoridad y en dominar con orgullo.
13. El Vicario de mi Hijo tendrá mucho que sufrir, pues, por un tiempo, la Iglesia será librada a grandes persecuciones. Esto será el tiempo de las tinieblas; la Iglesia tendrá una crisis terrible.
14. Olvidada la santa fe de Dios, cada individuo querrá guiarse por sí mismo y ser superior a sus semejantes. Se abolirán los poderes civiles y eclesiásticos, todo orden y toda justicia serán pisoteados; sólo se verán homicidios, odio, celos, mentira y discordia, sin amor por la patria ni por la familia.
15. El Santo Padre sufrirá mucho. Yo estaré con él hasta el fin para recibir su sacrificio.
16. Los malvados atentarán muchas veces contra su vida sin poder dañarle; pero ni él ni su sucesor… verán el triunfo de la Iglesia de Dios.
17. Los gobiernos civiles tendrán todos un mismo designio, que será abolir y hacer desaparecer todo principio religioso para hacer lugar al materialismo, al ateísmo, al espiritismo y a toda clase de vicios.
18. En el año 1865 se verá la abominación en los lugares santos; en los conventos, las flores de la Iglesia se pudrirán y el demonio se hará como rey de los corazones. Que los que están a la cabeza de las comunidades religiosas tengan cuidado con las personas que deben recibir, pues el demonio hará uso de toda su malicia para introducir en las órdenes religiosas personas entregadas al pecado, ya que los desórdenes y el amor de los placeres carnales serán extendidos por toda la tierra.
19. Francia, Italia, España e Inglaterra estarán en guerra; la sangre correrá en las calles, el francés combatirá con el francés, el italiano con el italiano; luego habrá una guerra general que será espantosa. Por un tiempo Dios no se acordará de Francia ni de Italia, puesto que el Evangelio de Jesucristo no se conoce ya más. Los malvados desplegarán toda su malicia; se matará, se masacrará mutuamente hasta en las casas.
20. Al primer golpe del rayo de su espada las montañas y la tierra entera temblarán de pavor puesto que los desórdenes y los crímenes de los hombres traspasan la bóveda de los cielos. París será quemada y Marsella será engullida por el mar, muchas grandes ciudades serán sacudidas y engullidas por terremotos: se creerá que todo está perdido. Sólo se verán homicidios, sólo se oirán estrépito de armas y blasfemias. Los justos sufrirán mucho; sus oraciones, sus penitencias y sus lágrimas subirán hasta el Cielo y todo el pueblo de Dios pedirá perdón y misericordia, y pedirá mi ayuda y mi intercesión. Entonces Jesucristo, por un acto de su justicia y de su misericordia, ordenará a sus ángeles que todos sus enemigos sean ejecutados. De pronto, los perseguidores de la Iglesia de Jesucristo y todos los hombres entregados al pecado perecerán, y la tierra será como un desierto. Entonces se hará la paz, la reconciliación de Dios con los hombres. Jesucristo será servido, adorado y glorificado; en todas partes florecerá la caridad. Los nuevos reyes serán el brazo derecho de la Santa Iglesia que será fuerte, humilde, piadosa, pobre, celosa e imitadora de las virtudes de Jesucristo. El Evangelio será predicado en todas partes, y los hombres harán grandes progresos en la fe, porque habrá unidad entre los obreros de Jesucristo y los hombres vivirán en el temor de Dios.
21. Esta paz entre los hombres no será larga; veinticinco años de abundantes cosechas les harán olvidar que los pecados de los hombres son causa de todas las aflicciones que acontecen sobre la tierra.
22. Un precursor del anticristo con sus ejércitos de varias naciones combatirá contra el verdadero Cristo, el único Salvador del mundo; derramará mucha sangre y querrá aniquilar el culto de Dios para hacerse tener como un Dios.
23. La tierra será golpeada por toda clase de plagas (además de la peste y el hambre, que serán generales). Habrá guerras hasta la última guerra, que será hecha por los diez reyes del anticristo, que tendrán todos un mismo designio, y serán los únicos que gobernarán el mundo. Antes que esto acontezca habrá una especie de falsa paz en el mundo; sólo se pensará en divertirse. Los malvados se entregarán a toda clase de pecados, pero los hijos de la Santa Iglesia, los hijos de la fe, mis verdaderos imitadores, crecerán en el amor de Dios y en las virtudes que me son más queridas. Dichosas las almas humildes conducidas por el Espíritu Santo. Yo combatiré con ellas hasta que lleguen a la plenitud del tiempo.
24. La naturaleza reclama venganza para los hombres, y, esperando lo que debe ocurrir a la tierra manchada de crímenes, se estremece de pavor.
25. Tiembla, tierra, temblad vosotros, los que hacéis profesión de servir a Jesucristo y que por dentro os adoráis a vosotros mismos. Pues Dios va a entregaros a su enemigo, puesto que los lugares santos se hallan en la corrupción. Muchos conventos no son más las casas de Dios sino pasturas de Asmodeo y los suyos.
26. Será durante este tiempo que nacerá el anticristo, de una religiosa hebrea, de una falsa virgen que tendrá comunicación con la antigua serpiente, el señor de la impureza. Al nacer vomitará blasfemias, tendrá dientes; será, en una palabra, el diablo encarnado; lanzará gritos terribles, hará prodigios, sólo se alimentará de impurezas. Tendrá hermanos que, aunque no sean demonios encarnados como él, serán hijos del mal. A los doce años se señalarán por sus valientes victorias, pronto estará cada uno a la cabeza de ejércitos asistidos por legiones del infierno.
27. Las estaciones se alterarán, la tierra sólo producirá malos frutos, los astros perderán sus movimientos regulares, la luna sólo reflejará una débil luz rojiza. El agua y el fuego darán al orbe de la tierra movimientos convulsivos y horribles terremotos que engullirán montañas, ciudades, etc.
28. Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del anticristo.
29. Los demonios del aire con el anticristo harán grandes prodigios sobre la tierra y en los aires, y los hombres se pervertirán cada vez más. Dios cuidará de sus fieles servidores y de los hombres de buena voluntad; el Evangelio será predicado en todas partes, ¡Todos los pueblos y todas las naciones tendrán conocimiento de la verdad!
30. Yo dirijo un apremiante llamado a la tierra; llamo a los verdaderos discípulos de Dios viviente y reinante en los cielos. Llamo a los verdaderos imitadores de Cristo hecho hombre, el único y verdadero Salvador de los hombres. Llamo a mis hijos, mis verdaderos devotos, aquellos que se han entregado a mí para que los conduzca a mi Hijo divino, aquellos que, por así decir, llevo en mis brazos; aquellos que han vivido de mi espíritu. Llamo en fin a los apóstoles de los últimos tiempos, los fieles discípulos de Jesucristo que han vivido en desprecio del mundo y de sí mismos, en la pobreza y en la humildad, en el desprecio y en el silencio, en la oración y en la mortificación, en la castidad y en la unión con Dios, en el sufrimiento y desconocidos del mundo. Es tiempo de que salgan y vengan a iluminar la tierra. Id y mostraos como mis hijos queridos, yo estoy con vosotros y en vosotros con tal vuestra fe sea la luz que os ilumine en estos días de infortunio. Que vuestro celo os haga como hambrientos de la gloria y del honor de Jesucristo. Combatid, hijos de la luz, vosotros, los pocos que veis, pues he aquí el tiempo de los tiempos, el fin de los fines.
31. La Iglesia será eclipsada, el mundo se hallará en la consternación. Pero he aquí a Enoch y Elías llenos del Espíritu de Dios; ellos predicarán con la fuerza de Dios, y los hombres de buena voluntad creerán en Dios, y muchas almas serán consoladas. Harán grandes progresos por virtud del Espíritu Santo y condenarán los errores diabólicos del anticristo.
32. ¡Desdichados los habitantes de la tierra! Habrá guerras sangrientas y hambres, pestes y enfermedades contagiosas; habrá lluvias de un espantoso granizo de animales, truenos que sacudirán las ciudades, terremotos que engullirán países. Se oirán voces en los aires, los hombres se darán de golpes con su cabeza en los muros; llamarán a la muerte y, por otro lado, la muerte hará su suplicio, la sangre correrá por todas partes. ¿Quién podrá vencer si Dios no disminuye el tiempo de la prueba? Por la sangre, las lágrimas y las oraciones de los justos Dios se dejará doblegar. Enoch y Elías serán matados; Roma pagana desaparecerá. El fuego del cielo caerá y consumirá tres ciudades; todo el universo será sacudido de terror, y muchos se dejarán seducir porque no han adorado al verdadero Cristo viviente entre ellos. Es el momento; el sol se oscurece; sólo la fe vivirá.
33. He aquí el tiempo; el abismo se abre. He aquí el rey de los reyes de las tinieblas. He aquí a la bestia con sus súbditos, diciéndose salvador del mundo. Se elevará con orgullo en los aires para ir hasta el cielo; será ahogado por el soplo de San Miguel Arcángel. Caerá, y la tierra, que desde hace tres días estará en continuas evoluciones, abrirá su seno lleno de fuego, él será sumergido para siempre con todos los suyos en los abismos eternos del infierno. Entonces el agua y el fuego purificarán la tierra y consumirán todas las obras del orgullo de los hombres y todo será renovado: Dios será servido y glorificado.
Ahora bien, ¿qué fue lo que sucedió en el año 1864, el año en el que “Lucifer con un gran número de demonios (fueron) soltados del infierno”, según las propias palabras de la Virgen? Según esta profecía, se trataría de un evento eminentemente espiritual y diabólico, porque habría de atacar principal y esencialmente la Fe católica: “(...) abolirán la fe poco a poco, incluso en las personas consagradas a Dios. Los cegarán de tal manera, que, a menos de una gracia particular, estas personas tomarán el espíritu de esos ángeles malos. Muchas casas religiosas perderán enteramente la fe y perderán muchas almas”. Lo que sucedió en ese año fue nada menos que el inicio de un sistema ideológico declarado por la Iglesia “intrínsecamente perverso”, el comunismo anti-marxista, una ideología anti-humana, anti-cristiana, materialista, atea y satánica. En ese año, Karl Marx –satanista- inició ese engendro infernal llamado “comunismo marxista”, que habría de traer solo muerte –genocidios, exterminios en masa-, destrucción, miseria, a la población civil, además de persecución feroz y sangrienta a la Iglesia Católica, en los lugares en los que, como se demostró en la historia, logró afianzarse, a base de terror, sangre y fuego. En el año 1864 finalizó el aislamiento político de Karl Marx, quien así se vio libre para fundar el germen del Partido (criminal) Comunista, la “Asociación Internacional de los Trabajadores”. Aunque él no fue, estrictamente hablando, ni su fundador ni su jefe, sí se convirtió en su líder espiritual y le dio la impronta materialista, atea y satánica que hasta el día de hoy posee. Su primer encuentro público, convocado por líderes de la unión comercial inglesa y representantes de los trabajadores, tuvo lugar en la sala de San Martin en Londres el 28 de Septiembre de 1864. Allí Marx, actuando como representante de los trabajadores Alemanes, presentó su escrito “Dirección y Reglas Provisionales de la Asociación Internacional de los Trabajadores”, escrito que reforzó los logros del movimiento cooperativo y de la legislación parlamentaria. Luego, la conquista gradual del poder político permitiría al proletariado británico extender estos supuestos “logros” a escala nacional y luego, universal. El ataque a la Fe vendría con la elaboración de la nefasta “Teología de la Liberación”, engendro político-teológico en el que la doctrina católica es astutamente reemplazada, por medio de un lenguaje sibilino, por la doctrina comunista marxista, conduciendo, como dijo la Virgen en La Salette, a la pérdida de la Fe de numerosísimos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos católicos que, seducidos por este sistema surgido desde las profundidades mismas del Infierno, habrían de abandonar la Verdadera Fe católica, para suplantar por un remedo materialista y ateo con lenguaje religioso, la Teología de la Liberación, cuyos efectos perniciosísimos continuamos padeciéndolos hoy, tanto dentro como fuera de la Iglesia.
Hasta aquí, las profecías de Nuestra Señora de La Salette. Quiera la Virgen interceder ante Nuestro Señor, para que recibamos la gracia de ser “los verdaderos discípulos de Dios viviente y reinante en los cielos (…) los verdaderos imitadores de Cristo hecho hombre, el único y verdadero Salvador de los hombres (…) los hijos de la Virgen, sus verdaderos devotos, aquellos que se han entregado a la Madre de Dios para ser conducidos a su divino Hijo, aquellos que (…) Ella lleva en sus brazos y viven de su espíritu”.
El Llamamiento a los Apóstoles de los Últimos Tiempos forma parte del Secreto confiado a Melania: “Dirijo un llamamiento apremiante a la tierra; llamo a los verdaderos discípulos de Dios que vive y reina en los cielos; llamo a los verdaderos imitadores de Cristo hecho hombre; llamo a Mis hijos, a Mis verdaderos devotos, los que se hayan entregado a Mí para que Yo los conduzca a Mi Divino Hijo, los que llevo por decir así en Mis brazos, los que han vivido según Mi espíritu; en fin llamo a los Apóstoles de los Últimos Tiempos los fieles discípulos de Jesucristo que han vivido en el desprecio del mundo y de sí mismo en la pobreza y la humildad, en el desprecio y en el silencio, en la oración y en la mortificación, en la castidad y en la unión con Dios, en el sufrimiento y desconocidos del mundo. Es hora de que salgan y vengan a alumbrar la tierra. Id y mostraos como Mis hijos queridos. Estoy con vosotros y en vosotros, siempre que vuestra fe sea la luz que os alumbre en esos días de desgracia. Que vuestro celo os haga como los hambrientos por la gloria y honor de Jesucristo. Combatid, hijos de luz, vosotros pequeño número que lo véis, porque he aquí el tiempo de los tiempos, el fin de los fines”.
Así habló la Madre de Dios y mientras escuchaba, contemplaba Melania, en una visión profética la vida y las obras venideras de los hijos y de las hijas de la Orden de la Madre de Dios, religiosos misioneros, religiosas misioneras y discípulos laicos, esparcidos por todas partes del mundo. Los religiosos y religiosas harán los votos; los discípulos laicos, la consagración a la Santísima Virgen. Melania veía también a varias religiosas llegar a unirse con esta Orden y las otras por su relación recobrar su espíritu primitivo.
Por mandato del Papa León XIII, presentó Melania esta regla al examen de la Sagrada Congregación de Obispos y Religiosos la cual dio su aprobación el 27 de mayo de 1879. Al mismo tiempo fueron aprobadas las constituciones que Melania había compuesto para la Orden de la Madre de Dios a petición de León XIII, según su visión profética de 1846. Melania falleció en olor de santidad el 14 de diciembre de 1904, a la edad de 73 años.
San Juan Pablo II dijo que estamos en los tiempos profetizados en La Salette, en los tiempos del Anticristo. ¡Nuestra Señora de La Salette, que seamos hijos tuyos hasta el fin y seamos capaces de dar la vida por tu Hijo Jesucristo!



[3] René Laurentin –Michel Corteville, Découverte du secret de La Salette, Fayard, Paris 2002, con Imprimatur de Mons. Michel Dubost, Obispo de Évry, y Nihil obstat de Don Bernard Billet, de la abadía de Notre-Dame de Tournay.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Memoria de Nuestra Señora de los Dolores


Nuestro Señor le reveló a Santa Brígida de Suecia los Siete Dolores de su Madre: el Primer Dolor, sufrido en el momento de la profecía de Simeón (cfr. Lc 2, 22-35), cuando le fue profetizado a la Virgen que ese Niño que Ella llevaba en sus brazos y que era la vida de su Corazón, habría de sufrir la amargura de la Pasión y Muerte en Cruz, porque así habría de salvarnos a nosotros, los hombres pecadores. En recuerdo de este dolor, debemos pedir a la Virgen el verdadero dolor de los pecados, el dolor que nos lleva a preferir morir antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado.
El Segundo Dolor de María Santísima se produjo en la Huida a Egipto (Mt 2, 13-15), no solo por lo que el destierro significa y por lo peligroso del camino, sino al enterarse del motivo de esta huida, y es que su Hijo era buscado por el malvado rey Herodes quien, sintiéndose amenazado en su poder, quería encontrarlo y darle muerte. María Santísima experimenta el agudísimo dolor que atraviesa como un puñal su Corazón Inmaculado, al saber que su Hijo está en peligro de muerte y es por eso que, bajo las indicaciones del Ángel a San José, debe emprender con él y con el Niño, la huida a Egipto. Se cumplen así las palabras del Apocalipsis: “A la Mujer –la Virgen- le fueron dadas dos alas con las que huyó al desierto con su Hijo, para ponerlo a salvo del Dragón”. Por este dolor, provocado por mis pecados, pedimos la gracia de perseverar en la confianza, en el amor a Dios y en su gracia, aún –y sobre todo- en los momentos más difíciles de nuestra vida.
El Tercer Dolor lo experimentó María Santísima cuando el Niño se perdió en el Templo (Lc 2, 41 -50), pues tanto José como María, al momento de regresar, pensaban cada uno que el Niño estaría con el otro, emprendiendo la marcha de regreso a Nazareth, sin el Niño. Al darse cuenta de que Jesús no estaba con ellos, emprendieron el regreso a Jerusalén, buscándolo por tres días, y encontrándolo finalmente en el Templo, en medio de los Doctores de la Ley, respondiendo a sus preguntas. Por este dolor de María Virgen, pidamos la gracia de que, si hemos perdido de vista a Jesús a causa de nuestros extravíos, llevados de la mano de María, lo encontremos en el Templo, en el Sagrario, en la Eucaristía, en donde Jesús responderá a todas las preguntas, sobre todo lo concerniente al sentido de nuestra vida, que es la salvación eterna del alma.
El Cuarto Dolor lo sufrió María en su encuentro con Jesús camino del Calvario, en lo que es la Cuarta Estación del Vía Crucis: la Virgen y Madre puede acercarse, por breves instantes, a su Hijo Jesús, que ha caído bajo el peso de la Cruz, y aunque el encuentro es breve, el intercambio de miradas entre Jesús y su Madre, llena de consuelo a Jesús en medio del dolor, pues el amor maternal de María le hace olvidar, aunque sea por brevísimos segundos, el inmenso dolor y amargura de la Pasión, colmando su Sagrado Corazón de dicha inefable. Del mismo modo, María Santísima, Nuestra Madre del cielo, está al lado nuestro en esta vida terrena, en la que llevando la cruz de cada día, nos dirigimos al Calvario, para que muera el hombre viejo y así poder nacer a la vida del hombre nuevo, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios.
El Quinto Dolor lo experimenta María Santísima en el momento en el que su amadísimo Hijo Jesús muere en la Cruz (Jn 19, 17-39): luego de acompañarlo durante todo el Via Crucis y luego de permanecer a su lado, al pie de la cruz, la Virgen sufre un dolor tan intenso, que al tiempo que parece desgarrarle el Corazón, parece también quitarle a Ella la vida, porque Jesús era el Amor de su Corazón y la Vida de su alma. La Virgen experimenta, místicamente, la muerte, al participar de la muerte de Jesús en la cruz. Y en ningún momento no solo no se rebela, sino que ofrece este dolor que es igual a siete espadas clavadas en su Corazón –es el cumplimiento de la profecía de Simeón-, a Dios Padre, por nuestra conversión y salvación, y por eso se convierte en Corredentora. Por este dolor de la Virgen, causado por nuestros pecados, debemos pedir la gracia de detestar el pecado y de amar la vida de la gracia.
El Sexto Dolor lo sufre María al recibir el Cuerpo de Jesús al ser bajado de la Cruz (Mc 15, 42-46): la Virgen llora en silencio, al abrazar el Cuerpo muerto, frío, sin vida, de Jesús, y es tanta la cantidad de lágrimas que brotan de sus ojos, que con esas lágrimas limpia el Rostro de Jesús, cubierto de tierra, barro, sudor y sangre y todo a causa de nuestros pecados. Al contemplar a la Piedad, le pidamos a la Virgen participar del dolor de su Corazón y que nos conceda sus lágrimas, para llorar por nuestros pecados, prometiéndole a Nuestra Madre del cielo que solo por no verla llorar, evitaremos el pecado, causa de su dolor, y acudiremos a la Confesión Sacramental con premura, si hemos tenido el infortunio de caer, para así concederle un consuelo a su Inmaculado Corazón.
El Séptimo Dolor lo experimenta la Virgen cuando, después de bajarlo de la cruz y llevarlo en procesión, debe separarse de su Hijo, dejándolo en el Sepulcro (Jn 19, 38-42). Por este dolor, sufrido en la espera de la Resurrección de su Hijo, pidámosle a la Virgen que nos alcance la gracia de desear siempre unirnos al Cuerpo glorioso y resucitado de Jesús en la Eucaristía.


miércoles, 13 de septiembre de 2017

Fiesta del Santísimo Nombre de María


De entre todos los santos que se han destacado por el amor filial a María, se destaca San Alfonso María de Ligorio, quien en su libro “Las glorias de María” nos revela los admirables secretos que esconde su nombre[1].
Dice San Alfonso que el nombre de María es, ante todo, un nombre santo, en el sentido de que proviene de Dios Uno y Trino, que es la santidad Increada; esto es, no ha sido creado, inventado ni imaginado por el hombre, sino por Dios mismo. Por esto mismo, al provenir de Dios, el nombre santo de María es hecho partícipe del poder y la majestad divinas, lo cual explica que ante su nombre, como al nombre de Jesús, todos doblen la rodilla, como así también que los Infiernos tiemblen de terror con el solo hecho de escuchar el nombre de María: “María, nombre santo. El augusto nombre de María, dado a la Madre de Dios, no fue cosa terrenal, ni inventado por la mente humana o elegido por decisión humana, como sucede con todos los demás nombres que se imponen. Este nombre fue elegido por el cielo y se le impuso por divina disposición, como lo atestiguan san Jerónimo, san Epifanio, san Antonino y otros. “Del Tesoro de la divinidad –dice Ricardo de San Lorenzo– salió el nombre de María”. De él salió tu excelso nombre; porque las Tres divinas personas, prosigue diciendo, te dieron ese nombre, superior a cualquier nombre, fuera del nombre de tu Hijo, y lo enriquecieron con tan grande poder y majestad, que al ser pronunciado tu nombre, quieren que, por reverenciarlo, todos doblen la rodilla, en el cielo, en la tierra y en el infierno”. Pero
Otra característica del nombre de María, es que es un nombre “lleno de dulzura” y esto tanto en la vida –cuando las tribulaciones abundan- y en la muerte –cuando la oscuridad se hace presente-: “Entre otras prerrogativas que el Señor concedió al nombre de María (…) le ha concedido la dulzura para los siervos de esta santísima Señora, tanto durante la vida como en la hora de la muerte”. Esta dulzura del nombre de María, que suaviza las amarguras de las tribulaciones y el dolor de la muerte, es tan cierta y tan fuerte, que incluso ha sido percibida sensiblemente por algunos santos, quienes han llegado a experimentar “un sabor más dulce que la miel” al pronunciar el nombre de María. Continúa San Alfonso: “En cuanto a lo primero, durante la vida, “el santo nombre de María –dice el monje Honorio– está lleno de divina dulzura”. De modo que el glorioso san Antonio de Padua, reconocía en el nombre de María la misma dulzura que san Bernardo en el nombre de Jesús. “El nombre de Jesús”, decía éste; “el nombre de María”, decía aquél, “es alegría para el corazón, miel en los labios y melodía para el oído de sus devotos”. Se cuenta del V. Juvenal Ancina, obispo de Saluzzo, que al pronunciar el nombre de María experimentaba una dulzura sensible tan grande, que se relamía los labios. También se refiere que una señora en la ciudad de Colonia le dijo al obispo Marsilio que cuando pronunciaba el nombre de María, sentía un sabor más dulce que el de la miel. Y, tomando el obispo la misma costumbre, también experimentó la misma dulzura”.
Pero para San Alfonso, no solo los hombres experimentan la dulzura del nombre de María, sino incluso hasta los mismos ángeles: “Se lee en el Cantar de los Cantares que, en la Asunción de María, los ángeles preguntaron por tres veces: “¿Quién es ésta que sube del desierto como columnita de humo? ¿Quién es ésta que va subiendo cual aurora naciente? ¿Quién es ésta que sube del desierto rebosando en delicias?” (Cant 3, 6; 6, 9; 8, 5). Pregunta Ricardo de San Lorenzo: “¿Por qué los ángeles preguntan tantas veces el nombre de esta Reina?” Y él mismo responde: “Era tan dulce para los ángeles oír pronunciar el nombre de María, que por eso hacen tantas preguntas”.
Sin embargo, dice San Alfonso, esta dulzura sensible no es dado de ordinario, aunque hay una dulzura aun mayor, no experimentada por los sentidos, y es la espiritual, dulzura que recibe el alma cuando pronunciando el nombre de María, experimenta al mismo tiempo “consuelo, amor, alegría, confianza, fortaleza”: “Pero no quiero hablar de esta dulzura sensible, porque no se concede a todos de manera ordinaria; quiero hablar de la dulzura saludable, consuelo, amor, alegría, confianza y fortaleza que da este nombre de María a los que lo pronuncian con fervor”.
La tercera característica del nombre de María es, para San Alfonso, es la de “inspirar alegría y amor” de Dios, porque quienes lo pronunciaban experimentaban tales y tantos consuelos sobrenaturales, que era imposible que viniesen de creatura alguna, sea humana o angélica y en el prodigar estos bienes celestiales, el nombre de María es solo superado por el sagrado nombre de Jesús: “Dice el abad Francón que, después del sagrado nombre de Jesús, el nombre de María es tan rico de bienes, que ni en la tierra ni en el cielo resuena ningún nombre del que las almas devotas reciban tanta gracia de esperanza y de dulzura. El nombre de María –prosigue diciendo– contiene en sí un no sé qué de admirable, de dulce y de divino, que cuando es conveniente para los corazones que lo aman, produce en ellos un aroma de santa suavidad. Y la maravilla de este nombre –concluye el mismo autor– consiste en que aunque lo oigan mil veces los que aman a María, siempre les suena como nuevo, experimentando siempre la misma dulzura al oírlo pronunciar. Hablando también de esta dulzura el B. Enrique Susón, decía que nombrando a María, sentía elevarse su confianza e inflamarse en amor con tanta dicha, que entre el gozo y las lágrimas, mientras pronunciaba el nombre amado, sentía como si se le fuera a salir del pecho el corazón; y decía que este nombre se le derretía en el alma como panal de miel. Por eso exclamaba: “¡Oh nombre suavísimo! Oh María ¿cómo serás tú misma si tu solo nombre es amable y gracioso!”.
El nombre de María es como un preanuncio del nombre de Dios, porque conduce a las dulzuras que solo Dios puede dar, afirma San Alfonso, citando a San Bernardo: “Contemplando a su buena Madre el enamorado San Bernardo le dice con ternura: “¡Oh excelsa, oh piadosa, oh digna de toda alabanza Santísima Virgen María, tu nombre es tan dulce y amable, que no se puede nombrar sin que el que lo nombra no se inflame de amor a ti y a Dios; y sólo con pensar en él, los que te aman se sienten más consolados y más inflamados en ansias de amarte”. Dice Ricardo de San Lorenzo: “Si las riquezas consuelan a los pobres porque les sacan de la miseria, cuánto más tu nombre, oh María, mucho mejor que las riquezas de la tierra, nos alivia de las tristezas de la vida presente”.
Es un nombre “lleno de gracias y bendiciones divinas”, que colma de estas a quien lo pronuncia y es por lo tanto fuente de consuelo para el pecador: “Tu nombre, oh Madre de Dios –como dice san Metodio– está lleno de gracias y de bendiciones divinas: De modo que –como dice san Buenaventura– no se puede pronunciar tu nombre sin que aporte alguna gracia al que devotamente lo invoca. Búsquese un corazón empedernido lo más que se pueda imaginar y del todo desesperado; si éste te nombra, oh benignísima Virgen, es tal el poder de tu nombre –dice el Idiota– que él ablandará su dureza, porque eres la que conforta a los pecadores con la esperanza del perdón y de la gracia. Tu dulcísimo nombre –le dice san Ambrosio– es ungüento perfumado con aroma de gracia divina. Y el santo le ruega a la Madre de Dios diciéndole: “Descienda a lo íntimo de nuestras almas este ungüento de salvación”. Que es como decir: Haz Señora, que nos acordemos de nombrarte con frecuencia, llenos de amor y confianza, ya que nombrarte así es señal o de que ya se posee la gracia de Dios, o de que pronto se ha de recobrar”. Sí, porque recordar tu nombre, María, consuela al afligido, pone en camino de salvación al que de él se había apartado, y conforta a los pecadores para que no se entreguen a la desesperación; así piensa Landolfo de Sajonia. Y dice el P. Pelbarto que como Jesucristo con sus cinco llagas ha aportado al mundo el remedio de sus males, así, de modo parecido, María, con su nombre santísimo compuesto de cinco letras, confiere todos los días el perdón a los pecadores”.
Para San Alfonso, la fortaleza es otra característica del nombre de María, que enciende a los pecadores en el amor de Dios, así como el aceite alimenta la lámpara, y el pecador que acuda a este santo nombre, será curado de sus males, cualesquiera que estos sean: “Por eso, en los Sagrados cantares, el santo nombre de María es comparado al óleo: “Como aceite derramado es tu nombre” (Cant 1, 2). Comenta así este pasaje el B. Alano: “Su nombre glorioso es comparado al aceite derramado porque, así como el aceite sana a los enfermos, esparce fragancia, y alimenta la lámpara, así también el nombre de María, sana a los pecadores, recrea el corazón y lo inflama en el divino amor”. Por lo cual Ricardo de San Lorenzo anima a los pecadores a recurrir a este sublime nombre, porque eso sólo bastará para curarlos de todos sus males, pues no hay enfermedad tan maligna que no ceda al instante ante el poder del nombre de María”.
Para los demonios, el nombre de María les infunde terror, porque Dios le concedió participar de su poder y majestad, de ahí que el Demonio, al escuchar el nombre de María, quede paralizado por el terror, siendo su soberbia cabeza de Serpiente Antigua aplastada por el peso del nombre de María, liberando al pecador que pronuncia su nombre: “Por el contrario los demonios, afirma Tomás de Kempis, temen de tal manera a la Reina del cielo, que al oír su nombre, huyen de aquel que lo nombra como de fuego que los abrasara. La misma Virgen reveló a santa Brígida, que no hay pecador tan frío en el divino amor, que invocando su santo nombre con propósito de convertirse, no consiga que el demonio se aleje de él al instante. Y otra vez le declaró que todos los demonios sienten tal respeto y pavor a su nombre que en cuanto lo oyen pronunciar al punto sueltan al alma que tenían aprisionada entre sus garras”.
Y si los ángeles de la oscuridad huyen ante el nombre de María, los ángeles de luz acuden al alma que pronuncia este santo nombre, viéndose estas almas protegidas como por una fortísima roca defensiva, que los mantiene a salvo de los asaltos del infierno y también de los castigos de la ira de Dios: “Y así como se alejan de los pecadores los ángeles rebeldes al oír invocar el nombre de María, lo mismo –dijo la Señora a santa Brígida– acuden numerosos los ángeles buenos a las almas justas que devotamente la invocan”. Atestigua san Germán que como el respirar es señal de vida, así invocar con frecuencia el nombre de María es señal o de que se vive en gracia de Dios o de que pronto se conseguirá; porque este nombre poderoso tiene fuerza para conseguir la vida de la gracia a quien devotamente lo invoca. En suma, este admirable nombre, añade Ricardo de San Lorenzo es, como torre fortísima en que se verán libres de la muerte eterna, los pecadores que en él se refugien; por muy perdidos que hubieran sido, con ese nombre se verán defendidos y salvados. Torre defensiva que no sólo libra a los pecadores del castigo, sino que defiende también a los justos de los asaltos del infierno. Así lo asegura el mismo Ricardo, que después del nombre de Jesús, no hay nombre que tanto ayude y que tanto sirva para la salvación de los hombres, como este incomparable nombre de María”.
El nombre de María es también nombre de pureza y castidad, que mantiene puros de cuerpo y alma a quienes lo invocan, preservándolos de la impureza, tanto del cuerpo, como la del alma, esto es, la idolatría, la superstición, el error, la ignorancia, la herejía y el cisma: “Es cosa sabida y lo experimentan a diario los devotos de María, que este nombre formidable da fuerza para vencer todas las tentaciones contra la castidad. Reflexiona el mismo autor considerando las palabras del Evangelio: “Y el nombre de la Virgen era María” (Lc 1, 27), y dice que estos dos nombres de María y de Virgen los pone el Evangelista juntos, para que entendamos que el nombre de esta Virgen purísima no está nunca disociado de la castidad. Y añade san Pedro Crisólogo, que el nombre de María es indicio de castidad; queriendo decir que quien duda si habrá pecado en las tentaciones impuras, si recuerda haber invocado el nombre de María, tiene una señal cierta de no haber quebrantado la castidad”.
Dice San Alfonso que otra característica del nombre de María es que es “nombre de bendición”, que socorre en los peligros de todo tipo, sobre todo el mayor de todos, el perder la gracia divina, al tiempo que abre las puertas del cielo: “Así que, aprovechemos siempre el hermoso consejo de san Bernardo: “En los peligros, en las angustias, en las dudas, invoca a María. Que no se te caiga de los labios, que no se te quite del corazón”. En todos los peligros de perder la gracia divina, pensemos en María, invoquemos a María junto con el nombre de Jesús, que siempre han de ir estos nombres inseparablemente unidos. No se aparten jamás de nuestro corazón y de nuestros labios estos nombres tan dulces y poderosos, porque estos nombres nos darán la fuerza para no ceder nunca jamás ante las tentaciones y para vencerlas todas. Son maravillosas las gracias prometidas por Jesucristo a los devotos del nombre de María, como lo dio a entender a santa Brígida hablando con su Madre santísima, revelándole que quien invoque el nombre de María con confianza y propósito de la enmienda, recibirá estas gracias especiales: un perfecto dolor de sus pecados, expiarlos cual conviene, la fortaleza para alcanzar la perfección y al fin la gloria del paraíso. Porque, añadió el divino Salvador, son para mí tan dulces y queridas tus palabras, oh María, que no puedo negarte lo que me pides. En suma, llega a decir san Efrén, que el nombre de María es la llave que abre la puerta del cielo a quien lo invoca con devoción. Por eso tiene razón san Buenaventura al llamar a María “salvación de todos los que la invocan”, como si fuera lo mismo invocar el nombre de María que obtener la salvación eterna. También dice Ricardo de San Lorenzo que invocar este santo y dulce nombre lleva a conseguir gracias sobreabundantes en esta vida y una gloria sublime en la otra. Por tanto, concluye Tomás de Kempis: “Si buscáis, hermanos míos, ser consolados en todos vuestros trabajos, recurrid a María, invocad a María, obsequiad a María, encomendaos a María. Disfrutad con María, llorad con María, caminad con María, y con María buscad a Jesús. Finalmente desead vivir y morir con Jesús y María. Haciéndolo así siempre iréis adelante en los caminos del Señor, ya que María, gustosa rezará por vosotros, y el Hijo ciertamente atenderá a la Madre”.
El nombre de María es nombre de consuelo, 6. María, nombre consolador, en las tribulaciones de la vida presente, y sobre todo en las horas angustiosas de la muerte, de manera que quien lo pronuncie en la agonía, verá alejado al Enemigo de las almas y será confortado en su angustia: “Muy dulce es para sus devotos, durante la vida, el santísimo nombre de María, por las gracias supremas que les obtiene, como hemos vitso. Pero más consolador les resultará en la hora de la muerte, por la suave y santa muerte que les otorgará. El P. Sergio Caputo, jesuita, exhortaba a todos los que asistieran a un moribundo, que pronunciasen con frecuencia el nombre de María, dando como razón que este nombre de vida y esperanza, sólo con pronunciarlo en la hora de la muerte, basta para dispersar a los enemigos y para confortar al enfermo en todas sus angustias. De modo parecido, san Camilo de Lelis, recomendaba muy encarecidamente a sus religiosos que ayudasen a los moribundos con frecuencia a invocar los nombres de Jesús y de María como él mismo siempre lo había practicado; y mucho mejor lo practicó consigo mismo en la hora de la muerte, como se refiere en su biografía; repetía con tanta dulzura los nombres, tan amados por él, de Jesús y de María, que inflamaba en amor a todos los que le escuchaban. Y finalmente, con los ojos fijos en aquellas adoradas imágenes, con los brazos en cruz, pronunciando por última vez los dulcísimos nombres de Jesús y de María, expiró el santo con una paz celestial. Y es que esta breve oración, la de invocar los nombres de Jesús y de María, dice Tomás de Kempis, cuanto es fácil retenerla en la memoria, es agradable para meditar y fuerte para proteger al que la utiliza, contra todos los enemigos de su salvación”.
Pronuncia el nombre de María, es “nombre de buenaventura”, esto es, indicio o preanuncio de eterna salvación, porque los enemigos del alma huyen y el alma se llena de fortaleza y valor, al tiempo que se enciende en el Amor de Dios, y en esto consiste la bienaventuranza o dicha de quien pronuncie el nombre de María: “¡Dichoso –decía san Buenaventura– el que ama tu dulce nombre, oh Madre de Dios! Es tan glorioso y admirable tu nombre, que todos los que se acuerdan de invocarlo en la hora de la muerte, no temen los asaltos de todo el infierno. Quién tuviera la dicha de morir como murió fray Fulgencio de Ascoli, capuchino, que expiró cantando: “Oh María, oh María, la criatura más hermosa; quiero ir al cielo en tu compañía”. O como murió el B. Enrique, cisterciense, del que cuentan los anales de su Orden que murió pronunciando el dulcísimo nombre de María. Roguemos pues, mi devoto lector, roguemos a Dios nos conceda esta gracia, que en la hora de la muerte, la última palabra que pronunciemos sea el nombre de María, como lo deseaba y pedía san Germán. ¡Oh muerte dulce, muerte segura, si está protegida y acompañada con este nombre salvador que Dios concede que lo pronuncien los que se salvan!”.
Finaliza San Alfonso con una súplica de San Buenaventura, en la que el alma pide que, en la hora de la muerte, María Santísima se haga presente para recibirla entre sus brazos, para así presentarse ante el tribunal de Jesucristo, en el Juicio Particular, porque quien esto haga, será conducido por la Madre de Dios al eterno Paraíso, el Reino de los cielos: “¡Oh mi dulce Madre y Señora, te amo con todo mi corazón! Y porque te amo, amo también tu santo nombre. Propongo y espero con tu ayuda invocarlo siempre durante la vida y en la hora de la muerte. Concluyamos con esta tierna plegaria de san Buenaventura: “Para gloria de tu nombre, cuando mi alma esté para salir de este mundo, ven tú misma a mi encuentro, Señora benditísima, y recíbela”. No desdeñes, oh María –sigamos rezando con el santo– de venir a consolarme con tu dulce presencia. Sé mi escala y camino del paraíso. Concédele la gracia del perdón y del descanso eterno. Y termina el santo diciendo: “Oh María, abogada nuestra, a ti te corresponde defender a tus devotos y tomar a tu cuidado su causa ante el tribunal de Jesucristo”.
Quien pronuncie el santísimo y dulce nombre de María en esta vida terrena, llena de tribulaciones y peligros, glorificará lleno de alegría y amor el dulce nombre de Jesús en el cielo, por toda la eternidad.



[1] Cfr. San Alfonso María de Ligorio, Las glorias de María, Cap. X.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María



Natividad de María Santísima.


         Hoy la Iglesia celebra la Sabiduría y el Amor creador de Dios, plasmados en una creatura que sobrepasa a los ángeles y santos en santidad, hermosura, humildad, belleza celestial y gloria divina, de grado tal, que puede decirse que solo es superada por Dios Hijo encarnado, Cristo Jesús. Esta creatura, en la que está incoada la Nueva Humanidad redimida por la Sangre y la gracia del Cordero, es la Virgen y Madre de Dios, María Santísima.
         Como Iglesia, celebramos el Nacimiento de Aquella que habría de ser Virgen y Madre de Dios y para ello es que fue concebida como Inmaculada Concepción, es decir, sin la mancha del pecado original, pero no solo, sino también inhabitada por el Espíritu Santo, que colmó su cuerpo purísimo y su alma bienaventurada desde el instante mismo de su concepción sin mancha.
         Como Iglesia, celebramos el Nacimiento de la Mujer del Génesis, Aquella que habría de aplastar la cabeza de la Serpiente Antigua, al ser hecha partícipe, por su humildad incomparable, de la omnipotencia divina.
         Como Iglesia, celebramos el Nacimiento de la Mujer del Calvario, Aquella que, al pie de la Cruz, y en medio de los dolores inenarrables de su Inmaculado Corazón, provocados por la participación mística de los dolores de su Hijo crucificado, habría de ser Nuestra Madre celestial, por encargo directo y explícito de Dios Hijo y como don incomprensible de su Sagrado Corazón, puesto que el Amor que envolvía el Corazón de Jesús, no se conformaba con entregar su Cuerpo y derramar hasta la última gota de su Sangre Preciosísima por nuestra salvación, sino que, llevado por su extremo Amor por todos y cada uno de nosotros, nos entregó a quien amaba con todo el Amor de su Corazón, María Santísima, para que nos adoptara como hijos al pie de la Cruz. Así, al pie del Árbol de la Vida, la Santa Cruz, la Nueva Eva engendraba, por la gracia de Dios, a los nuevos hijos de Dios, los hijos nacidos por “el agua y el Espíritu Santo”, el bautismo sacramental, reparando con esta estirpe “nacida de lo alto” la desobediencia de la primera Eva y la rebelión de su estirpe, el hombre viejo, el hombre caído por el pecado original.
Como Iglesia, celebramos el Nacimiento de quien era reina por su ascendencia humana, ya que provenía del linaje de Abraham y pertenecía a la tribu de Judá y a la noble estirpe de David; pero sobre era Reina de cielos y tierras, por estar destinada a ser la Virgen y Madre del Rey de reyes y Señor de señores, Cristo Jesús, cuyo nacimiento virginal de María Santísima iluminó las tinieblas de muerte en la que estábamos inmersos desde el pecado de Adán y Eva. Por María Santísima vino al mundo y a nuestras almas la Luz Eterna, Cristo Jesús, Luz Increada que proviene de la Luz Increada que es el Padre, Luz que además de iluminar y disipar las tinieblas del error, del pecado y de la ignorancia, derrota y vence para siempre a las tinieblas vivientes, los ángeles caídos -que nos dominaban desde la falta original cometida por los primeros padres-, nos comunica la Vida eterna y el Amor Eterno de Dios Uno y Trino, divinizando nuestras almas y convirtiéndonos en hijos adoptivos de Dios.
Hoy celebramos el Nacimiento de la gloriosísima siempre Virgen María, en cuyo seno virginal y purísimo habría de ser concebido el Redentor del mundo, siendo por ello bendito el fruto de su vientre purísimo y causa de nuestra alegría, pues a través de su parto virginal, nacería quien habría de iluminar al mundo entero con la luz divina que brota de su Ser divino trinitario, Cristo Jesús.
Hoy celebramos el Nacimiento de la Madre de Dios, que es la Causa de nuestra alegría, porque gracias a su “Sí” a la voluntad del Padre, que quería que su Hijo Dios se encarnara en su seno virginal por el poder del Amor Divino, el Espíritu Santo, nació Aquel que es llamado “Sol de justicia”, Dios Hijo encarnado, Jesucristo, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía y que con su santo sacrificio en la Cruz no solo habría de destruir de una vez y para siempre la maldición que pesaba sobre la humanidad entera, sino que habría de concedernos dones que ni siquiera somos capaces de imaginar, como su filiación divina por el Bautismo sacramental, su Cuerpo y su Sangre por la Eucaristía y el Espíritu Suyo y del Padre por la Confirmación. Por María, habría de nacer Aquel que no solo derrotaría con su sacrificio en cruz al pecado, a la muerte y al infierno, sino que nos donaría su gracia, su vida divina y el seno del Padre eterno, infinitamente más hermoso que todos los cielos eternos juntos.
Hoy celebramos con gozo y alegría inefables el Nacimiento de quien es Nuestra celestial Abogada e Intercesora, Nuestra Corredentora, la Medianera de todas las gracias, por quien nos vienen todos los dones y gracias más que suficientes para llevar una vida santa en esta tierra, uniéndonos en cuerpo y alma a la Pasión y Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, para así obtener luego la vida de la gloria eterna en el Reino de los cielos.
Esa es la razón por la cual es un día de Fiesta para la Iglesia toda, porque ha nacido la Virgen y Madre de Dios, cuya “existencia gloriosa ilumina a toda la Iglesia”[1] y es por eso que cantamos, con todo el amor del que son capaces nuestros corazones y “celebramos con nuestras mentes las glorias de Cristo”[2], Nuestro Salvador, que por María vino al mundo por Primera Vez, y por María habrá de venir en su Segunda Venida.



[1] Cfr. Liturgia de las Horas, Responsorio del Oficio de la Fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María.
[2] Cfr. ibidem.

martes, 22 de agosto de 2017

Santa María Reina


         Al ser Asunta a los cielos en cuerpo y alma glorificados, la Santísima Virgen, luego de ser recibida por su Hijo Jesús, es coronada como Reina de cielos y tierra, con una corona más preciosa que el oro, la plata, los diamantes y los rubíes, porque recibe de la Santísima Trinidad una corona de gloria y de luz divina. La Virgen es Reina porque su Hijo es “Rey de reye y Señor de señores”, y en realidad este título de Reina, si bien recibe la corona luego de su gloriosa Asunción a los cielos, lo poseía ya desde su Inmaculada Concepción, pues Aquella que no conoció la mancha del pecado original y fue concebida en gracia, estaba destinada a ser la Madre del Rey de los hombres y de los ángeles, el Hombre-Dios Jesucristo.
         Así, al ser coronada con la corona de luz y gloria, la Virgen se convierte en la Mujer descripta por el Apocalipsis, Aquella que “aparece en el cielo vestida de sol, con la luna a los pies y con una corona de doce estrellas en la cabeza” (cfr. Ap 12, 1). La Virgen es coronada en el cielo como Reina de cielos y tierra, como Reina de ángeles y hombres, como Reina del universo visible y del invisible, y esto porque su Hijo es también Rey de todo lo creado, por lo que la Virgen participa de la realeza divina de su Hijo, Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios. Así como su Hijo, al Ascender a los cielos, recibió del Padre Eterno y del Santo Espíritu de Dios, la corona de luz y gloria que por derecho y por conquista le pertenecía, así también la Virgen, luego de su gloriosa Asunción en cuerpo y alma a los cielos, recibe también una corona incorruptible, más preciosa que el oro y la plata, la corona de luz y gloria de su Hijo Jesús.
         Ahora bien, esta corona de luz y de gloria la recibe la Virgen por derecho, por ser Ella la Inmaculada Concepción, la Inhabitada por el Espíritu Santo, la Llena de gracia, la Madre de Dios; pero la recibe también por conquista, porque participó en la tierra de la dolorosa Pasión de su Hijo, y si bien Ella no recibió corporalmente los castigos de Jesús, participó de ellos moral y espiritualmente, sufriendo un dolor en un todo similar al de su Hijo Jesús. Y así como Jesús fue coronado de espinas, y por eso luego mereció la corona de luz y de gloria en los cielos, así también la Virgen, si bien no fue coronada físicamente con una corona de espinas, sufrió en su Inmaculado Corazón y en su Alma Purísima los dolores de la corona de espinas de su Hijo, haciéndose así merecedora de la corona de luz y de gloria en el cielo. Tanto Jesús como la Virgen, para poder ser coronados de luz y de gloria en el cielo, tuvieron que atravesar en la tierra por las dolorosas y humillantes horas de la Pasión, incluida la coronación de espinas, Jesús de modo físico, y la Virgen, participando moral y espiritualmente de su Pasión y coronación de espinas.

Como dijimos, la Virgen no sufrió físicamente la Pasión y la coronación de espinas, pero sí participó moral y espiritualmente, convirtiéndose así en Corredentora, al unir sus dolores morales y espirituales a los dolores redentores y salvíficos de Jesús. De un modo particular, por medio de la coronación de espinas, Jesús y María expiaron por los pensamientos impuros y por los pensamientos malos de toda clase, que los hombres continuamente elaboran en sus mentes. Es por eso que, al contemplar a la Virgen como Reina y coronada de luz y gloria, meditemos en cómo fue que la Virgen se ganó esa corona, participando de los dolores de su Hijo Jesús, para que así evitemos todo pensamiento malo, de cualquier orden, y le pidamos a la Virgen que nos alcance los pensamientos santos y puros que tenía Jesús coronado de espinas. Sólo así, evitando los malos pensamientos y pidiendo la gracia de poseer los pensamientos santos y puros de Jesús y María, y pidiendo la gracia de llevar la corona de espinas en esta vida, podremos ser coronados, como Nuestra Madre y como Jesús, de luz y de gloria en el cielo.

martes, 15 de agosto de 2017

Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María



         La Iglesia celebra hoy la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, la Madre de Dios Hijo encarnado. ¿Qué significa la Asunción y por qué se da en la Virgen? Que la Virgen sea Asunta en cuerpo y alma a los cielos significa que, en el momento en que debía morir, en vez de hacerlo, la Virgen se durmió –por eso en la Iglesia Oriental se llama “Dormición”- y, al despertar, se encontraba no en esta vida terrena y mortal, sino en la vida eterna, en el Reino de los cielos, siendo Asunta en cuerpo y alma gloriosos al cielo. Es decir, significa que, en el momento de morir, en vez de sufrir la separación del cuerpo y del alma, como sucede con toda persona humana al morir, y que es consecuencia esta muerte del pecado original, en la Virgen, cuya alma estaba “llena de gracia” desde su Concepción por haber sido concebida sin la mancha del pecado original, pero además, por estar inhabitada por el Espíritu Santo, toda la plenitud de gracia que poseía su alma en esta vida terrena, en el momento de pasar a la otra vida, se derramó, por así decirlo, sobre su cuerpo inmaculado, de manera que la gracia de su alma, en esta vida, se convirtió en la gloria celestial que, derramándose desde su alma purísima hacia su cuerpo, glorificó a este, siendo Asunta en ese mismo momento, por legiones de ángeles que vinieron en su busca por orden de Jesús, al Reino de los cielos. La razón por la cual la Virgen, al morir, no experimentó la muerte, sino la “Dormición”, es por haber sido preservada de la mancha del pecado original, mancha cuya consecuencia es la muerte. Por lo tanto, al no tener pecado original, no habría de sufrir sus consecuencias, entre las principales, la muerte terrena. Pero además en la Virgen se suma otro elemento, que la hace Única entre todas las creaturas, y es el hecho de haber sido concebida Llena de gracia e inhabitada por el Espíritu Santo, y es por esto que, al experimentar la Dormición en vez de la muerte, el alma no solo no se separó de su cuerpo, sino que permaneció unida y le comunicó a su cuerpo la plenitud de gracia y de gloria divina en la que vivía desde su Inmaculada Concepción.
         De esta manera, la Virgen, además de ser la Mujer del Génesis, que aplasta la cabeza de la serpiente; además de ser la Mujer que en Caná intercede ante la Trinidad para que Dios Hijo obre el primer milagro público por orden de Dios Padre, para así comenzar a donar a Dios Espíritu Santo de modo público a los hombres, esto es, el Espíritu Santo; además de ser la Mujer que, al pie de la Cruz, acompaña al Hijo de Dios en su agonía y se convierte, por pedido de Jesús, en Madre adoptiva de los hijos de Dios; la Virgen es además la Mujer del Apocalipsis, la Mujer revestida de sol, con la luna bajo los pies y con una corona de doce estrellas en la cabeza; es la Mujer a la cual se le dotan dos alas de águila para huir al desierto y poner así a salvo a su Hijo, el Niño Dios.
         Por último, la Asunción de María Santísima tiene una relación directa con nuestras vidas personales y con nuestra espiritualidad católica: siendo nuestra Madre del cielo, su Asunción constituye, para nosotros, que hemos nacido con el pecado original, la esperanza de compartir, algún día, su eterna bienaventuranza. Para ello, debemos hacer el propósito de vivir en gracia y de conservar la pureza de cuerpo y alma, no solo evitando absolutamente todo pecado mortal o venial deliberado, sino buscando vivir en gracia, conservar la gracia y aumentarla, por medio de la Confesión Sacramental y la Comunión Eucarística frecuente, la práctica de las obras de misericordia y la decisión de seguir a Jesús cada día, todos los días, cargando nuestra cruz y negándonos a nosotros mismos, para morir al hombre viejo y nacer al hombre nuevo, al hombre regenerado por la gracia.

         Sólo así, compartiremos el destino de nuestra Madre celestial, esto es, seremos glorificados en cuerpo y alma y, luego de nuestro juicio particular, comenzará nuestra eterna alegría, en la contemplación y adoración de la Trinidad y del Cordero Místico, en compañía de María Asunta al cielo.

jueves, 13 de julio de 2017

María Rosa Mística y el significado de las tres espadas y las tres rosas


La Virgen se apareció como María Rosa Mística en Montichiari, al norte de Italia, en el año 1947. En la primera aparición, ocurrida a Pierina Guilli –enfermera de oficio y nacida el 3 de agosto de 1911-, la Virgen “vestía túnica morada y cubría su cabeza con un velo blanco”, “su rostro denotaba tristeza” y “tenía el pecho atravesado por tres espadas”; corrían abundantes lágrimas por su rostro estaba triste, y sólo dijo tres palabras:   “Oración, Penitencia, Reparación”, para luego guardar silencio[1].
En la segunda aparición, ocurrida el domingo 13 de julio de 1947, la Madre de Dios se apareció nuevamente, esta vez, en el hospital. Según Pierina, “vestía de blanco”, pero ahora, en lugar de las tres espadas, llevaba en su pecho “tres rosas, blanca, roja y dorada”. Pierina le preguntó asombrada: “Por favor, dígame quién es usted”. Con una dulce sonrisa la señora le contestó: “Soy la Madre de Jesús y madre de todos vosotros”. Después de una pausa prosiguió: “Nuestro Señor me envió para implantar una nueva devoción Mariana en todos los institutos así masculinos como femeninos, en las comunidades religiosas y en todos los sacerdotes. Yo les prometo que si me veneran de esta manera especial, gozarán particularmente de mi protección, habrá un florecimiento de vocaciones religiosas. Deseo que el día 13 de cada mes se me consagre como día Mariano y los doce precedentes sirvan de preparación con oraciones especiales”. Siempre según Pierina, su rostro se iluminó con una inexplicable alegría y continuó: “En ese día derramaré sobreabundancia de gracias y santidad sobre quienes así me hubiesen honrado. Deseo que el 13 de julio de cada año sea dedicado en honor de Rosa Mística”[2].
¿Qué significan las espadas y las rosas?
En cuanto al significado de las tres espadas, podemos decir lo siguiente: la primera espada, significa la pérdida culpable de la vocación sacerdotal o religiosa; la segunda espada, la vida en pecado mortal de personas consagradas a Dios; la tercera espada, la traición de aquellas personas que al abandonar su vocación sacerdotal o religiosa, pierden también la fe y se convierten en enemigos de la iglesia. En relación al dolor que estas tres espadas le provocan a la Virgen –imaginemos su Inmaculado Corazón, vivo, latiendo, siendo atravesado por tres espadas filosísimas y que quedan allí enclavadas, mientras su Corazón sigue latiendo-, debemos considerar que este dolor está provocado, ante todo, por las personas consagradas que, o pierden su vocación, o viven en estado de pecado mortal, o bien apostatan de la Fe. Y esto es así porque si todo cristiano debe vivir siempre en estado de gracia, puesto que su cuerpo es “templo del Espíritu Santo” a partir del bautismo, una persona que ha consagrado su vida a Dios, por la vía de la vida religiosa, debe, además de vivir en estado permanente de gracia, procurar crecer cada vez más en la santidad, porque ése es el único camino para la unión con la Trinidad y para manifestar a los demás la hermosura de la vida consagrada, que es un anticipo de la vida beatífica en el cielo. Un consagrado que se habitúa a vivir en pecado mortal, contradice su misión en la tierra, además de predestinar su alma a la condenación eterna y esa es la razón del dolor que le provoca la primera espada a la Virgen. Sin embargo, la responsabilidad por el dolor de la Virgen no se limita a los consagrados, sino que se extiende también, en cierta medida, a todos los bautizados, porque por un lado, los laicos tienen el deber de caridad de orar por los consagrados, y por otro lado, también los laicos deben, como hemos dicho, vivir en gracia, con lo que, si viven en pecado mortal, también le provocan un dolor como el de una espada lacerante al Inmaculado Corazón de María.
Pero la Virgen se aparece también con tres rosas, que significan el consuelo y alivio que le provocan a su Inmaculado Corazón aquellos hijos suyos, sean laicos o consagrados, que buscan reparar y pedir perdón, tanto por los propios pecados, como los pecados de los consagrados. Es esto lo que significan las rosas, con sus distintos colores: la rosa blanca simboliza el espíritu de oración; la rosa roja, el espíritu de sacrificio (para reparar); la rosa dorada o amarilla, el espíritu de penitencia.
Por el significado de las espadas, el devoto de María Rosa Mística está entonces llamado a contemplar y meditar en los dolores de su Inmaculado Corazón, provocado por los consagrados infieles que pierden la vocación por propia culpa, que viven en pecado mortal, o que apostatan de la Fe y se convierten en enemigos de la Iglesia, aunque también están llamados a contemplar el dolor que le provocan los fieles laicos que traicionan su bautismo, profanando sus cuerpos, viviendo en pecado mortal y convirtiéndose también en enemigos de la Iglesia y apóstatas de la Fe.
Por el significado de las rosas, el devoto de María Rosa Mística está llamado a reparar, por los pecados propios y principalmente por los de los consagrados, por medio de la oración –ante todo, el Santo Rosario, la Adoración Eucarística y la Santa Misa, la más excelente de las oraciones-; por medio del sacrificio –mortificaciones activas y pasivas- y por medio de penitencias, como por ejemplo, ayunos, pero no solo de alimentos, sino ante todo, ayuno del mal. Es en esto en lo que consiste la esencia de la devoción para el alma que ama a María Rosa Mística.



[1] http://www.corazones.org/maria/rosa_mistica_apariciones.htm#significado de las tres espadas:
[2] Cfr. ibidem.

domingo, 2 de julio de 2017

Las características del servicio legionario


         Según el Manual, las características del servicio legionario son las siguientes:
         1-Debe “revestirse de las armas de Dios” (Ef 6, 11). El Manual recuerda que la Legión de María toma su nombre de la legión romana, caracterizada por su valor, lealtad, disciplina, resistencia y poder conquistador, aunque muchas veces estas virtudes hayan sido utilizadas con fines mundanos[1]. La Legión de María está a las órdenes de su Celestial Capitana, la Virgen, y por eso no puede no tener estas mismas características de la legión romana, quitándole, por supuesto, la condición mundana de esta última. El legionario y la Legión toda, deben poseer las mismas cualidades -valor, lealtad, disciplina, resistencia y poder conquistador- de la legión romana, pero vaciadas de todo rastro de mundanidad y consagrada enteramente a la Virgen.
         2-Debe ser “un sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios y no conforme a este mundo” (Rom 12, 1-12). Para esto, el legionario debe reflexionar acerca de los innumerables dones, tanto naturales como sobrenaturales, recibidos de parte de Dios. Por ejemplo: la vida, la inteligencia, la voluntad, la filiación divina, el Espíritu Santo en la Confirmación, la vida divina en el Bautismo, el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía. Por esto decía Santa Teresa: “¡Recibir tanto, tanto, y devolver tan poco! ¡Ay, éste es mi martirio!”. Muchos legionarios, sin ponerse a considerar todos estos beneficios, se comportan como paganos cuando, en vez de agradecer a Dios cuando sufren una tribulación, se quejan de esta, con lo que demuestran que están lejos de tener un verdadero “espíritu legionario”.
         3-No debe rehuir “trabajos y fatigas” (2 Cor 11, 27). El legionario no debe temer ejercer el apostolado en personas que incluso se mostrarán hostiles frente al anuncio del Evangelio; debe estar preparado para recibir críticas, afrentas, desprecios, e incluso hasta calumnias, porque todo esto sufrió Nuestro Redentor. También debe estar preparado para enfrentar al fracaso y a la ingratitud, que producen desaliento; debe estar preparado para afrontar toda clase de dificultades, sean materiales que espirituales y mucho más, considerando que vivimos en un mundo ateo, agnóstico y materialista, que reniega de Dios y de su Mesías y que cada día que pasa, nada quiere saber, ni de la vida eterna, ni del Reino de los cielos, ni de la Iglesia y sus sacramentos.
         4-Debe proceder con amor, “igual que Cristo nos amó y se entregó por nosotros” (Ef 5, 2). El legionario debe actuar con suma caridad, imitando la caridad de Nuestro Señor Jesucristo, ofreciendo a los hombres y al mundo, hostil al Evangelio, el Amor mismo de Nuestro Señor, y no su propio mal genio, su propia impaciencia. El legionario debe estar siempre y en todo momento, dispuesto a ofrecer mortificaciones de todo tipo y esto exige que el alma del legionario se olvide de sí misma, de sus gustos y preferencias, de su querer estar siempre a gusto, ya que esto es propio de un espíritu mundano y no de un legionario al servicio de la Celestial Capitana, la Virgen María.
         5-Debe “correr hasta la meta” (2 Tim 4, 7). Debe pedir siempre la gracia de la perseverancia final, en la fe y en las obras. Cada legionario individualmente, como la Legión en su conjunto, deben tener presente siempre, en la mente y el corazón, que la meta final que se debe alcanzar es el Reino de los cielos, y que la corona que se desea recibir no es la gloria mundana, sino la corona de la gloria de Dios en el cielo, lo cual significa que antes, en la tierra, se debe desear y pedir ser coronados con la corona de espinas de Nuestro Señor Jesucristo. Lo que la Legión exige es fe firme, profunda y sin vacilaciones y amor a Dios y al prójimo, el cual debe concretarse en un apostolado constante, perseverante, fiel, decidido, que no se deje llevar por el desánimo cuando los resultados no sean los esperados.



[1] Cfr. Manual del Legionario, Cap. IV.